sábado, 9 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Segundo paso: IR

Todo el evangelio no será llevado a todo el mundo, si no lo hace toda la iglesia usando todas las instituciones y todos los medios. (Lausana II, Manila)
A menos que toda la iglesia sea movilizada, no es probable que la totalidad del mundo sea alcanzado. (John Stott)
Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros, como me envió el Padre, así también yo os envío. (Juan 20:21)
Si podemos decir que somos salvos por la fe en Cristo, y hemos llegado a ser hijos de Dios, es seguro que Él nos ha enviado, pues tiene una misión para cada uno de nosotros. (A. R.)
Donde hay compasión, seguida por oración, seguramente se generará alguna acción. ¿No nos llama la atención que Jesús, después de haberles pedido a sus discípulos que rogaran por más obreros, los llama y los envía a ellos mismos?
Reuniendo a sus discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios […] y los envió […] Y saliendo, pasaban por todas las aldeas anunciando el evangelio y sanando por todas partes (Lucas 9:2, 6).
Jesús fue enviado por el Padre desde el cielo a la tierra, y siempre tuvo conciencia de esta importante relación refiriéndose continuamente a ella. En el evangelio de Juan por lo menos cuarenta veces se pueden encontrar expresiones tales como «el que me envió», «la voluntad del que me envió», «el Padre que me envió», etcétera. Esta expresión era la credencial que Él continuamente exhibía: la justificación y el respaldo de todo lo que hacía. Y en el aposento alto, en su magnífica oración sacerdotal expresó: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (Juan 17:18). Y después de la resurrección, en su primera aparición a sus discípulos les dice directamente: «Como me envió el Padre, así también yo os envío» (Juan 20:21). La conclusión inevitable es que todo discípulo es potencialmente un enviado, por lo tanto si somos sus discípulos, nosotros también somos enviados.
«Llamando a sus discípulos […] los envió». ¿A dónde? Eso no siempre podremos saberlo inmediatamente. Lo importante es que tengamos el Espíritu de Cristo, el espíritu que es la cura de todo egoísmo, y que estemos dispuestos a obedecer la guía e instrucción que Él nos dé. Si podemos decir que somos salvos por la fe en Cristo, y hemos llegado a ser hijos de Dios, es seguro que Él nos ha enviado, pues tiene una misión para cada uno de nosotros. Jesús nos manda ir, y en las Escrituras se presentan distintas áreas adonde Él nos puede enviar.
A nuestra familia, barrio o ciudad
Al endemoniado gadareno, lo envió a su casa. (Marcos 5:1–20). ¡Cuán triste había sido la vida de este hombre! Esclavo de los demonios, viviendo en los cementerios, rompía las cadenas y los grillos con los cuales querían sujetarlo, excitado de día y de noche, gritando e hiriéndose con piedras. Pero tuvo un encuentro con Jesús, y fue libertado y transformado; sus vecinos lo reconocieron y lo encontraron sentado tranquilamente, vestido y en su juicio cabal.
¿Cuál fue el primer deseo de este hombre libre? Seguir a Jesús. Quería cruzar el lago con sus discípulos, pero el Señor no se lo permitió. Sin embargo, lo envió. ¿Adónde?
—Vuélvete a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo.
Él, entonces, se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él (Lucas 8:39).
Este nuevo discípulo no tuvo oportunidad de asistir a una iglesia, nunca fue alumno de la Escuela Dominical. No escuchó ningún sermón. Jamás tuvo en sus manos un Nuevo Testamento ni una Biblia. No hizo ningún curso de evangelismo o discipulado. No conocía de las Cuatro Leyes Espirituales ni de Evangelismo Explosivo u otros planes semejantes. Todavía no había sido bautizado. Pero Jesús lo envió. ¿Por qué? Había recibido algo muy valioso. Sabía quién se lo había dado. Tenía algo que contar. Jesús lo envió a su casa y él extendió su campaña de testimonio por «toda la ciudad». Tal vez esta sea la zona donde Dios envía a la mayoría de sus testigos. Su hogar, su barrio, la fábrica, la escuela, la oficina, su ciudad …
A un lugar distante
A los doce y a los setenta los envió a toda ciudad y lugar adonde Él había de ir (Lucas 10:1). Hay miles de pueblos y ciudades—grandes y pequeñas—en la Argentina y en toda América latina que necesitan que obreros como estos primeros discípulos vayan a predicar el evangelio del reino. Hombres y mujeres de la talla de Felipe (que era un diácono de la primera iglesia de Jerusalén), que fue a Samaria donde se produjo bajo su instrumentalidad una verdadera revolución y avivamiento, y como resultado muchos hombres y mujeres se bautizaban y entraban en el reino de Dios. Tal vez alguno diga: «Yo no me siento capaz de hacer eso y lograr tan grandes resultados». Entonces, quizás pueda imitar a Felipe en un aspecto no tan espectacular de su ministerio, pero sumamente importante. Sensible a la voz del Espíritu y obedeciendo su dirección, fue a un camino desierto y solitario, se encontró con un africano, lo guió a Cristo y lo bautizó. Ganó a uno solo en una conversación personal, que tal vez Dios usó como primer misionero al África (Hechos 8:26–39).
Puede ser que no se gane a muchos, pero Dios puede usarlo para ganar a uno que, a su vez, gane a centenares o a miles. Ejemplo: Andrés ganó a Pedro, y Pedro en Pentecostés, a tres mil (Juan 1:40–42; Hechos 2:41).
Dios necesita hoy un ejército de hombres y mujeres como Felipe o como Aquila y Priscila, que se trasladen con su oficio, profesión o negocio a zonas donde la bandera del evangelio aún no ha sido izada, y ganen almas, hagan discípulos y planten la iglesia del Señor. Dios sigue enviando a sus discípulos para que cubran vastas regiones necesitadas de nuestro continente.
Adonde Cristo no ha sido nombrado
A Pablo lo llamó para enviarlo lejos, a los gentiles (Hechos 26:14–18). ¡Qué obra de arte la que el Señor hizo con este apóstol! Jesús encara al «jefe» de los enemigos de su iglesia ¡y lo transforma en el misionero más grande de la historia! Pablo se gozaba en dar su testimonio así:
Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús, nuestro Señor, porque, teniéndome por fiel, me puso en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; pero fui recibido a misericordia […] para que Jesucristo mostrara en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él (1 Timoteo 1:12–13, 16).
Sabemos que tuvo que pasar por largos períodos de preparación antes que Bernabé lo fuera a buscar a Tarso para ministrar en Antioquía. Luego, desde allí emprendió los viajes misioneros con los cuales llevó el evangelio al Asia Menor y, finalmente, a Europa. Pablo es pues el típico modelo de misionero, que no habiendo compartido el ministerio terrenal de Jesucristo, escuchó su llamado y dedicó totalmente su vida a llevar la Palabra de Dios a regiones lejanas. Miles de hombres y mujeres de las más distintas nacionalidades durante estos veinte siglos han recibido el mismo llamado, y han servido, enviados por Dios, a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes. Pero Dios sigue necesitando hoy muchos jóvenes y señoritas, que experimentando este llamado, estén dispuestos a vivir y servir yendo «lejos a los gentiles» (es decir a miles de etnias no evangelizadas) «hasta lo último de la tierra».
Roguemos que Dios siga llamando y enviando misioneros pioneros como Pablo, para concluir la tarea.
Siguiendo en los pasos de Cristo
Jesús es también el modelo perfecto del cumplimiento de este segundo paso de la estrategia.
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia (Mateo 9:35).
Recorría Jesús toda Galilea […] Lo siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán (Mateo 4:23–25).
En su primer año de ministerio pasó por Samaria y plantó allí la semilla en el corazón de los samaritanos. También «fue a la región de Tiro y Sidón», que eran ciudades que pertenecían a Siria, un país extranjero (Mateo 15:21).
En una palabra, Jesús obedeció el «id» como ninguno, y se puede decir que en sus tres años de ministerio puso en práctica Hechos 1:8, pues predicó en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y visitando Siria inició el camino «hasta lo último de la tierra».
Amado lector, ¿adónde le ha enviado Dios a usted? ¿Le ha mostrado claramente que usted es un enviado, que lo necesita, y que sin duda tiene un lugar determinado para su servicio?
¿Será en su barrio, pueblo o ciudad, como le indicó al convertido gadareno?
¿O tal vez hace tiempo que le está mostrando algún pueblo o ciudad de una provincia o país más necesitado que el suyo?
¿O siente que Dios lo está llamando como a Pablo y otros muchos, para que dedique totalmente su vida al ministerio y sea misionero en un país extranjero?
Cualquiera sea su convicción, estoy seguro que le hará bien recibir las palabras del ardiente llamamiento que el general Guillermo Booth dirigió una vez a los oficiales del Ejército de Salvación. Les dijo:
¿Qué dices? ¿No he sido llamado? No he oído el llamado es lo que debieras decir. Él te ha estado llamando desde el momento que perdonó tus pecados—si es que has sido perdonado—suplicando y rogándote que seas su embajador. Pon tu oído sobre la Biblia y escúchala: te dice que vayas y arranques a los pobres pecadores del fuego del pecado. Pon tu oído sobre el ardiente y agonizante corazón de la humanidad y escucha su suplicante lamento pidiendo ayuda. Ve y ponte junto a las puertas del infierno y escucha a los condenados implorándote que vayas a la casa de su padre para que sus familiares no vayan allá. Y entonces, mira cara a cara a Cristo, cuya gracia tú dices poseer, y cuyas palabras has prometido obedecer, y dile si has de publicar su misericordia al mundo. No debes estarte quieto. ¡Levántate! ¡Sacúdete! ¡Haz algo! ¡Hazlo enseguida!
¡No te detengas más! Lee, da, ora, habla, canta […] haz lo que puedas para que los que se pierden sepan la verdad sobre ellos mismos, sobre Cristo, y sobre el cielo y el infierno. Si lo haces, Dios te ayudará.

¿Cuántos jóvenes y señoritas que están sirviendo a Dios en su ciudad e iglesia responderán al llamado del Señor y se prepararán para ir a lugares lejanos, donde la necesidad es más apremiante?



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