domingo, 10 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Tercer paso: DAR

El dinero es el cuello de botella de la evangelización del mundo […] Si tuviéramos dinero podríamos completar la tarea en nuestra generación. (Pablo B. Smith)
Se ha dicho que hay tres clases de dadores: el pedernal, la esponja y el panal de miel. Para conseguir algo del pedernal hay que darle duro con el martillo, y sólo se obtienen chispas y polvo. Para obtener agua de una esponja, sólo hay que exprimirla. Mas el panal de miel se desborda con su propia dulzura. Muchos dadores son como el granito, duros; no dan nada si pueden evitarlo. Otros, como la esponja tienen buena disposición, ceden a la presión, y dan en la medida que se les aprieta. Unos pocos son como el panal de miel; sienten placer en dar sin que nadie les pida. (La Estrella de la Mañana)
Dios tuvo un solo Hijo y lo dio. Jesucristo tuvo una sola vida y la dio. Dios tiene ahora un pueblo escogido, un cuerpo que es la iglesia. ¿Se dará la iglesia en entrega total a Dios para permitirle alcanzar al mundo? (vv. Juan 3:16; 10:11; Efesios 5:1–2)
Pablo quiso provocar el amor de los Corintios para que participaran de una ofrenda abundante, elogiando a los cristianos de las iglesias de Macedonia con estas palabras: «A sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros, por la voluntad de Dios» (2 Corintios 8.5). Él entendía que ese era el secreto de las generosas ofrendas que aquellos hermanos habían dado con gozo aún viviendo en medio de circunstancias adversas y difíciles. Algunos se asombran porque las Escrituras nos dicen que los primeros cristianos daban sus bienes, sus posesiones y sus heredades. Pero ¿no debería ser ese el proceder normal? El hijo de un Dios dador, ¿no debería ser semejante a su Padre?
Hagamos la siguiente consideración:
¿Nos asombramos porque un pájaro vuela? No.
¿Nos asombramos porque un pez nada debajo del agua? Por su puesto que no.
¿Nos asombramos porque la luz alumbra, el agua apaga la sed o el pan nos quita el hambre? De ninguna manera. Tales acciones no nos sorprenden.
¿Por qué no? Porque está dentro de la naturaleza de cada uno de estos elementos hacer lo que hacen. Dios los creó para funcionar de esa manera y no de forma contraria, pues el pájaro no puede nadar bajo el agua y el pez no puede volar. De manera bastante similar, cuando Dios nos estimula a dar, lo hace para que desarrollemos una potencialidad que por su gracia nos ha conferido. La Palabra de Dios nos enseña que en virtud de nuestra unión con Cristo hemos llegado a ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1.4), y ¿cuál es una de sus características principales? Es una naturaleza dadora: continuamente se expresa dando. «Nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17). Ejercitemos esta capacidad e imitemos a nuestro Padre. Todo lo que tenemos, lo hemos recibido, y en gran parte lo hemos recibido para darlo, para compartirlo con otros (1 Corintios 4.7).
¿Cómo y cuánto dar? Eso no será ningún problema para los que tienen al Cristo viviente morando en sus corazones. Él vivió dándose a sí mismo y en el famoso Sermón del Monte expresó con singular claridad y precisión la fórmula por excelencia sobre la gracia de dar. Dijo: «Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, sacudida y repleta. Dios los medirá a ustedes con la misma medida con que ustedes midan a otros» (Lucas 6:38, vp). Tal vez estas palabras de Cristo inspiraron el conocido eslogan que dice: «Ofrende usted según sus entradas, no vaya a ser que Dios le dé entradas de acuerdo con sus ofrendas». (¡Qué problemas se presentarían si Dios obrara así!)
Hagamos memoria de todo lo que Dios nos ha dado:
¿De quién hemos recibido la vida? ¡De Dios! Entonces, la mejor y más sabia manera de invertirla es dedicándosela a Él.
¿De quién recibimos las fuerzas físicas (especialmente los jóvenes)? Pues, de Dios. Si esto es así, concedámosle a nuestro Hacedor la oportunidad de usar ese extraordinario potencial.
¿De quién hemos recibido las capacidades, los talentos, los dones que poseemos? Dios es el dador de todos estos maravillosos regalos. ¿Y para quién sino para Él deberían ser utilizados?
¿De quién hemos recibido la salud, el dinero, el tiempo que disponemos? Si todo lo que tenemos—directa o indirectamente—lo hemos recibido de Dios, ¿para quién debería ser usado prioritariamente sino para Él?
Fuera de toda duda, el hecho de que Dios nos haya creado a su imagen y semejanza, y que por su gracia nos haya unido con su Hijo Jesucristo, genera en cada ser redimido un sentimiento de gratitud junto con una capacidad y potencialidad para dar, apuntando al ideal supremo señalado por Jesús en Mateo 5:48 que nos manda: «Sed, pues, vosotros perfectos [maduros], como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».
¿Qué vamos a hacer con nuestra mayordomía?
Se puede decir que la Biblia es un manual sobre el importante tema de dar. En términos generales, se ha dicho con razón que en el Antiguo Testamento el énfasis mayor estaba basado en el diezmo y formaba parte de la Ley que fue dada originalmente al pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento se realza con más fuerza el concepto de la mayordomía. (Aunque la verdad de la mayordomía también figura en el Antiguo Testamento y el diezmo no está excluido de la enseñanza de la mayordomía del Nuevo Testamento.)
La Biblia enseña desde las primeras páginas hasta la última que somos mayordomos de Dios; por lo tanto, no somos dueños absolutos de nada de lo que tenemos, sino sólo administradores. «Dura es esta palabra»—dijeron una vez los discípulos (Juan 6:60) refiriéndose a otro tema—, pero tal vez esto es lo que sentimos muchas veces cuando se nos muestran las responsabilidades que implican esta capacidad que Dios nos ha dado.
Pero no hay más que leer la parábola, generalmente llamada de «los talentos» en Mateo 25:14–30, o la denominada de «las diez minas» en Lucas 19:11–27, para entender que el «hombre noble» que se fue a un país lejano para recibir un reino y volver (Lucas 19:12) no puede ser otro que nuestro Señor, y que Él ha repartido sus bienes (capital) entre sus siervos (que somos nosotros sus hijos) en distintas proporciones. Una versión moderna dice que a uno le dio cinco mil monedas, a otro dos mil y a un tercero, mil.
¿Para qué les distribuyó sus posesiones, que sin duda simbolizan los dones, las capacidades y el dinero y las posesiones que nos ha otorgado a cada uno?
¡Para negociar en su ausencia y promover los intereses de nuestro Señor!
Y ¿cuál es el interés principal de nuestro Señor?¿No es acaso la rápida evangelización del mundo?

Este pasaje enseña que tanto los recursos humanos (creyentes redimidos) como el dinero (recursos materiales) que se necesitan para terminar la gigantesca tarea de evangelizar el mundo están en las manos de usted y de su iglesia. Y la pregunta clave es esta: ¿en qué vamos a invertir la vida y los múltiples recursos económicos que Dios nos ha repartido como a sus mayordomos para completar la tarea? ¿Los usaremos exclusivamente para nuestros intereses personales? ¡Dios no permita que hagamos tal malversación de fondos! ¡Seamos sabios y fieles y utilicémoslos prioritariamente para extender su Reino y terminar la evangelización del mundo! Las parábolas finalizan con una referencia clara al regreso del Señor y a una inevitable rendición de cuentas de lo que hemos hecho con los recursos que nos fueron confiados. Que esta verdad nos mueva a hacer una sincera revisión de nuestras «inversiones» para asegurarnos que estamos procediendo en armonía con nuestra función de mayordomos en quienes el Señor ha confiado.


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