viernes, 22 de agosto de 2014

La familia cristiana

Después del análisis anterior, estoy listo para motivarles a pensar seriamente en lo que es la familia cristiana. Dios creó esta institución llamada familia para que un hombre y una mujer glorifiquen su nombre y logren la satisfacción mutua como pareja así como de sus hijos mientras viven sometidos a los principios divinos. Es en la familia donde se acompañan y se ayudan entre sí en una relación fiel y llena de gracia. Se separan de todos y de cualquier cosa que les estorbe su permanencia, unidad e intimidad.
La antítesis de este concepto la viven parejas que están considerando la posibilidad del divorcio. ¿Por qué pensar en la separación cuando la unión ha sido voluntaria y por amor? El problema radica en que son muchas las personas que viven bajo el modelo del mundo y no bajo el modelo de Dios. Se desvían de lo que Él estableció. El plan de Dios es perfecto a pesar de que lo llevan a cabo personas imperfectas. Por tanto, debemos recabar su ayuda para cumplir el propósito que Él estableció.
La familia bajo el modelo de Dios
En primer lugar, toda pareja compuesta por personas normales (sin graves problemas sicológicos) que han entregado su vida a Dios y que están involucrados con una iglesia local con profunda y sana enseñanza bíblica, tiene la posibilidad de vivir bajo el modelo divino.
Un matrimonio conforme al deseo de Dios es posible si ambos cónyuges determinan tener el diseño, seguir el propósito y mantener la estructura de Dios para la familia. Esto significa que lo que Dios quiere tendrá más importancia que sus ideas, deseos y pensamientos. Quienes determinan esto, tienen la posibilidad de tener una familia cuyas palabras, actitudes y comportamiento glorificarán a Dios. Además, podrán disfrutar la paz, la armonía y el desarrollo normal de sus integrantes.
En la familia bajo el modelo divino no existe la posibilidad de divorcio. Bajo este modelo la vida conyugal es un modelo de vida cristiana. Los esposos serán líderes que tendrán autoridad y la ejercerán. Las esposas aprenderán a vivir en sumisión, pero no sometidas. Los padres aprenderán a disciplinar a sus hijos, pero no los maltratarán.
A pesar de los beneficios que reporta la vida bajo el modelo divino, son muchos los que optan por lo peor. Prefieren someterse al pecado antes que obedecer a Dios y disfrutar sus bendiciones. Cambian los verdaderos valores de la vida y deforman el plan original de Dios para la familia. ¿Han pensado en cómo será la familia que no vive conforme a lo que Dios estableció?
La familia bajo el modelo del mundo
Son muchos los síntomas que manifiestan las familias que no viven bajo el modelo divino. Veamos algunos de ellos.
La inmoralidad en el matrimonio destruye la familia. Las parejas que se involucran en el adulterio, el homosexualismo o cualquier acto de inmoralidad, impiden que su familia tenga el diseño de Dios y preparan el ambiente para que ambos deseen separarse. Dios creó el matrimonio para que un hombre y una mujer compartan su amor. Otro hombre o una mujer, un triángulo amoroso, destruye el amor y crea todo un mundo de intrigas, sospechas, engaños y mentiras. El adulterio causa heridas, provoca angustia y traumas que son difíciles de superar. Toda inmoralidad es un pecado y cada pecado trae consecuencias. Las peores consecuencias provienen de los pecados que involucran el cuerpo.
El indebido orden de valores puede deteriorar a la familia. Los cónyuges pueden rechazar la estructura divina para la familia si no se separan de toda relación interpersonal o institucional que impida la cercanía entre ellos. Cuando existen otros vínculos más fuertes y relaciones más cercanas que las relaciones con su cónyuge, se prepara el ambiente para que uno o ambos deseen el término de la relación conyugal.
Algunos hombres, debido a que su autoestima aumenta por los logros que alcanzan y por su enfoque en la provisión económica, dedican tanto tiempo al trabajo que descuidan sus relaciones familiares. Otros hombres mantienen un nexo muy grande con sus amigos, a tal grado que cada fin de semana se reúnen con ellos para divertirse, practicar deportes o emborracharse. Sus esposas quedan encerradas en sus casas y odiando los amigos de su esposo. De ahí que algunas mujeres se dediquen solo a sus hijos o dediquen una gran cantidad de su tiempo a las reuniones congregacionales pues allí encuentran una ocupación que les alivia momentáneamente de sus conflictos.
La infidelidad es la causa de grandes males. Se rechaza el propósito que Dios tiene para la familia cuando uno o ambos cónyuges no tienen un compromiso de permanecer fieles a pesar de los conflictos, a pesar de las diferencias, a pesar de las tentaciones y de lo fácil que es romper los vínculos matrimoniales. Sin tener un compromiso hasta que la muerte los separe, el fin de la relación matrimonial es cosa de tiempo. Quien inicia su vida matrimonial con un compromiso limitado, no ha entendido el propósito de Dios. Las crisis llegarán, los conflictos irrumpirán y las diferencias que tanto llamaron la atención en la etapa de atracción, se convertirán en fuentes de división. Sin embargo, quienes tienen un compromiso hasta la muerte, lucharán con energía y cuando no sepan cómo continuar, buscarán consejo sabio.
El aislamiento socava el matrimonio. La pareja se opone al propósito de Dios para su familia cuando uno o ambos cónyuges desean vivir independientemente. Enfatizan el individualismo, se despreocupan de atender las necesidades de su cónyuge y andan cada uno por su rumbo.
El matrimonio es sinónimo de unidad y para cumplir el propósito divino debemos apoyarnos mutuamente. Ni la independencia, ni la dependencia son saludables. Solamente la interdependencia fortalecerá la relación conyugal. Cuando los planes se realizan individualmente sin tomar en cuenta los anhelos, deseos y opiniones de uno de los cónyuges y cuando no existen actividades en conjunto y armonía se abre el camino para el divorcio.
La falta de verdadera intimidad destruye el matrimonio. Si en el matrimonio no existe intimidad espiritual física y emocional, se va en contra del deseo de Dios. El peligro está al acecho cuando existen hombres que solo quieren intimidad en la cama, pero no en las labores diarias. Cuando alguno de los cónyuges pretende ser íntimo físicamente, pero no emocionalmente. Cuando alguno de los cónyuges intenta compartir la intimidad con otro hombre o mujer que no sea su cónyuge. Cuando la mujer se siente usada en vez de amada y comprendida. Con todas estas cosas en contra, el sendero hacia el divorcio se cimenta rápidamente.
¿No hay solución posible?
En mi experiencia como consejero he notado que existen muy pocos casos en que la situación de la relación conyugal ha llegado a tal punto en que humanamente es imposible la restauración de la pareja a una vida normal. Existen casos en que el matrimonio enfrenta problemas que a pesar de todos los sinceros esfuerzos realizados y a pesar de que han buscado la dirección de un consejero y del Señor, son imposibles de solucionar. Ellos están en serio peligro y es necesario comenzar a pensar en la posibilidad de una separación. Cuando uno de los cónyuges no quiere abandonar su estilo pecaminoso y más bien quiere abandonar al cónyuge que es inocente del adulterio, es necesario pensar en la separación y dar pasos sabios para ello.
En tales momentos es necesario que al menos uno de los cónyuges tome la seria determinación de afrontar la situación hasta las últimas consecuencias. De ninguna manera este es un llamado a buscar el divorcio sino a enfrentar el problema. La consecuencia puede ser el arreglo de la relación matrimonial, la separación momentánea, pero planificada, o el divorcio de los cónyuges.
Existen matrimonios que viven una relación tan destructiva, pecaminosa y peligrosa, que la opción que traerá menos males es el divorcio. En ciertos casos, algunos esposos están de acuerdo que es imposible seguir juntos. En otros, al menos uno de los cónyuges sabe que lo más bíblico, necesario y saludable es terminar esa relación enferma y destructiva. Sin embargo, no sabe cómo debe hacerlo y que aun en medio de la tragedia esté actuando con temor de Dios y con la sabiduría necesaria. Para ellos tengo palabras de instrucción a continuación.
Adulterio permanente
Después de toda mi investigación, y al consultar con grandes hombres de Dios, he llegado a la conclusión que en el caso de adulterio permanente, es decir, cuando uno de los cónyuges persiste en una relación de adulterio y no quiere abandonarla, el cónyuge inocente tiene plena libertad para abandonarle, separarse y posteriormente si es necesario divorciarse.
Pueden darse dos casos. En uno, el cónyuge adúltero desea divorciarse para seguir su vida conyugal con la otra persona. En el otro, uno de los cónyuges mantiene una relación de adulterio permanente y confiesa que se está esforzando por terminar la relación ilícita, pero la realidad demuestra lo contrario. En algunos casos descubría que los años pasaban y que la persona decía que trataba de liberarse del pecado, pero la verdad era distinta. Seguía anclado en su maldad. A veces porque no sabe cómo hacerlo ni tiene la fortaleza necesaria, y otras por no buscar la ayuda disponible. Ese cónyuge muchas veces sigue manipulando al cónyuge inocente de adulterio. Este cónyuge tiene plena libertad para separarse por un tiempo para exigir el cambio de vida. De comprobarse que no existe una verdadera renuncia al pecado, pues no existe un abandono de el amante, creo que es necesario divorciarse del cónyuge culpable de adulterio.
Adulterio intermitente
También debo incluir en esta categoría el adulterio intermitente. No describo a alguien que tuvo una horrible caída, pero que busca genuinamente el perdón. Me refiero a que una mujer debe separarse de un hombre que constantemente cae en adulterio. No es un adulterio, son muchos.
Además, creo que también existe causal para el divorcio en el caso del abandono permanente por parte de uno de los cónyuges. La Palabra de Dios dice que si uno de los cónyuges decide el abandono, el otro no está obligado a servidumbre (1 Corintios 7:15).
Separación, pero…
Creo que existe causal para la separación, más no para el divorcio, en los casos en que existe severo maltrato emocional y físico. La separación es un proceso que se determina debido a que el cónyuge en pecado no ha entendido con palabras. Cuando este, a pesar de los enojos, regaños, lágrimas e incluso serias discusiones, continúa su ciclo de maltrato, remordimiento, búsqueda de perdón y de regreso a la violencia, debe ser obligado a abandonar el hogar.
La separación de los cónyuges por los conflictos en su relación matrimonial debe dirigirla un consejero para que se cumplan los propósitos que se persiguen. Separarse para reencontrarse con uno mismo, para poner en orden los pensamientos o para cambiar, no es sabio. La separación debe dirigirla un consejero pues los cónyuges llegaron a esa coyuntura debido a su negativa o incapacidad de resolver sus conflictos. Los cónyuges nunca deben volver a juntarse si no han eliminado la causa de su separación.
Uno de los casos que más dolor provoca es el de la violencia en el hogar. Cada vez que uno descubre que existen sobre todo mujeres y sus hijos recibiendo constante y continuo maltrato físico y emocional, no puedo evitar pensar en qué opinará el Señor sobre estas situaciones.
Siendo que estamos restringidos total y exclusivamente al texto bíblico para determinar doctrina, debo concluir que quienes aconsejan a las mujeres a permanecer bajo sumisión ciega a sus maridos, esperando con paciencia que algún día Dios les cambiará, han equivocado la interpretación bíblica. Si a una mujer la maltratan física o emocionalmente, si este es el patrón de conducta del marido y el bienestar mental y físico de los niños está en juego, debe ser asesorada para que logre que el cónyuge abandone el hogar o en casos dramáticos de peligro de la integridad física, debe abandonar de inmediato a su cónyuge. Debe buscar la protección de la familia, los amigos, la iglesia o las autoridades policiales y no debe regresar a su hogar si es que no existe un cambio radical que lo haya comprobado el consejero.
Creo que sí existe apoyo bíblico para el divorcio en este caso, aunque no existe causal para un nuevo matrimonio sino cuando el cónyuge comete adulterio. Esto puede considerarse como un abandono. El cónyuge culpable de ese comportamiento en palabras puede consentir y demandar seguir viviendo con su pareja. Sin embargo, con sus acciones demuestra todo lo contrario de lo que sus palabras expresan. Su comportamiento de castigo y maltrato continuo hacia su esposa y sus hijos señalan que no quiere o no puede vivir saludablemente en el matrimonio. Sus palabras pueden suplicar la permanencia, pero sus acciones piden a gritos la separación.
A manera de corolario
Podemos concluir que un matrimonio que es la antítesis del deseo de Dios, está fuera de su diseño, de su propósito. Está fuera de la estructura interna que Él planificó. Por lo tanto, no se ajusta a la voluntad de Dios y está listo para sufrir terribles consecuencias. Sin embargo, cuando los cónyuges han desarrollo un estilo de familia con estas características, no tienen que llegar al divorcio. La decisión adecuada y sabia que deben tomar quienes se dan cuenta de su alejamiento del plan de Dios para la familia, es volver al patrón original. La decisión que Dios honrará y que honrará a Dios es la de reconocer que ambos de alguna manera se han desviado del camino. Si ambos cónyuges reconocen que han seguido los impulsos personales, han buscado su propia gratificación, han obviado las necesidades de su cónyuge y han desobedecido a Dios, se arrepienten y vuelven al plan perfecto de Dios, podrán permanecer en una relación conyugal saludable a pesar de ser seres imperfectos.

El Señor honrará y bendecirá a quien decida reconocer que necesita arrepentirse y confesar sus pecados delante de Él. A quien pida perdón delante de su pastor o consejero para recibir orientación, y delante de su cónyuge para que las heridas sanen. Dios honra a quien toma la determinación de cambiar de palabras, actitudes y comportamiento y humillarse delante de Él. Quien se humilla delante de Dios, quien decide deponer su orgullo y aceptar los principios y valores divinos por sobre las ideas humanas, a su tiempo será exaltado delante de Dios y aun delante de su cónyuge. El gran secreto de una vida matrimonial saludable es que los matrimonios imperfectos se sometan al plan perfecto de Dios para el matrimonio.



No hay comentarios: