martes, 19 de agosto de 2014

La lucha del que sirve

Quiero pues, que sepáis cuán grande lucha sostengo por vosotros, por los que están en Laodicea y por todos los que nunca han visto mi rostro. Lucho para que sean consolados sus corazones y para que, unidos en amor, alcancen todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre y de Cristo. Colosenses 2.1–2
Como en todos los escritos del apóstol, esta carta también nos revela, aunque sea fugazmente, algo del corazón de este siervo de Jesucristo. El apóstol, sin entrar en detalles, afirma que está involucrado en una intensa lucha por la iglesia. Sabemos con certeza que esta pugna incluía toda clase de pruebas externas, algunas de las cuales están mencionadas en su segunda carta a los Corintios. Estas aflicciones incluyeron tales cosas como hambre, prisiones, azotes y naufragios, que habían sufrido por causa del evangelio. Mas Pablo, en el texto de hoy, se está refiriendo a otra clase de lucha, la que se libra en el ser interior del siervo. Esta es la carga pastoral que Dios pone sobre el corazón de aquellos que sirven a su pueblo. En el mismo pasaje de Corintios, él escribía: «Y además de otras cosas, lo que sobre mí se añade cada día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar y yo no me indigno» (2 Co 11.28–29).
Esta carga es la que distingue al pastor que lo es por vocación celestial, de aquel pastor que no es más que un asalariado. La lucha principal del asalariado está en mantener en movimiento los diferentes programas de la congregación. No tiene mucho tiempo para estar con la gente porque está demasiado ocupado con sus muchas actividades. Mas el pastor, que es pastor de alma, entiende que los programas son un medio para un fin mucho más importante: la formación de Cristo en la vida de cada uno de sus hermanos. Tiene sus ojos firmemente puestos en este objetivo y sabe, con absoluta certeza, que esto no se logra con una buena dosis de actividades. La formación de un discípulo es un proceso esencialmente espiritual y el pastor vive intensamente este proceso, con oración, con súplicas, con lágrimas y ruegos a favor de cada uno de los que le han sido confiados.
La evidencia más contundente de que esta carga es producida por el Espíritu de Dios, la encontramos en lo que Pablo dice: que su lucha incluye a los que nunca han visto su rostro. ¡Qué grandeza de espíritu! La mayoría de nosotros apenas luchamos por los nuestros. De veras que nos interesa poco la obra y el trabajo de los demás, especialmente los que viven en otros lugares. Pablo trabajaba y sufría también por aquellas congregaciones en las cuales nunca había estado personalmente, pero que eran de sumo interés para su Señor. La carga de Cristo estaba también sobre su corazón. Y cuando los intereses de los demás comienzan a importarnos, sabemos con certeza que Dios nos ha librado del egoísmo que tanto entorpece su obra en nosotros.
Para pensar:

Cómo líder, ¿cuánto tiempo se pasa intercediendo por el ministerio de otros? ¿Cuánto esfuerzo dedica a promocionar proyectos ajenos a los suyos? ¿Cómo comunica a su congregación este mismo desinterés ministerial? 



No hay comentarios: