jueves, 7 de agosto de 2014

Mirando el inmenso Panorama Mundial

Carey sentía en su espíritu la palabra «mundo». (R. H. Lovell)
El mapa del mundo estaba en el taller de Carey; pero no estaba sólo en la pared, antes ya se lo había colgado en el corazón. (F. W. Boreham)
Más gente nacerá en los próximos veinticinco años, que en toda la historia de la humanidad. (Diario Clarín, 19/5/87)
El Dr. Oswald J. Smith decía en uno de sus libros que los cristianos deberíamos estudiar más la geografía, para conocer mejor la vasta extensión de nuestro planeta y la real dimensión de la tarea que Cristo nos encomendó. Felizmente, hoy no tenemos que hacer como Guillermo Carey, que cada vez que leía los relatos de las expediciones del capitán Cook, añadía al planisferio nuevas islas que este expedicionario iba descubriendo. El libro Operación Mundo—que se viene publicando desde 1974, y del cual ya tenemos su cuarta edición en castellano—, nos proporciona amplia y fehaciente información de cada país, puntualizando su situación, sus urgentes necesidades y principales motivos de oración. Cada familia cristiana debería conseguir y usar diariamente este manual.
¿Para qué debemos alzar nuestros ojos? Jesús dijo que para mirar los campos. En Mateo 13:38 afirmó: «El campo es el mundo», y los campos a los cuales se refirió son las múltiples regiones de las cuales debemos tomar conciencia, antes de hacer algo para abordarlas. Alcemos los ojos y miremos. Sin duda, veremos en primer lugar lo que está más cerca de nosotros.
El campo que rodea a nuestra iglesia
Este campo puede ser grande o pequeño, con muchos o pocos habitantes. Depende del lugar donde esté situada la iglesia: en medio de un barrio, en el centro de una gran ciudad, o en alguna población rural. Lo seguro es que si levantamos los ojos desde nuestra Jerusalén (pasamos por alto este campo porque es el que generalmente cultivan la mayoría de las iglesias, aunque no todas desarrollando un intenso y agresivo programa de evangelismo y discipulado) veremos algún barrio, zona, aldea o pueblo cercano, aún no evangelizado.
Cuando un grupo de cristianos iniciaron la obra evangélica en la ciudad de Pérez, situada a quince kilómetros al oeste de Rosario en la provincia de Santa Fe, pronto descubrieron que a no más de veinticinco o treinta kilómetros a su alrededor había por lo menos seis poblaciones que no tenían ningún testimonio. Ellas eran: Soldini, Álvarez, Zavalla, Pujato, Bernard y Fuentes. El grupo sintió que su responsabilidad era no sólo la evangelización local (en la cual realizaban campañas de carpa en cada barrio, con obra personal y testimonio casa por casa) sino también llevar el evangelio a los pueblos vecinos ya citados. Así lo hicieron. A través de diversos medios como reuniones en carpa, repartición de evangelios y literatura, reuniones caseras para adultos, horas felices para niños, obra personal, etcétera, procuraron obedecer el mandato bíblico de compartir las buenas noticias del evangelio con las comunidades más cercanas. Tuvieron, como es lógico, variado éxito y diferentes resultados. Pero en la mayoría de estos pueblos hay actualmente una iglesia establecida.
Cada iglesia tiene—no importa dónde se encuentre—una amplia zona circundante que debería ser evangelizada por la misma congregación. No es razonable pensar que obreros de otras iglesias de lugares distantes o de otros países vendrán para cubrir esa necesidad. Cada iglesia debería ser un faro de luz que alcanzara e iluminara los barrios y los pueblos a su alrededor.
La provincia
Si levantamos un poco más nuestra mirada veremos el campo de la provincia donde está situado nuestro pueblo o ciudad. Los mapas nos muestran que las provincias se dividen en departamentos, y que en cada uno de esos departamentos hay numerosos pueblos y aldeas donde la bandera de la cruz todavía no ha sido levantada.
Tomemos por ejemplo la provincia de Buenos Aires que actualmente cuenta con ciento treinta y cuatro partidos (o departamentos). En cada uno de estos hay como promedio de diez a doce poblaciones. Esto significa que en toda la provincia hay más de mil trescientos pueblos de distinto tamaño. Por muchos de esos lugares han pasado los colportores vendiendo libros, Biblias y Nuevos Testamentos, pero en una cantidad importante de esos pueblos (probablemente una cuarta parte) todavía falta formar el grupo de discípulos constituidos en iglesia-testigo. ¿Quién evangelizará esas numerosas poblaciones sino las iglesias que están ya plantadas en la zona? Tal es un desafío cercano, inmediato y ¡urgente! Si seguimos alzando la vista nos encontraremos con el vasto campo de la República Argentina.
El país
¿Qué podemos decir al mirar a lo largo y a lo ancho de nuestra patria? Que actualmente tiene veinticuatro estados provinciales, totalizando más de treinta y seis millones de habitantes, que viven en más de veintidós mil poblaciones y ciudades del más variado tamaño.
Si consideramos que la provincia de Buenos Aires es tal vez la más evangelizada de todas, y aun así presenta muchos pueblos sin testimonio, tenemos que concluir que las otras provincias deben sufrir una necesidad mucho mayor.
Un pastor y líder cordobés nos comentaba recientemente la sorpresa que le produjo la lectura del último censo nacional realizado en el país, el cual le abrió los ojos para descubrir que en la parte norte de la provincia de Córdoba hay muchos pueblos que todavía carecen de un testimonio evangélico. Cuando hicimos referencia a este hecho en una posterior reunión de pastores, uno de ellos nos interrumpió para decir: «En la parte sur de esa provincia también ocurre lo mismo».
¿La situación será muy diferente en otras provincias?
Cada provincia tiene decenas de departamentos.
Cada departamento tiene decenas de pueblos.
Cada pueblo tiene centenares o miles de almas, y a todas ellas debemos llegar con la Palabra de vida.
Hay además dentro de los límites de nuestro país por lo menos catorce grupos indígenas distintos, en la mayoría de los cuales se ha iniciado la obra evangélica, pero en varios de ellos la misma necesita ser profundizada y extendida.
Procuremos mirar más lejos todavía y nos encontraremos con el extenso y desafiante campo de la América latina.
El continente
Con la probable excepción de Brasil, Chile y Guatemala, tal vez la Argentina sea uno de los países más evangelizados del continente. Por comparación, eso nos da una idea de cuán grande es la necesidad de los países restantes de América latina.
Uno de los desafíos más exigentes es alcanzar en cada país las clases media y alta, pues el trabajo generalmente se ha realizado con los grupos de condición más humilde. Eso no significa que la masa de población menos pudiente ya ha sido evangelizada. Casi todas las ciudades de América están rodeadas de villas miserias donde se agrupan multitudes que en algunos casos llegan a ser una proporción importante de la población urbana y entre los cuales es imperioso plantar iglesias.
También hay todavía muchas tribus indígenas que esperan el primer contacto con los misioneros. En el Brasil, por ejemplo, en lo que se denomina el Infierno Verde, existen alrededor de ciento veinte tribus con las cuales, por distintas razones, aún no se ha iniciado el trabajo misionero pionero. En algunas zonas montañosas del Perú, en el sur de Colombia y Venezuela, también hay grupos indígenas que necesitan ser evangelizados. Informes sobre la Operación Samaria, en México, dan cuenta que de las ciento veintisiete etnias que hay en ese país: veintinueve necesitan que se comience en ellas la tarea de evangelizar y plantar una iglesia nativa. El libro Portales de esplendor—que relata el esfuerzo de los cinco misioneros que pagaron con sus vidas el anhelo de evangelizar a los aucas—, muestra lo que puede costar penetrar culturas que son muy distintas de las nuestras. Los países que integran la América latina constituyen un extenso campo blanco con miles de pueblos y ciudades necesitados del evangelio y son al mismo tiempo una puerta abierta para muchos hombres y mujeres que no tienen el don o la capacidad de aprender un idioma diferente del castellano.
Mundo islámico
Pero el mundo no termina en América latina. Levantemos aún más nuestros ojos, miremos hacia el oriente y nos encontraremos con el desafío misionero más difícil que se presenta a la iglesia actual: el llamado mundo islámico.
Los estadistas evangélicos nos dicen que incluye por lo menos a cuarenta países que se extienden desde Mauritania en el oeste del norte de África, hasta las islas del Pacífico en el Lejano Oriente. Cuenta con más de 1.200 millones de adherentes y es la religión que más ha crecido en los últimos años. En el mismo sector se destaca un grupo de veintisiete países donde hay muy pocos creyentes evangélicos y por contraste hay muchos grupos étnicos diferentes. Algunos de ellos son (las cifras indican las cantidades de etnias de cada país, tal como aparecen en Operación Mundo):
Cantidades de Etnias
Afganistán

67



Jordania

12



Somalia

22

Arabia Saudita

35



Líbano

18



Sudán

240

Argelia

41



Libia

36



Túnez

23

Egipto

32



Marruecos

30



Turquía

55

Irak

35



Mauritania

23



Yemen

20

Irán

85



Siria

26







Hasta hace poco en Mauritania y Libia no se sabía de la existencia de cristianos nacionales. Datos procedentes de Misiones Mundiales afirman que la Argentina tiene más creyentes evangélicos, que la suma de todos estos países.
El círculo asiático
Si intentamos mirar todavía más lejos, nos encontramos con el Lejano Oriente y lo que se ha denominado el círculo asiático. Esta expresión significa que dentro de un círculo imaginario que se podría trazar en un planisferio, están comprendidos unos veinte países, entre ellos:
Cantidades de Etnias
Bangladesh

57



Indonesia

702



Singapur

43

Bután

21



Laos

111



Sri Lanka

21

Camboya

35



Malasia

173



Tailandia

87

China

160



Myanmar

130



Taiwán

28

Filipinas

180



Nepal

105



Vietnam

83

India

432



Pakistán

88







Se estima que en esa región vive la mitad de la población mundial (más de tres mil quinientos millones de personas) y que un porcentaje importante todavía no han oído el evangelio en una forma directa y comprensible.
En un capítulo anterior hicimos referencia a un país que forma parte de este círculo: la India, donde actualmente viven más de mil millones de personas, y donde la mayor parte pertenecen a unos tres mil grupos etnolingüísticos que tienen su propia cultura, religión y dialectos. En sólo cien de estos grupos la iglesia está plantada con una cantidad de miembros no muy numerosa.
Grupos tribales
Pero hay más todavía. Si miramos con profundidad en cada continente hallaremos los numerosos grupos tribales.
¿Cuántos son? ¿Dónde están? Se calcula que hay por lo menos cinco mil comunidades no alcanzadas y que están dispersas por las selvas y desiertos de América, África, Asia y las islas del Pacífico. Suman unos trescientos millones de seres humanos que hablan unos tres mil quinientos idiomas y dialectos diferentes. Algunos se encuentran en estado «primitivo», y otros han entrado en contacto con la civilización. Casi todos son animistas y están sumidos en las prácticas de invocación de espíritus, brujerías, artes mágicas, etcétera. En algunas de estas tribus todavía se ofrecen sacrificios humanos para apaciguar la ira de los dioses, ignorando la eficacia del único sacrificio que puede traer perdón, paz y salvación al espíritu humano.
El mandato de Cristo
El mandato de Cristo de «alzad los ojos y mirad los campos» sigue vigente. Fue pronunciado por primera vez alrededor del año 30 de nuestra era (Jesús dijo estas palabras en el primer año de su ministerio) cuando la población del mundo conocido en aquel entonces era de unos doscientos millones de habitantes. ¿Qué peso tendrán sobre nuestros oídos y corazones esas mismas palabras cuando hemos iniciado el siglo xxi y viven en el planeta Tierra 6.300 millones de seres humanos, de los cuales los misionólogos más conservadores estiman que una tercera parte todavía no han podido escuchar con claridad las buenas noticias por primera vez?
El Dr. Alberto Simpson (fundador de la Alianza Cristiana y Misionera) escribió hace muchos años su famoso himno cuya primera estrofa dice:
Hay cien mil almas cada día
Que pasan a la eternidad,
Sin Cristo y sin su amor,
Sin ningún rayo de la luz
Que resplandece de la cruz.
¡A noche eterna van!
¡A noche eterna van!
Para actualizarlo tendríamos que decir que hoy mueren cada día más de doscientos sesenta mil personas (más de cuarto de millón)—el equivalente a una gran ciudad o a decenas de pueblos—, y un gran porcentaje de esa cantidad nunca escuchó de «Aquél que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».
—¿Qué es lo que estás mirando?—le preguntó un misionero a un chino que observaba atentamente el cielo detrás de unas montañas.
—Yo sé que hay algo más allá—contestó el interrogado sin vacilar—pero no puedo encontrar la puerta.

Nosotros sabemos quién es la Puerta y dónde está. ¿Estamos dispuestos a llevar la noticia a los millones que todavía lo ignoran?



No hay comentarios: