sábado, 16 de agosto de 2014

No hay científicos ateos - parte 2/3

El poder de la ley
Ahora pensemos en el atributo de poder. Los científicos formulan leyes como descripciones de las regularidades que observan. Estas regularidades ya existen en el mundo, antes de que los científicos hagan sus formulaciones. Las formulaciones humanas y científicas siguen a los hechos, y dependen de ellos. Los eventos regulares en el mundo son anteriores a las formulaciones descriptivas que los científicos hacen.
Una ley debe aplicarse a toda una serie de eventos. El científico no puede inventar una ley, y forzar al universo a que se conforme a ella. No, el universo ya se está conformando a una ley que ya existe, y estas leyes son descubiertas, no inventadas. Las leyes ya están ahí. Las leyes ya se aplican, y son inviolables. Tiene “dientes”, es decir, agarran la realidad. Si son leyes universales, entonces son inviolables. Ningún evento escapa su mano ni su dominio. El poder de estas leyes es absoluto, de hecho, infinito. En lenguaje clásico, la ley es omnipotente.
Si la ley es omnipotente y universal, entonces no hay excepciones realmente. ¿Aquí concluimos que los milagros son imposibles porque violan las leyes? No, porque los milagros están en armonía con el carácter de Dios. Ocurren de acuerdo a su Palabra profética y su decreto. La verdadera ley, la Palabra de Dios, produce los milagros. Un milagro podría ser inusual e impactante, pero no violan la ley de Dios. Sólo violan algunas expectativas y adivinanzas humanas. Pero esto es problema nuestro, no un problema para Dios. Así como las leyes de Newton se limitan a aproximaciones para objetos de baja velocidad, de igual manera el principio que las cabezas de hachas no flotan es limitado para otras consideraciones, como por ejemplo, “excepto cuando Dios quiere de lo contrario en respuesta a una necesidad especial” (2 Reyes 6:5–6).
La ley es tanto trascendente como inmanente. Trasciende a las criaturas del mundo al ejercer poder sobre ellos, conformándolas a sus directrices. Y es inmanente en el sentido en que toca y controla bajo su dominio aún las partes más pequeñas del mundo. Ley trasciende las galaxias, pero es presente inmanentemente en la danza cromodinámica de los quarks y gluones dentro del seno de un sólo protón.
El carácter personal de ley
Al afirmar todo lo anterior, muchos científicos agnósticos y ateos estarán buscando una vía de escape. Porque pareciera que el concepto clave de ley científica está empezando a verse muy sospechosamente como el Dios bíblico. La vía de escape más obvia, y la que ha rescatado a muchos de su incomodidad espiritual, es negar que esta ley sea personal. Estas personas afirman que la ley simplemente “está ahí”. Es un “algo” impersonal.
Durante todos los tiempos las personas han intentado despersonalizar las leyes científicas. Han construido ídolos, sustitutos para Dios. Un ídolo debe tener suficientes similitudes con el Dios verdadero para ser creíble, pero también de ser suficiente diferente como para permitirnos el consuelo y la satisfacción de manipular los sustitutos que inventamos.
Pero el hecho es que cuando miramos de cerca a la ley científica, vemos que nuestra vía de escape no existe. Ley implica un Legislador. Alguien debe crear la ley y luego aplicarla, de lo contrario, no sería efectiva. Pero si algunos no quieren pasar tan directamente a la ley como algo personal, ofrecemos el siguiente argumento más indirecto.
En la práctica, los científicos creen apasionadamente en la racionalidad de la ley científica. No tratamos con algo irracional, no-analizable, un absurdo, sino una realidad consistente que es accesible a la comprensión humana. Esta esencia racional es una sine qua non para el concepto de ley científica. Pero como sabemos muy bien, la racionalidad pertenece a las personas, no a las piedras, ni árboles, ni a las criaturas sub-personales. Si la ley es racional (algo que los científicos asumen), entonces también es personal.
Los científicos asumen también que las leyes pueden ser definidas, expresadas, comunicadas y entendidas por medio del lenguaje humano. El trabajo científico incluye no sólo un proceso de análisis racional, sino también la comunicación simbólica. Ahora, la verdadera ley está “ahí”, y no fue escrita ni comunicada en lenguaje humano. Pero esta misma ley debe ser comunicable en lenguaje humano como descripción secundaria. Debe ser traducible, no sólo en un idioma pero en muchos idiomas humanos. Quizás incluimos restricciones, definiciones y contextos para alguna ley por medio de cláusulas, frases, y explicaciones en lenguaje humano. La ley científica claramente es como el lenguaje humano, en que puede ser definida gramaticalmente, parafraseada, traducida e ilustrada. Ley comparte la calidad de comunicación, ¡de lenguaje! Y la complejidad de expresiones que encontramos entre los científicos, al igual que en todos los seres humanos, no se encuentra en el mundo animal. El lenguaje es una de las características principales que separa al hombre de los animales. El lenguaje, como la racionalidad, pertenece a las personas. De modo que se sigue que la ley científica es personal.
La incomprensibilidad de la ley
Ley es tanto comprensible como incomprensible en el sentido teológico. Es decir, podemos saber verdades científicas, sin embargo, en medio del saber permanecen profundidades no-exploradas y preguntas sin respuestas tocante a la área que creemos más saber.
Lo comprensible de las leyes es estrechamente relacionado con su racionalidad y su inmanencia, vistas en que podemos conocer sus efectos y expresarlos. Y experimentamos lo incomprensible de las leyes cuando el aumento del conocimiento científico sólo nos conduce a preguntas más profundas: “¿Cómo es posible esto?” y “¿por qué esta ley en lugar de alguna otra ley que la mente humana podría imaginar?” La profundidad y misterio en los descubrimientos científicos sólo pueden producir en nosotros admiración, y sí, adoración, si no hemos matado nuestra sensibilidad con arrogancia (Isaías 6:9–10).
¿Estamos divinizando a la naturaleza?
Ahora debemos considerar una objeción. Al reclamar que las leyes científica tienen atributos divinos, ¿no estamos divinizando a la naturaleza? ¿No son las leyes científicas parte del mundo creado? ¿No deben ser categorizadas como criaturas y no como Creador?
Sospecho que muchos de nosotros inferimos que las leyes científicas son parte del mundo creado, y esto es por lo específico de estas leyes y su referencia obvia al mundo creado. Pero tal inferencia es inválida. El lenguaje que describe una mariposa no es la mariposa, ni parte de la mariposa. El lenguaje que se refiere al mundo creado no es necesariamente una parte ontológica del mundo a que se refiere.
Además, recordemos que estamos hablando de leyes reales, no meramente adivinanzas humanas ni aproximaciones. Las leyes reales son verdaderamente la Palabra de Dios, determinando cómo el mundo de criaturas debe funcionar. Lo que nosotros llamamos “ley” es nada más que la acción de Dios al hablar y actuar. Es la manifestación de Dios en el tiempo y el espacio. El verdadero error no es divinizar a la naturaleza, sino rehusar el reconocimiento que la ley es la ley de Dios, nada menos que la acción de Dios al hablar. Estamos ante Dios mismo.
Este concepto clave del carácter divino de ley es muy antiguo, más antiguo que la ciencia moderna, y aún más antiguo que el surgimiento del Cristianismo. Aún antes de la venida de Cristo, las personas reconocieron las profundas regularidades en el gobierno del mundo, y luchaban con el significado de ello. Tanto los griegos (especialmente los estoicos) como los judíos (especialmente Filo), desarrollaron especulaciones acerca del logos, la “palabra” divina o la razón detrás de lo observado. Adicionalmente, los judíos tenían la revelación del Antiguo Testamento acerca del papel de la Palabra de Dios en la creación y en la providencia. Con este trasfondo, Juan 1:1 proclama “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Juan responde a las especulaciones de su tiempo con una revelación llamativa: la Palabra (logos) que creó y sostiene el universo no sólo es una persona divina “con Dios”, sino es el mismo que se encarnó: “y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
Dios dijo, “Sea la luz” (Génesis 1:3). Se refería a la luz como parte de su mundo creado. Pero con esta referencia vemos que su Palabra tiene poder divino para crear lo que no existía. El efecto en la creación tuvo lugar en un momento específico. Pero el plan para la creación, exhibido en la Palabra de Dios, es eterno. De igual modo, las palabras de Dios a nosotros en la Biblia se refieren a diferentes partes del mundo creado, pero este lenguaje (en distinción a las cosas a que se refiere) es divino en poder, autoridad, majestad, rectitud, eternidad y verdad. La analogía con la encarnación nos da la clave. La Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo eterno de Dios, fue hecho hombre en la encarnación, pero no dejó de ser Dios. Igualmente, cuando Dios habla y nos dice lo que será en este mundo, sus palabras no dejan de tener poder divino y el carácter inmutable que le pertenecen. Al contrario, permanecen palabras divinas, y tienen poder para definir las condiciones respecto a los asuntos de las criaturas. La palabra de Dios sigue siendo divina cuando se convierte en ley, una directriz específica respecto a este mundo creado.
La bondad de la ley
¿Es la ley buena? ¡Ah! Aquí entramos en ciertas dificultades. Hay muchas personas que dicen que la presencia de la maldad en el mundo es un obstáculo para creer en Dios. En su libro sobre científicos y religión, Larson y Witham citan Albert Einstein quien dijo, “en su lucha por el bien ético, los maestros de religión deben tener el valor de ceder la doctrina de un Dios personal”.
Pero no es tan simple como lo expresa Einstein. Nosotros podemos juzgar alguna situación como “mala” con base en un estándar de “lo bueno”. Pero al hacerlo, hemos apelado a un estándar más allá del mundo empírico. Apelamos a un estándar, a una ley. Si nosotros cedemos la idea de una ley moral, hemos cedido el mismo fundamento necesario para juzgar “lo malo”. El ateo necesita el concepto de “ley moral” para criticar el teísmo, pero la ley moral presupone algún absoluto. Este “absoluto”, para que nos obligue a actuar y responsabilizarnos ante ello, debe ser personal. Sólo la respuesta bíblica nos puede traer claridad aquí. El carácter de Dios es la fuente última de la ley moral. Y el hombre, creado a la imagen de Dios, tiene conocimiento innato de esa ley (Romanos 1:32). Pero el hombre se ha rebelado contra Dios. Y los males de este mundo son consecuencia de esta rebelión. No debemos echar la culpa del mal sobre Dios, sino sobre el hombre.
La bondad de Dios se manifiesta más claramente en la ley moral de Dios. Pero para muchas personas contemporáneas, influenciadas por Kant y las siguientes ideas, la ley moral es algo radicalmente subjetiva, radicalmente separada de las leyes físicas o científicas. Y para abrir el diálogo muy directamente con los científicos, necesitamos volver a considerar la ley científica.
Hay rasgos sutiles de la bondad de Dios en el concepto de la ley científica. Digámoslo así, que los científicos esperan que “la naturaleza” sea a veces sutil, pero nunca perversa. La ley no hace trampas engañosas con nosotros, escondiéndose a veces, y otras veces dando resultados contrarios sólo para confundirnos. “La naturaleza” juega de manera honesta. O, para ponerlo de otra forma, Dios “juega limpio”. Para que los científicos no se vuelvan locos en sus experimentos, deben creer que las leyes del universo “juegan limpio” con ellos. Y así vemos que existe un fundamento bueno, y no perverso, en la forma en que obtenemos los resultados de la investigación científica.
La hermosura de ley
Las leyes científicas, y en especial las leyes “profundas”, son hermosas. Durante mucho tiempo los científicos han analizado posibles hipótesis y modelos en parte sobre el criterio de su belleza o su sencillez. ¿Por qué? Porque los científicos claramente esperan que las leyes nuevas, al igual que las antiguas, evidencien belleza y sencillez. Y aunque el tema de “hermosura” no ha sido un tópico favorito en las exposiciones clásicas de la doctrina de Dios, sin embargo la Biblia nos muestra un Dios quien es profundamente hermoso. Dios da a conocer su hermosura en el diseño del tabernáculo, la poesía de los salmos, la elegancia de las parábolas de Cristo, al igual que en la belleza moral de la vida de Cristo.
La rectitud de ley
Otro atributo de Dios es la rectitud o justicia. La justicia de Dios es manifestada en la ley moral, y en la rectitud de sus juicios, es decir, sus recompensas y castigos basados en la ley moral. Pero la ley moral, como hemos observado, queda fuera del parámetro de la investigación científica. ¿Aparece de alguna manera la rectitud de Dios en las leyes físicas, la ley científica?
Las evidencias de ella son menos evidentes, pero todavía presentes. La rectitud de Dios es relacionada estrechamente con el carácter de lo apropiado de sus hechos. Es apropiado para el carácter de Dios que le adoremos a él sólo (Éxodo 20:3). Es apropiado para los seres humanos hechos en la imagen de Dios que lo imiten, guardando el día de descanso (Éxodo 20:8–11). Las acciones humanas corresponden apropiadamente con las acciones de Dios.
En adición, los castigos deben ser apropiados. La muerte es un castigo apropiado para el homicidio (Gén. 9:6). “… como tú hiciste se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza” (Abdías 15). El castigo encaja con el crimen. Existe una relación simétrica entre el crimen y el castigo para ella.
En el campo de las leyes físicas, no hablamos de crímenes y castigos. Pero la rectitud de Dios se expresa en simetrías, orden, en un sentido de “lo apropiado” del carácter de cada ley. Hay relaciones simétricas que ocurren en formas fascinantes en todo el mundo natural. Las leyes fundamentales de la física tienen una conexión profunda con simetrías fundamentales de espacio, tiempo, energía, cargas y paridad. Estas relaciones “apropiadas” que los científicos esperan posiblemente se relacionen con el atributo de la hermosura. Como los atributos de Dios están tan interrelacionados, uno presupone el otro, así que la hermosura y la rectitud están relacionados estrechamente. Es lo mismo con las leyes físicas. Estas leyes son a la vez hermosas, y “apropiadas”, demostrando rectitud.
La ley como “trinitaria”
Dorothy Sayers puntualiza correctamente que la experiencia de un autor humano que escribe un libro tiene una analogía con el carácter trinitario de Dios. La acción de autor de crear por medio de escribir, imita la acción de Dios al crear el mundo. Dios crea acorde con su carácter trinitario. Un autor humano crea con: una Idea, una Energía y un Poder, que corresponden misteriosamente a las tres personas divinas en la creación. Sin entrar en más detalles de las reflexiones de Sayers, podemos observar que la acción de Dios en la creación sí involucra a las tres personas. Dios el Padre origina. Dios el Hijo es el eterno Verbo o Palabra (Juan 1:1–3), y es partícipe en las palabras y mandatos que provienen de Dios (“Sea la luz”, Génesis 1:3). Dios el Espíritu Santo se mueve sobre las aguas (Génesis 1:2). El Salmo 104:30 dice, “Envías tu Espíritu, son creados (los animales), y renuevas la faz de la tierra” (Salmo 104:30). Además, en la creación de Adán Dios sopló en él, simbolizando la presencia del Espíritu de Dios (Génesis 2:7). Y aunque la relación entre las tres personas de la trinidad es profundamente misteriosa, y aunque las tres personas se involucran en todas las acciones de Dios hacia el mundo, sin embargo podemos concordar con Sayers que es posible distinguir los diferentes aspectos de acción que pertenecen predominantemente a cada persona divina.
La ley científica proviene de la actividad creativa de Dios, quien envía su Palabra y produce la creación. De modo que la actividad de las tres personas de la trinidad es implícita en el concepto mismo de ley científica. En primer lugar, el concepto de ley presupone racionalidad que implica un plan. Esto corresponde al término que usa Sayers, “Idea”, representando el plan del Padre. Segundo, ley presupone la expresión o especificación del mismo plan, con respecto a todos los otros aspectos particulares del mundo. Esto corresponde al término de Sayers de “Energía” o “Actividad”, representando el Verbo quien es la expresión del Padre. Tercero, ley presupone alguien que responsabiliza las criaturas ante la ley, y aplica la ley a las criaturas, encaminándolas a que respondan a la ley como fue planeado. Esto corresponde al término de Sayers de “Poder”, representando el Espíritu.
También podemos ver un reflejo de la trinidad en una otra manera utilizando las categorías ya empleadas en las expresiones teológicas sobre la trinidad y el carácter de Dios reveladas en su Palabra. La ley es tanto universal, como general, y se aplica a una gama inmensa de instancias. En el pensamiento trinitario, este carácter universal que permite “clasificar” las cosas corresponde a la inmutabilidad de Dios el Padre durante todas la edades. La ley se aplica también a cada caso particular. Las instancias particulares exhiben otro aspecto de ley, y podemos llamar el aspecto el de “particularidad” o “instancionalidad”. Esto corresponde a la manifestación concreta de Dios en la encarnación de Cristo el Verbo. Toda ley exhibe estas dos instancias, así estableciendo una relación entre los aspectos universales y los aspectos específicos de cada instancia. La relación entre ellas es el aspecto “asociacional”, y corresponde al papel del Espíritu Santo en su relación inter-trinitaria, y también en la forma en que mora en el creyente.
Dios se manifiesta a sí mismo

Las relaciones que he mencionado son sugerencias para explorar, pero aquí no necesitamos desarrollar más estos puntos. Baste observar que lo que las personas llaman “ley científica” es en realidad una manifestación de lo divino. Estamos hablando de Dios mismo y la revelación de sí mismo por medio de su gobierno del mundo. Los científicos deben creer en las leyes científicas para poder realizar sus labores. Y cuando analizamos lo que es esta ley científica, encontramos que el científico está confrontado con Dios mismo, el Dios trino, y dependemos de él constantemente y de lo que hace en conformidad con su naturaleza divina.




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