miércoles, 13 de agosto de 2014

Predique con "Convicción" - parte 1/2

…porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
Hechos 4:20
Recientemente leí este curioso pensamiento:
A un predicador se le acercaron algunos miembros de su congregación por un problema en la iglesia. Al ventilar sus problemas, hicieron toda clase de cargos en contra de los que estaban en desacuerdo. Respondiendo a sus quejas, el predicador les dijo:
–Tienen razón, ustedes tienen absolutamente toda la razón.
A la noche siguiente, otro grupo vino a su hogar y dijo a su modo la misma historia. Él los escuchó calmadamente, y cuando terminaron les dijo:
–Tienen razón, ustedes tienen absolutamente toda la razón.
Su esposa que estaba en la cocina, escuchó todo. Tan pronto como los miembros de la iglesia se fueron, ella entró aprisa a la sala y exclamó:
–Eres el individuo más falto de carácter que jamás he conocido.
–Tienes razón –respondió–, tienes absolutamente toda la razón.
Muy a menudo muchos hombres del púlpito parecen encajar en este tipo de personas, predicadores faltos de carácter que se paran al frente para nada, que arrullan a sus oyentes mediante la complacencia, que harán que su audiencia pase la eternidad sin Cristo. Un predicador del evangelio por definición, es un hombre que lucha por algo, que predica con fuertes convicciones personales sobre cualquier asunto a la mano. Tal clase de hombre con toda seguridad que es un predicador apasionado.
La predicación apasionada casi siempre procede de un hombre que al tener la verdad la proclama con profundas convicciones personales. Son las verdades por las que moriría. Los hombres sostienen opiniones pero las convicciones sostienen al hombre. Las convicciones son principios espirituales que nos llevan a actuar sin importar las circunstancias. En la actualidad, desdichadamente hacen falta convicciones en nuestros púlpitos acerca de las verdades que se predican. En este tiempo hay muchos predicadores en nuestros púlpitos faltos de carácter, a veces firmes a veces no, indecisos, tímidos y aun cobardes; y un púlpito falto de carácter produce gente sin carácter.
Con-vic-ción s. el estado de convicción, creencia firme, estar convencido respecto a una verdad.
La Biblia está repleta de ejemplos de hombres y mujeres que se mantuvieron firmes en lo que creyeron, que estuvieron dispuestos a sufrir daños indecibles por sus convicciones, y que aun estuvieron dispuestos a morir por lo que creyeron que era correcto. Los pongo como modelo para nosotros. Consideren las apasionadas convicciones de los siguientes siervos de Dios:
La convicción de Josué: “Escoged hoy a quién habéis de servir: si a los dioses que sirvieron vuestros padres, que estaban al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa, serviremos al Señor” (Jos. 24:15).
La convicción de Sansón restaurado: “Y dijo Sansón: ¡Muera yo con los filisteos!” (Jue. 16:30).
La convicción de Rut: “Así haga el Señor conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa” (Rt. 1:17).
La convicción de Samuel: “Y Samuel dijo: ¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Por cuanto has desechado la palabra del Señor, El también te ha desechado para que no seas rey” (1 S. 15:22–23).
La convicción de Natán el profeta: “Entonces Natán dijo a David: Tú eres aquel hombre” (2 S. 12:7).
La convicción de Elías: “¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él” (1 R. 18:21).
La convicción de Ester: “y si perezco, perezco” (Est. 4:16).
La convicción de Job: “¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” (Job 2:10).
La convicción de Daniel: “Se propuso Daniel en su corazón no contaminarse” (Dn. 1:8).
La convicción de Sadrac, Mesac y Abed-nego: “Pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado” (Dn. 3:18).
La convicción de Juan el Bautista: “Camada de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que vendrá?” (Mt. 3:7) y “porque Juan le decía: No te es lícito tenerla” (Mt. 14:4).
La convicción de los apóstoles: “Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. (Hch. 4:19–20) y “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” (5:29).
La convicción de Esteban: “Vosotros, que sois duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, resistís siempre al Espíritu Santo; como hicieron vuestros padres, así también hacéis vosotros” (Hch. 7:51).
La convicción de Pablo: “Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).
La convicción de Juan: “Yo, Juan…me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap. 1:9).
La convicción de nuestro Señor y Salvador: “El Hijo del Hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Lc. 9:22).
La lista de los santos de Dios que vivieron y predicaron con convicción podría continuar indefinidamente, desde el reformador Martín Lutero, quien declaró su histórica posición en Worms, hasta Eric Lidell, el atleta escocés quien se distinguió al rehusar correr en el día del Señor durante las olimpiadas.

Los hombres que tienen convicciones y las viven, predicarán con convicción. Pero, existe una separación en algunos predicadores entre predicar la Palabra de Dios y predicar apasionadamente. Predicamos su Palabra, pero no apasionadamente. Predicamos la verdad, pero no con energía o fuego ardiente en nuestro ser. Mucho tiene que ver con lo que predicamos, pero no tanto con lo que verdaderamente creemos. Como predicadores convencidos de la Biblia como la Palabra de Dios y comprometidos a predicar esa Palabra, nunca debería faltarnos pasión. La Palabra de Dios, sola, es una fuente de inspiración (Sal. 19:7–13 y 119:11–16); es poderosa (He. 4:12–13), útil (2 Ti. 3:16–17) y es divinamente eficaz (Is. 55:11).


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