jueves, 14 de agosto de 2014

Predique con "Convicción" - parte 2/2

Predicar con convicción descansa en estas simples premisas:
Principios para predicar con convicción

> Enfocarse en los temas principales.
> Predicar la tesis principal del texto.
> Predicar el texto “yugular”.
> Predicar las doctrinas ortodoxas.
> No enfocarse mucho en los temas menores.
> Meditar en el texto que va a ser predicado.

El predicador expositivo pudiera estar en desventaja cuando necesite predicar con pasión. Puesto que ha escogido un estilo de predicar en el que debe ir de capítulo en capítulo, versículo por versículo, a través de todos los libros de la Biblia, también deberá predicar a través de los libros o porciones de libros que tal vez no emocionen su corazón o los corazones de sus oyentes. Una predicación en secuencia y cognitiva no siempre es apasionada o emocionante.
Pero aun los predicadores expositivos podrían predicar con profundas convicciones personales si tan solo siguen algunas directrices al predicar.
Enfocarse en los temas principales
Los grandes predicadores son aquellos que predican los temas principales de las Escrituras. Los predicadores textuales y de temas tienen ventaja sobre los predicadores expositivos porque pueden escoger los temas que emocionan sus corazones y sobre los cuales tienen un sentimiento profundo. El expositor, sin embargo, debe predicar sección tras sección sin importar si le emociona o no.
El estilo dicta el contenido. El panorama bíblico no está adornado con verdades distinguidas de fácil aplicación y disponibilidad. Algunas secciones requieren gran habilidad exegética para extraer su riqueza y mucha habilidad homilética para entregar un mensaje preparado y aplicable.
Entonces, ¿qué debe hacer el expositor? Primero, con sabiduría debe seleccionar el libro que planea exponer. Puesto que la Biblia es una enciclopedia de libros y temas, él tiene la oportunidad de seleccionar el libro de la Biblia que será más importante para el auditorio. Para la iglesia, los libros del Nuevo Testamento tienen precedencia sobre los del Antiguo Testamento. Para los plantadores de iglesias, recomiendo una exposición de Mateo, luego de Hechos seguido por Romanos y 1 Corintios. Casi cada capítulo en estos cuatro libros será extremadamente vital para el establecimiento y madurez de la iglesia.
El Antiguo Testamento se presta en gran manera para la predicación expositiva, y obviamente unos libros son más fundamentales para la iglesia que otros; (por ejemplo Génesis vs. Levítico). Otros libros del Antiguo Testamento parecen ser de un interés perenne (por ejemplo Salmos y Proverbios), mientras que otros necesitan mucha elaboración expositiva para ser del agrado de la audiencia (por ejemplo los profetas menores).
De ninguna manera intento menoscabar la inspiración de todas las Escrituras, ni procuro promover el descuido de la predicación de todo el consejo de Dios. Simplemente quiero revelar lo que es obvio para los expositores. Si tiene que escoger entre Romanos y 2 de Crónicas para predicar el domingo por la mañana, ¿cuál le apasionaría más? ¿Cuál contendría los mejores temas que su gente urgentemente necesita aprender y asimilar en sus vidas? La respuesta es obvia. Por lo mismo, tenemos que ser inteligentes para seleccionar con cuidado los libros sobre las cuales exponer la Palabra.
Predique la Tesis Principal del Texto
Por predicar la tesis principal del texto me refiero a que como expositores debemos predicar el tema y exponerlo al ir por los párrafos de los capítulos. Algunos expositores piensan que deben explicar cada “jota y tilde”, cada significado gramatical y los pormenores de la sintaxis o cada estilo literario, con el fin de ser conocidos como expositores. Honestamente, no muchos de nosotros podemos realmente apasionarnos a causa de una partícula gramatical griega. Dudo que nuestro público se entusiasme por los tiempos y modos de los verbos griegos.
La exposición es como servir pollo para cenar. Hemos matado el pollo, le hemos quitado las plumas y lo hemos partido en pedazos, pero nunca veremos las patas o el pescuezo servidos en el plato. Se sirve la mejor parte del pollo. (Cuando era adolescente, recuerdo que me daban el pescuezo. Era lo que me tocaba para comer, pero hubiera preferido que me dieran una pierna).
¿Por qué le servimos a nuestra gente menos de lo que es la tesis principal del texto? ¿Por qué dudamos en darles los grandes temas desarrollados por los escritores del evangelio y en vez de eso demandamos que entiendan las descripciones y explicaciones de temas menos importantes, de asuntos triviales? Si pudiéramos identificar la tesis principal del texto, ver su vitalidad para los destinatarios originales, para nosotros y para nuestra audiencia, nos involucraríamos profundamente en ello y la predicaríamos con vitalidad. Un sermón no es un ejercicio de exégesis, sino la declaración de una verdad para movernos a la acción moral. Es una verdad entregada por medio de un hombre. Cualquier cosa menos que esto puede ser alcanzada sin necesidad del predicador.
Un sermón no es un ejercicio de exégesis, sino la declaración de una verdad para movernos a la acción moral.
Predique el Texto Yugular
La vena yugular es la vena principal, la que sostiene la vida en nuestro cuerpo. Cortar la vena yugular es dar un golpe mortal. Lo mismo se aplica a la predicación de las Escrituras. Si usted predica por tópicos o textualmente, entonces seleccione los textos yugulares, los textos que contienen toda la doctrina en uno o dos versículos.
Predicar el texto yugular es como servir filete “miñón” en cada comida. El predicador simplemente busca en las Escrituras los textos que hablan sobre los temas principales de la Biblia. Para predicar sobre los orígenes, usted va a Génesis 1; para un sermón sobre el pecado, a Génesis 3; para santidad, a Isaías 6; para confesión de pecados, al Salmo 51; para el nuevo nacimiento, Juan 3; y así sucesivamente.
Ese fue el secreto de los avivamientos de los predicadores itinerantes: ellos simplemente escogían los textos que contienen la verdad que emocionaba sus corazones y luego expresaban esa verdad con pasión. Podemos aprender mucho de ellos.
Una palabra de precaución es necesaria a estas alturas. Un texto no debe llegar a ser un pretexto. Una exégesis completa debe preceder a nuestro sermón, aun si solo exponemos un versículo. Este debe ser estudiado a fondo en su contexto gramatical, histórico y literal. Ningún predicador jamás debería predicar sobre un pasaje que no entiende verdadera y completamente. Es nuestro trabajo declarar la verdad, no dar sermones.
Predique las Doctrinas Ortodoxas
La ortodoxia emociona. El término ortodoxia se refiere a las doctrinas cardinales de la fe cristiana, tenazmente defendidas a través de los siglos y entregadas a nosotros por fieles y valientes defensores de la fe. Vale la pena morir por las doctrinas ortodoxas. La ortodoxia movió a Judas a desafiarnos apasionadamente a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos” (Judas 3). La pasión de Judas sobresalta en las páginas de la Biblia.
Necesitamos estar bien familiarizados con doctrina y teología. El objetivo primordial de estudiar teología en un seminario es ponernos al tanto de las verdades cardinales contenidas en las Escrituras y entender la manera en que afectan a la raza humana. Desdichadamente, la teología puede ser estudiada solamente para propósitos académicos, y consecuentemente se predicará en esa misma forma. Un profesor de teología, carente de espíritu, produce predicadores teológicos carentes de espíritu. Esto no debe ser así. Si la teología es la verdad, la teología bíblica debería hacer arder nuestros corazones como a aquellos discípulos de Emaús (Lc. 24:32).
Cada predicador debe ser un teólogo. Él debería saber su doctrina porque cada sermón es un sermón doctrinal, el desarrollo de alguna verdad divina revelada en las Escrituras. Si un sermón no desarrolla una doctrina específica, y si no rechaza o explica un punto de vista de la fe, no es un sermón bíblico. En pocas palabras, estamos fallando al “predicar la Palabra”. Por esta razón debemos estar bien familiarizados con nuestra teología. Nuestros libros de teología deben estar al alcance de nuestras manos y debemos hacer buen uso de ellos cuando preparemos nuestros sermones.
Cada predicador debe ser un teólogo. Y saber su doctrina porque cada sermón es un sermón doctrinal, el desarrollo de alguna verdad divina revelada en las Escrituras.

Permítanme hacer aquí dos observaciones acerca de predicar con convicción. Primero: concretémonos en las principales doctrinas ortodoxas. Identifíquelas y márquelas, instrúyase en ellas y predíquelas a su audiencia. Pablo predicó la cruz, no el bautismo (1 Co. 1:17). Note la sabiduría del apóstol al diferenciar las doctrinas de peso. ¿Le importaba el bautismo a Pablo? Por supuesto que sí. Pero sabía que el evangelio es lo que salva, no el bautismo. Por eso predicó la doctrina cardinal de la cruz. La cruz me emociona; las formas de bautismo no. Si predicáramos con convicción, entonces deberíamos identificar las doctrinas ortodoxas que nos conciernen, aquellas que son indispensables, verdades no negociables. Debemos predicarlas con ardiente convicción para que nuestro auditorio las ame tanto como nosotros.
La segunda observación es esta: predicar doctrinas en la misma forma que Dios lo hace; o sea, en el contexto histórico de la vida humana, no en el seco formato analítico de un libro de teología. Cada doctrina se aprende en el contexto del trato de Dios con su pueblo. El se revela a sí mismo en la vida y en las circunstancias de cada día. No hay mejores formas que ésas para comunicar la verdad. Usted también haga lo mismo.
No enfocarse mucho en los temas menores
No solamente debería ser nuestra ambición ponerle mayor atención a los temas bíblicos de más importancia si vamos a predicar con convicción, sino que también debemos abstenernos sabiamente de los temas menores que roban el efecto de la voluntad revelada de Dios. La mazorca es importante para el desarrollo del grano, pero solo uno de esos dos se come; por lo tanto, solo uno es vital. Lo mismo puede decirse acerca de la verdad revelada. Mucha predicación hoy día, es predicación basada en temas menores:
trasfondo histórico,
tradiciones eclesiásticas,
temas extrabíblicos,
disputas teológicas no solucionadas
controversias políticas.
En ocasiones, un predicador puede emocionarse sobre estos asuntos, especialmente con la política y temas controversiales. A algunos les gusta una buena disputa. Pero una dieta continua de controversias políticas no sustenta el alma, ni el predicador puede sostener su pasión en una verdadera forma santa si continúa predicando sobre temas menores. Tal vez esto es a lo que Pablo se refirió cuando habló del hombre “que tiene un interés morboso en discusiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, y constantes rencillas” (1 Ti. 6:4–5). O cuando le encargó a Timoteo “evita las palabrerías vacías y profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ‘ciencia’ ” (1 Ti. 6:20 ); y otra vez: “Evita las palabrerías vacías y profanas, porque… conducirán más y más a la impiedad” (2 Ti. 2:16 ). O sus palabras a Tito cuando lo retó: “Pero evita controversias necias, genealogías, contiendas y discusiones acerca de la ley, porque son sin provecho y sin valor (Tit. 3:9).

Sangster dice:
Por lo que vemos en el título del sermón que está escrito los sábados por la tarde en algunos periódicos, nos damos cuenta de que muchos predicadores todavía pierden el tiempo en trivialidades. Pero también son culpables hombres habilitados. Uno oye en ocasiones a un hombre con una buena dosis de habilidad homilética desarrollando algo de la nada en el púlpito y dejando al hambriento oyente con el deseo de que por lo menos la mitad de esa habilidad hubiera sido gastada en la importancia del evangelio y hubiera tratado en una forma seria acerca de las cosas de las cuales el hombre vive.
Medite en el Texto
Para poder predicar con convicción, debemos permitir que la verdad del texto arda en nuestros corazones hasta que sintamos lo que sintió Jeremías, que la Palabra llega a ser como un fuego ardiente encerrado en nuestros huesos (Jer. 20:9), o como los apóstoles que dijeron: “no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20).
Pasos a tomar para crear fogosidad dentro de nosotros.
1. Procurar un entendimiento exegético del texto: ¿Qué significa?
2. Procurar un entendimiento experimental del texto: ¿Qué significa para mí?
3. Procurar un entendimiento homilético del texto: ¿Qué verdad necesita oír mi gente de este texto? ¿Cómo puedo servírselo a ellos?
Estos tres pasos proveen los ingredientes del combustible para crear un gran fuego en nuestra alma. Una verdad descubierta calienta la mente; y la necesidad de impartir la misma verdad a otros enciende llamas en el púlpito.
La predicación apasionada no puede pasar por alto ninguno de estos pasos. No tienen rodeo. El Dr. John MacArthur ha destacado la naturaleza de la predicación como “un trabajo duro”. Él dijo: “Debemos estar en nuestros asientos hasta que el trabajo termine”. Tenemos mucha prisa en predicar, me temo, y cuando predicamos es solamente un ejercicio del deber y no una ardiente convicción.
La convicción de algunas verdades bíblicas empieza con nuestra exégesis, con nuestra tediosa tarea preliminar de procurar entender qué es lo que el pasaje de la Biblia significa, qué es lo que quiere decir. El texto a predicarse debe ser completamente analizado para que podamos responder cualquier pregunta relacionada con él. Debemos sentir que hemos entendido exactamente qué es lo que el escritor quiso decir. Cada ‘jota y cada tilde’ debe ser disecada, cada ramificación debe ser explorada, cada pensamiento debe ser ‘exhumado’ hasta que no haya nada más que descubrir. Entonces estamos listos a proceder al siguiente paso. Pero es en este primer paso que muchos predicadores fallan. La flojera domina a unos de nosotros; la distracción, a otros. La falta de buenas herramientas exegéticas a otros más. Y aun otros, tienen que empezar muy tarde en la semana, por eso terminamos con “Especiales del sábado por la noche”. El predicador es sobre todo un exégeta. Debemos vivir a la plenitud de esa descripción de trabajo.
La verdad descubierta, a la vez, debe ser aplicada personalmente. Al igual que la proverbial res, una vez ingerido el alimento en el “estómago del cráneo”, debe ser transferido al “estómago experimental”, donde es digerido para hacernos un bien personal y espiritual. Un texto que no nos ha beneficiado en alguna forma no será comunicado con ningún sentido de emoción o de urgencia. El texto debe de alimentarnos a nosotros primero, si es que ha de alimentar a otros después. Obviamente, la aplicación experimental requiere tiempo y disponibilidad espiritual. Nosotros también podemos llegar a ser “duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oído”, como para resistir la bondad del ministerio del Espíritu Santo. Recuerde, un corazón frío forma un predicador frío.
El paso final es procurar entender homiléticamente el texto, buscar formas para aplicar la verdad a los corazones de nuestros oyentes. Un pastor conoce sus ovejas, conoce bien la condición de su rebaño, y sabe qué verdades necesitan en su momento actual. Él también conoce el humor y hábitos particulares de tal modo que procurará la mejor manera de comunicarles la verdad para que les haga bien, de la mejor manera posible. Nuestra meditación sobre el texto debe extenderse aun a la forma de entregarlo que usemos al comunicar la Palabra de Dios. No solamente estaremos convencidos de la verdad sino de la forma en que la verdad es servida.
La Convicción es Contagiosa
Predicar con convicción es predicar con pasión. Me he esforzado en ayudarle a tener convicción acerca de lo que usted predica, para ayudarle a sentir muy en su interior qué es lo que va a decirle a su gente. Permítame concluir este capítulo con dos citas que hablaron a mi corazón.
Al predicador que tiene interés en su tema, siempre se le escuchará. sus oidores tal vez no creerán su doctrina; tal vez serán cautelosos, críticos, fastidiados; pero ellos lo escucharán. El no tendrá un auditorio inatento; esto es imposible. Pocos ojos estarán distraídos, pocas mentes estarán insensibles, pocos corazones estarán indiferentes. Aquellos a quienes él les predica podrán quejarse; podrán oír y odiar; pero lo escucharán. No hay predicador que mantenga la atención de la gente a menos que él sienta su tema; tampoco puede mantenerla, a menos que lo sienta muy profundo. Si va a hacer que otros sean solemnes, él mismo debe ser solemne; debe “tener comunión” con la verdad que expresa.
Permitan que un hombre sea “absorbido” por ciertas verdades, dejen que las vea como hechos y no como sentimientos, que las vea en el corazón mismo de la realidad y con inmenso significado, no solo para sí mismo sino para toda la raza y ellas producirán en él un sentido de urgencia, un calor, y le darán una convicción a su proclamación la cual será muy transformadora.

Predicador, ¡predique con convicción!


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