martes, 3 de enero de 2017

Bienaventurados los mansos

Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad.
Mateo 5.5

Las primeras dos bienaventuranzas tienen que ver con un estado espiritual producido por la intervención de Dios en nuestras vidas. Se refieren a la acción del Espíritu por la cual logramos descubrir nuestra verdadera condición humana. Quedan desnudados todas las posturas y actitudes que en algún momento nos llevaron a pensar que éramos algo. Nuestra penuria espiritual se torna dolorosamente evidente y nos quebrantamos internamente por esta realidad tan radicalmente opuesta a la que creíamos poseer.

La bienaventuranza de hoy está apoyada sobre la condición espiritual que describe la primera y segunda bienaventuranzas. Al igual que los eslabones de una cadena, esta condición no puede existir aislada de la pobreza y el quebranto espiritual. La mansedumbre, no obstante, nos introduce en el plano de las relaciones humanas. Es importante que entendamos que las relaciones sanas no dependen de la calidad de las personas que la componen, sino de la existencia de un fundamento espiritual que permite que nos veamos tal cual somos.

La mansedumbre es la actitud que confirma que la conciencia de pobreza espiritual es verdaderamente producto de un accionar de Dios, y no de nosotros mismos. Cuando estamos vestidos de mansedumbre podemos aceptar, con una actitud de quietud y sosiego interior, aquellas cosas que nos resultan dolorosas, humillantes o difíciles. Cuando otros pueden acercarse a nosotros para señalar nuestros defectos y errores, no reaccionamos con airada indignación, buscando justificar lo injustificable. Es el Espíritu el que ha traído a la luz estas mismas condiciones y por eso podemos tomar las palabras de los demás como una confirmación de lo que ya nos ha sido revelado.

Frente a situaciones de injusticia somos lentos para reaccionar. No nos preocupan los insultos o las acciones que dañan nuestra reputación. Estamos confiados en que Dios defiende a los suyos y no requiere de nuestra ayuda para hacerlo. Tal fue la actitud de Moisés cuando se levantaron contra él María y Aarón (Nm 12) o los hijos de Coré (Nm 16). La Palabra lo describe como el hombre más manso de la tierra (Nm 12.3). Jesucristo invitó a todos los cargados y angustiados a que se acercaran a él, porque él era «manso y humilde de corazón» (Mt 11.29). En el momento más duro de su trayectoria terrenal demostró mansedumbre absoluta; «cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba » (1 P 2.23). No podemos evitar la sospecha de que gran parte de nuestra fatiga se debe, precisamente, a nuestros interminables esfuerzos por defender y justificar lo nuestro.

Una vez más, vemos que la recompensa marca un fuerte contraste con los conceptos típicos del mundo. La tierra, afirma la filosofía de estos tiempos, es de aquellos que no «se dejan estar». En el reino de los cielos, la tierra es precisamente de aquellos que dejan de luchar, argumentar y pelear para asegurarse del reconocimiento que, según entienden, les pertenece. Descansan en Dios y saben que él es el que levanta y derriba, el que sostiene y el que quita. Es ampliamente generoso para velar por los intereses de sus hijos.
Para pensar:

Ay de los que nunca pueden bajar la guardia, pues ellos tendrán siempre que depender de sus propios esfuerzos.

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