lunes, 2 de enero de 2017

Bienaventurados los que lloran

Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación.
Mateo 5.4 (LBLA)

El principio de una experiencia espiritual significativa, según lo que notamos en la primera bienaventuranza, es reconocer la pobreza de nuestros propios corazones. Es hacer un inventario de nuestros bienes, en lo que al espíritu se refiere, y descubrir que estamos completamente desprovistos de riquezas en este ámbito de la vida.

Este descubrimiento podría ser el principio de algo nuevo, pero no necesariamente es así. Muchos de nosotros reconocemos que hay aspectos de nuestra vida que están mal, pero esto no produce en nosotros más que un encogerse de hombros. Incluso podría utilizarse el descubrimiento de nuestra pobreza para una extraña manifestación de orgullo.

Cuando esta revelación es obra del Espíritu de Dios, sin embargo, nos conduce a este segundo paso, que es el del llanto. Nuestra verdadera condición delante de Dios trae consigo una profunda tristeza, porque entendemos cuán grande ha sido nuestra ofensa contra él. En su misericordia, él permite que derramemos lágrimas por nuestra situación, porque las lágrimas son el principio de la sanidad.

Esta verdad es contraria a muchas de las enseñanzas que nos transmite nuestra cultura, especialmente si somos hombres. «Los hombres no lloran», nos proclamaban nuestros mayores, aun cuando no teníamos suficiente edad siquiera para entender lo que era un hombre. La ausencia de lágrimas, no obstante, denota una extraña dureza de corazón, producto de una falta de contacto con nuestra vida emocional. Quien no llora, aprendió en algún momento de su vida, que las lágrimas solamente le traían problemas. En su deseo de evitar estas dificultades, reprimió un aspecto de su personalidad que es tan natural y necesario como alimentarse.

David, uno de los hombres más genuinamente espirituales en la Biblia, frecuentemente derramó lágrimas. En el Salmo 6 confesó que había regado su cama con sus lágrimas. En el Salmo 42 declaró que sus lágrimas habían sido su pan de día y de noche. Cristo lloró en más de una oportunidad por cosas que nosotros ni siquiera entendemos. Pedro lloró desconsoladamente luego de negar a su Señor. Los hermanos de Éfeso lloraron intensamente cuando Pablo les dijo que ya no los volvería a ver. Todo esto indica una manera natural de expresar tristeza y abrir las puertas al obrar de Dios.

Es precisamente a esto que Cristo apunta cuando declara que los que lloran son bienaventurados. Sus lágrimas no los dejarán vacíos y solos. El llanto de origen espiritual no produce desconsuelo (2 Co 7.10) Junto al llanto vendrá la mano tierna de Dios, que consuela a los afligidos y seca sus lágrimas, pues él es un Dios que «sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas» (Sal 147.3). Quien ha experimentado este consuelo sabe que luego del llanto uno se siente purificado y refrescado, como la tierra sobre la cual ha caído la lluvia.

Como líderes, debemos animar a nuestra gente a ser genuinos en la expresión de sus sentimientos, y también lo debemos ser nosotros. No es ninguna vergüenza llorar por la acción del Espíritu en nuestras vidas. ¡Benditas lágrimas celestiales!
Para pensar:

Ay de los que nunca lloran, porque la tristeza y la angustia les acecharán toda la vida.

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