miércoles, 4 de enero de 2017

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Mateo 5.6

Hemos estado meditando en el proceso por el cual Dios conduce a alguien a que tome conciencia de su verdadera condición espiritual. Al percibir, por medio del Espíritu, su pobreza frente a las cosas de Dios, la persona se siente quebrantada. Se resiste a la tentación de argumentar y defender su situación. Lo que otros pueden decir de su persona solamente le sirve de confirmación para lo que ya le ha sido revelado por Dios.

Este proceso de quebranto, en el cual repudiamos la manera en que hemos estado viviendo hasta este momento, podría bien prestarse para que se forme en nosotros la decisión de producir un cambio en nuestras vidas, no importa cual sea el costo ni el camino a recorrer. He aquí el verdadero peligro que lleva esta revelación, pues podría impulsarnos a asumir nosotros la responsabilidad del cambio. Viendo el punto en el cual hemos fallado, hacemos voto de que no volverá a ocurrir y ponemos toda nuestra energía en producir el cambio que juzgamos necesario para no volver a caer. Una decisión de esta naturaleza no haría más que descarrilar la obra que el Señor está llevando adelante en nuestros corazones.

Las bienaventuranzas revelan un camino diferente, el camino de la acción soberana de Dios. Las declaraciones de Cristo no describen un método a seguir, cuyo resultado está garantizado si cumplimos con cada paso del proceso. Ni bien asumimos nosotros el control del proceso de transformación en nuestras vidas, se detendrá nuestro crecimiento espiritual. Al igual que el hijo pródigo, no podemos traerle al Padre nuestra idea de cómo debe tratar con nuestras vidas, porque él ya sabe lo que necesitamos y no precisa de nuestras sugerencias. Nos debe servir de advertencia la pregunta que Pablo hizo a los Gálatas: «Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vamos ahora a seguir por la carne?» (Gl 3.3). Nuestra respuesta tiene que ser rotunda: «¡De ninguna manera!»

El camino que se abre delante nuestro es venir al Señor con nuestras debilidades y nuestros errores, para clamar a él por esa obra que solamente el Espíritu puede realizar. Por eso esta bienaventuranza expresa que la bendición se encuentra en tener hambre y sed de justicia. La justicia no es algo que el hombre puede elaborar, sino una realidad que es producto de la intervención divina. La transformación que tanto anhelamos la tenemos que buscar de sus manos. «Cristo en nosotros» es la respuesta que procuramos.

La recompensa, según lo señala Cristo, es que este hambre será satisfecho. Dios no se quedará quieto ante nuestro clamor, pues «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb 4.15–16). ¡Él está más interesado que nosotros en producir esa transformación que buscamos!
Para pensar:

Ay de los que no tienen interés en ser santos, pues vivirán atormentados buscando saciar su necesidad con lo que no sacia.

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