jueves, 11 de septiembre de 2014

La Iglesia Local

I. Su historia
Como en el caso de la Iglesia universal, encontramos una referencia a la iglesia local en germen en las palabras del mismo Señor: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:17–20), pero su historia empieza en el día de Pentecostés. La predicación de Pedro fue bendecida de tal manera que tres mil almas se convirtieron al Señor y fueron bautizadas por el Espíritu en el aposento alto. Todos estos creyentes se sintieron unidos los unos a los otros, y todos a Cristo; lo que dio por resultado que hicieran vida en común, hasta donde les fue posible, como una gran «familia» cristiana, perseverando en la doctrina de los apóstoles y cumpliendo las ordenanzas del Señor (Hch. 2:41–47). He aquí, pues, la primera iglesia local, que, hasta su dispersión, coincidía prácticamente con la Iglesia universal, ya que el testimonio no se había extendido fuera de Jerusalén.

Después de la persecución que se levantó a raíz del martirio de Esteban, los creyentes en Jerusalén, en su mayor parte, fueron esparcidos; pero, lejos de callar el mensaje, «iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hch. 8:4). En los muchos sitios en que el Señor prosperó su testimonio, se iban formando grupos de creyentes, que fueron corroborados por visitas de los apóstoles de Jerusalén (Hch. 9:32). Por medio de este procedimiento, y dentro de un período relativamente breve, se hallaban iglesias locales esparcidas por las tres grandes provincias de Palestina.

Después de abrirse la puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10), y siendo llamado y preparado Pablo para su obra apostólica, fue posible que el Evangelio se hiciera extensivo a muchos países del mundo. En el curso de tres grandes expediciones misioneras, Pablo plantó iglesias locales en muchas partes de Siria, Asia Menor y Grecia, según la historia detallada que Lucas nos da en Hechos 13 a 20. Sin duda, los demás apóstoles llevaron a cabo una obra análoga en otras regiones.

Cuando la predicación y la labor de un obrero resultaban en la formación de una iglesia, no quedaban en aquel sitio para pastorear el nuevo rebaño indefinidamente, sino que confiaban en que el Espíritu Santo levantara los dones necesarios en cada grupo, no sólo a los efectos de la vida interna del grupo, sino también con miras a la propagación del mensaje en el distrito circundante. Las iglesias no quedaban por eso abandonadas, sino que los apóstoles o sus delegados volvían de vez en cuando para la enseñanza y la guía de los rebaños, indicando, al mismo tiempo, anciano (idénticos con obispos y pastores) para el gobierno y el pastoreo permanente de las ovejas. Estos guías eran hombres que se habían destacado por su adelanto en las cosas del Señor, siendo reconocidos por su cuidado de la iglesia (Hch. 14:21–23; 20:17–35; véase «Organización» abajo).

A estas iglesias iban dirigidas la mayor parte de las cartas apostólicas que, motivadas por algunas preguntas o por alguna necesidad de los creyentes de aquel tiempo, han llegado a ser «Palabra inspirada» para todos los tiempos.
II. Su naturaleza
Sólo Dios puede ver la Iglesia universal en toda su extensión por el mundo y por los siglos, pero la iglesia local llega a ser Su reflejo y Su expresión en un sitio determinado de la tierra. Los nacidos de nuevo (otros no tienen parte ni suerte en el asunto) son «bautizados por un Espíritu en un cuerpo» (1 Co. 12:13), e impulsados por el hecho de formar parte del cuerpo místico de Cristo buscan la comunión de otros miembros del mismo cuerpo, reuniéndose en cualquier edificio conveniente para los efectos de los cultos y de la edificación mutua, según el modelo apostólico (Ro. 16:5; 1 Co. 16:19; Co. 4:15; Flm. v. 2).

De la forma en que encontramos la enseñanza más completa sobre la Iglesia universal en Efesios, así hallamos las instrucciones detalladas sobre la iglesia local en la Primera Epístola a los Corintios. Se desprende del estudio de esta epístola que habría un elemento de desorden en la iglesia de Corinto (la cual, por otra parte, era notable por su número, fe y dones) que motivó las reprensiones y las enseñanzas que nos sirven ahora de preciosa guía. Ya hemos visto la luz que el libro de Los Hechos arroja sobre el tema, y, desde luego, hay infinidad de referencias en las epístolas que ponen en foco el cuadro, con referencia especial a las que se mandaron a los tesalonicenses y a los delegados apostólicos Timoteo y Tito.

Las figuras de la iglesia local. Muchas de las enseñanzas sobre la Iglesia universal tienen su aplicación a su expresión localizada, que también se destaca bajo las metáforas de edificio, santuario y cuerpo (1 Co. 3:9–17; 12:12–31; Ro. 12:4 y 5). Pero, como es lógico tratándose de grupos «palpables», compuestos de hombres y mujeres que se reúnen para fines prácticos, en este caso el énfasis recae sobre la responsabilidad de los miembros de la iglesia local, quienes han de dar efectividad a las grandes verdades que se expresan por medio de las figuras. Así, cada uno tenía que cuidar de la forma en que se sobreedificaba encima del único fundamento, CRISTO, que Pablo, como maestro arquitecto, había colocado en Corinto, pues había la triste posibilidad de traer la madera, el heno y la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las piedras preciosas de las obras del Espíritu (1 Co. 3:9–15).

La totalidad de la iglesia local se llama también templo «santuario», pero en el caso de la iglesia local le toca a cada creyente la responsabilidad de apreciar el carácter sagrado del edificio espiritual, cuidando mucho de no cometer sacrilegio por su mala conducta, su irreverencia o su indisciplina (1 Co. 3:16 y 17). En la figura del cuerpo sobresale su peculiar función en el organismo, pues el bienestar de todos depende de la contribución espiritual de cada uno conforme al don que haya recibido (1 Co. 12:12–16).
III. Su organización y su gobierno
En la iglesia local todo ha de hacerse decentemente y con orden (1 Co. 14:40), pero el énfasis del Nuevo Testamento no recae sobre su organización, sino sobre el poder vital del Espíritu, obrando libremente en todos los creyentes. De aquí resulta que la obra es mucho más que el cargo, hasta el punto de que el cargo pierde todo su valor si la obra espiritual que realmente se efectúa no corresponde a la posición que el hermano ocupa.

A. La iglesia local es autónoma. Hay abundantes noticias do los fuertes lazos de comunión y de amor fraternal que unían las iglesias de la edad apostólica y aun subapostólica, pero no existe ninguna mención de la subordinación de unas a otras que fuesen más poderosas y más prestigiosas por su número o por su posición geográfica. Asuntos de importancia general podían discutirse para que hubiera mayor luz y guía para todos, pero sin que se estableciera el dominio de ciertas iglesias sobre otras, ni mucho menos el de una jerarquía eclesiástica. Así, la cuestión de la circuncisión de los creyentes gentiles se trató entre los ancianos de la iglesia en Jerusalén y los representantes de la de Antioquía, pero no hay el menor indicio de que la iglesia de Antioquía fuese subordinada a la de Jerusalén.

B. El cuidado de la iglesia está en las manos de los ancianos. Como se ha destacado ya, cada miembro tiene su responsabilidad especial en relación con la vida total de la iglesia, y ¡dichosa la iglesia que tenga abundancia de don pastoral que se manifieste en el tierno cuidado de todos por cada uno! Pero el libro de Los Hechos y las epístolas enseñan claramente que hermanos de madurez espiritual, de criterio y de conocimientos bíblicos, en quienes se manifiesta este don, han de ser reconocidos (1 Ts. 5:12 y 13; He. 13:17), formando conjuntamente el consejo de ancianos. Al principio, los mismos apóstoles pudieron percibir y dar reconocimiento a estos dones que surgían en el seno de cada iglesia local (y un misionero que funda una iglesia hoy en día ha de hacer igual), pero en las cartas que Pablo escribió a sus colegas Timoteo y Tito, quienes fueron enviados para la guía de las iglesias de Éfeso y de Creta, respectivamente, les dio claras instrucciones sobre las calificaciones de estos guías para la instrucción de las iglesias a través de los siglos (1 Ti. 3:1–7; Tit. 1:5–9).

Según indicamos arriba, a estos guías se les llama ancianos en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que ver con la edad); obispos (mejor «sobreveedores») por su obra en vigilar para el bien de la iglesia; pastores, por el tierno cuidado que han de tener de las ovejas, proveyendo para todas sus necesidades espirituales en el poder del Espíritu. Una comparación de Hechos 20:17, 28 establece la identidad de «ancianos», «obispos» y «pastores», mientras que Pedro pone de manifiesto muy claramente que los ancianos y los pastores son las mismas personas (1 P. 5:1–4; véase también Tit. 1:5 y 7). Nunca se habla de un solo obispo o de un solo pastor de la iglesia local, ni mucho menos de un obispo de una región, pues la jerarquía moderna es una corrupción tardía de la sencillez apostólica, que, a su vez, siguió de cerca el modelo de la sinagoga de los judíos.

C. Los diáconos, o servidores de la iglesia. La palabra diácono quiere decir «servidor» o «ministro», y, como tal, tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo Testamento. Con todo, las calificaciones de los diáconos que se nos presentan en 1.a Timoteo 3:8–13, juntamente con la referencia de Filipenses 1:1 que les distingue de los santos y de los obispos, nos dan a entender que había servidores señalados de las iglesias locales, quienes fueron también reconocidos para que pudieran llevar a cabo su obra con autoridad y con eficacia. Por analogía con Hechos 6, muchos suponen que cuidan solamente de lo material, mientras que los ancianos se entienden con lo espiritual, pero es más probable que la esencia misma de diácono indique todo aquel que ministra en la iglesia, de la forma que sea, pudiendo ser reconocidos los destacados de entre ellos.
IV. La Iglesia reunida
A. La reunión para el partimiento del pan se efectuaba normalmente el primer día de la semana (día de la resurrección del Señor y de la inauguración de la nueva creación), según se desprende de Hechos 20:7, donde la frase indica la costumbre de reunirse para este fin. No sería fácil que los creyentes del primer siglo se reunieran muchas veces en el día para diversos aspectos de los cultos, y hemos de suponer que, cuando la iglesia «se reunía en asamblea» (1 Co. 11:18, Versión Moderna) se celebraba primero el partimiento del pan, que ocupa el primer lugar en las instrucciones de Pablo, y que luego se dedicaban los hermanos a la oración y al ministerio de la Palabra para la edificación de todos, según las normas del capítulo 14. Una cuidadosa lectura de los capítulos 12 a 14 de esta epístola nos enseña que había una gran variedad de dones y de operaciones en la iglesia de Corinto, y que hubo lugar y oportunidad para su ejercicio dentro del buen orden de la iglesia, sin que por eso se tratara de la intervención de todos, con o sin don. En la iglesia local hay libertad para el ejercicio de los dones que el Espíritu concede, y es responsabilidad de todos despertar su don especial, pero es un grave error suponer que todos los hermanos reciben el don de ministrar la Palabra en público.

B. Nuestra reunión de evangelización no se ve en el Nuevo Testamento, ya que no es propiamente reunión de la iglesia local, sino sencillamente un medio, entre otros muchos, de anunciar la Palabra de Vida a los inconversos. Estos esfuerzos de evangelización se realizaban más bien en las sinagogas, en las calles y en las plazas en los primeros años de la historia de la Iglesia, y en todo tiempo los evangelistas han de adaptar sus métodos a las circunstancias de su día, siempre dentro de las normas de la Palabra.

C. El ministerio. La base de todo ministerio, tanto público como privado, se halla en los dones que el Señor ascendido derramó sobre Su Iglesia cuando envió la «promesa del Padre» (Ef. 4:7–13; Ro. 12:3–8; 1 P. 4:10 y 11). Hemos notado en el estudio sobre la Iglesia universal que los dones que se mencionan en Efesios son de alta calidad y de valor permanente. Las listas de los dones en 1 Corintios 12 son más largas y tienen más que ver con las necesidades inmediatas de la iglesia en Corinto. Dones milagrosos como sanidades y lenguas se necesitaban como señal de la operación del poder de Dios entre los hombres en los primeros tiempos, cuando aún no se había formado el canon del Nuevo Testamento. Pablo indica la inferioridad del don de lenguas (misterioso asunto sobre el cual hay gran diversidad de pareceres) al de la edificación y de la profecía y de clara indicación de que estas ayudas de la «edad infantil» de la Iglesia habían de ser anuladas o relegadas a segundo término al llegar lo que era «perfecto», o sea, la manifestación plena de la voluntad de Dios en el Nuevo Testamento (1 Co. 13:8–11). Todo el énfasis se coloca sobre la edificación de los creyentes, fuese por los mensajes de los profetas o por las enseñanzas y la exhortación basadas en la Palabra. En los primeros tiempos los profetas recibían mensajes directos porque los creyentes no podían apelar a las Escrituras del Nuevo Testamento, pero ahora la misma obra se hace por la exposición de la Palabra revelada.
V. Las ordenanzas de la iglesia local
A. El bautismo. La predicación del bautismo formaba una parte integrante del anuncio del evangelio en los primeros tiempos, y aquellos que confesaban el nombre del Señor eran bautizados en el acto (Mt. 28:19; Hch. 2:37–41; 8:36–38; 10:44–48, etc.). Si el rito inicial se demora en nuestros días es por la dificultad en que nos hallamos de discernir entre la confesión falsa y la verdadera, y no porque el creyente haya de ganar madurez espiritual para estar en condiciones de bautizarse. Los mejores eruditos, aun muchos de la escuela de los «paidobautistas» (aquellos que bautizan a niños), reconocen que el bautismo novotestamentario era por inmersión y bajo confesión de fe, y nos basta seguir las normas de la Palabra en tan importante punto.

El significado espiritual del bautismo se expone en clarísimos términos por el apóstol Pablo en Romanos 6:1–10, por lo que comprendemos que señala la separación del creyente de todo lo antiguo de su vida mundana y pecaminosa, puesto que, a la vista de Dios, su vida ya es «nueva» y derivándose de la del Cristo resucitado. Las «costumbres» del cristianismo, que se derivan de la lenta corrupción de las prácticas apostólicas a través de los siglos, han complicado mucho la hermosa sencillez del Nuevo Testamento (aun entre hermanos por otra parte muy fieles), pero quedan claros los siguientes hechos: 1) El bautismo por inmersión del creyente es un mandato del Señor (Mt. 28:19); 2) fue la constante práctica apostólica (véanse referencias arriba) y 3) encierra un profundísimo significado espiritual cuyo simbolismo puede representarse adecuadamente tan sólo por el descenso del creyente al «sepulcro» de las aguas.

B. La cena del Señor. Los tres términos: «el partimiento del pan», «la mesa del Señor» y «la cena del Señor» indican distintos aspectos del mismo festín que fue instituido por el Señor en la víspera de Su pasión. Aparece el relato en los Evangelios según Mateo, Marcos y Lucas, confirmándose también por una revelación especial que fue dada a Pablo (1 Co. 11:23). Es el acto central de la vida y de la adoración de la Iglesia, y no puede descuidarse sin grave peligro de la salud espiritual de la iglesia local. Es, sobre todo, un festín recordatorio en cuanto a la persona del Señor, quien se entregó a sí mismo por nosotros, pero también sirve para «proclamar su muerte» como hecho central de la vida de la Iglesia toda: 1) simboliza nuestra comunión (o participación) en todo el significado de Su muerte, y 2) ilustra la unidad de toda la Iglesia universal en Cristo y anticipa la venida, en persona, de nuestro Señor para recogernos (1 Co. 10:16 y 17; 11:23–32).

El ágape era un festín de amor fraternal en el que la comunión de todos se manifestaba por comer en común, originándose en las espontáneas comidas de casa en casa de Hechos 2:46. Se prestaba a abusos, y el apóstol Pablo recomendó la separación del «ágape» (mera institución humana) de la cena del Señor (1 Co. 11:17–22). La idea del «ágape» persiste en el refrigerio que tomamos en nuestras «reuniones de iglesia».
VI. La disciplina de la Iglesia local
La Iglesia es «santa» y es «de Dios», y, por lo tanto, ha de estar libre de pecados manifiestos que son incompatibles con su naturaleza. La predicación de la Palabra, la oración, la mesa del Señor y la comunión en general son «medios de gracia» que nos ayudan a ordenar nuestra vida en el temor y el amor del Señor. Cuando se pone de manifiesto que un hermano ha caído en una falta, o que esté en peligro de ello, entonces los espirituales debieran restaurar al tal en un espíritu de humildad, ya que todos estamos expuestos al peligro de tropezar (Gá. 6:1). Queda la triste posibilidad de pecados escandalosos de inmoralidad por parte de un hermano que persiste en prácticas que deshonran al Señor, o en la enseñanza de doctrinas erróneas. En este caso la iglesia local, por medio de sus ancianos, tiene la autoridad de separar el miembro rebelde de la comunión visible de la iglesia, devolviéndole a aquel terreno del mundo donde Satanás es príncipe y señor. Desde luego, la frase «entregar a Satanás» no tiene nada que ver con la perdición eterna, pues las cuestiones de la vida o de la muerte eternas están en las manos del Señor. La escena de una solemne «entrega» se describe en 1 Corintios 5:1–13. (Véanse también Mt. 18:17; Ro. 16:17; 2 Ts. 3:6; 1 Ti. 1:19 y 20; 2 Ti. 2:17 y 18; Tit. 3:10 y 11; 2 Jn. 10 y 11).

La finalidad de toda disciplina es la restauración del pecador.
VII. Membresía de la iglesia local
Nuestro epígrafe no es bíblico en su forma de expresión, ya que son los verdaderos miembros del cuerpo místico de Cristo quienes han de reunirse en determinado lugar para formar la iglesia local, y de todo lo que antecede se desprende fácilmente que el hecho de ser miembro de una iglesia local es totalmente distinto de la mera adhesión a una asociación mundana en la que un número de personas hallan intereses en común. Hemos de tomar muy en serio nuestra posición como «miembros» del cuerpo visible de Cristo en la tierra, reconociendo que su salud espiritual depende en parte de nosotros. Recibimos mucho en la iglesia local, pero eso no es lo más importante, pues hemos de preguntarnos: ¿En qué contribuyo yo para el bienestar de todos? ¿Estoy colocando metales preciosos u hojarasca sobre el fundamento de la iglesia? Habiendo recibido tanto del Señor, ¿Cómo puedo demostrar mi gratitud?
Preguntas
1. ¿Cuáles son las cualidades que han de reunir los ancianos/pastores de las iglesias locales? Señálense los pasajes principales que tratan el tema, con un breve comentario.


2. ¿En cuáles casos concretos, y cómo, deben intervenir los ancianos/pastores para disciplinar a un miembro de la iglesia? ¿Cuál es la finalidad de toda medida disciplinaria?

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