domingo, 7 de septiembre de 2014

La obra mediadora de Cristo

I. Explicación
Las Escrituras nos enseñan claramente que la obra de nuestro Señor no terminó con Su ascensión al Cielo, sino que prosigue a favor de los suyos a la diestra de Dios. Nos maravilla pensar que, «ensalzado a lo sumo», nuestro bendito Redentor se ha puesto a la disposición de Su pueblo hasta el día de la consumación de Sus propósitos en orden a los redimidos. Su obra allí es de preparación y de mediación. Podemos señalar de paso la hermosa declaración del Señor: «Yo voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:1 y 2). Su presencia en el Cielo garantiza para nosotros un ambiente y un servicio perfectamente amoldados a las necesidades de nuestras personalidades redimidas. Refiriéndonos a lo que es propiamente la obra medianera, habremos de estudiar este tema bajo los siguientes epígrafes: Cristo como mediador; Cristo como abogado; Cristo como sumo sacerdote, y El fin de la obra.
II. Cristo como mediador
A. La necesidad de un mediador. El patriarca Job, sintiéndose tan alejado de Dios en su necesidad y en su aflicción, gemía diciendo: «[Dios] no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos» (Job 9:32 y 33). El pecado había labrado un abismo entre el Dios tres veces santo y el hombre rebelde y enemigo que se revolcaba en el fango del pecado (Job 23:3; Ro. 5:10; Co. 1:21). ¿Quién podía ponerse en medio para restaurar el contacto y la comunión?

B. La solución divina. La respuesta al problema de Job, que es el problema de todo pecador, se halla en la encarnación del Hijo de Dios (He. 2:9–18), en Su obra expiatoria y en Su estancia como Redentor a la diestra del Padre. Ahora ya hay una «mano» sobre el hombre y otra sobre el Trono. No existe solamente un Dios en Su excelsa gloria y en la perfección de Su justicia y de Su santidad, sino que también hay «un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre» (1 Ti. 2:5).

C. La obra del mediador. El apóstol Pablo, después de declarar la existencia de un mediador, añade las siguientes palabras: «El cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Ti. 2:6). Con Su muerte en la Cruz, Cristo consiguió la liberación del hombre y las bendiciones que por su caída y rebelión había perdido. Él es el camino que lleva a los hombres a Dios, y el puente que se ha colocado sobre el abismo (en contraste con el puente que Satanás puso desde este mundo al infierno), y nadie llega a Dios Padre si no es por Jesucristo (Jn. 14:6 con Hch. 4:12). El apóstol Pedro escribe de Él: «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18).

D. El pacto. Cristo es mediador de un pacto de gracia que anula el pacto de las obras de la Ley. Este se llevó a cabo por la intervención de «mediadores»: los ángeles por parte de Dios (Dt. 33:2, Versión Moderna; Hch. 7:38 y 53; He. 2:2) y Moisés de parte de los hombres (Gá. 3:19 y 20). Ni Moisés, por no ser divino, podía representar a Dios, ni los ángeles al hombre, ya que ellos no eran humanos. Sin embargo, Cristo, quien es totalmente Dios y que mediante el misterio de la encarnación vino a ser perfectamente Hombre, pudo mediar entre Dios y los hombres para el establecimiento del pacto de gracia, que es «nuevo» y «mejor» (He. 7:22; 8:6; 9:15; 12:24).
III. Cristo como abogado
El concepto general de la obra mediadora de Cristo se detalla y se aclara más en los escritos de Juan y en la Epístola a los Hebreos. Juan le da el precioso título de parakletos, o sea, «abogado», que es el mismo término que aplica al Espíritu Santo al poner por escrito el discurso del cenáculo. La palabra griega parakletos indica: «Uno que llamamos a nuestro lado para auxiliarnos», y este término se aplicaba a la labor de un abogado defensor. Ya hemos visto la manera en que el Espíritu Santo cumple este cometido dentro del creyente, y Juan nos hace ver que el Señor es también un «abogado» a quien llamamos en auxilio nuestro en el Cielo: «Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el padre, a Jesucristo el justo» (1 Jn. 2:1). Es importante examinar el contexto de este versículo (1 Jn. 1:1; 2:2), pues vemos que el apóstol tiene por tema la comunión con el Padre y con el Hijo, y la forma en que ésta puede mantenerse a pesar de la naturaleza pecaminosa del hombre y las caídas del creyente en el pecado. Para «andar en luz» hemos de reconocer nuestra condición humana; hemos de comprender el valor de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo, cuyos efectos pueden aplicarse constantemente a nuestra necesidad, y hemos de contemplar al parakletos a la diestra de Dios, quien acude a nuestro favor con la demostración de la obra perfecta del Calvario.
IV. Cristo como sumo sacerdote
Propiamente dicho esta obra empieza después de Su ascensión, que no excluye el hecho de que era al mismo tiempo sacerdote y víctima cuando se ofreció a sí mismo en la Cruz. El tema de este epígrafe es el de la Epístola a los Hebreos, escrita para hacer ver a un grupo de creyentes hebreos que no habían de volver a las ceremonias del judaísmo, ya que en Cristo y en la nueva dispensación tenían el cumplimiento de todas las sombras del Antiguo Testamento en un grado superlativo. «Todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere» (He. 5:1).

El ministerio de Aarón a favor de los hombres fue fácil, porque él era un hombre «rodeado de flaquezas», así que podía compadecerse de los ignorantes y extraviados. Ahora bien, su contacto con Dios fue dificilísimo a causa del pecado, como se puede deducir del complicado ritual del Día de las Expiaciones. En el caso de Cristo, quien es el cumplimiento de la figura, el contacto con Dios era siempre perfecto, pero el contacto con los hombres, que hiciera posible su compasión hacia ellos y que les pudiera representar ante Dios, fue dificilísimo, y sólo pudo efectuarse mediante los grandes misterios de: 1) la encarnación, por la que tomó sobre sí nuestra humanidad (He. 2:14); 2) las tentaciones que se dignó padecer (He. 2:18; 4:15), por las que experimentó como hombre todo el poder del diablo aunque «sin pecado», y 3) los sufrimientos, por los que «aprendió la obediencia» y llegó a poder adentrase en todas las experiencias de Su pueblo: «porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos» (He. 2:10). «Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (He. 5:7–9). Esto no tiene nada que ver con Su naturaleza esencial, que siempre fue perfecta, sino que se refiere a Su obra sacerdotal, que sólo se hizo posible por la maravillosa disciplina que hemos señalado y a la que voluntariamente se sujetó. Su sacerdocio es potente y eterno, y por eso el simbolismo incluye no solamente a Aarón, sino también a Melquisedec el sacerdote-rey (He. 5 y 7).

La obra sacerdotal de Cristo comprende:
A. La simpatía (He. 4:15).
B. El oportuno socorro (He. 4:14–16).
C. La intercesión (Ro. 8:34; He. 7:25).
El conjunto de esta obra garantiza el desarrollo de los propósitos de Dios en orden al creyente, y provee para la consumación de Su obra en cada uno de ellos. Desde la diestra, Cristo suministra la ayuda necesaria para la continuidad de la comunión (como hemos visto en Juan) y conduce al creyente por el camino de la madurez espiritual en que tanto insistía el autor de la Epístola a los Hebreos. «Puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.» Tenemos un ejemplo claro de la intercesión del Señor Jesús a favor de Su pueblo en Juan.
V. El fin de la obra
El importante pasaje de 1.a Corintios 15:23–28 nos hace ver que la obra de la redención y la restauración de los hombres, conjuntamente con la derrota de las fuerzas del mal, se ha encomendado al Hijo, quien ha de reinar hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. Cumplida la grandiosa y sublime misión, el Hijo pondrá «todas las cosas» a los pies de Dios Padre, quien será «todo en todos», sin que haya ningún elemento discorde en Su universo. Entonces la obra medianera habrá tocado a su fin. En lo que se refiere a la Iglesia, el fin de la obra tendrá lugar en «las bodas del Cordero», cuando Cristo se presentará a sí mismo la «Esposa», gloriosa y sin mancha ni arruga, gracias a Su propia obra de santificación a favor de ella (Ap. 19:7 y 8; Ef. 2:7; 5:25–27).
Preguntas
1. En qué consistía el problema que Job no podía solucionar (Job 9), y cuál es la solución que de él se halla en el Nuevo Testamento?


2. ¿Cuáles son los principales aspectos de la obra medianera de Cristo y cómo se nos presentan en 1.a Timoteo, 1.a Juan y Hebreos?

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