jueves, 23 de octubre de 2014

Segunda Venida

JESUCRISTO REGRESARÁ A
LA TIERRA EN GLORIA
Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.
1 Tesalonicenses 5:1–4
 El Nuevo Testamento anuncia una y otra vez que Jesucristo regresará un día. Ésta será su “visita real”, su “aparición” y “venida” (en griego, parusía). Cristo regresará a este mundo en gloria. El segundo advenimiento del Salvador va a ser personal y físico (Mateo 24:44; Hechos 1:11; Colosenses 3:4; 2 Timoteo 4:8; Hebreos 9:28), visible y triunfante (Marcos 8:38; 2 Tesalonicenses 1:10; Apocalipsis 1:7). Jesús viene para dar fin a la historia, resucitar a los muertos y juzgar al mundo (Juan 5:28–29), para impartirles a los hijos de Dios su gloria definitiva (Romanos 8:17–18; Colosenses 3:4), y para señalar el comienzo de un universo reconstruido (Romanos 8:19–21; 2 Pedro 3:10–13). El cumplimiento de esta agenda por parte suya va a ser la última fase y el triunfo final de su reino de mediación. Una vez hechas estas cosas, la aplicación de la redención contra la hostilidad satánica, que era la labor concreta del reino, habrá terminado. Cuando Pablo dice que Cristo entonces “entregará el reino” al Padre y se someterá a Él (1 Corintios 15:24–28), no está indicando que se vaya a producir disminución alguna en los honores de Cristo a partir de ese momento, sino que está señalando la terminación del plan para llevar a los elegidos al cielo, para cuyo cumplimiento había sido entronizado el Hijo resucitado. Los elegidos en gloria, purificados y perfectos, honrarán para siempre al Cordero como el que fue capaz de abrir el libro del plan de Dios para la realización y aplicación de la redención en la historia, y hacer que sucediera lo que estaba planificado (Apocalipsis 5). En la nueva Jerusalén, Dios y el Cordero están entronizados y reinan juntos para siempre (Apocalipsis 22:1, 3), pero este reinado es la continuación de la relación Señor-siervos entre Dios y los santos, que sigue a la era del reino de mediación, más que la continuación de dicho reino como tal.

En 1 Tesalonicenses 4:16–17, Pablo enseña que la venida de Cristo tendrá la forma de un descenso desde los cielos, anunciado por un toque de trompeta, un grito y la voz del arcángel. Aquellos que murieron en Cristo ya habrán sido resucitados y estarán con Él, y todos los cristianos que estén sobre la tierra serán “arrebatados” (es decir, llevados a las nubes para reunirse con Cristo en los aires) de manera que puedan regresar de inmediato a la tierra con Él como parte de su escolta triunfante. La idea de que el arrebatamiento los saca de este mundo por un período de tiempo antes de que Cristo aparezca por tercera vez para una segunda “segunda venida” ha sido sostenida por muchos, pero carece de apoyo bíblico.

Aunque algunos de los detalles que da Pablo tengan significado simbólico (la trompeta, como una corneta militar, exige atención a la actividad de Dios, Éxodo 19:16, 19; Isaías 27:13; Mateo 24:31; 1 Corintios 15:52; las nubes significan la presencia activa de Dios, Éxodo 19:9, 16; Daniel 7:13; Mateo 24:30; Apocalipsis 1:7), parece estar hablando en sentido literal, y el hecho de que cuanto describe se halle más allá del poder de nuestra imaginación no debería impedir que aceptásemos su palabra de que así van a suceder las cosas.

El Nuevo Testamento especifica mucho de lo que sucederá entre las dos venidas de Cristo, pero con la excepción de la caída de Jerusalén en el año 70 (Lucas 21:20, 24), las predicciones señalan procesos, más que sucesos singulares identificables, y no permiten calcular ni siquiera una fecha aproximada para la reaparición de Jesús. El mundo gentil será llamado a la fe (Mateo 24:14); los judíos serán introducidos al reino (Romanos 11:25–29, un pasaje que tal vez prevea una conversión nacional, y tal vez no); habrá falsos profetas y falsos Cristos o anticristos (Mateo 24:5, 24; 1 Juan 2:18, 22; 4:3). Habrá apostasía de la fe, y tribulación para los que permanezcan fieles (2 Tesalonicenses 2:3; 1 Timoteo 4:1; 2 Timoteo 3:1–5; Apocalipsis 7:13–14; cf. 3:10). Un “hombre de iniquidad” al parecer imposible de identificar, acerca del cual Pablo les había hablado a los tesalonicenses en unas enseñanzas orales que no han llegado hasta nosotros (2 Tesalonicenses 2:5), debía o deberá aparecer (2 Tesalonicenses 2:3–12). Si el período de mil años del que se habla en Apocalipsis 20:1–10 es en realidad la historia del mundo entre las dos venidas de Cristo, habrá una última lucha culminante de poderes de algún tipo entre las fuerzas anticristianas del mundo y el pueblo de Dios (vv. 7–9). Sin embargo, no se pueden deducir fechas a partir de estos datos; el momento del regreso de Jesús sigue siendo totalmente desconocido.


El regreso de Cristo tendrá la misma importancia para los cristianos que estén vivos cuando tenga lugar, que la muerte para los cristianos que mueran antes de que se produzca: será el final de la vida en este mundo y el comienzo de una vida que ha sido descrita como “un ambiente desconocido con un habitante muy conocido” (cf. Juan 14:2–3). Cristo enseña (Mateo 24:36–51) que será un trágico desastre que la parusía sorprenda a alguien sin estar preparado. En lugar de esto, el pensamiento sobre lo que habrá de suceder debería estar siempre en nuestra mente, dándonos ánimos en nuestro servicio cristiano del presente (1 Corintios 15:28) y enseñándonos a vivir como si estuviéramos siempre de guardia, listos para ir al encuentro de Cristo en cualquier momento (Mateo 25:1–13).


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