viernes, 31 de octubre de 2014

Trono del juicio

DIOS JUZGARÁ A TODA
LA HUMANIDAD
Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Mateo 25:41
La certeza del juicio final forma el marco dentro del cual se presenta el mensaje de la gracia salvadora en el Nuevo Testamento. Pablo en particular insiste en esta certeza, haciéndola resaltar ante los cultos atenienses (Hechos 17:30–31) y explicándola en detalle en la primera sección de la epístola a los Romanos, el libro del Nuevo Testamento que contiene su exposición más completa del Evangelio (Romanos 2:5–16). Pablo afirma que Jesucristo nos salva “de la ira venidera”, en “el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (1 Tesalonicenses 1:10; Romanos 2:5; cf. Romanos 5:9; Efesios 5:6; Colosenses 3:6; Juan 3:36; Apocalipsis 6:17; 19:15). A través de las escrituras la indignación , el enojo y la furia, de Dios, de la cual se hace referencia a menudo, son de juicio. Estas palabras siempre señalan al santo Creador, activamente juzgando el pecado, según su ira, como lo hace en Romanos 2:5–16. El mensaje del juicio venidero para toda la humanidad, con Jesucristo complentando la obra de su reino mediador en su papel de juez de parte de su Padre, se ve a través del Nuevo Testamento (Mateo 13:40–43; 25:41–46; Juan 5:22–30; Hechos 10:42; 2 Corintios 5:10; 2 Timoteo 4:1; Hebreos 9:27; 10:25–31; 12:23; 2 Pedro 3:7; Judas 6–7; Apocalipsis 20:11–15). Cuando vuelva Cristo y se termine la historia, todos los humanos de todas las edades serán resucitados para ser juzgados, y ocuparán sus lugares ante el tribunal de Cristo. No hay duda que es imposible imaginarse este acontecimiento, pero la imaginación humana no es la medida de lo que un Dios soberano puede hacer y hará.

En el juicio, todos rendirán cuentas por sí mismos a Dios, y Dios a través de Cristo “pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:6; cf. Salmo 62:12; Mateo 16:27; 2 Corintios 5:10; Apocalipsis 22:12). Los regenerados, los cuales han aprendido, como siervos de Cristo que son, a amar la justicia y anhelar la gloria de un cielo santo, serán reconocidos, y sobre el fundamento de la expiación y los méritos de Cristo a favor de ellos, les será otorgado aquello que anhelan. El resto recibirá un destino que estará de acuerdo con el estilo de vida alejado de Dios que han escogido, y les llegará ese destino debido a su propio demérito (Romanos 2:6–11). La medida en que conocían la voluntad de Dios será la norma por la cual será evaluado su demérito (Mateo 11:20–24; Lucas 11:42–48; Romanos 2:12).

El juicio manifestará, y de esa forma reinvidicará de manera definitiva, la justicia perfecta de Dios. En un mundo de pecadores, en el cual Dios “ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos” (Hechos 14:16), no es de extrañarse que la maldad abunde tanto, y que surjan dudas sobre si Dios, siendo soberano, puede ser justo, o siendo justo, puede ser soberano. Con todo, el que Dios juzgue con justicia es su gloria, y el Juicio final será su reivindicación propia definitiva contra las sospechas de que le ha dejado de preocupar la justicia (Salmo 50:16–21; Apocalipsis 6:10; 16:5–7; 19:1–5).

En el caso de aquellos que profesan ser de Cristo, la revisión de sus palabras y obras reales (Mateo 12:36–37) tendrá la utilidad especial de descubrir las evidencias que indiquen si su profesión es fruto de un corazón sincero y regenerado (Mateo 12:33–35) o simplemente el parloteo sin sentido de una religiosidad hipócrita (Mateo 7:21–23). Todo quedará revelado en la vida de todos en el día del Juicio (1 Corintios 4:5), y cada uno recibirá de Dios según lo que él o ella es en realidad. Aquéllos en los cuales la fe que profesaban no se manifestaba en un nuevo estilo de vida, marcado por el odio al pecado y las obras de amoroso servicio a Dios y a los demás, se perderán (Mateo 18:23–35; 25:34–46; Santiago 2:14–26).

Los ángeles caídos (demonios) serán juzgados en el último día (Mateo 8:29; Judas 6) y los santos estarán involucrados en este proceso (1 Corintios 6:3), aunque las Escrituras no revelan con precisión qué papel desempeñarán.


El conocimiento del juicio futuro constituye siempre un llamado al arrepentimiento en el presente. Sólo el penitente estará preparado para el juicio cuando éste llegue.


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