sábado, 8 de noviembre de 2014

El Cielo

DIOS RECIBIRÁ A LOS SUYOS EN EL GOZO ETERNO
No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy vosotros también estéis.
Juan 14:1–3
La palabra cielo, cuyos equivalentes tanto en hebreo como en griego se refieren a la esfera atmosférica que rodea la tierra, es el término bíblico para hablar de la habitación de Dios (Salmo 33:13–14; Mateo 6:9), el lugar donde se halla su trono (Salmo 2:4); el lugar de su presencia, al que ha regresado el Cristo glorificado (Hechos 1:11); donde ahora se unen en adoración la Iglesia militante y la triunfante (Hebreos 12:22–25) y donde un día estarán los que son de Cristo con su Salvador para siempre (Juan 17:5, 24; 1 Tesalonicenses 4:16–17). Lo describe como un lugar de descanso (Juan 14:2), una ciudad (Hebreos 11:10) y una patria (Hebreos 11:16). En algún momento futuro, al regresar Cristo para juzgar, tomará la forma de un cosmos reconstruido (2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1).

Pensar que el cielo es un lugar es algo más correcto que equivocado, aunque la palabra nos podría engañar. El cielo aparece en las Escrituras como una realidad en el espacio, que toca y penetra todo el espacio creado. En Efesios, Pablo sitúa en el cielo tanto el trono de Cristo a la diestra del Padre (Efesios 1:20) como las bendiciones espirituales y la vida resucitada en Cristo de los cristianos (Efesios 1:3; 2:6). La expresión “los lugares celestiales” de Efesios 1:3, 20; 2:6; 3:10 y 6:12 es una variante literaria de la palabra “cielo”. Pablo menciona una experiencia que tuvo en el “tercer cielo” o “paraíso” (2 Corintios 12:2, 4). Sin duda, se debe distinguir el cielo que es trono de Dios, de los ámbitos celestiales ocupados por poderes espirituales hostiles (Efesios 6:12). Nos espera la posesión de un cuerpo resucitado adaptado a la vida del cielo (2 Corintios 5:1–8), y estando en ese cuerpo, veremos al Padre y al Hijo (Mateo 5:8; 1 Juan 3:2). Sin embargo, mientras estamos en nuestro cuerpo actual, las realidades del cielo nos resultan invisibles, e imperceptibles de ordinario, y sólo las conocemos por fe (2 Corintios 4:18;5:7). Con todo, nunca debemos olvidar lo cercanos que están a nosotros el cielo y sus habitantes: el Padre, el Hijo y el Espíritu, los santos ángeles y los espíritus demoníacos, porque es una cuestión que tiene una sólida realidad espiritual.

Las Escrituras nos enseñan a formarnos nuestro concepto sobre la vida del cielo a base de (a) extrapolarlo de la relación imperfecta que tenemos ahora con Dios Padre, Hijo y Espíritu, con otros cristianos y con las cosas creadas, con la idea de una relación perfecta, libre de toda limitación, frustración y fallo; (b) eliminar de nuestra idea de una vida para Dios toda forma de dolor, mal, conflicto y tensión, tal como los experimentamos aquí en la tierra; y (c) enriquecer lo que nos imaginamos sobre ese futuro feliz, añadiéndole todo lo que conozcamos que sea excelente y que constituya un disfrute dado por Dios. Las visiones sobre la vida celestial que hay en Apocalipsis 7:13–17 y 21:1–22:5 se apoyan en estas tres formas de concebirla.

Según las Escrituras, el gozo constante que les ofrecerá la vida del cielo a los redimidos brotará de (a) la visión de Dios en el rostro de Jesucristo (Apocalipsis 22:4); (b) su experiencia continua del amor de Cristo, mientras Él les ministra (Apocalipsis 7:17); (c) su comunión con los seres amados y con todo el cuerpo de los redimidos; (d) el crecimiento, la maduración, el aprendizaje, el enriquecimiento de capacidades y engrandecimiento de poderes continuos que Dios les tiene reservado. Los redimidos anhelan todas estas cosas, y sin ellas, su felicidad no podría estar completa, pero en el cielo no va a haber anhelos que no se vean realizados.

Habrá diferentes grados de bienaventuranza y recompensa en el cielo. Todos serán bendecidos hasta el límite de lo que puedan recibir, pero sus capacidades van a variar, de la misma forma que lo hacen en este mundo. En cuanto a las recompensas (un aspecto en el cual la falta de responsabilidad en el presente nos puede causar pérdidas permanentes en el futuro: 1 Corintios 3:10–15), debemos comprender dos puntos. El primero es que, cuando Dios recompensa nuestras obras, está coronando sus propios dones, porque sólo por gracia nos ha sido posible realizar esas obras. El segundo es que la esencia de la recompensa en cada caso será mayor de lo que el cristiano más desee; esto es, una profundización de su relación de amor con el Salvador, que es la realidad hacia la cual señalan todas las imágenes bíblicas de coronas honoríficas, mantos y banquetes. La recompensa es paralela a la recompensa del cortejo, que consiste en el enriquecimiento de la propia relación de amor por medio del matrimonio.

Por consiguiente, la vida de la gloria celestial es un compuesto de la visión de Dios en Cristo y a través de Él y de la recepción del amor del Padre y el Hijo, de descanso (Apocalipsis 14:13) y trabajo (Apocalipsis 7:15), de alabanza y adoración (Apocalipsis 7:9–10;19:1–5), y de comunión con el Cordero y con los santos (Apocalipsis 19:6–9).


Tampoco tendrá fin (Apocalipsis 22:5). Su condición de eterna forma parte de su gloria; sempiterna, podríamos decir, es la gloria de la gloria.


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