martes, 4 de noviembre de 2014

Infierno

LOS MALVADOS SERÁN LANZADOS
A UNA ANGUSTIA QUE NO TENDRÁ FIN

Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Ésta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.
Apocalipsis 20:14–15
El secularismo sentimental de la cultura occidental moderna, con su exaltado optimismo acerca de la naturaleza humana, su raquítico concepto de Dios y su escepticismo en cuanto a que la moralidad personal tenga verdadera importancia—en otras palabras, su conciencia corrompida-, les hace difícil a los cristianos tomarse en serio la realidad del infierno. La revelación del infierno en las Escrituras da por supuesta una profundidad de comprensión en cuanto a la santidad divina y el pecado humano y demoníaco, que la mayoría de nosotros no tenemos. No obstante, la doctrina del infierno aparece en el Nuevo Testamento como algo básico dentro del cristianismo, y se nos llama a tratar de comprenderla como lo hicieron Jesús y sus apóstoles.

El Nuevo Testamento ve el infierno (Gehenna, como lo llama Jesús, el lugar de incineración, Mateo 5:22; 18:9) como el lugar final de habitación de aquéllos que sean destinados al castigo eterno en el Juicio Final (Mateo 25:41–46; Apocalipsis 20:11–15). Se lo considera como un lugar de fuego y tinieblas (Judas 7, 13), de llanto y crujir de dientes (Mateo 8:12; 13:42, 50; 22:13; 24:51; 25:30), de destrucción (2 Tesalonicenses 1:7–9; 2 Pedro 3:7; 1 Tesalonicenses 5:3), y de tormento (Apocalipsis 20:10; Lucas 16:23). En otras palabras, un lugar de tormento y angustia absolutos. Si, como parece, estos términos son simbólicos, más que literales (en sentido literal, el fuego y las tinieblas serían mutuamente excluyentes), podemos estar seguros de que la realidad, que se halla más allá de los límites de nuestra imaginación, excede en horror al símbolo. Las enseñanzas del Nuevo Testamento acerca del infierno tienen el propósito de aterrarnos y dejarnos mudos de terror, al asegurarnos que, así como el cielo va a ser mejor de cuanto nosotros podamos soñar, también el infierno será peor de cuanto podamos concebir. Así son las cuestiones de la eternidad, que necesitamos enfrentar ahora con realismo.

El concepto del infierno es el de una relación negativa con respecto a Dios; una experiencia que no es tanto de su ausencia, como de su presencia en ira y desagrado. La experiencia de la ira de Dios como fuego consumidor (Hebreos 12:29), la justa condenación recibida de Él por desafiarlo y aferramos a los pecados que Él detesta, y la privación de todo cuanto es valioso, agradable y digno, serán las que le darán su forma a la experiencia del infierno (Romanos 2:6, 8–9, 12). Se forma este concepto a base de negar de forma sistemática todos los elementos de la experiencia sobre la bondad de Dios, tal como la conocemos los creyentes por medio de la gracia, y como toda la humanidad la conoce a través de sus generosos actos de providencia (Hechos 14:16–17; Salmo 104:10–30; Romanos 2:4). La realidad, como quedara dicho anteriormente, será más terrible que el concepto; nadie se puede imaginar lo malo que va a ser el infierno.

Las Escrituras consideran al infierno como interminable (Judas 13: Apocalipsis 20:10). Las especulaciones acerca de una “segunda oportunidad” después de la muerte, o de la aniquilación personal de los impíos en algún momento, no tienen garantía bíblica alguna.

El infierno aparece en las Escrituras como algo que la misma persona escoge; los que estén en el infierno se darán cuenta de que se sentenciaron ellos mismo a él, al amar las tinieblas en lugar de la luz, al decidir no tener como Señor a su Creador, prefiriendo la autoindulgencia del pecado a la negación de sí de la justicia, y (si tuvieron algún encuentro con el Evangelio), rechazando a Jesús en lugar de acudir a Él (Juan 3:18–21; Romanos 1:18, 24, 26, 28, 32; 2:8; 2 Tesalonicenses 2:9–11). La revelación general enfrenta a toda la humanidad con esta cuestión, y desde este punto de vista, el infierno aparece como el gesto de respeto de Dios por la decisión que tome el ser humano. Todos reciben lo que ellos han escogido en realidad; o estar con Dios para siempre, adorándolo, o estar sin Dios para siempre, adorándose a sí mismo. Los que estén en el infierno sabrán no sólo que se lo merecen por lo que han hecho, sino también que ellos mismos lo escogieron en su corazón.


El propósito de las enseñanzas bíblicas acerca del infierno es hacernos valorar, abrazar con gratitud y preferir racionalmente la gracia de Cristo que nos salva de él (Mateo 5:29–30; 13:48–50). Realmente, el que Dios hable de manera tan explícita sobre el infierno en las Escrituras es una manifestación de misericordia con la humanidad. Ahora no podremos decir que no se nos advirtió.


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