lunes, 11 de julio de 2016

La bondad omnipotente de Dios

La bondad de Dios no solamente es inmerecida sino que también es omnipotente. Parece un poco extraño describir la benevolencia de Dios como omnipotente, ¿cierto? Atribuirle omnipotencia al poder creativo y sustentador de Dios parece algo normal, pero ¿podemos llamarle correctamente demostraciones de Su omnipotencia al amor, la gracia y a la bondad de Dios?

Sin embargo, esto no es una exageración. La bondad de Dios hacia Sus elegidos no es una especie de cortejo débil, pasivo y delicado por parte de Dios, sino que más bien es una transformación soberana, todopoderosa e intensamente profunda del corazón, pues Asaf nos dice que Dios es bueno para con aquellos de corazón puro. Esta declaración puede ser un poco desalentadora a la luz de la enseñanza bíblica acerca del corazón del hombre que nos muestra que el corazón es desesperadamente malvado, profundamente perverso y sin deseo de conocer e incluso mirar a Dios. (Ver Jer. 17:9; Gn. 6:5–6; Ro. 3:10–13) De hecho, debemos preguntarnos, ¿De todas maneras, quién tiene un corazón puro? ¿Es tal cosa remotamente posible? En cuanto al hombre este corazón puro es una absoluta imposibilidad, pero por la bondad soberana de Dios esto es una realidad para muchas personas. Ezequiel describe esta obra divina de regeneración (Ez. 36:23–28):
Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos. Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. 28 Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios.

Dios no simplemente nos da algunas píldoras de «sé bueno» para curar nuestros corazones idólatras, sino que más bien lleva a cabo una operación de corazón abierto. Él, sólo por Su propio beneplácito, toma los corazones de piedra de Sus elegidos y los sustituye con corazones vivos. Él nos da vida espiritual precisamente cuando estábamos siguiendo felizmente el curso del diablo (Ef. 2:1–3). Él, de manera soberana, tiene misericordia con aquellos a quienes Él escoge. Como le dijo a Moisés después que Israel había construido su becerro de oro, «tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente» (Ex. 33:19b). Es el poder de Dios, el poder de ejercer de manera unilateral Su bondad sobre los mortales que se rebelan contra Él, que le rechazan y huyen de Él, lo que hace que la salvación sea segura para los elegidos.

Éste es, en verdad, uno de los temas más maravillosos de toda la Escritura. Pablo entendió que fue el beneplácito de Dios lo que le transformó de perseguidor de la iglesia en apóstol, no su voluntad esclavizada. Él les escribió a los gálatas:
«Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia» (Gl. 1:13–15).


No es de sorprenderse que Asaf declarara de manera directa: «Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón». Él entendía el milagro divino de hacer que pecadores rebeldes llegaran a invocar el nombre del Señor. Sí mis hermanos, si tenéis un corazón limpio, Dios ha sido maravillosamente bueno con vosotros, ¡pues Dios les ha otorgado de manera soberana la habilidad de creer en Él! (Fil. 1:29; Hch. 2:28; Hch. 13:48) Él otorga la fuerza de voluntad tanto para desear como para hacer Su voluntad (Fil. 2:13). Él no deja la necesidad de un corazón puro como algo que dependiera de nosotros. Más bien, Él, por Su asombroso poder, crea en Su pueblo corazones limpios. ¡Qué Dios tan asombroso y maravilloso!


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