sábado, 20 de diciembre de 2014

El embarazo de María

Para entender la situación planteada en 1:18–25, es necesario comprender las costumbres matrimoniales de los judíos de aquella época. Por supuesto, era una época en la que el matrimonio era decidido y organizado por los padres. (Así ha sido en la mayoría de épocas y culturas humanas. Nuestra situación, en la que el mismo joven elige a su novia y luego entre los dos deciden los detalles de su matrimonio y nuevo hogar, es una excepción en la historia. ¡Mayormente se ha considerado que éstas son cuestiones demasiado serias como para poder dejarlas al azar de pasiones juveniles y criterios de personas inmaduras!)

Los padres, pues, primero establecían un compromiso verbal con sus «consuegros». Esto podía ocurrir cuando los «novios» aún eran niños. Naturalmente pesarían mucho en esta decisión consideraciones de afinidad socio-cultural, intereses económicos, la amistad y los recursos materiales de la futura pareja, como también consideraciones espirituales y psicológicas. Una familia creyente buscaría casar a sus hijos con otra familia creyente, y estudiaría el carácter, la estabilidad emocional, la honradez y demás virtudes (y defectos) de la otra familia. Como he dicho, era un asunto serio y lo de menos era una afinidad erótica entre los jóvenes. Esto llegaría después de casados.

Lo más probable es que allá en Nazaret, hacía años, las familias de José y María habían llegado a este tipo de compromiso. Durante esta primera fase de la relación cualquiera de las dos partes contrayentes podían dar marcha atrás sin grandes consecuencias sociales.

Luego llegaba el día de los «desposorios». Aquel día el compromiso se hacía legal. A partir de aquel momento el contrato entre los novios era firme, ratificado ante los ancianos del pueblo y en presencia de testigos. Era un compromiso tan solemne y vinculante que los novios eran ya considerados «marido y mujer» y sólo podían separarse mediante un divorcio legal. Sin embargo, aún no había llegado el momento de la boda. Después de ratificar el compromiso los novios volvían cada cual a casa de sus padres y allí vivían durante un año más. Durante aquel año no había ningún tipo de contacto físico entre ellos.

La relación sexual quedaba para después de la boda, al final de aquel año. La boda misma era una celebración espléndida, un banquete que frecuentemente duraba siete días. Sólo después iba la novia a casa del novio y empezaba la convivencia.

El año de desposorios existía precisamente para asegurar que la novia no estuviera previamente embarazada. Si durante aquel período el embarazo era detectado el castigo de la ley era muy claro:
«Si hubiera una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella; entonces los sacaréis a ambos a la puerta de la ciudad, y los apedrearéis, y morirán» (Deuteronomio 22:23–24).
Y es precisamente durante aquel año de desposorios, cuando José y María se han comprometido legalmente como marido y mujer (ver v. 19, «su marido»; y v. 20, «tu mujer») pero aún no han celebrado la boda ni han empezado a convivir juntos, que José descubre que María está encinta. Dice el texto (v. 18) que estaban desposados, pero aún no se habían juntado, cuando se halló que María había concebido del Espíritu Santo.

Ponte un momento en el lugar de María. Sabes que no has sido infiel a José, que aún eres virgen, que tu embarazo no es el resultado de ninguna relación matrimonial con José ni mucho menos con otro hombre, sino, conforme a las palabras del ángel Gabriel (ver Lucas 1:26–33) es consecuencia de una intervención divina única en la historia, la operación vivificante del Espíritu Santo.


Ahora tienes que explicarlo a José. ¿Te imaginas con qué temor y temblor? Precisamente porque es un hecho único en la historia sabes que ningun hombre, ni siquiera alguien tan generoso y comprensivo como José, te lo va a creer. ¿Te imaginas cuál habrá sido la angustia de María al ver que José efectivamente no creía su historia?


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