jueves, 25 de diciembre de 2014

Emanuel, Dios con nosotros

El significado de la Navidad puede ser resumido en una sola palabra: «Emanuel». Mateo mismo nos la ha traducido: «Dios con nosotros». El Dios que siempre ha existido, que es la mayor realidad de la vida, origen de las demás realidades, Creador del universo, y sin el cual nuestra vida carece de significado, dirección y propósito, irrumpe en nuestra historia de una manera nueva y asombrosa.

En la Navidad recordamos cómo unos Magos dieron regalos a Jesús. Pero el gran regalo de la Navidad lo constituye Jesús mismo. El es el «don inefable» que Dios nos ha enviado (2 Corintios 9:15). Y a través de Cristo, Dios también nos colma con otros muchos regalos: la dádiva de la vida eterna (Romanos 6:23), el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38), la gracia de la salvación (Efesios 2:8). Celebrar la Navidad y no aceptar estos regalos de parte de Dios es absolutamente incomprensible.

¿Has recibido tú el gran regalo de Dios, el Señor Jesucristo? ¿Le has reconocido como tu Señor y Salvador? ¿Has encontrado en Él a Aquel que vino a este mundo para rescatarte de la miseria de una vida sin sentido, dirección, ni felicidad y constituirte heredero de la vida eterna? A los que le reciben, a los que creen en Él como a quien realmente es -Dios, Rey y Salvador- les da potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). ¿Tú has creído en Él?

O para volver a la experiencia de Pedro, ¿alguna vez has subido al monte y has visto a Jesús transfigurado? No estoy hablando de arrebatamientos místicos, sino de la iluminación de la mente, la comprensión asegurada de que Jesús verdaderamente es el Hijo de Dios, la confirmación de parte de Dios, en la intimidad del alma, de quién es el Niño que nació en Belén.

Cada año nuestros vecinos celebran la Navidad. Si les preguntamos ¿qué significa la Navidad? muchos sabrán darnos una respuesta correcta: es el cumpleaños de Jesús, el Hijo de Dios. Pero no es más que una respuesta teórica aprendida de memoria. Para poder contestar con convicción y coherencia, debemos haber subido al monte con Cristo. No es cuestión de repetir una frase ortodoxa, sino de haber vivido con nuestra vida, haber visto con nuestros ojos, escuchado con nuestros oídos, comprendido con nuestro entendimiento, aceptado con nuestra fe, que el Niño de Belén es Dios nuestro. Dios contigo. Dios conmigo. Dios con nosotros.


El Señor nos trata a todos de maneras distintas, pero en la experiencia de todo aquel que cree en Jesucristo viene de alguna forma esta revelación de parte de Dios. No es carne ni sangre quien pueda revelarnos estas cosas. Nosotros también necesitamos «ver» a Jesús transfigurado. A la gran mayoría, dudo que Dios nos vaya a enviar un ángel o transportarnos al cielo. Más bien será una revelación en la intimidad del corazón, un encuentro con el Señor Jesucristo en las páginas de las Escrituras y en la comunión del Espíritu. Pero tarde o temprano llega el momento en el que por fe tenemos que responder: Sí, ahora lo veo; la historia ya no es la misma para mí; no es un sinfín de acontecimientos caóticos sin hilo ni propósito; la historia ya tiene su clave, su momento de explicación, porque creo que en medio de la historia irrumpió Dios y se hizo hombre. «A Dios nadie le ha visto jamás, pero el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). La verdadera felicidad para nosotros en la Navidad estriba en el conocimiento de Dios a través de Jesucristo.


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