miércoles, 24 de diciembre de 2014

Jesús, el Salvador

«Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21)
«Y José le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25)
Para los judíos el nombramiento de un niño era un asunto de gran importancia. Hoy en día los padres nombramos a nuestros hijos por distintos motivos; porque su nacimiento cayó en el día de algún santo; porque queremos honrar a algún familiar dando su nombre a nuestro hijo; porque cierto nombre está de moda; o contrariamente, porque no queremos seguir ninguna moda sino ser originales. Pero raras veces nos preocupamos por el significado del nombre.
Los judíos concedían cierta importancia a cuestiones de tradición familiar y a veces nombraban a sus hijos por ciertos antepasados o parientes. (Esto se ve, por ejemplo, en la reacción de la multitud ante el nombramiento de Juan el Bautista. Lucas 1:60–61) Pero para ellos la consideración principal era el significado del nombre. Procuraban encontrar un nombre que expresara sus esperanzas en cuanto a la personalidad o los logros del niño, o que reflejara alguna circunstancia de su nacimiento.
Había sido así desde los albores de la historia. El primer hombre fue llamado Adán, porque fue formado de la tierra (Adama). La primera persona nombrada por Adán fue llamada «Viviente» (Eva), por cuanto «ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20). Cuando ella dio a luz a su primer hijo, exclamó con sorpresa ¡He adquirido varón! por lo cual el hijo fue llamado «El Adquirido» (Caín) (Génesis 4:1). Después del asesinato de Abel, cuando Dios concedió a Adán y Eva otro hijo en sustitución suya, le pusieron por nombre «El Sustituto» (Set) (Génesis 4:25). Y así podríamos seguir a lo largo de la historia bíblica: las personas son nombradas porque el significado del nombre les corresponde.
Si, pues, el ángel dice a José que debe llamar al hijo de María «Jesús», no es porque hubiera otro Jesús en la familia, ni porque el nombre sonara bonito, sino porque el significado del nombre le corresponde. Al narrarlo, Mateo nos invita a reflexionar sobre las implicaciones de este nombre para la persona y obra del niño que acaba de nacer.
JESÚS Y JOSUÉ
Nuestro Nuevo Testamento fue redactado en griego. El ángel, sin embargo, se habrá dirigido a José en arameo, una derivación del hebreo. «Jesús» es la versión griega del hebreo «Josué». El nombre que el ángel habrá pronunciado era el mismo que el del gran héroe del Antiguo Testamento.
Es importante recordar esto. Si no, perderemos de vista una asociación de ideas que habrá sido inmediata y evidente para José. El hijo que él debe adoptar será un nuevo Josué para su pueblo.
¿Por qué es apropiado que el Niño sea llamado «Josué»? ¿Qué representaba Josué para la historia de Israel?
Antes que nada, Josué fue aquel que hizo que Israel entrase en la Tierra Prometida. Si el hijo de José y María recibe el mismo nombre, es porque Él ha nacido como caudillo de un pueblo, como Aquel que dirige la conquista del mundo nuevo y hace que su pueblo entre en el reino eterno de Dios. Jesús es quien redime a su pueblo para permitir su salida de la esclavitud de Egipto. Jesús es quien conduce a su pueblo por el desierto de la vida, dándoles el socorro que necesitan en las diversas pruebas del camino, hasta que llegan al Jordán de la muerte. Jesús es entonces quien les asiste en el paso del río y les hace entrar en su patria verdadera, en la tierra que Dios les ha preparado.
El privilegio de haber encabezado a Israel en el paso del Jordán tendría que haber pertenecido a Moisés. Fue él quien había sido el líder del pueblo durante aquellos largos años de peregrinaje. Por esto, Moisés también es prototipo del Señor Jesucristo, tal y como nos lo indican Mateo (en los capítulos 2 a 4, como veremos más adelante) y el autor de la Epístola a los Hebreos (2:10; 3:1–16). Sin embargo, no convenía que el Niño se llamara Moisés, porque Moisés fue descalificado del liderazgo debido a su desobediencia. Si se llamó «Jesús» es porque Él es nuestro Josué: Él no nos conduce por el desierto para luego dejarnos abandonados en las orillas del Jordán. Él verdaderamente nos introduce a la «Tierra Prometida».
SALVADOR
Además el mismo nombre de Josué tiene un significado: «El Señor es salvación».
Aun en el caso del Josué del Antiguo Testamento, el significado del nombre era sumamente apropiado. Nos recuerda en seguida la presencia del Señor detrás de la acción salvadora de Josué:
«No temas, ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9).
Pero es en el caso de Jesucristo que este nombre encuentra su pleno cumplimiento. No es sólo que Dios «ayudara» a Jesús, sino que en Jesús Dios mismo tomaba forma humana a fin de efectuar nuestra salvación. En Jesucristo tenemos un caso único de la presencia salvadora de Dios con los hombres.
«Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo» (2 Corintios 5:19).
«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
Esta relación única entre Jesús y el Padre, esta presencia única de Dios con los hombres, queda reflejada en el otro nombre dado por el ángel: Emanuel, Dios con nosotros.
Con el nombre «Jesús», sin embargo, se nos enseña que la razón por la que Dios está «con nosotros» no es para juzgarnos, ni condenarnos, sino para salvarnos:
«No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Juan 3:17).
SALVADOR DE PECADORES
«Jesús» nos habla de la presencia de Dios. Asimismo habla de la salvación. Y el ángel añade otro detalle más: es del pecado que Dios nos salvará en Jesucristo. El niño no nacerá como líder político; su salvación no será en primer lugar de orden social, sino moral. No viene para salvar a los judíos de la esclavitud romana, ni a los cristianos de la persecución, de la tribulación o del dolor, viene para salvar a su pueblo de sus propios pecados.
Esta finalidad de la misión del niño en seguida nos despierta ciertas preguntas:-
1.-¿Por qué nos salva precisamente de los pecados?
¿Acaso es esto lo que más necesitamos? Si tuvieras que definir cuál es la mayor necesidad del ser humano ¿qué dirías? Desde luego muchos actúan (aunque quizás no lo dirían) como si su mayor necesidad fuese el dinero. Otros como si todo se les solucionara con tal de tener un empleo seguro. Para otros, lo más importante de la vida es tener buena salud. Para otros es tener buenos amigos. La gran preocupación de muchos es la muerte. La de otros es la justicia social.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos declara que todas estas cosas tan importantes -la inseguridad económica o laboral, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la misma muerte- no son nuestro mayor problema. Más bien son sus consecuencias.
El gran problema del ser humano es su pecado, y todas las demás dificultades de la vida derivan de él. Por lo tanto, lo que debería preocuparnos y angustiarnos más que nada es el hecho de ser pecadores.
El peor de todos los males que pueden alcanzarnos no está fuera de nosotros, sino dentro. No es algo que otros puedan hacernos, sino algo que nosotros nos hacemos a nosotros mismos. Peor aún, no es algo por lo cual otros sean responsables, sino algo por lo que yo soy responsable y culpable.
Los demás problemas pueden ser solucionados por Dios con relativa facilidad. Él es poderoso para suplir todas nuestras necesidades materiales, para sanar todas nuestras enfermedades, para darnos vida eterna. En el día final Él lo hará para los que creen en Él. Pero la solución al pecado no es cuestión del poder divino. Es algo por lo cual nosotros mismos somos responsables. Su arreglo, pues, no es tan fácil. Requiere el nacimiento, no de un héroe político, de un rey justo, sino de un Salvador que muera en el lugar de su pueblo a fin de llevar sobre sí su culpa.
2.-¿Qué quiere decir «ser salvo» del pecado?
Pero nos estamos adelantando. Debemos volver atrás a fin de examinar más detenidamente las implicaciones de la «salvación de los pecados». Con esta frase el ángel quiere indicarnos al menos dos necesidades nuestras, suplidas por Jesucristo:
a.- La necesidad del perdón. Si has ofendido a alguien, sabes que tu relación con él sólo puede ser restaurada si le pides perdón y él te lo concede. Asimismo nuestros pecados, que son una ofensa contra Dios, necesitan del perdón divino si vamos a disfrutar de una relación adecuada con Él. Y, efectivamente, en Jesucristo nosotros tenemos el perdón de nuestros pecados:
«Y a vosotros, estando muertos en pecados, (Dios) os dio vida juntamente con Cristo, perdonándoos todos los pecados» (Col. 2:13).
b.- La necesidad de una capacitación moral. Sin embargo, el perdón solo no nos basta. El pecado está tan arraigado en nosotros que, nada más recibir el perdón de Dios, volvemos a cometer el mismo pecado otra vez. Somos débiles. Caemos tan fácilmente. La tentación nos vence. Por mucho que Dios nos perdone, no habremos sido verdaderamente «salvos» del pecado mientras seguimos sucumbiendo ante la tentación y practicando el pecado. Necesitamos dentro de nosotros un nuevo corazón que ame y obedezca la voz de Dios, un nuevo poder que venza la tentación y viva conforme a la justicia de Dios. Esta transformación moral interior es lo que los profetas decían que caracterizaría la época mesiánica. Por ejemplo, éstas son las palabras del Señor a través de Ezequiel:
«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; … os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:25–27).
Sin esta transformación interior, toda esperanza de «salvación de los pecados» es utópica. Si Dios no nos cambia por dentro, nunca seremos capaces de vivir vidas limpias, honradas y hermosas. ¿No sabes que es así? ¿No hay en ti el anhelo de una vida mejor, de la que te sabes incapaz? Efectivamente, la salvación no sólo consiste en perdón sino también en transformación. Y es precisamente en Jesucristo que esta transformación es posible.
El apóstol Pablo era un hombre que durante muchos años había luchado por ser bueno, según su propio esfuerzo. Finalmente tuvo que darse por vencido, y encontró la salvación en Jesucristo. Entonces descubrió que tenía el perdón divino y que Dios le veía como justo en Jesucristo. Pero además descubrió en su vida un nuevo poder, el del Espíritu Santo, que le capacitaba para amar y guardar la ley de Dios y para ser cada vez más parecido a Jesucristo. Así lo describe:
«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.… Dios envió a su Hijo… para condenar al pecado en su carne (al morir en la cruz) para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:2–4).
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
3.-¿Cómo, pues, nos salva Jesús?
Hemos visto que tanto el perdón de nuestros pecados como nuestra transformación moral son partes intrínsecas de nuestra salvación, y que ambos son obra de Jesucristo. Pero ¿cómo realiza Jesús esta obra en nosotros? ¿Cómo nos salva?
Vayamos otra vez por partes. Consideremos, en primer lugar, cómo nos «salva» en el sentido de conseguir para nosotros el perdón de nuestros pecados.
a.- La justificación en Cristo. Muchas personas tienen un concepto muy superficial de lo que implica el perdón de pecados. Si Dios es un Dios de amordicen- entonces Él nos perdonará sin más. No comprenden que esta clase de perdón sencillamente no encaja dentro de lo que sabemos acerca del carácter de Dios ni de nuestro propio significado humano. Por un lado, si Dios perdonara «porque sí» -o como piensan algunos, «porque es su oficio perdonar»-su perdón haría violencia a nuestra personalidad humana. En otras palabras, si Dios hiciera caso omiso de nuestros pecados, nuestros actos dejarían de ser responsables y significativos, y nosotros mismos dejaríamos de tener entidad de seres humanos. En tal caso, Dios nos trataría como a animales, sin capacidad moral, y sin tener que dar cuentas por nuestros actos. Pero Dios no está dispuesto a negar nuestra humanidad. Nos trata como humanos, con conocimientos del bien y del mal, como seres responsables que debemos cosecharlas consecuencias de nuestros actos, por cuanto son actos responsables. Si va a haber perdón, no nos será impuesto por Dios, sino será la consecuencia de otro acto responsable de nuestra parte: el de reconocer ante Dios nuestro pecado y culpabilidad, repudiar nuestra rebelión, pedir su misericordia y creer en el Evangelio. El arrepentimiento y la fe son prerrequisitos para el perdón (Hechos 2:38; 3:19).
Por otro lado, si Dios perdonara arbitrariamente, El haría violencia a su propio carácter. Dios no sólo es nuestro Padre amante y Creador generoso. También es nuestro Juez justo, Aquel que sostiene la justicia y controla los resortes morales del universo. El perdón «sin más» sería la negación de una serie de leyes morales que Dios mismo ha decretado, leyes tan firmes y necesarias en la esfera espiritual como lo son las leyes de la naturaleza en la esfera física. Si Dios variara esas leyes morales, si sistemáticamente Él neutralizara las consecuencias de nuestros actos, el mundo iría abocado hacia un caos moral. Hay una recompensa que Dios ha determinado para nuestros actos. No pecamos impunemente. Tarde o temprano nuestros pecados nos alcanzarán. Es ley de vida. Dios lo ha establecido.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).
Si, pues, va a haber perdón para nuestros pecados, las exigencias de la justicia divina deben ser satisfechas. No nos puede perdonar a espaldas de su propia justicia. Al declarar justo y perdonado al pecador, debe a la vez respetar su propio carácter justo y santo (Romanos 3:26) Todo esto puede parecernos innecesariamente complicado. Pero es la misma esencia del Evangelio cristiano. Si Dios pudiera perdonarnos solamente en virtud de su propia compasión, entonces no habría necesidad de que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera en la Cruz. Si Jesucristo sufre la espantosa muerte de crucifixión es porque su muerte es imprescindible a fin de establecer la base sobre la cual Dios puede perdonarnos sin hacer violencia a su propia justicia ni a nuestra integridad humana. Sin la cruz no puede haber perdón. Es por su muerte que Jesús salva a su pueblo de sus pecados, ganando en ella el perdón de Dios.
¿Y cómo es esto?
Jesús muere en la cruz como nuestro sustituto. Yo he pecado y merezco morir. Estoy bajo el veredicto del Juez, culpable, reo de muerte. No puedo aducir ningún factor atenuante de suficiente peso como para poder justificar la conmutación de la sentencia. No puedo hacer nada por salvarme a mí mismo. Pero Jesús nace a fin de cargar sobre sí mi culpa y morir en mi lugar.
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
De la misma manera que en el Antiguo Testamento el pecador debía sacrificar un animal para expiar sus pecados ante Dios, así Jesucristo aparece en el escenario de la historia como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Muriendo en nuestro lugar, Él es «la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 2:2). Por su muerte las exigencias de la justicia están satisfechas. Dios puede perdonar sin lesionar la justicia. Es la muerte sacrificial de Jesús la que proporciona salvación de la culpa del pecado a todos los que creen en Él.
b.- La santificación en Cristo. Así pues, el creyente es perdonado ante Dios en virtud de la muerte de Jesucristo. Pero ya hemos dicho que el perdón no es la totalidad de la salvación. Si Dios se limitara a perdonarnos, seguiríamos siendo vencidos por el pecado. Además de ser salvos de la culpa del pecado, necesitamos que Cristo nos salve del dominio del pecado. Y efectivamente, es así. Pablo puede escribir a los Romanos:
«El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).
¿Cómo es que la gracia de Cristo nos salva del dominio del pecado? Por medio del Espíritu Santo, que nos es dado como fuerza motriz de una nueva vida.
Jesucristo murió. Pero también resucitó. El creyente participa en su muerte, por cuanto por ella es justificado de sus pecados. Y el creyente participa también en su resurrección, por cuanto la resurrección de Cristo es las primicias de una nueva vida que se hace extensiva a todos los que creen en Él. Es en el contexto de describir la nueva vida de resurrección disfrutada por el creyente, que Pablo afirma que el pecado no se enseñoreará de nosotros (ver Romanos 6:4–14). El Espíritu Santo es el Espíritu de Santidad. Su presencia santifica al creyente, su poder le capacita para una nueva vida recta y justa. Cristo nos salva de la culpa del pecado por su muerte expiatoria, y nos salva del dominio del pecado por el don de una nueva vida abundante, vivida en el poder de su propio Espíritu. Esta, en resumidas cuentas, es la salvación que Él brinda a su pueblo.
Lo que acabo de afirmar nos conduce a una última pregunta:-
4.- ¿A quién salva?
Según el ángel, Jesús no ha venido a salvar a todos, lo quieran o no, sino «a su pueblo». Sin duda alguna los judíos inicialmente entenderían esta frase como una referencia a Israel. ¿No era Israel el «pueblo escogido», el «pueblo de Dios» y, por tanto, el «pueblo del Mesías»? Pero más adelante Jesucristo tendrá que explicar que no es así de sencillo. Muchos que se creen pueblo de Dios serán excluidos del reino de los cielos, mientras otros, que no son físicamente hijos de Abraham, serán incluidos (ver p.ej. Mateo 8:11–12). Es así porque aquéllos, a pesar de su linaje físico, no creen en Jesús, mientras éstos, a pesar de ser gentiles, sí creen. La fe es el factor determinante (Mateo 8:10).
Una de las enseñanzas más revolucionarias de Jesús, recogida luego por los apóstoles, es que Abraham es el padre de todos los que creen, sean judíos o gentiles, mientras los que no creen no son verdaderos hijos de Abraham, por mucho que se jacten de su linaje israelita (ver Romanos 4:16; Mateo 3:9; Juan 8:39–44).
El «pueblo» de Jesús, por lo tanto, no puede ser identificado con ninguna raza o linaje, si bien es cierto que Él vino primeramente a los judíos. Se compone más bien de todos aquellos que, creyendo en Él, reciben potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12).
Más sencillamente, su pueblo son todos aquellos que reconocen en Él al Mesías prometido, a Aquel que puede salvarles de sus pecados, y acuden a Él para salvación, reconociéndole como Rey y Señor de sus vidas.
O como Él mismo diría: su «rebaño» se compone de todas las ovejas que el Padre le da, ovejas que demuestran ser suyas por reconocer su voz y seguirle a Él (Juan 10:14, 16, 27–29). Es a éstas que Él ha venido a salvar. Es por ellas que, como Buen Pastor, Él pone su vida (Juan 10:11).
La Salvación ni es universal ni automática. Es para los que forman parte del pueblo de Cristo, que se someten a su autoridad regia y creen sólo en Él para salvación.
EN CONCLUSIÓN
Todo esto está implícito en las palabras del ángel. Por todo esto José debe llamar «Jesús» al niño.
-Él es el Salvador que viene en nombre de Dios.
-Es en el terreno moral («de los pecados») que Él ha venido a realizar su obra de salvación.
-Y son aquellos que le reconocen como Rey y se incorporan en su pueblo, los que son los beneficiarios de su salvación. «Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
No hay otro nombre que mejor le siente a partir de la Encarnación. Hasta aquel momento, en la eternidad, Él era el Hijo, el Verbo, la Luz. Si ahora ha tomado forma humana y habita entre nosotros, es con el fin expreso de ser «Jesús», el Salvador. La salvación es la razón de ser de su nacimiento.
La salvación, por lo tanto, es la razón de ser de la Navidad. En vano celebramos las fiestas navideñas si a la vez descuidamos la salvación de Cristo. Sería un inmenso contrasentido. La única manera válida de «celebrar la Navidad» es por reconocer:
-que soy pecador y mi mayor necesidad es la de ser salvo de mis pecados.
-que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (ver 1 Timoteo 1:15).

-que Él es mi Rey y Mesías, y gozosamente me someto a su autoridad formando parte de su pueblo por la fe en Él.

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