lunes, 25 de julio de 2016

La bondad gratificante de Dios

Tercero, la bondad de Dios es maravillosa porque Él recompensa a Sus elegidos. Las bienaventuranzas nos informan que los puros de corazón verán a Dios. ¡Qué recompensa más fenomenal! Hemos visto que la bondad de Dios se hace visible en el hecho de haber elegido a los Suyos y luego darles corazones capaces de amarle e ir en pos de la santidad. Ahora, aprendemos que en Su bondad Dios les da a los Suyos un corazón puro, capacitándoles así parar buscarle y servirle durante su peregrinaje terrenal, ¡y luego les recompensa con una eternidad con Él! El Dios maravilloso, santo y gozoso recompensa a Su pueblo con el don de deleitarse en aquel gozo que durará por toda la eternidad. Veremos a Su Hijo Jesucristo, la imagen misma de Su ser, y nos deleitaremos en Él para siempre (1 P. 1:8; He. 1:1–3).

Es verdad que somos recompensados por nuestra obra (1 Co. 3:12–15; 2 Co. 5:10), y no quiero socavar la responsabilidad que todo cristiano tiene de servir a Dios. Sin embargo, también es importante que subrayemos que nuestra fidelidad, esfuerzos, deseos y obras en sí mismos solamente son posibles en Dios, «porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil. 2:13). Pablo sirvió con esta actitud en mente y deseaba que los corintios también lo recordaran. Él les preguntó, «Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co. 4:7). Más tarde reiteró esta verdad diciendo con respecto a sus propios esfuerzos:
Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co. 15:9–10).

Pablo vio que su sudor, fervor y compromiso de predicar el Evangelio se debían, a fin de cuentas, a la gracia de Dios. «Fue Dios», dijo él, «no yo». ¡Cuán grandes es la bondad de Dios que nos recompensa por hacer aquello que Su propio poder nos suple! Pensar que Dios ha preparado nuestras buenas obras de antemano de modo que seamos capacitados para hacerlas y recibir recompensas por ellas es un gesto generoso y amoroso de Su parte.


Esta recompensa de Su pueblo se puede comparar a los elogios que recibe un manantial que es claro como el cristal y que se coloca en el rango más elevado de pureza posible después de haberle retirado la basura que una vez había en sus riveras lo mismo que los desechos residuales que anteriormente caían en sus aguas. Sí, el agua ahora es pura, pero quien es verdaderamente bueno es el propietario y quien limpió el manantial. En verdad Dios es muy bueno al recompensarnos por nuestras buenas obras cuando llegamos a darnos cuenta que es Él quien nos ha hecho nuevas criaturas al darnos corazones nuevos que le aman y fortalecernos por medio de Su Santo Espíritu, quien siempre reside en nosotros. No es de sorprenderse porqué los veinticuatro ancianos en los cielos toman sus coronas de oro y en actitud de adoración las arrojan a los pies de Aquel que hizo posible sus obras.


No hay comentarios: