martes, 23 de diciembre de 2014

La obediencia de José

Nada más «levantarse» del sueño, José se pone a realizar con toda prontitud lo que el ángel le ha mandado.

«Recibe» a su mujer. Es decir, adelanta la fecha de la boda. La busca y la lleva a su casa, sin esperar el cumplimiento del año de los desposorios. A fin de proteger a María del chismorreo del pueblo y de asegurar que el Niño nazca en el seno de una familia ya constituida, él hace lo necesario para que el matrimonio quede legalmente ratificado ya. No debemos perder de vista lo que antes veíamos: que al recibir a María en su casa, José permite que las malas lenguas vengan dirigidas hacia él. Estaba dispuesto a pagar el precio.

Recibe y cuida a María. Pero sin consumar el matrimonio hasta después del nacimiento de Jesús. Mateo no nos dice por qué fuera así. Sin embargo, podemos suponer que no sólo era por respeto a la naturaleza sagrada de aquel que María llevaba en el vientre, sino también para descartar toda clase de duda de que el engendramiento de Jesús fuera obra del Espíritu Santo. Nuestro texto es bien explícito. José no tuvo ninguna parte posible en la concepción de Jesús.

El sentido natural y sencillo de la frase («no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito») es que después del nacimiento y los ritos obligatorios de la purificación, José y María tuvieron relaciones matrimoniales normales.

Hay varios factores que nos llevarían a esta conclusión, además del lenguaje de estos versículos:

1.- Las costumbres hebreas. En aquella sociedad el sexo en el matrimonio era considerado no sólo bueno sino necesario. Había recibido la bendición divina (Génesis 1:28; 9:1). Y era esperado como normal (Proverbios 5:18; Salmo 127:3). El celibato sólo iba a ser admitido como válido en la tradición judeo-cristiana a partir de Cristo y los apóstoles, y ellos sostenían la costumbre hebrea de sólo abstenerse de relaciones sexuales dentro del matrimonio en momentos excepcionales, por razones específicas y durante un período corto (1 Corintios 7:5, 9). La abstinencia durante el embarazo de María correspondería a esto, pero no una virginidad perpetua, que los judíos tendrían por aberrante.

2.- Los «hermanos» de Jesús. Con frecuencia los evangelios hablan de los «hermanos» de Jesús. (Para mayor detalles, ver el comentario de Hendriksen, p. 144). Es bien cierto que esta palabra solía emplearse en el primer siglo con un uso más amplio que en la actualidad, y podía abarcar a otros parientes. Pero su sentido natural sigue siendo «hermano». Sólo si uno supone de antemano que Jesús no tuvo hermanos carnales, entonces se tendría que pensar que se trata de primos. Pero por lo demás es de suponer que los «hermanos» de Jesús son hijos de José y María.

Todo el peso de la evidencia, por lo tanto, señala hacia una vida matrimonial normal después del nacimiento de Jesús y la procreación de otros hijos. En realidad la doctrina católica de la virginidad perpetua de María procede, no de evidencias bíblicas, sino de prejuicios paganos de siglos posteriores. Presupone que el celibato y la virginidad son más «santos» que el matrimonio, y que hay algo intrínsecamente inmundo en el acto sexual, aun dentro del matrimonio. Ambas son ideas desconocidas por la Biblia.

Sin embargo, volvamos a cuestiones menos polémicas. El último detalle de la obediencia de José, recogido en nuestro texto, es su nombramiento del Niño. No sólo recibe a María por mujer, también recibe al hijo de María por hijo propio. Con el nombramiento José asume públicamente su papel paterno.


El significado del nombre que le concede, Jesús, siguiendo siempre las instrucciones del ángel, será el tema de nuestro próximo capítulo.


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