domingo, 21 de diciembre de 2014

La reacción de José

Ahora pongámonos en el lugar de José. ¿Qué dirías -o más bien, qué creerías- si tu novia te dice que está embarazada? Sabes que no has tenido relaciones con ella. Supondrías lo peor, ¿verdad? Y si luego ella te dijera: Pero mira, ha sido un milagro; me vino un ángel para decirme que iba a ocurrir; el hijo que espero es obra del Espíritu Santo… ¿qué dirías? ¿Aceptarías que precisamente a tu novia le ha tocado vivir una intervención divina única en la historia? No. Si eres como yo, tu reacción sería de escepticismo. O bien creerías que, además de inmoral, esta chica que tenías por pura y fiel es embustera. O bien dudarías de su sanidad mental.
Pero aquí se manifiesta la bondad de José. Seguramente él pasó horas, quizás días o semanas, de gran angustia. Estaba convencido de que María le había sido infiel. Por lo tanto, no estaba dispuesto a proseguir con el matrimonio ni recibirla en su casa. Por otra parte, no hacer nada sería muy comprometedor para él. ¿Qué pensaría el pueblo de él cuando el embarazo llegara a ser evidente?

Por otra parte, él amaba a María. Desde hacía tiempo la había tenido por su prometida y esposa. Conocía sobradamente la buena reputación de virtuosa y amables que ella tenía en todo el pueblo. Le costaba muchísimo asimilar la noticia de su infidelidad. No casarse con ella traía abajo todas sus esperanzas e ilusiones.

El era justo. Es decir, él amaba la ley de Dios, la verdad y la rectitud. Muchos que van por la vida haciendo alarde de su propia veracidad y honradez -«yo siempre con la verdad por delante»- no habrían vacilado en denunciar a María «en honor a la verdad». Pero «ser justo», en el sentido bíblico de la frase, no sólo es cuestión de la verdad; también lo es del amor, la misericordia, la bondad, la lealtad.

Le quedan a José dos opciones. Por un lado él podía iniciar un proceso jurídico contra María y denunciarla ante los ancianos y testigos. Es probable que ella no sufriera la pena capital porque, con el paso de los siglos, los judíos habían introducido muchas excepciones y modificaciones a la ley del Antiguo Testamento. Pero estaría expuesta a una humillación que la dejaría marcada para siempre.

Por otro lado podía darle carta de divorcio (ver Deuterononio 24:1–2) y despedirla definitivamente. Así no justificaría tan fácilmente su propia reputación, pero al menos le ahorraría a María la vergüenza de un escándalo público.

José opta por este segundo camino. No por cobardía sino por generosidad. No por descuidar la verdad y la justicia, sino por entender que ellas deben ir acompañadas de la misericordia. Así pues, «no quería infamar a María sino quiso dejarla secretamente».


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