jueves, 23 de enero de 2014

El gnosticismo: trasfondo doctrinal de 1 Juan

El alarmante crecimiento de las sectas en América Latina no es also nuevo. Mucho del Nuevo Testamento está escrito precisamente para contender con herejías. Es así a través de la historia de la iglesia cristiana. Los credos que antes citaban en los cultos de nuestras iglesias fueron elaborados para resolver controversias doctrinales. El gnosticismo es la herejía más perjudicial de los primeros tres siglos de la era cristiana, y en América Latina actualmente está resucitando con otros nombres. Es importante recordar que los gnósticos pretendían ser cristianos; esta secta comenzó dentro de la iglesia.
El fundamento de esta doctrina errónea es el siguiente: La materia física es algo maligno mientras el espíritu es eternamente puro y bueno. El cuerpo humano, siendo materia, es malo. El espíritu humano según ellos es eternamente bueno y no puede ser afectado por lo que uno hace en el cuerpo. La resultante doctrina de la salvación es saber cómo librar al espíritu del cuerpo. La manera gnóstica de lograr salvación es por medio de un conocimiento especial (griego: gnostik,«conocimiento»). Según ellos uno alcanza la salvación por medio de un autoconocimiento («una nueva luz») y no por conocer a Cristo Jesús como Salvador. A su vez la excelencia espiritual no consiste en vivir una vida santa sino en poseer un conocimiento superior. Este conocimiento, argumentan los gnósticos, se les revela el Cristo, mensajero del Dios verdadero, en forma directa. Cristo, según ellos, no es tanto un Salvador sino un revelador que vino para propagar la gnosis secreta a los privilegiados. Esta «nueva» enseñanza de los gnósticos está por encima de la Escritura. Es imprescindible adquirir la nueva luz aunque uno viole los mandamientos de la Escritura o entre en pecado y tinieblas para lograrlo. Para ellos el fin justifica los medios. Como en toda doctrina errónea, ésta ofrece una vía corta o mística para la vida cristiana que no incluye la sencilla obediencia a la Palabra de Dios. Por su puesto, socava la doctrina bíblica de la redención.
La clara enseñanza de Juan que Dios es luz, que no hay ningunas tinieblas en Él (1:5) y que quienes andan en tinieblas no practican la verdad (1:6), contradecía la doctrina de los gnósticos y resultaba ser un bálsamo para el alma de los fieles.
Las dos influencias principales que dieron forma a esta doctrina fueron:
1) Los docetistas, que negaron la humanidad de Cristo. Una vez más vemos que el error principal de los sectarios tiene que ver con la persona de Cristo y la doctrina de la salvación. Los docetistas alegaban que Cristo sólo parecía tener un cuerpo humano, pero que la realidad era otra. Dicho de otra manera, los docetistas afirmaban que Dios durante su encarnación se había disfrazado como humano temporariamente. Llegaron al extremo de decir que cuando Cristo caminaba no dejaba huellas. El apóstol Juan refuta a sus oponentes con las palabras de 1 Juan 1:1, «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos [énfasis agregado] tocante al Verbo de vida.»
2) Los cerintios, que negaron la unidad de las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana. Ésta es la más conocida rama del gnosticismo, y mantenía que el Cristo divino se juntó con el Jesús humano durante el bautismo y lo dejó antes de su muerte. Para resolver un problema creado por su propia doctrina (alegaban que el cuerpo de Jesús también estaba lleno de maldad), decían que el Cristo divino purificó el cuerpo de Cristo mientras vivía en él.
Consecuencias en la vida de la iglesia
Consideremos ahora estas doctrinas malignas y apliquémoslas a la vida cristiana para ver sus consecuencias. Un error doctrinal no solamente deja su impacto inmediato sino además lo que llamo una «herencia» para las generaciones venideras. Tal es el caso del gnosticismo. En primer lugar, debido a que pocos realmente pudieron entender (o adquirir) el conocimiento especial para librar el espíritu del cuerpo, aparecieron dos niveles de personas en la iglesia: los «espirituales» (que pudieron librar el espíritu del cuerpo malo) y los «no espirituales» (que nunca encontraron la luz mística y especial requerida para librar su espíritu del cuerpo). El primer grupo llegó a la conclusión de que estaba bien no amar, menospreciar y hasta odiar al segundo grupo porque de todas maneras no eran «espirituales». A través del tiempo esta herejía ha adquirido otros nombres, y toma nueva vida cuando en una congregación alguien afirma haber recibido una nueva luz o unción, un conocimiento especial, una nueva enseñanza que los demás no tienen. Juan combate este error con las siguientes palabras: «Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él» (1 Juan 2:27). «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20).
La segunda consecuencia, igualmente devastadora, es culpar al cuerpo físico de sus propios pecados desenfrenados, como la inmoralidad. Los gnósticos razonaban diciendo que el espíritu —siendo eternamente bueno— no podría ser manchado por lo que el cuerpo —siendo eternamente malo— hiciera. ¿Qué se podía esperar de algo tan malo? Estaban resignados a aceptar que no existía manera de renovar la carne y que de todas maneras sus pecados no podían afectar al espíritu. Esta doctrina les permitió vivir como querían.
El correcto entendimiento de 1 Juan 1:9–10 contradice esta doctrina y destruye cualquier otro argumento que disculpe el pecado. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.»
Basándose en la misma doctrina junto con nuevas «revelaciones y luz», tiempo después varios grupos empezaron a interesarse en el tema de Satanás. Su razonamiento era que para derrotar a Satanás y experimentar la gracia de Dios era necesario conocer los «secretos» de Satanás y experimentar la maldad. «Pero a vosotros y a los demás que están en Tiapira, a cuantos no tienen esa doctrina [la doctrina de la profetisa Jezabel del versículo 20], y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga» (Apocalipsis 2:24).
Paradójicamente, otra consecuencia del gnosticismo fue el ascetismo. Que es vivir una vida dedicada a una rigurosa autodisciplina —por ejemplo el celibato, el ayuno y el duro trato del cuerpo— pensando que de esa manera uno puede agradar a Dios y librarse del pecado. Los gnósticos acetas más bien se hallan refutados en las enseñanzas del libro de Colosenses: 
«Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne» 
(Colosenses 2:20–23)

Como en el caso de todas las sectas, la manera de discernir y refutar es un correcto y cuidadoso estudio de la Palabra de Dios.


miércoles, 22 de enero de 2014

Enumeración o Sinatresmo

Esta figura que, en griego, se llama sinatresmo ( = recoger juntamente), consiste en la enumeración de las partes de un todo que ha sido mencionado previamente. En esto se distingue del merismo. Se distingue asimismo de la sinonimia, en que los términos del sinatresmo no son sinónimos, sino que pueden ser de muchas clases y formas. También se distingue del simperasma, en que la enumeración no se hace en la conclusión, sino durante el curso de lo que se va diciendo. Esta figura tiene por objeto enriquecer un discurso, o una parte de él, mediante la enumeración de detalles particulares o mediante la multiplicación de epítetos. Ejemplos:
Is. 1:11, 13. «¿Para qué me sirve, dice Yahweh, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas ni de machos cabríos … No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación, etc.» Una sola frase habría bastado para expresar el todo: «Vuestros sacrificios no me agradan.» Pero, por medio de la figura, son enumeradas todas las clases de sacrificios y así se amplifica el sentido y se pone de relieve que, con todo el alarde exterior de religiosidad, no había verdadera adoración del espíritu. Lo mismo se hace con las fiestas (v. 14) y con las oraciones (v 15). Esto es lo que ocurría también en los días del Señor. ¡Todo era puro formalismo! ¡Y fue precisamente la parte más «religiosa» del pueblo, no la chusma, la que consiguió la crucifixión del Señor!
Is. 3:16–23. Aquí se enumeran los diversos elementos del atavío de las mujeres de Jerusalén, para poner de relieve los juicios de Dios en 3:24–4:1.
Ro. 1:29–31. Tenemos aquí una larga enumeración de las abominaciones de los gentiles, para mostrar el efecto de una «mente reprobada». Se hallan también aquí paronomasia, elipsis y asíndeton.
Otros ejemplos pueden verse en 1 Ti. 4:1–3; 2 Ti. 3:1–7; 1 P. 4:3.
Cuando la enumeración o sinatresmo se hace, no precisamente por amplificar, sino por compendiar, pasando deprisa por lo que ya se ha dicho, más bien que por detenerse en cada uno de los detalles, y llegar antes así a otro tema, la figura se llama epitrocasmo (gr. «epí» = sobre + «trokházein» = correr aprisa).
Esta figura pertenece, en cierto modo, a las figuras de omisión, si se mira a la ausencia de conjunciones copulativas; pero, por otra parte, pertenece a las figuras de adición, si se atiende a la copiosa cantidad de palabras. Un ejemplo de esta figura es:
He. 11:32, donde se enumeran muchas personas, sin detenerse a dar más detalles de las mismas.

Cuando el sinatresmo o enumeración se usa con relación a hechos, más bien que a palabras, cosas, personas, etc., la figura se llama diéxodo o expansión. Esta figura se emplea cuando hay una exposición o afirmación de hechos, no tanto con el objeto de amplificar, ni de abreviar, sino en forma de digresión. En realidad, es la opuesta de sintomia, la cual es en sí una abreviación, mientras que el diéxodo es una digresión extensa. Como ejemplos, puedes verse 2 P. 2:13, 15, 17; Jud. 12, 13, 16, etc.



martes, 21 de enero de 2014

Abiertos y dispuestos necesariamente

Vivimos en días en que los valores de la mayoría de los matrimonios son muy diferentes a los valores expresados en la Palabra de Dios, y todos aquellos que desean llevar a sus matrimonios una relación de excelencia moral y espiritual deben tomar en serio a Dios. Esa es la razón por la que creo que si usted con sinceridad anhela tener un matrimonio que disfruta de una relación conyugal al estilo divino, con valores eternos, con excelencia moral, con un enfoque eterno y no sólo temporal, debe poner en práctica el consejo divino. Si usted no anhela tener una relación adecuada con Dios creo que aun sin ser cristiano puede tener una relación conyugal adecuada.
Existen miles de parejas que sin ser cristianos tienen una relación adecuada. Sin embargo, si usted desea tener un matrimonio con un enfoque en las cosas eternas y relacionado con Dios de acuerdo a lo que dice la Escritura es imposible tenerlo sin tener a Cristo en su corazón y sin aplicar con diligencia los principios escriturales.
Si usted y su cónyuge deciden tener un matrimonio de acuerdo a los principios divinos, creo que deben hacer un serio compromiso de ajustar sus vidas al consejo divino y en una seria conversación deben comprometerse a buscar con diligencia las virtudes cristianas mencionadas por el apóstol Pedro. Descubramos algunas virtudes que ustedes como pareja deben llegar a un acuerdo de implementar en vuestro matrimonio.
La necesidad de seguir el consejo Divino
El apóstol Pendro sabía que vivir en estos últimos días no sería una experiencia placentera. Tenemos una seria presión del mundo que no desea vivir con valores absolutos, pero nosotros somos llamados a vivir de una manera diferente. El éxito de una relación matrimonial al estilo divino depende de si practicamos o no los consejos de Aquel que creó el matrimonio.
La necesidad de una adecuada relación con Dios
Todos aquellos que desean tener un matrimonio con valores cristianos, todos aquellos que desean vivir de acuerdo al consejo divino, deben en primer lugar tener una relación con Dios. Pedro dice que para vivir como Dios espera de nosotros, debemos ser participantes de la naturaleza divina. Note lo que dice el apóstol Pedro: «Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (2 de Pedro 1:3).
Los resultados de una adecuada relación con Dios
Cuando tenemos en nosotros el poder de Dios por haber aceptado a Jesucristo, tenemos a nuestra disposición y nos han sido dadas todas las cosas que corresponden a dos partes muy importantes de la vida del hombre. Pedro menciona que tendremos las cosas que pertenecen a la vida y la piedad.
«Las cosas que pertenecen a la vida» (versículo 3).
Son aquellas cosas que necesitamos para nuestra adecuada convivencia en el mundo. Estas cosas que nos permiten vivir como hijos de Dios en medio de la «corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (versículo 4).
«Las cosas que pertenecen a la piedad» (versículo 3).
Son las cosas que necesitamos para una adecuada relación con Dios. Si un matrimonio desea vivir bajo principios cristianos, si le encanta vivir siguiendo el consejo de Dios para la vida conyugal, necesita tener una relación personal con Jesucristo, necesita tener «conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia». Él es quien le dará el poder necesario para vivir una vida adecuada con Dios y con los hombres. Por esa relación, por ese conocimiento que tenemos de Él, somos participantes de «preciosas y grandísimas promesas», para que por ellas tengamos una relación adecuada con Dios y podamos vivir con santidad en medio de un mundo pecaminoso (versículo 4).
No hay nada en nosotros que nos permita anhelar lo bueno o vivir como salvados en medio de un mundo perdido. Sólo podemos hacerlo por «la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo». Por Jesucristo, Pedro nos dice que nosotros podemos tener «una fe igualmente preciosa» que la que él tenía.
Matrimonios útiles y fructíferos
Teniendo aquella fe, igualmente preciosa que la que Pedro tenía y habiéndola recibido sólo por la gracia de Dios, ahora somos nosotros los que debemos agregar estas virtudes que están disponibles para los hijos de Dios. Agregando aquellas virtudes podremos vivir una vida útil y fructífera. El versículo 8 dice: «Porque si estas cosas están en vosotros y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto». Al contrario, dice Pedro: «El que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados» (versículo 9).
Responsabilidad: Aplicar diligencia
Los matrimonios que anhelan vivir siguiendo el consejo divino, deben agregar a su fe algunas virtudes cristianas que le permitirán vivir una vida útil y fructífera (versículos 5–7). El llamado de Pedro es a que apliquemos estas cosas «con toda diligencia» (versículo 5).
Nuestras virtudes
En el mundo y principalmente en nuestros matrimonios, en nuestras familias, aquellos que tenemos fe y que conocemos al Señor Jesucristo, no debemos vivir solamente anunciando que tenemos fe sino practicando un estilo de vida diferente por la fe que tenemos. Tener fe en Jesucristo es creer en lo que Él dijo, hizo y prometió. Creer lo que Él dijo incluye el practicar sus enseñanzas. Todo matrimonio cristiano debe agregar a aquella fe que tiene algunas virtudes descritas en este pasaje.
La virtud
Esto se refiere a la excelencia moral. Una vida virtuosa es la que tiene el hábito, la disposición de ajustarse a la ley moral. La pareja debe comprometerse a vivir una vida virtuosa. Las enseñanzas de la Biblia y el consejo divino deben prevalecer por sobre costumbres o ideas que tenemos de cómo vivir con nuestras diferencias. El consejo de la Palabra de Dios debe ser seguido y la pareja debe comprometerse a que el filtro por el cual pasarán los deseos, planes y metas será el filtro del consejo bíblico. Este es un serio compromiso para vivir una vida virtuosa.
El conocimiento
Al compromiso de vivir una vida piadosa, la pareja debe agregar un compromiso a buscar el conocimiento adecuado. Este es un conocimiento práctico, es saber cómo aplicar las enseñanzas de la Palabra de Dios, no sólo leerlas y escucharlas, sino saber cómo aplicarlas.
El dominio propio
En la conversación de compromiso que tengan como matrimonio, decidan también buscar con diligencia vivir con dominio propio. Esta es la habilidad de controlarse de tal manera que nada tenga señorío sobre sus vidas, a excepción de los mandamientos de Jesucristo. No debe tener señorío el dinero, los amigos, las opiniones de otros, ningún hábito, ningún vicio, ni el sexo. Esta es la decisión para vivir una vida equilibrada.
La paciencia
El apóstol Pedro nos exhorta a que agreguemos «al dominio propio, paciencia». Vaya que es necesaria esta virtud en la relación matrimonial. Debemos comprometernos a ser pacientes, a soportarnos mutuamente, a comprendernos mutuamente. Después de comprometernos a ser pacientes, debemos ser diligentes en vivir vidas piadosas. No somos llamados a parecer piadosos sino a vivir como piadosos. La piedad tiene muy poco que ver con lo exterior porque es una virtud interior. Es la profunda reverencia a Dios que se manifiesta en el respeto a nuestros semejantes.
El afecto fraternal
Otro importante compromiso que deben realizar es el de vivir en la relación matrimonial con un verdadero «afecto fraternal». La palabra griega es philadelphia y nos describe la preocupación de los unos por los otros. Es aprender a llevar las cargas juntos, es aprender a gozarse con quien se goza y llorar con el cónyuge que llora.
El amor
Finalmente, creo que no podrá existir una relación matrimonial sin buscar con diligencia agregar a todas las virtudes mencionadas, la virtud del amor. No me refiero sólo a los sentimientos, no me refiero a actuar por el bien del cónyuge solamente cuando se siente bien, buscar el bienestar sólo cuando así lo siente, porque el amor sobrepasa los sentimientos. El amor es un compromiso. Jesucristo dijo que no haríamos nada que cualquier persona no pueda hacer cuando hacemos el bien a los que bien nos hacen. Una persona que ama no es una persona que actúa bien cuando lo siente o cuando le hicieron bien o con lo que pueden pagarle con un bien. El amor transciende sentimientos, el amor cubre multitud de pecados y el amor sobrepasa las diferencias. Creo que un buen acróstico con la palabra amor y que describe cuál debe ser nuestro compromiso si anhelamos una relación matrimonial al estilo divino es el siguiente: Con la letra «A». Debemos tener el compromiso de Atender con dedicación las necesidades, deseos, metas, y sugerencias de nuestro cónyuge.
En segundo lugar, con la letra «M». Debe Mostrar a su cónyuge con hechos que usted le da el valor que tiene como persona amada. En tercer lugar, con la letra «O». Debemos estar dispuestos a Otorgar perdón constantemente por las fallas cometidas. En cuarto lugar, con la letra «R». Debemos Reiteradamente con palabras y acciones expresar nuestro cariño y afecto a nuestro cónyuge.

Creo que si Dios nos pone a la disposición virtudes que son excelentes para una adecuada relación con Él y nuestros semejantes y Él puede darnos, el poder, la capacidad de ser sensibles y tolerantes haríamos bien en depender de Él. Si Dios, además nos dio dos orejas, dos ojos y una boca, haríamos bien en usarlos en la proporción adecuada, es decir, observar más, escuchar más y hablar menos. Dice Salomón: «El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho el Señor» (Proverbios 20:12). Otro proverbio dice: «El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará. El que tiene en poco la disciplina, menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento» (Proverbios 15:31–32).



lunes, 20 de enero de 2014

La superación de los obstáculos (parte 1 de 7)

Error 1
Asumir que los demás piensan como uno
Una de las maneras más rápidas de meterse en problemas en una alianza es asumir que los demás tienen las mismas percepciones y expectativas que usted. Ya lo sé. Yo mismo (Daniel) cometí este error y casi me cuesta la amistad de un querido amigo.
Hace varios años, un amigo me invitó a participar en un ministerio de visitas a los habitantes de unos barrios pobres en las afueras de una ciudad importante. El ministerio fue y es aun hoy un ministerio nuevo y apasionante. Lo que comenzó como un programa de visitas semanales realizadas por un grupo de cristianos locales se convirtió en una iglesia próspera con programas vocacionales para hombres y mujeres, y programas educativos y de salud para niños.
Cuando el ministerio era todavía un sueño, mi amigo bosquejó su plan. Debido a que nos conocíamos de hacía varios años, nos lanzamos a la alianza sin explicitar nuestros roles y expectativas. No parecía necesario. Después de todo, éramos de lo más amigos. Teníamos en común muchos valores y perspectivas. Al parecer, pensar en los detalles era un insulto para nuestra relación. Confiábamos el uno en el otro. Esa confianza era todo lo que necesitábamos—o por lo menos eso creíamos.
Cuando mi amigo comenzaba a sentirse bien en el ministerio, creyó que yo no estaba cumpliendo con mi parte del trato. No me malinterprete. No era que yo había hecho promesas que luego no pude cumplir. Yo estaba haciendo lo que había dicho que haría. Simplemente que él esperaba mucho más de mí.
Mediante varias charlas, pudimos poner las cartas sobre la mesa y resolver los asuntos en un espíritu de humildad y amor fraternal. No fue fácil. Había errores de ambos lados. Mi amigo había sobrestimado mi disponibilidad a ayudarle en el desarrollo de su ministerio. Debido a que éramos amigos íntimos de tanto tiempo, él pensó razonablemente que yo estaría tan comprometido con ese sueño como lo estaba él. Él también sobrestimó mi capacidad de suministrar recursos importantes. Fue un error fácil de cometer. Por aquel momento, a mí me iba bien en los negocios y dirigía un pequeño ministerio sin fines de lucro en Estados Unidos. Él podía asumir fácilmente que yo contaba con abundantes recursos.
El error de mi parte fue asumir que mi amigo entendía la naturaleza de mi ministerio. Yo estaba muy involucrado en el servicio a varias organizaciones similares a la suya, y simplemente no disponía de toda mi atención para a ofrecerla a un único ministerio, aun cuando el mismo era dirigido por mi mejor amigo. Yo también lo decepcioné al no aclarar lo que yo era capaz de hacer. Aunque a él le parecía que yo podía recaudar los fondos necesarios, mi propio ministerio estaba siendo pagado de mi propio bolsillo y por unos pocos amigos fieles. No éramos recaudadores de fondos ni deseábamos convertirnos en un ministerio de recaudación de fondos.
Necesitamos de varias discusiones sinceras para que mi amigo y yo restaurásemos nuestra relación. La sanidad verdadera vino con el tiempo a medida que ajustamos nuestras expectativas a las realidades.
Remedio: ser explícito respecto de las expectativas y capacidades
Para dejar en claro cuáles son sus roles, usted necesita hablar de ellos—no simplemente una vez sino una y otra vez. Comuníquese con el otro hasta llegar a una «sobrecomunicación». ¿Cómo? Pruebe con estas siete ideas:
Use directrices. ¿Cuáles son las cosas más importantes que necesita saber para tener éxito en la alianza? Bosqueje esos puntos y convenga que en cualquier otra cosa que pudiera abordar, siempre va a cubrir esos factores fundamentales.
Planifique debates periódicamente. Planifique hablar mensual, bimestral o trimestralmente sobre sus responsabilidades en la alianza.
Informe a su socio rápidamente. Pocas cosas le afectarán más a su socio que recibir de otra fuente una noticia importante que atañe a la alianza.
Pida la opinión de su socio. Su socio representa una base importante de información, especialmente de su región del mundo. Trátelo como un asesor leal. Esto generará confianza y creará oportunidades para debatir.
Envíe notas cortas. Comparta con su socio cosas tales como el progreso en los proyectos compartidos, acontecimientos de su organización o hitos personales.
Sepa recibir tanto malas como buenas noticias. Debido a que esto puede ser difícil en algunas culturas, usted debe tratar de entender el estilo cultural de su socio. No obstante, él necesita saber que usted no puede trabajar de manera aislada y que necesita ser alertado de un problema antes de que sea demasiado tarde.
Relájense juntos. Pase un tiempo informal lejos del ministerio donde usted pueda permitir que la conversación se vuelva más íntima.