sábado, 19 de abril de 2014

La comunicación del evangelio hoy (parte 2)

El Nuevo Testamento sugiere tres formas de comunicar el Evangelio del Reino: La comunicación verbal o proclamación kerigmática, la proclamación por medio de la comunión o koinonía y la proclamación a través del servicio o diaconía.
a) Comunicación kerigmática
La palabra griega kerigma viene de kerix que significa heraldo. El heraldo no viene para enseñar sobre su Señor, sino para hacer conocer su autoridad y también para anunciar su venida. El predicador es un heraldo que habla en nombre de su Señor al cual en cierta manera representa y a quien es absolutamente fiel. Los problemas que señalamos anteriormente sobre una comunicación inconsciente que neutraliza lo que se dice, no podía darse en los heraldos de los reyes de tiempos de Jesús. En primer lugar porque estos monarcas no concedían ese privilegio a cualquiera que se ofreciera, sino a aquellos cuya lealtad estuviera probada. No ocurre así con el Señor de nuestro Reino, pues encontramos heraldos con lealtades divididas. El heraldo de tiempos de Jesús hablaba con autoridad y con la totalidad de su ser, con pleno convencimiento. Hoy existen otras posibilidades. Uno de los grandes problemas de la Iglesia de hoy es la carencia de un liderato calificado. Uno de los grandes problemas del mundo de hoy es que cree que ha dejado de creer en Dios y lo que ocurre es que ha dejado de creer en la Iglesia. La mayor necesidad para el mundo y la Iglesia de hoy es un liderato calificado y comprometido con la totalidad del Evangelio redentor.
El predicador de hoy está sometido a grandes tensiones que frecuentemente conducen a un estado de perplejidad y confusión mental. Nuestro siglo es muy diferente al mundo en el cual San Pablo comunicó el Evangelio. Evangelizar en el Nuevo Testamento, es proclamar una noticia a personas que nunca antes la habían escuchado. En nuestro contexto, todos conocen algo del Evangelio, aunque diluido, adulterado y confundido. Hoy todos creen en Jesús por lo menos en el plano intelectual. Afirman que El fue un Maestro, un filósofo, un moralista, etc. El problema es que la mayoría de las personas no tienen al Cristo de la experiencia personal. ¿Qué tiene la mayoría? La respuesta es sencilla: llene ídolos, ya no tanto de madera o de yeso, ahora los construyen con ideas y con personas.
Por otro lado, vivimos en una cultura que tiende cada vez más hacia otras formas de comunicación. Medio siglo atrás la gente, en Buenos Aires, procuraba conseguir entradas para escuchar ciertos conferencistas. Hoy la entrada a las conferencias son gratuitas y sin trámite alguno. Sin embargo, no hay buena asistencia, a pesar de la promoción que se hace en los diarios. Para mejorarla, muchas instituciones ilustran las conferencias con diapositivas y esto ha dado buenos resultados. Luego, la comunicación por audiovisuales, encuadra en nuestra cultura mejor que la mera comunicación verbal. Esta nueva situación cultural, presenta sus dificultades, por ejemplo: Familias silenciosas frente a un deshumanizante televisor, que divide a la familia cerrando las puertas a la comunicación interpersonal. Difícilmente la familia moderna, que ha caído en las garras de la “teveadicción”, podrá liberarse de esa tiranía. Una vez que la televisión capta nuestro interés, nos sentimos inclinados a desinteresamos por los que están a nuestro lado, que son los seres más queridos.
Creo firmemente en el ministerio de la palabra escrita, creo que la literatura es un medio muy útil para comunicar el Evangelio en el mundo actual. Conozco varios casos de personas que se han convertido leyendo libros cristianos, pero no dejo de reconocer las dificultades de nuestro tiempo en tal sentido. La gente de hoy parece que busca imágene y acción. Las revistas que tienen muchos grabados y pocos textos, se venden con mucha facilidad. Tal parece que nuestros coetáneos no saben leer. Se quiere ver, no se desea leer. Se busca lo fácil, como las imágenes visuales.
No podemos cerrar los ojos a la realidad de que vivimos en un mundo diferente. Es evidente que la Iglesia no puede escaparse a su contexto que influye sobre ella permanentemente. Uno de los fenómenos de nuestro tiempo es que muchos cristianos han perdido el hábito de leer la Biblia devocionalmente. Aceptando esa realidad, la Sociedad Bíblica Argentina ha comenzado la tarea de hacer grabaciones bíblicas. Actualmente se hacen grabaciones en cassettes con la voz de un locutor profesional –creyente que lee la Palabra. Yo mismo he aceptado la invitación de C.A.V.E.A. para grabar un cassette con dos lecciones de Psicología Pastoral.
A pesar de todas las dificultades, la comunicación del Evangelio sigue teniendo pertinencia, pero debemos recordar que el hombre de hoy tiende a un pragmatismo generalizado. Está cansado de palabras y quiere hechos. Es por eso que resulta tan importante tener en cuenta la necesidad de que junto con la comunicación verbal consciente, vaya la correspondiente comunicación no verbal inconsciente. La verdadera evangelización no se agota en la transmisión de ideas y conceptos. Consiste esencialmente en colocar a los hombres en una relación viviente con el Espíritu Santo. La comunicación kerigmática verbal por medios tradicionales o por nuevos: audiovisuales, dramatizaciones, etc., tienen un importante lugar en la Iglesia de hoy, pero es necesario reconocer las limitaciones y hacer todo lo posible para obviar las dificultades.
b) La comunicación por medio de la koinonía
En todos los tiempos, la vida de cristianos ejemplares ha sido un impacto en personas no creyentes. La comunión con este tipo de cristianos les ha llevado a Jesucristo. Así Ignacio Lepp, un marxista, ateísta militante, que en Francia dictaba conferencias sobre la inexistencia de Dios, se convierte a la fe cristiana no por medio de un sermón sino por el impacto de una vida cristiana. El contacto con un sacerdote obrero que vivía en comunión con Jesucristo le llevó a la conversión. He aquí su propio testimonio: “Quizás parezca sorprendente que un hombre cuya vida ha transcurrido principalmente en los distintos países del oeste europeo, no haya encontrado hasta la edad de veintiséis años, un solo cristiano que fuera testimonio de su fe”.
En mi iglesia local recibimos la visita de una joven enfermera que había dejado todas las comodidades de Buenos Aires para irse a trabajar entre los indios matacos, cerca de la frontera con Bolivia. Habla venido a visitar a sus familiares y le pedimos que dijera unas palabras a la congregación. Con palabras muy sencillas, en voz tan baja que movió a un feligrés a interrumpirla para decirle: “hable en voz más alta, por favor”, esta joven compartió algunas de sus experiencias entre los indios con sencillez y hasta candidez. Su fe, su comunión con Dios y con los seres humanos que sufren, fue captada por la congregación. La comunicación verbal casi no se escuchaba, pero su vida hablaba muy alto.
En la Revista, EL EVANGELISTA CUBANO (Vínculo de Unión entre cristianos evangélicos cubanos dispersos por el mundo), publicamos durante mucho tiempo la sección “Vidas Ejemplares”, donde resaltábamos las vidas de los líderes consagrados de la Iglesia en América Latina. Muchos han sido los testimonios que hemos recibido sobre el impacto de esta sección. Un profesor de la Universidad de Buenos Aires al hojear la revista que le mostró un alumno, se interesó en esa sección, donde se hacia referencia al ministerio de la literatura que realiza la Sra. Angela M. de Fernández al frente de los Talleres Gráficos Argen–Press S.R.L., en esta ciudad. Le pidió al alumno que se la prestara para leerla. Al día siguiente la devolvió e informó que había sacado varias fotocopias de ese artículo maravilloso que tanto le había impresionado. Este profesor llegó a hacer a su alumno la siguiente confesión: “Después de leer ese artículo me he dado cuenta de cuán egoísta soy. He vivido solo para mí, trataré de encontrar la dirección divina para reorientar mi vida”. Es de señalar que en la misma publicación había otros artículos interesantes. El contacto con una vida consagrada al Señor –aún cuando solo sea a través de la lectura– es un mensaje con una fuerza extraordinaria.
Estas vidas iluminadas que alumbran el camino de muchos desorientados no tienen luz propia. Como la luna no puede alumbrar por sí misma, pero puede proyectar los rayos del sol, así el cristiano que vive en profunda comunión con Dios, al entrar en comunión con otras personas proyectan la luz de Cristo, aún cuando a veces no se dan cuenta. Lo que es la vida normal y natural para un cristiano sincero, puede ser un mensaje conmovedor para alguien que no es cristiano. Nadie puede dar lo que no tiene. “De lo que tengo te doy” (Hechos 3:6); dijo Pedro al paralítico que pedía limosnas frente al templo en Jerusalén, y lo hizo caminar. No estaba haciendo algo por sí mismo, estaba compartiendo la gracia que Dios le había concedido.
Uno de los serios problemas de comunicación del cristiano de hoy es su insuficiente comunicación con Dios, la falta de oración. Si no hay vida de oración difícilmente se logrará una evangelización eficaz. La oración debe ser lo primero en todo esfuerzo evangelizador. Sin embargo suele ser la actividad más difícil y costosa para muchos cristianos. Es más fácil planear una campaña, organizar la promoción, visitar hogares, invitar a los cultos, etc…, que orar con intensidad. En todo esfuerzo por comunicar el Evangelio hay algunas preguntas que debemos plantearnos siempre: ¿Hemos orado en la preparación de todo esto? ¿Qué vamos a comunicar? ¿Esperamos transmitir información o vida? ¡Cómo racionalizamos para no orar lo suficiente! ¿Es que queremos hacer las cosas por nosotros mismos y no que las haga Dios a través de nosotros? ¿Es que estamos siendo víctimas inconscientes de la creciente secularización? La batalla de la evangelización se libra en la vida privada de cada cristiano. Si no hay un genuino amor por la gente, producto de la vida de oración, de nada valen los planes. Más que nuevos métodos necesitamos motivos. Las técnicas no aseguran el éxito. Todos los planes fracasan cuando carecemos de pasión evangelizadora envuelta en oración.
Como ya se ha señalado, la gente de hoy busca hechos y no palabras. La comunicación del Evangelio por la koinonía (la relación, el contacto, el compañerismo, la asociación con personas) con nuestros compañeros de trabajo o de estudio, con nuestros amigos no creyentes, es quizás la forma más eficaz de comunicar el Evangelio. Siempre que se entienda que no vamos solo a transmitir conceptos religiosos sino que con la totalidad de nuestro ser vamos a comunicar vida. Debo confesar que en mi trabajo de evangelización por koinonía en la Asociación Cristiana de Jóvenes de Buenos Aires no siempre he podido situarme en la posición que corresponde a uno que es un soldado de Jesucristo que nunca está franco, que siempre está de servicio. Me ha ocurrido a mí, y pienso que le ocurre a otros evangelistas, que la rutina del trabajo administrativo nos hace perder la perspectiva de nuestra misión última que debe ser realizada permanentemente. Un día que tomé conciencia de que estaba actuando en forma que no correspondía a un evangelista, escribí con letras grandes en un cartón: “RECUERDA QUIEN ERES” y lo coloqué en la gaveta principal de mi escritorio, de manera que tenga que verlo todos los días. Lamentablemente a veces olvidamos quienes somos y solo nos “vestimos” de evangelistas cuando vamos al púlpito. Mi experiencia personal es que los mejores sermones los he predicado fuera del púlpito.
Antes de concluir estas reflexiones debo señalar que la comunicación por la presencia cristiana en compañerismo con los no cristianos no es un sustituto para la comunicación verbal. Realmente deben ir juntas aunque en determinados momentos una debe prevalecer sobre la otra. No son necesariamente caminos alternativos o excluyentes, son más bien complementarios.
c) La comunicación por la diaconía
Hay una realidad subjetiva que no siempre se encuentra en el plano consciente, que en todo ser humano están presentes la imagen de Dios y el pecado. Hay una realidad objetiva que no siempre es aceptada conscientemente por el hombre, que Jesucristo dio su vida en la cruz para hacer posible la salvación de todo aquel que se arrepiente y se convierte en su discípulo. La eliminación de los efectos destructivos del pecado hace posible la restauración de la imagen que el pecado ha deteriorado. Por cuanto todo ser humano tiene la imagen     –aunque deteriorada y en necesidad de completamiento– toda la humanidad posee una dignidad intrínseca. De ahí la necesidad de servir al prójimo –creyente o incrédulo– que debe experimentar el cristiano. La existencia de la necesidad de diaconía es consecuencia de la presencia de Cristo en el creyente. La misión sin diaconía no tiene sentido, pero la diaconía sin la dimensión espiritual es puro humanismo. Divorciar la diaconía del kerigma y de la koinonía es pretender convertir el Evangelio en un activismo social. La fe cristiana no se agota en el altruismo o la filantropía. Como ha dicho Berdiaeff: “La democracia y el socialismo cuando no tienen bases espirituales, degeneran en plutocracia y tiranía”.
El servicio cristiano es una de las formas en que hoy debemos comunicar el Evangelio, pero sin perder la dimensión de profundidad que debe subyacer en toda tarea realizada por cristianos. El programa de servicio cristiano tiene que trascender al servicio mismo si es que va a ser un servicio cristiano. El servicio debe realizarse en favor de todo el hombre y no solo del cuerpo –vestido, salud, alimentos– ni tampoco debe limitarse a lo espiritual.
Nuestro mundo está lleno de personas sumidas en el orgullo, el egoísmo, el miedo, la futilidad, la vanidad, la indiferencia, la inmoralidad, la mediocridad, etc. Son personas que necesitan la salvación que solo Cristo puede ofrecer. Nosotros mismos –los cristianos– podemos ser un obstáculo para que esas personas se acerquen a Cristo. Nuestras actitudes prepotentes y orgullosas de “siervos del Señor” o nuestra indiferencia ante las personas perdidas en el pecado, están contribuyendo a la perdición de los perdidos.

El hombre –imagen de Dios– por el cual Cristo dio su vida, necesita del mensaje de los cristianos sea por comunicación kerigmática, de koinonía, o de diaconía, sea por combinación de dos o de las tres formas señaladas. Cada cristiano posee dones carismáticos, y la Biblia presenta tres listas de estos dones (Romanos 12, I Corintios 12 y Efesios 4), cada cristiano debe asumir su responsabilidad en la comunicación del Evangelio sin enterrar su talento. (Mateo 25:24–30).


viernes, 18 de abril de 2014

La comunicación del evangelio hoy (parte 1)

Para algunos la comunicación es una simple transmisión de información, una especie de transferencia de símbolos. Pero sabemos que puede existir comunicación a través del silencio porque nuestras actitudes hablan.
En la comunicación del Evangelio se pone de manifiesto la gran diferencia entre la comunicación verbal y la no verbal. He escuchado sermones muy eruditos que constituyen hermosas piezas oratorias. Sin embargo, a veces ¡Nos dejan tan fríos! Si el que habla no cree realmente lo que dice, su inconsciente comunicará un mensaje negativo que anula todo lo positivo que pueda decir. Sin embargo, una predicación sencilla, sin gritos ni aspavientos, puede llegarnos al corazón si se predica con la totalidad del ser, si no hay una escisión existencias entre lo que decimos ser y lo que somos. Cierto tono de la voz, o un movimiento de los músculos del rostro pueden tornar negativa una frase positiva y viceversa. Una postura pomposa, un fruncimiento de cejas, un gesto nervioso, puede hacer que la gente deje de escuchar lo que decimos. Oyen, pero no escuchan.
El que comunica el Evangelio no puede hacer lo que algunos locutores de radio o de televisión, hablar en términos laudatorios y convincentes de un producto que ellos mismos no usan. Por razones morales el inconsciente lo traiciona. Podrá engañar a algunos por algún tiempo, pero no a todo el mundo todo el tiempo. El que comunica el Evangelio debe hacerlo como un profeta que presenta la verdad de Dios tal como él la ve y la vive.
Hay dos pasajes en las Escrituras que muestran la comunicación inconsciente de la gracia de Dios. En Marcos 5:24–34, una hemorroisa trata de tocar a Jesús con el propósito de alcanzar su sanidad y lo logra. “Luego Jesús conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud dijo: ¿quién ha tocado mis vestidos (Marcos 5:30). Este pasaje podría colocarse aparte teniendo en cuenta las facultades extraordinarias de Jesús quien es la imagen de Dios y segundo Adán. Un pasaje similar encontramos en Hechos 5:15 donde Pedro es el personaje principal: “… sacaban los enfermos a las calles y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre algunos de ellos”. El pasaje no dice que los enfermos fueron curados, pero… ¿por qué esperaban semejante cosa? ¿Tenía relación con la experiencia vivida con Jesús? No tenemos una respuesta absoluta para estas interrogaciones, pero hay un hecho cierto, la gente esperaba ser sanada de esa manera. ¿Qué tiene Pedro que hace reaccionar así a la gente? No es por causa de su educación ya que no es egresado de una universidad, ni siquiera de un seminario teológico. No es a causa de su talento, pues los Evangelios no lo señalan como a un hombre excepcional. No es tampoco a causa de una moralidad acrisolada, el Nuevo Testamento deja constancia de sus flaquezas, antes y después de Resurrección y Pentecostés. Ni siquiera es a causa de su prestigio personal, se trata de un hombre sencillo del pueblo, un humilde pescador que acaba de salir de la cárcel. ¿Dónde está su secreto? Su vida en Cristo produce canales por los cuales se comunica la energía espiritual. Es su contacto con la Luz de Cristo lo que hace posible que su sombra haga bien a los demás.
Cuando realmente se comunica el Evangelio lo que se dice o se hace en el nombre de Jesucristo trasciende tanto a las palabras como a los hechos. Lo que ocurre a veces es que se predica el Evangelio, pero no se comunica, no llega al que escucha, o no lo escucha. También ocurre que creyendo proclamar el Evangelio se está predicando otra cosa. Es muy común la confusión entre cultura y Evangelio. Hay una imagen muy chavacana que suelo usar para mostrar la realidad de esa confusión: “Hay quienes después de haber pelado una banana confunden la cáscara con la banana; se comen la primera, tiran la segunda y luego se lamentan de padecer indigestión”. Así hay sermones que en lugar de basarse en el amor de Dios, en el sacrificio de Jesucristo, o en la obra del Espíritu Santo, se refieren a la longitud de las faldas de las mujeres o del cabello de los hombres. El Evangelio no consiste en un sistema de doctrinas cuyo conocimiento nos convierte en cristianos ya que es posible conocer la Biblia y no ser creyente. El Evangelio tampoco se puede limitar a una serie de verdades éticas. Aunque hoy existe un neolegalismo según el cual uno es cristiano si hace ciertas cosas y deja de hacer otras. Los judíos en los tiempos de Jesús habían clasificado la ley en mandamientos positivos v negativos, para señalar lo que había que hacer o no hacer. Muchos creyentes están nominalmente bajo la gracia y realmente bajo una nueva ley. Eso no es el Evangelio. El Evangelio es la buena nueva jubilosa que nos muestra que el reino de Dios se ha iniciado en la persona y ministerio de Jesucristo y que marcha hacia la consumación final conducido por el Espíritu Santo.

El Nuevo Testamento sugiere tres formas de comunicar el Evangelio del Reino: La comunicación verbal o proclamación kerigmática, la proclamación por medio de la comunión o koinonía y la proclamación a través del servicio o diaconía.


jueves, 17 de abril de 2014

La perseverancia en la nueva vivencia

Tito 2:12b
La vida cristiana, sin embargo, consiste no solamente en la renuncia a viejos esquemas de vivencia, sino en la adquisición de otros nuevos. Para vivirla, no tenemos que retirarnos del mundo y refugiarnos en círculos exclusivamente cristianos. Somos llamados —dice Pablo— a vivir en este mundo, pero con un estilo de vida radicalmente diferente del que se practica a nuestro alrededor. El joven cristiano, el esclavo cristiano, la esposa cristiana… todos tienen que vivir su vida en el mundo. Pero, si siguen el modelo que ven a su alrededor, su vivencia corresponderá a deseos mundanos. Tienen, pues, que aprender a vivir en el mundo, pero sin ser del mundo (Juan 17:11, 14, 16, 18).

Pablo emplea tres palabras para indicar los rasgos distintivos de la nueva vivencia. Estamos ya familiarizados con ellas y, por lo tanto, no necesitamos más que mencionarlas brevemente. Se refieren, respectivamente, a nuestra relación con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con Dios.

SOBRIAMENTE
En cuanto a nosotros mismos, tenemos que vivir sobriamente. Por quinta vez en este capítulo sale este concepto. Podríamos decir que Tito es la «epístola de la sobriedad», lo que —como ya hemos visto— es lo mismo que decir de la prudencia, de la sensatez o del dominio propio. Hasta aquí, Pablo ha exigido sobriedad a cinco grupos diferentes: los pastores (1:8), los hombres maduros (2:2), las mujeres maduras (2:4, implícito en la palabra enseñen), las mujeres jóvenes (2:5) y los varones jóvenes (2:6). Ahora se la exige a toda la iglesia sin excepciones.

Tenemos que vivir sobriamente. Esto quiere decir que, por la gracia de Dios y por la iluminación de nuestra mente por su Palabra y su Espíritu, tenemos que dominar las pasiones de la carne, los apetitos y los malos sentimientos que nos zarandean, y vivir con aquellos criterios y aquellas actitudes que provienen de Dios. Así descubriremos que, cuando vivimos en el poder del Espíritu Santo, somos señores de nosotros mismos. 

Mientras nos entregábamos a nuestros apetitos y deseos y hacíamos nuestra propia voluntad, acabamos siendo esclavos (3:3); ahora, en cambio, sometiéndonos al señorío de Jesucristo, adquirimos madurez y sensatez, y somos liberados de nuestras esclavitudes. 

Suena a paradoja, pero realmente funciona. El Espíritu de Cristo proporciona dominio propio: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Vivir sobriamente, pues, es emanciparnos de nuestras ataduras carnales para vivir conforme a la voluntad de Dios, en el poder de su Espíritu y bajo la dirección de su Palabra.

JUSTAMENTE
En segundo lugar, hemos de vivir justamente. Si la palabra sobriamente nos ha hablado de algo interno (nuestro dominio de nuestras propias pasiones), la palabra justamente nos habla de algo externo (nuestra relación con los demás). En el trato social debemos caracterizarnos por la integridad, la rectitud, la honradez, el respeto, el amor y la bondad. Todo esto está incluido en la palabra justa.

Es decir, tenemos que vivir en medio de un siglo perverso, pero no conforme a la perversidad de este siglo. Aun viviendo en una sociedad caída, debemos manifestar en nuestras relaciones los valores del reino venidero; debemos buscar el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33).

PIADOSAMENTE
La tercera palabra, piadosamente, es la que marca la diferenciación más obvia con respecto a nuestros vecinos mundanos. Nos habla de nuestra relación con Dios, en contraste con la impiedad que caracteriza a la sociedad en general. Nos habla no solamente de prácticas explícitamente «piadosas» —la vida devocional, las oraciones, el estudio y la meditación de la Palabra, la asistencia a los cultos de la iglesia—, sino también de la conciencia de la presencia del Señor en todas nuestras actividades. Procuramos glorificar al Señor y cumplir su voluntad en todo lo que hacemos.
Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas (Proverbios 3:5–6).
Así es la vida de piedad. No se limita al domingo, ni a ciertas actividades cultuales. Abarca todas nuestras sendas y caracteriza todo nuestro entendimiento. El creyente camina por esta vida en comunión con Dios, consciente de su presencia y procurando en todo momento andar como Cristo anduvo (1 Juan 2:6).
Así pues, la finalidad de la manifestación de la gracia de Dios no es confirmarnos en nuestra impiedad ni permitir que practiquemos impunemente el pecado, sino todo lo contrario: acabar con nuestra impiedad y proporcionarnos una nueva vida caracterizada por el dominio de nuestras pasiones, la justicia en las relaciones con nuestros prójimos y la sumisión a la voluntad de Dios. Hay una vivencia, la practicada por el «mundo», que arranca de los deseos mundanos y se manifiesta en toda clase de impiedad. Pero los que hemos creído el evangelio debemos caracterizarnos por una vivencia radicalmente distinta, una vivencia de cara a Dios, consecuente con nuestra fe.
Por esto, los esclavos y los demás grupos sociales de la iglesia deben vivir conforme a las instrucciones de los versículos 2 a 10: porque se ha manifestado la gracia de Dios enseñándonos un nuevo estilo de vida.


miércoles, 16 de abril de 2014

Salmos de Clamor

¿Se ha sentido alguna vez atrapado en un problema grave, sin salida? ¿Recuerda la desesperación que le invadió en esa ocasión? Encontramos ese mismo sentimiento en los salmos de clamor, pero también hallamos en ellos cuatro pasos que podemos seguir cuando oramos para librarnos de la angustia.

¿Qué son los Salmos de Clamor?
Hay salmos que consisten casi por completo de alabanzas. Los de clamor también incluyen loores a Jehová, pero no es su elemento principal. Están compuestos a causa de la angustia, expresan el dolor del salmista y sus ruegos para que el Señor intervenga y lo libre de ella.
En cierto sentido, estos salmos se parecen a nuestras oraciones. En ellas nosotros presentamos peticiones. Sin embargo, éstas son muy variadas, y aunque a veces se tratan de situaciones agobiantes, con mayor frecuencia tienen que ver con pormenores de la vida cotidiana o ministerio. En cambio, los salmos de clamor no mencionan semejantes detalles. Más bien, piden una sola cosa: liberación de una angustia abrumadora.
   


Peticiones en oraciones normales

Peticiones en salmos de clamor

Número

Varias

Una sola

Temas

Pormenores

Liberación de angustia

Con frecuencia, se encuentran algunos elementos parecidos en los salmos de clamor. En el llamado introductorio, el salmista se dirige a Jehová. Expresa su angustia, muchas veces relacionándola con Dios (“no me has respondido”), con el enemigo y con el salmista mismo. Su petición es un clamor que pide liberación de la angustia. En medio de su desesperación, el salmista confiesa su confianza en que el Señor lo salvará. En el voto de alabanza, promete alabarlo públicamente cuando reciba la liberación. El voto puede ir acompañado de la razón que lo produjo, o un resumen del motivo del loor prometido.

Elementos comunes en los Salmos de Clamor

1. Llamado introductorio a Dios
2. Angustia: causada por Dios, el salmista y el enemigo
3. Petición de liberación
4. Confesión de confianza en Dios
5. Voto de alabanza
6. Razón por el voto de alabanza

Algunos salmos expresan el clamor de un individuo. Incluyen a los salmos 3–5, 7, 10, 13, 17, 22, 25–28, 31, 35, 38, 39, 41–43, 51, 54–57, 59, 61, 63, 64, 69–71, 77, 86, 88, 94, 102, 108, 109, 120, 130, 140–143. En otros, se plasma el clamor del pueblo de Jehová: Salmos 12, 44, 58, 60, 74, 79, 80, 83, 85, 90, 123, 137.
SALMO 13: UN SALMO DE CLAMOR INDIVIDUAL
Salmos 13:1–2
¡PENSEMOS!


Lea todo el Salmo 13. ¿Cuál es su propósito principal? ¿Cuáles de los elementos comunes de los salmos de clamor están presentes? ¿Cómo difiere este salmo de los de alabanza general que hemos estudiado? (Salmos 103, 113, 136)


¿Cuál es el tema principal de los vv. 1–2? ¿Qué frase se repite cuatro veces? ¿Qué nos comunica?


¿Con quién relaciona el salmista su angustia del v. 1? ¿Con quiénes la relaciona en el v. 2? ¿Qué tiene cada uno que ver con su angustia? ¿Debemos acusar a Dios como lo hace el autor en el v. 1?


La desesperación del poeta se manifiesta desde las primeras palabras. La repetición cuádruple de “hasta cuando” da a entender que ya no aguanta más. Se dirige a Jehová con mucha franqueza, acusándolo de no poner atención a su angustia (v. 1).
El tercero y cuarto “hasta cuando” introducen los otros dos causantes del sufrimiento: el salmista mismo (no puede dejar de pensar en su problema) y su enemigo (v. 2). De manera que David tiene un triple problema: cómo conseguir el socorro divino, cómo manejar sus emociones y cómo evitar que su enemigo le venza.
Toma el primer paso para resolver sus problemas en estos dos versículos: Confiesa a Jehová sin ambages su desesperación. Sus palabras del v. 1 nos pueden parecer irreverentes. ¡Cómo se atreve hablar así a Dios! Por otro lado, son sinceras. Expresan lo que verdaderamente siente.
Con Dios, nosotros debemos tener la misma confianza. Cuando oramos, es ilógico ocultar nuestros sentimientos verdaderos detrás de una pantalla de piedad hipócrita. ¿Acaso Dios no sabe todo lo que realmente pensamos y sentimos? El primer paso para buscar liberación de la angustia es ser sinceros con Dios acerca de nuestra desesperación. Sin embargo, este es sólo el primer paso. No podemos quedar satisfechos con una actitud quejumbrosa.
¡PENSEMOS!


¿Cuando usted ora, plantea a Dios sus problemas más agudos? ¿Tiene la confianza para decirle lo que realmente siente, incluso sus sentimientos negativos hacia él? ¿Se da cuenta que su angustia es causada no solamente por sus enemigos, sino también por su propia reacción mental y emocional a su situación?

Salmos 13:3–4
¡PENSEMOS!


¿Cuál es el tema principal de estos versículos? ¿Qué tan serio era el problema del salmista? A la luz del v. 3b, ¿cuál era su aflicción? Según el v. 4, ¿por qué quería que Jehová le librara de su angustia?


Habiendo dado expresión a su angustia, el salmista toma el segundo paso para resolver su problema: pide a Jehová socorro. El v. 3 sugiere que padecía de una enfermedad grave. En aquellos tiempos, la ciencia de la medicina se había desarrollado poco, y la posibilidad de morir por una enfermedad era mucho mayor que hoy día.
David tuvo muchos enemigos políticos, aun dentro de Israel. Por años, Saúl y sus seguidores intentaron matarlo (1 Samuel 18–30; 2 Samuel 2:8–3:6), y cuando ya era rey, varios pretendientes quisieron quitarle el trono (2 Samuel 15–18, 20). Cuando compuso este salmo, David sabía que algún enemigo suyo se alegraría por su muerte (v. 4), en parte tal vez por odio, pero seguramente también porque vería una oportunidad de aumentar su propio poder. El vocablo hebreo que se traduce como “resbalara” sería mejor verterlo por “cayera”. Aquí no se refiere a un desliz moral o espiritual, sino a la muerte.
¡PENSEMOS!


¿Padece usted de alguna enfermedad peligrosa? A la luz del v. 3, ¿qué debe hacer al respecto? ¿Es capaz Dios de sanarle aun de una enfermedad incurable? Si su problema es otro, ¿es capaz el Señor de resolverlo también?


¿Está alguien tratando de “moverle el tapete”? ¿Se alegraría alguien de que usted cayera? A la luz de los vv. 3–4, ¿qué debe pensar usted acerca de semejante persona?

Salmos 13:5
¡PENSEMOS!


¿Cuál es el tema principal del v. 5? ¿Qué contraste hay entre las actitudes de los vv. 1 y 5? ¿Cuál será la causa de este cambio?


De repente, el salmista cambia de tono. En lugar de la acusación del v. 1, ahora expresa su confianza en que Jehová lo librará de su aflicción. En vez de temer que sus enemigos se alegren (v. 4), espera su propia alegría. Aquí “tu salvación” no se refiere a la salvación eterna del pecado, sino a la liberación de la enfermedad y del enemigo. Esta expresión de confianza en Dios es el tercer paso que toma David para resolver su problema.
¿A qué se debe este cambio de actitud? Jehová no le ha sanado todavía de su enfermedad. Tampoco ha quitado a su enemigo. Sin embargo, ha comenzado a obrar en el tercer causante del sufrimiento mencionado en los vv. 1–2: el autor mismo. Los sentimientos que lo agobiaban en el v. 2 ahora dan paso a la meditación sobre la hésed de Jehová, su fidelidad misericordiosa (ver la explicación de este vocablo en el capítulo 3, pág. 28). Tal vez David haya recordado algunas experiencias en las cuales Dios había manifestado esa lealtad (comp. Salmos 77:7–15). Sea como fuere, de alguna manera durante la oración misma, el Señor transformó la desesperación de David en esperanza.
Este cambio es el más importante que se opera cuando oramos. Aun cuando el enemigo todavía esté acosándonos (v. 2c) y el rostro de Jehová todavía no se haya manifestado a nuestro favor (v. 1), es necesario confiar en él (v. 5). Esa confianza se la debemos confesar, aun antes de ver su respuesta a nuestro clamor.
¡PENSEMOS!


¿Alguna vez su actitud quejumbrosa cambió mientras usted oraba? ¿A qué se debió ese cambio?


¿Confiesa usted su confianza en Dios aun antes de recibir respuesta a su oración? ¿Actualmente está pidiendo al Señor que lo libre de alguna angustia? ¿Le ha dicho que confía en su fidelidad y misericordia a pesar del sufrimiento?

Salmos 13:6
¡PENSEMOS!


¿Qué promesa hace el salmista en este versículo? ¿Qué razón da?


El v. 6 podría interpretarse como una continuación de la expresión de confianza en Dios. En ese caso, el salmista estaría diciendo que está seguro de que no morirá, sino que vivirá para cantar de nuevo a Jehová.
Sin embargo, a la luz de pasajes semejantes en otros salmos de clamor, el v. 6 ha de ser un voto. David promete que cuando recupere su salud, contará públicamente el bien que Jehová le ha hecho (ver los votos semejantes que aparecen en Salmos 22:22, 25; 26:12b; 35:17–18; 50:14–15; 56:12–13; 116:17–19). Tan seguro está de que Dios le salvará de su aflicción, que comienza a alabarlo, hablando de la obra divina en tiempo pasado, como si ya se hubiera realizado: “me ha hecho bien”.
En nuestras oraciones, raras veces añadimos a la petición una promesa de alabar a Dios. Cuando le presentamos nuestras necesidades, naturalmente pensamos en el beneficio que esperamos recibir de su respuesta. Pero, ¿con qué frecuencia pensamos en lo que él desea recibir? ¿Prometemos dar a conocer ante nuestros semejantes la forma en que él resuelve nuestros problemas? Este voto bíblico es el cuarto paso que debemos seguir en nuestra oración de clamor a Dios. Y, por supuesto, cuando Dios nos responde, debemos cumplir la promesa.
¡PENSEMOS!


¿Tendrían sus oraciones más poder si prometiera a Dios alabarle públicamente por su respuesta? ¿Ha hecho usted semejante promesa en su oración? ¿La ha cumplido?


En su próxima oración de angustia, siga los cuatro pasos que hemos descubierto en el salmo 13.

PASOS PARA LIBRARNOS DE LA ANGUSTIA

1. Exponer a Dios cómo nos sentimos (vv. 1–2).
2. Pedirle liberación de la angustia (vv. 3–4).
3. Expresar nuestra confianza en él (v. 5).

4. Prometer alabarle públicamente por su respuesta (v. 6).


lunes, 14 de abril de 2014

Principios básicos para hacer negocios (parte 6 de 6)

6. Trate bien a sus clientes
Si realmente cree que su primera responsabilidad es ser un fiel testigo del Señor, su mayor influencia será entre quienes están más cerca de usted. En cuestiones de negocios, esto significa que se afectarán sus relaciones con los acreedores. Los escucharán porque los trata con respeto y les paga lo que es justo (analizaremos este punto con más detalles en el capítulo 9). Por cierto, esto afectará sus relaciones con los clientes, quienes lo tomarán en serio porque les brindará un producto de calidad a un precio justo y además por cumplir su palabra.

Hace algunos años vi la aplicación práctica de este principio en mi vida cuando estaba en el negocio de equipos electrónicos. Visité a uno de nuestros clientes potenciales para ofrecerle uno de nuestros productos, un control de circuito computarizado. Este equipo en particular era bastante caro, algo así como veinticinco mil dólares, pero ejecutaba una función que economizaba muchas horas de un técnico especializado, lo cual hubiera requerido varias veces ese monto. Sin embargo, este cliente no parecía tener necesidad verdadera de un equipo así. Más bien me dio la impresión de ser una de esas personas que quieren poseer cualquier equipo novedoso que sale al mercado. Se autoconvenció de comprar el equipo aun antes de que terminara de explicarle de qué se trataba. Sin lugar a dudas, nuestro equipo facilitaba las operaciones de su negocio, pero no hubiera recuperado el dinero invertido en la compra.

Era una época en la que necesitábamos hacer ventas y mi cliente estaba listo para hacer la operación. Pero, aunque ya había sacado los formularios de compra de mi maletín, recordé las palabras del apóstol Pablo que me decían: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo» (Filipenses 2:3). Me detuve y le dije:
—No puedo venderle este equipo.
—¿Por qué?—se apresuró a decir un poco molesto—. Puedo pagarlo. ¿Necesita un anticipo?
—No—le respondí—. No se trata de dinero. Simplemente me doy cuenta de que en su caso no llegará a recuperar el precio del equipo con el volumen de trabajo empleado. Creo que usted lo lamentaría más adelante y no quiero quedar como alguien que lo obligó a comprar un equipo innecesario.

Su expresión cambió a un gesto de sorpresa. Luego sonrió. Me expresó su agradecimiento por haber estado dispuesto a perder la venta y agregó que ya se había dado cuenta de lo que le había advertido. Pero manifestó que tenía planes de comenzar una nueva línea de negocios para reparaciones de otras compañías similares a la suya. Entonces estuve de acuerdo con él, de que nuestro equipo le resultaría ideal para esa función y cerramos el trato.

Durante los años subsiguientes, me encontré con ese hombre en varias oportunidades y nos hicimos muy amigos. La muerte de su hijo menor lo llevó a buscarme para recibir ayuda, así que tuve el privilegio de llevarlo a los pies del Señor. Creo que todo el proceso comenzó cuando sentí la convicción de poner sus necesidades por encima de las mías y tratarlo como era debido.

Ahora, veinte años después, los veinticinco mil dólares que le pagó a nuestra compañía ya se han ido y el equipo que le vendí terminó su vida útil. Pero lo que perdura entre nosotros es nuestro mutuo amor por el Señor. Esta «venta» perdurará por toda la eternidad.