viernes, 25 de abril de 2014

Motivos para Llegar a ser Libre de Deudas

Los cristianos de hoy en día están generalmente polarizados en dos grupos opuestos. A uno le parece que la Palabra de Dios prohíbe cualquier clase de deuda todo el tiempo (ver Romanos 13:8). Algunos de este grupo creen incluso que la deuda es pecado. El otro grupo supone que la deuda es una manera aceptable y normal de vivir que Dios usa a menudo para suplir las necesidades de su pueblo. Ninguno de estos puntos de vista es completamente correcto. Aunque la deuda no es un pecado, tampoco es una manera normal de vivir, según la Escritura. En cambio, la deuda es una herramienta peligrosa que se debe usar, si alguna vez hay que hacerlo, con extrema cautela y mucha oración debido a su potencial de esclavizar a la gente financieramente (ver Proverbios 22:7).
¿Por qué es la deuda peligrosa?
A continuación tenemos algunas razones por las cuales se necesita tratar a la deuda con extrema cautela.
La deuda hace suposiciones sobre el futuro. Cuando la gente se compromete a hacer pagos durante un período de tiempo, están suponiendo que no habrá reducciones de sueldo, ni pérdida de trabajo, y ni gastos inesperados. Esa es una suposición improbable (ver Proverbios 27:1).
La deuda rebaja los estándares futuros de vida. El dinero que se toma prestado hoy debe pagarse durante un período de tiempo con interés, lo cual significa que aquellas cosas que se compraron con crédito costarán más «mañana» que lo que costaron hoy. Por lo tanto, el estándar de vida tendrá que ajustarse para compensar el gasto agregado.
La deuda se enfoca en decisiones de falsa apariencia en lugar de decisiones de la vida real. La deuda motiva a la gente a tomar decisiones basada en la capacidad de hacer los pagos mensuales, en vez de ver si pueden pagar el costo total (precio de compra, gastos operativos, y cobros de financiación) del artículo. La deuda hace que sea demasiado fácil decir sí a los bajos pagos mensuales mientras se ignora el costo real de los artículos.
La deuda deja a la gente a la merced del poder del interés compuesto. Si los consumidores pagan el pago mensual mínimo de una deuda de $1,000 dólares a una tasa de interés del 19.8 por ciento y nunca cargar nada más a esa cuenta, llevará ocho (8) años pagar los $1,000 y pagarán $2,023 dólares por el privilegio de cargar $1,000 dólares. En algunos casos, artículos cargados a tarjetas de crédito de bancos nacionalmente aceptados pueden costar más de ocho veces el precio de compra original para cuando la deuda se cancela.
La deuda puede retrasar el plan de Dios. Dios dijo que supliría las necesidades de su pueblo. La deuda permite que las necesidades se suplan ahora, en base a medios que no son la provisión de Dios. La deuda provee gratificación instantánea, a costa de la libertad financiera, en vez de esperar el plan perfecto de Dios y su perfecto tiempo oportuno.
La deuda empaña la línea que separa lo que uno quiere, desea, y necesita. Las necesidades son compras indispensables como comida, ropa, albergue, gastos médicos, transporte, y otros. Lo que uno quiere involucra decisiones acerca de la calidad de los bienes. Comprar productos a descuento versus comprar productos estilizados, langosta versus pollo, o un auto nuevo versus un auto usado bueno, etcétera. Lo que uno desea son esas cosas que se pueden comprar sólo después de cumplir con todas las demás obligaciones y sólo si hay exceso de fondos disponibles para comprarlos. La deuda permite que los deseos se conviertan en cosas queridas y las cosas queridas se conviertan en necesidades.
La deuda fomenta el comprar por impulso y gastar en exceso. El director de finanzas de una compañía nacional de tarjetas de crédito dijo que los consumidores gastan en promedio de 25 a 30 por ciento más cuando cargan a la tarjeta que si pagaran con cheque o en efectivo y que la gran mayoría de esas compras extra son el resultado de comprar por impulso. La asunción ilimitada de deudas y las tarjetas de crédito han permitido que la gente compre inmediatamente más allá de su capacidad de pagar, sin sacrificar necesidades o lo imprescindible.
La deuda sofoca la inventiva. En una sociedad que vive por la premisa de «Yo quiero, lo que quiero, cuando lo quiero» la necesidad de ser ingenioso—remendar ropa, poner suela nueva a los zapatos, y cambiar el aceite—a fin de ahorrar dinero ya no es relevante. Es más conveniente comprar lo nuevo o cargar los servicios simplemente «poniéndolo en la tarjeta de plástico», y pagarlo más tarde, sin importar los cobros de interés o de financiación.
La deuda elimina la planificación de las finanzas de la familia. En vez de planificar para el futuro y dejar un cierto margen para errores, exceso de gastos, y cambios para dictar el desarrollo financiero futuro, la deuda elimina la necesidad de planificación para el futuro porque ya se habrá trazado la trayectoria del futuro financiero de la familia: pagar la deuda que se ha acumulado.
La deuda enseña a los hijos que el método del mundo para manejar el dinero es normal. La deuda hace que los hijos tengan un concepto superficial del uso de las tarjetas de crédito, la obtención de préstamos e hipotecas, y cumplir promesas para pagar las cuentas. Por esta razón, tenemos hijos que se graduaron de la universidad sacando préstamos para los gastos de educación y viviendo hasta el límite de sus tarjetas de crédito. Nunca consideraron pagar en efectivo por el transporte o cualquier otra cosa y han comenzado la vida adulta con tantas deudas que tienen que trabajar durante años sólo para pagar la deuda acumulada durante sus años universitarios.
Conclusión

Vivir libre de deudas es aún el plan de Dios para su pueblo hoy en día. Las bendiciones de llegar a ser libre de deudas van mucho más allá del área financiera. También se extienden al ámbito espiritual y material. Nadie que está financieramente atado puede ser espiritualmente libre. Los efectos de las ataduras financieras en las relaciones maritales son devastadores. En la actualidad el 50 por ciento de todos los que se casan por primera vez, fracasan, y la razón principal del fracaso es la incompatibilidad financiera. Por lo tanto, es para el bien de todos los cristianos que se esfuercen para estar libres de deudas.


jueves, 24 de abril de 2014

Buenas obras

Teológicamente hablando, buena obra es toda actividad de un agente moral que procede de una motivación correcta (amor), está en conformidad con una norma moral adecuada (ley), y tiene como objetivo la gloria de un objeto digno (Dios). Los requisitos primero y tercero están estrechamente vinculados: la motivación de amor y el objeto del amor en último análisis son divinos. Esto es, en conformidad con la teología cristiana, «Nosotros amamos porque él (Cristo o Dios) nos amó primero» (1 Jn. 4:19; cf. Ro. 5:6). En otras palabras, es Dios en el alma quien es la fuente del motivo de amor, y éste por su parte, guía el alma de regreso a Dios como el objeto del amor. El otro requisito, la ley, debe ser del Creador si ha de ser válida para la criatura; sin embargo, es externa u objetiva. Por lo tanto, podríamos pensar que una buena obra es una actividad de un ser moral que es bueno, o que es producida por Dios en sus aspectos internos (o subjetivos) y externos (u objetivos).

Una actividad de un agente moral podría concebirse como interiormente sana, pero defectuosa en su expresión exterior. Esto es, podría proceder del amor de Dios y hacia Dios, pero todavía estar mal dirigida y contraria a la ley de Dios. Si una persona que ama estuviera mal informada en cuanto a la ley de Dios, su amor lo llevaría a actuar en concordancia con ello, esto es, conforme a su mala información. Por lo tanto, desobedecería la ley sin tener la intención de hacerlo. Está fuera del propósito de este breve artículo considerar si un agente moral con perfecto amor a Dios pudiera ser capaz de malentender la voluntad de Dios (pensamos que no); pero es claro que tal agente, que tiene algo del amor de Dios, pero no un perfecto amor, puede malentender la ley de Dios.

En consecuencia, un hombre con un motivo, por lo menos, parcialmente bueno, podría realizar un acto exteriormente malo. Tal actividad la llamaríamos una buena mala obra (buena con respecto a la intención, mala en su expresión). Por otra parte, un agente moral con una motivación mala es, concebiblemente, capaz de realizar una obra exteriormente buena, esto es, algo que exteriormente corresponde con la ley de Dios. «Si vosotros siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos …». (Mt. 7:11). A tal actividad la llamaríamos una mala buena obra. Con referencia al hacedor, la buena mala obra es verdaderamente una buena obra, mientras que la mala buena obra no es una obra verdaderamente buena. Esto es porque el bien (en la buena mala obra) pertenece al hacedor (esto es, corresponde a su verdadero motivo o deseo); pero el mal (en la buena mala obra) no pertenece realmente al hacedor (no es su intención en ninguna forma).

Los hombres pueden observar los actos externos de los demás, pero no sus motivaciones internas. En consecuencia, no pueden ser jueces infalibles de moralidad, en lo que respecta al hacedor. Por otra parte, Dios no solamente puede discernir los pensamientos y las intenciones del corazón, sino que se gloría en su poder de hacerlo. Hace que los secretos de los hombres sean manifiestos en el día del juicio para que las demás criaturas puedan ver la base de su juicio (Ro. 2:11).

En conformidad con la doctrina protestante, la justificación (véase) es solamente por la fe, sin ningún mérito derivado de alguna buena obra del recipiente, ya sea antes o después de la justificación. La justificación se basa en las buenas obras: las buenas obras de Jesucristo. Pero los beneficios de su obra redentora son recibidos por el creyente que no tiene méritos propios que aportar. Nada de lo que hace, aun después de la justificación, tiene mérito alguno; porque nada de lo que hace es perfectamente bueno. Esto es, nada de lo que hace procede de un motivo perfectamente bueno, es dirigido perfectamente según la norma de lo bueno, ni está dirigido perfectamente hacia la gloria de Dios. Ninguna cosa que no alcance esto es verdaderamente buena. Dado que ninguna persona justificada puede, en toda su vida, hacer algo que alcance tales normas, no puede hacer buenas obras meritorias. Por lo tanto, no tiene mérito alguno; ofrecer para suplementar en alguna forma los méritos de Cristo. Esta fue la diferencia crucial de la Reforma con los católicos romanos, que consideran que las buenas obras hechas antes de la fe tienen «mérito de congruencia» y que las buenas obras de después de la justificación «tienen mérito de condignidad».

Las buenas obras se atribuyen al creyente como «preparadas por Dios» (Ef. 2:10; Tit. 2:14) y útiles para quienes se benefician de ellas (Tit. 3:8–9). Son el fruto propio del uso correcto de las Escrituras (2 Ti. 3:17). Por causa de ellas, los hombres pueden ser guiados a glorificar a Dios (Mt. 5:16). Con referencia a ellas, el Señor dispensará galardones (1 Co. 3:14; Ap. 22:12).

Pragmatismo es la doctrina de que la verdad está determinada por las buenas obras. Esto es, lo que conduce a una buena obra es verdad. Aunque el cristianismo enseña «por sus frutos los conoceréis» (Mt. 7:20) no es «pragmático». Con tal declaración no quiere decir que determinamos lo que es verdad por la forma en que se comporta la persona, sino sencillamente que uno determina lo que una persona cree que es verdad por la forma en que se conduce. Si se comporta con perversidad, esto es lo que el versículo implica, es que cree impíamente, esto es, erróneamente. La verdad, en conformidad con el cristianismo, se determina por revelación (natural y sobrenatural). Las obras son juzgadas por su correspondencia con la norma revelada de verdad. Para resumir, el pragmatismo juzga la verdad por las obras, el cristianismo juzga las obras por la verdad.


La crítica de la teoría pragmática consiste en lo siguiente: Si uno no tiene una definición inicial de la verdad, no puede decir si una determinada conducta «obra» o no. Por ejemplo, si cierta teoría, adoptada por una persona, la lleva a cometer un homicidio, uno no puede llegar a la conclusión que dicha teoría es mala, a menos que sepa inicialmente que el homicidio no es bueno. Pero esta evaluación no es determinada por la comisión del hecho sino por juicios éticos hechos independientemente. Si se sabe de antemano, como normalmente asumen los pragmatistas (contrariamente a las teorías que sustentan) que el homicidio es malo, se podría concluir que la teoría que lleva a ello es errónea. Si se desconoce anticipadamente la pecaminosidad del homicidio, no se podrá saber nada acerca de la teoría a partir de la cual se llegó al homicidio.


miércoles, 23 de abril de 2014

La Reforma en Francia

Trasfondo de la Reforma en Francia
Francia fue el único país latino en el que arraigó con cierta fuerza la Reforma. El protestantismo francés no procedía del luteranismo alemán, sino del calvinismo. En las filas protestantes francesas figuraban personas de gran relieve e influencia.
Entre los precursores de la Reforma en Francia estaba Jacques Lefèvre de Étaples (1455–1536), profesor de la Sorbona, quien ya en 1512 en su comentario sobre la Epístola a los Romanos, anticipaba las enseñanzas de Lutero. Margarita de Angulema (1492–1549), hermana de Francisco I, antes de ser reina de Navarra reunía en su casa a humanistas y reformadores con tendencia al misticismo, que se oponían al escolasticismo medieval. Como la mayoría de los humanistas y místicos, éstos no estaban a favor de hacer cambios en las instituciones externas y establecidas de la Iglesia, pero sí aspiraban a un cristianismo más bíblico y a una espiritualidad más auténtica. Desde Navarra y ciudades fronterizas como Estrasburgo y Ginebra se fueron infiltrando en Francia las ideas protestantes. Cuando se publicó la Institución de Calvino, dedicada a Francisco I, el espíritu revolucionario fue difundiéndose junto con sus ideas. En verdad, fue Calvino quien a través de su obra introdujo la fe evangélica en Francia.
Durante el reinado de Francisco I (reinó de 1515 a 1547), el protestantismo no tuvo mayores oportunidades de expansión. El monarca había obtenido el control de la Iglesia francesa con la firma del Concordato de Bolonia con el Papa y no tenía ningún interés en promover el protestantismo en su reino. No obstante, bajo el reinado de su sucesor, Enrique II (reinó de 1547 a 1559), el protestantismo calvinista logró difundirse ampliamente entre la burguesía, a pesar de la enérgica oposición del monarca. Enrique II inició la más cruel persecución contra los protestantes, que se incrementó con su sucesor, Francisco II, casado con María Estuardo de Escocia, y por lo tanto, celosamente católico. No obstante, para 1555 ya se había organizado la primera iglesia protestante francesa siguiendo el modelo calvinista. Algunos nobles también se inclinaron a la fe calvinista, como el rey de Navarra, Antonio de Borbón, casado con Juana de Albrit, hija de Margarita de Navarra, hermana de Francisco I de Francia; Luis de Condé, hermano de Antonio de Borbón; el militar Francisco d’Andelot; y algunos otros grandes señores, como el almirante Gaspar de Coligny (1519–1572).
Los católicos, que constituían la mayoría de la población en Francia, consideraban como sus líderes a la poderosa familia de los Guisa, en especial al duque Francisco de Guisa (1519–1563), que había jugado un papel heroico en la defensa de la ciudad de Metz, contra las tropas de Carlos V (1552). Después de la firma del Tratado de Cateau-Cambresis (1559), las luchas entre los Hapsburgos y los Valois llegaron a su fin, liberando momentáneamente a Francia del temor de una invasión extranjera. Esto dio lugar a luchas intestinas por el poder político entre las principales familias francesas, especialmente los Borbones y los Guisa, que después de 1559 intentaron controlar a los débiles monarcas Valois. Los primeros eran calvinistas y los segundos católicos, y esto dio lugar a un turbulento período de las guerras de religión.
Los tres hijos de Enrique II, que lo sucedieron en el trono de Francia fueron sucesivamente, Francisco II, adolescente de quince años de edad, que sólo reinó un año (1559–1560); Carlos IX (1560–1574), coronado a los diez años y reinó bajo la regencia de su madre; y, Enrique III (1574–1589), príncipe afeminado e incapaz. Los tres reyes, jóvenes y enfermizos, carecieron de la capacidad y energía indispensables para afrontar las dificultades de la época. Cayeron bajo la influencia de su madre, Catalina de Médicis (1519–1589), una princesa italiana carente de escrúpulos, ambiciosa, audaz y preocupada en mantener la autoridad real a toda costa.
El debilitamiento de la autoridad real despertó en la alta nobleza católica y protestante—apoyada por sus parciales—el deseo de asumir el gobierno del país. Al frente de los calvinistas, llamados también hugonotes (probablemente del alemán eidgenossen, los juramentados), figuraban las casas de Borbón, a la que pertenecían el príncipe Luis de Condé y Enrique, rey de Navarra, y la de Montmorency, emparentada con Gaspar de Coligny. La familia de los Guisa encabezaba a los católicos entre los que se contaban el duque de esa casa, Francisco, y el cardenal de Lorena, hermano de Francisco y sumamente rico.
Al poco tiempo de subir al trono Carlos IX se iniciaron las hostilidades. En un encuentro murió asesinado Francisco de Guisa y los calvinistas lograron una mayor influencia sobre el rey, con la consiguiente alarma de Catalina de Médicis. Ella era católica, pero quería congraciarse con los hugonotes. Así promulgó un edicto por el que autorizaba a los calvinistas a celebrar públicamente su culto, siempre que lo hicieran afuera de las ciudades (1562). Pocos meses después, el duque de Guisa atacó y asesinó a varios hugonotes en una granja en Vassy. La matanza de Vassy dio comienzo a una serie de guerras de carácter religioso y de gran ferocidad, que se prolongaron hasta 1593. Los católicos contaron con el apoyo de Felipe II de España, mientras que los protestantes con la ayuda de Isabel de Inglaterra y de algunos príncipes alemanes. Como resultado de esto, Francia cayó en un estado de completa pobreza y anarquía.
_ Los hugonotes franceses158
Como se indicó, la influencia de Calvino había penetrado profundamente en Francia y los protestantes franceses o “hugonotes”, como se los llamó desde 1557, se multiplicaron a pesar de la persecución. Durante ocho años hubo guerra entre hugonotes y católicos, hasta que en 1570 se firmó la Paz de San Germán, que fue una victoria para los hugonotes, porque se les permitió el culto en cuatro ciudades.
Para consolidar la reconciliación de los dos partidos se arregló el matrimonio de Enrique de Borbón, hijo del rey de Navarra (protestante) con Margarita de Valois, hermana de Carlos IX (católica). Catalina de Médicis, celosa de la influencia del calvinista Gaspar de Coligny, quien había sido el gestor de este arreglo con su hijo, resolvió eliminarlo. Para ello se concertó con Enrique de Guisa, pero el plan fracasó. Carlos IX, indignado, juró vengar el agravio inferido a su consejero y ordenó una investigación. Catalina, temerosa de que se descubriera su participación, convenció a su hijo de que los protestantes estaban tramando su muerte y así obtuvo su consentimiento para organizar la matanza de los principales líderes hugonotes.
La ocasión escogida para el atentado fue la boda de Enrique de Borbón con Margarita de Valois en París, cuando se reunieron nobles católicos y hugonotes para celebrar tal evento. El 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé, el partido católico, apoyado por el pueblo católico fanático de París, inició una horrenda matanza de hugonotes, que luego se extendió a toda Francia. Coligny y miles de hugonotes perecieron bajo la más extrema violencia. La noticia fue recibida con alegría en Roma porque la causa católica en Francia se había salvado de un gran peligro.
Enrique Fliedner: “Coligny fue la primera víctima … El cuerpo decapitado fue paseado en triunfo por las calles, llevado por un populacho delirante, y precipitado en el Sena. Desde este momento, sólo se oyó en calles y casas el ruido de las armas, de las detonaciones de los arcabuceros, los aullidos de los asesinos, los gemidos de los moribundos y los gritos angustiosos de los que huían, los cuales encontraban la muerte dondequiera que buscaban un refugio. Cuéntase también, que el rey, desde lo alto del balcón del Louvre, disparaba sobre los que intentaban huir, ‘a fin, decía, de que no quedase un solo Hugonote para acusarle’. La carnicería duró tres días y tres noches en París, de suerte que muy pocos lograron escapar. Las principales ciudades del reino, tales como Orleáns, Lión, Tolosa y muchas otras, tuvieron también su San Bartolomé; de manera que, según los cálculos más moderados, veinte mil Hugonotes perdieron entonces la vida.
Esta monstruosa carnicería, perpetrada a favor de una traición infame, arrancó un inmenso grito de horror a toda la cristiandad evangélica. Pero el papa Gregorio XIII triunfaba. Hizo cantar un Te Deum, y para perpetuar el recuerdo de este sangriento auto de fe, hizo acuñar una medalla con la inscripción siguiente: ‘El papa Gregorio XIII’ [anverso] y ‘Matanza de los Hugonotes, 1572’ [reverso].”159
_ El desarrollo de la Reforma francesa
Después de este triste episodio, conocido como la Matanza de San Bartolomé, y como consecuencia de la misma, se dieron cuatro guerras entre hugonotes y católicos. Los hugonotes reaccionaron fundando la Unión Calvinista, que resultó ser como un verdadero estado protestante dentro del reino de Francia y proclamó su absoluta desvinculación respecto de un monarca al que consideraban “traidor y asesino.” Carlos IX murió poco después (1574), y su sucesor, Enrique III, deseoso de calmar a los calvinistas, les acordó algunos privilegios, entre otros el de celebrar su culto en toda Francia, excepto en la ciudad de París (1576). Los católicos, indignados por estas concesiones, formaron la Santa Liga, que tuvo como jefe a Enrique de Guisa, hijo de Francisco.
La Santa Liga tenía propósitos tanto políticos como religiosos, tales como el reestablecimiento de la religión católica como exclusiva y la restauración de los antiguos derechos, preeminencias y libertades de las distintas comarcas de Francia. Por entonces, la muerte del único hermano de Enrique III convirtió a Enrique de Borbón, rey de Navarra, líder de los hugonotes, en el heredero del trono de Francia. La Santa Liga quiso impedir esto buscando el apoyo de Felipe II, pero fracasó al llegar a su fin el gobierno de los Valois con la muerte de Enrique III (1589), que fue asesinado por un fanático. Así comenzó el dominio de los Borbones (protestantes) con Enrique de Borbón, que se proclamó rey de Francia con el nombre de Enrique IV.
Con la llegada al trono de Enrique IV en 1589, los hugonotes esperaban una mayor tolerancia hacia su fe. No obstante, Enrique IV, por motivos políticos (ganar el favor de la mayoría católica y poder instalarse en París) se convirtió al catolicismo (1593). Según se cuenta, dijo en tal oportunidad: “París bien vale una misa.” La ciudad que estaba en manos de un ejército español, capituló en 1594. La guerra continuó por unos tres años más hasta que terminó con la paz de Vervins (1598), por la que Felipe II reconoció al nuevo monarca francés y Enrique obligó a los españoles a retirarse de Francia. Más tarde, Enrique IV puso fin a las guerras de religión promulgando el Edicto de Nantes (1598). Mediante este tratado, los hugonotes fueron admitidos a todas las funciones públicas, se garantizó la libertad de conciencia en todo el reino, el culto público hugonote fue permitido en ciertos lugares, se decretó la igualdad entre católicos y protestantes y los hijos de hugonotes no podían ser obligados a recibir la enseñanza católica. En garantía del cumplimiento del edicto, Enrique IV concedió a los protestantes un centenar de plazas fuertes, y les permitió reunirse en asambleas generales para considerar sus propios asuntos (sínodos). El Edicto de Nantes proclamó por primera vez la libertad religiosa en un país europeo y significó un adelanto en los tratados de paz religiosa del siglo XVI. Bajo el reinado de Enrique IV, que logró pacificar al país, Francia prosperó y experimentó notables progresos. Lamentablemente, el rey fue asesinado en 1610 por un fanático, que con ello quería “salvar al catolicismo.”

Enrique IV fue sucedido en el trono por Luis XIII (1601–1643), de nueve años de edad, quien gobernó bajo la regencia de su madre, María de Médicis (1573–1642). El matrimonio de Luis XIII con Ana de Austria (1601–1666) dio lugar a varios levantamientos y protestas de los hugonotes, que terminaron con el Tratado de Montpellier (1622). De todos modos, las iglesias hugonotes entraron desde entonces en su período de prosperidad y crecimiento, conservando sus privilegios religiosos a pesar de sufrir los ataques de los jesuitas y otras influencias católicas a medida que avanzaba el siglo XVII. Armando Juan Du Plesis, cardenal de Richelieu (1585–1642) conquistó en 1628 la fortaleza de La Rochela, que era un bastión de los hugonotes, y por el edicto de Nimes (1629) les revocó a éstos todos sus privilegios políticos. Más tarde, la revocación del Edicto de Nantes, por Luis XIV, en el año 1685, los redujo a la situación de Iglesia mártir, perseguida y proscrita, hasta la Revolución Francesa (1789). Miles de sus miembros se vieron forzados a emigrar hacia Inglaterra, Holanda, Prusia y América.


martes, 22 de abril de 2014

Convertirnos en personas extra talentosas

Las siguientes son algunas sugerencias que te ayudarán a ser una persona extra talentosa en esta área:
1. Aceptar la responsabilidad por tu vida
El filósofo griego, Sócrates dijo: «Para mover al mundo debemos primero movernos nosotros mismos». Muéstrame aquellos que no se responsabilizan por sus propias vidas y te mostraré personas que no tienen iniciativa. La responsabilidad y la iniciativa son inseparables.
Todo el mundo experimenta dificultades. Todos enfrentamos obstáculos. De vez en cuando, todos sentimos que las probabilidades están en contra nuestra. Necesitamos demostrar la iniciativa de cualquier forma. Dick Butler afirmó: «La vida no es justa. Nunca va a ser justa. Deja de andar quejándote y haz que las cosas sucedan. En los negocios veo a muchas personas que están esperando que llegue el hada madrina de las finanzas para que se deshaga de esa deuda y la sustituya con ganancias antes de que termine el año fiscal». Hay un dicho que dice que las grandes almas tienen grandes voluntades pero que los débiles solo tienen deseos. No podemos estar deseando tener éxito, necesitamos responsabilizarnos y actuar.
2. Examina cuáles son las razones por las cuales no tomas la iniciativa
El filósofo chino Mencius dijo lo siguiente: «Si tus obras no tienen éxito, busca la razón en ti mismo. Cuando tu propia persona esté correcta, el mundo entero se volverá a ti».
Si no tienes iniciativa, la única forma en que podrás cambiar eso es identificando primeramente el problema de manera específica. Piensa en las razones que hemos mencionado por las cuales las personas no tienen iniciativa. ¿Niegas las consecuencias de no tomar la iniciativa ni la responsabilidad en ti mismo? ¿Estás esperando que otros te motiven en lugar de esforzarte por motivarte a ti mismo? ¿Estás esperando que todo sea perfecto antes de actuar? ¿Estás ilusionándote acerca del mañana en lugar de enfocarte en lo que puedes hacer hoy? O ¿hay algo más que te impide actuar?
Lo que es importante es que separes las razones legítimas de las excusas. Una excusa culpa a alguien o algo externamente. Las excusas son como los letreros de salida en el camino del progreso. Nos desvían. Debes saber esto: Es más fácil trasladarse del fracaso al éxito que de las excusas al éxito. Elimina las excusas. Una vez que hayas hecho eso, puedes volver tu atención a las razones y cómo vencerlas.
3. Enfócate en los beneficios de completar la tarea
Es extremadamente difícil tener éxito si siempre estás retrasando las cosas.
El deseo de dejar las cosas para después es el fertilizante que hace que las dificultades crezcan. Cuando tomas demasiado tiempo para tomar la decisión sobre una oportunidad que se te presenta, con seguridad se te escapará.
En el capítulo anterior, hablé de la importancia de alinear nuestras prioridades con nuestra pasión. Para realizar un progreso efectivo en tu área de talento o responsabilidad, no debes dedicar tiempo valioso a tareas innecesarias o sin importancia. Así que voy a suponer que si estás dejando algo para después, ese algo debe ser necesario. (Si no es así, no lo retrases; sólo elimínalo.) Para poder sobrepasar ese obstáculo, enfócate en lo que obtendrás cuando acabes. Si terminas esa tarea ¿te traerá un beneficio financiero? ¿Podrá abrir las puertas para hacer algo que te gustaría? ¿Representa un hito en tu desarrollo o la capacidad de poder completar algo más grande? Y por último ¿te ayudan de manera emocional? Si buscas una razón positiva, muy probablemente la encontrarás.
Una vez que encuentres esa idea, comienza a caminar hacia adelante y a actuar de manera decisiva. El almirante de Estados Unidos, William Halsey, dijo: «Todos los problemas se hacen más pequeños si uno no los evita y al contrario, los confronta. Si tocas un cardo de manera tímida, te picará pero si lo agarras fuertemente, sus espinas se romperán».
4. Comparte tu objetivo con un amigo que te ayudará
Nadie logra el éxito por sí solo. Tal como lo dice la ley de lo trascendental en mi libro Las 17 leyes incuestionables del trabajo en equipo: «Uno es demasiado pequeño como para pretender hacer grandes cosas». Lindbergh no voló solo a través del Atlántico sin ayuda, Einstein no desarrolló la teoría de la relatividad en una aspiradora y Colón no descubrió el nuevo mundo por sí mismo. Todos recibieron ayuda.
Mi principal compañera en la vida es mi esposa, Margaret. Ella ha sido parte de cada objetivo significativo que he alcanzado. Ella es la primera que sabe cuando identifico un objetivo y ella es la primera y la última que me apoya en la jornada. Y por supuesto muchos otros me han ayudado y me han estimulado en la jornada, particularmente mis padres y mi hermano, Larry.
En años recientes, una persona clave que me apoya ha sido John Hull, presidente y director ejecutivo de EQUIP. Cuando propuse el objetivo de que EQUIP capacitara a un millón de líderes alrededor del mundo, la tarea parecía formidable. Por más que estaba dedicado a esa visión, tuve momentos cuando me pregunté si iba a ser posible. John, no solamente me estimulaba, sino que se apropió de la visión e inició un plan para lograrlo. En este momento, hemos sobrepasado la meta de capacitar a un millón de líderes y ahora estamos esforzándonos para capacitar a otro millón. Una de las razones por las cuales quiero y admiro a John es por su iniciativa.
No hay forma de poner un valor a la asistencia que otros te pueden dar para lograr tus sueños. Comparte tus objetivos y sueños con las personas que te importan y ellas te estimularán y apoyarán para lograrlos. Eso significa que tienes que ser vulnerable para compartir tus esperanzas y ambiciones, pero el riesgo lo vale.
5. Divide las grandes tareas en tareas más pequeñas
Una vez que te deshagas de las barreras internas que te estén deteniendo para tomar la iniciativa y una vez que consigas la ayuda de los demás, estás listo para ponerte a actuar. Muchas veces las grandes tareas abruman a las personas y eso es un problema porque las personas abrumadas raramente toman la iniciativa.
Esta es mi sugerencia para que dividas ese objetivo intimidante en partes más fáciles de manejar:
Divídelo por categorías. La mayoría de los grandes objetivos son complejos y pueden ser divididos en pasos y funciones. Las secciones más pequeñas con frecuencia requieren el esfuerzo de personas que tengan talentos particulares. Comienza descubriendo qué juego de destrezas necesitas para lograr esas tareas más pequeñas.
Dales prioridad por importancia. Cuando no se toma la iniciativa ni se da la prioridad a lo que debe hacerse de acuerdo con su importancia, las tareas comienzan a acomodarse de acuerdo a su urgencia. Cuando lo urgente, en lugar de lo importante, es tu motivador, pierdes todo sentido de iniciativa, y en lugar de activar tu talento, te quitas las mejores oportunidades para utilizarlo.
Ordénalo por secuencia. Dividir la tarea de acuerdo a sus categorías te ayuda a comprender lo que necesitas para lograrlo. Darle prioridad e importancia te ayuda a comprender porqué necesitas cada parte de ello. Ordenarlo por secuencia te ayuda a saber cuándo se necesita realizar cada una de esas partes. Lo importante aquí es crear una agenda. Define periodos de expiración y adhiérete a ellos. La mentira más grande que nos decimos en lo que respecta a la acción es: «Lo haré más tarde».
Asígnalo por habilidades. Cuando divides una tarea más grande en tareas más pequeñas por categorías, comienzas a comprender qué clase de personas necesitarás para realizar ese trabajo. En esta etapa, debes responder específicamente a la pregunta del quién. Como líder, puedo decir que el paso más importante para lograr algo grande es determinar quién estará en el equipo. Asigna tareas a personas triunfadoras, dales autoridad y responsabilidad y el trabajo se realizará. Si no lo asignas a una persona específica o se lo das a una persona promedio, te meterás en problemas.
Logra tu objetivo por medio del trabajo en equipo. Aunque dividas una tarea, planees y reclutes de manera estratégica personas especiales, todavía necesitas un elemento más para tener éxito. Todos tienen que poder trabajar unidos. El trabajo en equipo es el ingrediente que conducirá al objetivo.
6. Asigna momentos específicos para tareas que tú quieras postergar
Dawson Trotman, autor y fundador de The Navigators, dijo: «El tiempo que más se pierde es el tiempo que se ocupa en comenzar». ¿No es cierto? La parte más difícil al escribir una carta es escribir el primer renglón. La parte más difícil de hacer una llamada telefónica difícil es tomar el auricular y marcar el número. La parte más difícil de practicar el piano es sentarse en el teclado.
Es el inicio lo que con frecuencia detiene a las personas. ¿Cómo se puede vencer esta dificultad? Intenta asignar un momento específico para algo que no te guste hacer. Por ejemplo, si tratar con personas difíciles es algo necesario en tu trabajo, pero tiendes a evitarlo, asigna un tiempo para ello. Quizás lo mejor sería entre las dos y las tres de la tarde. Trátalo de la misma forma en que tratarías una cita, y cuando lleguen las tres, tú tienes hasta el día de mañana.
7. Recuerda, la preparación incluye acción
Una de las preguntas que escucho con frecuencia tiene que ver con la escritura. Jóvenes líderes me preguntan frecuentemente cómo comencé y les digo acerca de mi primer libro: Prepare tu mañana de éxito. Es un libro pequeño, pero me tomó casi un año escribirlo. Recuerdo las muchas noches que me pasé escribiendo para darme cuenta después que sólo tenía unas pocas oraciones.
«Deseo vender muchos libros que influyan en muchas personas al igual que usted», me dicen estos jóvenes líderes.
«Grandioso», les respondo, «¿qué has escrito?»
«Nada todavía», por lo general es la respuesta.
«Muy bien», les digo: «¿En que estás trabajando ahora?», les pregunto tratando de darles un estímulo.
«Bueno, no estoy escribiendo nada actualmente pero tengo muchas ideas», dicen, explicándome que esperan tener más tiempo el próximo mes, el próximo año o después de la escuela. Cuando oigo alguna respuesta así, sé que nunca sucederá. Los escritores escriben. Los compositores componen. Los líderes dirigen. Debes actuar para convertirte en lo que deseas ser. El novelista Louis L’Amour, quien escribió más de 100 libros y vendió más de 230 millones de copias aconsejó: «Comienza a escribir, sin importar el tema. El agua no fluye hasta que la llave no sea abierta».

El deseo no es suficiente. Las buenas intenciones no son suficientes. El talento no es suficiente. El éxito requiere de iniciativa. Michael E. Angier, fundador de SuccessNet, declaró: «Las ideas no valen, las intenciones no tienen poder. Los planes no son nada… a menos que sean seguidos por acciones. ¡Hazlo ahora!»


lunes, 21 de abril de 2014

Las personas que no tienen iniciativa

En lo que respecta a la iniciativa, existen solamente cuatro tipos de personas:
1. Las personas que hacen lo correcto sin que les digan
2. Las personas que hacen lo correcto cuando se les dice
3. Las personas que hacen lo correcto cuando se les dice más de una vez
4. Las personas que nunca hacen lo correcto en ningún caso
Cualquiera que quiera ser una persona extra talentosa necesita convertirse en la primera clase de persona. ¿Por qué no todos hacen eso? Pienso que es por diferentes razones.
1. Las personas que no tienen iniciativa fracasan al no ver las consecuencias de la falta de acción
El rey Salomón del antiguo Israel, es considerado la persona más sabia que ha vivido.
Cada vez que leo Proverbios, un libro que se considera haber sido escrito por él, aprendo algo. En años recientes, he disfrutado leer las palabras en la paráfrasis llamada The Message [El mensaje] que traducidas se leen:
Perezoso, observa la hormiga.
Obsérvala cuidadosamente;
deja que te enseñe un par de cosas.
Nadie tiene que decirle que hacer.
Todos los veranos guarda alimento;
en tiempo de cosecha almacena sus provisiones.
¿Cuánto tiempo seguirás holgazaneando?
¿Cuánto tiempo te quedarás en la cama?
Una siesta por aquí, una siesta por allá,
un día libre por aquí, un día libre por allá,
sentarse, relajarse, ¿sabes cuál es el futuro?
Es éste: encontrarás una vida de pobreza,
la pobreza será tú invitada permanente.
El ecónomo y siervo civil británico Sir Josiah Stamp recalcó: «Es fácil evitar las responsabilidades, pero no podemos evitar las consecuencias de haber evitado nuestras responsabilidades». Es cierto. Lo que hacemos o dejemos de hacer, estará con nosotros al final. Aquellos que nunca toman la iniciativa con frecuencia terminan como el personaje del verso de la obra inglesa de James Albery:
Él durmió debajo de la luna;
se deleitó debajo del sol.
Vivió una vida pensando en hacer algo;
y murió sin haber hecho nada.
No dejes que eso te suceda a ti.
2. Las personas que no tienen iniciativa quieren que alguien más los motive
Existe una historia divertida de un hombre en un pueblito que era conocido por ser un gran pescador.
Cada mañana salía al lago en su pequeña barca y en poco tiempo regresaba cargado de pescado.
Un día un extraño llegó al pueblo y le preguntó si podía acompañarlo la próxima vez que él fuera a pescar. El pescador le dijo: «Claro, nos vemos en el muelle a las cinco de la mañana».
A la mañana siguiente los dos hombres fueron al lago y se adentraron en una caleta remota. Mientras viajaban, el extraño notó que el pescador no tenía cañas o ningún otro equipo, sólo una caja vieja y una red.
Una vez que el pescador había apagado el motor, abrió la caja y sacó un cartucho de dinamita. Lo encendió y luego lo tiró al agua. Después de una explosión, agarró su red y empezó a recoger el pescado.
El extraño entonces sacó una placa de su bolsillo que decía: guarda forestal. «Estás arrestado», le dijo firmemente.
Sus palabras no afectaron al pescador. Agarró otro cartucho de dinamita de la caja, lo encendió y lo sostuvo mientras que la mecha se consumía. Luego se lo dio al guardia diciendo: «¿Vas a quedarte allí o vas a pescar?»
Las personas exitosas no necesitan un cartucho encendido que los estimule. Su motivación surge internamente. Si esperamos que los demás nos motiven, ¿qué sucederá cuando un entrenador, un jefe u otra persona de inspiración no se presenten? Necesitamos un mejor plan.
Tom Golisano, fundador de Paychex., Inc., ofreció esta opinión: «Yo creo que uno no motiva a las personas. Lo que uno hace es contratar personas motivadas, y luego uno se asegura de no desmotivarlas». Si quieres salir adelante en la vida, necesitas encender tu propio fuego.
3. Las personas que no tienen iniciativa buscan el momento perfecto para actuar
El tiempo es importante, no hay duda de ello. La ley del momento oportuno, en mi libro Las 21 leyes irrefutables del liderazgo dice: «Cuándo ser un líder es tan importante como qué hacer y dónde ir»; pero también es cierto que todas las empresas valiosas en la vida requieren de riesgo. Me encanta este proverbio chino: «Aquel que lo piensa mucho antes de dar un paso, se pasará su vida completa en un solo pie». Para muchas personas, la tragedia no es que la vida termine pronto; es que esperan demasiado para empezar.
4. Las personas que no tienen iniciativa prefieren el mañana antes que el hoy
Una de las razones por las cuales los que no toman la iniciativa tienen tanta dificultad para empezar es que enfocan su atención en el mañana en lugar del hoy. El músico de Jazz, Jimmy Lyons, dijo: «El mañana es el único día del año que le apetece a un holgazán». Esa actitud nos mete en problemas porque el único momento en el cual tenemos algo de control es en el presente.
Edgar Guest escribió un poema que capta el destino de aquellos que tienen este problema. Se llama de manera apropiada «Mañana».
Él iba a ser todo lo que un mortal debiera ser,
mañana.
Nadie iba ser mejor o más valiente que él,
mañana.
Un amigo tenía él con problemas y tristezas,
que gustoso estaría de recibir su apoyo.
Él dijo que lo llamaría y vería lo que podría hacer por él,
mañana.
Cada mañana apilaba las cartas que él escribiría,
mañana.
Y pensó en las personas que podría hacer feliz,
mañana.
Ciertamente era terrible que él estuviera ocupado hoy,
que no tuviera un momento para detenerse y pensar;
pero decía que más tiempo tendría para darles a los demás,
mañana.
Este hombre hubiera sido el mejor de los trabajadores,
mañana.
El mundo lo hubiera conocido si él hubiera visto el
mañana.
Sin embargo, la verdad es que murió y desapareció
y lo único que dejó
fue una montaña de cosas que intentaba hacer,
mañana.
La idea del mañana puede ser muy seductora, pero la promesa que nos da con frecuencia es falsa. Supe de un cliente que fue a una tienda de muebles en Santa Fe, Nuevo México, y vio un letrero viejo en la pared que decía: «Mañana regalaré todo en la tienda». Por un momento, el cliente se emocionó. Luego se dio cuenta que el letrero diría lo mismo mañana retrasando la oferta día tras día. Éste mañana en particular nunca llegaría.

El sacerdote español y escritor Baltasar Gracián dijo: «El sabio hace de una vez lo que el necio hace al último». Cualquier cosa que valga la pena, vale la pena hacerla inmediatamente. Recuerda que para las personas que nunca comienzan nada, sus dificultades nunca terminan.