sábado, 3 de mayo de 2014

El alma abatida

¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia. Salmos 42.5 (LBLA)
Este es un salmo escrito por un hombre envuelto en un profunda lucha personal. En el versículo 3, el salmista describe su condición: «Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche». En el versículo 6, con una franqueza que nos asombra, confiesa: «Dios mío, mi alma está en mí deprimida» (LBLA).

Para muchos de nosotros, la depresión es inadmisible en quienes pertenecen al pueblo de Dios. ¿Cómo alguien que tiene acceso al poder ilimitado del Dios de los cielos y la tierra puede llegar a estar deprimido? Creyendo que esto es un pecado, nos esforzamos por mostrar esos valientes -pero huecos- despliegues de triunfalismo que pretenden convencer a los demás que estamos viviendo la victoria de Cristo cada día.

La verdad es que la vida con frecuencia nos lleva por caminos en los cuales experimentamos toda la gama de emociones y sentimientos que son propios de nuestra frágil humanidad. En la honesta confesión del salmista no encontramos otra cosa que la sincera expresión de sentimientos con los cuales todos hemos luchado en ocasiones. ¡Hasta el Hijo de Dios no se vio librado de ellos! Frente a la inminencia de la muerte, confesó a sus más íntimos: «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte». (Mt 26.38 - LBLA).

El problema no está en experimentar estos sentimientos. Ellos son la reacción de nuestra alma a situaciones adversas y tristes; normales en cualquier persona. La complicación radica en la tendencia a dejar que nuestros sentimientos sean los que gobiernan nuestra vida. Es precisamente en esto que muchos cristianos caen. Ceden frente a los sentimientos de abatimiento, angustia, tristeza y desánimo y esto los lleva a abandonar la oración, la congregación y su devoción a Dios. Esto, a su vez, produce aún mayor depresión.

Nuestros sentimientos son inestables, cambiantes y poco confiables. Piense en todas las cosas que tenemos que hacer cada día, y no podemos depender de lo que sentimos. Sólo salir de la cama cada mañana implica, para algunos, ¡librar batalla con las emociones! No obstante, hacemos caso omiso del revoltijo interior y sacamos el pie de la cama.

El salmista reconocía el peligro de permitir que sus sentimientos comenzaran a dirigir su vida, y él mismo confrontaba con disciplina a su corazón: «¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?» Luego, con tono firme, le dio una orden: «Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia». Esto es imponer los principios eternos de la Palabra sobre los sentimientos pasajeros del momento. Muchas veces, como líder, usted tendrá que dar este ejemplo de disciplina a los suyos.
Para pensar:

¿Cuáles son los sentimientos con los que lucha con más frecuencia? ¿A qué comportamientos lo invitan estos sentimientos? ¿Qué necesita hacer para que sus sentimientos no gobiernen su vida? ¿Cómo puede vivir una vida de mayor estabilidad emocional?


viernes, 2 de mayo de 2014

La Reconciliación

I. Definición
La palabra «reconciliación» presupone un estado anterior de enemistad, o de malas relaciones, que termina con un acto que hace posible la amistad y las buenas relaciones. La palabra se emplea, en el orden natural, en 1a Corintios 7:11, donde dice Pablo que la mujer apartada de su marido ha de quedar sin casarse o debe «reconciliarse» con él. Es importante notar que, en el uso bíblico de estos términos, la enemistad es siempre la del hombre contra Dios y no la de Dios contra el hombre. Como hemos visto en estudios anteriores, la «ira de Dios» es la relación de Su justicia contra el pecado del hombre, y es compatible con Su amor para con el mundo rebelde, ya que dio a Su Hijo para hacer posible la salvación del hombre. La hostilidad del mundo ante Dios se puso de manifiesto en el rechazamiento y la crucifixión del Dios-Hombre.
Anticipando por un momento lo que se ha de detallar más abajo, diremos que la obra de la Cruz satisface las exigencias de la justicia de Dios, siendo la propiciación la que hace posible que se levante la ira de Dios que estaba sobre el hombre. En vista de este gran hecho, no existe impedimento de parte de Dios para el retorno del hombre a Su obediencia, y los mensajeros de la Cruz ruegan a los hombres: «Reconciliaos con Dios.» Toca al hombre deponer su actitud de rebeldía y acercarse humildemente al Trono, por medio del arrepentimiento y de la fe, cuando halla que la paz ya está hecha en Cristo Jesús y que el trono de justicia se ha trocado en trono de gracia.
II. La base
Se explica la base de la reconciliación en Romanos 5:10 y 11: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida …, también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» Aquí se ve claramente que es la muerte del Hijo la que hace posible la paz entre Dios y el hombre, y el tema se enlaza estrechamente con el de la propiciación. Dios no podía «hacer las paces» con el hombre a cualquier precio, sino sólo sobre la base de satisfacción de Su justicia. El pasaje que más claramente destaca esta doctrina es 2.a Corintios 5:18–21, donde vemos que «Dios … nos reconcilió consigo mismo por Cristo» (5:18) y que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mismo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados». En estas últimas palabras no se trata de la unión del Padre y del Hijo en la obra, sino más bien indican que Dios efectuó la reconciliación por medio de Su Hijo. La piedra angular de la doctrina se halla en el versículo 21: «Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» (Véase también Col. 1:20–22.)
III. La proclamación de la reconciliación
Este aspecto de la gran obra única de la Cruz tiene que ver con las relaciones entre Dios, como soberano, y los hombres como súbditos rebeldes, quienes, por un acto de su propia voluntad, quedan bajo el poder de Satanás, el «príncipe de este mundo». Con mucha propiedad, pues, los mensajeros de la Cruz se llaman embajadores cuando se trata de anunciar la reconciliación, porque representan al Soberano, que llama a Sus súbditos rebeldes a que vuelvan a Su obediencia. Así, dice Pablo en el pasaje ya citado: «Dios … nos dio el ministerio de la reconciliación …, nos encargó a nosotros la palabra [mensaje] de reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.» En cuanto a esta última cita, debemos notar que la palabra «os» en la Versión Reina Valera no está en el original. Pablo no rogaba a los creyentes de Corinto que se reconciliasen, porque ya lo estaban, sino que les explicaba el carácter de su ministerio ante el mundo en general. El predicador se acerca a los hombres en el nombre de Cristo y con la comisión del Dios Alto, amonestándoles que dejen su rebeldía, pues el Rey mismo ha provisto el medio para hacer posible su perdón y su recepción en el Reino.
IV. La recepción de la reconciliación
Ya se ha destacado que es el hombre quien tiene que reconciliarse con Dios, pues de parte de Dios todo está hecho. Es en Cristo que se recibe (Ro. 5:11) y el único medio es la fe en el Hijo de parte del hombre arrepentido (Jn. 3:36).
V. El alcance de la reconciliación
A. La oferta se hace extensiva tanto a los judíos como a gentiles, y la obra de la Cruz derriba la barrera que antes existía entre ambas razas (Ef. 2:13–19). Este pasaje es importante, y podemos notar la hermosísima expresión: «Él [Cristo] es nuestra paz.»
B. Llegará el día cuando no existirá ningún elemento rebelde en la creación de Dios, fuera de los espíritus malignos y los hombres que rechazaron la luz, y aun éstos se someterán a la fuerza, ya que no quisieron hacerlo voluntariamente. Aparte estas salvedades, el alcance de la reconciliación es universal, según lo hallamos expresado en el pasaje de fundamental importancia de Colosenses 1:20–22: «Y por medio de Él [Cristo] reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos …» No se mencionan las cosas que están debajo de la tierra, o sea, los elementos asociados con la rebelión del diablo. ¡Bendito día aquel cuando nada ni nadie se opondrá a la voluntad de Dios!
Preguntas
1. ¿Qué relación existe entre la propiciación y la reconciliación? ¿Por qué es tan necesaria ésta?
2. En los pasajes citados en este capítulo, de las epístolas Romanos, 2.a Corintios, Efesios, y Colosenses, se emplean varias frases para indicar el medio de la reconciliación. Detállense las frases y dense las referencias.

3. ¿Cuáles efectos prácticos de la reconciliación deben verse en la vida y servicio del creyente? Apoye su contestación con textos bíblicos.


jueves, 1 de mayo de 2014

Siete características del pecador

Lo que éramos en el pasado, Pablo lo resume mediante siete características. Las tres primeras se refieren a diferentes facetas de nuestra impiedad o de nuestra vida sin Dios: éramos necios, desobedientes y extraviados. Las cuatro restantes tienen que ver con el fruto de nuestra impiedad, el egocentrismo que nos caracterizaba y cómo ese egocentrismo afectaba a nuestras relaciones con los demás: éramos esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. Veamos estas siete características.
1. Necios
En primer lugar, éramos necios. En los escritos de Pablo, decir que alguien es necio no es proferirle un insulto. Es afirmar algo sobrio y serio. Para el apóstol, la necedad es una de las tres columnas sobre las cuales descansa la miseria del ser humano. Las otras dos son la impiedad y la injusticia. En Romanos 1:18, por ejemplo, afirma: La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad. Aquí aparecen explícitamente la impiedad y la injusticia, pero también está presente la necedad: cuando alguien detiene la verdad, empieza necesariamente a edificar su vida sobre fundamentos erróneos; si rechaza la verdad como cimiento de su vida, acaba viviendo en necedad. Esto se hace explícito más adelante (en los versículos 21 y 22): Aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido; profesando ser sabios, se volvieron necios.
El mal del hombre empieza con la impiedad. (Estamos hablando en términos teológicos, no necesariamente cronológicos.) El origen de nuestros males está en que hemos dado la espalda a Dios, hemos desatendido su Palabra y seguido nuestros propios caminos. Es decir, en cuanto a nuestro afecto, nuestra voluntad y nuestra manera de vivir, hemos destronado a aquel que sólo se merece ocupar el trono de nuestras vidas. Hemos decidido que no queremos que ése reine sobre nosotros. No es que el ser humano, al ir creciendo, llegue al momento de decir: He decidido que no quiero que Dios sea mi Rey. Más bien nacemos ya en esa condición. El egocentrismo ocupa el trono de nuestra vida desde nuestra concepción (Salmo 51:5). Pero la impiedad, el rechazo de Dios y el desacatamiento de su Palabra están allí en el fondo de nuestro mal.
Por supuesto, cuando Dios es destronado, el trono no queda vacío. Echamos fuera al Dueño legítimo a fin de quedarnos nosotros mismos con sus derechos. Nos volvemos egocéntricos. Todos vivimos para nosotros. Pero la consecuencia es que, lejos de atender a los derechos de la creación de Dios y a los derechos de nuestro prójimo, sólo buscamos los nuestros propios. Cualquier otro ser humano, en vez de ser hermano nuestro en una misma familia regida por Dios, se convierte en rival y amenaza. Entonces empezamos a cometer toda clase de injusticia. Destronar a Dios es entronizar el yo; y entronizar el yo conduce a la injusticia.
Pero, a la vez, todo ser humano necesita un soporte ideológico para su vida. Es decir, tiene que saber de dónde viene, a dónde va, quién es y cómo debe vivir. Tiene que saber por qué actúa como actúa. Necesita justificar su existencia y establecer reglas y criterios por los cuales vivir. El vacío creado por la incredulidad se tiene que llenar con algo. De ahí la diversidad de religiones. Si echamos fuera a Dios, ¿de dónde recibimos nuestro soporte ideológico? De la especulación religiosa o filosófica.
Por supuesto, la inmensa mayoría de personas no tiene una ideología sistematizada, sino que ha formado una cosmovisión ecléctica, tomando algunas ideas de acá, otras de allá, sin pretender una cohesión razonada y sin ver las muchas contradicciones e inconsecuencias que la caracterizan. Se van defendiendo en la vida como buenamente pueden. Les basta con que el contexto social, la opinión de sus vecinos y compañeros y, sobre todo en nuestros días, los medios de comunicación, determinen lo que está bien y lo que está mal y formen su entendimiento de las cosas importantes de la vida.
Pero toda cosmovisión, ideología, filosofía o religión que no se centre en el Dios verdadero es, en última instancia, falsa. Por definición, si Dios existe y es nuestro Creador, toda manera de entender la vida que no le tiene a él por cimiento es errónea. Y, por lo tanto, cualquier alternativa que el hombre inventa como sucedáneo de Dios y de su revelación viene a ser una necedad, una insensatez.
Así pues, la necedad es otra consecuencia de la impiedad. La impiedad, por así decirlo, tiene dos hijas: la injusticia y la necedad; pero éstas, juntamente con su madre, forman las tres columnas sobre las cuales se edifica la vida del incrédulo. La necedad es aquella falta de sabiduría y entendimiento espiritual que es fruto inevitable de la impiedad.
Por supuesto, en tiempos de Pablo, la mayor manifestación de la necedad eran las diversas formas de idolatría y, por lo tanto, en el texto que ya hemos citado de la Epístola a los Romanos 1, él sigue hablando de cómo los hombres cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Quien conoce los dioses de Roma y Grecia y los dioses de Egipto, Asiria y Babilonia, sabe que todo esto es cierto. En nuestra generación, la gente no suele adorar a imágenes de animales. Sin embargo, Pablo no está limitando su discurso sólo al paganismo primitivo, sino que intenta analizar un fenómeno universal. En nuestros días, entre otras cosas, la insensatez se manifiesta en el materialismo, en la creencia de que la vida del hombre consiste en la abundancia de los bienes que posee (Lucas 12:15–21); en construir nuestras vidas sobre otro fundamento cualquiera que no sea la palabra de Cristo (Mateo 7:26–27); en dar largas al mensaje del evangelio, pensando que en el futuro dispondremos de tiempo de sobra para atender a sus demandas (Mateo 25:1–13).
Así pues, aunque alguien no crea en Dios y en el evangelio de Jesucristo, creerá en algo. Pero ese «algo» siempre carecerá de base verdadera, porque desconoce al que es la verdad (Juan 14:6). De entre los muchos «algos» que encontramos en nuestro mundo, hay sistemas de pensamiento sumamente sofisticados. Hay filosofías altamente elaboradas y religiones que parecen coherentes y solventes. No estamos negando las cualidades brillantes de algunos pensadores, sino afirmando que, por muy brillantes que sean los pensamientos que conforman el edificio construido por ellos y por muy rigurosa que sea su lógica y su dialéctica, si las premisas que configuran sus cimientos son erróneas, tarde o temprano el edificio caerá. El ejercicio mental será brillante, pero en el fondo sigue siendo una necedad. El temor del Señor es el principio de la sabiduría (Proverbios 1:7). Sin Dios, el hombre está condenado a vivir sobre la base de premisas equivocadas y cimientos endebles; y aun cuando sus elaboraciones sean brillantes, todo será una equivocación. Sin Dios, los más excelsos catedráticos de filosofía son necios. Esto, repito, no es un insulto. Estamos afirmando una sencilla verdad. No es que cuestionemos el carácter brillante de sus disquisiciones, pero siguen siendo necios porque construyen sobre arena. En cambio, el creyente más torpe que ha empezado de verdad a temer a Dios y a fundar sobre este temor su vida ha empezado a ser sabio.
Pablo está diciendo que, antes de nuestra conversión, sea cuál fuere la filosofía o religión que seguíamos, tanto si éramos practicantes fervientes de alguna religión como si vivíamos despreciando toda religión, éramos necios al carecer de aquella única base segura para la vida que es la revelación de Dios. Éramos como los otros gentiles que, según Pablo en Efesios 4:17–19, andan en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; no una ignorancia de la cual son meras víctimas, sino una ignorancia inducida por la impiedad y la injusticia, por la dureza de su corazón; una ignorancia, por lo tanto, culpable. Nosotros, antes de la conversión, éramos así. No vivíamos según la sabiduría de Dios, sino conforme a alguna variante, de la insensatez.
2. Desobedientes
En segundo lugar, éramos desobedientes. Obviamente, si vivíamos conforme a otras filosofías, éticas, religiones o ideologías, desatendíamos los requisitos de Dios y su ley. Éramos rebeldes ante las legítimas demandas de nuestro Creador. Este concepto ya lo hemos visto en el 1:16 (cf. Romanos 10:21), donde el apóstol habla acerca de los falsos maestros: Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes. ¡Aborrecibles y rebeldes!, dos de las características de esta lista (3:3).
Nuestra rebeldía y desobediencia implican el rechazo de Dios y la sublevación contra su jurisdicción. Así pues, vinimos a ser lo que Pablo llama enemigos de Dios (en Romanos 5:10 o Colosenses 1:21; cf. Santiago 4:4). Como acabamos de decir con respecto a Efesios 4:18, el no creyente no padece de una mera ignorancia inocente, sino de una incredulidad responsable; porque, quien más quien menos, todos hemos conocido la luz de una conciencia iluminada por Dios. Ciertamente había mucha ignorancia en nosotros, pero esta situación de ignorancia no solamente se debía a que nadie nos hubiera informado, sino también a nuestra ceguera espiritual, a la dureza de nuestro corazón (Efesios 4:18).
Así pues, todos los creyentes podemos decir que, además de haber sido necios por haber construido nuestra vida sobre premisas falsas, éramos rebeldes y desobedientes. En nuestro fuero interno sabíamos perfectamente lo que Dios quería de nosotros, pero no lo hacíamos, sino que seguíamos más bien nuestros propios apetitos y criterios. No obedecíamos la ley de Dios ni tampoco seguíamos el evangelio de Dios.
Sin duda, nuestra rebeldía ante Dios es el matiz principal que Pablo tiene en mente aquí. Sin embargo, debemos recordar que acaba de exhortar a los cretenses a que estén sujetos a los gobernantes y que sean obedientes (v. 1). Por tanto, es posible que también esté pensando, en el versículo 3, en la actitud rebelde que suele caracterizar al no creyente ante las autoridades civiles. En realidad, no es cuestión de tener que elegir entre estos dos matices, sino de dar cabida a ambos. La rebeldía ante Dios suele comportar diversas formas de rebeldía social. Y el desacato a la autoridad de los gobernantes es percibido en las Escrituras como un desacato a la autoridad divina, pues, como ya hemos visto, no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas (Romanos 13:1–2).
3. Extraviados
En tercer lugar, éramos seres extraviados. Esta misma palabra podría ser traducida como engañados. El triste resultado de rechazar a Dios y cometer la necedad de fundar nuestras vidas sobre sucedáneos humanos es que perdemos el rumbo en la vida. Hace un momento decíamos que todo el mundo necesita saber de dónde viene y a dónde va; pero, si has rechazado a tu creador y diseñador, al único que tiene las respuestas autorizadas a tus preguntas, no es de sorprender que vayas perdido por la vida. Así pues, mucha gente no sabe por qué está aquí y ni siquiera se plantea cuál es el propósito de la vida o cuál será su destino final. Algunos (hoy en día, una minoría) intentan encontrar respuestas en la filosofía o el estudio de las religiones. La mayoría se entrega a la «gran evasión», a la frenética búsqueda de placeres y distracciones y, si acaso las circunstancias de la vida les obligan a afrontar seriamente el hecho de que van directos a la tumba, intentan consolarse aduciendo que otros muchos —entre ellos, los más guapos y divertidos— van por los mismos derroteros. ¡Mal de muchos, consuelo de tontos! Hay que comprender que los descarriados suelen descarriar a otros y que los engañados también engañan:
Los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:13).
El hecho es que la persona sin Dios es una persona perdida en la vida:
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino (Isaías 53:6).
Y así —dice Pablo— éramos nosotros hasta nuestra conversión. Lo confirma el apóstol Pedro:
Pues vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas (1 Pedro 2:25).
Hay un solo Pastor legítimo que puede guiarnos en la vida; y quien se desvía del rebaño de aquel pastor se pierde en el camino.
El extravío es una de las grandes características de nuestra sociedad (aunque los expertos suelen utilizar otra terminología, como por ejemplo la palabra alienación). La gente ha perdido el norte. Ya no tiene valores. La juventud —dicen los viejos— es una generación perdida que no sabe lo que quiere, que no quiere asumir responsabilidades en la vida y sólo vive para divertirse; pero los jóvenes ni siquiera saben divertirse bien, pues se aburren de todo, buscan nuevas sensaciones y no quedan satisfechos con nada. ¡Menos mal que los viejos somos más sensatos! Nosotros sí que sabemos lo que queremos: trabajar, llegar a casa, cenar, ver la televisión y a la cama, para caer en la misma rutina mañana. O sea, la necedad de los mayores sólo se distingue de la de los jóvenes en que hemos ajustado mejor nuestra vivencia a la rutina cansina de nuestra sociedad. Pero es una vida igualmente sin sentido. Todos somos necios sin el Señor. Estamos extraviados, sin saber a dónde vamos.
Así que estas tres características iniciales nos hablan de nuestra relación con Dios o, mejor dicho, de la pérdida de la relación con Dios y sus repercusiones: necedad, rebelión y extravío. Se dan claramente en los casos más obvios de perdición y degeneración que vemos entre los delincuentes de la calle, pero también en el hijo de creyentes formado en el ámbito de un hogar estable, que puede haber aprendido buenos preceptos que le mantienen dentro de ciertos límites sanos de comportamiento, pero que en su corazón está muy lejos de Dios, tan descarriado como los demás.
4. Esclavos de deleites y placeres diversos
Si ésas son las consecuencias de nuestra falta de relación con Dios, ¿qué es lo que ha llenado el «vacío de Dios»? Ya lo hemos dicho: procuramos vivir para nosotros mismos, entronizar el yo y seguir los dictados de nuestros apetitos y de nuestras ambiciones.
Inicialmente, nos parece que esto es vivir en libertad. ¡Somos libres! Nos hemos emancipado de Dios y de su ley. No somos como aquellos pobres que necesitan la muleta de la religión para sobrevivir. Somos personas adultas, no niños inmaduros e inseguros. Pero, con el paso del tiempo, vamos descubriendo que quien vive a base de sus propios apetitos, acaba siendo esclavo de ellos.
Los deleites (otras versiones dicen concupiscencias) se refieren probablemente a los apetitos que surgen de dentro de nosotros mismos, apetitos que Pablo llama pasiones juveniles en 2 Timoteo 2:22, o diversas pasiones en 2 Timoteo 3:6; mientras que los placeres (otras versiones dicen deleites) se refieren a las tentaciones mundanas, cosas de nuestro alrededor que nos seducen, lo que Cristo llama las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida (en Lucas 8:14) y Pedro, placeres disolutos (2 Pedro 2:13). Básicamente, pues, Pablo está diciendo que quien se «libera» de Dios, acaba en las garras del mundo y de la carne. Y, por supuesto, como él mismo matizará en Efesios 2:1–3, quien es esclavo de la carne y del mundo, en realidad lo es también del diablo. Puede que en teoría ni siquiera crea en la existencia del diablo, pero es su esclavo sin saberlo. Ha buscado su propia emancipación de las ataduras divinas y ha acabado en la más profunda de las esclavitudes.
¿La más profunda? Quizás no, porque existen diferentes grados en la ascendencia sobre nosotros del mundo, de la carne y del diablo. Gracias a Dios, no todos sondean las profundidades. Algunas personas se entregan obviamente a toda clase de vicios. Otras intentan vivir con cierta nobleza y establecen para sí un listón moral de cierta altura.
Un buen comentario sobre esto es precisamente el texto ya mencionado de Efesios 2:2–3. Allí, el apóstol dice que en otro tiempo seguíamos la corriente de este mundo; porque, en nuestro estado de inconversión, por muy alto que pongamos nuestro listón, difícilmente nos escapamos de la influencia del mundo. Considera al joven y cómo se va formando. En el hogar, sus padres le marcan unas pautas hasta cierta edad (aunque, en nuestra época, muchos padres parecen haber abdicado de esa responsabilidad). Pero en la adolescencia cae bajo la influencia de sus amigos, de los profesores del instituto, de los medios de comunicación. Sufre presiones para no desmarcarse. No quiere pagar el precio de ser diferente. Tiene que vestirse según la moda, escuchar la música del momento, ver las últimas películas y los programas de televisión que se estilan entre sus compañeros. Lo que está de moda, lo que está en el ambiente, lo que opinan sus «colegas», todas estas cosas le arrastran. Difícilmente escapa de ellas. Puede darse el caso excepcional de algún joven que se queda relativamente libre de estas influencias, pero en todo caso son excepciones.
Bueno —dice Pablo—, así erais «vosotros», los gentiles; anduvisteis así, siguiendo la corriente de este mundo. Está diciendo implícitamente que, en cambio, lo que marcaba la influencia principal en la vida de los judíos («nosotros») era la ley de Dios y, por lo tanto, la perniciosa influencia de la corriente de este mundo era relativamente pequeña entre ellos. Pero luego puntualiza (v. 3) que, entre los hijos de desobediencia, también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Es decir, si bien es cierto que la sana influencia de una cultura temerosa de Dios puede protegernos ante las peores depravaciones del mundo, sin embargo tiene poca fuerza para contrarrestar los poderosos apetitos de la carne. Quizás la formación recibida a través de padres piadosos salve al hijo de creyentes de los peores extremos de los deleites diversos, pero difícilmente le salvará de las concupiscencias de su propio corazón. Una de las primeras palabras que aprenden a decir los niños, tanto los hijos de creyentes como los demás, es «mío». Todo lo queremos para nosotros. El egocentrismo nace con nosotros.
Mediante la palabra diversos, Pablo indica que todos somos diferentes en esto de los placeres y deleites. Lo que a unos les resulta una tentación, a otros no les dice nada; en cambio a éstos les atraen otras cosas igualmente nocivas. Las tentaciones variarán según las inclinaciones de cada persona, pero todas tienen la misma procedencia: el mundo, la carne y el diablo. La virulencia puede variar, pero todos padecemos la misma enfermedad que, a la larga, siempre es mortal.
5. Viviendo en malicia y envidia
La consecuencia de haber vivido controlados por el mundo, la carne y el diablo es que vivíamos en malicia y envidia. Aquel egocentrismo que nos caracterizaba cuando éramos esclavos de concupiscencias y deleites conduce inevitablemente a problemas en nuestras relaciones con los demás. Porque vivíamos obsesionados por nuestros intereses, deseos y apetitos, nos volvimos insensibles a las necesidades y a los derechos de los demás. Llegamos a ser capaces de pisotear a los demás, con tal de conseguir lo que pretendíamos. Y el resultado fue una vida de malicia y envidia.
Ahora, éstas son palabras mayores. Nos provocan respuestas de indignación. ¿Yo, malicioso? Si nunca he hecho daño a nadie. ¿Yo, envidioso? En absoluto.
Pero, con estas dos palabras, Pablo no hace más que constatar dos consecuencias inevitables de nuestra involución moral. Toda persona que vive para sí acaba siendo maliciosa. Si decimos: «Yo no hago daño a nadie», recabemos la opinión de nuestro cónyuge, de nuestros hijos o de nuestros padres. En casa, a diario se entrecruzan palabras hirientes, ironías y descalificaciones, miradas de enfado, actitudes de insolencia o desafío, de insolidaridad y apatía. Todas estas cosas, aunque sean nimiedades, son pequeños brotes de malicia. Son relativamente pocas las personas que conscientemente desean hacer daño a los demás. Éste no es el problema. Sólo las personas muy dañadas practican la malicia a conciencia. Pero todos vivimos egocéntricamente. Todos barremos para dentro. Todos buscamos lo nuestro y descuidamos a los demás. Con la madurez, puede ser que aprendamos a disfrazar un poquitín nuestro egocentrismo, porque descubrimos que, si se manifiesta de forma demasiado descarada, sólo nos granjeamos la enemistad abierta de los demás. Descubrimos que nos metemos en problemas si vamos por la vida luciendo abiertamente nuestro egoísmo, así que aprendemos a ser más sutiles; pero en el fondo seguimos buscando lo nuestro.
La palabra malicia podría ser traducida como malignidad, perversidad, iniquidad, maldad, la voluntad de hacer daño. ¿Voluntad de hacer daño? Nuevamente protestamos: Yo no. Y, en un sentido, puede ser cierto. Pero en otro, no. Quizás no sea nuestra intención consciente hacer daño, pero sí estamos dispuestos a defender con uñas y dientes nuestros propios intereses aunque causemos daño a otros como consecuencia.
Si la malicia es el daño que el egoísta causa a los demás, la envidia es la reacción del egoísta cuando los demás prosperan. La malicia intenta rebajar a los demás; la envidia brota cuando los demás suben. Pero, nuevamente, la envidia es una forma de egocentrismo. Si yo ocupo el trono de mi vida, no puedo tolerar que otra persona sea preferida o que tenga una buena fortuna que yo no puedo disfrutar. Naturalmente, la envidia también se da en diferentes grados y formas en distintas personas. Sin embargo, es un mal universal. Si somos honrados, reconoceremos que todos hemos participado de aquel egocentrismo que se resiente del avance o la prosperidad de otros cuando nosotros no avanzamos ni prosperamos.
La envidia y la maldad son dos formas de odio, pues ambas son incompatibles con el amor:
El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia (1 Corintios 13:4–6).
Como creyentes, hemos de seguir el camino del amor. Pero ¿cómo podemos hacerlo si, por definición, somos personas que vivíamos en malicia y envidia? Ésta sí que es la cuestión importante. Pablo contestará en los versículos 4 a 8. Mientras tanto, lleva a su conclusión el triste catálogo de nuestros males.
6. Aborrecibles
¿Cómo describir a la persona que ha dado la espalda a Dios, que se ha convertido en adicta a su propio egocentrismo y que se caracteriza por la malicia y la envidia en sus relaciones con los demás? ¿Cómo calificarla? ¿Qué adjetivo le sienta mejor?
Pablo sugiere uno: ¡aborrecibles! Pero aquí los traductores han escogido un vocablo un tanto sofisticado que no solemos emplear todos los días (¿cuándo fue la última vez que insultaste a tus hermanos llamándoles aborrecibles?). Así pues, vamos a buscar un sinónimo más en consonancia con la palabra cotidiana empleada por el apóstol. ¿Qué te parece: odiosos, repulsivos, repugnantes, asquerosos…?
La palabra que emplea es muy fuerte. Pero —insisto— no es un insulto, sino la sencilla verdad. Por supuesto, podemos estar con nuestros vecinos o con nuestros compañeros de trabajo y reconocer que entre ellos hay personas «muy majas», quizás más nobles, honradas, abnegadas o compasivas que algunos creyentes. Es cierto que algo del reflejo de la imagen de Dios resplandece en todo ser humano. Pero, en comparación con lo que tendríamos que ser, todos estamos a años luz de la meta. Todo depende del punto de referencia. Fulano puede ser una bellísima persona en comparación con otros, pero es «asqueroso» en comparación con lo que Dios quería que fuese. Así pues, aun reconociendo la relativa bondad de algunas personas y aun disfrutando de los aspectos positivos de su carácter, no debemos anular el veredicto de Pablo. Como siervo de Cristo, él ve las cosas desde la perspectiva de Dios. Como consecuencia, aun alguien tan estupendo como Fulano le llena de profunda tristeza; porque, más allá de la relativa belleza moral que exhibe, ve la infinitamente mayor belleza para la cual Dios le creó. Y, contemplando lo que podría haber sido y lo que tendría que haber sido, el apóstol siente vivamente que aun las obras de justicia de las personas más íntegras no son más que trapos de inmundicia (Isaías 64:6). Dios nos creó para que fuéramos el reflejo de su gloria. En vez de eso, al vivir entregados a nuestro egocentrismo nos hemos convertido en seres moralmente repugnantes.
No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3:10–12).
Además, no nos dejemos engañar por las apariencias. Las personas más nobles suelen ser las primeras en reconocer sus fallos. No confundamos la auténtica bondad con las máscaras de bondad que algunos sabemos colocarnos. Yo, a mis siete años, parecía ser un dechado de virtudes infantiles. En realidad, como dije antes, era un pequeño embustero. Si las señoras de la iglesia hubieran podido leer mis pensamientos y ver los secretos de mi corazón, muy pronto habrían dejado de regalarme caramelos.
Detrás de la fachada hermosa, suele esconderse todo un mundo de celos, odio, deslealtades, orgullo, envidia y maldad. A causa del mal endémico que sufre, el ser humano se vuelve no solamente digno de lástima, sino moralmente repugnante. Mientras logra mantener la máscara bonita, quizás logre que todo el mundo hable bien de él. Pero, en la medida en que afloran en él los síntomas universales denunciados por el apóstol y los demás le ven como realmente es, se volverá despreciable e infame a sus ojos. ¡Y no digamos ante los ojos de nuestro Creador!
Por eso, los novios muy enamorados antes de su boda que han logrado mantener intactas sus máscaras, fácilmente acaban mal en el matrimonio; porque resulta difícil seguir manteniendo la máscara en la intimidad de la convivencia matrimonial. De hecho, toda convivencia tiende a reducir la eficacia de nuestras máscaras y a confirmar el acierto del diagnóstico apostólico. Quienes más saben lo aborrecibles que somos son nuestro cónyuge y nuestros mejores amigos.
7. Y odiándonos unos a otros
Al ser aborrecibles, ponemos en movimiento toda una cadena de aborrecimientos. Es lógico: si somos asquerosos, daremos asco; y los demás, al ser también asquerosos, nos darán asco a nosotros.
Nuevamente, a primera vista, el lenguaje parece excesivamente fuerte. Estamos dispuestos a aceptar que algunas personas nos «caen mal» y que alguna vez alguien nos ha «hecho daño»; pero ¿odiarnos los unos a los otros? En el fondo —decimos— la gente es muy buena.
Sin embargo, si en el fondo la gente es buena, es enormemente difícil explicar cómo de vez en cuando hacen cosas malas. Si el agua de una fuente es buena, no sale ponzoñosa de vez en cuando. Si el lenguaje de esta frase nos parece exagerado, será porque no aceptamos el análisis de la condición humana que Pablo acaba de hacer en las frases anteriores. Si lo aceptamos, veremos que, efectivamente, de tal árbol no podemos esperar otro fruto. Una sociedad carcomida por personas caracterizadas por el egocentrismo, la malicia y la envidia no puede ser otra cosa que un hervidero de odios. En vez de la solidaridad, practicamos la rivalidad. En vez de la apreciación, la descalificación. Analiza la conversación de tus compañeros: ¿cuánto tiempo dedican a hablar bien de los demás y cuánto a hablar mal? ¿Y qué piensas que dicen de ti cuando no estás presente?
El odio toma diferentes formas en diferentes personas. Pero todos odiamos. Lo que ocurre es que en nuestro mundo nadie emplea la palabra odio, sino que utilizamos otras formas más elegantes de expresar el mismo sentimiento. Decimos que «estamos muy dolidos» a causa de lo que ha hecho fulano de tal, que «no hay derecho» en el trato que nos ha dado, o que «nos da pena» ver que alguien puede comportarse así. Pero todas estas expresiones reflejan odio: mediante todas ellas estamos intentando granjear la buena opinión de terceras personas a favor nuestro y en contra de él. No suelen ser frases constructivas dichas por amor.
Párate a considerar el trato social en tu lugar de trabajo o con tus vecinos (o quizás en tu iglesia) y pronto verás que, detrás de una endeble fachada de civismo, se está llevando a cabo una auténtica guerra, sutil pero real. Por eso, el mundo está lleno de gente solitaria que se siente incomprendida. Por eso, la gente gasta fortunas visitando a psicólogos. A causa de nuestro pecado, la fábrica de nuestras relaciones sociales se ha deteriorado espantosamente. Hemos convertido aquellos lugares que supuestamente existen para nuestro bienestar y Consuelo —el hogar, el colegio, el vecindario, el taller— en verdaderos campos de batalla.
¿Una sociedad edificada sobre el amor? ¿Gente que busca el bien de los demás? Desengáñate. Fuera de la sociedad restaurada y renovada del reino de Dios, no se encuentran tales cosas. Ciertamente, aun en el ser humano más depravado podemos encontrar pequeños destellos de la imagen de Dios; y, ciertamente, podemos edificar y disfrutar de relaciones de amistad y compañerismo en medio de los campos de batalla. Pero el apóstol Pablo —y más allá de él, el Espíritu de Dios— nos enseña que los cimientos sobre los que se funda nuestra sociedad no son de solidaridad, sino de descalificación y discriminación; no son de generosidad, sino de egocentrismo; no son de amor, sino de odio.
Así pues, ésta es nuestra condición humana. Hemos rechazado a Dios y, como consecuencia, hemos perdido nuestros valores. Nos hemos vuelto egoístas y hemos creado sociedades caracterizadas por el rencor, la deslealtad, la injusticia y el odio:
El que aborrece a su hermano, está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos (1 Juan 2:9–11).
La intención de Dios fue crear una sociedad justa y amante, pero hemos logrado deshacer y malograr la obra divina y cavar para nosotros una tumba de juicio, ira y muerte eterna:
La gran necedad de una vida pecaminosa, el desacato de la voluntad y del camino de Dios, la terrible pérdida de quien se aleja de Dios, la esclavitud a la propia naturaleza bestial que necesariamente produce el pecado, una vida impía inflamada de envidia y odio… todo ello describe el hoyo cenagoso de donde el apóstol les dice a los creyentes cretenses que habían sido rescatados6.
Dos pensamientos para concluir este capítulo. En primer lugar, Pablo dice que así éramos. Es decir, presupone que ya hemos dejado de ser así. ¿Es verdad?
Acabo de sugerir que, con frecuencia, aquellos mismos males que asedian a la sociedad secular se encuentran también en nuestras iglesias. Es triste, terriblemente triste, tener que reconocerlo. Habiendo estropeado la creación de Dios, ¿estamos a punto de estropear también su nueva creación?
Claro que no. Eso sería imposible. Por definición, todo el que permanece en él [en Cristo], no peca; todo el que peca, ni le ha visto ni le ha conocido (1 Juan 3:6). En otras palabras, en la medida en la que una iglesia practica el mismo mal que el mundo, deja de ser una verdadera iglesia de Jesucristo, porque niega la autenticidad de la obra transformadora de Dios en ella. Igualmente, todo «creyente» que vive para sí, practica el egocentrismo o da muestras de malicia, envidia y odio, pone en entredicho la realidad de la obra de gracia en su vida. Así, ciertamente, éramos; pero, de seguir siéndolo, negaríamos el poder regenerador y renovador del Espíritu Santo que Pablo está a punto de describir (vs. 4–8).
Y, en segundo lugar, debemos recordar la razón por la que Pablo está diciendo todo eso. En parte es para que nos conozcamos mejor a nosotros mismos y que sepamos de lo que éramos capaces y de lo que todavía somos capaces en la carne. Y todo esto a fin de inducir en nosotros dos cosas: por un lado, la determinación, por la gracia de Dios, de no seguir más en los caminos de la carne; y, por otro, la misericordia y la paciencia para con los demás, porque hemos sido llamados por el Señor a vivir no siendo contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres (v. 2). Hay muchas cosas en todos los hombres que nos rodean que pueden provocar irritación en nosotros, pero recordemos lo que nosotros éramos antes. Si reaccionamos de la misma manera que ellos, sólo demostramos que no hemos sido salvos por la misericordia de Dios (vs. 4–5). Ahora somos una nueva creación y eso debe notarse en nuestra nueva manera de vivir.



miércoles, 30 de abril de 2014

El Carácter

La forma en que un líder trata con las circunstancias de la vida dice mucho de su carácter. La crisis no necesariamente forma el carácter, pero sí lo revela. La adversidad es el cruce de dos caminos donde una persona tiene que elegir uno de los dos: carácter o compromiso. Cada vez que escoge el carácter, la persona se vuelve más fuerte, aun cuando esa elección traiga consecuencias negativas. Como escribió el ganador del Premio Nobel Alexander Solzhenitsyn: «El sentido de la existencia terrestre descansa, no en la forma en que hayamos desarrollado el pensamiento en función de la prosperidad, sino en el desarrollo del alma». El desarrollo del carácter es el centro de nuestro desarrollo, no solo como líderes sino como seres humanos.

¿Qué debemos saber sobre el carácter?
1. Carácter es más que hablar
Cualquiera puede decir que tiene integridad, pero la acción es el indicador real del carácter. Tu carácter determina quién eres. Lo que eres determina lo que ves. Y lo que ves determina lo que haces. Es por eso que nunca se puede separar el carácter de un líder de sus acciones. Si las acciones e intenciones del líder están en constante oposición, entonces mira a su carácter para encontrar el por qué.
2. El talento es un don, pero el carácter es una elección
Hay muchas cosas en la vida sobre las que no tenemos control. No podemos escoger a nuestros padres. No podemos seleccionar el lugar ni circunstancias de nuestro nacimiento y crecimiento. No podemos seleccionar nuestros talentos o nuestro coeficiente de inteligencia. Pero sí podemos escoger nuestro carácter. En realidad, el carácter lo estamos creando cada vez que hacemos una elección; evadir o confrontar una situación difícil, doblegarnos ante la verdad o mantenernos bajo el peso de ella, tomar el dinero fácil o pagar el precio. A medida que vivimos y hacemos decisiones, estamos formando nuestro carácter.
3. El carácter produce éxito duradero con las personas
El verdadero líder siempre hace participar a otras personas. (Como dice el proverbio sobre liderazgo, si piensas que eres un líder y nadie te sigue, entonces estás solo dando un paseo.) La gente no confía en líderes que saben que tienen grietas en sus caracteres.
4. Los líderes no pueden ir más allá de los límites de su carácter
¿Has visto alguna vez a personas altamente talentosas que repentinamente se desmoronaron cuando lograron cierto nivel de éxito?

La clave de este fenómeno es el carácter. Steven Berglas, psicólogo de la Escuela de Medicina de Harvard y autor de El síndrome del éxito, dice que la gente que alcanza grandes alturas pero carece de un carácter sólido que los sostenga a través del estrés, van de cabeza al desastre. Él cree que su destino está determinado por una o más de las siguientes características: arrogancia, profundos sentimientos de soledad, una búsqueda destructiva de aventuras, o adulterio. Cada una constituye un precio muy alto a pagar por un carácter débil.

Para mejorar tu carácter haz lo siguiente:
Busca las grietas. Pasa algún tiempo reflexionando sobre las principales áreas de tu vida (trabajo, matrimonio, familia, servicio, etc.), identifica cualquier aspecto que hayas pasado por alto y en el que hayas transigido o que no hayas cumplido con la gente.Anota cada caso que puedas recordar durante los dos últimos meses.
Busca patrones. Examina la respuesta que acabas de escribir. ¿Hay alguna área en particular donde tengas una debilidad o tengas algún tipo de problema que sea recurrente? Los patrones detectables te ayudarán a diagnosticar asuntos de carácter.
Afronta las consecuencias. El comienzo de la reparación del carácter viene cuando enfrentas tus defectos, te disculpas y tratas con las consecuencias de tus acciones. Haz una lista de las personas con las que necesitas disculparte por tus acciones, y hazlo con sinceridad.
Reconstruye. Una cosa es afrontar tus acciones pasadas, otra es construir un nuevo futuro. Ahora que has identificado las áreas de debilidad, formula un plan que te prevenga de volver a cometer los mismos errores.



lunes, 28 de abril de 2014

Cambios en la familia y crisis de interioridad

Aunque el debate acerca de los cambios que se están produciendo en la familia y en los valores de las personas parezca alejado del tema de la globalización, lo cierto es que no lo está. La familia tradicional evoluciona rápidamente como consecuencia del nuevo papel que la mujer ha empezado a desempeñar en la sociedad. La exigencia de una mayor igualdad entre los sexos es una característica actual que contrasta con todas las anteriores sociedades registradas a lo largo la historia de la humanidad. Esta revolución femenina global no sólo afecta a la familia sino también a la vida social en general, desde el mundo laboral hasta el ámbito de la política. Actualmente la mujer sólo es reprimida en aquellos países controlados por gobiernos autoritarios o por grupos religiosos fundamentalistas. En todos los demás se está dando un intenso debate sobre la igualdad sexual y el futuro de la familia.
Durante la Edad Media en Europa el matrimonio no solía realizarse en base al amor que existía entre la pareja sino para transmitir adecuadamente las propiedades de los padres. Ni siquiera se consideraba que el amor sincero era necesario en la vida matrimonial. La mujer se concebía siempre como una propiedad o un vasallo más del marido o del padre. Esta desigualdad en el trato entre hombres y mujeres se extendía también a la vida sexual. La sociedad medieval veía con buenos ojos que el varón tuviera sus aventuras amorosas con otras mujeres, pero no toleraba la misma actitud de parte de la esposa. El doble rasero sexual respondía a la necesidad de continuar el linaje a través de los hijos propios y asegurar así la herencia familiar. De ahí que la exigencia de castidad y fidelidad sólo se impusiera al sexo femenino. Como en esta familia tradicional la sexualidad se entendía sólo en función de la reproducción, era frecuente que las mujeres tuvieran alrededor de diez embarazos durante su vida. Todas estas costumbres familiares se prolongaron hasta bien entrado el siglo XX.
No obstante, durante las últimas décadas estamos asistiendo a un cambio decisivo en la familia y en la vida sexual del mundo occidental. Hoy la sexualidad se ha separado de la reproducción; la familia ha dejado de ser una unidad económica, mientras que el amor se ha convertido en el principal vínculo de unión entre el hombre y la mujer. En algunos países más del 30% de los nacimientos ocurren fuera del matrimonio. Muchas parejas habitan juntas sin estar casadas y, a la vez, aumenta el número de personas que viven solas. Es verdad que la gente se sigue casando, aunque también es cierto que el divorcio es cada vez más frecuente. Antes los niños representaban un soporte económico para la familia, hoy constituyen un gasto importante para la economía del hogar. Según afirma Giddens, la familia actual se habría convertido en una “institución concha” que por fuera tiene el mismo aspecto que en el pasado pero, por dentro, habría cambiado notablemente, volviéndose inadecuada para la tarea que hoy está llamada a cumplir:
“Hemos de reconocer la gran transición que supone esto. Emparejarse y desparejarse son ahora una mejor descripción de la situación de la vida personal que el matrimonio y la familia. Es más importante para nosotros la pregunta “¿tienes una relación?” que “¿estás casado?”. La idea de una relación es también sorprendentemente reciente. En la década de los sesenta nadie hablaba de relaciones”.
La realidad que se nos plantea hoy a los cristianos que seguimos creyendo en la familia, tal y como ésta se entiende a la luz de la Palabra de Dios, es que tanto la llamada “familia tradicional” como las recientes y efímeras “relaciones de pareja”, no están inspiradas en los principios bíblicos. Aquellas relaciones de familia que no se fundamentan en el amor, el respeto, la igualdad, el compañerismo y la obediencia a la voluntad de Dios expresada en el Nuevo Testamento, constituyen proyectos totalmente ajenos a la idea de familia cristiana. Desde la perspectiva de la fe no es posible admitir la discriminación por razón del sexo en el seno de la vida familiar. Delante de Dios no hay varón ni mujer sino que todos somos iguales. La fidelidad matrimonial es entendida en el Evangelio como una exigencia para ambos cónyuges por igual. ¡No sólo para la mujer!
La reciente alternativa de las llamadas “familias de hecho” de carácter homosexual, tanto si se trata de parejas masculinas como femeninas, no posee ningún apoyo bíblico; más bien al contrario, se trata de relaciones claramente condenadas en la perspectiva cristiana. No se deben confundir ese tipo de parejas con el concepto bíblico de matrimonio ya que se trata de dos cosas absolutamente diferentes. La presión social y mediática ejercida actualmente por los grupos homosexuales ha contribuido a crear la idea de que todo lo relacionado con el sexo está envuelto por una aureola de amoralidad. Nada se considera negativo y lo más correcto parece que sea la permisividad social. Esto ha contribuido a crear el sentimiento de que todo tipo de prácticas sexuales son algo normal que debe ser aceptado por la sociedad.
Sin embargo, nunca se explica con claridad que la transexualidad, la homosexualidad, la pederastia o las prácticas sadomasoquistas, constituyen aberraciones sexuales de individuos que no maduraron adecuadamente durante su infancia o adolescencia; que no se trata de comportamientos normales, como tales grupos pretenden hacer creer, sino de desviaciones psicológicas que pueden llegar a curarse si el individuo se lo propone sinceramente.
Aunque muchos sociólogos opinen que durante la globalización la familia esté condenada a desaparecer o al menos este concepto clásico deba ampliarse a otros tipos de convivencia, lo cierto es que una cosa es la familia formada a partir del matrimonio heterosexual, entre un hombre y una mujer unidos por el vínculo del amor, y otra cosa distinta es la relación que se da en las uniones homosexuales. No hay que confundir los términos. Tampoco creo que la familia clásica vaya a desaparecer de nuestro mundo, aunque eso sí, seguramente tendrá que subsistir al lado de otros modos de convivencia.
Ante semejante realidad, las familias cristianas que viven su fe y educan hijos para la gloria del Señor, están contribuyendo de forma decisiva a la extensión del reino de Dios en la Tierra. El testimonio de la vida en el hogar cristiano, de la unión estable del matrimonio y del cuidado de los hijos seguirá siendo en el mundo global como un faro que iluminará las vidas de muchas personas para conducirlas a los pies de Jesús.
Algunos autores han señalado que después de la “sociedad industrial” y de la “sociedad del ocio” en los países occidentales, este mundo parece haber entrado en una nueva fase a la que se ha denominado la “sociedad depresiva” (Anatrella, 1995). Esta última sociedad se caracterizaría por el aumento de las enfermedades depresivas y por el consumo de ansiolíticos. En pleno proceso globalizador, muchas personas parecen haber puesto toda su confianza en la ciencia y la tecnología, a la vez que han procurado librarse de Dios. Esto ha provocado la aparición de diversas ideologías alienantes que han eliminado toda esperanza del corazón humano.
Sin embargo, en la actualidad el atractivo del progreso parece haberse desvanecido arrastrando al hombre a una profunda crisis moral. Hay gente que se da cuenta hoy de que ya no posee razones para seguir viviendo. Personas a las que nada les satisface y no encuentran complacencia en vincularse a ninguna institución social, política o religiosa. No quieren saber nada de familia, de matrimonio, de iglesia o de cualquier otra asociación. Proliferan los individuos aislados que llevan una vida atomizada. Viven para sí mismos en la búsqueda de una libertad narcisista que les conduce con frecuencia a la depresión. Tal situación refleja una profunda crisis moral que sería una consecuencia más de la pérdida de fe del hombre contemporáneo, de su profundo empobrecimiento interior. Cuando se intenta eliminar a Dios de la propia existencia, también se vienen abajo el respeto al otro, el interés por la verdad, la búsqueda del bien común y el amor al prójimo. Este es el drama principal de la actual sociedad depresiva. En el momento en que lo que realmente da sentido al hombre, como la fe y la moral, se borran o se circunscriben a la esfera de lo privado, la persona pierde confianza en sí misma y se inicia un descenso por la pendiente de la depresión.

Por eso crece la melancolía en nuestras ciudades y prolifera la búsqueda ansiosa de todo tipo de terapias pseudorreligiosas. Si no se tienen ideales ni creencias, la vida psíquica de las personas carece de una base sólida en la que apoyarse para vivir en sociedad. La duda existencial puede llevar también a la depresión y ésta es capaz de hundir a la persona en la inactividad o puede provocar conductas de desafío o de desesperación. De ahí la relevancia actual y la necesidad del cristianismo que fomenta la riqueza y el diálogo interior. La oración del creyente no sólo es comunicación con Dios sino también con uno mismo. Esta práctica refuerza la personalidad proporcionando dinamismo y, sobre todo, enriqueciendo espiritualmente la vida humana.


domingo, 27 de abril de 2014

Vivan en paz

Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos.
Romanos 12:18
Dios disfruta de hacer de sus hijos instrumentos de paz y reconciliación en medio del conflicto. Seremos más eficaces en llevar a cabo esta desafiante responsabilidad si entendemos por qué la paz es tan importante para nuestro Padre celestial.
Las tres dimensiones de la paz
Dios ama la paz. Desde Génesis hasta Apocalipsis, transmite un profundo deseo de bendecir a su pueblo con la paz y de usarlo para llevar la paz a otros. Considere estos temas recurrentes:
1. La paz forma parte del carácter de Dios, porque se lo menciona frecuentemente como el “Dios de paz” (ver Romanos 15:33; 2 Corintios 13:11; Filipenses 4:9; Hebreos 13:20; ver Jueces 6:24).
2. La paz es una de las grandes bendiciones que Dios da a quienes lo siguen (ver Levítico 26:6; Números 6:24–26; Jueces 5:31; Salmos 29:11; 119:165; Proverbios 16:7; Miqueas 4:1–4; Gálatas 6:16).
3. Dios ordena repetidamente a su pueblo que busque y siga la paz (ver Salmos 34:14; Jeremías 29:7; Romanos 14:19; 1 Corintios 7:15; 2 Corintios 13:11; Colosenses 3:15; 1 Tesalonicenses 5:13; Hebreos 12:14). Él también promete bendecir a quienes lo hagan (ver Salmos 37:37; Proverbios 12:20; Mateo 5:9; Santiago 3:18).
4. Dios describe su pacto con su pueblo en términos de paz (Números 25:12; Isaías 54:10; Ezequiel 34:25; 37:26; Malaquías 2:5).
5. Dios enseñó a su pueblo a usar la palabra paz (en hebreo, shalom, y en griego, eirene) como una forma habitual de saludo al llegar (Jueces 6:23; 1 Samuel 16:5; Lucas 24:36) y al despedirse (1 Samuel 1:17; 2 Reyes 5:19; Lucas 7:50; 8:48). Casi todas las cartas de Nuevo Testamento comienzan o finalizan con una oración por la paz (Romanos 1:7; Gálatas 1:3; 2 Tesalonicenses 3:16).
Nada revela la preocupación de Dios por la paz más vívidamente que su decisión de enviar a su bienamado Hijo para “guiar nuestros pasos por la senda de la paz” (Lucas 1:79; ver Isaías 2:4). De principio a fin, la misión de Jesús fue de pacificación. Muchos antes de que naciera, se le dio el título de “Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). A lo largo de su ministerio estuvo predicando y dando paz constantemente (Juan 14:27; Efesios 2:17). Como el supremo pacificador, Jesús sacrificó su vida para que pudiésemos experimentar paz con Dios y entre nosotros, ahora y para siempre.
Hay tres dimensiones en la paz que Dios nos ofrece a través de Cristo: paz con Dios, paz entre nosotros y paz dentro de nosotros. A muchas personas les importa poco su relación con Dios y con las personas, pero igual quieren tener paz dentro de ellas. Como verá, es imposible conocer la genuina paz interior a menos que también busque la paz con Dios y con los demás.
Paz con Dios
La paz con Dios no viene automáticamente. Todos nosotros hemos pecado y nos hemos alienado de Él (Isaías 59:1, 2). En vez de vivir las vidas perfectas que se necesitan para disfrutar de comunión con Él, cada uno de nosotros tiene un historial manchado por el pecado (Romanos 3:23). Como resultado, merecemos estar separados eternamente de Dios (Romanos 6:23a). Esas son las malas noticias.
Las buenas noticias son que “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Al sacrificarse en lugar nuestro en la cruz, Jesús ha hecho posible que tengamos paz con Dios. El apóstol Pablo escribió:
Porque a Dios le agradó habitar en él [Cristo] con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas … haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz.
Colosenses 1:19, 20
En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes.
Romanos 5:1, 2
Creer en Jesús significa más que ser bautizado, ir a la iglesia o intentar ser una buena persona. Ninguna de estas actividades pueden borrar los pecados que ya ha cometido y seguirá cometiendo a lo largo de su vida. Creer en Jesús significa, en primer lugar, reconocer que usted es un pecador y aceptar que no hay forma en que pueda ganar la aprobación de Dios a través de sus obras (Romanos 3:20; Efesios 2:8, 9). Segundo, significa creer que Jesús pagó toda la pena por sus pecados cuando murió en la cruz (Isaías 53:1–12; 1 Pedro 2:24, 25). En esencia, creer en Jesús significa confiar que Él intercambió los historiales con usted en el Calvario; es decir, tomó su historial pecaminoso sobre Él y lo pagó en su totalidad, dándole a usted el historial perfecto de Él, lo cual abre el camino para la paz con Dios. Al creer en Jesús, aceptar su regalo de salvación por gracia, y acercarse más a Él a través del poder de su Espíritu, el estudio de su Palabra, el privilegio de la oración y la comunión de su iglesia, la paz de Él podrá llenar cada parte de su vida.
Paz con los demás
Además de darle paz con Dios, el sacrificio de Jesús en la cruz abrió el camino para que usted disfrute de la paz con otras personas (Efesios 2:11–18). Esta paz, que generalmente se denomina “unidad” (Salmos 133:1), no es simplemente la ausencia de conflictos y luchas. La unidad es la presencia de auténtica armonía, comprensión y buena voluntad entre personas. Dios nos llama a hacer todo lo que podamos para “vivir en paz con todos” (Romanos 12:18). Esta clase de paz es el resultado directo de obedecer el segundo gran mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Como verá, esta clase de unidad es una parte esencial de un testimonio cristiano eficaz. El resto del libro está dedicado a mostrarle cómo buscar la paz con otros cuando un conflicto ha afectado sus relaciones.
Paz dentro de usted
A través de Jesús usted puede experimentar auténtica paz dentro de usted. La paz interior es una sensación de totalidad, contentamiento, tranquilidad, orden, descanso y seguridad. Si bien, prácticamente, todos anhelan esta clase de paz, resulta esquiva para la mayoría de las personas. La auténtica paz interior no puede obtenerse directamente mediante nuestros propios esfuerzos; es un don que Dios da sólo a quienes creen en su Hijo y obedecen sus mandamientos (1 Juan 3:21–24). En otras palabras, la paz interior es un subproducto de la justicia. Esta verdad se revela a lo largo de la Biblia.
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3, Reina-Valera 1960).
“El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto” (Isaías 32:17; ver Salmos 85:10; 119:165).
“Si hubieras prestado atención a mis mandamientos, tu paz habría sido como un río; tu justicia, como las olas del mar” (Isaías 48:18).

Estos pasajes demuestran por qué es imposible experimentar paz interior si uno no busca la paz con Dios y la paz con los demás. La paz interior viene sólo de estar reconciliado con Dios a través de su Hijo, recibir su justicia y el poder para resistir el pecado, y luego obedecer los mandamientos de Dios. “Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos los unos a los otros, pues así lo ha dispuesto” (1 Juan 3:23). Por diseño de Dios, las tres dimensiones de la paz están unidas inseparablemente. Como lo expresó un autor: “La paz con Dios, la paz entre nosotros y la paz con nosotros vienen en el mismo paquete”.5 Por lo tanto, si usted quiere experimentar paz interior, debe confiar en su Hijo para ser reconciliado con Dios y debe buscar relaciones armoniosas con quienes lo rodean.