viernes, 9 de mayo de 2014

La misión cristiana en un contexto de corrupción (parte 3 de 3)

Corrupción y el futuro de las misiones cristianas
Lucha contra los poderes y las estructuras de la corrupción
Lo que más rechazó el Imperio Romano del cristianismo primitivo fue su principio de solidaridad, elemento ni remotamente importante entre los romanos. Luego la corrupción se infiltró en el cristianismo hasta el punto de negociar el purgatorio de los fallecidos. La corrupción ama la oscuridad, se apega a lo oculto y no ama la verdadera solidaridad, sino un falso amiguismo. Nada temen los corruptos tanto como el hecho de que se diga cómo son las cosas en la realidad. La verdad y la corrupciónson incompatibles entre sí. El cristiano no vive solo ni en un vacío. Es un ser social, y por lo tanto su conducta conlleva consecuencias sociales y estructurales. La corrupción siempre involucra a más de una persona, y siempre es un pecado en contra de la comunidad. Se necesita por lo menos uno que corrompe y otro que se deja corromper. La corrupción permite que el interés particular prime sobre el interés común. Bíblicamente, el pecado no es sólo una situación personal, sino que también incluye lo estructural, lo social. No existe en la Biblia una distinción radical entre las acciones de la persona como individuo y como ser social. El mal existe en la sociedad, incluso fuera del individuo, y ejerce influencia sobre el individuo (Ro. 12:2). El pecado, sea individual o colectivo, produce culpa sobre el autor o los autores y destruye su autoestima. En este sentido las reacciones pueden y deben considerarse como intentos de autojustificación o autodestrucción.

La sociedad no es sólo la suma total de sus miembros, sino una compleja red de relaciones interpersonales, culturales e institucionales. La totalidad de estas relaciones conforma la personalidad de una sociedad. Hay numerosos ejemplos en la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, de cómo Dios denuncia el pecado social e institucional de Israel. Estos pecados estructurales afectan a las personas de la misma manera en que los pecados personales afectan a la comunidad. En relación con esto, el Nuevo Testamento utiliza el concepto «mundo» en el sentido de cosmos o sistema, pero no relacionándolo con un lugar. En muchas referencias joaninas el sistema se presenta como «una colectividad … personificada: ama, aborrece, escucha, sabe y da».

La realidad es que cuesta mucho discernir los pecados estructurales y resulta difícil hacerse responsable de ellos. Toda liberación de la culpa y del pecado exige expiación. Esto incluye también los pecados personales y los estructurales. Las estructuras son productos humanos y pueden transformarse en verdaderos círculos viciosos. De manera coherente y lógica dice Moltmann al respecto que «el primer pecado fue consecuencia de la libertad, el segundo del hábito, y el tercero de la dependencia, de la esclavitud».

Estas estructuras al servicio del mal producen en la sociedad problemas complejos para los cuales parece no haber solución. Uno de estos pecados estructurales es la corrupción. Es una práctica muy arraigada y bien cimentada en la mayoría de los gobiernos, empresas e instituciones en América Latina. Es uno de los poderes o potestades de las tinieblas que influye negativamente sobre toda la sociedad y deja infinidad de víctimas a su paso. Los corruptos generalmente justifican sus acciones en la legislación. Hacia afuera, todo debe parecer legal. Incluso abogan y luchan por la creación de nuevas leyes. La misma expedición de un documento logrado mediante soborno es toda una contradicción. «Esta es la justificación de la corrupción. Los que participan de la corrupción son los que tienen suficiente poder para influir en las decisiones. A la corrupción siempre le corresponde algún poder. El dinero y el poder son hermanos en la corrupción.». En contraposición a la corrupción, el amor, que es una de las características básicas del cristianismo, busca siempre el bien del prójimo. Las instituciones y sociedades están interconectadas por una red de relaciones globales. Estas redes determinan la vida y la función de las instituciones. A estas redes se las denomina «estructuras», que se distinguen de las instituciones por ser poderes invisibles. «Son a la sociedad lo que la mente es al cuerpo: el control lógico de su conducta.»

La meta de estas estructuras es el monopolio del poder. Básicamente tienen un componente triple: económico, militar y científico; su objetivo es el enriquecimiento y el poder. «El mal existe aparte del individuo no solamente en el orden de la sociedad, sino también en los papeles políticos y sociales de los poderosos seres sobrenaturales.». A estos poderes y los conflictos que provocan Jürgen Moltmann los llama «círculos viciosos», que élrefiere especialmente a la formación de patrones económicos, sociales y políticos sin ninguna esperanza, que arrastran la vida hacia la muerte. De manera apropiada él reconoce que en ellos se puede sentir la presencia de lo demoníaco en la vida.

La realidad de estos poderes está ampliamente confirmada por el Nuevo Testamento, especialmente en la literatura paulina (Ef. 1:21; 3:11; 6:12; Col. 1:16; 2:10; Ro. 8:38; 1 Co. 2:8; 15:24–26). Dice Costas al respecto que «esta corrupción del poder, esta rebelión contra el creador, fue una razón por la que el Hijo de Dios fue a la cruz».

Ya en el siglo 17 Juan Calvino se había referido al «error general» según el cual las leyes y las costumbres protegen el vicio, apoyando el involucramiento del cristiano para traer nuevas esperanzas, aun a un sistema viciado de corrupción. En relación con ello afirma Mott que «en este contexto de corrupción del sistema se ordena al creyente ser la sal de la tierra (Mt. 5:13), resistiendo la corrupción así como la luz resiste y combate las tinieblas …».

El ámbito en el cual la corrupción produce actualmente los daños mayores es la ecología. La corrupción tiene aquí sus principales tentáculos: en la deforestación, en la contaminación de las fuentes naturales y en la destrucción de toda la naturaleza. La reconciliación con la naturaleza es urgente. «Uno de los significados del término corrupción es “perdición”. Como imagen de Dios, el ser humano está llamado, por su Dios incorruptible, (Dt. 10:17) a ser co-responsable y a convivir con la naturaleza de acuerdo con la voluntad de Dios.»

Dado que la corrupción es un problema ético en su raíz, el autor propone que la reflexión teológica-misionológica cristiana en un contexto de corrupción—y a los efectos de pertinencia al mismo—se base en una cristología. Jesucristo plantea tanto una teología contextual como una teología de compromiso de fe y compromiso con la historia. La cristología nos desafía a un testimonio radical en un contexto de corrupción. Plantea transformaciones que llegan hasta las mismas raíces de la corrupción, las cuales no sólo se encuentran en el comportamiento individual de las personas, sino en muchos sistemas y estructuras de vida. Además, tales transformaciones no serán logradas por individuos bien intencionados y honestos, sino por la influencia que los mismos puedan ejercer a través de una comunidad alternativa.
Desafío: misión cristológica con base en la comunidad alternativa
La cristología que toma en serio el contexto de corrupción necesariamente enfatizará el mensaje y la conducta del reino de Dios. Ante la tendencia de la corrupción generalizada de cosificar e instrumentar al prójimo en favor de las ambiciones de poder y posesión de los corruptos, la conducta del reino de Dios plantea la convivencia a partir de la comunidad alternativa (la iglesia) en este mundo. La sociedad corrupta está en oposición al reino de Dios, pues es una sociedad que se autodestruye. La comunidad alternativa se caracteriza por la vida en justicia, amor, servicio y santidad. La comunidad alternativa que no ha sido pervertida por los valores corruptos será, por su misma existencia, una presencia molesta y profética en la sociedad. Vivirá de acuerdo con los valores del reino de Dios, guiada por el Sermón del Monte.

Se proponen los siguientes énfasis como una respuesta inicial cristiana al contexto de corrupción generalizada en América Latina.

1) La revalorización de la función de la comunidad alternativa como «sal y luz», de manera análoga a la propuesta de la organización «Transparencia Internacional» de formar islas de integridad en la lucha contra la corrupción. La comunidad alternativa cristiana es el grupo ideal para funcionar como isla de integridad en un contexto de corrupción. Los cristianos tienen que estar dispuestos a luchar por el bien y en contra del mal en la sociedad. La comunidad alternativa debe detectar quiénes son los perjudicados y oprimidos a través de las pujas de poderes de la corrupción.

2) Además, como se ha elaborado en el análisis de los desafíos del apóstol Pablo, se sugiere una participación activa en la política de cristianos comprometidos para luchar por los cambios estructurales en la sociedad latinoamericana. La combinación de ambos esfuerzos será de vital importancia para que la fe cristiana y su ética hagan un aporte significativo en la lucha contra la corrupción generalizada en América Latina.

3) Velar constantemente por la transparencia interna y la purificación de la comunidad cristiana y de las instituciones eclesiásticas y paraeclesiásticas. Se sugiere a tal efecto la implementación de normas éticas que ayuden a mantener la transparencia y a controlar la corrupción. Sin lugar a dudas, las enseñanzas del Sermón del Monte adquieren una importancia singular en tal esfuerzo. Se requiere la voz profética de la comunidad alternativa en este contexto de corrupción.

4) Enfatizar en el discipulado, de manera prioritaria, la conducta y la lucha contra la corrupción. El discipulado incluye el acompañamiento de los cristianos en su afán por salir del círculo vicioso de la corrupción. La comunidad alternativa no puede bendecir ni recibir dinero mal habido ni donaciones que procedan de la corrupción. El discipulado cristiano debe enfatizar el concepto de mayordomía que Dios exige del ser humano. No se puede privilegiar lo económico por sobre otros valores. Se condenan, por lo tanto, actitudes que provocan beneficios sectoriales; los avances técnicos que benefician ciertos aspectos productivos, pero deshumanizan a los que se «benefician» o destruyen otros valores; procesos que provocan desocupación o situaciones sociales desesperantes; especulaciones políticas basadas en la emergencia social.

5) Dejar en claro que existen valores divinos, tales como el amor, la solidaridad, la justicia, la libertad, que definitivamente no son negociables. La corrupción justifica o racionaliza una ética de la desigualdad, la discriminación y la injusticia. Toda corrupción es pecado y la raíz o causa de la corrupción se encuentra en la falta de ética. Estas pautas de relación o modos de pensar perversos deben ser combatidos en todos los niveles y sectores de la sociedad. Hay que rechazar toda actitud deshumanizante que busca convertir una forma sociocultural determinada en algo definitivo e inevitable para quien lo sufre y, en contraposición, hay que valorar la dignidad que Dios confiere al ser humano, la vida y la naturaleza toda.


6) Apoyar todos los esfuerzos, sean cristianos o no, que se dediquen a la lucha contra la corrupción. Para ello, los principios de lucha contra la corrupción son válidos y aceptables también para los cristianos. Hay que crear redes locales, regionales, nacionales e internacionales de anticorrupción entre cristianos y no cristianos, con el objetivo de influenciar creativa y positivamente en las distintas esferas sociales. Hay que utilizar todos los medios de comunicación existentes para que toda la sociedad tome conciencia del daño moral y social que representa la corrupción, presentando modelos de vida honestos y transparentes. Es necesario promover la reflexión en torno a la corrupción, de tal manera que se logre mayor profundización y efectividad en la lucha contra la misma. En todos esos esfuerzos se tendrá que pagar el precio de las consecuencias de tales acciones, y muchas veces habrá que enfrentar fuertes oposiciones, persecuciones, amenazas y hasta el martirio. Será necesario adquirir la incorrupción como un estilo de vida, como una vocación cristiana.



jueves, 8 de mayo de 2014

La misión cristiana en un contexto de corrupción (parte 2 de 3)

Corrupción y estrategias misioneras
Jesús como modelo misionero en un contexto de corrupción
Jesús es el modelo para las misiones: «Y aquel Verbo se hizo carne» (Jn. 1:14). Lo divino se comunicó a través de lo humano. Se identificó con nosotros sin renunciar a su propia identidad. Dicho principio de «identificación sin pérdida de identidad es el modelo para todo evangelismo».

Durante su ministerio Jesús desafió de manera concreta a algunas instituciones o grupos organizados de su época, denunciando su corrupción y llamándolos a un nuevo estilo de vida.

1) La corrupción de los líderes económicos. Se encuentran en este grupo especialmente los terratenientes y los saduceos. Según F. F. Bruce, fue el grupo religioso-social en Israel con el cual Jesús tenía menos en común. «Los saduceos aparecen como parte de la aristocracia de los terratenientes, de las familias establecidas más antiguas.»

Los saduceos eran parte del Sanedrín, tenían pocos seguidores, pero eran los primeros en dignidad. En Hechos 5:17–21 se los menciona como partidarios del sumo sacerdote. Los saduceos formaban un grupo organizado. Se guiaban estrictamente por la tora. «Debido a sus relaciones con la poderosa nobleza sacerdotal, las ricas familias patriarcas representan un factor muy influyente en la vida de la nación.» Representan a la clase alta, acomodada a los poderes religiosos y políticos, con el fin de ejercer influencias y enriquecerse. Encontramos un paralelo de ella en la clase empresarial, industrial, bancaria o terrateniente de nuestro continente.

Aunque no aparecen como los adversarios habituales de Jesús, no dejaron de estar presentes en sus denuncias, como, por ejemplo, en Lucas 6:24. En relación con la acumulación de bienes, Jesús fue muy claro en sus enseñanzas. Enseñó que la riqueza es mala, en primer lugar, para los propios ricos. La riqueza es la deshumanización del rico (Mt. 6:21; Lc. 12:15, 34). Dificulta la apertura hacia Dios (Mc. 10:17–22), y, además, trae condenación (Lc. 6:24; 12:20; Mc. 10:25). Por otro lado, Jesús también fue claro en señalar que la coexistencia de ricos y pobres resulta intolerable e insultante. Hay ricos porque hay pobres y viceversa. Lucas incluso menciona que la riqueza no es sólo deshumanizante, sino injusta (Lc. 16:9). Jon Sobrino opina al respecto que «la riqueza para Jesús es, pues, un grave mal social y la razón intrínseca consiste en que es injusta».

También Jesús presenta la maldad de la riqueza en relación antagónica con Dios (Mt. 6:24; Lc. 16:13). La riqueza funge ser ídolo: Mamón. «Es mal radical, porque es un ídolo: hace contra Dios, deshumaniza a quien le rinde culto y exige víctimas para subsistir.» Por lo tanto, Jesús rechazó absolutamente el hecho de que se le diera prioridad a la acumulación de bienes sin importar el costo social y humano, que era una característica de los líderes económicos de su tiempo. Al contrario, le dio prioridad al trato humano, a la relación de igualdad de los hombres ante Dios como un tema importante de sus enseñanzas y también de su vida misma.

2) La corrupción de los líderes religiosos. Este punto se dividirá en tres, considerando por separado a los sacerdotes, a los escribas y a los fariseos, por la amplitud de referencias a sus controversias con Jesús, y por la responsabilidad distintiva de ellos.

En principio se debe dejar bien en claro que Jesús no se opuso al cumplimiento de la Ley (tora); por el contrario, defendió su cumplimiento en cuanto es de Dios y a favor de los hombres. Sin embargo, denunció el uso que se daba a la Ley para oprimir a las personas. Sus denuncias apuntaron especialmente a tres grupos sociales, estrechamente vinculados a la Ley: los escribas, los fariseos y los sacerdotes. Los tres tuvieron un enorme poder social.

a) Los escribas. Como doctores de la Ley, eran los líderes intelectuales e ideológicos. El mayor factor de su poder estaba en el saber. Por eso los principales lugares en el Sanedrín, que era una especie de Corte Suprema de Justicia, los ocupaban los escribas. Estos, según los estudios de J. Jeremias, tenían prohibido cobrar por su actividad. Jesús denuncia a los escribas por imponer cargas religiosas muy pesadas a la gente, mientras que ellos las evitan. Los denuncia por condenar a muerte a los enviados de Dios, mientras construyen tumbas para los profetas. Los acusa de ocultar la sabiduría de Dios ante la gente y de ambicionar trajes, saludos y cortesías especiales, ocupando además los primeros lugares de las sinagogas (Lc. 11:43, 46–52; 20:46). Aquí, pues, están las evidencias de la corrupción de los escribas. El propósito de su existencia era saber la Ley y transmitirla fielmente al pueblo, pero la pervertían y ocultaban de la gente la verdadera sabiduría divina.

b) Los fariseos. «Los fariseos fueron los que crearon el concepto de la doble Ley, lo exteriorizaron como una victoria sobre los saduceos, y lo hicieron operar en la sociedad.» Los fariseos y Jesús aparecen frecuentemente confrontados en los Evangelios. Ante esta cuestión, Bruce opina que es precisamente porque, como sucede tanto en la religión como en la política, los que tienen mucho en común son frecuentemente los que se confrontan más críticamente.

Como cumplidores estrictos de la Ley, tenían un tremendo prestigio religioso, aún sin pertenecer sociológicamente a la clase superior. En una sociedad profundamente religiosa como la judía, tanto los fariseos como los escribas representaban un gran poder. Jesús los denunció porque no utilizaban tal poder para llevar a las personas a Dios, sino para oprimirlas (Lc. 11:25–53; Mt. 23:1–36).

Jesús los denuncia a los fariseos, concretamente, por su hipocresía en el incumplimiento de las prescripciones relacionadas con la pureza, y su hipocresía en el pago del diezmo de las legumbres, descuidando en ambos casos la actitud interna, la motivación para hacerlo (Lc. 11:39–43). Jesús denuncia su hipocresía y pide a la gente que se cuide de ellos (Mc. 12:38), y además les sugiere que no los imiten (Mt. 23:3).

Es conveniente remarcar la importancia de la palabra hipocresía en griego, que significa «actor». La corrupción de los fariseos, por lo tanto, era también la desnaturalización de su existencia. En lugar de ser modelos vivientes del cumplimiento de la Ley, buscaban que la gente los admirara por sus prácticas y no que Dios los aprobara. «Los anatemas contra los escribas no recalcan tanto la hipocresía, la contradicción interior/exterior, sino directamente la maldad opresora y objetiva.» En particular a los fariseos les resultaba molesto que Jesús compartiera su tiempo con pecadores, impuros, publicanos, etc., como también que practicara el bien el día sábado.

Ambos grupos fueron denunciados por Jesús, no sólo por no ayudar al pueblo a cumplir la Ley, sino por estorbarlo. «Y lo peor es que lo oprimen y que lo pueden oprimir por el poder ideológico y simbólico-ejemplar que poseen en base a su estrecha vinculación con la ley.»

No cabe ninguna duda de que la denuncia constante de Jesús contra estos grupos fue un factor decisivo en el camino a la cruz. J. Jeremias señala claramente que «fue una audacia sin precedentes … dirigir públicamente y sin miedo también a estas gentes la invitación a la penitencia; esa audacia le condujo a la cruz». Como queda demostrado en este punto, la lucha contra la corrupción implica sacrificio y sufrimiento.

c) Los sacerdotes. Los sacerdotes, en general, no pertenecían a la clase alta, sino que estaban ubicados mayormente en la clase media. Los sumo sacerdotes eran los que pertenecían a los círculos más pudientes. Esto lo confirma J. Jeremias, quien afirma que «según lo que nos transmite la tradición, en las casas de las familias de los sumo sacerdotes reinaba un gran lujo». A lo largo de la vida de Jesús, los sacerdotes aparecen como sus principales enemigos. Los tres Evangelios sinópticos narran la escena de la expulsión de los mercaderes del templo. Sobrino interpreta que «la pregunta fundamental es si con esa acción Jesús se manifestaba proféticamente contra el templo en cuanto tal o contra abusos cometidos en él y en su nombre». En contraposición a los otros

Evangelios, Juan coloca la purificación del templo bien al principio del ministerio de Jesús (2:13–22). Esto no es casual, y el contexto lo demuestra. El templo era el símbolo del pueblo de Dios. Jesús era el cumplimiento de aquello que el templo representaba: era el cumplimiento del judaísmo apocalíptico y farisaico. Pero el templo en el tiempo de Jesús era el símbolo de las prácticas corruptas de los ricos. Había sido profanado. Jesús lo limpió y lo devolvió al Padre. «De esta manera, según Juan, Jesús lucha desde el principio en contra de la corrupción, a través de la limpieza del templo, para que vuelva a ser la casa de Dios.»

Evidentemente, Jesús estaba en contra de la práctica abusiva y opresora de los sacerdotes, y no en contra del templo como tal. Se oponía a la corrupción del oficio sacerdotal, y a la corrupción de utilizar el templo para hacer negocios, cuando tenía que ser «casa de oración». Por lo tanto, se distanció de ese culto y profetizó la destrucción del templo, hecho que lo llevó finalmente a la cruz (Mc. 13:2; Mt. 24:2; Lc. 21:6). La destrucción del templo se mencionó luego en su juicio religioso (Mc. 14:58), también cuando se burlaron de él al pie de la cruz (Mc. 15:29), así como en el martirio de Esteban (Hch. 6:14). Es que el templo era «el centro de la vida económica, política y social del país». «A través del tesoro del templo, al que todo judío debía pagar anualmente su cuota, los judíos del mundo entero contribuían al comercio de Jerusalén.»

Cuando Jesús atacó esta institución central de Jerusalén, fue considerado un provocador, un revolucionario. Denunciar la corrupción de los sacerdotes y la utilización corrupta de todo el entorno del templo para el enriquecimiento personal e institucional le costó la enemistad de los sacerdotes y de todos los admiradores de los mismos.

3) La corrupción de los líderes políticos. Palestina vivía en una constante crisis administrativa. No era posible establecer un equilibrio duradero entre las diversas estructuras de gobierno. Dice Gerd Theissen al respecto que «la aristocracia, atenta a la compensación, quedó en política realista debilitada por las fricciones con los príncipes de la clientela herodiana y con los procuradores romanos».

Generalmente el estado (en este caso, el Imperio) se alegra de acoger a una religión que se limite a lo cúltico, como sucede bajo regímenes totalitarios, o que se relegue al campo de la piedad privada. Si la religión no se inmiscuye ni perturba el statu quo, puede llegar a ser tolerada e incluso domesticada para funcionar como una especie de legitimación sacramental de las funciones estatales.

La persona de Jesús, su movimiento y sus ideas, amenazaron seriamente el statu quo del Imperio Romano, razón por la cual él fue crucificado. En un análisis de la religión política Mardones llega a una conclusión semejante a la que enfrentó Jesús. Según él, aunque la religión neoconservadora recupera su relevancia social, «corre el riesgo de ser una funcionalización de la religión al servicio del mantenimiento del sistema».

En este punto las investigaciones de J. Jeremias arrojan numerosas evidencias concretas sobre la vida de los líderes políticos del tiempo de Jesús. El mismo describe de manera notable la opulencia en la cual vivían los líderes políticos de ese tiempo. El estilo de vida de los mismos no se cubría con el sueldo asignado, sino con importantes confiscaciones de bienes de nobles del reino a los cuales se habían hecho ejecutar, y, además, «los regalos, o mejor dicho, los sobornos, venían a tapar más de un agujero en las finanzas de los príncipes».

En el caso de Herodes el Grande, se destaca que la característica principal de su personalidad era una ambición insaciable. Los tributos y derechos de aduana sólo cubrían una pequeña parte de sus gastos. «Mucho más deben de haber pesado sobre el pueblo los regalos (a Herodes, a sus parientes y “amigos”, así como a los recaudadores o arrendatarios de los impuestos y a sus subordinados), las confiscaciones de bienes y los impuestos extraordinarios.» Los herodianos, que vivían para mantener los intereses de la familia de Herodes, hicieron causa común en algunas ocasiones incluso con los fariseos, para enfrentarse a Jesús. «Durante el ministerio de Jesús, dos miembros de la familia herodiana ocupaban posiciones de autoridad en la tierra de Israel o cerca de ella: Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea; y su hermano Felipe quien era tetrarca de la región este y noreste del lago de Galilea.» Jesús advierte a sus discípulos que se cuiden de su levadura (Mc. 8:15; Lc. 13:32).

Resulta imposible—como mayormente ocurre en un contexto de corrupción—establecer el valor de los regalos y sobornos que se daban a las autoridades y a los servicios administrativos. Juan el Bautista ya había exhortado a los soldados romanos en su predicación social, diciendo: «no extorsionen a nadie ni hagan denuncias falsas; más bien confórmense con lo que les pagan» (Lc. 3:14). También Mateo menciona un caso de soborno a los soldados romanos en Jerusalén, por parte de los jefes de los sacerdotes, que querían que esa trampa sirviera para negar la resurrección de Jesús (Mt. 28:12).

Por otra parte, en Hechos 22:28 se menciona el caso del jefe de la plaza de Jerusalén, quien admite haber adquirido su ciudadanía romana por soborno o compra, a diferencia de Pablo, quien tenía tal condición por nacimiento. Claudio Lisias pagó un alto precio, no para adquirir su libertad, sino como «soborno dado a los intermediarios del secretariado imperial de la administración provincial». «La corrupción se extendía hasta los más altos puestos. No hay más que ver las numerosas quejas contra la venalidad de los procuradores.» Will Durant, en su historia de la civilización romana en el tiempo de Jesús, menciona varios casos de corrupción, especialmente en el gobierno de Augusto y de Claudio. Afirma que en el caso de Augusto, «con trigo y juegos se sobornaba al populacho para que permaneciera tranquilo».

Jesús, con su estilo de vida, su énfasis en la pureza y la verdad, vino a ser también un desestabilizador del statu quo de la Palestina. En este sentido, Melba Maggay entiende que la tensión entre Jesús y Pilato tiene sus raíces en la ambigüedad intrínseca de la naturaleza del reinado de Jesús. «Aunque Jesús evita claramente darle un sentido meramente político a su mesiazgo, destacando la centralidad de sus dimensiones espirituales y de servicio tal como fueron profetizadas en Isaías 53, su predicación y práctica anunciaron una plataforma consecuente con la agenda política esbozada en Isaías 11:1a restauración del Reino de David.»

La condena a muerte de Jesús fue dictada por el gobernador romano Pilato en nombre del Imperio Romano. Dice claramente Moltmann que «el ajusticiamiento por crucifixión era, según el derecho romano, la pena disuasoria para la rebelión contra el orden político del Imperio Romano y contra el orden de la sociedad romana, basada en la esclavitud. Jesús fue ejecutado públicamente junto con dos judíos acusados de sedición».

Su crucifixión no fue la consecuencia de un accidente de procedimiento en el tratamiento de casos problemáticos, ni fruto de la confusión reinante. Evidentemente, Jesús representaba una amenaza real para el orden y la pax romana. Como otros cabecillas de intentos de sedición, Jesús terminó crucificado. Su muerte se produjo como consecuencia de su práctica, que Bravo Gallardo llama «subversiva».

4) La corrupción de sus discípulos. Aunque parezca paradójico, Jesús tuvo que enfrentarse a la tentación de la corrupción en su propio grupo de seguidores y discípulos. Nos detendremos principalmente en los casos documentados, más cercanos a él, como el de la pretensión de poder (Juan y Santiago) y el de Judas. No profundizaremos mayormente en las expectativas distorsionadas que tenían las masas de Jesús como Mesías, ya que están claramente representadas en los dos casos que se analizarán a continuación.

La pretensión de seguir a Jesús sin renunciamientos, a los efectos de ocupar un sitial privilegiado, determinó que muchos abandonaran el seguimiento de Jesús, al entender su costo (Jn. 6:60–69). También la pretensión de utilizar a Jesús como elemento de liberación de la opresión romana, y para obtener bendiciones celestiales sin sacrificio, resulta evidente en las multitudes que lo seguían y que fueron alimentadas milagrosamente (Mt. 15:32–38; Jn. 6:26–27).

a) Búsqueda de poder e influencia. El pedido de Santiago y Juan de estar ubicados a ambos lados del trono de Dios una vez instaurado el reino sucede después de que Jesús les anuncia por tercera vez su muerte (Mc. 10:32–34). Aunque los demás discípulos mostraron su reprobación ante la actitud de Santiago y Juan, el hecho de que Jesús les reconviene a los Doce indica que la tentación de utilizar a Jesús para ocupar cargos de importancia era generalizada.

Jesús aprovechó esta circunstancia para indicarles a sus discípulos que existe una diferencia básica entre el poder, según era habitual en los gobiernos que conocían, y el poder en el reino de los cielos. El servicio es el único instrumento de poder en el reino de los cielos (Mc. 10:35–45). Jesús se propuso a sí mismo como ejemplo de servicio. Entendió claramente el riesgo de la corrupción implícito en la petición de Santiago y Juan. Al demostrarles la alternativa, la salida de la tentación de la corrupción, se opuso a esa mentalidad entre sus discípulos. La primera carta de Juan (1:6; 2:15–17), como también la primera carta de Pedro (5:1–4), son evidencias internas que demuestran que los discípulos obedecieron a la exhortación de Jesús.

b) La ambición materialista. Aunque es posible debatir si Judas Iscariote traicionó a Jesús sólo por la obtención de ganancias económicas, ésta es, sin lugar a dudas, una de las tentaciones siempre presentes alrededor de Jesús como Mesías. Cuando Judas, que según la opinión de varios comentaristas había pertenecido al grupo de los zelotes, se dio cuenta de que Jesús no iba a derrocar a los poderes romanos de la Palestina, se sintió frustrado en el seguimiento. Se acercó a los líderes religiosos de Jerusalén (hecho que ya conocían los discípulos y Jesús), que buscaban cómo arrestar y matar a Jesús (Mt. 26:1–5). Se ofreció a los jefes de los sacerdotes, para entregarles a Jesús por treinta monedas de plata (Mt. 26:14–16). Resulta llamativo que Judas finalmente se quedó sin Jesús y también sin el importe por el cual lo entregó (Mt. 27:3–10).


Es importante señalar que hubo varios intentos claros que apuntaban a corromper a Jesús. El relato de la tentación (Mt. 4:1–11) nos muestra que uno de los objetivos era desviarlo de su propósito de hacer la voluntad del Padre. También en el relato de la crucifixión se apela a su divinidad—«si tu eres el Hijo de Dios …»(Mt. 27:40)—incitándolo a abandonar el cumplimiento de los propósitos de Dios. Ambos relatos expresan cómo el mismo Jesús estuvo expuesto a la tentación de la corrupción. En ambos ejemplos—que son paradigmáticos—Jesús demuestra la actitud correcta ante la tentación de la corrupción: debemos tener en claro los principios y las motivaciones de nuestras reacciones ante la tentación, a los efectos de cumplir con la voluntad de Dios. En su resistencia a la tentación, son dignos de imitar el conocimiento de la Palabra de Dios y su aplicación a la situación.




miércoles, 7 de mayo de 2014

La misión cristiana en un contexto de corrupción (parte 1 de 3)

La corrupción y la naturaleza de la misión
Transparencia de motivos
En un contexto de corrupción todo lo que se hace está bajo cierta sospecha. Uno de los mayores cuestionamientos se relaciona con la motivación, el por qué se hace tal o cual cosa. La mayoría de los proyectos misioneros están bajo la sombra de sospecha por la corrupción imperante y el precedente legado de otros proyectos. En el plano individual, como también grupal o institucional, se debe considerar que para la toma de decisiones éticas existen tres ingredientes básicos a considerar: éxito (todos buscan triunfar, superarse, tener éxito), lealtad al grupo (es muy importante tener el apoyo de las personas más allegadas y quienes más influencia ejercen sobre el que decide) y verdad (se busca considerar la parte legal de la decisión a ser tomada). Cuando en la misión cristiana dejamos de lado este último elemento, la decisión está viciada de corrupción.

El apóstol Pablo es un ejemplo de conducta incorruptible en un contexto misionero. Como ciudadano romano, enfrentó muchas situaciones en las cuales los actos de corrupción habrían sido una alternativa, pero se alejó conscientemente de tal posibilidad. Eso quedó demostrado por su actitud en relación con sus privilegios como ciudadano romano, como también en su función como apóstol. Siempre prefirió estar muy prevenido ante las sospechas y trató de conducirse de modo que evitara todo tipo de conjeturas o acusaciones maliciosas. Si se lo acusaba, era sin argumentos ni elementos que pudieran demostrar su participación en ilícitos. Su cautela en relación con el tema lo llevó a trabajar manualmente para sostenerse y lo impulsó a preocuparse por brindar todas las garantías de transparencia en el manejo de los fondos de la colecta que se recaudaba para los pobres de Jerusalén. El clímax de su resistencia y oposición a la opción de corrupción fue su negativa a conseguir la libertad vía soborno. El ejemplo de Pablo desafía a los cristianos latinoamericanos a actuar sin extremismos éticos (aislamiento total del mundo o participación ciega). Llama a buscar, partiendo siempre del contexto de la comunidad cristiana, una actitud de «sal y luz» en medio del contexto de corrupción.

Dado el contexto de estructuras corruptas en América Latina, es imperiosa la necesidad de un testimonio radical y contundente frente a la corrupción. No alcanza con cambiar individuos, sino que se debe apuntar también a las estructuras. ¿Qué razones existen en una sociedad que acepta institucionalmente la corrupción, para ser una persona justa y honesta? Pablo responde en armonía con las enseñanzas de Jesús, que no alcanza con cumplir lo mínimo que marca la ley «social» en estos casos, sino que los cristianos deben dar un paso más allá, un esfuerzo de amor por el bien de todos. La integridad de la vida y conducta, en el compromiso activo con la comunidad cristiana, será determinante para alcanzar un testimonio efectivo, partiendo de la fe cristiana, en la corrupta sociedad latinoamericana.
Claridad en cuanto a la autoridad en la misión cristiana
La Biblia contiene el mandato de llevar a cabo la misión mundial, que es una necesidad de todo cristiano. En tal sentido, se deben evitar dos extremos: el fanatismo religioso, que despliega un celo irracional que incluso utilizaría la fuerza o métodos coercitivos para obligar a creer y erradicar la incredulidad, y el pluralismo religioso, que alienta una tendencia totalmente contraria, sosteniendo que todas las religiones llevan a Dios. La Biblia no sólo impulsa a los cristianos a la evangelización mundial, sino que también proporciona el mensaje para la tarea. El mensaje no necesita ser inventado: hay un solo evangelio (1 Co. 15:11; Gl. 1:6–8) y ya está definido, pero también se adapta culturalmente a todos aquellos a quienes se predica. El compromiso de la revelación debe combinarse siempre con el compromiso de la contextualización. En otras palabras, debemos combinar la fidelidad con la sensibilidad, el estudio constante del texto bíblico con el estudio constante de la escena contemporánea. Sin duda, el contexto de corrupción latinoamericana influye directamente en la lectura e interpretación de las verdades de la Escritura.

Es bien conocido el aforismo que dice que el texto sin el contexto es un pretexto. Debemos tenerlo en cuenta al tomar en serio el contexto de corrupción. En general, la referencia al contexto se limita al contexto históricoinmediato del texto bíblico en cuestión, o sea el Sitz im leben del escritor y sus circunstancias. Nunca se debe minimizar que «la Palabra de Dios nos habla en una palabra humano histórica». Lo que se plantea aquí, sin desmerecer con ello la importancia de considerar siempre el contexto del texto, es el contexto del intérprete, o sea, su locus theologicus. En el caso latinoamericano, el contexto de corrupción generalizada influye directamente sobre el intérprete. La opresión como lugar teológico—tal como ha sido privilegiada por la teología de la liberación latinoamericana—es sólo uno de los posibles lugares hermenéuticos para presentar la fe en el Hijo de Dios. «Toda teología cristiana que sea fiel a su origen bíblico, y sea por ello histórica, tiene que tomar absolutamente en serio los signos de los tiempos para su reflexión.»

Advirtiendo de antemano que nada de lo que sigue existe en un estado puro o absoluto, el autor puntualiza a continuación algunos de los efectos negativos de la corrupción en la interpretación de las Escrituras.

1) Autoridad de la Palabra de Dios. Uno de los efectos más difundidos de la corrupción sobre la interpretación bíblica se relaciona con el concepto de la autoridad de las Escrituras. Sin poner en duda la autoridad intrínseca de la Palabra de Dios como revelación, el autor advierte que frecuentemente se utilizan citas bíblicas, o se mencionan las Escrituras, para imponer un criterio personal. Como ejemplo se puede mencionar el frecuente uso de conceptos bíblicos por parte de los mandatarios de los países latinoamericanos, para apoyar o justificar sus acciones. Esto se produce también a nivel particular, en el uso que hace la gente de citas bíblicas para justificar sus pecados.

2) Manipulación. Como agravante del punto anterior, se produce la manipulación de los oyentes de la Palabra de Dios, bajo el pretexto de predicarla fielmente, para conducirlos a través de diversos mecanismos a la aceptación de las propuestas de algunos líderes inescrupulosos. Hay personas que, por medio de tales maniobras, se aprovechan de la buena fe y de la desesperación de sus oyentes. Tales individuos o movimientos atesoran numerosos bienes y fama, a costa de la gente desesperada, a la que llenan de falsas promesas e ilusiones (extraídas mayormente de la Biblia).

3) Materialismo. La corrupción se desarrolla especialmente en sociedades fuertemente impregnadas por el consumismo y el materialismo. Bajo el argumento de que «el fin justifica los medios», muchos cristianos entienden que pueden participar de actos corruptos, con tal de que sirvan «para la extensión del reino de Dios y para su gloria». Esta argumentación se encuentra en total disonancia con el mensaje bíblico. En la tercera sección se profundizará más el tema.

4) Herejías. El peor producto de la corrupción en la interpretación bíblica es el surgimiento de herejías cristianas. Los movimientos «pseudoevangélicos» han aprendido eficazmente del contexto social la distorsión de la verdad. Hábilmente se dedican a la interpretación y exposición de las Sagradas Escrituras con fines tendenciosos, corruptos y particulares. En este caso, la corrupción se transforma en el método de interpretación.

5) Desconfianza. El resultado de estas influencias, provenientes del contexto de corrupción, en la interpretación bíblica es la desconfianza. Aquellos cristianos que carecen de una sólida preparación en el arte de la interpretación bíblica se sienten impotentes y preocupados de que su interpretación pueda resultar herética y desequilibrada. Por otra parte, los letrados en la materia pueden sentirse afectados por la desconfianza de sus oyentes o lectores. Es así como todo puede ponerse en duda y quedar bajo la sombra de la sospecha. La desconfianza es enfermiza y no forma cristianos seguros de sí mismos ni de su fe. Produce una total ambivalencia en lo relativo a los valores y a la pertinencia de la fe cristiana, precisamente en un contexto de corrupción.

La Palabra de Dios debe ser la autoridad innegociable para la motivación, los métodos y el contenido de la misión cristiana. La Biblia, como autoridad en contra de la corrupción, es palabra de libertad, de justicia y de paz.


martes, 6 de mayo de 2014

El Carisma

La mayoría de la gente piensa que el carisma es algo místico, casi indefinible. Que es una cualidad que se trae de nacimiento y que, por lo tanto, no se puede adquirir. Pero eso no es cierto.

El carisma, dicho claramente, es la habilidad de atraer a la gente hacia sí mismo. Y como otras características del carácter, se puede desarrollar.

Para hacer de ti la clase de persona que atrae a otros, necesitas:
1. Amar la vida
A la gente le agradan los líderes que aman la vida. Piensa en las personas con quienes te gusta pasar tiempo. ¿Cómo las describirías? ¿Gruñones? ¿Amargados? ¿Depresivos? Por supuesto que no. Son alegres, optimistas, no quejosos. Son apasionados por la vida. Si quieres atraer a los demás, tienes que ser como la gente con la que te gusta estar. El evangelista del siglo XVIII Juan Wesley lo reconoció cuando dijo, «Cuando te prendes fuego, a la gente le gusta venir y ver como te quemas».
2. Pon un «10» en la cabeza de cada persona
Una de las mejores cosas que puedes hacer por la gente (que también las atrae hacia ti) es esperar lo mejor de ellos. Yo le llamo a esto poner un «10» en la cabeza de cada persona. Esto ayuda a los demás a pensar más alto de sí mismos, y al mismo tiempo te ayuda a ti. Según Jacques Wiesel, «Un estudio hecho a 100 personas que llegaron a ser millonarios mostró un denominador común. Estos hombres y mujeres altamente exitosos veían solo lo bueno de los demás».
Benjamín Disraeli entendió y practicó este concepto, y este fue uno de los secretos de su carisma. Una vez dijo, «El mayor bien que usted puede hacer por otro no es mostrarle sus riquezas sino revelarle las de él». Si aprecias a los demás, estimúlalos y ayúdalos a alcanzar su potencial. Te amarán por eso.
3. Darle esperanza a la gente
Para el general francés Napoleón Bonaparte los líderes son «distribuidores de esperanza». Como todos los grandes líderes él sabía que la esperanza es la mayor de todas las posesiones. Si tú puedes ser la persona que otorga esa dádiva a otros, ellos serán atraídos a ti, y estarán siempre agradecidos.
4. Darte a los demás
Las personas aman a los líderes que comparten lo que son y que dan el tiempo que les pertenece. Al dirigir a otros, date a ti mismo. Comparte sabiduría, recursos, e incluso ocasiones especiales. Esta es una de las cosas favoritas que yo hago. Por ejemplo, recientemente fui a un festival anual de narración de cuentos en Jonesborough, Tennessee. Esto era algo que desde hacía años quería hacer, y cuando finalmente lo pude incluir en mi agenda, mi esposa Margaret y yo llevamos con nosotros a dos líderes de mi personal con sus esposas. Pasamos un tiempo maravilloso y, más importante aún, pude añadir valor a sus vidas al pasar un tiempo especial con ellos.

Cuando se trata de carisma, lo fundamental es la disposición hacia los demás. Los líderes que piensan en otros y en sus intereses antes de pensar en ellos mismos, muestran carisma.

Para mejorar tu carisma, haz lo siguiente:
Cambia tu enfoque. Durante los próximos dos o tres días, observa la forma en que interactúas con los demás. Al hablar con otros observa cuánto de tu conversación está centrado en ti mismo. Decide inclinar la balanza en favor de centrarte en los demás.
Practica el juego de la primera impresión. Haz un experimento. La próxima vez que te encuentres con alguien por primera vez, haz todo lo posible por dar una buena impresión. Apréndele el nombre. Preocúpate de sus intereses. Sé positivo. Y lo que es más importante, trátalo como un «10». Si puedes hacer esto por un día, lo podrás hacer todos los días. Y esto aumentará tu carisma.
Comparte de ti mismo. Que el compartir tus recursos con los demás sea tu objetivo a largo plazo. Busca la manera de añadir valor a las vidas de cinco personas este año. Puede tratarse de miembros de tu familia, compañeros, empleados o amigos. Provee recursos para ayudarlos a crecer personal y profesionalmente, y comparte tu vida personal con ellos.



domingo, 4 de mayo de 2014

Vivir la luz de su Tesoro


Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
Lucas 12:15
Si puse en el oro mi esperanza, y dije al oro: Mi confianza eres tú, si me alegré de que mis riquezas se multiplicasen, y de que mi mano hallase mucho…Esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano.
Job 31:24–25, 28

No hay ninguna duda de que la mayoría de las personas, cristianos y no cristianos, se hacen más interesados en la religión y la espiritualidad en medio de las aflicciones, la enfermedad, la guerra, y problemas matrimoniales. Empiezan a hablar más de Dios y hasta se entregan a Él con la esperanza de liberación de su situación. Regatean con Él, ofreciéndole diezmos, hijos, su asistencia a la iglesia local, y hasta sus propias vidas, solamente si Él les rescatara de su condición turbulenta. Es triste pero cierto que la buena salud, la prosperidad, la tranquilidad nacional, y el ambiente tranquilo del hogar a veces sirven nada más para inmunizar a la gran mayoría de los hombres, tanto los cristianos como los incrédulos, de una contemplación seria de las verdades espirituales. Mas la crisis es un alarma que rompe la paz y llama a los hombres que consideren sus caminos delante de Dios.
Un ejemplo de esto sucedió en los Estados Unidos desde 1929 a 1940. Esta década fue la más espiritual en la historia moderna si consideramos el factor único de la asistencia a la iglesia en la historia moderna. Durante la Gran Depresión, muchos se acercaron a Dios y se hicieron cristianos. Ciertamente, muchas conversiones fueron genuinas, y Dios usó esta crisis económica para convencer a mucha gente de su necesidad de la salvación.
Otro ejemplo reciente fue el 11 de septiembre, 2001. ¡Quién se puede olvidarse de los dos aviones, dirigidos como mísiles, hacia las Torres Gemelas! La población estadounidense, y hasta del mundo, se sintió menos segura, más vulnerables a factores fuera de su control. Interesantemente, el tema de la religión empezó a tocarse más. Todos querían saber dónde estaba Dios en esas horas. Se preguntaban, ¿por qué permitiría tanto dolor un Dios de amor?
Los efectos de esa fecha se ven cada vez que volamos o entramos en un aeropuerto. Mis zapatos, mi computadora, y hasta mi faja que sostiene mis pantalones se investigan cuidadosamente para la protección del mundo. La seguridad en los aeropuertos ha cambiado para siempre. No obstante, es una lástima que pocos corazones, relativamente hablando, fueran cambiados. El tema de Dios y la religión casi se hayan olvidado. La sociedad estadounidense ha regresado a lo normal de su subsistencia. No hay miles de personas en los estadios de fútbol, rogándole a Dios por liberación. La gran mayoría de la población ha vuelto al ateísmo práctico, ignorando a Dios y su importancia en nuestras vidas. Dios es olvidado.
Sin embargo, cuando leemos el relato de Job, notamos que él no era así. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no se olvidó de Dios cuando las cosas se mejoraron? La respuesta a esta pregunta es importante para nosotros si vamos a crecer verdaderamente en los tiempos de aflicción.
Job se acercó al Señor durante esta crisis y mantenía este compañerismo con Dios como el fruto maduro de una relación personal con Dios ya establecida, no debido a una reacción para que las cosas se volvieran normales. En otras palabras, Job contempló y adoró a Dios después de los días de su aflicción, porque había aprendido antes de la prueba su necesidad de vivir toda la vida a la luz de la grandeza del carácter de Dios.
Vimos en el capítulo anterior que el primer paso en el momento de tribulación es el quitarse los ojos de uno mismo para contemplar la magnificencia del Dios soberano. Vimos también que la gran tentación en los primeras horas de la crisis será sentir lástima por nosotros mismos, echar la culpa a los demás, o hasta acusar a Dios de un tratamiento injusto. Esta adoración puede ser natural para el cristiano que camina diariamente con Dios, pero ¿qué pasa cuando la situación se empeora o no se alivia? ¿Cómo puede mantener el cristiano su relación con Dios en una situación así, especialmente cuando el enemigo está silbando, o más bien gritando, en sus oídos que Dios le ha abandonado?
Llegamos a lo que considero el paso clave para la duración de toda prueba. Si fallamos aquí, la pena será muy dolorosa. Este paso clave consiste en hacer una estimación de lo que valoramos. En otras palabras, la crisis es un buen tiempo para realizar una determinación contemplativa de nuestras prioridades y amores en la vida. La aflicción revela siempre lo que amamos y valoramos. Este paso requiere que nos hagamos las preguntas: ¿Es Dios mi suficiencia? ¿Amo más lo que he perdido que a Él? A la luz de lo que Job había aprendido de Dios antes de la prueba en su vida, él pudo evaluar su prueba correctamente y ofrecer una opinión recta sobre lo que le había acontecido.
Job lo había perdido todo. Ninguno, aparte de Jesucristo, ha sufrido como él. Vemos que Satanás derramó sobre él toda su furia permitida. Diez hijos, bienes y salud,–todos se lo habían desaparecido sin ninguna advertencia previa. Sus mejores amigos lo visitaron y concluyeron que él fue un fraude. Su esposa le había dicho que sería mejor la muerte que la vida y le retaba a suicidarse. Y con tanto dolor físico, emocional, y relacional no hubiéramos podido echarle la culpa si se hubiera suicidado. ¿Por qué no se mató?
La razón es sencilla, pero al mismo tiempo, tan gloriosa que es necesario meditar seriamente sobre este punto. La verdad es que Job fue un creyente, un creyente en el valor personal y experimental de Dios. Él estimaba más a Dios que todo lo que el mundo podía ofrecerle. Para Job la vida no consistía en los bienes, las amistades, ni en sus relaciones con su familia. Su vida consistía en una sola cosa: Dios. Esto es lo que vemos en Job 1:4–5. Job podía evaluar la situación correctamente porque él había evaluado la vida antes de su aflicción sobriamente, y comprendía lo que tantos nunca han aprendido: la vida no consiste en las cosas que el hombre posee.
Hubiera resultado fácil para Job, un hombre económicamente estable y socialmente popular y aceptado, haber puesto su confianza en sus riquezas, pero no lo hizo. No vio la vida como un estado para adquirir bienes, sino un tiempo para adquirir un conocimiento más íntimo de Dios. No vio el hedonismo como el fin de su existencia, sino que él vio a Dios como el medio y el cumplimiento de su alegría. Él fue un hedonista cristiano que buscaba satisfacerse con la alegría que hay al estar en comunión con Dios. Expresado sencillamente, Job, como Enoc, andaba cerca de Dios porque estimaba a Dios como su mayor Tesoro.
Cuando el primer capítulo de Job inicia, vemos a Job en la presencia del Señor. Este compañerismo con Dios definió su existencia terrenal. Más importante que la comunión de su propia familia fue su tiempo pasado con Dios. Mientras sus hijos celebraban sus fiestas, Job pasaba tiempo con el Señor, rogándole por la salvación de ellos. Él no oraba para cumplir un deber. Dios era el gozo más exquisito de su vida. Igual al salmista que se levantaba para orar, el autor de Job nos dice que él se levantaba muy de mañana para pasar tiempo con Dios. No lo consideraba una obligación. Él anhelaba estar con Dios. Este anhelo era su gozo y él deseaba compartir la grandeza de su Dios con todos que lo rodeaban.
C.S. Lewis dijo que el gozo llega a su expresión máxima al compartir lo que amamos con los demás. Así era Job. Él buscaba oportunidades para compartir las delicias de su corazón. Vemos su gozo en las cosas espirituales en su trato con sus hijos. Él llamaba a sus hijos y compartía la grandeza de este Dios santo con ellos. Les instruía sobre la santidad de Dios y de la importancia de no enojarlo. Les enseñaba que Dios era omnisciente y omnipresente. Aunque la frase latina coram deo no era parte de su vocabulario, Job insistía en que sus hijos vivieran delante del rostro de Dios. Esta instrucción era continua y natural.
Hay una razón que nadie, con la bendita excepción de Cristo, ha sufrido como Job. Esto se debe a la madurez espiritual de este santo. Pocos tienen la relación con Dios que Job tenía. La Biblia nos promete que Dios no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir (1 de Corintios 10:13) y pocos serán probados como Job porque pocos valoran a Dios como él lo hacía. Job perdió todos sus bienes, sus diez hijos en un solo día, su salud, y la comprensión de su esposa porque Dios sabía que Job fue capaz de pasar por esta crisis debido a su relación personal con Él. No fue nada más que esta relación que lo sostuvo a través de estas pruebas.
He conocido a varios cristianos que se han comparado con Job porque ellos sufren. Siempre me ha inquietado la comparación debido a la calidad de su comunión con Dios. Con frecuencia estas personas no son fieles en sus deberes espirituales. Al contrario, son chismosas, críticas, orgullosas, y practican el pecado. Y en medio de su crisis, ellos abandonan la iglesia, la comunión con los santos, y la enseñanza de la Palabra de Dios.
Job no era así. Él amaba a Dios sobre todo. Dios era primordial en su vida, su gran Prioridad. Contemplemos de cerca a Job en su lucha por unos momentos. ¿Qué fue lo central en su conversación con su esposa y sus tres amigos? Nada más que Dios. Siendo Dios el gran Eje de todas sus contemplaciones, toda su conversación giraba alrededor de Él. Nunca fue para él una tentación abandonar a Dios como su esposa, en su propio dolor, le insistía neciamente.
Para tener una perspectiva correcta de nuestras pruebas, necesitamos, como Job hacía, caminar cerca de Dios. Al acercarnos más y más a Él, nuestra cosmovisión será bien formada. ¿Cómo respondió Job ante la situación que él encaró? Dejemos que Job hable por su propia cuenta: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. “
Job evaluó la situación bien porque, como ya hemos visto, él vio la mano de Dios como responsable por lo que le había acontecido, pero más importante aquí es la verdad de que Dios Mismo fue el Tesoro de Job. Él no dijo sencillamente, “Jehová dio, y Jehová quitó.” Estas palabras hubieran expresado la certeza de la soberanía de Dios en las creencias de Job. Él, sin embargo, agregó, “Sea el nombre de Jehová bendito.”
¿Amo los regalos más que al Dador?
Mientras Job había perdido todo–sus bienes, sus ahorros, sus siervos, sus amigos, sus hijos, su esposa, y su salud–él se dio cuenta de que no había perdido su tesoro mayor: Dios. Él amaba más al Dador de las bendiciones que las bendiciones mismas.
Hay tantas personas fuera y, lastimosamente, dentro de la iglesia que ven a Dios como un tipo de Santa Claus omnipotente. Para ellos, la semejanza es poco diferente. Es cierto que no está en el Polo Norte, ni se viste de rojo y se monta en un trineo guiado por renos voladores, pero sí, según ellos, Él ve si nos portamos bien o mal y según nuestra conducta nos regala lo que le pedimos. Cuando reciben buenos regalos, aman a Dios más y afirman que son muy amados por Él. Pero cuando hay escasez de bendiciones físicas, se quejan y dudan del amor de Dios.
Pero, debemos preguntarnos algo: si yo amo a Dios por la misma razón que aman los niños a Santa Claus, ¿es una evidencia de una fe verdadera? ¿Es mi tesoro distinto del tesoro del mundo?
Que seamos honestos aquí. ¿Cómo llamamos al niño en la tienda que insiste con sus padres, en voz alta, con gritos y lágrimas, “Si me amaran, me comprarían esa bicicleta.” Hay dos palabras que llegan a mi mente: malcriado o demonio. Cuando vemos a un niño así, sabemos que no ama a sus padres, ni a sus hermanos, ni a nadie. Su amor es egoísta y diabólico. De igual manera, si nosotros pensamos que la única forma que Dios nos muestra su amor es por medio de sus dádivas, bendiciones, y riquezas terrenales, nos identificamos por ser uno de dos tipos de personas: un hijo malportado en necesidad de mucha disciplina o un hijo de diablo controlado por sus apetitos carnales.
Es obvio lo que valoró Job. No dedicó ni una palabra a la dificultad de haber perdido sus riquezas. No trató de consolarse de decir: “Jehová dio, y Jehová quitó, y Él volverá a dar nuevamente; sea el nombre de Jehová bendito.” Es mi opinión personal que a Job no le importaba recuperar los bienes perdidos. Job se preocupó de una sola cosa: ¿lo había abandonado Dios? Para Job, la idea de que Dios, tal vez, se hubiera distanciado de él, fue un pensamiento que lo atormentaba. En medio de su prueba, él no rogó por la restauración de sus bienes ni tampoco de su salud. Su petición fue sencilla: “Señor, no se aparte de mí” (Job 13:20–21).
Él podría vivir sin las cosas, sin siervos y amigos, sin salud, y hasta sin su esposa–pero no podía vivir ni un momento sin su Redentor. Para Job, lo peor que le podría suceder fue que Dios se escondiera de él.
Estimado amigo, ¿qué es lo que ama usted. en la vida? ¿Dónde está su tesoro, aquí en la tierra o en el cielo? ¿Es Dios su gran Tesoro? Quiero hacerle una prueba, ¿está bien? Si usted pudiera tener todos los bienes: la esposa perfecta, hijos obedientes y exitosos, salud perfecta, la casa de sus sueños, la clase de trabajo que más anhela, y además vivir para siempre aquí en la tierra, ¿le gustaría ir al cielo?
La verdad es que si usted quiere ir al cielo porque es mejor que ir al infierno, temo que no haya conocido de verdad al Señor Jesucristo. Además, si usted prefiere una vida terrenal de bienes, salud y placer, tampoco debe engañarse pensando que posee vida eterna. Para el hijo de Dios, su gloria, belleza, amor, consuelo, perfección, misericordia, y gracia son tan perfectos que no hay nada en este mundo que en verdad satisfaga a la persona que ha saboreado verdaderamente una relación con Él. Si Jesucristo no es su Tesoro en la vida, necesita volver al primer paso y contemplar la realidad de quién es Dios.
Es difícil perder la salud, la vida de los seres queridos, y la estabilidad económica, pero debemos considerar por seriamente la enseñanza de Mateo 13:45–46:
También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.
Quiero destacar unas verdades sencillas aquí. El tema de estas parábolas es quiénes entran en el reino de los cielos. La respuesta no es la persona que tiene muchas perlas, porque la salvación no se compra. Más bien, es la persona que se dispone a vender todo lo que tiene para comprar la perla preciosa. ¿Quién es esta perla preciosa? ¡Nadie más que nuestro Señor Jesucristo! La parábola gemela a ésta en Mateo 13:44 nos cuenta de la actitud de este mercader cuando vende todo para comprar la Perla. No lo hace sin ganas, sino con gozo. “Gozoso por ello va y vende todo lo que tiene.”
Hermano, le pregunto y también me pregunto a mí mismo: ¿Estamos contentos con una sola Perla? ¿Estamos gozosos porque Él nos pertenece y le pertenecemos a Él? ¿Hemos considerado sobriamente el costo de adquirir a Dios? ¿Estamos conscientes de su valor? Si respondemos que sí a estas preguntas, entonces, ¿por qué desmayaríamos en medio de la prueba? Si perdemos a padre, madre, hijos, conyugues, tierras, bienes, trabajo, y salud; seguimos con la Perla preciosa. ¡Nadie nos la puede quitar jamás!
Juan Newton usó en uno de sus sermones una ilustración que nos ayudará aquí. Imagínese, por favor, un hombre que está viajando de una ciudad a otra para tomar posesión de una finca enorme con su mansión lujosa. En la mansión hay obras raras de arte y tapices exquisitos y valiosos. Los pisos son de mármol y los trastes de plata. De repente, su coche se hunde en el barro y este heredero tiene que caminar unos pocos kilómetros en la lluvia para tomar posesión de la propiedad. ¿No le consideraríamos la peor clase de necio si él caminara hacia su mansión, llorando y exclamando, “¡Ay de mí! ¡Mi coche está pegado en el barro y no sé lo que voy a hacer!”
Así son los hijos de Dios que se quejan de sus circunstancias difíciles en el camino para tomar posesión de su herencia eterna.
En resumen, hemos visto que al enfrentar una crisis en nuestras vidas, es menester que veamos a Dios en toda su revelación gloriosa antes de evaluar la situación que nos acontece. Solamente después de haber hecho esta contemplación, podemos ver la situación correctamente, sabiendo que nuestro Tesoro verdadero es Dios. Para cada uno de nosotros, sin embargo, esto es difícil debido a la idolatría en nuestros corazones. Por esta razón, Dios permitirá las pruebas para que veamos que Él es más valioso que todo el oro, plata, y diamantes de este mundo entero.
Preguntas de reflexión
1. Si una persona pasara una semana con usted, ¿qué diría él respecto a sus anhelos y prioridades? ¿De qué habla usted? ¿Qué ocupa su tiempo?

2. ¿Cómo apoya el conocimiento doctrinal una relación con Dios?


3. ¿Cómo revela la tribulación la condición de nuestro corazones? ¿Qué lección podemos aprender de la reacción de Job a su pérdida de bienes, salud, y familia?