miércoles, 21 de mayo de 2014

La misericordia

Dios se propone mostrar una amplísima misericordia a los que se arrepienten. A pesar de su rebeldía y perdición, tiene la intención de abrirles las puertas del reino de los cielos. El discípulo es objeto de una asombrosa misericordia de parte de Dios. Así las cosas, cae por su propio peso que debe, a su vez, mostrar misericordia a los demás.

¿Qué tal se nos da esto de ser misericordiosos? Algunos creyentes, quizás conscientes de lo lejos que están de tener un corazón limpio, tratan las debilidades de los demás con un amplio margen de comprensión y paciencia. Para ellos, lo difícil no es mostrar misericordia, sino mantenerse ellos mismos puros y rectos delante de Dios. Otros, en cambio, tienen menos luchas para vivir en rectitud y pureza, pero les cuesta mucho soportar, y aun entender, a la persona más débil. Les cuesta tener misericordia.

La palabra griega (eleemón) traducida como misericordia equivale al hebreo hesed2, que es una palabra vinculada a la idea de pacto en su uso bíblico. Hesed es la fidelidad o lealtad que Dios muestra a Israel en cumplimiento del pacto, lealtad manifestada, muchas veces, a pesar de su incumplimiento por parte del pueblo. Es, por lo tanto, en torno a la fidelidad y compasión de Dios donde aprendemos lo que es la misericordia. Hesed empieza siendo la lealtad a nuestros compromisos con nuestro prójimo; pero llega a ser algo más: es la perseverancia en ellos a pesar de los disgustos que éste puede proporcionarnos; es la gracia mostrada a personas que no la merecen; y acaba siendo la capacidad de olvidar nuestros derechos, nuestras penas y nuestra manera egocéntrica de vivir, a fin de solidarizarnos con otros y hacer que sus tribulaciones sean nuestras. Es la capacidad de llevar los unos las cargas de los otros y cumplir así la ley de Cristo (Gálatas 6:2).

Si preguntáramos a quiénes debemos mostrar misericordia, la respuesta bíblica sería que mayormente a los de la familia de la fe. Pero, si bien nuestra responsabilidad es mayor cuando se trata de otros creyentes, nuestra misericordia, en realidad, debe extenderse a todos (Gálatas 6:10). De ahí que Cristo no ponga ninguna limitación al alcance de la bienaventuranza, dando a entender que cualquier persona a quien encontramos en nuestro camino es un objeto digno de nuestra compasión (cf. Mateo 5:44–48).

Y si preguntáramos cómo debe manifestarse nuestra misericordia y en qué debe consistir, la Biblia nos llevaría a una serie muy amplia de situaciones en las que la misericordia debe caracterizar nuestras actitudes y nuestro comportamiento. Veamos algunas de ellas:
La caridad hacia el necesitado. La misericordia debe expresarse en un amor que no es sólo teórico o sentimental, sino activo, que se manifiesta en iniciativas y acciones a favor de los necesitados.
En esto conocemos el amor: en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3:16–18).
La misericordia es un amor que entiende, que siente y que actúa en consecuencia para aliviar la necesidad.
Los misericordiosos se compadecen de todos los que sufren, ya de pecado o de pesar; y tiernamente anhelan hacer más pequeños sus sufrimientos3.
A este respecto, recordemos que, aunque no exclusivamente, la Biblia entiende esto de «los necesitados» mayormente en términos de pobreza4. La pobres son los que más necesitan nuestra caridad.
El que desprecia a su prójimo peca, pero es feliz el que se apiada [tiene misericordia] de los pobres (Proverbios 14:21).
El perdón hacia quien nos haya ofendido. La misericordia, sin embargo, no se agota con la caridad. Con frecuencia, las Escrituras asocian la misericordia con el perdón. A este respecto, es interesante considerar la parábola del siervo en Mateo 18:23–35. Allí, la negativa del siervo a perdonar la deuda5 de su consiervo se ve como una falta de misericordia, mientras la generosidad del rey al perdonar la deuda inicial se ve como un gran acto de misericordia: El señor de aquel siervo tuvo compasión [misericordia], y lo soltó y le perdonó la deuda (v. 27). Es difícil perdonar mientras tengamos un alto concepto de nuestra propia rectitud. Pero, cuando el evangelio nos ha convencido de nuestra miseria moral y nos hemos quedado asombrados ante la misericordia y el perdón de Dios, difícilmente podemos negar el perdón a nuestro hermano.
La paciencia para con el inmaduro. El que ha sido (y sigue siendo) objeto de la misericordia de Dios, no se vuelve impaciente con sus hermanos si ellos son lentos en crecer en santidad o torpes en su entendimiento. ¿Desde hace cuánto tiempo lucha Dios con nosotros debido a ciertas actitudes o hábitos que parecemos incapaces de rectificar? A pesar de ello, el Señor nos muestra su paciencia. Espera que nosotros sigamos su ejemplo.
La consolación del afligido. En cuanto a este matiz, nos limitaremos a volver a citar el testimonio de Pablo en 2 Corintios 1:3–4:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación6, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.
La disposición de escuchar al angustiado, dedicarle tiempo e identificarnos con él. En este sentido, el ejercicio de la misericordia presupone el sacrificio de tiempo, recursos y energía.
Esto es precisamente lo que la mayoría de las personas ni siquiera procuran hacer. Están tan preocupados con sus propios sentimientos que no tienen tiempo ni energías disponibles para preocuparse por los sentimientos de los demás. Cuando sienten pena por alguien es, por así decirlo, desde afuera; no hacen el esfuerzo deliberado por identificarse en mente y corazón con la otra persona hasta ser capaces de ver y sentir las cosas tal como ella las ve y las siente7.
Aquí hay dos errores en los que podemos caer. El primero consiste en vivir tan egoístamente que ni siquiera nos preocupamos por los demás. El otro es mucho más sutil: preocuparnos por los demás, no por un amor sincero, sino utilizándolos como nuestro «ministerio» y razón de ser. Hay personas que dedican un enorme esfuerzo a arreglar las situaciones de los demás, pero lo que les mueve a ello no es la gloria de Dios, ni siquiera la necesidad del otro, sino su propia necesidad de sentirse realizadas. Esto enlaza con la idea siguiente…
La auténtica bondad. Auténtica porque muchas de nuestras buenas obras arrancan de motivos egoístas. Hacemos bien para que nos hagan bien. Pero la misericordia que vemos en Dios es más generosa. Así debe ser la nuestra. Debemos hacer el bien a los que no pueden —y aun a los que no quieren— devolver el favor; hacer el bien por puro amor, no por interés. También hacer el bien intentando entender la verdadera situación del otro. Hemos de adquirir la capacidad de situarnos al lado del afligido, ver las cosas desde su punto de vista, compartir sus penas, sufrir con él y, por lo tanto, aplicar remedios acertados, no los que podrían parecer convenientes desde una óptica lejana y poco comprometida.

Todo esto presupone una profunda obra de la gracia de Dios en nosotros. Es cierto que el incrédulo es capaz de mostrar mucha misericordia en momentos determinados8. Pero mostrarla en todo momento, a toda persona y con todos estos matices es otra cosa. Aprender a hacer bien hasta a nuestros enemigos es imposible para los que no han sido regenerados y, aun para éstos, significa un largo y difícil aprendizaje. 


martes, 20 de mayo de 2014

La familia cristiana

EL HOGAR CRISTIANO ES
UNA UNIDAD ESPIRITUAL

Someteos unos a otros en el temor de Dios.
Efesios 5:21
      La familia (es decir, la casa, que consta de padres e hijos, con la adición de parientes, amigos y sirvientes o sin ella) es la más antigua y básica de las instituciones humanas. La Biblia destaca su importancia como unidad espiritual y lugar de adiestramiento para la adquisición de una personalidad adulta madura.

La familia tiene una estructura interna de autoridad según la cual el esposo es líder de la esposa, y los padres son líderes de los hijos. Todo liderazgo es una forma de ministerio, y no de tiranía, por lo que estos papeles domésticos de liderazgo deben ser cumplidos con amor (Efesios 5:22; 6:4Colosenses 3:18–21; 1 Pedro 3:1–7). El cuarto mandamiento exige que sea el cabeza del hogar el que guíe a toda su familia en la guarda del día de reposo; el quinto les exige a los hijos que respeten a sus padres y se sometan a ellos (Éxodo 20:8–12; Efesios 6:1–3). Jesús mismo dio ejemplo de ello (Lucas 2:51). Más tarde, se opuso firmemente a ciertos gestos de supuesta piedad que eran en realidad evasiones de la responsabilidad hacia los padres (Marcos 7:6–13), y su último acto antes de morir, fue asegurarle el futuro a su propia madre (Juan 19:25–27).

La familia debe ser una comunidad donde se enseñe y aprenda acerca de Dios y de la santidad. Se debe instruir a los hijos (Génesis 18:18–19; Deuteronomio 4:9; 6:6–8; 11:18–21;Proverbios 22:6; Efesios 6:4) y se les debe exhortar a tomarse en serio esa instrucción como base para la vida (Proverbios 1:8; 6:20). La disciplina, que significa un adiestramiento directivo y correctivo, es necesaria para sacar a los hijos de las necedades infantiles y llevarlos a una sabiduría llena de dominio propio (Proverbios 13:24; 19:18; 22:15; 23:13–14; 29:15, 17). Así como hay una disciplina amorosa y resuelta en la familia de Dios (Proverbios 3:11–12;Hebreos 12:5–11), también la debe haber en la familia humana.

La familia debe funcionar como una unidad espiritual. La Pascua del Antiguo Testamento era una ocasión familiar (Éxodo 12:3). Josué estaba sentando un ejemplo cuando dijo: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). Los hogares se convirtieron en las unidades de consagración cristiana en los tiempos del Nuevo Testamento (Hechos 11:14; 16:15, 31–33; 1 Corintios 1:16). El que un candidato sirviera para un cargo en la iglesia se decidía observando si sabía llevar bien su casa (1 Timoteo 3:4–5, 12; Tito 1:6).


La edificación de una fuerte vida familiar debe constituir siempre una prioridad en nuestro servicio a Dios.