sábado, 7 de junio de 2014

Dios con José

INTRODUCCIÓN: Dios había prometido a Abraham estar con él lo mismo a Isaac y a Jacob. Y cada vez que ha dado alguna comisión difícil a un siervo suyo, le ha asegurado su compañía. Así a Moisés a Josué, a Pablo, a los apóstoles. Debiéramos darnos cuenta de nuestra necesidad de la compañía divina, y procurarla. Dios estuvo con José:
I. En la hora de la aflicción
Descríbase su aflicción al ser vendido por sus hermanos, y más tarde al ser calumniado y puesto en la cárcel. Pudo por algún tiempo creer que Dios lo abandonaba, pero fue con él en cada caso.
1. Consolándolo.
2. Sosteniéndolo.
3. Manteniendo su esperanza.
Dios está siempre cerca de los afligidos. Tiene para ellos palabras consoladoras y promesas que alientan. Algún día llegará en que necesitaremos su compañía por este concepto. ¿La tendremos?
II. En la hora del trabajo
1. José fue bendecido en su trabajo (39:3). Lo mismo en la casa de Potifar que en la cárcel (v. 22), y más tarde cuando fue gobernador de Egipto.
2. Fuerza, ánimo, sabiduría, buen éxito son las bendiciones que asegura la presencia del Señor con nosotros. Si estamos haciendo la obra que Dios nos señala, contestará la oración que está expresada en Sal. 90:17.
III. En la hora de la tentación
1. La tentación de José: una de las más comunes en la juventud. José podía haber hallado disculpa, si hubiera cedido. Pero nunca dejó de temer a Dios. Creía que tal pecado era no solo contra su pureza personal, sino una traición a la confianza de su amo, y un pecado contra Dios.
2. Acusado, no quiso defenderse. Dejó el asunto en manos de Dios. Quien cultiva la compañía de Dios estará preparado para la hora de la tentación.
IV. En la hora de la exaltación
Es cuando muchos pierden la cabeza, llenándose de vanidad, ejerciendo venganzas, enriqueciéndose. Veamos lo que hizo José:
1. Honró a Dios ante Faraón.
2. Usó su poder para bien de toda la nación.
3. Reconoció y perdono a sus hermanos.
4. Conservó hasta el fin de su vida su religión y la esperanza de su pueblo.
Una vida con Dios:
a) Es usada para la realización de los altos fines de la Providencia.
b) Es una vida llena de satisfacción.
c) Es una vida victoriosa.
d) Es una bendición para los demás.

CONCLUSIÓN: dejemos, pues, que Dios nos acompañe.


viernes, 6 de junio de 2014

¡Felicidades MICED!


Ministerio Interdenominacional Cristiano
de Evangelización y Discipulado

21 años de fundado

Gracias...


jueves, 5 de junio de 2014

Cambios dentro del cristianismo

No creo que seamos los últimos cristianos, como a veces se dice, pero es muy posible que el pluralismo actual termine con la manera de ser cristiano que ha venido caracterizando a muchos creyentes hasta ahora. Algunos sociólogos católicos creen que el cristianismo convencional se va a terminar (González–Carvajal, 2000). El hecho de ser miembro de una iglesia por tradición familiar, asistir con más o menos regularidad a sus servicios religiosos, creer que tales prácticas y costumbres son buenas e incluso verdaderas, pero no experimentar jamás una relación personal con Dios a través de Cristo, no leer casi nunca la Biblia, ni meditar en ella, ni intentar aplicarla a la propia vida, esto es lo que probablemente se va a acabar con el pluralismo de la globalización. El convencionalismo que ha venido caracterizando al cristianismo institucional, no sólo a la Iglesia de Roma sino también a las principales denominaciones protestantes, que proporcionaba al creyente en ciertos países una sensación de seguridad y protección ya que casi todos sus compatriotas profesaban la misma fe, es lo que se va a extinguir durante este tercer milenio. Esa religiosidad cómoda que habría todas las puertas y facilitaba todos los caminos, va a desaparecer en medio de la actual selva ideológica.

Los cristianos de los primeros siglos, desde luego, no tuvieron este problema. Entre ellos no había creyentes convencionales ya que no hubieran podido subsistir en medio de un mundo hostil a la fe cristiana que en muchas ocasiones se cobraba vidas humanas. Las frecuentes persecuciones hacían que los seguidores de Cristo fueran personas verdaderamente comprometidas con su fe. Pero después, durante los siguientes siglos, fue apareciendo cada vez con mayor intensidad la práctica religiosa fácil, poco comprometida, socialmente beneficiosa y convencional. Seguramente la mayor parte de los cristianos actuales no volverán a padecer el mismo tipo de persecución física que sufrieron sus predecesores a principios del primer milenio, pero sí se tendrán que enfrentar a la dispersión del cristianismo en medio de un mundo plural.

De alguna manera esto podría ser como en el primer siglo. Cuando el apóstol Pedro escribiendo en su primera epístola dice: “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia,…” (1 P. 1:1), se está dirigiendo a los cristianos que habían experimentado la diáspora y se habían dispersado por el mundo. También hoy los creyentes somos extranjeros en nuestra propia tierra porque estamos rodeados de personas que no conocen el Evangelio de Jesucristo. Gente agnóstica, atea o que profesa cualquier religión oriunda de lejanas tierras. Los misioneros cristianos ya no necesitan viajar a lugares exóticos pues el campo de misión empieza al cruzar la puerta de su casa y salir a la calle. La globalización nos obliga a vivir una auténtica diáspora espiritual en medio del pluralismo religioso de nuestra misma ciudad.

Por desgracia, esta pluralidad ideológica ha contribuido también a que la religión se recluya en el círculo de lo privado. Es como si la competencia entre creencias hubiera vuelto tímidos a los creyentes. Como si hablar públicamente de las propias convicciones se considerara algo de mal gusto y hasta una falta de educación. Resulta difícil detectar a los cristianos porque las evidencias que antes los delataban, hoy han desaparecido por completo. El estilo de vida, el comportamiento, los hábitos, el lenguaje, los anhelos, el tiempo de ocio, etc., ya no sirven para distinguirlos como antes. No hay diferencia externa entre creyentes y no creyentes. La religión ha entrado a formar parte sólo del ámbito personal, íntimo o familiar pero huye de cualquier exteriorización. Es lo que Th. Luckmann ha denominado la “privatización de la religión” (Mardones, 1996: 115). Esto hace que la fe se torne absolutamente “invisible” en la sociedad y se entienda como una forma de pensar y no como una manera de actuar, de vivir o de dar testimonio.


Pero, a su vez, la privatización del sentimiento religioso conduce hacia un individualismo del creyente que tiende a alejarse tanto de las demás personas que no profesan su misma fe, como de la propia institución religiosa a la que pertenece. Se avanza así hacia una práctica religiosa en la que el protagonista principal es el propio individuo y no la Iglesia, la misión evangelizadora o la relación con los otros hermanos en la fe. Si bien es cierto que el cristiano necesita tener una relación personal con Cristo, esto no significa que deba caer en el individualismo espiritual o en el egoísmo de no querer compartir el Evangelio con el prójimo. El principal peligro de caer en esta situación es el de la propia fractura de la persona pero también el de hacer estéril el mensaje de la salvación. No es extraño que ante el incremento de tales actitudes proliferen también todo tipo de errores doctrinales y de comportamientos contrarios a la Palabra de Dios. Actualmente en el seno del mundo protestante, por ejemplo, están surgiendo tendencias que pueden dificultar o incluso impedir que se dé el testimonio evangélico auténtico. Hasta cierto punto, es lógico que los enemigos de la fe planteen batalla al cristianismo. Siempre ha sido así y probablemente siempre lo será. Pero lo que resulta inaudito es que dentro mismo del pueblo de Dios abunden, cada vez más, quienes dificultan la extensión del reino mediante sus ideas o su comportamiento equivocado.



miércoles, 4 de junio de 2014

El retorno de la religión

La mundialización ha traído de la mano un fenómeno singular. Por primera vez en la historia es como si muchas personas fueran capaces de vivir sin religión y, lo que es mucho peor, sin Dios. En algunos ambientes, Dios parece estar tan muerto que ni siquiera de su muerte se habla. Se le ha sustituido por los nuevos dioses de la computadora y el ocio vacacional. Lo triste y, a la vez, trágico de esta situación de olvido de lo religioso es que puede convertir a este hombre incrédulo del tercer milenio en un bárbaro espiritual, en una especie de mutante incapacitado para la reflexión trascendente y para poder elevar los ojos sobre el horizonte del sentido de la vida y de la fraternidad humana. Se trata de un asunto delicado capaz de ensombrecer el futuro y que, desde luego, entristece a la cristiandad y le plantea un reto muy especial. No obstante, la historia ha demostrado suficientemente que aunque el hombre sea capaz de vivir y organizar el mundo sin Dios, en realidad, sin él sólo puede organizarlo contra el propio ser humano. Todo humanismo que se aleja de Dios es en el fondo un humanismo inhumano. ¿Puede el hombre seguir siendo hombre si se amputa voluntariamente su dimensión espiritual? ¿no corre el riesgo de degenerar hacia una animalidad con más o menos ingenio?

A pesar de esta indiferencia hacia la religión que se detecta en ciertas regiones de nuestro globalizado planeta, lo cierto es que paradójicamente la religiosidad no está desapareciendo. Más bien está experimentando una transformación. No sólo existen otras zonas donde el cristianismo y el fervor religioso general aumenta de día en día, como Latinoamérica, África o el sudeste asiático, sino que también en el seno de las naciones donde existe mayor increencia, como pueden ser ciertos países europeos, se produce asimismo la proliferación de algunas formas religiosas, más o menos libres, que buscan en lo oculto, en la ciencia o la sanidad, en el culto al cuerpo, la naturaleza, la política, el deporte, la música o el voluntariado, el sentido profundo de la vida humana (Cruz, 1997). Y es que el ser humano es incapaz de vivir sin creer en algo que le llene y satisfaga su anhelo espiritual. El mito moderno de Comte acerca de que la religión desaparecería con la arribada del estado científico se ha demostrado hoy completamente falso. La religión puede cambiar e incluso confinarse en el ámbito de lo privado, pero no desaparece con la globalización.

No obstante, este fenómeno postmoderno del resurgir religioso conduce de manera inevitable a la filosofía del pluralismo. Es decir, a la creencia de que no puede existir ninguna religión universal o absoluta que sea la única verdadera y que a la salvación puede llegarse por diferentes caminos. Por tanto, todas las religiones serían válidas para elevar espiritualmente al ser humano y todas merecerían el mismo respeto. Partiendo de tales planteamientos es fácil comprender por qué en la actualidad proliferan las religiosidades a la carta que toman un poco de cada tradición para fabricar un variado menú religioso. En España, por ejemplo, la quinta parte de los que se declaran católicos dicen creer también en la reencarnación. Pero además, el 14% de los ateos afirman su fe en Dios o celebran la primera comunión de sus hijos mediante un rito civil. Esta religión pastiche, “patchwork”, cóctel o “kitsch”, es capaz de mezclar al Dios bíblico sin juicio final, por supuesto, con los últimos logros de la tecnología científica, al estilo postmoderno de la “new age”. La psicología profunda se amalgama con un ecumenismo global y se aliña con amuletos, cartas astrales o esoterismo barato.

En realidad, esta situación actual es muy parecida a la que imperaba en la Grecia de los días de Pablo. En efecto, según relata el evangelista Lucas en su libro de los Hechos de los Apóstoles, el espíritu del apóstol se enardecía al ver la ciudad de Atenas entregada a la idolatría (Hch. 17:16). Al parecer aquellos atenienses buscaban ansiosamente las novedades filosóficas y religiosas. El comportamiento de Pablo ante semejante pluralismo religioso constituye un claro ejemplo acerca de cómo debemos actuar también hoy los cristianos del tercer milenio. Detectó cuál era el principal problema de aquella gente. A pesar de tener muchos dioses, en realidad, no conocían al Dios verdadero. Les habló acerca del único creador del universo que no hacía acepción de personas. En su discurso llegó hasta la resurrección de Jesucristo y aquí fue cuando algunos de sus oyentes se empezaron a desentender del tema, ya que las creencias griegas consideraban que el cuerpo material era algo malo mientras que sólo el alma era la parte buena del ser humano. No podían concebir una religión que creyera en la resurrección de los muertos porque ¡cómo iba el alma, una vez liberada del cuerpo, a introducirse de nuevo en un cuerpo material, aunque fuera glorificado! Esto supuso un inconveniente para algunos, sin embargo, según afirma el texto, otros creyeron y se unieron a Pablo.

Siempre habrá personas que choquen intelectualmente con el milagro de la resurrección de Jesús, pero también habrá otras que abrirán de par en par su alma y la fe les permitirá asirse a las promesas del Hijo de Dios. El pluralismo religioso actual así como el relativismo de creer que no existe la verdad absoluta, aunque puedan suponer un serio problema para la evangelización, no serán capaces de acabar con el cristianismo, como en ocasiones se afirma, por la sencilla razón de que ninguna otra creencia de los hombres es capaz de producir vida en abundancia o de levantar un cadáver de su tumba. Por eso, la misión del cristiano en la globalización es, como ha sido siempre, seguir dando testimonio de su fe en Jesucristo.


martes, 3 de junio de 2014

El líder cristiano en un mundo global

¿Cómo es posible definir hoy el perfil del dirigente cristiano que debe pastorear al pueblo de Dios en medio de un mundo globalizado? ¿qué patrones se pueden establecer para diseñar un liderazgo eficaz en plena era de la mundialización? Si se recuerda la acertada cita de Umberto Eco acerca del apóstol Pablo como prototipo de hombre que vivió también, durante el primer siglo, inmerso en un incipiente proceso de globalización, quizás pueda intuirse cuáles deberían ser las principales características del creyente y del líder cristiano en la actualidad (ver p. 499). Debemos recuperar a Pablo, tomarlo como modelo de cristiano comprometido con la causa del Evangelio y aplicar los mismos principios que él empleó a la hora de comunicar el mensaje de Jesucristo.
Los principios paulinos aplicables al liderazgo cristiano eficaz en el mundo de hoy son numerosos. Desde su decidida visión de futuro (“prosigo al blanco”), o su sincera dependencia de Dios (“todo lo puedo en Cristo que me fortalece”) y hasta su vocación intercesora (“haciendo memoria de vosotros en mis oraciones”), abundan los ejemplos de cualidades paulinas que podrían estudiarse. Sin embargo, es oportuno resaltar cinco de estos importantes principios que están claramente relacionados con el tema del testimonio del creyente en la presente era de la información y que pueden ser útiles para comunicar con éxito el mensaje evangélico. En primer lugar, es menester recuperar la simplicidad con que Pablo predicaba la doctrina de la salvación:
“Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; más nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co. 1:23).
Así de simple es el mensaje del Evangelio. Sin embargo, a veces se complica la predicación y se recarga de adornos innecesarios, que pueden ser en sí mismos muy buenos, pero que no forman parte de la esencia original del mensaje cristiano. Lo grave es que en ocasiones tales complementos llegan a adquirir más importancia que el propio mensaje. Los griegos de la época de Pablo no fueron los únicos en demandar sabiduría humana. Más tarde, durante la Edad Media, la teología escolástica católica adoptó también la filosofía griega de Aristóteles y se creó una amalgama que fusionó la revelación bíblica con determinados conceptos filosóficos para especular acerca de la verdad. Cuando se lee, por ejemplo, a Tomas de Aquino es posible comprobar hasta qué punto la escolástica pretendió convertir el agua de la filosofía helenista en el vino de la teología cristiana. Por desgracia, lo que ocurrió fue más bien lo contrario, el vino se transformó en agua.
En nuestros días y en determinados círculos protestantes se está cayendo en el extremo opuesto. Si los judíos del tiempo paulino pedían señales, en la actualidad muchos líderes cristianos, en su afán por atraer a la gente, se dedican también a anunciar campañas de señales y milagros en vez de predicar “a Cristo crucificado”. No debe olvidarse que éste no es el objetivo principal del predicador cristiano. Dios tiene poder para dar salud y vida en abundancia como quiera y cuando lo desee. No precisamente en el momento en que nosotros se lo exijamos. La sanidad física y el poder sobrenatural de Dios es susceptible de actuar en el mundo de hoy y es capaz de ayudar ocasionalmente a la predicación del Evangelio, como ayudó a Jesús y a sus discípulos. Pero no constituyen el objetivo principal de la predicación cristiana. En la Biblia tenemos ejemplos de situaciones en las que el propio Maestro tuvo que prohibir a sus discípulos que hicieran publicidad de los milagros que él realizaba, porque no quería que la gente le siguiera por sus prodigios de manera egoísta.
Tampoco es misión del líder cristiano ir por el mundo convocando a Satanás para pelear con él, como si se tratase de un reto pugilístico de los pesos pesados. Ciertos sectores del protestantismo actual padecen un exceso de mercenarios espirituales dispuestos a batirse en duelo, a entablar batallas o guerras espirituales con el príncipe de las tinieblas para así liberar ciudades, montañas, monumentos o derribar fortalezas espirituales que nunca nadie ve caer. Muchas veces este tipo de espectáculos sólo sirve para ridiculizar el Evangelio de Jesucristo ante la opinión pública. Es verdad, que el creyente debe enfrentarse con todas sus fuerzas a Satán a lo largo de su vida, como hizo repetidamente el Señor Jesús. Pero esta lucha personal e íntima no debe convertirse en un espectáculo de masas, ni debe jamás transformarse en una obsesión que nos esclavice o en el único objetivo de la predicación evangélica.
El diablo fue derrotado por Cristo en la mismísima cruz del Calvario y tiene mucho menos poder del que por desgracia se le atribuye. Lo único que le queda es la mentira, él sigue siendo el “príncipe de la mentira” y es capaz de hacer creer a la gente que Dios no existe o que Jesús no es el Hijo de Dios. Lo puede hacer de mil maneras distintas. Por eso nuestra misión es desenmascararlo abriendo los ojos de las criaturas para que descubran la mentira en la que viven. De ahí que la misión primordial del líder cristiano sea mucho más simple de lo que a menudo se imagina: predicar “a Cristo, y a éste crucificado”.
El segundo principio paulino consiste en recuperar la doctrina cristiana de la resurrección de los muertos:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. […] Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1 Co. 15:20, 54).
El tema escatológico que apunta hacia el futuro y viene a satisfacer la curiosidad humana acerca de lo que ocurrirá mañana, ha sido y continúa siendo también uno de los grandes favoritos de predicadores y escritores evangélicos. Lamentablemente, hay que decir una vez más que en demasiadas ocasiones lo que se hace no es una escatología bíblica seria, sino una “escatología ficción” que especula constantemente y se aleja de una correcta interpretación del texto bíblico. Se juega con la idea del rapto, la gran tribulación, aquello que acontecerá a los que se queden cuando los elegidos se vayan, quién será más terrible si la bestia, el falso profeta o el anticristo e incluso qué personaje histórico tiene más posibilidades de encarnar cada uno de estos roles. No obstante, el apóstol Pablo no participó nunca de este juego de especulación escatológica. Según su opinión, éste no era un tema importante para la predicación del Evangelio.
La principal inquietud que atenazaba a sus contemporáneos era muy similar a la que preocupa hoy a los hombres y mujeres del siglo XXI. En aquel tiempo, igual que en éste, lo que a la gente le interesaba no era saber quién sería el anticristo, sino cómo enfrentarse a la trágica realidad de la propia muerte. Y Pablo les responde con un mensaje escatológico tan simple como contundente: ¡no temáis, hay esperanza! Los que creen en Jesucristo ya no tienen motivos para seguir especulando acerca del futuro porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. Igual que le ocurrió a él, nos ocurrirá también a nosotros. El fue la primicia que germinó la Vida de las mismas entrañas de la Muerte. Todos aquellos que creen en su nombre pasarán por la puerta que el abrió de par en par hacia la Vida. Por tanto, el futuro del creyente es claro, la reunión final con Cristo, bien sea en la vida o en la muerte, pero siempre a través de la resurrección. El principal mensaje paulino acerca del futuro que nos espera es, paradójicamente, una mirada al pasado: la tumba vacía de Jesús. Tal es también el mensaje que necesita oír el hombre de nuestro tiempo.
La tercera proposición es recuperar la perspectiva multicultural de Pablo. En su epístola a los colosenses, hablándoles sobre la necesidad de abandonar el viejo hombre con sus vicios y revestirse del nuevo que se va renovando, les dijo:
“… donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.” (Col. 3:11).
Vimos anteriormente que la globalización actual es un proceso que conlleva a menudo serios desequilibrios económicos, culturales y sociales que pueden resultar difíciles de solucionar. Hay ganadores y perdedores, beneficiados y perjudicados, por eso la actitud de la Iglesia debe ser la lucha pacífica contra todo tipo de exclusión, así como contra la insolidaridad y el individualismo egoísta. Pablo ofrece una definición cristiana clara y contundente de su perspectiva multicultural en una mundialización solidaria. La Iglesia de Jesucristo no debe convertirse en un ghetto, ni participar en luchas étnicas o raciales, ni suscribir nacionalismos excluyentes. Si la comunidad cristiana realmente cree que “Cristo es el todo, y en todos”, entonces tiene que actuar para que los desequilibrios entre el Norte y el Sur se vayan reduciendo, para que se respeten las identidades culturales y todos los seres humanos del planeta recuperen la dignidad con la que fueron creados por Dios.
En cuarto lugar, hay que recuperar la visión unitaria del pueblo de Dios que sostenía el apóstol Pablo. Recordando el texto anterior en el que el apóstol de los gentiles hace un llamamiento a la unidad de todos los cristianos en Cristo Jesús:
“Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo soy de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co. 1:12).
Es cierto que el término “ecumenismo” no está muy bien visto en los círculos evangélicos, tanto de España como de Latinoamérica. Su simple mención recuerda pactos de unidad incondicional con la Iglesia Católica y esto suele estar muy mal visto. Estoy de acuerdo en que la unión total entre católicos y protestantes para crear una sola institución eclesial no será nunca una realidad. Básicamente porque sostenemos con Roma diferencias teológicas y doctrinales muy serias a las que no podemos ni estamos dispuestos a renunciar. Sin embargo, no creo que estas obvias diferencias deban conducirnos a perder de vista la realidad plural del cristianismo contemporáneo. A la hora de evangelizar en un mundo global o de defender ante la opinión pública los valores cristianos, hemos de ser conscientes de que estas diferencias que para nosotros pueden ser importantes, para el hombre de la calle cada vez son más insignificantes.
Por otro lado, la beligerancia evangélica contra el catolicismo, que en el pasado pudo ser beneficiosa e incluso llegó a convertir la evangelización en una simple crítica de los errores de la teología católica, hoy está dejando de tener sentido porque la Iglesia Católica está cambiando. Su apertura a la lectura de la Biblia y a la esencia del Evangelio es mayor cada vez y sus técnicas de evangelización se parecen cada vez más a las nuestras. Pero es que además, sus posibilidades para adaptarse rápidamente a las exigencias de la globalización son también mayores que las nuestras, ya que ellos continúan apareciendo como un solo bloque, mientras que el protestantismo está dividido en múltiples grupúsculos, con la pretensión por parte de cada uno de ellos de ser la “única iglesia verdadera”, exclusiva y excluyente, ya que estaría en posesión de la verdad. Creo que esto debería llevarnos a la reflexión serena y desapasionada; a unirnos, no con Roma, sino entre los distintos grupos cristianos y familias evangélicas; a trabajar mucho más unidos y a desestimar las diferencias marginales que, en realidad, son mucho más pequeñas y menos importantes de lo que se pretende. Si el cristianismo del tercer milenio no enfrenta unido a la globalización, no va a tener nada que hacer frente a ella.
El cristianismo es plural. Lo era ya en tiempos de Pablo y lo sigue siendo en la actualidad. Seguramente ha sido así porque así ha querido el Señor que lo fuera. Y quizás sea en esta pluralidad donde la fe cristiana encontrara toda su fuerza. Es posible que haya sido esta pluralidad la que le ha permitido adaptarse y subsistir frente a todo tipo de circunstancias adversas. Pero pluralidad no es sinónimo de antagonismo, sino todo lo contrario. La pluralidad debe conducir al respeto mutuo y a la colaboración en la causa común, desde la perspectiva particular. La pluralidad desautoriza todo exclusivismo y deslegitima la descalificación de los demás.
Esa tendencia errónea a creer que en el más allá estaremos sólo nosotros, no coincide en absoluto con la visión del apóstol Juan quien vio una multitud de hombres y mujeres vestidos con ropas blancas, pertenecientes a toda nación, tribu, pueblo y lengua. El texto bíblico no habla de “denominaciones”, ni de “confesiones”, sino que asegura que los salvos son aquellos cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida y han sido lavados por la sangre del Cordero. No dice nada de figurar en el libro de registro de una iglesia, confesión o denominación concreta. Por fortuna, el Libro de la Vida no depende de nosotros, depende de Jesucristo, y como enfatiza el apóstol Pablo, “Cristo no está dividido”.
Por último, deberíamos también recuperar la cosmovisión de Pablo acerca del señorío de Cristo:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, […] Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; […] así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col. 1:16, 17, 20).

Según estas palabras, la redención no es sólo para las personas sino también para toda la creación. Y si es así, la misión de la Iglesia en el mundo no es una misión limitada exclusivamente a la salvación de los individuos. Es una labor global que obliga a salir del ostracismo congregacional para conquistar el mundo entero. La misión de los cristianos debe alcanzar también todas las áreas de la cultura: las artes, las ciencias y las letras para la gloria de Jesucristo. La misión del líder cristiano no es averiguar quien será el anticristo, sino predicar el Evangelio de la cruz y tratar de ganar todo el mundo para Jesús. Sólo así será posible transformar la globalización salvaje y excluyente en una globalización del amor. 



domingo, 1 de junio de 2014

Koinonia, koinonein, koinonos

(κοινωνία, κοινωνέω, κοινωνός)
EL COMPAÑERISMO CRISTIANO
En el NT hay un nutrido grupo de palabras que está relacionado con la idea básica de “compañerismo”. Una de tales palabras es koinonia. En el griego clásico, koinonia significa asociación o consorcio. Platón se refiere a la koinonia de las mujeres con los hombres para la “co-educación”. Koinonia humana es el equivalente griego de sociedad humana. La palabra también se usa para expresar la idea de comunidad. Platón dice: “Ha de haber cierta koinonia entre el placer y el dolor.” En el griego posterior, se utilizaba koinonia como lo opuesto a pleonexia, que es el espíritu a quien la codicia tiene fuera de sí. Koinonia es el espíritu de generosa coparticipación contrastado con el espíritu de codicioso egoísmo. En el griego coloquial contemporáneo del NT, koinonia tiene tres significados distintivos. (a) Significa, muy comúnmente, “sociedad comercial”. En un papiro, cierto individuo habla de su hermano “con quien no tengo koinonia”, i.e., relaciones comerciales. (b) Se usa especialmente respecto del “matrimonio”. Dos personas se casan para tener koinonia, i.e., para vivir juntas y compartirlo todo. (c) Se utiliza respecto de las relaciones de un hombre con Dios. Epicteto habla de la religión como la “aspiración a tener koinonia con Zeus”. Así, en el griego secular, koinonia se usa para expresar una íntima relación entre las gentes. En el NT, koinonia se encuentra unas dieciocho veces. Cuando examinemos a qué ideas está ligada, veremos cuán ancho y largo es el compañerismo que debe caracterizar a la vida cristiana.
(I) En la vida cristiana hay una koinonia que significa “compartimiento de la amistad” y perseverancia en la compañía de los demás (Hch. 2:42; 2 Co. 6:14). Es interesante observar que esa amistad se basa en el común conocimiento del contenido del mensaje cristiano (1 Jn. 1:3). Sólo aquellos que son amigos de Cristo pueden ser verdaderos amigos entre sí.

(II) En la vida cristiana hay una koinonia que significa “compartimiento práctico” (de lo que se tenga) con los menos afortunados. Pablo usa tres veces la palabra con relación a las colectas que, de parte de sus iglesias, llevó a los santos pobres de Jerusalén (Ro. 15:26; 2 Co. 8:4; 9:13; cf. He. 13:16). El compañerismo cristiano es práctico.

(III) En la vida cristiana hay una koinonia que es “comunión en el evangelio de Cristo” (Fil. 1:5). Pablo da gracias por la comunión de los filipenses en la obra del evangelio.

(IV) En la vida cristiana hay koinonia “en la fe”. El cristiano no es un elemento aislado, sino un integrante de la comunidad creyente (Ef. 3:9).

(V) En la vida cristiana hay “compañerismo (koinonia) en el Espíritu” (2 Co. 13:14; Fil. 2:1). El cristiano vive en la presencia, compañía, ayuda y guía del Espíritu.

(VI) En la vida cristiana hay koinonia “con Cristo”. Los cristianos son llamados a la koinonia de Jesucristo, el Hijo de Dios (1 Co. 1:9). Ese compañerismo se encuentra principalmente en la Eucaristía (1 Co. 10:16). La copa y el pan son, supremamente, la koinonia del cuerpo y de la sangre de Cristo. En la Eucaristía, sobre todo, los cristianos encuentran a Cristo y se encuentran entre sí. Además, compañerismo con Cristo es participación en sus sufrimientos (Fil. 3:10). Cuando el cristiano sufre, en medio de su aflicción, tiene el gozo de saber que participa en todo lo que es de Cristo.

(VII) En la vida cristiana hay koinonia “con Dios” (1 Jn. 1:3). Pero nótese que ese compañerismo está éticamente condicionado, pues no es para los que han escogido andar en tinieblas (1 Jn. 1:6).

Koinonia es lo que liga a los cristianos unos con otros, con Cristo y con Dios.

Hay otras dos grandes palabras del NT, afines a koinonia, que debemos considerar. Una de ellas es koinonein. En el griego clásico, el verbo koinonein significa “tener parte en algo”. Se usa, por ejemplo, respecto de dos personas que tienen todas las cosas en común y respecto de “ir a partes” con alguien, i.e., de tener “relaciones comerciales” con ese alguien. Se utiliza con referencia a “compartir la opinión” de otra persona, lo que implica estar de acuerdo con ella. En el griego contemporáneo de los papiros, koinonein tiene tres significados principales. (a) Significa tomar parte con alguien “en una acción”. Por ejemplo, cuando las autoridades no pueden arrestar a los malhechores, llegan a la conclusión de que hay personas que los amparan, y, por tanto, que estas personas “participan” en las fechorías de los delincuentes. (b) Se usa con respecto a algo en lo que participamos todos. Así, por ejemplo, se dice que todos los hombres “participan” en la naturaleza humana. (c) Se utiliza respecto de compartir la “vida”. Un médico dedicó una lápida a su esposa, que había ejercido con él, en estos términos: “Compartí mi vida solamente contigo”.

Cuando vamos al NT, una y otra vez apreciamos cuán amplio es el compartimiento cristiano. (a) Todos los hombres participan en la “naturaleza humana” (He. 2:14). Hay una cierta comunidad entre los hombres, simplemente en virtud del hecho de ser hombres. (b) Los cristianos comparten las “cosas materiales” (Ro. 12:13; 15:27; Gá. 6:6). Es interesante destacar que de las ocho veces que koinonein aparece en el NT, cuatro de ellas tienen que ver con la enseñanza práctica. Ningún cristiano puede disponer de mucho mientras otros tienen demasiado poco. (c) Se usa con referencia a tomar parte en “una acción” (1 Ti. 5:22). Somos compañeros los unos de los otros y, todos, de Dios. (d) Se utiliza respecto de compartir “una experiencia” (1 P. 4:13). El hombre que padece a causa de su fe, en ese mismo padecimiento, participa en la experiencia de Jesucristo.
Koinonos, en el griego clásico, significa compañero, socio o copropietario. En los papiros, koinonos llegó a ser la palabra más usada para significar al asociado a un negocio. Por ejemplo, cierto Hermes hace a un tal Teófilo su koinonos en un negocio de pesca, yendo al seis por ciento. Un padre se queja a su hijo de que el koinonos de ambos no está desempeñando bien la parte que le corresponde. Debe recordarse que, en el griego secular contemporáneo, koinonos es, prácticamente, un término comercial.
En el NT, koinonos se encuentra diez veces. (a) Se usa en el sentido de participar “en una acción o en las consecuencias e implicaciones de una acción”. Jesús declara que los fariseos decían que si ellos hubieran vivido en los días en que sus padres mataron a los profetas, no hubieran “participado” en esa acción (Mt. 23:30; cf. 1 Co. 10:18, 20). (b) Se usa en el sentido de “socio”. Santiago y Juan eran koinonoi de Pedro en el negocio de la pesca (Lc. 5:10). Pablo describe a Tito como su koinonos y sunergos, su compañero y colaborador (2 Co. 8:23). La aspiración de Pablo es que Filemón reciba a Onésimo como koinonos (Flm. 17). Para un cristiano lo más natural es considerar “compañeros” a sus correligionarios. (c) Se usa en el sentido de participar en “una experiencia” (2 Co. 1:7; He. 10:33). Nada nos sucede únicamente a nosotros; sucede a todos los hombres y sucedió a Jesucristo. Entre Cristo y el hombre, y entre un hombre y su prójimo, media la simpatía de los que han tenido una misma experiencia. (d) Se utiliza una vez respecto de la participación del hombre en la divina naturaleza (2 P. 1:4). Los hombres no sólo participan en lo que es terrenal, sino, también, en la gloria de los cielos.

Seguramente no hay grupo de palabras más atractivo que éste. El cristiano participa en la humanidad del hombre; participa en la experiencia común de gozo y lágrimas; participa en lo divino y en la gloria que será; y debe compartir todo lo que tenga, pues él sabe que su verdadera riqueza está en aquello que, generosamente, pone al alcance de los demás.