sábado, 21 de junio de 2014

Base bíblica 4: La restauración de la vida

Al lado de mi casa tengo un pequeño terreno que nada más produce cardos y otras malas hierbas. De vez en cuando he pensado en preparar el terreno y sembrar unos tomates y papayas. Imaginemos que, por fin, decido usar la parcela de manera útil. Decido qué parte del terreno voy a sembrar, y lo indico con unos postecitos y cuerda. Ya he separado la parecela que quiero para mi huerto de las otras partes del jardín. Esto ilustra la santificación realizada o posicional.

Cuando Cristo nos salva, nos separa del mundo para su gloria y uso. La palabra «santificar» quiere decir «separar». Cristo nos compró y liberó del pecado. Esto es la redención. A la misma vez Él nos separó del mundo para ser su posesión única, para su gloria y su uso. Esto es la santificación posicional. La realidad espiritual de cada creyente, sea nuevo convertido o creyente maduro, ahora pertenece exclusivamente a Cristo, para su honra y gloria.

Sin embargo, si en una tarde decido tener un huerto y lo divido con postes y cuerda, no voy a cosechar sabrosas papayas la próxima mañana, ¿verdad? ¡Por supuesto, que no! Tengo que sacar los cardos, preparar el terreno, sembrar las semillas y regar antes para disfrutar del fruto de mi huerto. Esto ilustra el aspecto progresivo de la santificación.

Todos los verdaderos creyentes son nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17). La Biblia declara que somos santos, santificados para el uso y gloria de Dios. No obstante, todos sabemos que no siempre actuamos como santos. El nuevo creyente especialmente necesita muchos cambios en sus actitudes, hábitos y relaciones antes para ser útil para el reino de Dios. Tal como en mi huerto tengo que escardar, cultivar, sembrar y regar, el Espíritu Santo necesita cambiar actitudes, quitar hábitos viejos, establecer nuevos hábitos, sanar relaciones y purificar la vida del creyente. Es un proceso que continuará por toda la vida hasta que entremos a la presencia física de Jesús por medio de la muerte, o de su segunda venida. Mientras que le esperamos es la responsabilidad y privilegio de los miembros del cuerpo de Cristo (todos los verdaderos creyentes) ayudar el uno al otro en este proceso de crecimiento y maduración. Esto es el propósito del discipulado. La meta del discipulado es que el nuevo discípulo crezca, madure y se reproduzca su vida espiritual en la vida de otros. El propósito y obra del discipulador es ayudarle a madurar, darle las herramientas espirituales necesarias para crecer y enseñarle cómo reproducir su vida espiritual.

Lamentablemente, a veces nuestros programas de discipulado son insuficientes para cumplir todo esto. Parece como si indicase la parcela para el huerto, sembrar la semilla sin preparación del terreno, y diría al huerto: escárdate, riégate a ti mismo, y crece por ti mismo. El jardinero que hace esto y espera cosechar fruto sería un total necio, ¿verdad? Sin embargo, hacemos algo semejante cuando solamente decimos al nuevo creyente que debe leer la Biblia y orar cada día, testificar y asistir a la iglesia. ¿Qué de los cardos en su vida? ¿Qué del terreno duro de su corazón, dañado y contaminado por el pecado? ¿Qué de las heridas resultado de su propio pecado y el de otros? ¿Qué de la sanidad emocional, espiritual, mental y relacional que el nuevo creyente necesita?

Cristo redimió al nuevo creyente porque quería restaurar su vida, para que sea útil y gloriosa. Nos ha mandado a hacer discípulos (Mateo 28:19). Hacer discípulos es más que hacer convertidos. En Mateo 28, Jesús nos dice que la obra de hacer discípulos incluye bautizarles y enseñarles a guardar las cosas que Él nos ha mandado. ¿Qué cosas nos ha manado para que las guardemos? O ¿cómo debe parecer la vida del discípulo según Jesús?

En Juan 15 Él manda que el discípulo debe permanecer en Él y amar a los demás discípulos. En Juan 10:10, hablando de sus ovejas, o sea sus discípulos, dice que «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». En Mateo 28, que es lo que acabamos de ver, Él manda que los discípulos deben hacer más discípulos. 2 Corintios 3:18 habla de la transformación de la vida en la gloriosa imagen de Dios en Cristo. Entonces, por lo menos, la vida del discípulo de Cristo debe ser una que depende totalmente (permanece) en Cristo, que ama a otros discípulos, que es abundante, que se reproduce en las vidas de otros discípulos, y que está transformándose nuevamente a la imagen de Dios.

Parece que es una vida que está cambiando radicalmente, no solamente una que ha agregado la lectura bíblica, la oración y la asistencia a la iglesia a la vida anterior. Si alguien viene a Cristo que ha sufrido años de abuso sexual, ¿cómo va aprender amar si nunca ha tratado con el dolor, la amargura, el odio y el temor que son la triste herencia de lo que ha sufrido? ¿Cómo puede tal persona depender en Cristo y permanecer en Él si nunca ha aprendido a confiar en nadie? La imagen divina todavía está estropeada por sus propios temores, angustias y necesidades.

Cuando la familia de un alcohólico acepta a Cristo deben aprender cómo leer la Biblia, orar y, por supuesto, deben asistir a la iglesia. Pero, ¿estas cosas garantizan que los nuevos discípulos saben qué hacer con el temor y vergüenza? Los niños que viven cada día con violencia, y la confusión y ambivalencia que siempre vacila entre el odio y el amor, ¿tienen vida abundante? ¿Es vida abundante y permaneciendo en Cristo cuando no tienen ninguna idea qué hacer con sus sentimientos profundos resultado del horror pecaminoso que viven día tras día? A veces no pueden identificar ni entender sus propias emociones, ¿cómo, entonces, van a amar a otros? Y ¿cómo parece la gloriosa imagen de Dios en la persona traumatizada por las circunstancias de su vida? ¿No es la vida abundante que promete Cristo algo que el discípulo puede gozar ahora, o está reservada solamente para la eternidad?

¿Qué de la persona que viene a Cristo, pero ha tenido años de hábitos pecaminosos? ¿Es razonable esperar que todos los hábitos desaparecerán mágicamente solamente por agregar unos comportamientos buenos? Claro, yo sé que el Espíritu Santo mora en la vida de cada creyente, incluyendo la vida del nuevo creyente con hábitos pecaminosos. Yo sé que Él da el poder y recursos necesarios para cambiar la vida de cualquier persona que cree en Cristo. Sin embargo, Cristo encomendó la obra de hacer discípulos a nosotros. El hacer discípulos debe ser en cooperación con el Espíritu Santo para afectar cambios radicales y profundos a los pensamientos, emociones, deseos y hábitos del nuevo creyente. En el discipulado tenemos el gran privilegio de participar en la restauración de la imagen divina en los discípulos.

De vez en cuando alguien descubre un cuadro pintado por uno de los grandes maestros de la pintura del pasado. Muchas veces cuando se encuentra un cuadro así, está sucio, manchado y estropeado. El cuadro tiene la suciedad de siglos sobre la pintura. A veces ha sido dañado por el clima. Aun, a veces, otra pintura inferior ha sido ubicada sobre la obra maestra. La obra de restaurar la obra maestra es un trabajo esmerado, toma años para poco a poco quitar la suciedad, sacar lo agregado y restaurar la calidad de la obra original. En la obra de la restauración de la vida humana el Espíritu Santo hace algo semejante. La imagen de Dios en el ser humano es una obra maestra. Pero, está sucia por el pecado. Vivir en el ambiente pecaminoso del mundo la ha dañado. El pertenecer a Satanás y su reino ha agregado cosas corruptas y ha distorsionado la obra original. La obra del Espíritu Santo de restaurar, o santificar la vida, es una de esmero. Poco a poco, con cuidado y ternura Él saca, cambia, limpia y restaura la vida. Hermano discipulador, usted tiene el gran y humilde privilegio de ser el asistente al Espíritu Santo en esta gran obra.

Así, el discipulado en muchas ocasiones debe incluir aspectos de la consejería bíblica. La consejería bíblica, por integrar lo que unos psicólogos y otros científicos han observado sobre el ser humano con lo que la Biblia dice sobre el ser humano, puede ayudar al individuo a entenderse mejor a sí mismo. Puede ayudarle a ver cómo sus propias costumbres de pensar, sus maneras de reaccionar a la vida, sus hábitos de comportamiento y sus formas de relacionarse con otros afectan a sus relaciones, dañan a otros, obstaculizan el fluir del amor de Cristo, y niegan la dependencia en Él. Sin duda el Espíritu Santo puede señalar todo esto en la vida del nuevo creyente, y puede cambiar por completo la vida sin la participación nuestra. Pero, tal como ha escogido usarnos en la obra de dar las buenas nuevas de la redención de nuestros semejantes, también ha decidido usarnos en la obra de hacer discípulos. Es un gran privilegio y una responsabilidad solemne cooperar con el Espíritu Santo en la restauración de vidas rotas, mientras que Él las «perfecciona hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).

En el fundamento bíblico de la restauración de la vida humana es que se encuentra la mayoría del trabajo de la consejería bíblica. Hay que entender la dignidad de la imagen de Dios para saber a lo que queremos dirigir nuestra consejería. La dignidad nos da el dibujo de cómo debe ser la vida humana. Hay que comprender la triste realidad de la depravación humana para desentrañar la vida actual tan lejos de la dignidad original. Hay que creer en, y proclamar el hecho de la redención cumplida en la cruz de Cristo, y dada libremente por gracia a cada persona que cree en Él. Tal redención es la única manera para que el ser humano pueda salir de la trampa del pecado y depravación para volverse al diseño original de su Creador. Hay que participar en la restauración de la vida humana, al lado del Espíritu Santo quien hace de nuevo la imagen de Cristo (sea la imagen de Dios) en la vida de cada verdadero creyente.

Estos cuatro fundamentos forman el cimiento sobre el cual el resto del libro construirá el entendimiento del ser humano y cómo aconsejarle en sus problemas de la vida. El entendimiento de estos da al consejero un mapa básico de su consejería. Empezando con la dignidad entendemos lo que es intrínseco en cada persona, él o ella es una criatura creado a la imagen de Dios. La depravación nos recuerda del deterioro de tal imagen. La redención nos da la cierta esperanza de la recuperación de la imagen. Y la restauración es el proceso de volverse a la imagen que se cumplirá en el día de Jesucristo.

El siguiente gráfico puede ayudar al consejero a tener en mente su mapa básico de consejería bíblica.

Estos fundamentos proveen un cimiento, o un marco para el consejero. Ideas, opiniones y métodos que están de acuerdo con estos fundamentos bíblicos son útiles para el consejero cristiano. Ideas, opiniones y métodos que no están de acuerdo con éstos deben ser rechazados por el consejero cristiano.

En la siguiente unidad consideraremos algunas observaciones e ideas sobre el ser humano, su personalidad, mentalidad, reacciones y relaciones. Pido al lector recordar los fundamentos bíblicos y usarlos como la medida para analizar, aceptar o rechazar las ideas presentadas en esta unidad. Seamos como los hermanos de Berea. Hechos 17:11: «Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así».


viernes, 20 de junio de 2014

Base bíblica 3: La redención del hombre

En el capítulo anterior ya vimos a la raza humana en una situación desesperada. Adán y Eva se habían rebelado contra Dios, actuaron independientes de Él, y hundieron a la raza humana, completa, en las horribles consecuencias del pecado. Parece como una situación sin esperanza. Pero Dios no es un Dios impotente, sino omnipotente. Él no es un Dios de desesperación, sino de esperanza.

Si la dignidad del hombre forma la meta de la consejería y la depravación es la razón de ella, la redención divina es su esperanza. Cuando tratamos con los problemas profundos de las personas, cuando ayudamos a nuevos creyentes a superar su vida vieja, cuando buscamos soluciones para las relaciones estropeadas y rotas de nuestros semejantes, muchas veces parecen sin esperanza. Y de este modo serían sin la muerte y resurrección de Cristo.

¡Jamás debemos aconsejar sin reconocer la importancia de la nueva vida dada al individuo por la redención en Cristo! La restauración de la vida al diseño original no se puede efectuar sin que la persona tenga la nueva vida en Cristo. Jesús mismo dijo en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».

En la consejería y en el discipulado estamos buscando que la persona crezca más y más a la imagen de Dios en Cristo. Tal crecimiento es solamente posible para aquel que tiene la nueva vida en Cristo. Tal vida se recibe solamente por medio de la redención.

¿Qué hizo exactamente Cristo en la redención por nosotros? Consideremos la descripción de la persona y obra de Cristo en Filipenses 2:5–8. Quiero que prestemos especial atención al contraste de la actitud de Jesús con las actitudes humanas pecaminosas, como las vimos en el capítulo anterior.

Recordemos que la tentación original del pecado llegó en la forma de llegar a ser como Dios. Adán y Eva comieron del fruto prohibido porque el Tentador les prometió que iban a ser como Dios. Desde entonces el hombre ha tenido el deseo de mejorarse por sí mismo, de superarse, de llegar a ser como Dios.

En el versículo 6 de Filipenses 2 vemos la actitud opuesta en Jesucristo. Dice que Él, «siendo en forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Jesús nunca tuvo necesidad, deseo ni razón para hacerse a sí mismo Dios. ¡Él es Dios! Sin embargo, para rescatar al hombre de su pecaminosa autoadoración puso su propia divinidad a un lado. El único hombre que tiene todo el derecho de reclamar la divinidad, escogió a no reclamarla para redimir a los hombres que hurtan la divinidad por sí mismos. Dejó a su trono para salvar a los mismos que quieren usurparlo. Se despojó de su propia autoridad y poder por los hombres, que en tratar de robar tal autoridad y poder habían llegado a ser impotentes.

El egoísmo es intrínseco al pecado humano. Nuestro corazón pecaminoso nos ha convertido a todos en egocéntricos. Pero, una vez más, vemos lo opuesto en Jesucristo. El versículo 7 continúa: «sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».

En su obra de la redención Jesús manifestó las actitudes opuestas a las pecaminosas que nos esclavizan. Mientras que nosotros nos protegemos a nosotros mismos, insistimos en nuestros «derechos», y buscamos nuestro propio bien, Cristo se despojó a sí mismo y escogió el rol del siervo. Llegó a ser como los hombres, pero sin pecado. El Creador, para rescatar a su depravada y esclavizada creación llegó a ser como la criatura. Desde el huerto el hombre se ha escondido del Creador. Pero Él nos ha perseguido, no con fuerza, sino con mansedumbre. En vez de perseguirnos para castigarnos, nos ha perseguido para salvarnos. No nos ha buscado para condenarnos, sino para redimirnos; Juan 3:17: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

El hombre pecaminoso es orgulloso. Jesús escogió la humanidad sobre la divinidad, y en su condición humana escogió la humildad. Él es Rey de los reyes, y nació en un establo para acostarse en un pesebre. Vivió sin casa y sin posesiones, y murió como un criminal. Todo esto para rescatar a la humanidad de su propio orgullo.

Fue la desobediencia del hombre que hundió a la humanidad en el hoyo de la depravación. Pero Jesús fue obediente. Tal como la desobediencia humana es completa resultando en la muerte, la obediencia de Jesús es completa llevándole a la muerte, resultando en la vida; Romanos 5:18: «Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de la vida». Su obediencia le llevó al último sacrificio, la muerte. Y su muerte fue lo más cruel que podemos imaginar, la cruz.

Jesús hizo todo esto para cumplir la redención. Redimir quiere decir comprar, o pagar el precio del rescate de alguien. Por el pecado todos nosotros nacimos depravados, esclavos al pecado. Como hemos dicho, toda la vida humana está afectada por el pecado. La dignidad nuestra se ha convertido en una caricatura grotesca. El diseño original ya está distorsionado, pervertido, torcido y roto. Nacimos perteneciendo al pecado. El único camino a la restauración de lo que hemos perdido es por el rescate o redención del pecado. La única persona que podría rescatarnos es el hombre perfecto, sin pecado, el Hijo de Dios, Jesucristo. Lo hizo por medio de pagar la pena última, su propia vida. Esto es la redención.

Hay que tener la redención como un cimiento, un fundamento de la consejería. Sin el cambio radical de la vida que hace la redención, el aconsejado no sería realmente diferente. Aconsejar sin presentar la redención como esencial a la restauración personal, es nada más que poner un barniz sobre lo malo de la vida. Aconsejar sin dirigir la persona a la redención es tratar de llegar a la restauración sin pasar por el propio camino de la restauración.

Por varios años mi familia y yo vivimos en el bello país de Venezuela. Cada año, en el 26 de diciembre, todos mis compañeros misioneros y nosotros nos reunimos en la playa, Bahía de Cata. La única manera de llegar a Cata es por un camino estrecho de puras curvas que sube y baja la montaña hasta llegar a la costa. Cuando mis hijos eran pequeños siempre se enfermaron cuando paseamos por el camino a la Cata. Es un camino peligroso y duro. Había la tentación de buscar otro camino. Pero no hay otro camino. Si queríamos la belleza de la playa Cata, el placer de las olas, sol y arena, y el compañerismo con nuestros amigos, teníamos que pasar este camino.

Hermano consejero, tal vez habrá la tentación de pasar por alto la redención en la consejería. Cuando hay resistencia o amargura contra el Evangelio, será más fácil buscar soluciones superficiales en vez de cambios radicales. A veces es más fácil sugerir ciertos cambios de comportamiento en vez de invitarle a entregar su vida entera a Cristo. Especialmente para aquellos consejeros que se inclinan a la psicología hay la tentación de apoyar la dignidad sin reconocer la depravación y buscar la restauración sin entender la necesidad de la redención. Todos los fundamentos bíblicos de la consejería son necesarios. Tratar de aconsejar sin incluir estos fundamentos bíblicos es como construir un edificio sin cimiento.

Habiendo dicho esto, quiero prevenirle sobre el otro extremo. Hay aquellos que aconsejan como si la redención fuera el único fundamento bíblico. La redención es indispensable para la consejería, pero es el comienzo de la restauración, no el fin. Hermano pastor, cuando una persona que no conoce a Cristo viene a usted buscando ayuda para problemas personales o familiares es cierto que necesita recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. Pero, recibir a Cristo no quita los problemas personales o familiares. La redención da esperanza para la consejería, pero no es una píldora mágica que soluciona todos los problemas de la vida en un momento. Para aquellos aconsejados que no conocen a Cristo, aceptar a Cristo y recibir su redención es parte indispensable de la restauración de su vida. Pero no es la restauración completa. La obra de Cristo en la cruz y la resurrección es completa, no podemos agregar nada a ella para la salvación ni la justificación. Pero hay otra doctrina soteriológica, la santificación.

La santificación tiene dos aspectos. Su aspecto realizado y el progresivo. En el aspecto realizado somos separados del mundo a Cristo para su uso. Nuestra posición en Cristo es completa, perfecta, cumplida. En la realidad de la vida cotidiana todos sabemos que no somos perfectos. A veces pecamos. Luchamos con hábitos viejos. Sufrimos de los resultados del pecado nuestro y de los otros. Allí se encuentra el enfoque del aspecto progresivo de la santificación.

Cuando alguien nace de nuevo, tiene nueva vida, pero, tal como en la vida natural, necesita crecer y madurar. El discipulado y la consejería ayudan en este proceso de crecimiento y madurez.

En el pasado el discipulado se ha enfocado en enseñar las disciplinas espirituales como leer la Biblia, orar, testificar y asistir a la iglesia. Tales cosas son importantes, y parte esencial de la maduración espiritual. Sin embargo, no garantizan la madurez.

Vivimos en un mundo donde el pecado está creciendo. El mundo está llenándose más y más del dolor, amargura y vergüenza que son las consecuencias del pecado. Más y más personas buscan la ayuda de pastores y líderes evangélicos para enfrentar la separación de la familia, la confusión, el dolor de la vida y las adicciones. No es justo dirigirles a Cristo y aparentar que todos sus problemas desaparecerán mágicamente. Debemos caminar a su lado mientras que enfrentan las consecuencias del pecado y permiten que el Espíritu Santo restaure su vida. Así el ministerio de la consejería va mano a mano con un discipulado que es más que solamente agregar unos comportamientos agradables a una vida rota. Sino que es un ministerio profundo que coopera con el Espíritu Santo en la transformación de la vida entera. Desde las actitudes, deseos y motivaciones del corazón hasta las relaciones íntimas, todo debe cambiar radicalmente para el discípulo de Cristo. Esto es un proceso de crecimiento. El valor del discipulador-consejero es inestimable en estar al lado del discípulo en el proceso.

Así que debemos entender que cada fundamento bíblico es indispensable para formar un cimiento fuerte y confiable para el ministerio de la consejería. Para formar nuestra base de la consejería no podemos pasar por alto ninguno de estos fundamentos. Éstos forman un cimiento confiable sobre el cual podemos construir nuestro entendimiento de la persona, los procesos psicológicos que forman la personalidad, y las motivaciones que empujan los hábitos de la vida.

Cuando aconsejamos tengamos la dignidad del diseño original delante como la meta que queremos ver cumplida. Mantengamos un claro entendimiento de la depravación y los profundos y extensivos efectos del pecado sobre la vida. Tengamos certeza de que sólo por medio de la redención de Cristo hay esperanza de cambios y de la restauración. Mantengamos siempre el propósito de buscar la restauración de la vida del aconsejado, que le lleva más y más cerca a la meta de ver la belleza y dignidad original. Siempre recordemos que el mismo proceso que pasa el aconsejado lo estamos pasando nosotros mismos. No aconsejamos de una posición perfecta, sino de una creciendo. No aconsejamos porque hemos llegado a la meta, sino porque estamos caminando hacia la meta. La perfección se efectuará cuando venga Jesucristo para llevarnos a su presencia eterna. Mientras tanto no somos perfectos, sino que debemos estar caminando hacia la perfección. El consejero no es perfecto pero debe estar caminando. Él puede dirigir al aconsejado en el camino, porque está caminando delante del aconsejado.


Para un cimiento bíblico completo debemos considerar un fundamento más, la restauración, o la santificación de la vida humana. En el siguiente capítulo consideraremos esto que es esencial para la consejería verdaderamente bíblica.


jueves, 19 de junio de 2014

Base bíblica 2: La depravación del hombre

¡Cuán bella sería la historia humana si la Biblia terminara con Génesis capítulo dos! Dios creó al hombre, digno, honroso, un perfecto reflejo suyo. Vivían en perfecta harmonía en el verdadero paraíso. Esto era el propósito de Dios y su diseño original para nuestra raza. Parece como un sueño lejos de la realidad que vivimos.

La entrada del pecado al mundo cambió todo. Inmediatamente cuando Adán y Eva pecaron, la imagen divina fue estropeada, la dignidad fue distorsionada y las consecuencias del pecado que padecemos hasta hoy día comenzaron. Es menester entender estas consecuencias en el contexto de la consejería bíblica. Si no fuera por el pecado y sus efectos no habría necesidad de la consejería. La meta sobresaliente de la consejería bíblica es cooperar con Dios en la obra de restaurar la imagen suya, y restituir al hombre a su diseño original. Si fuéramos competentes como consejeros tendríamos que comprender cómo el pecado ha afectado cada aspecto de la vida humana. La magnífica imagen de Dios, las preciosas relaciones humanas y el vínculo entre Creador y criatura, todos llevan la mancha del pecado.

Consideremos, pues, las consecuencias pecaminosas como aparecen en Génesis capítulo tres. La pareja original decidieron actuar fuera del plan de Dios. Dios les había creado sin necesidad. Fueron honorables, sin falta alguna, reflejos cristalinos de Dios, verdaderos señores de la tierra. Disfrutaron el compañerismo perfecto, la harmonía sin impedimentos y la comunión de Dios. Sin embargo el Tentador sembró la idea de que su situación era menos que idílica con la declaración (v. 5), «sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal».

Ahora, recordemos que tenían una relación perfecta con Dios. Podrían preguntarle, «Padre, ¿hay algo que debemos saber sobre el bien y el mal?» Pero no confiaron en Dios, sino escucharon a la serpiente y decidieron que tenían una necesidad que debían suplir por ellos mismos. Así actuaron en independencia de Dios, tomaron el fruto y lo comieron.

Dios creó al hombre para relaciones. Una de las principales consecuencias del pecado es su influencia negativa sobre las relaciones humanas. Observamos el comienzo de estos efectos en Génesis 3.

Primeramente el pecado dañó la relación entre Dios y el hombre. Dios había provisto todas las necesidades del hombre. Vivía en el paraíso. Tenía comida, trabajo, propósito, dignidad, inteligencia, seguridad, compañerismo y amor. Era dependiente de Dios, pero así Dios le creó, y así su vida funcionaba perfectamente. Veamos lo que le pasó a esta relación dependiente e idílica cuando el pecado entró.

Como hemos visto, Adán y Eva tomaron la decisión de comer del fruto prohibido. Decidieron no creer en la palabra de Dios, sino creyeron a otra criatura, la serpiente. No consultaron a Dios sobre el asunto, sino confiaron en sus propias percepciones (v. 6), y actuaron independientes de Dios. Desde entonces el ser humano ha sido intensamente independiente. Hay un compromiso intrínseco en el pecaminoso corazón humano para hacer las cosas por sí mismo. Hasta que aun la palabra dependencia suena como debilidad. ¿Cómo fue su reacción cuando usted leyó el último párrafo? Allí hablamos de la vida humana original, ideal, perfecta y dependiente. ¿No suena paradójico hablar de la vida ideal y dependiente? Hay algo dentro de nosotros que se rebela contra la idea de depender de alguien o algo.

Soy norteamericano. Nací en los Estados Unidos de América, crecí en el Canadá y actualmente vivo en los E.U.A. La independencia es uno de los ideales fuertes de los norteamericanos. Su herencia es la gente que vinieron de Europa y otras partes para conquistar una tierra nueva. Nuestros antepasados fueron gente que confiaron en sí mismos. En la mente norteamericana las personas dependientes son personas débiles. Sin embargo esto no es la idea de Dios. Él nos creó dependientes de Él e interdependientes el uno del otro.

Lamentablemente, la independencia humana se extiende aún hasta la relación con Dios. Tal como nuestros padres originales tomaron su decisión de pecar fuera de Dios, nosotros vivimos y actuamos la mayoría del tiempo fuera de Dios. Como si fuera débil buscar ayuda o depender de otra persona, hay una reacción fuerte dentro de nosotros de no buscar la ayuda de Dios, o depender de Él. Lo triste de esto es que nuestra independencia nos mantiene separados de Dios. Hay otra palabra que podríamos usar para esta independencia. Es el egoísmo. Cuando Adán y Eva pecaron tomaron una decisión egoísta. Hasta hoy, todos nosotros, sus descendientes, hemos tomado nuestras decisiones egoístas, independientes de Dios.

Dios creó al hombre para relacionarse con él y sus semejantes. Ya por medio del egoísmo e independencia del hombre, la relación con Dios se interrumpió. Lea el triste versículo ocho.

«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Parece que Dios tenía el hábito de llegar al huerto y pasear con sus criaturas. ¿No le parece utópica la idea de pasear con Dios, el Creador, en un huerto perfecto, a la hora precisa cuando el aire es más fresco? ¡AHHH!… Pero, espere. No les pareció tan agradable a Adán y Eva. Cuando oyeron la voz de Dios, huyeron de Él y se escondieron de su presencia. Tenían miedo de Dios, y no pudieron aguantar su presencia. Hasta hoy día la humanidad ha huido y se ha escondido de la presencia de Dios. Dios creó al hombre para tener compañerismo con él. Pero ya le vemos persiguiendo a su creación, y al hombre huyendo de su presencia. Muchos hombres y mujeres se esconden de Dios detrás del alcoholismo, adicciones, perversiones sexuales, enojo, amargura, trabajo excesivo, anorexia, bulimia, o la búsqueda del dinero, fama o poder. Estas cosas brotan en pleitos, familias destruidas, corazones quebrantados y personas destruidas. Si quitamos todos los escombros de la vida arruinada, si eliminamos las cosas que el hombre usa para esconderse, encontramos al hombre o a la mujer desnuda, sola, temblando por miedo de oír la voz de Dios. La misma voz de Dios todavía llama a la humanidad, «¿Dónde estás tú?» Y el hombre se esconde de la voz divina.

Pero, los efectos del pecado sobre la relación del hombre con Dios no terminaron con la huida del hombre. En el versículo 10 el hombre confesó su miedo a Dios. Parece irónico cómo la criatura podría tener miedo de su propio Creador. No obstante, todavía es Dios quien tiene la solución de las necesidades de millones de personas que le temen y quieren esconderse de Él.

Además, el hombre ya tiene la insolencia de echarle la culpa del problema a Dios. Cuando Dios le preguntó si le habían desobedecido, la respuesta en el versículo 12 es «la mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (énfasis del autor). ¡Interesante! En el capítulo 2 versículo 23 había dicho, «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne, será llamada Varona, porque del varón fue tomada». Palabras que alaban a Dios por su regalo y dan dignidad, aceptación y honra a la mujer. Pero, después que pecó, las palabras cambiaron a palabras de desprecio y culpa. «Dios, no soy yo el culpable, es la culpa de esta mujer, y fíjate, realmente es la culpa tuya, tú la creaste y me la diste.»

Cuán lejos del original llegó el hombre por medio de un solo acto pecaminoso. La relación con Dios de compañerismo, confianza y dependencia nunca sería igual. Pero también, Dios creó a la humanidad para relacionarse el uno con el otro. Esto también fue afectado.

Como vimos antes, el versículo 25 del capítulo 2 es un bello versículo. Vemos allí la comunicación y comunión perfecta entre el hombre y su esposa. No hay barreras, disfraces ni inhibiciones en la completa intimidad, en la comunicación y comunión conyugal. Estaban desnudos sin sentir vergüenza. Pero, ¿qué pasó cuando el pecado entró a la raza humana? En contraste con este versículo encontramos el versículo 7 del capítulo 3 como triste y feo. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.» Con la entrada del pecado, la intimidad, abertura y comunicación entre el hombre y su esposa fueron empeñados con la vergüenza, temor y desconfianza. Aquí vemos al esposo y a la esposa sin la confianza y franqueza para estar desnudos. Fíjense, no había nada digno en la vergüenza aquí. Es completamente propio para el marido y su esposa estar desnudos. Es la situación propia para la desnudez sin vergüenza. Sin embargo, el pecado trajo la vergüenza. No pudieron aguantar la franqueza e intimidad de antes. Inmediatamente, sintieron la necesidad de esconderse el uno del otro.

Desde este momento, hasta el presente los hombres se han esforzado para esconderse el uno del otro. Bueno, Adán y Eva usaron delantales para tratar de esconder su desnudez. Pero ahora no es cuestión de ropa. Desgraciadamente, hoy día, la ropa se usa muchas veces para coquetear y exhibir. Hemos llegado a ser mucho más sofisticados que nuestros primeros padres. Hemos construido barreras psicológicas, emocionales, verbales y de comportamiento. No nos escondemos detrás de la ropa, sino del trabajo, el silencio, el aislamiento, el egoísmo y el abuso.

Hay otras evidencias de los efectos del pecado sobre las relaciones entre humanos. Vimos antes la respuesta del hombre a la pregunta de Dios que se encuentra en el versículo 12. «Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.» El hombre no tuvo el valor de responsabilizarse por sus propias acciones, sino echó la culpa sobre su esposa. Dios le había dado al hombre a la mujer como su compañera, su ayuda idónea. Naturalmente él debía amarla, protegerla, apreciarla y cuidarla. Ahora con su nuevo corazón pecaminoso, la culpa y la menosprecia. Ya ella no es el regalo precioso de Dios, sino «la mujer que me diste por compañera». ¿Cuántos alcohólicos, adictos, abusadores y dictadores de casa se excusan de la misma forma? «Si no fuera por esta mujer…»

Pero, la motivación de Adán no fue solamente despreciar a su cónyuge, sino protegerse a sí mismo. Dios le había hecho una pregunta difícil: «¿Has comido del árbol que yo te mandé no comieses?» Fue difícil porque la única respuesta correcta y valiente fue: «Sí, Señor, he pecado». Con esta pregunta, la luz de la santidad y justicia de Dios brilló sobre su conciencia y no lo podía aguantar. Otra vez hay el impulso de esconderse. Pero, ya tiene su delantal y ya no puede esconderse más físicamente de la presencia de Dios. Está frente a frente con su Creador. ¿Qué va a hacer? Intenta esconderse verbalmente. «Dios, no me mires, estás viendo a la persona equivocada.» Así, no quería admitir lo que hizo. Quería echar la culpa a Dios, a la mujer, o a ambos.

Antes de que mis hermanas lectoras empiecen a sonreír demasiado, veamos que la mujer no fue mejor. Lamentablemente, los efectos del pecado no son propiedad única del sexo masculino. Con la respuesta cobarde del hombre, Dios volteó a la mujer y lanzó la pregunta: «¿Qué es lo que has hecho?» Y ella también busca a alguien para culpar. Esta vez la culpa cayó sobre la serpiente. ¡Interesante! Con sus intentos de esconderse detrás de las acciones de otros, los humanos en esta historia se parecen más a culebras deslizándose que la misma serpiente. La serpiente no tenía a nadie para culpar.

Pero, no somos mejores que nuestros padres originales, ¿verdad? Hasta hoy día los deseos de protegerse a sí mismo, de esconderse, de evitar la responsabilidad de sus propias acciones y de culpar a otros afectan negativamente a las relaciones humanas. Podemos encontrar la semilla de la mayoría de los problemas matrimoniales en estos impulsos pecaminosos.

Con una sola acción de desobediencia el pecado entró a la raza humana con fuerza. Cada aspecto de la vida humana fue afectado. Miremos el versículo 16: «A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti». Ahora aun el tremendo gozo del nacimiento de los hijos está reducido por el dolor del parto, debido al pecado. Y la relación esposo a esposa está distorsionada.

Tengamos cuidado de no malentender la segunda parte de este versículo. Recordemos que Dios está pronunciando la maldición por el pecado sobre la raza, y prediciendo cómo será la vida humana desde entonces. Así, cuando dice que «tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti», no está hablando del deseo natural de la mujer para el hombre. Tampoco está ordenando que el hombre deba enseñorearse de la mujer. La frase es descriptiva no prescriptiva. Primero, ¿qué quiere decir Dios con la frase «tu deseo será para tu marido»? Recordemos que está avisando sobre cómo será la experiencia humana ya que abrieron la puerta al pecado. ¿Es que la esposa no quería a su marido, antes de pecar? ¿Quizá ella no tenía deseo sexual antes? Dudo de cualquiera de estas ideas. Antes de pecar, Adán y Eva vivieron en el paraíso. Fue el único periodo de la historia cuando la vida humana era perfecta. Una esposa sin afecto para su esposo, ni deseo sexual no me parece como la perfección.

Posiblemente, habla de la dependencia de la mujer de su esposo. Ya no podrá vivir independiente de él. Pero, creo que hay más. Dios había creado al hombre y a la mujer para ser dependientes de Él, e interdependientes el uno del otro. Su dependencia en su esposo no será algo nuevo. Creo que la frase podría ser traducido «tu deseo será sobre tu marido», en vez de «tu deseo será para tu marido» (énfasis agregado por el autor). Según lo que los que entienden el hebreo me han informado, la frase habla de un deseo de usurpar. Así habla de la tendencia femenina de controlar la relación matrimonial, de tratar de cambiar a su marido por la manipulación, y de usurpar el liderazgo (lamentablemente, muchas veces no hay necesidad para la esposa de usurpar el liderazgo porque como hombres lo abdican). Dios creó la relación matrimonial de tal manera que el hombre debería ser el líder benéfico y sirviente, y la esposa debería responder a este liderazgo como la ayuda idónea funcionando al lado de su esposo. Pero el pecado distorsionó esto (veremos la distorsión del rol masculino en la próxima frase del versículo). Ya por la consecuencia del pecado, la esposa no estará tan contenta apoyando, aconsejando y ayudando en el liderazgo del esposo en la relación matrimonial, sino que tendrá la inclinación de apropiarse del liderazgo.

Seguro que hay muchos hombres que no funcionan como verdaderos líderes en su propio hogar, y por la falta de esto la esposa toma el papel. Entonces, el deseo de la esposa para su marido, mencionado aquí, se manifiesta de una de dos maneras. Muchas veces la mujer desea que el esposo cumpla su rol de liderazgo, pero él no lo hace por falta física, emocional, psicológica o espiritual. En otras ocasiones, el deseo de la esposa es tener la posición que Dios ha dado como responsabilidad solemne al esposo. Esta inclinación de la mujer de usurpar la responsabilidad del hombre, junto con la tendencia del hombre de abdicar su responsabilidad forma la distorsión pecaminosa del orden original que Dios declara aquí.

Pero, tal como el pecado distorsionó la respuesta femenina al plan divino, lo estropeó en el entendimiento masculino también. La frase «y él se enseñoreará de ti» (v. 16) no relata al liderazgo normal y propio del hombre en el matrimonio. Aquí vemos el despotismo que lamentablemente es tan común entre los hombres de todo el mundo. Demasiadas veces, mientras que los hombres por un lado abdican su rol propio del liderazgo, por el otro lado tratan de controlar su matrimonio y su hogar por la violencia, la dominación, y por ser dictadores. Mientras que su esposa lleva el verdadero liderazgo, él trata de convencerse a sí mismo de que es el líder por su actitud controladora y abusadora. Esta frase no trata con el propio liderazgo masculino, sino con el despotismo, abuso y machismo que es la experiencia humana debida al pecado.

Dios creó el matrimonio como la relación humana más íntima para funcionar perfectamente según su diseño. Lastimosamente, el pecado lo convirtió en la relación más propensa al dolor, odio, pleitos y tristeza. Me acuerdo un deplorable chiste popular de mi niñez. Un muchacho pregunta a otro: «¿Quieres pelear?» Cuando el segundo muchacho dice que «sí», el primero dice: «¡Cásate!» ¡Qué triste!, el pecado ha distorsionado el matrimonio de tal manera que aun los niños lo ven como un campo de batalla.

El pecado, como una infección insidiosa, afectó cada detalle de la vida humana. Así, todas sus relaciones, actitudes, deseos y acciones llevan la mancha pecaminosa de una forma u otra. En los versículos 17 al 19 de Génesis 3 leemos como Dios maldijo la tierra en relación del trabajo del hombre. Se nota que el trabajo no es la maldición. Esto fue dado al hombre como regalo y orden de Dios en Génesis 1:28–29. Lo contrario a la idea popular del trabajo, no es parte de la maldición, sino de la bendición de Dios. Sin embargo, la dificultad y lucha asociados con el trabajo y la búsqueda de las necesidades de la vida es parte de la maldición. Es otro profundo efecto del pecado sobre la vida humana. ¿Cuántas veces el hombre cede su responsabilidad en la familia porque «no tiene tiempo»? Está tan ocupado buscando las necesidades físicas de la familia que no puede proveer las necesidades espirituales y emocionales. O, por lo menos, esta es la excusa. ¿Cuántos problemas hay en las familias y hogares alrededor del mundo porque no tienen suficiente dinero, comida u otras cosas materiales? Todos estos problemas son resultados del pecado.

El último problema de cada ser humano es la muerte. Nuestra propia muerte llena el corazón de miedo. La muerte de otros llena el corazón de dolor. La certeza de la muerte llena al mundo con violencia, ansiedad, tristeza y dolor. La muerte es el máximo efecto del pecado. Génesis 3:19b «pues polvo eres, y al polvo volverás».

¡Hay tantos efectos del pecado sobre nuestra raza! Todos son tristes, dolorosos y feos. ¿Por qué insistimos en que algo tan feo como la depravación de la raza human sea un cimiento de la consejería bíblica? ¿No sería más agradable apoyar la dignidad humana y pasar por alto este tema feo? Bueno, mucha de la psicología popular hace exactamente esto. Así, el hombre moderno es un pecador con dignidad, pero todavía un pecador.

Tal como debemos entender el diseño original de la humanidad para entender la meta de la consejería, debemos entender la caída al pecado y depravación de la raza para entender la necesidad de la consejería. Todavía el hombre tiene dignidad. Es creado a la imagen de Dios. Sin embargo, la imagen está estropeada. La dignidad lleva la mancha del pecado. Dios creó al hombre perfecto: con relaciones perfectas, matrimonio ideal, mundo idílico. Pero, tal perfección ahora no existe fuera de la persona de Jesucristo. Como cristianos somos pecadores redimidos. Estamos en proceso de crecer a la perfecta imagen de Dios en Cristo. Cuando Cristo vuelva, los cristianos llevaremos la perfecta imagen de Dios una vez más. Mientras tanto no somos perfectos, sino Dios nos está perfeccionando. Filipenses 1:6 dice: «estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». No dice «estoy persuadido que ya son perfectos». Lamentablemente, cuando las personas aceptan a Cristo como su único y suficiente Salvador, todavía llevan muchos de los efectos del pecado. Son salvos del pecado, pero sus vidas, relaciones, actitudes y circunstancias todavía son afectadas por el pecado. Han vivido una vida pecaminosa. Viven en un mundo pecaminoso. Están en relación con otros pecadores. Así, los nuevos convertidos necesitan ayuda para caminar en un mundo imperfecto hacia la perfección en Cristo. Esto se llama discipulado. Pero, estoy convencido de que en mucho de lo que popularmente se llama el discipulado falta algo esencial. Un buen discipulado tiene que dirigir al discípulo a la meta de la perfección de la imagen de Cristo (el diseño original, la imagen de Dios). También tiene que entender y ayudar al discípulo con los efectos del pecado en su vida y relaciones. Entonces, el que hace discípulos debe tener un ojo puesto en la meta de la perfección y el otro fijado en la realidad de la vida abatida por el pecado. Es en este aspecto del discipulado que se encuentra la necesidad de la consejería bíblica.

Nos encontramos con una especie de sube y baja emocional cuando estudiamos las bases bíblicas de la consejería. Empezamos con el gozo y placer de la dignidad con que Dios nos creó. La restauración de tal dignidad y proposito es la meta del ministerio de la consejería. Pero, la historia cambió por la entrada del pecado. En este capítulo hemos visto unos de los efectos trágicos del pecado sobre la raza. Estos efectos siguen hasta hoy y forman la razón y necesidad del ministerio de la consejería.


En el siguiente capítulo consideraremos el plan de Dios para la redención. ¡Gracias a él, no quiso dejarnos en el hoyo de la depravación! Hizo su plan de rescate que se llama la redención. La redención es la esperanza de la consejería.


miércoles, 18 de junio de 2014

Base bíblica 1: La dignidad del hombre

Para entender a la raza humana bíblicamente es menester empezar por el principio de su historia, según la Biblia. En otras palabras, podemos decir que entendemos mucho acerca del hombre al considerar su creación. La meta de la consejería es participar con Dios en la restauración de las vidas perdidas. Tal cooperación necesita entender el ideal divino en cuanto al hombre. Encontramos este ideal en el diseño original.

Génesis 1:26–28 nos habla de una decisión divina, increíble. Dios decidió crear una criatura a su propia imagen, conforme a su semejanza y permitir a esta criatura señorear sobre el resto de su creación. Usted y yo somos los resultados. También el borracho en la calle, el abusador de niñas, el homosexual, la muchacha con anorexia y el padre dictador de su familia son los resultados de esta creación extraordinaria.

Lamentablemente, la historia del hombre no termina en lo ideal… En el siguiente capítulo tendremos que ocuparnos en la triste meditación sobre la caída del hombre en el pecado y la resultante depravación de la raza. Pero, por unos minutos, disfrutemos de la gloria y el esplendor de la creación original. Parece que, como evangélicos, estamos tan ansiosos de convencer al mundo del pecado, que nos olvidamos de qué estado cayó el hombre. Con buena intención queremos que nuestros semejantes reconozcan su pecado para que puedan aceptar la solución, la redención de Cristo. Pero, para entender el horror del pecado, y el valor de la redención hay que comprender lo que perdimos en la caída. Si no somos más que otro animal, un poco más avanzados que los demás, el pecado no es una cosa grande. La caída se representa nada más que un desafortunado incidente en el desarrollo del hombre. Pero, si como creemos nosotros, somos criaturas, creados a la imagen de Dios, con el propósito de reflejar su gloria y señorear sobre la tierra como virreyes de Dios, la caída es la catástrofe más grande de la historia. Algo inherente al hombre, básico a su naturaleza, la imagen de Dios fue estropeada, distorsionada y pervertida. Para entender el pecado y la redención, hay que entender esto.

Además, el entendimiento de la magnificencia de la creación del hombre es fundamental para el entendimiento de la necesidad y esperanza de la Consejería Cristiana. Si el hombre no es una creación especial, con una dignidad dada por Dios, no vale la pena ayudarle. Si no tiene valor intrínseco y eterno ¿para qué gastar tiempo, energía y recursos en su rescate? Ahora, considere la pregunta perturbadora, ¿por qué Dios sacrificó a su único Hijo para hacer posible su rescate? ¡No! El Evangelio, la redención y el ministerio de la Iglesia por este mundo solamente tienen sentido, cuando reconozcamos el valor de cada hombre por ser una creación especial de Dios a su propia imagen.

Dios creó al hombre a su propia imagen, con un propósito especial de señorear sobre la creación y llenar la tierra. Esto da al hombre una dignidad y valor duradero. El pecado estropea la dignidad. A veces es difícil encontrar el valor debajo de las capas de la suciedad moral y personal que el pecado deja en la persona. Sin embargo, cada persona es creada a la imagen propia de Dios y por eso posee una dignidad y valor intrínseco que nada ni nadie le puede quitar.

Entender esto, no es igual a la idea moderna de una chispa de bondad universal que posee cada ser humano. Por ejemplo, en el sistema de la psicología que desarrollaba Carl Rogers, el consejero necesita ayudar al aconsejado a descubrir la esencia buena que existe en él y fomentarla. Este modelo de la psicología rehúsa reconocer el pecado y busca nada más que lo bueno adentro del aconsejado. ¡Jamás propondríamos esto! El trabajo de la consejería no es solamente afirmar la dignidad del aconsejado y pasar por alto su pecado. Sin embargo, no podemos comprender el horror del pecado, si no entendemos primeramente la dignidad del hombre arruinada por el pecado. La perversidad del pecado se ve claramente cuando la contrastamos con la perfección del diseño original.

Examinemos detalladamente unos versículos en Génesis 1 y 2 para recordarnos de cómo era la raza humana originalmente. Volvamos a los versículos a los cuales hice referencia anteriormente. Génesis 1:26–28 hablan de la decisión divina y subsecuente creación del hombre. Dios decidió crear al hombre a su imagen, conforme a su semejanza. ¿Qué significa esto? Quiere decir que como humanos reflejamos algo de la gloria, el carácter y los atributos personales de Dios.

Hay dos cosas que son de suma importancia entender. La primera es que Dios creó al hombre a su imagen, para reflejar lo que Él es, no nos creó como unos dioses pequeños. La dignidad del hombre no es divinidad. Fuimos creados para rendir gloria al Dios Soberano. Las ideas corrientes de divinidad humana pretenden despojarle de su gloria, no rendirle gloria. Por ser semejante a Él, pero no igual a Él, nuestros padres originales en su condición de humanidad perfecta, rindieron gloria perfecta a Dios. La segunda cuestión que tenemos que clarificar es lo que pasó a la imagen divina cuando entró el pecado a la raza (hablaremos de este asunto de manera más profunda en el siguiente capítulo). Para la discusión del momento, basta decir que la imagen de Dios en el hombre fue estropeada, distorsionada y pervertida, pero no extirpada por la entrada del pecado.

Entonces, ¿cómo se proyectaba el reflejo de Dios en el estado prístino del hombre? Una de las maneras principales se revela en la frase «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (énfasis del autor). Dios existe en tres personas, que se comunican, y se relacionan. De manera semejante, Dios creó al hombre para relacionarse. Sobre todo Dios creó al hombre para relacionarse con Él mismo. Parece que Dios quería extender el círculo de compañerismo en la que los miembros de la Trinidad disfrutaran y tuvieran compañerismo con la criatura humana. La inferencia de Génesis 3:8 es éste. “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; ...” Parece que la costumbre de Jehová era pasar tiempo cada día en el huerto con su creación. En segundo lugar, Dios creó al hombre para relacionarse con sus semejantes. Esto, pues, es el significado de la historia que se encuentra en Génesis 2:18–25:
Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne, esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.
Consideremos algunas cosas significantes de esta historia tan interesante. Aquí encontramos los orígenes de las relaciones humanas, el origen del matrimonio y el dibujo de la perfección en las relaciones humanas, particularmente en la relación matrimonial. Como consejeros, tratamos día tras día con relaciones rotas y matrimonios quebrantados. No podemos permitirnos pasar por alto las riquezas de estos versículos.

Primeramente hay la declaración de Dios que no es bueno que el hombre esté solo y que iba a hacer la ayuda idónea para él. Luego viene este comentario, que causa perplejidad, sobre el nombramiento de los animales. Parece un comentario parentético, ¿verdad? Cuando Moisés relató esta historia, ¿por qué no pasó directamente del versículo dieciocho al veintiuno? ¿Sería posible que, como anciano, era un poco olvidadizo y se desvió en su relato? ¡Creo que no! Estoy seguro que ocurrió exactamente lo que Moisés, inspirado por el Espíritu Santo, cuenta, aquí. Los versículos diecinueve y veinte no son parentéticos, sino esenciales en la historia. Dios reconoció el déficit del hombre sin compañera. Había creado cada especie como pareja. Sabía exactamente a quién iba a crear como la ayuda idónea para Adán, y cómo iba a hacerlo. Pero, antes pasaron todos los animales delante de Adán para que pudiera darles nombre. ¿Por qué? Hay dos razones principales, una de las cuales es más pertinente a nuestra discusión.

Adán debía dar nombre a todos los animales para tomar dominio sobre ellos como parte del cumplimiento de la comisión del capítulo 1, versículo 28. Pero, la otra razón es más significativa para la consideración actual. Mientras que Adán veía todos estos animales llegó a su corazón un concepto conmovedor. Reconoció, lo que Dios sabía: ¡Él estaba solo! Cada animal que pasaba tenía su pareja, «mas para Adán no se halló ayuda idónea para él». El texto sigue: «Entonces Jehová hizo caer sueño profundo», etc. Enseguida que Adán se dio cuenta de que estaba solo y no tenía ayuda idónea, Dios hizo el milagro de crear a la mujer.

Hay varios significados que podemos concluir de esto. Por supuesto, vemos aquí el significado del matrimonio, el valor de la mujer y la interdependencia de los sexos. Pero, hay algo aún más básico. Dios creó al ser humano para tener relación con otros seres humanos. El ser humano nunca fue creado para estar solo, tampoco para vivir aislado ni para desarrollar la independencia fuerte que llega a ser siempre más fuerte en nuestro mundo moderno. Dios creó al hombre para relacionares el uno con el otro. En sus relaciones Dios le creó digno, respetuoso y con una intimidad preciosa.

La mayoría de los problemas por los cuales las personas buscan consejería tienen que ver con algún aspecto de las relaciones entre personas. Vemos relaciones rotas entre padres e hijos, matrimonios sufriendo, abusos sufridos de parte de los padres, madres, otros familiares, amigos y jefes. Vemos luchas fuertes entre hermanos en Cristo. Y la lista sigue con caso tras caso de problemas graves relacionales. Si vamos a aconsejar a nuestros semejantes en sus problemas relacionales necesitamos recordar el ideal de lo relacional que Dios creó. Dios creó relaciones humanas buenas, el matrimonio perfecto, la interdependencia y paz. Vemos persona tras persona cuyas relaciones parecen muy diferentes. Si vamos a ayudarles a cambiarlas y mejorarlas necesitamos tener una visión de lo que podría existir. No hay ideal más grande de lo que Dios creó originalmente.

Anteriormente escribí acerca de la intimidad preciosa que hubo entre el hombre original y su esposa. Veamos esta intimidad en un versículo que tendemos a pasar rápido, el versículo veinticinco de este capítulo. Por supuesto, la desnudez de Adán y Eva era una desnudez física y sana que demuestra su inocencia antes de la entrada del pecado. Pero, también demuestra una franqueza que había en su relación. Vivían juntos, sin barreras, sin máscaras, sin disfraz. Podían, en su inocencia, relacionarse de manera honesta, abierta y franca sin la necesidad de esconderse, aún detrás de la ropa. Por supuesto, no estoy recomendando la vida nudista, tampoco que debemos buscar una colonia nudista para vivir. Pero, en este capítulo estamos considerando el ideal de la creación original. Este versículo nos da otro vislumbre de lo ideal de las relaciones, sin los estorbos del pecado.

Debemos evitar el error de ver solamente lo perverso del aconsejado sin considerar sus orígenes más fundamentales. Consejero, cada persona que busca la ayuda suya es un ser creado a la imagen de Dios, creado para rendir gloria al Dios soberano, creado para relacionarse con Dios, creado para relacionarse con sus semejantes y creado para señorear en la tierra. Es esto lo que da esperanza al trabajo de aconsejar. Porque la vida de esta persona fue creada con valor y dignidad hay esperanza de su restauración. Mientras que nos metemos en los detalles tristes, perversos y retorcidos que nos presentan la consejería, tenemos que mantener la visión de algo más grande. Dios creó a esta persona a su imagen, y por medio de su poder, puede y quiere restaurar tal imagen. Lo hace progresivamente por medio del crecimiento espiritual, lo que la teología le llama el aspecto progresivo de la santificación. 2 Corintios 3:18 comunica claramente la intención de Dios para el cristiano. Esta intención necesita constituir la meta sobresaliente de la consejería. «Por tanto, nosotros todos mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen como por el Espíritu del Señor» (énfasis del autor). Así, vemos un dibujo conciso de la meta y proceso de la consejería. Un diagrama puede ayudarnos a entender lo que la consejería Cristiana pretende realizar en la vida del aconsejado.
Regresemos a la historia del joven homosexual que relaté en el prefacio. Debido a mi trasfondo familiar, para no mencionar mis convicciones cristianas y mis sentimientos varoniles, francamente la homosexualidad es algo que me da un asco profundo. Aun la idea de los asuntos que este joven me contaba eran repugnantes para mí. Sin embargo llegué a amarle como a un hijo. Bueno, de ninguna manera puedo jactarme sobre esto. Fue el Espíritu Santo quien me dio un amor no natural para este joven. Pero, un caso de esta índole nos presenta la necesidad de ver más que la repugnancia del pecado, para ver la dignidad de la criatura de Dios.
Empezamos con la dignidad del hombre, para recordarnos de su estado original. Queremos ver esta dignidad fundamental debajo de las capas de suciedad que el pecado deja en la vida. Y con todas las limitaciones con las cuales tenemos que trabajar, queremos llevar al aconsejado un poco más cerca a la restauración del ideal original.


Pero, lamentablemente no podemos terminar con la dignidad. Nuestros antepasados pecaron, y todos en ellos pecamos también. Ahora, el pecado es la realidad humana. En el próximo capítulo necesitamos explorar el significado de la depravación del hombre para la consejería.


martes, 17 de junio de 2014

LA SOLUCION DIVINA PARA LA AMARGURA

Hace tiempo una mujer de 43 años vino a consultarnos. Hacía 23 años que estaba en tratamiento médico y siquiátrico por su depresión. Era una triste historia que cada vez escuchamos con más frecuencia. El padre de esta mujer se había aprovechado de ella desde los 5 hasta los 14 años de edad. Tiempo después ella recibió al Señor como Salvador de su vida, lo cual trajo alivio al comienzo, pero meses después volvió a caer en un estado depresivo. Vino a verme como un último recurso. "Desempacamos” el problema y descubrimos varios asuntos que solucionar, entre ellos como era lógico, un profundo resentimiento hacia su padre.

¿Cuál fue la ayuda para esta pobre mujer y para los miles que cuentan con experiencias similares?

Si hasta el momento usted no ha tenido que luchar con la amargura, tarde o temprano le acontecerá algo que lo enfrentará cara a cara con la tentación de guardar rencor, de vengarse, de pasar chismes, de formar alianzas, de justificar su actitud porque tiene razón, etc. Como cristianos hemos de estar preparados espiritualmente. ¿Cómo hacerlo?

Establecer la santidad como meta en su vida. Como en todos los casos de pecado, más vale prevenir que tener que tratar con las consecuencias devastadoras que el pecado siempre deja como herencia. El escritor de Hebreos, dentro del contexto de la raíz de amargura, exhorta: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (12:14). La mejor manera de prevenir la amargura es seguir o buscar la paz y la santidad; asumir un compromiso con Dios para ser santo (puro) pase lo que pasare. Cuando sobrevienen situaciones que lastiman nuestros sentimientos, producen rencor y demás actitudes que forman el círculo íntimo de la amargura, debemos decir: “He hecho un pacto con Dios a fin de ser santo, como El es Santo. A pesar de que la otra persona tenga la culpa, entregaré la situación en manos de Dios, perdonaré al ofensor y buscaré la paz."

Nótese la diferencia entre la actitud de David y su ejército cuando volvieron de una batalla (1 Samuel 30). Encontraron la ciudad asolada y sus familias llevadas cautivas. En vez buscar el consuelo de Dios y por ende Su sabiduría, el pueblo se amargó y propuso apedrear a David. En contraste, la Biblia explica que "David se fortaleció en Jehová su Dios” (v. 6). En ningún momento es mi intención minimizar el daño causado por una ofensa o por el ultraje que experimentó David y su gente, sino que mi deseo es magnificar la gracia de Dios para consolar y ayudar a perdonar.

Consideremos ahora qué hacer cuando estamos amargados.

1) Ver la amargura como pecado contra Dios. En las próximas páginas explicaremos la importancia de perdonar al ofensor. Sin embargo, si yo estimara la amargura solamente como algo personal contra la persona que me engañó, me lastimó, me perjudicó con chismes o lo que fuere, sería fácil justificar mi rencor alegando que tengo razón pues el otro me hizo daño. Como ya mencionamos, es posible que no hay nada tan difícil de solucionar que la situación de la persona amargada que tiene razón para estarlo.

Cuando tengo amargura en mi corazón, con David tengo que confesar a Dios: “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Salmo 51:4). En el momento en que percibo que (a pesar de las circunstancias) la amargura es un pecado contra Dios, debo confesarlo y la sangre de Cristo me lavará de todo pecado. Pablo instruye: “Quítense de vosotros toda amargura". La Biblia no otorga a nadie el derecho de amargarse.

Volvamos al Antiguo Testamento para entender el contexto de la raíz de amargura en Deuteronomio 29:18, donde el pecado principal es la idolatría. Eso es precisamente lo que pasa en el caso de la amargura. En vez de postrarse ante el Dios de la Biblia, buscando la solución divina, uno se postra ante sus propios recursos y su propia venganza. El ídolo es el propio “yo".

2) Perdonar al ofensor. En el mismo contexto donde Pablo nos exhorta a librarnos de toda amargura, nos explica cómo hacerlo: “…perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31–32).

En junio de 1972, por vez primera en mi vida tuve que enfrentarme con la amargura. Dos ladrones entraron en la oficina de mi padre y lo mataron a sangre fría, robando menos de 50 dólares. Ni siquiera tuve el consuelo de poder decir, “Bueno, papá está con el Señor", porque a pesar de ser una excelente persona, mi padre no tenía tiempo para Dios. ¿Cuáles eran mi opciones? ¿Hundirme en la amargura? ¿Buscar venganza? ¿Culpar a Dios? No, tenía un compromiso bíblico con Dios de buscar la santidad en todo. La respuesta inmediata era perdonar a los criminales y dejar la situación en manos de Dios y las autoridades civiles.

¿Tristeza? Sí. ¿Lágrimas? Muchas. ¿Dificultades después? En cantidad. ¿Consecuencias? Por supuesto. ¿Fue injusto? Indiscutiblemente. ¿Hubo otras personas amargadas? Toda mi familia. ¿Viví o vivo con raíz de amargura en mi corazón? Por la gracia de Dios, no.

a) El perdón trae beneficios porque quita el resentimiento. Uno de los muchos beneficios de no guardar rencor es poder tomar decisiones con cordura.

b) El perdón no es tolerar a la persona ni al pecado; no es fingir que la maldad no existe ni es intentar pasarla por alto. Tolerar es “consentir, aguantar, no prohibir” y lejos está de ser el perdón bíblico. Permitir es pasivo mientras perdonar es activo. Cuando la Biblia habla de perdón, en el griego original hallamos que esta palabra literalmente significa “mandarlo afuera". Activamente estoy enviando el rencor “afuera", es decir estoy poniendo toda mi ansiedad sobre Dios (1ª Pedro 5:7).

c) El perdón no es simplemente olvidar, ya que eso es prácticamente imposible. El resentimiento tiene una memoria como una grabadora, y aún mejor porque la grabadora repite lo que fue dicho, mientras que el resentimiento hace que con cada vuelta la pista se vuelva más profunda. La única manera de apagar la grabadora es perdonar.

Después de una conferencia, una dama me preguntó: “Si el incidente vuelve a mi mente una y otra vez, ¿quiere decir que no he perdonado?” Mi respuesta tomaba en cuenta tres factores:

(1) Es posible que ella tuviera razón. Recordamos que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso…” (Jeremías 17:9). El ser humano haría cualquier cosa para mitigar la vergüenza, y es lógico que permanezcan los fuertes sentimientos negativos asociados con una ofensa. Volvamos al caso de la mujer que durante 23 años había estado en tratamiento siquiátrico a causa del abuso de su padre. Después de aclarar lo que no es el perdón, y luego de hablar sobre los beneficios que el perdón produciría, le expliqué que de acuerdo a Marcos 11:25 ella tenía que perdonar a su padre. Su respuesta inmediata fue: “Ya lo he hecho.” Pero era obvio que estaba llena de amargura y rencor. Mi siguiente pregunta fue: “¿Cuándo y cómo lo hizo?” Su contestación ilustra otra manera en que el ser humano evita asumir responsabilidad ante el Señor. Me dijo: “Muchas veces he pedido al Señor Jesús que perdonara a mi padre.” Es posible que la mujer aún no entendiera lo que Dios esperaba con respecto al perdón. O tal vez fuera su manera de no cumplir con una tarea difícil. Con paciencia volví a explicarle las cosas, y finalmente ella inclinó la cabeza y empezó a orar. Pronto vi lágrimas en sus ojos, y de corazón perdonó a su padre. Al día siguiente regresó para una consulta y se la veía con esperanza, con alivio y como una nueva persona.

(2) Hay quienes desean que recordemos incidentes dolorosos del pasado. En primer lugar está Satanás, que trabaja día y noche para dividir a los hermanos en Cristo (Apocalipsis 12:10; 1ª Timoteo 5:14). En segundo lugar, la vieja naturaleza saca a relucir el pasado. Los mexicanos emplean la frase “la cruda” al referirse a los efectos de la borrachera al día siguiente. En cierto modo es posible tener una “cruda espiritual” que precisa tiempo hasta no molestar más. Me refiero a ciertos hábitos, maneras de pensar que son difíciles de romper. Si uno en verdad ha perdonado, cada vez que el incidente viene a la memoria, en forma inmediata hay que recordar a Satanás y recordarse a sí mismo que la cuestión está en las manos de Dios y es un asunto terminado que sólo forma parte del recuerdo.

(3) Finalmente existe otra persona o grupo que no quiere que usted olvide el incidente: Aquellos que fueron contagiados por su amargura, aquellos a quienes usted mismo infectó y como resultado tomaron sobre sí la ofensa. Por lo general para ellos es más difícil perdonar porque recibieron la ofensa indirectamente. Por lo tanto, no se sorprenda cuando sus amigos a quienes usted contagió de amargura, se enojan con usted cuando, por la gracia de Dios, ha perdonado al ofensor y está libre de dicha amargura.

d) El perdón no absuelve al ofensor de la pena correspondiente a su pecado. El castigo está en las manos de Dios, o quizá de la ley humana. El salmista nos asegura: “El Señor hace justicia, y juicio a favor de todos los oprimidos” (Salmo 103:6 BLA).

Presenté estos principios por primera vez en una iglesia donde no solamente varios de los feligreses estaban resentidos, sino también el mismo pastor. Después del sermón el pastor dividió a su pequeña congregación en grupos de 5 ó 6 personas para dialogar sobre el tema. Me tocó estar en un grupo que incluía a una pareja y su hijo adolescente. En forma inmediata noté la total falta del gozo del Señor en aquella familia. Durante los 20 minutos que tuvimos para compartir me preguntaron cómo era posible quitar la amargura del corazón por un gran mal que alguien había cometido. El hijo mayor había entrado en el mundo de la droga a pesar de que sus padres eran cristianos. Un día no tuvo suficiente dinero para pagar por su dosis regular, y el proveedor lo mató. Desde aquel momento la amargura había estado carcomiendo a toda la familia, y alegaban que era imposible perdonar. Ellos creían que perdonar significaba absolver a los asesinos del crimen que habían perpetrado.

e) El perdón tampoco es un recibo que se da después que el ofensor haya pagado. Si no perdonamos hasta tanto la otra persona lo merezca, estamos guardando rencor.

f) El perdón no necesariamente tiene que ser un hecho conocido al ofensor. En muchos casos el ofensor ha muerto, pero el rencor continúa en el corazón de la persona herida. Recuerdo el caso de una señora que con lágrimas admitió que su esposo había desaparecido con otra mujer de la iglesia. Durante la conversación me confesó: “Lo he perdonado. Hay y habrá muchas lágrimas, dolor y tristeza, pero me rehúso terminantemente a llegar al fin de mi vida como una vieja amargada.” El hombre consiguió el divorcio y se casó legalmente con la otra mujer. Por su parte, esta señora vive con su tres muchachos y sirve a Dios de todo corazón; sus hijos aman al Señor y oran para que su padre un día regrese al camino de Dios. Tener que perdonar un gran mal mientras el ofensor no lo merezca, representa una excelente oportunidad para entender mejor cómo Cristo pudo perdonarnos a nosotros (Romanos 5:8; Efesios 4:32).

g) El perdón debe ser inmediato. Una vez me picó una araña durante la noche. Tuve una reacción alérgica que duró casi medio año. Ahora bien, si hubiera podido sacar el veneno antes de que se extendiera por el cuerpo, hubiera quedado una pequeña cicatriz pero no habría habido una reacción tan aguda. Algo semejante sucede con el perdón. Hay que perdonar inmediatamente antes de que “la picadura empiece a hincharse.”

h) El perdón debe ser continuo. La Biblia indica que debemos perdonar continuamente (Mateo 18:22). Perdonar hasta que se convierta en una norma de vida. Uno de los casos más difíciles es cuando la ofensa es continua como en el caso de esposo/esposa,22 patrón/empleado, padre/hijo, etc. Es entonces cuando el consejo del Señor a Pedro (perdonar 70 veces 7) es aun más aplicable.

i) El perdón debe marcar un punto final. Perdonar significa olvidar. No hablo de amnesia espiritual sino de sanar la herida. Es probable que la persona recuerde el asunto, que alguien le haga recordar o que Satanás venga con sus mañas trayéndolo a la memoria. Pero una vez que se ha perdonado es posible olvidar.

Perdonar es la única manera de arreglar el pasado. No podemos alterar los hechos ni cambiar lo ya ocurrido, pero podemos olvidar porque el verdadero perdón ofrece esa posibilidad. Una vez que hay perdón, olvidar significa:
1) Rehusarse a sacar a relucir el incidente ante las otras partes involucradas.
2) Rehusarse a sacar a relucirlo ante cualquier otra persona.
3) Rehusarse a sacar a relucirlo ante uno mismo.
4) Rehusarse a usar el incidente en contra de la otra persona.
5) Recordar que el olvido es un acto de la voluntad humana movida por el Espíritu Santo.
6) Sustituir con otra cosa el recuerdo del pasado, pues de lo contrario no será posible olvidar. Pablo nos explica una manera de hacerlo: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:20, 21). Jesús amplía el concepto: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

j) El perdón también significa velar por los demás. Al finalizar su libro y bajo la inspiración del Espíritu Santo, el escritor de Hebreos exhorta a todos los creyentes a que seamos guardianes de nuestros hermanos. El versículo que advierte sobre la raíz de amargura comienza con: “Mirad bien”. En el griego original es la palabra episkopeo, de donde procede el término obispo o sobreveedor. Esto implica que en el momento en que uno detecta que se ha sembrado semilla de amargura en el corazón de un hermano en Cristo, la responsabilidad es ir con espíritu de mansedumbre, y hacer todo lo posible para desarraigarla antes que germine.


Se requiere un compromiso profundo con Dios a fin de no caer en la trampa de la amargura. Cristo mismo nos dará los recursos para vivir libres del “pecado más contagioso”.