sábado, 28 de junio de 2014

Tipo de ilustraciones

A continuación, una de las mejores listas de ilustraciones que un predicador puede utilizar. Estúdiela con cuidado, ya que le ayudará a comprender la gran variedad de maneras en que se puede ilustrar una verdad:

a. El símil es una expresión de carácter pictórico. Consiste en la comparación directa que se hace entre dos ideas o realidades, por la relación de semejanza, similitud, que hay entre ellas en uno o varios de sus aspectos. Encontramos muchos ejemplos en el Antiguo y Nuevo Testamentos. Jesucristo utilizó constantemente el símil. Un buen ejemplo es: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mt 23:37).
b. La metáfora, que es la figura literaria por excelencia en la lengua española, consiste en palabras o expresiones que dicen que una realidad es como otra parecida. Es decir, se traslada el sentido de una persona o cosa a otra en virtud de la relación de semejanza que hay entre ellas. Como en el caso de los símiles, las metáforas son numerosas en la Biblia, y constituyen uno de los recursos retórico–literarios más utilizados para ilustrar en la enseñanza y predicación de Jesucristo. Para muestra, solo un par de ejemplos: «Yo soy el buen pastor, el buen pastor su vida da por las ovejas» (Jn 10:11); «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5:14a). Es impresionante e iluminador el hecho de que en el sermón del monte podemos encontrar cincuenta y seis metáforas.
c. La analogía funciona, en la ilustración, basada en el principio de que las realidades o situaciones que se asemejan en ciertos aspectos, lo harán también en otros. Esto no debe confundirse con la comparación. En la analogía solo hay similitud entre dos o más atributos, circunstancias o efectos. El parecido es en forma proporcional. Por ejemplo, los filósofos antiguos, preocupados por el sentido total de la vida humana, al observar que la mariposa, viva y bella, emergía de una crisálida aparentemente muerta y poco atractiva, decidieron por analogía que el alma viviente del ser humano emergería en forma similar de su cuerpo muerto. Es decir, su observación de ciertas leyes naturales los llevó, a través del paralelismo analógico, a formular argumentos antropológicos. Por ejemplo, según Jesucristo, el acto de evangelizar es análogo al de pescar, y para Pablo, el evangelio es análogo a la dinamita. Con James Crane concordamos en que uno de los mejores, sino el mejor ejemplo del uso de la analogía en Jesucristo, es: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en é1 cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:14–15).
d. La parábola es, etimológicamente, la combinación de dos vocablos griegos: para, la preposición que significa «al lado de, junto a»; y ballein, el verbo «echar o arrojar». Juntos significan aquello que se coloca al lado de otra cosa, para demostrar la semejanza entre las dos. En resumen, parábola significa «semejanza». La parábola es semejante al símil, pero sus detalles se han ampliado como narración. En cierto sentido, la parábola es la extensión del símil. Es una historia concreta y fácilmente comprensible de lo cotidiano —real o imaginario— a fin de ilustrar una verdad que, quien la usa, quiere hacer clara y central en sus oyentes. La parábola se compone normalmente de tres partes: la ocasión, la narración y la aplicación o lección espiritual. La parábola enseña siempre una sola verdad central, exactamente como todo otro tipo de buena ilustración en el sermón. Cuando la verdad del sermón se ilustra objetivamente a través de una historia que parece inocente, y se ejemplifica en la vida de alguien, su moraleja puede obrar positivamente en los oyentes. La parábola bien construida no necesita explicar ni moralizar, puesto que estas funciones deben estar implícitas en la misma. Jesucristo no solo utilizó parábolas inspiradas en la naturaleza y en la vida social, política y doméstica, sino que también perfeccionó este género retórico–literario. Sus parábolas son ejemplos notables de ilustración, por su fuerza, equilibrio estructural y economía del lenguaje. La preparación de parábolas como material de ilustración para nuestros sermones, es una tarea difícil, pero su uso, en los casos no muy numerosos en que se hace posible, vigoriza el carácter pictórico y docente de la predicación.

e. El suceso histórico es la imagen forjada en palabras sobre características de algún personaje o situación de la historia, preferiblemente de nuestros pueblos, que ofrezca ejemplos sobre aspectos de nuestros temas, aun en relación con manifestaciones de la providencia de Dios a través del devenir humano. Esto último obliga a la prudencia y cautela extremas en el uso de este tipo de ilustraciones. Además, somos llamados a buscar tales recursos en nuestra propia historia, pletórica de material ilustrativo. Los libros de ilustraciones, por ser hasta el presente en su mayoría traducciones del inglés, aunque proveen gran número de referencias a hechos históricos, son muchas veces desconocidos y completamente ajenos a los intereses de nuestras congregaciones. Lo mismo se aplica a las anécdotas ilustrativas, que a continuación comentaremos.
f. La anécdota es el relato breve de un hecho curioso, poco conocido y ejemplificador, ya sea sobre personajes y situaciones reales o imaginarias. Su valor yace no tanto en su interés histórico o biográfico como en sus características narrativas, basadas más en lo inusual que en lo moral. Es lo fuera de lo común lo que, por vía de ejemplo, ofrece la lección espiritual. Este recurso, muy usado en nuestros púlpitos, requiere selección y formulación cuidadosas. Uno de los peligros de la anécdota es su degeneración en fábula. Esta, en su significado negativo, es la narración falsa, engañosa, de pura invención, que carece de todo fundamento. Es la ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad. Aparece en casi toda la literatura de género mitológico. El uso más positivo de la fábula es como composición literaria, generalmente en verso, en que por medio de una ficción alegórica y la representación de personas y de personificaciones de seres irracionales, inanimados o abstractos, se da una enseñanza útil o moral. Entre las colecciones más conocidas por nuestra gente están las fábulas de Esopo, Samaniego y Hans Christian Andersen. El púlpito, opinamos, no es lugar para la fábula. Las anécdotas, ya sean reales o imaginarias, pero válidas por su relación directa y ejemplificadora con las verdades del evangelio y las necesidades humanas, tienen un lugar valioso en la predicación.
g. La poesía es un género literario muy utilizado, con propósito ilustrativo, en la predicación. La buena poesía no solo contiene los pensamientos más sublimes que puede concebir la mente sino que además penetra y expresa las complejas profundidades de la naturaleza humana. Tanto los clásicos de todos los tiempos, como la poesía contemporánea, en sus expresiones cristianas, como en el amplio mundo de lo llamado secular, ofrecen en nuestra lengua cervantina una fuente inagotable de material ilustrativo. Aunque en general a nuestras congregaciones les agrada el uso de la poesía desde el púlpito, debemos ser muy cuidadosos. Una cosa es la poesía como medio de ilustración; otra es su uso como flor, adorno, para hacer más bonito el sermón. Por ello, a veces será sabio usar solo una estrofa o líneas del poema que ilustren el aspecto del tema en cuestión. Con lo dicho no desestimamos la belleza que el género poético agrega a la predicación; solo apuntamos que la ética antes que la estética debe dominar nuestro mensaje.
h. El episodio o incidente biográfico es uno de los tipos de ilustración sermonaria de mayor uso y valor. Y esto con razón, pues, como bien apunta James D. Robertson: «No hay aspecto de la vida que no tenga paralelo en alguna biografía. Es aquí donde podemos encontrar un ejemplo concreto para cada verdad bíblica que tiene que ver con el ser humano». Un tipo especial, dentro de este género, es la autobiografía o experiencia personal de quien predica. El caso del apóstol Pablo, que reiteradamente usa sus propias experiencias para ilustrar la verdad, defender su ministerio y ensalzar la gloria de Dios, es constantemente emulado en nuestros púlpitos. Los testimonios personales son elementos comunes a nuestra predicación. El peligro está cuando, quien testifica, se transforma, inconsciente o conscientemente, en el personaje o héroe de la historia. Ahí es cuando la experiencia personal, que pretendía ilustrar una verdad, pierde su valor dentro del sermón, pues desvía la atención de la congregación del Personaje único, en última instancia, de todo sermón, Jesucristo, y la centra en quien predica. Las experiencias personales, como ilustraciones de nuestros sermones, deben ser pocas, breves, sencillas y claramente dirigidas a destacar explícitamente la gloria de Dios.

i. Los medios visuales constituyen un recurso ilustrativo que es muy poco explotado en la predicación. Si prestamos seria atención a lo ya dicho al comenzar estos comentarios sobre la ilustración, esto es, que el ochenta y cinco por ciento del conocimiento que captamos es a través de lo que vemos, entonces comprenderemos el tremendo valor de usar todo tipo de objetos visibles como ilustraciones de lo que predicamos. Las posibilidades son múltiples, y es ahí donde nuestra creatividad al respecto será probada. Desde una simple moneda, hasta la proyección luminosa de una o varias imágenes mientras predicamos, pasando por todo aquello que pueda ser útil para ilustrar las enseñanzas del sermón, debemos aprovecharlo todo como material visual ilustrativo. 



viernes, 27 de junio de 2014

Uso y abuso de las ilustraciones

Predica la Palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.
2 Timoteo 4:2

Me interesó un sermón predicado por un buen amigo cuyo nombre, por cariño, me reservo. Se basaba en Isaías 7:14, que dice: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.

Recuerdo que aquel domingo me acomodé en el asiento de la iglesia para oír lo que esperaba fuese un gran sermón navideño. Pero ¡me decepcionó! Como que aprendemos mucho de los ejemplos negativos. Hace poco, al recordar el sermón, me acerqué a la iglesia para comprar el casete de ese sermón. Lo acabo de escuchar de nuevo. Con fidelidad, pues, puedo identificar las fallas en el sermón.

El gran error de mi amigo fue crear un sermón alrededor de unas buenas ilustraciones, en lugar de dejar que estas surgieran del tema bíblico. Les cuento las ilustraciones para mostrar la manera en que caemos, con facilidad, en la tentación de permitir que ellas cambien el rumbo de una predicación. Así se darán cuenta de lo fácil que es dejar que las ilustraciones sean lo que forman la base de los pensamientos en vez del pasaje bíblico.

Comenzó contando acerca de lo inepto que somos, usando una ilustración personal: Fue al refrigerador a buscar la mayonesa. Sabía que solía estar allí, pero no la podía encontrar. Así que llamó a la esposa. Acercándose a la puerta abierta, ella apuntó el dedo y le dijo: «¡Ahí está, en tus propias narices! ¿Cómo es posible que no lo hayas visto»? De inmediato siguió a otra ilustración, esta vez relató en cuanto a lo sordo que a veces somos: la ocasión mencionada fue un juego de fútbol que veía en la televisión. La esposa se le acercó para pedirle un favor.«Honestamente —confesó— no oí ni una sola palabra de lo que ella me pidió, tan absorto estaba en el juego».

Aplicando las dos ilustraciones al sermón, dijo: «Así era Israel. Tan absortos estaban en sus problemas y quehaceres que no prestaron atención a lo que les dijo el profeta Isaías en cuanto a la venida del Mesías».

«Buen comienzo», pensé, «me alegro que vine».

Pero fue al terminar esa explicación, mi amigo comenzó a fallar. Habló acerca de la manera en que hoy día se nos bombardea con publicidad por televisión. Citó un verso pueril, publicidad cantada para niños, con el propósito de venderles «perros calientes» (un pan con salchicha, salsa de tomate, mayonesa y mostaza), que decía así:
Cuánto quisiera ser perro caliente;
Es lo que más quiero, verdaderamente;
Porque si fuera un perro caliente,
Todo el mundo me amaría siempre.
La congregación estalló en risas, y alentado por esa respuesta de la audiencia, mi amigo predicador continuó. Al parecer, lo contagioso de la cancioncita le inspiró otros pensamientos, y el sermón comenzó a buscar otro rumbo. Dejó de hablar del profeta Isaías, abandonó el texto que había escogido, e introdujo un tema totalmente nuevo: los regalos que tú y yo deseamos. Indicó que en lugar de desear aquello que nos hace mejores, escogemos lo que nos perjudica. Pasó un buen rato hablando de nuestras avaricias malsanas.

Esto lo siguió introduciéndonos, con otra ilustración, al gran músico Bethoven, cuando era ya viejo y muy sordo. En cuanto a este personaje, el predicador relató que un día se sentó ante el clavicordio y comenzó a tocar con todas sus fuerzas. Tan sordo estaba que no podía oír que el instrumento estaba todo desafinado y algunas cuerdas rotas. Inspirado con su ilustración, mi amigo comenzó a levantar la voz contándonos que, a pesar de su sordera, la música le salía del corazón a Bethoven y que en su «oído interno» le sonaba tan bien que las lágrimas brotaban de sus ojos. «Cuando hay música en el interior —dijo con gran fervor— no importa lo que se oye por fuera, estamos conmovidos y satisfechos, pues Dios ha puesto música en el alma de nuestras vidas».

Lo que decía sonaba convincente, pero no tenía nada que ver con el pobre Isaías, los perros calientes ni la Virgen con que había comenzado; ya no se acordaba de ellos. Ahora hablaba de la música que debiéramos tener en el interior de nuestras almas.

Luego habló de una señora que tenía una casa. El piso de la misma estaba cubierto totalmente por una linda alfombrada, pero estaba muy sucia; por tanto necesitaba una aspiradora eléctrica. La mujer fue a un almacén de Sears y se compró una. La llevó a su casa y la enchufó en el tomacorriente. Prendió la aspiradora, pero al poco rato se apagó. Volvió a prenderla, y se apagó de nuevo. Irritada pensando que la habían engañado, la señora llamó al almacén contando lo ocurrido con el aparato y exigió otro.

El gerente, oyendo cómo funcionaba la máquina de manera tan inexplicable, mandó un empleado a la casa de la mujer para que le mostrara el problema. La señora enchufó de nuevo el aparato, y comenzó nuevamente a trabajar, pero enseguida se paró. El empleado revisó la conexión eléctrica, y se echó a reír diciéndole. «Miré, señora. Usted enchufó la aspiradora a la conexión que enciende las luces de su arbolito de Navidad. Este enchufe tiene un dispositivo intermitente para que las luces del arbolito prendan y apaguen. Es por eso que su aspiradora funciona así».

Todos los presentes nos reímos, pues la ilustración era graciosa. Pero, ya pueden imaginarse el rumbo que tomó el sermón.

Mi amigo pastor se puso a hablar de la necesidad que tenemos de estar conectados directamente a Jesucristo, no dejando que las tentaciones intermitentes del mundo nos distraigan. La única relación que hizo con el pasaje de Isaías fue una breve referencia a que Jesucristo procedía de una Virgen, según la promesa del profeta.

Citó luego un proverbio chino: «El que no cambia de rumbo, llegará al destino del camino por el que va». Esta cita fue seguida por otra del conocido escritor Max Lucado, hablando de «un nombre nuevo escrito en la gloria». Ambas referencias le sirvieron para preguntar a sus oyentes —nosotros—, qué camino seguíamos, y si tendríamos nuestros nombres escritos en la gloria.

Terminó contándonos acerca de un hogar para niños con el síndrome de Down. Resulta que, acercándose la Navidad, el director, Bud Wood, les habló a los niños de la manera en que Jesús los amaba. Añadió que Él regresaría pronto, apareciendo en las nubes, para llevarlos al cielo. A los niños les encantó la historia, y todos corrieron a las ventanas del hogar, pegando sus manos y bocas contra el cristal, para intentar ver a Jesús descender en las nubes. Pocos minutos después llegaron visitantes y familiares. Comentaron de lo sucio que estaban los cristales de las ventanas. «Ah —explicó el director— es que los niños hace unos minutos las ensuciaron todas, queriendo ver si Jesús llegaba en las nubes para llevarlos al cielo».

Así llegó a la conclusión: «Queridos amigos, qué precioso es pensar que Jesús vino al mundo para hacer posible que nosotros, manchados y sucios por el pecado, podamos ir al cielo. Recuerden que si no están limpios por su sangre, esa entrada les será prohibida. Pero si sus pecados han sido limpiados, esa esperanza es de ustedes».

Creo que al revisar las ilustraciones de mi amigo en su sermón todos diríamos que son buenas —algunas magníficas. Pero como acabamos de ver, tener magníficas ilustraciones no hace un sermón. Tener muchas ilustraciones tampoco. El buen sermón tiene que apegarse a un texto o pasaje bíblico y quedarse ahí —no vagar por el mundo entero. Las ilustraciones escogidas tienen que ayudarnos a entender el pasaje de comienzo a fin, no sencillamente llenar los minutos que corresponden a un sermón dominical.

¿Cuál fue el gran error de mi colega? Dejar que las ilustraciones fueran las que guiaran el pensamiento. Nunca permitamos que la ilustración sea la base del sermón. Lo que Dios ha dicho en su Palabra es esa base. Lo que debe hacer una ilustración es abrir la mente para que entendamos el concepto tratado en la Biblia. Lo que necesita la humanidad es un mensaje claro de la palabra divina, no una serie de ilustraciones entretenidas que nos llevan a nada.


Tenemos que presentar esa palabra de tal forma que el que nos escucha sea conmovido por ella. Queremos ver cumplir en nuestra predicación un espectáculo milagroso, pues sabemos que esa Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos. Penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón



jueves, 26 de junio de 2014

Las sutilezas del orgullo

Te haré pequeño entre las naciones, menospreciado entre los hombres. Te engañaron tu arrogancia y la soberbia de tu corazón.Tú, que habitas en las hendiduras de las peñas, que alcanzas las alturas del monte, aunque eleves como el águila tu nido, de allí te haré descender, dice Jehová. 
Jeremías 49.15–16
Ninguna condición neutraliza tan eficazmente al hijo de Dios como el orgullo. Con una contundencia absoluta, pone fin a la relación con el Altísimo y deja a las personas expuestas a toda clase de engaño espiritual. Cuando no se le corrige a tiempo, invita al juicio y el castigo. Nos basta con mirar la vida del rey Saúl para ver cuán irreversibles fueron las consecuencias del pecado de soberbia para él.

Considerando lo devastador que son los efectos del orgullo en nuestra vida, todos nosotros deberíamos andar con temor y temblor, para que no se instale esta actitud en nuestro corazón. Mas la lucha con el orgullo es compleja, porque no nos enfrentamos a un problema de fácil identificación. El orgullo es profundamente engañoso. Al estar íntimamente ligado con la vida espiritual, fácilmente se lo confunde con la verdadera pasión y devoción por los asuntos de Dios. Por su misma esencia, nos resulta más fácil identificarlo en la vida de nuestro prójimo que en nuestro propio corazón, pues nos engaña en cuanto a descubrirlo y desecharlo.

En segundo lugar, aun cuando descubrimos su presencia en nuestras vidas (por la acción del Espíritu), el orgullo no es una actitud que cederá mansamente frente a nuestro intento de desenmascararlo. Nos llena de argumentos, razonamientos y justificativos para convencernos de que en realidad no es lo que pensamos que es. Exige siempre la última palabra en todo y jamás permite que nos sintamos cómodos pidiendo disculpas, reconociendo nuestros errores o dándole preferencia a otra persona.

¿Dónde tiene su raíz el orgullo? El pasaje de hoy, que se une a una multitud de pasajes en la Palabra sobre el tema, nos da una importante pista: la esencia del orgullo es querer ocupar un lugar de supremacía que no nos corresponde. Solamente el Señor debe ser exaltado. Todos nosotros somos iguales, mas el orgullo, que es lo que produjo la caída de Lucifer, quiere que ocupemos un puesto por encima de los demás y aun de Dios mismo. Ya sea que no permita recibir corrección, o que no reconozca mis errores, o que me dedique a juzgar a los demás, o que no me relacione con los que no piensan como yo, el orgullo siempre me instala en una posición donde me considero superior al otro.

Debemos, de veras, temblar ante la posibilidad de quedar presos del orgullo. Solamente el Señor puede librarnos, porque solamente él lo puede identificar claramente en nuestro corazón. No nos quedemos con nuestro propio análisis de nuestras vidas. Sabiendo lo evasivo que es el orgullo, pidamos al Señor que examine nuestros corazones. Luego, con actitud valiente, hagamos silencio para que él nos diga lo que él ve en nosotros. Aunque duela, su diagnóstico es certero y traerá libertad.
Para pensar:

¿Quién puede discernir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias, que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro y estaré limpio de gran rebelión» (Sal 19.12–13).



miércoles, 25 de junio de 2014

Vivir en abundancia y en escasez

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. 
Filipenses 4.13
No cabe duda que este versículo presenta un principio general de la vida espiritual, pero resulta mucho más interesante pensar en el significado que tiene dentro del contexto que estaba escribiendo el apóstol Pablo.

El tema que viene tratando este segmento del capítulo 4 es, precisamente, la respuesta del cristiano frente a diferentes estados económicos. La iglesia de Filipos había enviado al apóstol una ofrenda, acción que le produjo gran alegría. Mas Pablo aclara inmediatamente que su alegría no era tanto por la ofrenda en sí, sino por la oportunidad de dar para aquellos que andan en novedad de vida. En lo que a él se refería, señala que su gozo frente a la ofrenda no es «…porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad (Flp 4.11–12). Y luego agrega: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Flp 4.13).

Tomemos nota de este contexto. Hay muchos desafíos que enfrentan al discípulo de Cristo, que requieren de un especial compromiso con Dios para ser sobrellevados victoriosamente. De todos ellos, sin embargo, ninguno pone al cristiano frente a un peligro tan grande como el tema del dinero. En otra carta, Pablo había declarado categóricamente: «porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron atormentados con muchos dolores» (1 Ti 6.10). En mi experiencia pastoral no he encontrado, tampoco, algo que posea mayor capacidad para robarse el corazón del hijo de Dios que los asuntos relacionados al dinero.

¿A qué peligros, puntualmente, se está refiriendo el apóstol en el pasaje de hoy? Al reto de vivir en abundancia y en escasez. La abundancia trae consigo el particular desafío de no ceder frente a la soberbia que producen las riquezas, confiando más en los tesoros de este mundo que en el Señor. La pobreza, por otro lado, nos desafía a no creer que el dinero es la solución a todos los problemas de la vida. El pobre es acosado por su necesidad a cada momento y puede llegar, desde un lugar muy diferente al rico, a estar obsesionado también por el dinero.

El apóstol Pablo les dice a los filipenses que él había aprendido a vivir con contentamiento. Es decir, esa particular disposición a dar gracias siempre por lo que uno ha recibido, sin fijarse en lo que a uno le falta. Es esa convicción profunda, de que todo lo que tenemos, sea mucho o poco, viene de la mano de un Dios amoroso que no tiene obligación de darnos nada. Todo, en última instancia, es un regalo. De allí la permanente felicidad del apóstol.
Para pensar:

Señor mío,... No me des pobreza ni riquezas; sino susténtame con el pan necesario; no sea que, una vez saciado, te niegue y diga: «¿Quién es Jehová?» o que siendo pobre, robe y blasfeme el nombre de mi Dios. (Pr 30.8–9).



martes, 24 de junio de 2014

El valor del Dominio Propio

Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse.
Proverbios 25.28 (NVI)
La defensa de una ciudad no era un asunto que simplemente le agregaba una cuota adicional de seguridad a sus habitantes. En los tiempos del rey Salomón, era una cuestión de vida o muerte pues, según la práctica de la época, las batallas y guerras entre los pueblos frecuentemente incluían el subyugar a las poblaciones mediante el saqueo de sus ciudades. En las ciudades se encontraban los centros de administración, comercio y distribución de alimentos. Los pobladores de la zona sabían también que podían encontrar en las ciudades el socorro y la protección que necesitaban frente a la llegada de un enemigo.

Típicamente una ciudad estaba rodeada de un muro. Los muros muchas veces tenían hasta siete metros de ancho y diez metros de altura. En la base del muro, se colocaban terraplenes inclinados, rellenos con pedregullo para dificultar los intentos de escalarlos. El terraplén, en algunos casos, terminaba en una fosa que imposibilitaba el cruce de los ejércitos que buscaban acercarse hasta los muros. Las ciudades tenían pocas entradas y estas estaban construidas con elaborados diseños que impedían el paso de grandes cantidades de personas a la vez. Sobre los muros existían aberturas desde las cuales el ejército defensor podía herir a los atacantes con flechas y otros mísiles. También, los muros contenían torres donde se concentraban mayor cantidad de soldados para la defensa de puntos estratégicos. Algunos historiadores afirman que una ciudad construida de esta manera podía, en ocasiones, resistirse durante años a un estado de sitio.

¿Cuál era el propósito de esta defensa? Evitar que el ejército atacante entrara en la ciudad y arrasara con todo lo que encontrara en el camino. Una vez tomada una ciudad, sus edificios eran destruidos, sus habitantes eran tomados prisioneros y sus pertenencias pasaban a ser parte del botín de guerra del ejército conquistador. Como ciudad dejaba de tener utilidad alguna.

Así, dice el autor de Proverbios, es el hombre que carece de dominio propio. Piense en la persona que no sabe callarse. Vive rodeado de pleitos y controversias, y se enreda en todo tipo de dificultades, porque no sabe guardar silencio en el momento oportuno. Piense en la persona que no sabe decirle que no a los pedidos que otros le hacen. Pierde control de su propia vida y se pasa el tiempo tratando de satisfacer las demandas de todos los que se le cruzan por el camino. Piense en la persona que no sabe disciplinarse en la comida. Pierde su buen estado de salud y comienza a adquirir un peso en desproporción a su estatura, sufriendo todas las complicaciones propias de la obesidad. Piense en la persona que no puede resistirse a las seductoras invitaciones del pecado. Pierde su santidad y se hunde en todo tipo de prácticas que debilitan profundamente su vida espiritual.

Para pensar:
Tener dominio propio es saber tomar las medidas necesarias para cuidar y proteger los recursos que hemos recibido del Señor. Es poseer la disciplina para resistirse a los impulsos naturales de la carne. Es una decisión que, en el momento parece innecesaria, pero que produce un fruto precioso en el futuro. Todo líder debe estar ejercitado en el dominio propio.