sábado, 19 de julio de 2014

El principio de la Paciencia

El tercer principio de la prosperidad que debemos tener en cuenta cuando hablamos de cambiar nuestra actitud con respecto a las finanzas tiene que ver con el ejercicio de la paciencia diligente, de la perseverancia. «La paciencia nos protege de los males de la vida como la vestimenta nos protege de las inclemencias del tiempo», decía Leonardo Da Vinci; a lo que Cervantes podría agregar: «La diligencia es la madre de la buena suerte».
Hago una diferencia entre la paciencia en general y la paciencia diligente porque muchas veces encuentro que la gente tiene una idea fatalista de la paciencia. Creemos que es sinónimo de rendirnos a nuestra mala suerte o a las circunstancias en las que vivimos. Pensamos en la idea de sentarnos, mirando el techo y esperando sin hacer nada a que ocurra un milagro o a que las circunstancias cambien en nuestra vida.
Esa es la paciencia del tango «Sufra» de Caruso y Canaro:
Sufra y aguante, y tenga paciencia,
que con paciencia se gana el cielo,
trague saliva y hágase buches
que se le puede caer el pelo.
Si es que le hacen una parada,
si desgraciado es en el querer,
trague saliva y hágase buches.
Sufra y aguante, que es por su bien.
O la del tango «Paciencia» de Francisco Gorrindo (1937) que dice:
Paciencia … la vida es así.
Quisimos juntarnos por puro egoísmo
y el mismo egoísmo nos muestra distintos,
para qué fingir …
Paciencia … la vida es así.
Ninguno es culpable,
si es que hay una culpa.
Por eso la mano que te di en silencio
no tembló al partir.
Esa no es la paciencia de la que estamos hablando. Estamos hablando de una paciencia en movimiento, la paciencia diligente, la perseverancia a través del tiempo.
Confucio decía: «Nuestra mayor gloria no está en que nunca hemos fallado, sino en que cada vez que fallamos nos hemos levantado».
El ejercer la paciencia diligentemente desde el punto de vista económico requiere salirnos de la actitud y la cultura imperante a nuestro alrededor para comenzar a mirar la vida desde un punto de vista diferente. El problema que experimentamos como hispanos es que las continuas dificultades económicas de nuestros países latinoamericanos han promovido desde nuestra niñez una actitud del «ya y ahora».
Entonces, cuando tenemos la oportunidad de comprar algo o de realizar algún negocio, miramos por lo que es más conveniente a corto plazo: hoy tenemos, y hoy gastamos (porque pensamos: ¿Quién sabe que es lo que va a ocurrir mañana con la economía del país?)
Sin embargo, en la nueva economía de mercado que nos está trayendo el proceso de globalización económica, esas presuposiciones quedarán arcaicas, fuera de contexto. Serán aquellos que vean sus finanzas como una carrera de larga duración (incluso como una carrera que continuarán corriendo sus herederos), los que, eventualmente, lograrán los mejores rendimientos económicos.
De acuerdo al libro The Millionaire Next Door (El millonario de al lado), de Stanley y Danko, «más del ochenta por ciento de los millonarios en Estados Unidos el día de hoy son gente común y corriente que han acumulado riquezas en una generación. Lo hicieron lentamente, consistentemente, sin ganar la lotería».
Déjame darte un ejemplo del beneficio de ser perseverante a través del tiempo.
En Estados Unidos (y cada vez más en nuestros países del continente) existe una forma muy interesante de cobrar los intereses de los préstamos realizados por compras de envergadura (casas, autos, electrodomésticos, etc.). Al capital que se pidió prestado, se le suman los intereses de estas compras y los mismos se pagan en mensualidades que, con una fórmula matemática, provee para cada pago una mezcla del capital y el interés adeudado.
Lo interesante de este sistema (Ilamado «francés» en algunos países), es que la mayor parte de los intereses se pagan al comienzo del préstamo. Esta fórmula matemática divide los pagos de tal manera que, en las primeras mensualidades, uno paga casi exclusivamente intereses y muy poco capital. La «mezcla» va avanzando de tal manera que al final de la vida del préstamo realizado la cuota mensual tiene una gran cantidad de capital y una pequeña de intereses.
Una gráfica de los pagos se vería de esta manera:


En beneficio de todos los millones de personas que viven en países donde este tipo de préstamos se ha hecho popular voy a contar una historia que ilustra perfectamente el principio de la Paciencia:
Tengo dos amigos. Uno se Ilama Ricardo Rápido y otro se Ilama Pedro Paciente.
Los dos se quieren comprar una casa por 100 mil dólares. Los dos tienen 10 mil dólares para dar de depósito y los dos pueden pagar 700 dólares por mes en su hipoteca.
a. Una compra inteligente
Ricardo Rápido, por ser rápido, se compra la casa más grande que puede con el dinero que tiene: la paga $101.037,55.
Aquí está su situación económica:
Casa de $101.037,55
Anticipo $ 10.000,00
Deuda: $ 91.037,55
Plazo: 30 años
Interés: 8,50 % anual
Pago mensual: $700
Pedro paciente, a pesar de poder hacer lo mismo que hizo Ricardo Rápido, decide que va a comprar primero una casita más pequeña. La paga $66.458,12
Casa de $66.458,12
Anticipo $10.000,00
Deuda: $56.458,12
Plazo: 30 años
Interés: 8,5 % anual
Ahora bien, a pesar de que la deuda es menor y que los pagos mensuales pueden ser menores, Pedro Paciente se dice a sí mismo: «Yo puedo pagar 700 dólares mensuales, así que voy a pagar más para adelantar lo antes posible el pago de mi deuda». Entonces, el pago mensual de Paciente es más alto del que debería ser:
Pago mensual: $700
Este es el cuadro comparativo de la situación económica de nuestros dos amigos:
Nombre

Deuda

Pago

Interés

A la deuda

Activo

Rápido

$91.037,55

$700

$644,85

$55,15

$10.055,15

Paciente

$56.458,12

$700

$399,91

$300,09

$10.300,09

Notemos que el pago «extra» que está haciendo Paciente le permite colocar más dinero para pagar su deuda y, por lo tanto, está aumentando su activo (el valor del dinero que tiene en su propiedad, que en inglés se llama equity).
b. Un pago anticipado
A los diez años, Pedro Paciente termina de pagar su casa. Esta es la situación económica de Rápido y Paciente al final de esos 120 meses:
Nota que Ricardo Rápido, después de diez años de pagar 700 dólares por mes, todavía debe ¡80 mil dólares! Esa es la «trampa económica» del sistema de pagos de préstamos para compras mayores (como automóviles y casas) tanto en Estados Unidos como en varios países de nuestra Latinoamérica. No es ilegal. Simplemente es muy desventajoso para el consumidor.
Mes

Nombre

Deuda

Pago

Interés

A la deuda

Activo

120

Rápido

$80.789,33

$700

$572,26

$127,74

$20.375,96

120

Paciente

$695,06

$700

$4,92

$695,06

$66.458,12

Nota que a pesar de que en la mensualidad de Rápido hay una mayor cantidad de dinero que va hacia el pago de su deuda, todavía (después de diez años) la cantidad de ese pago que ha sido asignado a pagar intereses es todavía de un tamaño respetable. ¿El resultado? Que Ricardo Rápido ha estado pagando primordialmente un «alquiler» por el dinero que pidió prestado para comprar su casa y, después de haber hecho pagos por 84 mil dólares, ¡todavía debe 80 mil de los 100 mil que pidió prestado en un comienzo!
c. Una movida inteligente
Ahora que Pedro Paciente pagó totalmente su casa, decide venderla y comprarse la casa de sus sueños exactamente al lado de la de Ricardo Rápido. Le cuesta lo mismo que le costó a los Rápidos diez años atrás: $101.037,55.




Casa de Ricardo Rápido

Casa de Pedro Paciente


Paciente coloca todo el dinero obtenido por la venta de su primera casa ($66.458,12) como anticipo y toma el resto como una hipoteca a pagar a treinta años. Observemos, ahora, cuál es la posición financiera de los Rápidos y los Pacientes:
Mes

Nombre

Deuda

Pago

Interés

A la deuda

Activo

121

Rápido

$80.661,59

$700

$571,35

$128,65

$20.504,61

121

Paciente

$34.579,43

$700

$244,94

$455,06

$66.913,18

Debemos notar que, a pesar de que Pedro podría pagar una mensualidad menor, continúa haciendo el pago mensual de 700 dólares, lo que acelera aún más la velocidad con la que está pagando su deuda hipotecaria.
d. Una meta lograda
Cinco años después, Pedro Paciente termina de pagar la deuda de su segunda casa. Aquí está el cuadro comparativo de la situación económica de Ricardo Rápido y Pedro Paciente después de 180 mensualidades pagadas (quince años):
Mes

Nombre

Deuda

Pago

Interés

A la deuda

Activo

182

Rápido

$70.888,30

$700

$502,13

$197,87

$30.347,12

182

Paciente

$8,46

$8,52

$0,06

$8,46

$101.137,55

e. Una inversión sabia
Una vez que Pedro Paciente termina de pagar la casa de sus sueños, decide que, en vez de mudarse a una casa más grande o gastar el dinero que ahora le queda disponible, lo va a invertir conservadoramente al ocho por ciento de interés anual. Entonces, Pedro Paciente abre una cuenta de inversiones en la que deposita 700 dólares todos los meses con un rendimiento del ocho por ciento por año.
f. Un resultado asombroso
La pregunta, ahora, es ¿qué ocurre con Ricardo Rápido y Pedro Paciente después de treinta años? (Recordar que su hipoteca original era a 30 años de plazo). Pues bien: a los treinta años de pagar sus mensualidades hipotecarias religiosamente, Ricardo Rápido finalmente termina de pagar su casa. Hace una fiesta, invita a sus amigos y celebra que, por fin, es un hombre libre del yugo hipotecario y la casa es realmente suya. Tiene un capital acumulado de 101.037,55 (el valor de su propiedad).
Por otro lado, con menos bombos y platillos, la inversión de Pedro Paciente en el banco alcanza la increíble suma de 239.227,24 dólares ¡en dinero efectivo!
Además, por supuesto, Paciente tiene el capital de su casa lo que le lleva a tener un activo acumulado de más de ¡340 mil dólares!
¿Cómo es posible? Pues la razón principal por el éxito económico de Pedro Paciente tiene que ver con la forma en la que planeó el pago de sus intereses hipotecarios. Por eso es que en mi historia dejé de lado ciertos factores importantes como la fluctuación de los precios de las casas y la inflación del país.
La enseñanza principal de esta historia tiene que ver con la cantidad de intereses que pagaron cada uno de los protagonistas.
Ricardo Rápido, con un carácter típico de nuestras tierras quiso tenerlo todo lo más rápido posible. Pero eso tiene un precio. Para él, fue de $117.257,92 en intereses hipotecarios.
Pedro Paciente, por su lado, supo esperar y sufrir por 10 años en una casa más pequeña y en un barrio con menos «estatus» que el de Rápido, pero ese planeamiento económico a largo plazo trajo sus beneficios. Paciente solamente pagó $35.670,95 en intereses (casi un tercio de lo que pagó Rápido). Aún más: su dominio propio y su carácter maduro le ayudaron a invertir el dinero que muchos de nosotros gastaríamos en nuevos «proyectos» familiares.
El principio a seguir, entonces, en la nueva economía de mercado es que, cuando hablamos del pago de intereses, el juego se llama «El que paga pierde».
Una nota más que quizás es obvia: la acumulación de un capital de 340 mil dólares le tomó a Pedro Paciente treinta años de su vida. Eso quiere decir que, si comenzó a los treinta o treinta y cinco años de edad él ahora está a punto de jubilarse. No le queda el mismo tiempo de vida que le quedaba cuando comenzó sus planes financieros a largo plazo y, ciertamente, disfrutó diez años menos de la casa de sus sueños.
Pero Pedro Paciente no está pensando solamente en sí mismo. Paciente está acumulando capital para la siguiente generación: para sus hijos y sus nietos. Él ha sacrificado parte de su satisfacción personal por el bienestar de las generaciones futuras. Este tipo de actitud está desapareciendo de nuestro continente en la medida en la que los medios de comunicación social nos condicionan a disfrutar del «aquí y ahora» sacrificando en el proceso el futuro personal y familiar.

Esa era la actitud que demostraba el carácter de los inmigrantes europeos y asiáticos a nuestras tierras. Era la actitud de mi abuelo y de muchos otros eslavos, alemanes y asiáticos que regaron con su sangre y su sudor el noreste argentino para abrirle surcos a la selva de Misiones y del Chaco Paraguayo. Nos vendría muy bien al resto de nosotros el imitarles.



viernes, 18 de julio de 2014

El principio del Contentamiento

El segundo principio de la prosperidad es el principio de la felicidad (también llamado «del contentamiento» o «de la satisfacción personal»). Este principio dice que: cada uno de nosotros debemos aprender a estar contentos y a disfrutar de la vida sin importar el lugar en el que estemos colocados en la escala social de nuestro país.

Hay que notar que hemos dicho «contentos» y no «conformes». Hay una importante diferencia entre la persona conformista (que puede llegar a tener tendencias de haragán), y aquella que ha aprendido a ser feliz en el nivel social en el que se encuentre: gane 10 mil dólares por mes o cinco por día. Uno debe tener un profundo compromiso de hacer las cosas con excelencia y de avanzar económicamente en la vida. Pero, al mismo tiempo, debe aprender a disfrutar con intensidad del lugar en el cual se encuentra económicamente el día de hoy.

Una buena cantidad de los problemas de deudas que vemos hoy en día tienen que ver con gente insatisfecha con el nivel de vida que le puede proveer sus ingresos. Esa gente, en algún momento, pega un «salto social» comprando una casa más grande de la que puede pagar, un auto más caro que el que debería tener o mudándose a un barrio más costoso del que le convendría vivir.

Ese «salto», con el tiempo, le trae serios problemas. Por un lado, porque sus recursos económicos no le alcanzan para pagar por el nuevo nivel social y, por el otro, no puede hacer un «mantenimiento preventivo», de sus finanzas, como, por ejemplo, ahorrar con regularidad.

Muchos creen que aunque el dinero no hace la felicidad por lo menos ayuda. Eso lo decimos porque, en general, los latinoamericanos no vivimos en una sociedad de abundancia como la europea o la norteamericana.

Si lo hiciéramos, nos daríamos cuenta de que esta idea, a veces citada en un contexto un tanto jocoso, proviene de una premisa equivocada, de un paradigma erróneo: la creencia de que los bienes materiales pueden satisfacer nuestras necesidades emocionales y espirituales como, por ejemplo, la necesidad de la alegría, del amor o de la paz. Esa es la base de lo que comúnmente llamamos el «materialismo».

El dinero puede comprar una casa, pero no puede construir un hogar; puede pagar por educación, pero no puede adquirir sabiduría; puede facilitar los medios para un transplante de corazón, pero no puede proveernos de amor.

A lo largo de los años he notado, contrariamente a las creencias populares, que no es la pobreza la que desintegra a las familias. Desde el punto de vista económico, son las malas decisiones financieras y las deudas acumuladas las que crean tensiones tan altas que, eventualmente, terminan en el rompimiento de la relación matrimonial.

Cuando uno es pobre (y mi esposa y yo somos testigos de ello), la pareja se une más y trabaja duramente para lograr la supervivencia de la familia. Cuando uno acumula deudas y maneja incorrectamente su dinero, los fondos empiezan a faltar y las acusaciones comienzan a hacerse oír más frecuentemente. Luego, siguen los insultos, los maltratos y, finalmente, la separación.

La prosperidad integral, no depende exclusivamente de nuestra capacidad económica. Depende de la forma en la que elegimos vivir cada día y tiene más que ver con una actitud del corazón que con el estado de una cuenta bancaria.

Una importante idea para recordar, entonces, sería que la tarea más importante en la vida es, justamente, vivir. Donde «vivir» significa mucho más que meramente existir. Significa parar de correr detrás de las cosas materiales y superficiales y comenzar a perseguir las cosas más profundas de la vida.

Tengo un examen para probar nuestros conocimientos sobre este tema.

En un interesante estudio realizado por la televisión educacional norteamericana sobre el consumismo en el país y publicado en el Internet’ se descubrió que el porcentaje de norteamericanos que contestaron diciendo tener vidas «muy felices» llegó a su punto más alto en el año … (Elije una de las siguientes fechas):
1. 1957 2. 1967 3. 1977 4. 1987
La respuesta correcta es la número uno. La cantidad de gente que se percibía a sí misma como «muy feliz» llegó a su pico máximo en 1957 y se ha mantenido bastante estable o ha declinado un poco desde entonces. Es interesante notar que la sociedad norteamericana de nuestros días consume el doble de bienes materiales de los que consumía la sociedad de los cincuenta. Sin embargo, y a pesar de tener menos bienes materiales, aquellos se sentían igualmente felices.

Aprender a «vivir», entonces, significa descubrir la tarea para la cual hemos nacido, poner en práctica los talentos y dones que la vida nos ha dado, concentrarnos en las cosas trascendentes como: servir y enriquecer la vida de nuestro cónyuge, amar y enseñar a nuestros hijos, desarrollar nuestra vida personal y profundizar nuestra vida espiritual.

Sabemos que: «la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee». Vivir nuestra vida, y vivirla en abundancia, significa aprender a disfrutar ver a nuestros niños jugar en el fondo de la casa. Emocionarnos al orar con ellos junto a sus camas y darles el besito de las buenas noches. Significa preocuparnos por la vida de la gente, ayudar a pintar la casa del necesitado, arreglarle el auto a una madre sin esposo, y escuchar en silencio hasta cualquier hora de la noche el corazón del amigo herido.

Vivir en abundancia significa extender la mano amiga a los pobres, aprender a restaurar al caído y a sanar al herido. Significa, para los varones, poder mirar a nuestra esposa a los ojos y decirle honestamente «te amo». Poder llegar a ser un modelo de líder-siervo para nuestros niños. Significa dejar una marca más allá de nuestra propia existencia.

Poco tiene que ver este concepto de la felicidad y la satisfacción personal con las enseñanzas de los comerciales televisivos o los evangelistas del materialismo. Poco tiene que ver con lo que se enseña en los círculos afectados por los medios de comunicación social del día de hoy. Si en algo estoy de acuerdo con aquella frase del comienzo es que el dinero no hace la felicidad, y, sinceramente, no se hasta cuánto ayuda.


Proponte el día de hoy darle una mirada honesta al lugar en el que te encuentras en la escala social de tu país. Pregúntate: ¿tengo paz en mi vida económica? Si no tienes paz en el contexto económico en el que te toca vivir, quizás es hora de tomar algunas decisiones importantes tanto financieras como personales y familiares. Ajusta tu nivel de vida y, en vez de correr detrás de metas económicas, decide ser feliz. Tú eres el único que puede hacerlo. Yo no puedo cambiar tu actitud frente a la vida y el valor que le das a las cosas materiales. Lo tienes que hacer tú mismo … y lo debes hacer hoy.



jueves, 17 de julio de 2014

El principio de la Renuncia

Uno de los primeros paradigmas que debemos cambiar en nuestra vida es la forma en la que nos vemos a nosotros mismos en relación a las cosas que nos rodean. Para eso, es importante contestar a la pregunta filosófica de: «¿Por qué existimos y cuál es nuestra tarea en el mundo?»

Obviamente, esa pregunta es demasiado grande para un libro tan pequeño como este. Sin embargo, en cuanto al área de manejo económico, es interesante que de las tres religiones más extensas del mundo (la del pueblo cristiano, judío y musulmán), todas tienen la misma respuesta para esta pregunta: existe un Creador y nosotros, Sus criaturas, hemos sido colocados en este mundo para administrarlo.

Sea uno religioso o no, lo interesante del estudio de religiones comparadas que realicé antes de escribir este libro fue descubrir que este principio de la renuncia se encuentra tejido en nuestra humanidad como una fibra que tenemos en común más allá de las culturas y trasfondos sociales. Este, realmente, es un principio con «P» mayúscula. El primer principio «P» para la economía universal: debemos renunciar a la actitud de ser dueños de lo que poseemos y comenzar a actuar como administradores (o, en el mundo de los negocios, nos llamaríamos gerentes).

A lo largo de los años he notado que la capacidad de una determinada persona para verse a sí misma como «Administrador», «Gerente» o «Mayordomo» de las cosas que posee es determinante en el proceso de tomar las decisiones adecuadas para alcanzar la prosperidad integral.

Cuando aplicamos este principio a nuestra vida diaria, nos damos cuenta que a cada uno de nosotros se nos ha encomendado una cierta cantidad de días para vivir, una cierta cantidad de amigos y familia que atender, y un determinado número de bienes materiales (sean pocos o muchos) que debemos administrar.

Recuerdo la historia de Roberto. Él vive en Venezuela y lo han elegido gerente general de una cadena de supermercados. Esta empresa tiene más de 50 negocios en todo el país. Al llegar el fin de año Roberto nota que uno de los supermercados en Maracaibo no está andando bien. Viene trayendo pérdidas por los últimos tres años y a pesar de los esfuerzos hechos para reavivar el negocio en esa zona de la ciudad, este año ha cerrado con pérdidas nuevamente. Entonces, ¿Qué es lo que debe hacer Roberto como gerente de esa cadena de supermercados? Probablemente debe cerrar ese negocio con problemas y estudiar la posibilidad de abrir otro en alguna otra parte.

Por otro lado está Federico. Vive en Puerto Rico. Tiene una tienda que fundó su abuelo. El abuelo se la dio en heredad a su padre y su padre se la pasó en herencia a él. El problema es que en los últimos tres años el negocio no ha andado muy bien. El año pasado dio serias pérdidas y este año no anda nada mejor.

La pregunta clave, ahora, es: ¿A quién le va a costar más, emocionalmente, cerrar el negocio? ¿A Roberto o a Federico?

Si bien Roberto debe manejar una suma millonaria de dinero para cerrar el supermercado que no va muy bien en Maracaibo, seguramente el que va a sufrir más en el proceso va a ser Federico. ¿Por qué? Porque Roberto es simplemente un gerente, un administrador de una cadena de negocios; pero Federico es dueño. Esa es la gran diferencia entre ser dueños y ser administradores. El principio «P» indica que nosotros tenemos que aprender a ser administradores. Sin embargo, lamentablemente, la mayoría de la gente del mundo se ven a sí mismas como dueñas.

El dueño está emocionalmente apegado a sus posesiones. El administrador está emocionalmente desprendido de las cosas materiales que maneja.

El dueño tiene dificultad en tomar las decisiones difíciles que se necesitan tomar y, muchas veces, las toma demasiado tarde. El administrador sabe que las posesiones que maneja no son suyas y, por lo tanto, despegado de las emociones, puede tomar las decisiones difíciles fríamente y a tiempo.

Esta, a veces, es la diferencia entre la vida y la muerte económica.

Daniela y Juan Carlos viven en Miami. Ahora son excelentes administradores de sus posesiones, pero cuando nos encontramos por primera vez, estaban con una deuda encima que llegaba a los 135 mil dólares. Ambos tenían excelentes trabajos y ganaban muy bien. Pero se encontraban simplemente inundados por la cantidad de pagos mensuales a los diferentes prestamistas con quienes habían hecho negocios.

Cuando ellos terminaron el primer análisis de su economía familiar, Juan Carlos se dio cuenta de que si vendían la excelente casa en la que vivían, podrían pagar una buena parte de sus deudas y, de esa manera, podrían «respirar» mejor a fin de mes. Con el tiempo, y después de alquilar en algún barrio más barato por algunos años, podrían tratar de volver a comprar otra casa.

Yo me di cuenta de lo mismo, pero, por lo general, no le digo a la gente lo que tiene que hacer. De todos modos, después de tantos años de consejería personal, ya me he dado cuenta de que la gente siempre hace lo que quiere, ¡y no lo que uno le aconseja!

Sin embargo, y a pesar de no haber abierto la boca, Daniela miró hacia mí y me apuntó con el dedo diciendo: «Andrés: ¡la casa no! Cualquier cosa, menos la casa.»

Yo, por supuesto, traté de calmarla y de decirle que decisiones como esas se debían pensar un poco y que quizás con el correr de los días encontrarían otra salida creativa a su situación.

El problema real que tenía Daniela no eran los 135 mil dólares que tenía que pagar. Esa era simplemente la manifestación de otros problemas más profundos en su carácter. Era el «efecto» de una «causa» que no se manifestaba a simple vista. Sin embargo, el problema más importante que Daniela tenía frente a ella era su actitud. ¡Y ni siquiera lo sabía!

Daniela estaba emocionalmente apegada a su propiedad. Se sentía dueña, no administradora. Eso, por un lado, no le permitía colocar todas y cada una de las cartas disponibles en la mesa para tomar una decisión acertada; y por el otro, confiaba en el «techo familiar» para que le proveyera de una falsa sensación de seguridad cuando, en realidad, la casa no era de ella: era del banco con el que la tenía hipotecada y hasta que no pagara el cien por ciento de su hipoteca, la casa, realmente, ¡ni siquiera le pertenecía!

Con el correr de los meses (y gracias al libro Cómo manejar su dinero del Dr. Larry Burkett), mis amigos de Miami hicieron un cambio significativo en su actitud con respecto a las finanzas. Todavía guardo un mensaje electrónico de Daniela en mi computadora que dice: «Andrés: yo sé que no está bien que tengamos tantas deudas. Juan Carlos y yo hemos decidido que vamos a salir de ellas. Cueste lo que nos cueste … ¡aunque tengamos que vender la casa!»

Ese día supe que ellos iban a salir de sus aprietos económicos.

Un año después del primer incidente nos encontramos nuevamente y ellos me contaron cómo habían podido re-arreglar sus deudas y como habían recibido trabajos extras inesperados que les permitieron pagar, el primer año solamente, ¡65 mil dólares en deudas acumuladas!

Yo creo que el desprendernos emocionalmente de las cosas materiales que tenemos es el primer paso en la dirección correcta para disfrutar de lo que hemos llamado en este libro la «prosperidad integral». 



miércoles, 16 de julio de 2014

El celo cristiano

Bueno es ser celosos en bien siempre; y no solamente cuando estoy presente con vosotros.” Gálatas 4:18
La Biblia requiere que los creyentes sean personas celosas. Cristo se dio a sí mismo para fuésemos “un pueblo celoso de buenas obras”. (Ti. 2:14) El dijo a la Iglesia de Laodicea: “Sé pues celoso, y arrepiéntete.” (Apocalipsis 3:19) En este capítulo le quiero enseñar la importancia del celo cristiano, y animarle a ser un creyente celoso.
1. ¿Qué es el celo cristiano?
El celo cristiano es un deseo ardiente de agradar a Dios, de hacer su voluntad y de promover su gloria en el mundo. Por naturaleza nadie siente este deseo, pero Dios lo pone en el corazón de cada creyente en el momento de su conversión. En algunos creyentes este deseo es mucho más fuerte que en otros. Cuando es realmente fuerte, un hombre hará cualquier sacrificio, soportará cualquier dificultad, se negará a sí mismo cualquier comodidad, dará todas sus fuerzas y aún la vida misma, con el fin de agradar a Dios y honrar a Cristo.
Un hombre celoso vive para una sola cosa. Toda su vida está entregada a un solo propósito y éste es el de agradar a Dios. No le importa cuáles sean las consecuencias o qué opinen los demás. Su celo siempre se manifestará en cualquier circunstancia. Si no puede servir en forma activa, entonces se entregará a la oración. Si no puede hacer la obra él mismo, pedirá a Dios hasta que el Señor levante a otros para que lo hagan.
Todos conocemos la actitud mental la cual caracteriza a los grandes hombres en el mundo. Ponen a un lado todo, salvo lo que están persiguiendo, y constantemente se esfuerzan hacia una sola cosa. Así es en la esfera de la ciencia y también con aquellos hombres que amasan grandes fortunas. Ahora, cuando tenemos la misma mentalidad con respecto a Cristo, esto es lo que significa el celo cristiano.
Este celo fue una característica de todos los apóstoles. Considere la vida del apóstol Pablo. Cuando habló con los ancianos de Efeso en su discurso de despedida dijo: “Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo.” (Hechos 20:24) Escribió a los filipenses: “Una cosa hago… Prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13–14) Desde el día de su conversión, renunció a todas sus esperanzas terrenales, y abandonó todo por amor de Cristo, dedicándose a viajar por el mundo predicando al Cristo que anteriormente había perseguido. El sufrió penalidades, persecución, oposición, encarcelamientos y por fin la misma muerte por amor de Cristo. Esto fue verdadero celo cristiano.
Este celo fue una característica de los creyentes primitivos. Muchos perdieron todas sus posesiones materiales por amor de Cristo. Su fe les acarreó persecución y reproche, y sus sufrimientos probaron que ellos fueron celosos.
El celo ha sido una característica de los hombres de Dios a lo largo de la historia. Martín Lutero y los reformadores fueron celosos. Ellos estuvieron dispuestos a exponer sus propias vidas por amor de Cristo. Misioneros tales como William Carey y Henry Martyn fueron celosos. Martyn fue un hombre brillante que tenía la perspectiva de obtener un éxito contundente en su carrera en el mundo, pero prefirió predicar a Cristo en las tierras paganas.
El celo fue una característica del Señor Jesucristo mismo. Si fuéramos a dar ejemplos de su celo, nunca acabaríamos. ¡El fue todo celo! A la luz de estas cosas, nunca debemos menospreciar el celo cristiano.
2. Las características del verdadero celo cristiano
Es importante que entendamos cuál tipo de celo cristiano debemos de tener. Mucha gente piensa que a condición de que uno sea sincero, su celo ha de ser el correcto. Pero como lo veremos, esto no es verdad.
El celo verdadero debe ser conforme a conocimiento, esto es, iluminado por la Palabra de Dios. Los judíos quienes persiguieron la Iglesia primitiva, tuvieron un gran celo pero no fue según el conocimiento. (Rom. 10:2) Pedro tuvo gran celo cuando cortó la oreja de Malco, pero este celo no fue de acuerdo con la verdad. Los seguidores de muchas religiones falsas frecuentemente son muy celosos, pero su celo no está de acuerdo con la verdad.
El celo verdadero debe brotar de motivos verdaderos. El celo de los fariseos brotó de su espíritu sectario. El celo de algunos hombres nace de su egoísmo, lo que les mueve es algún interés personal. El celo de algunos hombres nace de su orgullo y deseo de ser alabados. Pero Dios examina nuestros corazones, y el celo verdadero debería brotar del amor a Dios y el deseo de su gloria.
El celo verdadero se preocupa por las cosas por las cuales Dios mismo se preocupa. Debemos ser celosos para buscar la santidad. (Fil. 3:13–14) Debemos ser celosos para buscar la salvación de los inconversos. (1 Cor. 9:22) Debemos ser celosos en oponernos a todas las cosas que Dios odia, y celosos para mantener las doctrinas del evangelio. (Gál. 2:11)
El celo verdadero estará mezclado con el amor, no será amargo o severo. Odiará el pecado, pero amará al pecador. Odiará la iniquidad, pero estará dispuesto a hacer bien a los hombres malos. Jesús puso al descubierto a los falsos maestros, pero lloró sobre Jerusalén. Pablo regañó fuertemente a los gálatas por sus errores, y no obstante tuvo cuidado de ellos como si fueran niños pequeños. (Gál. 4:19)
El celo verdadero estará acompañado por una profunda humildad. Cuando Moisés descendió del monte no sabía que su cara resplandecía. En una forma semejante, el hombre verdaderamente celoso lamentará sus fallas en lugar de jactarse de su celo.
Le ruego que piense acerca de estas características del verdadero celo cristiano. Recuerde que un hombre puede ser sinceramente celoso y no obstante, estar completamente equivocado. Asegúrese de que su celo esté de acuerdo con la Palabra de Dios.
3. ¿Porqué es bueno ser un cristiano celoso?
El celo verdadero es bueno debido a que beneficia al creyente mismo, a la Iglesia, y a la sociedad en general.
El celo es de beneficio para el creyente personalmente. Tal como el ejercicio es bueno para la salud del cuerpo, así el celo es bueno para la salud espiritual. Todos aquellos que son celosos por Cristo, son propensos a tener más gozo, paz, consuelo y felicidad que otros. Aquellos que se esfuerzan más por la gloria de Dios, son quienes serán más honrados por Dios.
El celo es de beneficio para la Iglesia como un cuerpo. No es posible sobrestimar la deuda que la Iglesia debe a los hombres celosos. Hombres con pocos dones pero con mucho celo, frecuentemente han hecho más por la Iglesia, que otros que poseían grandes dones pero menos celo. Aún una sola persona celosa en una Iglesia puede lograr mucho, porque el celo es contagioso. Una sola persona celosa puede despertar y animar a otros a hacer mucho bien.
El celo es de beneficio para la sociedad. El evangelismo y las buenas obras son inspiradas por él. Sin hombres de celo cristiano, el mundo perecería. Pero los hombres celosos están dispuestos a ir por el mundo a predicar el evangelio y hacer bien en donde puedan.
Si usted es un creyente, tenga cuidado de no apagar el celo cristiano. Trate de avivar el celo dentro de sí mismo y tenga cuidado de no estorbarlo en otros. Personas celosas a veces caen en errores, pero es peor no tener celo.
Conclusión
Ahora, trataré aplicar este asunto a cada conciencia.
1. Tengo una advertencia para todos aquellos que no han hacen una profesión definitiva de la fe cristiana. Ustedes no saben nada del verdadero celo cristiano. Quizás ustedes son celosos respecto de sus negocios, o de la política, o acerca de los asuntos cotidianos de la vida; pero no tienen celo por Dios, por el cielo ni por la eternidad. ¡Les ruego que despierten! Es una tontería ser celosos respecto a las cosas terrenales y descuidado respecto a los asuntos eternos.
2. Tengo algo que decir a todos aquellos que hacen una profesión definitiva de fe en Cristo, y todavía no manifiestan el celo cristiano. Deben saber que hay algo que anda muy mal con ustedes y en el nombre del Señor les pido que se arrepientan. Piensen en sus valiosas almas las cuales están pereciendo mientras ustedes duermen. Piensen acerca de la brevedad del tiempo. Lo que ustedes tienen que hacer debe hacerse ahora o de otro modo no se hará nunca. Piensen en el diablo y en su celo por hacerles daño. Piensen acerca de su Salvador y en todo su celo por ustedes. Piensen en El cuando estuvo en Getsemaní y en el calvario. ¿Qué está haciendo por El? ¡Oh despierten! ¡Arrepiéntanse y sean celosos!

3. Tengo unas palabras de aliento para todos aquellos que son cristianos celosos. Les pido solamente una cosa: ¡perseveren! No abandonen su primer amor ni se enfríen. Recuerden que “la noche viene, cuando nadie puede trabajar”. (Jn. 9:4) No teman a los reproches de los hombres, no se preocupen por lo que digan u opinen de ustedes. Su preocupación no es lo que los hombres piensen ahora, sino lo que Dios pensará de ustedes en el día del juicio.



martes, 15 de julio de 2014

El amor

“Y ahora permanecen la fe, la esperanza, y la caridad, estas tres: empero la mayor de ellas es la caridad.”
1 Corintios 13:13

El amor es la gracia cristiana más elevada. Todos profesan admirarlo. Muchos admiten que no saben nada acerca de la doctrina cristiana, pero profesan entender y poseer el amor cristiano. Pero muchos tienen ideas falsas acerca del amor, las cuales deberían ser corregidas. De hecho, muchos lo malentienden por completo. Deseo hablar claramente acerca de él, porque la verdad es que el amor cristiano es la cosa más rara en el mundo.
1. La importancia del amor
En primer lugar quiero que usted vea la importancia que la Biblia da al amor. Vea por ejemplo los siguientes pasajes de la Escritura:
“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo á ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia; y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy.
Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve.” (1 Corintios 13:1–3)
“Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección.” (Colosenses 3:14)
“Pues el fin del mandamiento es la caridad nacida de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida.” (1 Timoteo 1:5)
“Y sobre todo, tened entre vosotros ferviente caridad; porque la caridad cubrirá multitud de pecados.” (1 Pedro 4:8)
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos á otros: como os he amado, que también os améis los unos á los otros.
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:34–35)
“Entonces dirá también á los que estarán á la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles:
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;
Fuí huésped, y no me recogisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.
Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, ó sediento, ó huésped, ó desnudo, ó enfermo, ó en la cárcel, y no te servimos?
Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis á uno de estos pequeñitos, ni á mí lo hicisteis.
E irán éstos al tormento eterno, y los justos á la vida eterna.” (Mateo 25:41–46)
“No debáis á nadie nada, sino amaros unos á otros; porque el que ama al prójimo, cumplió la ley.” (Romanos 13:8)
“Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó á sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio á Dios en olor suave.” (Efesios 5:2)
“Carísimos, amémonos unos á otros; porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce á Dios.
El que no ama, no conoce á Dios; porque Dios es amor.” (1 Jn. 4:7, 8)
Estos versículos no necesitan ningún comentario; muestran la gran importancia del amor cristiano ante los ojos de Dios.
2. ¿Qué es el amor?
En segundo lugar, déjeme mostrarle lo que el amor bíblico es y lo que no es. Comenzaré hablando sobre lo que no es.
El amor no consiste simplemente en dar a los pobres. Pablo dice claramente que alguien puede “repartir toda su hacienda para dar de comer a los pobres” (1 Cor. 13:3) y no poseer el amor. Ayudar a los pobres es sin lugar a dudas un deber cristiano, pero lo podemos hacer y todavía ser faltos del amor cristiano.
El amor no significa que jamás condenemos el comportamiento de otras personas. El versículo “no juzguéis” no significa que debemos abstenernos de reprobar lo que está mal. El amor bíblico no significa que debemos pasar por alto el pecado o hablar bien de la inmoralidad.
El amor bíblico no significa que no debemos censurar a las demás religiones. El amor bíblico no dice que todos van a ir al cielo y nadie al infierno; o que todos tienen razón y que nadie está equivocado. El amor verdadero dice: “Amados, no creáis á todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas son salidos en el mundo.” (1 Juan 4:1)
Ahora consideraremos lo que el amor es. Primero, es amor para con Dios. Todos aquellos que tienen este amor quieren amar a Dios con todo su corazón, sus fuerzas, su alma y su mente. Segundo, es el amor para con el prójimo. Todos aquellos que tienen este amor, desean amar a su prójimo como a sí mismos. El amor bíblico se manifestará en los hechos del creyente, en su disposición de hacer bien a todos, sin buscar una recompensa. Se manifestará en su disposición para soportar el mal que le hacen. Le hará paciente cuando es provocado, perdonador, manso y humilde. A menudo se negará a sí mismo para conservar la paz, y estará más interesado en promover la paz que en defender sus propios derechos. El amor bíblico se manifestará en la disposición general del creyente. Esta disposición le hará bondadoso, no egoísta, templado, amable y cortés, considerado de la comodidad de otros, preocupado por sus sentimientos y más dispuesto a dar que recibir. El amor verdadero nunca tiene envidia, ni se regocija por los problemas de otros.
El ejemplo perfecto de este amor se encuentra en la vida de nuestro Señor Jesucristo. Cristo era odiado, perseguido y criticado pero lo soportó pacientemente. El era siempre bondadoso y paciente para con todos. Sin embargo, El sacó a la luz la maldad y el pecado y regañó a los pecadores. El denunció la doctrina y las prácticas falsas. El habló tan abiertamente del infierno como del cielo. El mostró que el perfecto amor no aprueba todos los estilos de vida y todas las opiniones, sino que es posible condenar el mal y aún así estar llenos de amor.
Entonces, éste es el significado del verdadero amor cristiano. Pero, ¡Cuán poco de este amor existe en la tierra, aún entre los cristianos! ¡Cuán feliz sería este mundo si solo existiera más del verdadero amor bíblico.
3. ¿De dónde viene el amor?
En tercer lugar, déjeme enseñarle de dónde viene el amor bíblico. Ciertamente no es algo natural en el hombre. Por naturaleza todos somos egoístas, envidiosos, no bondadosos y mal humorados. Vemos esto aún en los pequeños, porque por naturaleza el corazón humano no sabe nada del amor verdadero. El amor verdadero se encuentra solo en el corazón que ha sido cambiado y renovado por el Espíritu Santo. Cuando llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1:4) por la unión con Cristo, una de las primeras manifestaciones de esta naturaleza nueva es el amor cristiano.
Solo un corazón renovado será convencido de la pecaminosidad de su egoísmo y su falta de amor y luchará contra estas cosas. Sentirá también una deuda de gratitud hacia el Señor Jesucristo y deseará ser cada vez más como El, en amor. El amor de Cristo derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, es la única fuente segura del amor cristiano.
Le pido que se fije bien en lo que estoy diciendo. Usted no puede tener el fruto del cristianismo sin sus raíces. Usted no puede tener el amor cristiano sin la conversión, el arrepentimiento, la fe y la unión con Cristo. El amor verdadero desciende de lo alto, es el fruto del Espíritu. Si usted desea el amor cristiano, tiene que obtenerlo de Cristo.
4. El amor es la más grande de las virtudes cristianas
Déjeme mostrarle por último, porqué el apóstol Pablo dice en 1 Cor. 13:13, que el amor es la más grande de las virtudes. A menudo Pablo habla acerca de la importancia de la fe, porque es por medio de la fe que venimos a Cristo y somos salvos. Por medio de la fe somos justificados y tenemos paz para con Dios. ¡Pero aquí Pablo dice que el amor es más grande que la fe!
No debemos pensar ni por un instante, que el amor puede propiciar nuestros pecados o darnos paz para con Dios. Solamente Cristo puede hacer esto, y es solamente por medio de la fe que somos unidos con Cristo. Pablo no quiere decir tampoco que el amor pueda existir sin la fe, porque el uno no puede existir sin el otro. Pero hay tres razones de porque el amor es más grande que la fe o la esperanza.
Primero, porque Dios mismo está lleno de amor. Dios no tiene necesidad de la fe ni de la esperanza, porque Dios es amor. Por lo tanto, el amor en un creyente le hace semejante a Dios. Segundo, el amor es la gracia más útil para otros. La fe y la esperanza son de gran beneficio personal, pero es el amor lo que hace que el creyente sea útil para otros. Tercero, el amor permanecerá para siempre, nunca morirá. En el cielo, todos estarán llenos de amor. La fe se convertirá en vista y la esperanza en el pleno disfrute de las promesas, pero el amor permanecerá para siempre.
Conclusión: Déjeme terminar con una pregunta y una exhortación
1. La pregunta es sencilla pero es de mucha importancia. ¿Posee usted este amor? Sin él usted es nada. Sin él, le falta la marca de aquellos que son discípulos de Cristo. No se contente con un conocimiento intelectual de la verdad. No se contente con pensar que tiene fe. La fe verdadera siempre está acompañada por el amor. Examine su vida cotidiana, sus actitudes hacia otros y su manera de hablar. ¿Trata usted a los demás amablemente en todo tiempo, aún cuando es provocado? Le ruego que no descanse hasta que tenga el amor verdadero en su corazón. Pida al Señor Jesús que le enseñe cómo amar. Pídale que ponga su Espíritu Santo en su corazón y cambie su naturaleza. Bienaventurado el hombre que anda en el amor.

2. Mi exhortación está dirigida a aquellos que conocen el amor verdadero en sus corazones. Primero, practique el amor. El amor crece por medio de ejercitarse. Deje que el amor controle la totalidad e su vida; no sólo las cosas grandes, sino también las pequeñas. Segundo, enseñe el amor a otros. Enseñe a otros la importancia de la bondad, el deseo de ayudar y ser considerados con los demás. Enséñeles “sobre todas las cosas a vestirse de caridad”. (Col. 3:14)