sábado, 2 de agosto de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:5)

DIOS
Inmutabilidad
Dios, inmutable

Se arrepiente, y cambia sus planes

Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Nm. 23:19).
Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta (1 S. 15:29).
Yo Jehová he hablado; vendrá, y yo lo haré. No me volveré atrás, ni tendré compasión, ni me arrepentiré (Ez. 24:14).
Porque yo Jehová no cambio (Mal. 3:6).
El Padre de las luces, en el cual no hay fases ni períodos de sombra (Stg. 1:17).

Yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.… Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.… Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho.… Mi presencia irá contigo, y te haré descansar (Éx. 33:3, 15, 17, 14).
Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella (Nm. 14:30).
Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco. He aquí vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa (1 S. 2:30, 31).
Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo (Jon. 3:10).
En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová.… Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años (2 Reyes 20:1, 4, 5, 6).
Tú me dejaste, dice Jehová: te volviste atrás; por tanto, yo extenderé sobre ti mi mano y te destruiré; estoy cansado de arrepentirme (Jer. 15:6).
Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras (1 S. 15:10, 11).

Con respecto a su esencia, atributos y carácter moral, así como su inflexible determinación de castigar el pecado y de recompensar la virtud, en Dios «no hay fases ni períodos de sombra».
Con respecto a sus declaraciones, algunas de ellas son absolutas e incondicionales; pero la mayor parte de ellas, incluyendo promesas y amenazas, dependen de condiciones expresas bien implícitas. El siguiente pasaje es una declaración muy explícita de un gran principio de la administración divina, esto es, del plan o norma de conducta de Dios en sus tratos con los hombres: «De pronto puedo hablar contra un pueblo, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si este pueblo contra el cual hablé se vuelve de su maldad, yo me arrepiento del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablo de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hace lo malo delante de mis ojos, no escuchando mi voz, me arrepiento del bien que había determinado hacerle» (Jer. 18:7–10). Aquí queda claramente expuesta la condición subyacente, que, si no expresada, es implicada, en las promesas y amenazas de Dios. Siempre que Dios, como consecuencia de un cambio de carácter en ciertas personas, no ejecuta las amenazas o cumple las promesas que les había hecho, la explicación del porqué es evidente. En tales casos, el cambio es en el hombre, y no en Dios. Por ejemplo, Dios ha prometido bendiciones a los justos y amenazado castigo sobre los malvados. Supongamos que un justo cambie y se convierta en malvado. Ya no es más, en su carácter, el hombre al que Dios había prometido bendición. Ocupa una posición diferente delante de Dios. La promesa había sido hecha a un carácter totalmente diferente.
Por otra parte, un malvado se arrepiente y se vuelve bueno. No es ya el individuo al que Dios había amenazado. Ocupa otra posición delante de su Hacedor. Ha salido de la esfera del desagrado divino para entrar en la de la aceptación divina. Pero, en todo ello, no hay cambio en Dios. Su actitud hacia el pecado y los pecadores, por una parte, y hacia la bondad y los buenos, por otra, es la misma ayer, y hoy, y por los siglos. Es precisamente porque Dios es inmutable que sus relaciones con los hombres y sus tratos con ellos varían con los cambios en el carácter y conducta de ellos. En una palabra: él cambia porque es inmutable.
Se podrá permitir una ilustración familiar. Supongamos que tenemos una roca colocada en el centro de un círculo de una milla de diámetro. Un hombre comienza a andar alrededor del círculo. Al comenzar se encuentra justo al norte de la roca, que por consiguiente está justo al sur de él. Después de haber caminado un tiempo, pasa a estar justo al este de la roca, mientras que ella está ahora justo al oeste de él. Pero la roca no se mueve, y sin embargo su dirección en relación con el hombre cambia a cada paso que éste hace. De una manera en cierto punto análoga, la actitud y los sentimientos de Dios para con los hombres cambian al cambiar ellos. Esto es, en palabras de Whately: «Un cambio efectuado en uno de dos objetos que tienen una cierta relación entre ellos puede tener el mismo resultado práctico que si el cambio hubiera tenido efecto en el otro».
Wollaston: «La relación existente entre Dios, considerado como un ser inmutable, y uno que sea humilde, que suplique de él, y que llegue a ser objeto de su misericordia, no puede ser la misma que la existente entre el mismo inmutable Dios y uno que sea obstinado, que no suplique a él, ni venga a ser objeto de misericordia … Por una alteración en nosotros puede quedar alterada la relación con respecto a Él y nosotros.» Resumiendo, si el hombre cambia, la misma inmutabilidad del carácter de Dios exige que sus sentimientos cambien hacia la persona cambiada.
Murphy: «Yendo a la raíz de la cuestión, cada acto de la voluntad divina, del poder creativo, o de interferencia con el orden de la naturaleza, parece incongruente con la inflexibilidad de propósito. Pero, en primer lugar, el hombre tiene una mente finita, y una esfera de observación limitada, y por ello es incapaz de concebir o expresar pensamientos o acciones exactamente como en Dios, sino sólo como están en él. En segundo lugar, Dios es espíritu, y por ello mismo tiene los atributos de personalidad, libertad y santidad; y el pasaje que tenemos ante nosotros tiene el propósito de establecer estas características en toda la realidad de su actividad, y por ello de distinguir la libertad de la mente eterna del fatalismo de la materia inerte. Por ello, en tercer lugar, estas declaraciones representan verdaderos procesos del Espíritu divino, análogos al menos a los del espíritu humano».
Aquellos pasajes que se refieren a Dios «arrepintiéndose» son figurativos. Son «el lenguaje del acontecimiento», las acciones divinas interpretadas en palabras. Vemos un artista ejecutando una representación pictórica. Habiéndola acabado, la contempla, y, sin mediar palabra, toma su brocha y la borra. Decimos en el acto: «se ha arrepentido de haberla hecho». Es así como interpretamos su acción. Asumimos que estos eran sus sentimientos. Así, Dios ejecutó unos actos externos con referencia al mundo antediluviano y otros grupos de personas que, si hubieran sido llevados a cabo por un hombre, nosotros diríamos: «se arrepintió de lo que había dicho o hecho con anterioridad». Esta es la interpretación que daríamos naturalmente a su conducta. El lenguaje está evidentemente acomodado a nuestras ideas de las cosas.
Doctor Davidson: «Cuando se atribuye arrepentimiento a Dios, se implica un cambio en su modo de tratar con los hombres del tipo que indicaría un cambio de propósito de parte de ellos».
Andrew Fuller: «Dios, a fin de dirigirse a nosotros de una manera que su mensaje nos haga mella, se presenta frecuentemente como una criatura, o nos habla a la manera de los hombres. Puede bien dudarse que el desagrado de Dios en contra de la maldad de los hombres hubiera podido ser expresado plenamente en términos literales, o con nada semejante al efecto producido por el lenguaje metafórico».
Profesor Mansel: «La figuración que las Escrituras nos dan de Dios puede ser demostrada análoga a la que las leyes de nuestra mente nos demandan que hagamos; y por ello es natural suponer que han emanado del mismo Autor».
La amenaza de Dios de no acompañar a los israelitas era indudablemente condicional. Como dice Scott: «Estas declaraciones expresan más bien lo que Dios podría en justicia hacer, lo que sería propio en él hacer, y lo que haría, excepto por una consideración que intervenía, que su propósito irreversible; y siempre implican una excepción reservada en caso de que la parte ofensora se arrepintiera de corazón».
En cuanto a la cita de 1 S. 2, por la casa del padre de Elí tenemos evidentemente que entender la casa de Aarón, de la que Elí descendía a través de Itamar. Fue Aarón, el padre tribal de Elí, el que recibió la promesa de que su casa caminaría siempre en el servicio sacerdotal. Esta promesa, evidentemente condicional, fue en este pasaje retirada con respecto a cierta rama de la familia de Aarón, y debido a la pecaminosidad de aquella rama. Por lo que respectaba a Elí y sus hijos, el Señor cortaría ahora el brazo de la casa de Aarón. Mediante la expresión «Nunca yo tal haga», Dios no revoca, dice Keil, su promesa previa, sino que simplemente denuncia una falsa confianza como totalmente irreconciliable con su santidad. Aquella promesa se cumpliría sólo en tanto que los sacerdotes mismos honraran al Señor en su cargo.
El pacto hecho con Fineés (Nm. 25:11–13) no quedó abrogado por la transferencia temporal del cargo del sumo sacerdote desde la línea de Eleazar a la de Itamar, porque, como Keil nos recuerda, este pacto contemplaba un «sacerdocio perpetuo», y no específicamente el sumo sacerdocio; y mientras tanto los descendientes de Fineés retuvieron el sacerdocio ordinario.
Cuando Abiatar, el último sacerdote de la línea de Itamar—de la que Elí había sido el primero—fue depuesto por Salomón (1 R 2:27) el oficio del sumo sacerdocio fue restaurado a la línea de Fineés y de Eleazar (1 Cr. 24:3–6).
En el caso de Ezequías, la declaración divina era evidentemente condicional. Sin embargo, como lo sugiere acertadamente Vitringa: «la condición no fue expresada, porque Dios quería que surgiera de él como un acto voluntario».
Dios satisfecho con sus obras

Insatisfecho con ellas

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera (Gn. 1:31).

Y se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón (Gn. 6:6).

Este caso ya ha sido explicado en páginas precedentes.
Destruirá

No destruirá

Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo (Gn. 6:7).

Ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho (Gn. 8:21).

Una de estas declaraciones fue hecha antes, y la otra después del Diluvio. Y ambas fueron estrictamente cumplidas.
Aborrecerá

No aborrecerá

Mi alma os abominará (Lv. 26:30).

No los desecharé, ni los abominaré (Lv. 26:44).

En un versículo entre estos dos, el cuarenta, se da explícitamente la condición para ambas actitudes. Si confesaran su iniquidad, la «abominación» que el Señor sintiera hacia ellos se tornaría en misericordia hacia ellos. Todo el contexto de estos pasajes contempla distintas posibilidades de conducta de los israelitas, y las consiguientes actitudes y acciones de Dios, por vía de advertencia.
Permiso concedido

Permiso denegado

Y vino Dios a Balaam de noche, y le dijo: Si vinieron para llamarte estos hombres, levántate y vete con ellos, pero harás lo que yo te diga (Nm. 22:20).

Así Balaam se levantó de mañana, y enalbardó su asna y fue con los príncipes de Moab. Y la ira de Dios se encendió porque él iba (Nm. 22:21, 22).

El permiso dado a Balaam era condicional: «Si vinieren para llamarte estos hombres», etc. Balaam, en su ansioso deseo de ir, amando «el pago de la iniquidad», no parece haber esperado que los hombres lo llamaran; en lugar de ello ofreció ir con ellos. Hengstengberg observa que Balaam «inmediatamente hizo uso del permiso de Dios de ir con los moabitas, lo cual podía hacer sólo con el secreto propósito de evitar la condición que le había sido impuesta con aquel permiso: «pero harás lo que yo te diga».» Sigue diciendo: «por cuanto la ira de Dios fue dirigida contra Balaam yendo con una intención definida, no se involucra ninguna contradicción en que después se permitiera que fuera».
Keil cree que la ira de Dios no se encendió hasta casi el final del viaje de Balaam, y ello entonces por los sentimientos que el profeta estaba abrigando. «Un anhelo por riquezas y honor» le hicieron salir, y «cuanto más se aproximaba a su destino, bajo la dirección de los distinguidos embajadores de Moab, tanto más se ocupaba su mente en los honores y riquezas en perspectiva; y ello tomó posesión de su corazón de tal manera, que estaba en peligro de arrojar a los vientos la condición que le había sido impuesta por Dios». Por ello, se inflamó la ira de Dios.
Aben Ezra y Bechayai dice que el Señor había manifestado ya su voluntad a Balaam de que no fuera a Balac, pero como imaginando que Dios era cambiante, volvió a inquirir si podría ir, cuando el Señor, que no bloquea los caminos de los hombres, se lo permitió: «Si sabiendo mi voluntad», vendría a decir: «sigues queriendo ir, ve entonces». Por ello, el hecho de que fuera desagradó al Señor.

Henry: «Así como Dios en ocasiones en su amor no concede las peticiones de su pueblo, así en ocasiones en su ira concede los deseos de los impíos».


viernes, 1 de agosto de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:4)

DIOS
Eternidad
Dios es eterno

Su origen en el tiempo

Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios (Sal. 90:2).

Dios viene de Temán, y el Santo desde el monte de Parán (Hab. 3:3).

El segundo texto, por absurdo que parezca, ha sido aducido como enseñando que Dios se originó en el tiempo.
El pasaje se refiere simplemente a la maravillosa manifestación del poder y la gloria de Dios en juicio, avecinándose sobre Israel desde aquel distrito en el que Israel había experimentado en el pasado su gracia redentora y donde había entrado con Dios en la relación del pacto. Temán y Parán eran «la designación general de las regiones al sur de Palestina como escena de las manifestaciones divinas a Israel». Esto queda claro del texto paralelo en Dt. 33:2: «Jehová vino de Sinay, y de Seir les esclareció; resplandeció desde el monte de Parán, y vino de entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano derecha».
Unidad
Dios es uno

Pluralidad de seres divinos

Oye, Israel: Jehová es nuestro Dios, Jehová uno es (Dt. 6:4).
Ved ahora que sólo yo soy, y no hay dioses conmigo (Dt. 32:39).
Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios (Jn. 17:3).

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (Gn. 1:26).
Y dijo Jehová Dios: He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal (Gn. 3:22).

Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él (1 Co. 8:6).


Después le apareció Jehová en el valle de Mamré, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo (Gn. 18:1–3).
Póstrense a él todos los dioses (Sal. 97:7).
Y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Is. 48:16).
[Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno (1 Jn. 5:7)].

Los dos primeros textos de Génesis presentan la palabra de Dios (Elohim) en forma plural. Gesenius lo considera «un plural de excelencia o majestad» Nordheimer, un «plural de preeminencia» Baumgarten, un «plural numérico, denotando juntos a Dios y a los ángeles» Delitzsch, un «plural de intensidad» Fuerst lo considera utilizado «debido a que los antiguos consideraban la Deidad como un agregado de muchas infinitas fuerzas». Busch piensa que el plural implica «mayor plenitud, énfasis e intensidad de significado» Lange considera que denota «plenitud intensa», y Hengstenberg dice que «llama la atención a las infinitas riquezas y a la plenitud inexhaustible contenida en el ser divino».
Ewald: «Se trata de un uso antiguo, más especialmente en esta tribu semítica, para designar a Dios, como también a cualquier otro superior, externamente por una forma plural, y por la que simplemente se expresaba el sentido de una dignidad y reverencia».
En cuanto a los pronombres plurales, «nosotros» y «nuestra», que Dios mismo emplea aquí, Aben Ezra cree que se dirige a las Inteligencias; Filón, Delitzsch y otros, que se dirigía a los ángeles; Davidson, con Sedaías a Gaón, que hablaba como un soberano, «Nos el rey» Kalisch, Tuch y Bush creen sustancialmente que se trata del plural «empleado en deliberación y autoexhortación» Maimónides afirma que Dios se está dirigiendo a la tierra o a la naturaleza recién creadas; Keil que está hablando de y consigo mismo en número plural, «con referencia a la plenitud de los poderes divinos y esencias que posee». Por otra parte, Lange cree que la fraseología puede «señalar a la perspectiva germinal de una distinción en la personalidad divina», y Murphy que «indica una pluralidad de personas o hipóstasis en el Ser de la Deidad».
Vemos así que las anteriores expresiones son susceptibles de varias interpretaciones razonables congruentes con los principios monoteístas.
Con referencia a Abraham y los «tres varones»—seres sobrehumanos en forma humana—, el patriarca parece distinguir a uno de ellos como preeminente entre los tres, a quien se dirige como «Señor». Keil dice: «Jehová y dos ángeles: los tres en forma humana». Murphy: «Es evidente, en todo caso, que de los tres hombres uno era el Señor, que, mientras los otros dos se dirigieron hacia Sodoma, se quedó con Abraham mientras que él hacía su intercesión por Sodoma, y después también él se fue». Lange: «Abraham reconoce en el acto entre los tres a uno a quien se dirige como Señor en sentido religioso, que después se manifiesta como Jehová, y que se distinguía claramente de los dos ángeles que le acompañaban».
En cuanto a la cita de los Salmos, Maimónides y David Kimchi dicen que la palabra «Elohim», en este caso, significa «poderes angélicos». Otros, que significa «magistrados» o «jueces», como en Éx. 22:8, 9, 28. Alexander y Hengstenberg explican que significa «falsos dioses» Delitzsch, «los poderes sobrehumanos deificados por los paganos». La Peshita siríaca dice: «vosotros todos sus ángeles».
Is. 48:16 es ambiguo en el original. «Puede significar «Jehová» y su espíritu me han enviado», o «Jehová me ha enviado a mí y a su Espíritu». Así lo considera Delitzsch: «El Espíritu no aparece aquí como uniéndose en la acción de enviar … El significado es que él también es enviado, esto es, enviado en y con el siervo de Jehová, que está hablando aquí».
1 Jn. 5:7 es un pasaje espurio. No se encuentra en ningún manuscrito griego anterior a los siglos quince o dieciséis, y no se halla en ninguna versión antigua. Es rechazado por Alford, Abbot, Bleek, Scrivener, Tischendorf, Tregelles, Wordsworth, y la mayor parte de los críticos actuales.
Se tiene que observar que los textos de la primera serie enseñan inequívoca y expresamente la unidad de Dios, mientras que los de la segunda serie, cuyo propósito primario es la enseñanza de otras verdades, son perfectamente explicables en armonía con los de la primera.

DIOS
Inmaterialidad
Dios es Espíritu

Tiene cuerpo y órganos materiales

Un espíritu no tiene carne ni huesos (Lc. 24:39).

Tablas de piedra escritas con el dedo de Dios (Éx. 31:18).

Dios es Espíritu (Jn. 4:24).

Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro (Sal. 91:4).
Rayos brillantes salen de su mano (Hab. 3:4).

Estos textos, que figuran a Dios como poseyendo manos, dedos, alas, plumas, etc., son simplemente unas atrevidas figuras y sorprendentes hipérboles, para la mente occidental, pero que son muy familiares para los orientales. Y estos nunca admitirían que se les entendiera literalmente al emplearlas.

«Dedo de Dios» denota su acción directa; sus «alas» y «plumas» son una gráfica imagen de su cuidado protector, expresado con una alusión a un ave sobrevolando y dando su cuidado a sus polluelos (cp. Dt. 32:11).


jueves, 31 de julio de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:3)

DIOS
Omnipresencia
Dios, presente en todo lugar

No en algunos lugares

¿Adónde me iré lejos de tu espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subo a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol trato de acostarme, he aquí, allí tú estás. Si tomara las alas del alba y emigrara hasta el confín del mar, aún allí me alcanzaría tu mano, y me agarraría tu diestra (Sal. 139:7–10).
Así dice Jehová; El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies (Is. 66:1).
¿Soy yo Dios de hace poco solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos? ¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no le vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra? (Jer. 23:23, 24).
Aunque traten de forzar la entrada del Seol, de allá los sacará mi mano; y aunque suban hasta el cielo, de allá los haré descender. Si se esconden en la cumbre del Carmel, allí los buscaré y los agarraré; y aunque se escondan de delante de mis ojos en lo profundo del mar, allí mandaré a la serpiente y los morderá (Am. 9:2, 3).

Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto (Gn. 3:8).
Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod. (Gn. 4:16).
Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. (Gn. 11:5).
Entonces Jehová le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido ante mí; y si no, lo sabré (Gn. 18:20, 21).
Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado (1 R. 19:11, 12).
Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis (Jon. 1:3).

La «presencia de Jehová» de la que se escondieron Adán y su mujer, y de la que huyeron Caín y Jonás, era la manifestación especial y visible de Dios a ellos en aquel entonces; o bien denota el lugar en el que tuvo lugar aquella manifestación.
Según Henderson, puede tratarse de cualquiera de ambas cosas.
Los constructores de Babel y los moradores de Sodoma habían seguido su malvado curso, hasta allí donde podía permitirlo la misericordia divina. Dios había estado muy alejado de estos hombres corrompidos: no estaba «en todos sus pensamientos». Tomó la espada de la justicia y «descendió» a la esfera de la consciencia de ellos, de una manera señalada y terrible.
El Rabí Schelomo hace la notable observación que estos textos representan a Dios «viniendo desde su trono de misericordia a su trono de juicio», como si la misericordia fuera un atributo más sereno, exaltado y glorioso que la justicia. Expresiones como «Dios descendió» son denominadas por los escritores judíos como «la lengua o lenguaje del acontecimiento», esto es, la interpretación adecuada del acontecimiento, la lección que se quería enseñar con ello. En tales casos, los actos de Dios son traducidos a palabras. El «lenguaje del acontecimiento» es, Dios desciende, se interpone, para frustrar ciertas locas tramas de ambición.
Maimónides sugiere agudamente que, por cuanto la palabra «ascender» se aplica de manera apropiada a la mente cuando contempla objetos nobles y excelsos, y «desciende» cuando se dirige a cosas de un carácter bajo e indigno, sigue de ello que cuando el Altísimo vuelve sus pensamientos hacia el hombre para cualquier propósito, se puede decir que Dios «desciende».
El profesor Murphy piensa que así como el Señor, después de vigilar sobre Noé durante el Diluvio, retiró su presencia visible y en gracia de la tierra, cuando vuelve a interponerse en la historia humana, se puede decir con propiedad que «Jehová descendió».
Dios no estaba en el viento, ni en el terremoto ni en el fuego. Esto es, no eligió en aquella ocasión ninguno de estos elementos como símbolo de su presencia, como su medio de comunicación y manifestación. No habló ni en ni por medio de ellos, sino por medio del «silbo apacible y delicado».

Herder: «La visión parecería tener el propósito de enseñar al profeta, que, en su fiero celo por la reforma, quería cambiarlo todo mediante una tormentosa violencia, los gentiles movimientos de la providencia de Dios, y exhibir la gentileza y paciencia que la misma voz proclamó a Moisés (Éx. 34:5–7). De ahí el hermoso cambio en los fenómenos de la visión.


miércoles, 30 de julio de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:2)

DIOS
Omnisciencia
Dios lo conoce todo

Trata de conocer algo

Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; percibes desde lejos mis pensamientos. Escudriñas mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, te la sabes toda (Sal. 139:2–4).
Yo, Jehová, escudriño el corazón y pruebo los riñones (Jer. 17:10).
Tú Señor, que conoces los corazones de todos (Hch. 1:24).
Todas las cosas están desnudas y descubiertas a los ojos de aquél a quien tenemos que dar cuenta (He. 4:13).

Ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único (Gn. 22:12).
Te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos (Dt. 8:2).
No darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal vidente en sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma (Dt. 13:3).

En los textos de la derecha, el lenguaje se acomoda al entendimiento humano, expresado, podría decirse, desde el punto de vista del hombre. Mediante el proceso de prueba aplicado a Abraham y a los israelitas, el conocimiento que había estado oculto en la mente divina quedó revelado y verificado.
Las palabras dirigidas a Abraham: «Ya conozco que …», etc., equivalen a decir: Ahora he establecido mediante prueba directa lo que ya sabía. He demostrado, he puesto en evidencia por prueba manifiesta, mi conocimiento de tu carácter.
Murphy: «El original he conocido denota un conocer eventual, un descubrir mediante experimento; y esta probación observable de Abraham fue necesaria para el ojo judicial de Dios, que tiene que ser instruido en práctica tanto como en principio».
El lenguaje de Génesis puede ser ilustrado de la siguiente manera: Un profesor de química, dirigiéndose a su clase, dice: «Ahora aplicaré un ácido a esta sustancia, y veré cuál es el resultado». Él habla de esta manera, aunque él sabe a la perfección lo que va a suceder. Habiendo efectuado el experimento, dice: «Ahora sé que este es el resultado que sigue». Al decir esto, se pone a sí mismo en lugar de la clase, y habla desde su punto de vista.
Los textos de Deuteronomio simplemente significan: El Señor ha actuado contigo como si él ignorara tus sentimientos hacia él, deseara determinarlos; te ha puesto a prueba severamente con todo lo necesario para descubrir los secretos de tu corazón.
Se debe tener presente que el Dios justo ejerce su gobierno y su juicio sobre las actitudes de los hombres manifestadas externamente en palabras o acciones. Así, este saber de los textos de la derecha no se refiere a un mero conocimiento real de los designios del corazón del hombre o de su estado, sino al conocimiento de este estado y de estos designios manifestados externamente, y por ello mismo sujetos a su acción. Se trata de un saber experimental, mucho más pleno que el saber o conocer real de la actitud interna antes de Su manifestación.
No olvida a sus santos

Se olvidó un tiempo de Noé

Aunque éstas lleguen a olvidar, yo nunca me olvidaré de ti (Is. 49:15).

Y se acordó Dios de Noé (Gn. 8:1).

El texto de la derecha está ajustado a la mentalidad humana. Dios dejó a Noé en el arca, durante muchos meses, como si lo hubiera olvidado. Luego «dio una prueba de que se acordaba».
No duerme

Duerme en ocasiones

He aquí, no dormirá ni se adormecerá el que guarda a Israel (Sal. 121:4).

Despierta, ¿por qué duermes, Señor? Despierta, no nos deseches para siempre (Sal. 44:23).


En ocasiones, Dios, en su sabiduría, retarda el castigo de los malvados y la liberación de su pueblo, de manera que parece insensible a ambos. No da señales de actividad con referencia a ninguno de los dos, de modo que un observador superficial podría decir: «Duerme». El silencio, la paciencia de Dios, quedan así atribuidos a una indiferencia o falta de conocimiento de su parte (Sal. 50:21; 73:11). Por ello, en la derecha tenemos, no el registro inspirado del estado de Dios, sino la expresión inspirada de la perplejidad del santo que no comprende el silencio de Dios y clama a Él.


martes, 29 de julio de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:1)

 Dios
Omnipotencia
Dios lo puede todo

Dios no lo puede todo

He aquí que yo soy Jehová, el Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea demasiado difícil para mí? (Jer. 32:27).
Jesús, fijando en ellos la mirada, les dijo: Para los hombres, eso es imposible; mas para Dios todo es posible (Mt. 19:26).

Jehová estaba con Judá, quien arrojó a los dos de las montañas; mas no pudo arrojar a los que habitaban en los llanos, los cuales tenían carros herrados (Jue. 1:19).
Es imposible que Dios mienta (He 6:18).

La omnipotencia no implica el poder de hacer todo lo que se pueda concebir, sino la capacidad de hacer todo aquello que es el objeto propio del poder. Por ejemplo, un ser omnipotente no podría hacer que algo existiera y no existiera simultáneamente. La misma idea es contradictoria y absurda. Cuando se dice que Dios puede hacerlo «todo», la frase se aplica solamente a aquellas cosas que no involucran incongruencia o despropósito.
Según Voltaire, la cita de Jueces dice que Jehová «no pudo arrojar a los que habitaban en los llanos». Pero el hecho es que el pronombre «él» (incluido en la desinencia verbal «arrojó») se refiere al antecedente más cercano, «Judá». Sin duda alguna, la razón de que Judá no fuera ayudado, entonces, para expulsar a los que moraban en el valle, es que un excesivo triunfo hubiera resultado, como frecuentemente sucede, perjudicial. Dios dio a Judá aquel grado de prosperidad que, globalmente, era más apropiado para la nación.
El cuarto texto se refiere no a una imposibilidad física, sino moral, como la que se quiere expresar cuando decimos: «era imposible que Washington traicionara su país». Naturalmente, lo que significamos con esto es que era incompatible con el carácter y los principios de Washington cometer traición. En un sentido análogo, aunque mucho más elevado, es imposible que Dios diga ninguna falsedad.
Dios está fatigado y reposa

Nunca se fatiga

En seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó (Éx. 31:17).

¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno, Jehová, el cual creó los confines de la tierra, no desfallece, ni se fatiga con cansancio? (Is 40:28).

«Cesó, y reposó», es meramente una vívida manera oriental de decir que cesó de la obra de la creación, y que se deleitó en contemplar aquella obra.
Doctor J. P. Thompson:1 «En este pasaje, «cesó» no significa buscar reposo de la fatiga, sino suspender la actividad de un particular modo de operación, dejar de actuar así y así». Maimónides dice que la palabra empleada en el texto paralelo, Éx. 20:11, significa propiamente «cesó». La Septuaginta concuerda con esta explicación.

Murphy:2 «Reposó», incluye, en todos los casos, el puro deleite que surge de la consciencia de haber cumplido un propósito, y de la contemplación de la excelencia intrínseca de la obra».


domingo, 27 de julio de 2014

Sembrar con lágrimas

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando
y llorando el que lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo sus gavillas. 
Salmo 126.5–6
El conocido autor A. W. Tozer observa, en uno de sus libros: «La Biblia fue escrita con lágrimas y es al que derrama lágrimas que revelará sus mejores tesoros». De esta manera, Tozer identificaba un importante principio acerca del mundo de las cosas espirituales, y es que las lágrimas siempre han sido parte de la experiencia de aquellos que han conocido las más profundas intimidades de Dios. Probablemente la mayoría de nosotros no entendemos muy bien porqué esto es así y, quizás, ni siquiera haga falta entenderlo. Nos basta con aceptar que este es un componente ineludible de la vida espiritual.

Si recorremos las páginas de la Palabra, rápidamente veremos que un sin fin de héroes de la fe eran también personas acostumbradas al quebranto. Job lloró amargamente delante de Jehová por la angustia de su aflicción (16.20). José no pudo contener las lágrimas cuando volvió a encontrarse con sus hermanos (Gn 43.30). Ana, la madre de Samuel, lloraba desconsolada por su esterilidad (1 Sa 1.7). Cuando David se encontró con la ciudad destrozada por los amalecitas, lloró hasta que no le quedaron fuerzas (1 Sa 30.4). En los salmos el mismo David confiesa que las lágrimas frecuentemente fueron su pan de día y de noche (42.3). Elías huyó al desierto, tan angustiado que deseó la muerte (2 Re 17) El rey Ezequías lloró con gran angustia cuando le anunciaron su muerte, y fue oído por sus lágrimas (Is 38.5) A Jeremías frecuentemente se lo ha identificado como el profeta de las lágrimas (Jer 13.17). Jesús lloró en varias ocasiones. La Palabra testifica que también fue oído por sus lágrimas (Heb 5.7). Pablo sirvió al Señor con humildad y con muchas lágrimas y pruebas (Hch 20.19).

Sin entender bien el proceso, sabemos que ocurre algo en nuestro corazón cuando lloramos. Con el llanto existe la posibilidad de que se ablande, y debemos reconocer que el obstáculo a una vida de mayor comunión con Dios es la dureza de nuestros corazones. Con la suma de frustraciones y fracasos finalmente claudican nuestros esfuerzos por encaminar nuestra vida, y admitimos delante de Dios nuestra condición frágil e inestable. Es el comienzo de algo nuevo. Seguramente por esto Jesús podía proclamar: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mt 5.4).

Las lágrimas, sin embargo, no siempre son producto de la frustración. También pueden indicar un corazón trabajado por Dios, sensible a las cosas del Espíritu. Esta clase de persona es la que se quiebra por las mismas cosas que quebrantan el corazón de Dios. Observe las lágrimas de Cristo por Jerusalén (Lc 19.41), o las de Juan en Apocalipsis (5.4). Ellos percibían una realidad espiritual de tal magnitud que los llevó a llorar delante de Dios.

Sea cual sea la razón de las lágrimas, para aquellos que andan en el Señor, son la puerta hacia cosas más profundas y espirituales.
Para pensar:

«Mantener la mano en el arado, mientras nos secamos las lágrimas, este es nuestro llamado». Watchman Nee.