sábado, 9 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Segundo paso: IR

Todo el evangelio no será llevado a todo el mundo, si no lo hace toda la iglesia usando todas las instituciones y todos los medios. (Lausana II, Manila)
A menos que toda la iglesia sea movilizada, no es probable que la totalidad del mundo sea alcanzado. (John Stott)
Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros, como me envió el Padre, así también yo os envío. (Juan 20:21)
Si podemos decir que somos salvos por la fe en Cristo, y hemos llegado a ser hijos de Dios, es seguro que Él nos ha enviado, pues tiene una misión para cada uno de nosotros. (A. R.)
Donde hay compasión, seguida por oración, seguramente se generará alguna acción. ¿No nos llama la atención que Jesús, después de haberles pedido a sus discípulos que rogaran por más obreros, los llama y los envía a ellos mismos?
Reuniendo a sus discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios […] y los envió […] Y saliendo, pasaban por todas las aldeas anunciando el evangelio y sanando por todas partes (Lucas 9:2, 6).
Jesús fue enviado por el Padre desde el cielo a la tierra, y siempre tuvo conciencia de esta importante relación refiriéndose continuamente a ella. En el evangelio de Juan por lo menos cuarenta veces se pueden encontrar expresiones tales como «el que me envió», «la voluntad del que me envió», «el Padre que me envió», etcétera. Esta expresión era la credencial que Él continuamente exhibía: la justificación y el respaldo de todo lo que hacía. Y en el aposento alto, en su magnífica oración sacerdotal expresó: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (Juan 17:18). Y después de la resurrección, en su primera aparición a sus discípulos les dice directamente: «Como me envió el Padre, así también yo os envío» (Juan 20:21). La conclusión inevitable es que todo discípulo es potencialmente un enviado, por lo tanto si somos sus discípulos, nosotros también somos enviados.
«Llamando a sus discípulos […] los envió». ¿A dónde? Eso no siempre podremos saberlo inmediatamente. Lo importante es que tengamos el Espíritu de Cristo, el espíritu que es la cura de todo egoísmo, y que estemos dispuestos a obedecer la guía e instrucción que Él nos dé. Si podemos decir que somos salvos por la fe en Cristo, y hemos llegado a ser hijos de Dios, es seguro que Él nos ha enviado, pues tiene una misión para cada uno de nosotros. Jesús nos manda ir, y en las Escrituras se presentan distintas áreas adonde Él nos puede enviar.
A nuestra familia, barrio o ciudad
Al endemoniado gadareno, lo envió a su casa. (Marcos 5:1–20). ¡Cuán triste había sido la vida de este hombre! Esclavo de los demonios, viviendo en los cementerios, rompía las cadenas y los grillos con los cuales querían sujetarlo, excitado de día y de noche, gritando e hiriéndose con piedras. Pero tuvo un encuentro con Jesús, y fue libertado y transformado; sus vecinos lo reconocieron y lo encontraron sentado tranquilamente, vestido y en su juicio cabal.
¿Cuál fue el primer deseo de este hombre libre? Seguir a Jesús. Quería cruzar el lago con sus discípulos, pero el Señor no se lo permitió. Sin embargo, lo envió. ¿Adónde?
—Vuélvete a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo.
Él, entonces, se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él (Lucas 8:39).
Este nuevo discípulo no tuvo oportunidad de asistir a una iglesia, nunca fue alumno de la Escuela Dominical. No escuchó ningún sermón. Jamás tuvo en sus manos un Nuevo Testamento ni una Biblia. No hizo ningún curso de evangelismo o discipulado. No conocía de las Cuatro Leyes Espirituales ni de Evangelismo Explosivo u otros planes semejantes. Todavía no había sido bautizado. Pero Jesús lo envió. ¿Por qué? Había recibido algo muy valioso. Sabía quién se lo había dado. Tenía algo que contar. Jesús lo envió a su casa y él extendió su campaña de testimonio por «toda la ciudad». Tal vez esta sea la zona donde Dios envía a la mayoría de sus testigos. Su hogar, su barrio, la fábrica, la escuela, la oficina, su ciudad …
A un lugar distante
A los doce y a los setenta los envió a toda ciudad y lugar adonde Él había de ir (Lucas 10:1). Hay miles de pueblos y ciudades—grandes y pequeñas—en la Argentina y en toda América latina que necesitan que obreros como estos primeros discípulos vayan a predicar el evangelio del reino. Hombres y mujeres de la talla de Felipe (que era un diácono de la primera iglesia de Jerusalén), que fue a Samaria donde se produjo bajo su instrumentalidad una verdadera revolución y avivamiento, y como resultado muchos hombres y mujeres se bautizaban y entraban en el reino de Dios. Tal vez alguno diga: «Yo no me siento capaz de hacer eso y lograr tan grandes resultados». Entonces, quizás pueda imitar a Felipe en un aspecto no tan espectacular de su ministerio, pero sumamente importante. Sensible a la voz del Espíritu y obedeciendo su dirección, fue a un camino desierto y solitario, se encontró con un africano, lo guió a Cristo y lo bautizó. Ganó a uno solo en una conversación personal, que tal vez Dios usó como primer misionero al África (Hechos 8:26–39).
Puede ser que no se gane a muchos, pero Dios puede usarlo para ganar a uno que, a su vez, gane a centenares o a miles. Ejemplo: Andrés ganó a Pedro, y Pedro en Pentecostés, a tres mil (Juan 1:40–42; Hechos 2:41).
Dios necesita hoy un ejército de hombres y mujeres como Felipe o como Aquila y Priscila, que se trasladen con su oficio, profesión o negocio a zonas donde la bandera del evangelio aún no ha sido izada, y ganen almas, hagan discípulos y planten la iglesia del Señor. Dios sigue enviando a sus discípulos para que cubran vastas regiones necesitadas de nuestro continente.
Adonde Cristo no ha sido nombrado
A Pablo lo llamó para enviarlo lejos, a los gentiles (Hechos 26:14–18). ¡Qué obra de arte la que el Señor hizo con este apóstol! Jesús encara al «jefe» de los enemigos de su iglesia ¡y lo transforma en el misionero más grande de la historia! Pablo se gozaba en dar su testimonio así:
Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús, nuestro Señor, porque, teniéndome por fiel, me puso en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; pero fui recibido a misericordia […] para que Jesucristo mostrara en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él (1 Timoteo 1:12–13, 16).
Sabemos que tuvo que pasar por largos períodos de preparación antes que Bernabé lo fuera a buscar a Tarso para ministrar en Antioquía. Luego, desde allí emprendió los viajes misioneros con los cuales llevó el evangelio al Asia Menor y, finalmente, a Europa. Pablo es pues el típico modelo de misionero, que no habiendo compartido el ministerio terrenal de Jesucristo, escuchó su llamado y dedicó totalmente su vida a llevar la Palabra de Dios a regiones lejanas. Miles de hombres y mujeres de las más distintas nacionalidades durante estos veinte siglos han recibido el mismo llamado, y han servido, enviados por Dios, a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes. Pero Dios sigue necesitando hoy muchos jóvenes y señoritas, que experimentando este llamado, estén dispuestos a vivir y servir yendo «lejos a los gentiles» (es decir a miles de etnias no evangelizadas) «hasta lo último de la tierra».
Roguemos que Dios siga llamando y enviando misioneros pioneros como Pablo, para concluir la tarea.
Siguiendo en los pasos de Cristo
Jesús es también el modelo perfecto del cumplimiento de este segundo paso de la estrategia.
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia (Mateo 9:35).
Recorría Jesús toda Galilea […] Lo siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán (Mateo 4:23–25).
En su primer año de ministerio pasó por Samaria y plantó allí la semilla en el corazón de los samaritanos. También «fue a la región de Tiro y Sidón», que eran ciudades que pertenecían a Siria, un país extranjero (Mateo 15:21).
En una palabra, Jesús obedeció el «id» como ninguno, y se puede decir que en sus tres años de ministerio puso en práctica Hechos 1:8, pues predicó en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y visitando Siria inició el camino «hasta lo último de la tierra».
Amado lector, ¿adónde le ha enviado Dios a usted? ¿Le ha mostrado claramente que usted es un enviado, que lo necesita, y que sin duda tiene un lugar determinado para su servicio?
¿Será en su barrio, pueblo o ciudad, como le indicó al convertido gadareno?
¿O tal vez hace tiempo que le está mostrando algún pueblo o ciudad de una provincia o país más necesitado que el suyo?
¿O siente que Dios lo está llamando como a Pablo y otros muchos, para que dedique totalmente su vida al ministerio y sea misionero en un país extranjero?
Cualquiera sea su convicción, estoy seguro que le hará bien recibir las palabras del ardiente llamamiento que el general Guillermo Booth dirigió una vez a los oficiales del Ejército de Salvación. Les dijo:
¿Qué dices? ¿No he sido llamado? No he oído el llamado es lo que debieras decir. Él te ha estado llamando desde el momento que perdonó tus pecados—si es que has sido perdonado—suplicando y rogándote que seas su embajador. Pon tu oído sobre la Biblia y escúchala: te dice que vayas y arranques a los pobres pecadores del fuego del pecado. Pon tu oído sobre el ardiente y agonizante corazón de la humanidad y escucha su suplicante lamento pidiendo ayuda. Ve y ponte junto a las puertas del infierno y escucha a los condenados implorándote que vayas a la casa de su padre para que sus familiares no vayan allá. Y entonces, mira cara a cara a Cristo, cuya gracia tú dices poseer, y cuyas palabras has prometido obedecer, y dile si has de publicar su misericordia al mundo. No debes estarte quieto. ¡Levántate! ¡Sacúdete! ¡Haz algo! ¡Hazlo enseguida!
¡No te detengas más! Lee, da, ora, habla, canta […] haz lo que puedas para que los que se pierden sepan la verdad sobre ellos mismos, sobre Cristo, y sobre el cielo y el infierno. Si lo haces, Dios te ayudará.

¿Cuántos jóvenes y señoritas que están sirviendo a Dios en su ciudad e iglesia responderán al llamado del Señor y se prepararán para ir a lugares lejanos, donde la necesidad es más apremiante?



viernes, 8 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Primer paso: ORAR

Rogad—exhortación que indica la urgencia del caso—. La fuerza de la urgencia es tanto mayor, cuando es omnisciente quien la manifiesta. Delante de su vista se extiende la mies, tan vasta como el mundo; pocos son los obreros y se pierde la cosecha por falta de segadores. (E. Lund)
Cuando otras tareas amenazaron con usurpar su tiempo, los apóstoles rehusaron verse embrollados con las mismas diciendo: «Nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra». Ellos pusieron la oración antes que la predicación. (Alejandro R. Hay)
Lo más importante debe ocupar el primer lugar. Cara a cara con las apremiantes necesidades de una multitud, y sintiendo compasión por ella, pues veía las almas «como ovejas desamparadas y dispersas que no tienen pastor»—es decir, a punto de ser devoradas por las fieras—¿qué fue lo primero que Jesús ordenó hacer?
Orar, o mejor dicho, rogar
Leemos con cuidado las palabras pronunciadas por Jesús en Mateo 9:37–38: «A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies», y observamos cuatro cosas importantes:
Quién dice estas palabras: Jesús, el Jefe supremo y la Sabiduría encarnada; el único que no se puede equivocar.
A quiénes lo dice: a sus discípulos, quienes estaban en un proceso de formación que culminaría con la aceptación voluntaria de las normas del discipulado enunciadas en Lucas 9:23 (negarse a sí mismo, tomar la cruz cada día, y seguirlo).
Qué les manda hacer: rogar, lo cual es más intensivo que pedir u orar. Es pedir con insistencia y perseverancia hasta lograr lo que se reclama.
Para qué: para que Dios envíe más obreros a recoger la cosecha.
Este es uno de los casi ciento cincuenta mandamientos que algunos comentaristas bíblicos nos dicen que se encuentran en los evangelios y en las epístolas. En el aposento alto Jesús dijo que el verdadero amor o lealtad a Él se pondría de manifiesto por obedecer y guardar sus mandamientos (Juan 14:15, 21). Y en el párrafo final del evangelio de Mateo—que forma parte de la Gran Comisión—, Él estableció que parte del ministerio de hacer discípulos sería enseñándoles «que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:20). Entre esa numerosa lista de mandatos del Nuevo Testamento y entre «todas las cosas» que Jesús dijo que sus seguidores, debemos enseñar y guardar está este mandato: «Rogad […] que envíe obreros a su mies».
Para resaltar la importancia de esta orden podríamos usar una comparación y decir que si admitimos que la evangelización del mundo es en sí misma una guerra espiritual, en ninguna guerra algún soldado, cabo u oficial, puede desobedecer una orden de un superior sin sufrir dolorosas consecuencias. Orar por obreros, para un discípulo, debería ser algo serio y muy importante. Es una orden del Jefe supremo.
El enemigo apuntará a impedir la oración
Este primer paso es fundamental porque la oración es uno de los elementos más potentes con los cuales Dios ha dotado a su iglesia y al creyente individual para realizar la tarea. Satanás conoce esta verdad mejor que nosotros y siempre ataca este punto clave. ¿Cómo lo hace? Una de sus tácticas favoritas consiste en tratar de desestabilizar al hijo de Dios. Por esta expresión queremos dar a entender lo que ocurre cuando—aunque sea transitoriamente—dejamos de depender de Cristo, quien es nuestro Centro y nos separamos de la Vid, a la cual debemos permanecer unidos. En tal caso damos lugar a que el «Yo egoísta», que está siempre al acecho, ocupe—aunque sea por un corto tiempo—, el lugar de mando y control. Cuando el creyente permite que Cristo sea desplazado de su lugar central, rápidamente los objetivos que están unidos al Señor—la oración, la salvación de las almas, el testimonio, la evangelización del mundo, etcétera—también se debilitan. Entonces la oración, en vez de ser usada para conquistar, avanzar, extender el Reino, se torna egocéntrica, y muy pronto las peticiones que hacemos se refieren sólo a nuestras propias necesidades.
Esto se puede comprobar asistiendo de incógnito a la reunión de oración de muchas iglesias y escuchando los pedidos que se hacen y cuál es la característica que predomina. Se confirmará el hecho de que gran parte de las peticiones giran alrededor de «mi persona»: mi trabajo, mi enfermedad, mi familia, mi hijo, mi suegra, etcétera. Y se cumple lo que dice Santiago 4:2–3: «Pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (o intereses personales). Las oraciones por la extensión del Reino—por el envío de obreros, es decir, por los intereses del Señor—si se producen, ocupan el último lugar. Con no poca razón alguien denominó a la obra misionera como la «cenicienta» de la casa de Dios.
Jesús es nuestro ejemplo
El Señor nunca pidió a sus seguidores que hicieran lo que Él mismo no practicaba. «En aquellos días fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando fue de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6:12–13). Jesús oró y pidió por obreros. En su oración de Juan 17, se refiere varias veces a «los que me diste» y sin duda los recibió en respuesta a la oración.
Lucas 10 nos dice que más adelante designó y envió otros setenta obreros a toda ciudad y lugar adonde Él iría. ¿Habrán participado los primeros doce discípulos en reuniones de oración para lograr los setenta obreros que fueron enviados más tarde? No se nos dice específicamente, pero es posible que lo hayan hecho. Lo cierto es que la oración es algo así como un engranaje esencial en la maquinaria de la acción y providencia de Dios. No siempre nos es dado saber cómo ni cuándo obra, pero sabemos que funciona, y que es indispensable. Cuando los discípulos se levantaban por la mañana, y Jesús no estaba con ellos, sabían donde encontrarlo: «en un lugar desierto, y allí oraba» (Marcos 1:35).
Avance por medio de la oración
La manera como Hudson Taylor y sus colaboradores lograron acrecentar el número de misioneros en la Misión al Interior de la China (1875–1905) es muy desafiante e inspiradora. En el libro El secreto espiritual de Hudson Taylor se nos relata cómo Dios contestó las oraciones de sus siervos que pedían obreros.
Citaremos algunos párrafos de esta obra:
Un día, Hudson Taylor estaba de pie ante el gran mapa de la China y les dijo a unos amigos que le acompañaban: «¿Tienen ustedes fe para pedir conmigo a Dios que nos envíe dieciocho jóvenes para que vayan de dos en dos a las nueve provincias que aún quedan sin evangelizar?»
*   *   *
Dios contestó plenamente la oración y los pioneros de la Misión iban predicando a Cristo a través de toda la expansión de esas provincias remotas.
*   *   *
Después de años de oración y de esfuerzo perseverante […] el interior de la China se abría delante de ellos como una oportunidad sin paralelo. En todos los centros necesitaban refuerzos de personal […]. No avanzar significaba una retracción […] hubiera sido como desperdiciar las oportunidades que Dios les ponía delante […] ¿Cuál fue el resultado de aquellos días de esperar confiadamente en el Señor?
Fue un paso de fe tan asombroso que hizo tambalear la comprensión y la simpatía de los amigos que los apoyaban desde Inglaterra. Elaboraron un llamamiento a las iglesias, firmado por casi todos los miembros de la Misión, pidiendo setenta obreros nuevos que fueran enviados dentro de los próximos tres años. Dios obró maravillosamente y envió los setenta misioneros solicitados durante los tres años siguientes, pero la fe tuvo que pasar muchas veces por el crisol de la prueba.
Más adelante en el concilio chino de la Misión celebrado en Anking, dedicaron una semana entera a la oración y al ayuno para que con corazones preparados pudiesen enfrentar los importantes asuntos que debían tratar. De la conferencia surgió la idea de que para poder hacer cualquier avance, se necesitaban urgentemente cien nuevos obreros. Con sumo cuidado se estudió el asunto hasta que Stevenson, en ese entonces director de la Misión, envió un cable a Londres que decía: «Oramos por cien obreros nuevos para 1887». En esos tiempos la Misión tenía sólo ciento noventa miembros y pedirle a Dios un aumento de más del cincuenta por ciento dentro de los próximos doce meses parecía algo imposible.
La oración tenía un triple propósito: a) que Dios levantara cien obreros escogidos por Él mismo; b) que Él supliera los cincuenta mil dólares que harían falta por encima de los ingresos normales sin que fuera necesario hacer solicitudes y colectas; c) que el dinero entrara en grandes sumas para reducir el exceso de correspondencia, consideración muy práctica en una oficina donde había poco personal.
¿Que ocurrió en 1887? Seiscientos hombres y mujeres, efectivamente, se ofrecieron a la Misión ese año, de los cuales fueron escogidos y equipados y enviados ciento dos. No fueron cincuenta, sino cincuenta y cinco mil dólares más los que se recibieron sin hacerse ninguna solicitud, de manera que todas las necesidades fueron suplidas. ¿Cuántas cartas fueron enviadas para acusar recibo de esa gran suma? Hubo un total de once donaciones. Dios contestó la oración una vez más, y con lujo de detalles.

¿Es nuestro Dios el mismo Dios de Elías y de Hudson Taylor? Si lo es, entonces el primer paso de la estrategia es: ¡Rogad! ¡Rogad por obreros! Debemos pedir por más obreros, por su sostenimiento, por poblaciones, por grupos étnicos no alcanzados, etcétera. Pablo pedía que se orara por puertas abiertas (Colosenses 4:3) y se debe interceder específicamente por cada cosa que sea necesaria para llevar a cabo la voluntad de Dios. ¡No cometamos el pecado y la equivocación de dejar a un lado sin usar esta extraordinaria y poderosa arma que es la oración!




jueves, 7 de agosto de 2014

Mirando el inmenso Panorama Mundial

Carey sentía en su espíritu la palabra «mundo». (R. H. Lovell)
El mapa del mundo estaba en el taller de Carey; pero no estaba sólo en la pared, antes ya se lo había colgado en el corazón. (F. W. Boreham)
Más gente nacerá en los próximos veinticinco años, que en toda la historia de la humanidad. (Diario Clarín, 19/5/87)
El Dr. Oswald J. Smith decía en uno de sus libros que los cristianos deberíamos estudiar más la geografía, para conocer mejor la vasta extensión de nuestro planeta y la real dimensión de la tarea que Cristo nos encomendó. Felizmente, hoy no tenemos que hacer como Guillermo Carey, que cada vez que leía los relatos de las expediciones del capitán Cook, añadía al planisferio nuevas islas que este expedicionario iba descubriendo. El libro Operación Mundo—que se viene publicando desde 1974, y del cual ya tenemos su cuarta edición en castellano—, nos proporciona amplia y fehaciente información de cada país, puntualizando su situación, sus urgentes necesidades y principales motivos de oración. Cada familia cristiana debería conseguir y usar diariamente este manual.
¿Para qué debemos alzar nuestros ojos? Jesús dijo que para mirar los campos. En Mateo 13:38 afirmó: «El campo es el mundo», y los campos a los cuales se refirió son las múltiples regiones de las cuales debemos tomar conciencia, antes de hacer algo para abordarlas. Alcemos los ojos y miremos. Sin duda, veremos en primer lugar lo que está más cerca de nosotros.
El campo que rodea a nuestra iglesia
Este campo puede ser grande o pequeño, con muchos o pocos habitantes. Depende del lugar donde esté situada la iglesia: en medio de un barrio, en el centro de una gran ciudad, o en alguna población rural. Lo seguro es que si levantamos los ojos desde nuestra Jerusalén (pasamos por alto este campo porque es el que generalmente cultivan la mayoría de las iglesias, aunque no todas desarrollando un intenso y agresivo programa de evangelismo y discipulado) veremos algún barrio, zona, aldea o pueblo cercano, aún no evangelizado.
Cuando un grupo de cristianos iniciaron la obra evangélica en la ciudad de Pérez, situada a quince kilómetros al oeste de Rosario en la provincia de Santa Fe, pronto descubrieron que a no más de veinticinco o treinta kilómetros a su alrededor había por lo menos seis poblaciones que no tenían ningún testimonio. Ellas eran: Soldini, Álvarez, Zavalla, Pujato, Bernard y Fuentes. El grupo sintió que su responsabilidad era no sólo la evangelización local (en la cual realizaban campañas de carpa en cada barrio, con obra personal y testimonio casa por casa) sino también llevar el evangelio a los pueblos vecinos ya citados. Así lo hicieron. A través de diversos medios como reuniones en carpa, repartición de evangelios y literatura, reuniones caseras para adultos, horas felices para niños, obra personal, etcétera, procuraron obedecer el mandato bíblico de compartir las buenas noticias del evangelio con las comunidades más cercanas. Tuvieron, como es lógico, variado éxito y diferentes resultados. Pero en la mayoría de estos pueblos hay actualmente una iglesia establecida.
Cada iglesia tiene—no importa dónde se encuentre—una amplia zona circundante que debería ser evangelizada por la misma congregación. No es razonable pensar que obreros de otras iglesias de lugares distantes o de otros países vendrán para cubrir esa necesidad. Cada iglesia debería ser un faro de luz que alcanzara e iluminara los barrios y los pueblos a su alrededor.
La provincia
Si levantamos un poco más nuestra mirada veremos el campo de la provincia donde está situado nuestro pueblo o ciudad. Los mapas nos muestran que las provincias se dividen en departamentos, y que en cada uno de esos departamentos hay numerosos pueblos y aldeas donde la bandera de la cruz todavía no ha sido levantada.
Tomemos por ejemplo la provincia de Buenos Aires que actualmente cuenta con ciento treinta y cuatro partidos (o departamentos). En cada uno de estos hay como promedio de diez a doce poblaciones. Esto significa que en toda la provincia hay más de mil trescientos pueblos de distinto tamaño. Por muchos de esos lugares han pasado los colportores vendiendo libros, Biblias y Nuevos Testamentos, pero en una cantidad importante de esos pueblos (probablemente una cuarta parte) todavía falta formar el grupo de discípulos constituidos en iglesia-testigo. ¿Quién evangelizará esas numerosas poblaciones sino las iglesias que están ya plantadas en la zona? Tal es un desafío cercano, inmediato y ¡urgente! Si seguimos alzando la vista nos encontraremos con el vasto campo de la República Argentina.
El país
¿Qué podemos decir al mirar a lo largo y a lo ancho de nuestra patria? Que actualmente tiene veinticuatro estados provinciales, totalizando más de treinta y seis millones de habitantes, que viven en más de veintidós mil poblaciones y ciudades del más variado tamaño.
Si consideramos que la provincia de Buenos Aires es tal vez la más evangelizada de todas, y aun así presenta muchos pueblos sin testimonio, tenemos que concluir que las otras provincias deben sufrir una necesidad mucho mayor.
Un pastor y líder cordobés nos comentaba recientemente la sorpresa que le produjo la lectura del último censo nacional realizado en el país, el cual le abrió los ojos para descubrir que en la parte norte de la provincia de Córdoba hay muchos pueblos que todavía carecen de un testimonio evangélico. Cuando hicimos referencia a este hecho en una posterior reunión de pastores, uno de ellos nos interrumpió para decir: «En la parte sur de esa provincia también ocurre lo mismo».
¿La situación será muy diferente en otras provincias?
Cada provincia tiene decenas de departamentos.
Cada departamento tiene decenas de pueblos.
Cada pueblo tiene centenares o miles de almas, y a todas ellas debemos llegar con la Palabra de vida.
Hay además dentro de los límites de nuestro país por lo menos catorce grupos indígenas distintos, en la mayoría de los cuales se ha iniciado la obra evangélica, pero en varios de ellos la misma necesita ser profundizada y extendida.
Procuremos mirar más lejos todavía y nos encontraremos con el extenso y desafiante campo de la América latina.
El continente
Con la probable excepción de Brasil, Chile y Guatemala, tal vez la Argentina sea uno de los países más evangelizados del continente. Por comparación, eso nos da una idea de cuán grande es la necesidad de los países restantes de América latina.
Uno de los desafíos más exigentes es alcanzar en cada país las clases media y alta, pues el trabajo generalmente se ha realizado con los grupos de condición más humilde. Eso no significa que la masa de población menos pudiente ya ha sido evangelizada. Casi todas las ciudades de América están rodeadas de villas miserias donde se agrupan multitudes que en algunos casos llegan a ser una proporción importante de la población urbana y entre los cuales es imperioso plantar iglesias.
También hay todavía muchas tribus indígenas que esperan el primer contacto con los misioneros. En el Brasil, por ejemplo, en lo que se denomina el Infierno Verde, existen alrededor de ciento veinte tribus con las cuales, por distintas razones, aún no se ha iniciado el trabajo misionero pionero. En algunas zonas montañosas del Perú, en el sur de Colombia y Venezuela, también hay grupos indígenas que necesitan ser evangelizados. Informes sobre la Operación Samaria, en México, dan cuenta que de las ciento veintisiete etnias que hay en ese país: veintinueve necesitan que se comience en ellas la tarea de evangelizar y plantar una iglesia nativa. El libro Portales de esplendor—que relata el esfuerzo de los cinco misioneros que pagaron con sus vidas el anhelo de evangelizar a los aucas—, muestra lo que puede costar penetrar culturas que son muy distintas de las nuestras. Los países que integran la América latina constituyen un extenso campo blanco con miles de pueblos y ciudades necesitados del evangelio y son al mismo tiempo una puerta abierta para muchos hombres y mujeres que no tienen el don o la capacidad de aprender un idioma diferente del castellano.
Mundo islámico
Pero el mundo no termina en América latina. Levantemos aún más nuestros ojos, miremos hacia el oriente y nos encontraremos con el desafío misionero más difícil que se presenta a la iglesia actual: el llamado mundo islámico.
Los estadistas evangélicos nos dicen que incluye por lo menos a cuarenta países que se extienden desde Mauritania en el oeste del norte de África, hasta las islas del Pacífico en el Lejano Oriente. Cuenta con más de 1.200 millones de adherentes y es la religión que más ha crecido en los últimos años. En el mismo sector se destaca un grupo de veintisiete países donde hay muy pocos creyentes evangélicos y por contraste hay muchos grupos étnicos diferentes. Algunos de ellos son (las cifras indican las cantidades de etnias de cada país, tal como aparecen en Operación Mundo):
Cantidades de Etnias
Afganistán

67



Jordania

12



Somalia

22

Arabia Saudita

35



Líbano

18



Sudán

240

Argelia

41



Libia

36



Túnez

23

Egipto

32



Marruecos

30



Turquía

55

Irak

35



Mauritania

23



Yemen

20

Irán

85



Siria

26







Hasta hace poco en Mauritania y Libia no se sabía de la existencia de cristianos nacionales. Datos procedentes de Misiones Mundiales afirman que la Argentina tiene más creyentes evangélicos, que la suma de todos estos países.
El círculo asiático
Si intentamos mirar todavía más lejos, nos encontramos con el Lejano Oriente y lo que se ha denominado el círculo asiático. Esta expresión significa que dentro de un círculo imaginario que se podría trazar en un planisferio, están comprendidos unos veinte países, entre ellos:
Cantidades de Etnias
Bangladesh

57



Indonesia

702



Singapur

43

Bután

21



Laos

111



Sri Lanka

21

Camboya

35



Malasia

173



Tailandia

87

China

160



Myanmar

130



Taiwán

28

Filipinas

180



Nepal

105



Vietnam

83

India

432



Pakistán

88







Se estima que en esa región vive la mitad de la población mundial (más de tres mil quinientos millones de personas) y que un porcentaje importante todavía no han oído el evangelio en una forma directa y comprensible.
En un capítulo anterior hicimos referencia a un país que forma parte de este círculo: la India, donde actualmente viven más de mil millones de personas, y donde la mayor parte pertenecen a unos tres mil grupos etnolingüísticos que tienen su propia cultura, religión y dialectos. En sólo cien de estos grupos la iglesia está plantada con una cantidad de miembros no muy numerosa.
Grupos tribales
Pero hay más todavía. Si miramos con profundidad en cada continente hallaremos los numerosos grupos tribales.
¿Cuántos son? ¿Dónde están? Se calcula que hay por lo menos cinco mil comunidades no alcanzadas y que están dispersas por las selvas y desiertos de América, África, Asia y las islas del Pacífico. Suman unos trescientos millones de seres humanos que hablan unos tres mil quinientos idiomas y dialectos diferentes. Algunos se encuentran en estado «primitivo», y otros han entrado en contacto con la civilización. Casi todos son animistas y están sumidos en las prácticas de invocación de espíritus, brujerías, artes mágicas, etcétera. En algunas de estas tribus todavía se ofrecen sacrificios humanos para apaciguar la ira de los dioses, ignorando la eficacia del único sacrificio que puede traer perdón, paz y salvación al espíritu humano.
El mandato de Cristo
El mandato de Cristo de «alzad los ojos y mirad los campos» sigue vigente. Fue pronunciado por primera vez alrededor del año 30 de nuestra era (Jesús dijo estas palabras en el primer año de su ministerio) cuando la población del mundo conocido en aquel entonces era de unos doscientos millones de habitantes. ¿Qué peso tendrán sobre nuestros oídos y corazones esas mismas palabras cuando hemos iniciado el siglo xxi y viven en el planeta Tierra 6.300 millones de seres humanos, de los cuales los misionólogos más conservadores estiman que una tercera parte todavía no han podido escuchar con claridad las buenas noticias por primera vez?
El Dr. Alberto Simpson (fundador de la Alianza Cristiana y Misionera) escribió hace muchos años su famoso himno cuya primera estrofa dice:
Hay cien mil almas cada día
Que pasan a la eternidad,
Sin Cristo y sin su amor,
Sin ningún rayo de la luz
Que resplandece de la cruz.
¡A noche eterna van!
¡A noche eterna van!
Para actualizarlo tendríamos que decir que hoy mueren cada día más de doscientos sesenta mil personas (más de cuarto de millón)—el equivalente a una gran ciudad o a decenas de pueblos—, y un gran porcentaje de esa cantidad nunca escuchó de «Aquél que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».
—¿Qué es lo que estás mirando?—le preguntó un misionero a un chino que observaba atentamente el cielo detrás de unas montañas.
—Yo sé que hay algo más allá—contestó el interrogado sin vacilar—pero no puedo encontrar la puerta.

Nosotros sabemos quién es la Puerta y dónde está. ¿Estamos dispuestos a llevar la noticia a los millones que todavía lo ignoran?



miércoles, 6 de agosto de 2014

Regocijo

ἀγαλλιάομαι [regocijarse], ἀγαλλίασις [regocijo]
A. ἀγάλλω en la literatura griega. El término subyacente ἀγάλλω es común en la prosa y la poesía griegas. Significa «adornar»; por eso la voz media ἀγάλλομαι significa «emplumarse», expresando un orgullo gozoso. A veces la referencia puede ser al gozo cúltico (Eurípides, Las troyanas 452).
B. ἀγαλλιάομαι en la LXX y en el judaísmo. Este es un nuevo constructo bíblico. Se usa principalmente para el hebreo גִּיל, y denota el regocijo cúltico en el auxilio de Dios y sus obras, luego el regocijo en Dios o en su presencia, y (rara vez) el gozo de Dios mismo (Is. 65:19). El cosmos mismo es invitado a participar en este regocijo, que será característico del último día (p. ej., Is. 12:6).
C. ἀγαλλιάομαι en el NT. Juan 5:35 tiene en mente un gozo más secular, pero el uso principal es para exultar en los actos de Dios (Ap. 19:7). Este regocijo es escatológico (cf. 1 P. 4:13; Jud. 24). Se anticipa aquí y ahora en la fe (cf. 1 P. 1:6, 8; Mt. 5:12). El regocijo del Bautista en el vientre de su madre y el gozo de sus padres en él (Lc. 1:44, 58) miran hacia la obra salvífica de Dios en Cristo. La comunidad se regocija porque percibe que es la comunidad del tiempo final, establecida por la obra salvadora de Dios. Pablo no usa este término, pero para un paralelo cf. 1 Corintios 11:26. El significado cultual sigue estando presente en el NT (cf. Hch. 2:46). Cristo mismo comparte el gozo (cf. Heb. 1:9; Lc. 10:21 [regocijo en el Espíritu Santo]).

D. ἀγαλλιάομαι en la iglesia antigua. Ignacio de Antioquía usa la palabra escatológicamente (Efesios 9.2). El Pastor de Hermas habla del regocijo devoto en el espíritu (Mandatos 5.1.2). El Martirio de Policarpo nos da el sentido escatológico (18.3), mientras que un uso más general se da en Clemente de Alejandría (Pedagogo 1.8.70.1).



domingo, 3 de agosto de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:6)

DIOS
Santidad
Dios, el autor del mal

No es el autor del mal

Formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto (Is. 45:7).
Así dice Jehová: He aquí que yo tramo el mal contra vosotros, y trazo contra vosotros maquinación (Jer. 18:11).
¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lm. 3:38).
Por eso yo les di también estatutos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no podrían vivir (Ez. 20:25).
¿Caerá sobre una ciudad el infortunio, sin que Jehová lo haya causado? (Am. 3:6).

Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto (Dt. 32:4).
Porque tú eres un Dios que no se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti (Sal. 5:4).
Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de desgracia (Jer. 29:11).
Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz (1 Co. 14:33).

El «mal» mencionado en los textos segundo y tercero, lo mismo que la «adversidad» del primero y el «infortunio» del quinto, se refieren al mal natural, no al mal moral, o pecado. Henderson dice: «aflicción, adversidad» Calvino: «aflicciones, guerras y otras circunstancias adversas».
Cuando Pompeya queda sepultada bajo un volcán, Jerusalén destruida en la guerra, Londres despoblado por una peste, Lisboa derribada por un terremoto y Chicago devastada por el fuego, es Dios quien envía estos «males» o calamidades.
En el Sal. 5:4, el «mal» o «malo», como lo muestra el paralelismo, es la maldad o iniquidad; en Jer. 29:11 se refiere a su desagrado punitivo.
En cuanto a Ez. 20:25, los «estatutos» que no eran buenos son considerados de manera varia.
Calvino, Vitringa y Hävernick dicen que se trata de las costumbres y prácticas del paganismo, sus ritos idolátricos y corruptores, a los que Dios entregó a los judíos como castigo por su actitud de impiedad y apartamiento de Él.
Fairbairn: «Las inmundas costumbres y prácticas del paganismo». Wordsworth: «Estas malvadas prácticas reciben el nombre de “estatutos” y «ordenanzas» en el vers. 18, a semejanza de los «estatutos de Omri» en Mi. 6:16». Umbreit y Kurtz dicen: «las leyes litúrgicas que Jehová prescribió, pero que el pueblo abusó con propósitos paganos».
Sabemos que el abuso de las bendiciones puede resultar en la mayor de las maldiciones. ¿No podría ser el significado de ello que, aunque los estatutos fueran buenos en su disposición y adaptación originales, resultaran «no buenos» en su resultado, debido a la desobediencia de aquellos a los que fueron dados? ¿No son las palabras de Pablo: «Y hallé que el mismo mandamiento que era para la vida, a mí me resultó para muerte» (Ro. 7:10), una explicación del texto bajo consideración?
Wines da el significado como leyes que no son las mejores en un sentido absoluto, sino sólo relativo. Este punto de vista acerca del sentido del texto queda confirmado por las palabras de nuestro Salvador. Él nos dice que toleró el divorcio entre los judíos debido a la dureza del corazón de ellos. Si los judíos en la época de Moisés hubieran sido menos duros de corazón, varios de sus estatutos hubieran sido diferentes. Estos estatutos tenían el propósito de afrontar unas exigencias específicas, pero no el de tener una aplicación universal.
Solón, al preguntársele si había promulgado las mejores leyes para el pueblo de Atenas, respondió: «Les he dado lo mejor que son capaces de soportar».
Montesquieu observa: «Cuando la sabiduría divina dijo a los judíos: «os di estatutos que no eran buenos», esto significa que tenían sólo una bondad relativa; y esto es lo que elimina todas las dificultades que se puedan encontrar en las leyes de Moisés».
Sea cual fuere la interpretación que se adopte de las presentadas, ninguno de los anteriores textos, ni ningún otro que se pueda aducir, cuando son apropiadamente entendidos, dan apoyo a la repugnante proposición de que Dios sea el autor del pecado.
Dios, celoso

Libre de celos

Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso (Éx. 20:5).
Se encenderá la ira de Jehová y su celo sobre tal hombre (Dt. 29:20).
Le enojaron con sus lugares altos, y le provocaron a celo con sus imágenes de talla (Sal. 78:58).

Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Jehová para con todos, y la ternura de su amor sobre todas sus obras (Sal. 145:8, 9).
Porque los celos son el furor del hombre, y no perdonará en el día de la venganza (Pr. 6:34, RV).

Por eso, así dice el Señor Jehová: He hablado por cierto en el fuego de mi celo contra las demás naciones (Ez. 36:5).

Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia? (Pr. 27:4).

Jehová es Dios celoso y vengador (Nah. 1:2).

Duro como el sepulcro (es) el celo: sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama (Cant. 8:6, RV).

Las palabras «celoso» y «celo» o «celos» se emplean en sentidos bueno y malo. Aplicadas a Dios, denotan que es intensamente solícito por su propio carácter y honor, que no tolera rivalidad de ningún tipo. Un Monarca infinitamente sabio y santo no puede ser indiferente a la lealtad de sus súbditos, que por otra parte, al perderle a Él pierden el sumo bien. Y Dios no puede permitir que nada se oponga a Él o intente usurpar su lugar preeminente en el corazón de sus criaturas: porque ello se opone a la realidad absoluta de que Él es el Creador y Sustentador de todo, y también a la voluntad que Él tiene para con nosotros.
Keil considera los términos como implicando que Dios «no transferirá a otro el honor que le es debido a él mismo, ni tolerará la adoración de ningún otro dios» y Bush como denotando «una singular sensibilidad frente a todo aquello que amenace a entrometerse contra el honor, reverencia y estima que él sabe se le debe. El término aparecerá todavía más significativo si se tiene en mente que en las Escrituras la idolatría es frecuentemente descrita como adulterio espiritual, y así como «los celos son el furor del hombre», del mismo modo nada puede expresar más adecuadamente la indignación en contra de este pecado que el término en cuestión». Según Newman, la fraseología trae a la vista «el gran principio esencial a toda aceptación por parte de Jehová su Dios; el de eliminar la adoración de todos los otros dioses. Esto es constantemente expresado con la frase de que «Jehová es un Dios celoso» y de ahí surgió la perpetua metáfora del profeta en la que la relación de Dios con su pueblo es comparada con un matrimonio, con la hija de Israel como su desposada o esposa, y él un marido celoso. Así, también cada falso dios es un amante, y la adoración a ellos es adulterio o fornicación».
Por ello, incluso en la valoración del autor acabado de citar, un escéptico, estas expresiones no constituyen un ataque contra la santidad de Dios.
Dios tienta a los hombres

No los tienta

Y aconteción después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham (Gn. 22:1, RV).
Volvió a enojarse Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá (2 S. 24:1).
Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal (Mt. 6:13).

Que nadie diga cuando es tentado: Estoy siendo tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por nadie, ni él tienta a nadie (Stg. 1:13).

La palabra hebrea nissäh, tentar, en el primer texto, significa: «poner a alguien o algo a prueba, probar». Se emplea con referencia a David, probando la armadura de Saúl (1 S. 17:39), y a la reina de Sebá, poniendo a prueba la sabiduría de Salomón (1 R. 10:1). Así, no se trata de tentar, sino que el sentido es, como en la antigua versión de Ginebra, y las modernas revisiones de Reina-Valera y otras: «Dios puso a prueba a Abraham».
Bush: «Dios puede con toda congruencia, en toda su perfección, por su providencia, llevar a sus criaturas a circunstancias de probación especial, no con el propósito de conseguir información para sí mismo, sino a fin de manifestar ante sí mismos y ante otros las actitudes dominantes de sus corazones». Dios puso a prueba a Abraham ante los ángeles y los hombres, a fin de que su fe y obediencia pudieran quedar de manifiesto como ejemplo para todas las generaciones venideras.
En cuanto al segundo texto, es suficiente decir que Dios ordenó o permitió que tales influencias afectaran la mente de David que lo condujeran a un error específico que llevara necesariamente a una necesaria disciplina. Pero el fin último era el bien de David y de su pueblo.
Se debería añadir que, según Lord Arthur Hervey, el pasaje debería leer: «Porque uno movió a David contra ellos». Esta traducción parece cambiar totalmente el aspecto del pasaje, y hacer que el censo fuera la causa, más bien que el resultado, del desagrado divino.
Keil: «La instigación consiste en el hecho de que Dios impele a los pecadores a manifestar la maldad de sus corazones mediante actos, o da la oportunidad y la ocasión para el desarrollo y la manifestación práctica de los malos deseos del corazón, a fin de que el pecador pueda ser llevado al conocimiento de sus caminos más malvados y también al arrepentimiento, mediante el acto pecaminoso y sus consecuencias; o, si el corazón debiera quedar aún más endurecido debido a la mala acción, a fin de quedar más maduro para el juicio de muerte. La instigación de un pecador hacia el mal es simplemente uno de los modos en que Dios, como norma general, castiga los pecados mediante pecadores; porque Dios sólo instiga a malas acciones a aquellos que han atraído sobre sus propias cabezas la ira de Dios como consecuencia de sus propios pecados.»
«Y no nos metas en tentación», significa: «No permitas que seamos tentados al pecado» o bien: «tentación» aquí significa prueba, aflicción. «No nos aflijas o pongas a prueba». Éste es, básicamente, el punto de vista de Barnes. Dios «tienta», pone a prueba a los hombres, pero siempre por razones sabias, y siempre con un buen motivo; nunca pone incitaciones delante de los hombres meramente con el fin de llevarlos al pecado. Su objeto último es siempre bueno.
Dios hace acepción de personas

No hace acepción de personas

Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda. Pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya (Gn. 4:4, 5).

Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses … que no hace acepción de personas, ni admite soborno (Dt. 10:17).

Miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios (Éx. 2:25).
Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto delante de vosotros (Lv. 26:9).
Mas Jehová tuvo misericordia de ellos, y compadecióse de ellos, y mirólos, por amor de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob (2 R. 13:23, RV).
Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas el altivo lo trata a distancia (Sal. 138:6).

Con Jehová nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho (2 Cr. 19:7).
Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34).
Porque ante Dios no hay acepción de personas (Ro. 2:11).
Dios no hace acepción de personas (Gá. 2:6).
El Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y … para él no hay acepción de personas (Ef. 6:9).
(El Padre) sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno (1 P. 1:17).

La primera serie de textos implica una «acepción» justa y benevolente, basada en una apropiada discriminación en cuanto carácter; la segunda serie denota una «acepción» que es parcial, surgiendo de consideraciones egoístas e indignas.
La expresión hebrea näsa pänim, en Dt. 10:17 y 2 Cr. 19:7, tiene que ser tomada, según Gesenius, «en un mal sentido, ser parcial, como un juez injustamente parcial, o corrompido por cohecho». Fuerst da, entre otras definiciones: «Ponerse del lado de alguien con parcialidad».
En los dos textos anteriores, el contexto pone en evidencia que ésta es ciertamente la interpretación correcta. El término griego correspondiente, prosopolepsia, expresando de un modo concreto la misma idea, y ocurriendo con alguna modificación en todas las citas del Nuevo Testamento con una sola excepción, comunica un significado desfavorable, implicando, de una manera uniforme, parcialidad.
Por ello, no hay contradicción entre las dos series de textos, por cuanto se refieren a unos tipos sumamente diferentes de «acepción» o consideración.
Dios, un ser airado

No airado

Dios está airado contra el impío todos los días (Sal. 7:11).
Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete por un breve momento, en tanto que pasa la indignación (Is. 26:20).
La ira de Jehová no se ha apartado de nosotros (Jer. 4:8).

¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares (Éx. 34:6, 7).
Tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia (Neh. 9:17).
Muchas son tus misericordias, oh Jehová (Sal. 119:156).
No hay enojo en mí (Is. 27:4).

La «ira» adscrita a Dios en las Escrituras es, como dice Rashi: «el desagrado y disgusto» que Él experimenta ante la conducta humana pecaminosa. Que alguien reflexione seriamente acerca de cuáles deben ser los sentimientos de un Ser infinitamente sabio y santo con respecto al pecado, y difícilmente dejará de apreciar el sentido del término «la ira de Dios». El profesor Tayler Lewis hace las siguientes observaciones: «Apártate en absoluto de la idea del indiferentismo, y ya no tenemos otro límite que la infinitud. O bien Dios no se interesa en absoluto en lo que nosotros llamamos bien y mal, o, tal como son más altos los cielos sobre la tierra, tanto más excede en intensidad su amor hacia el bien y su aborrecimiento contra el mal a cualquier afecto humano correspondiente». Este ser que ama el bien con una intensidad infinita tiene que aborrecer el mal con la misma intensidad. En lugar de haber incompatibilidad alguna entre este amor y este odio, son complementarios: polos opuestos de la misma emoción moral.
«Una religión sobre cuyo portal está escrita, en letras de fuego, la oración «soy santo», puede, sin temor alguno, presentar a Dios como airado, celoso, doliéndose, arrepintiéndose. Bajo tales circunstancias, cualquier escrupulosidad es indicación de una mala conciencia».
Dios, susceptible de ser tentado

No puede ser tentado

No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Massá (Dt. 6:16).
(Que) tentaron a Dios y escaparon (Mal. 3:15).
No tentarás al Señor tu Dios (Mt. 4:7).
Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, imponiendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo? (Hch. 15:10).

Dios no puede ser tentado por el mal (Stg. 1:13).

En la Biblia se dice que los hombres «tientan» a Dios cuando desconfían de su fidelidad; cuando desafían su desagrado; cuando, retándolo a obrar milagros en favor de ellos, se exponen presuntuosamente al peligro; también lo tientan «poniendo obstáculos en el camino de su curso evidentemente determinado».
La cita de Santiago, tal como está en nuestra versión, simplemente declara que no hay nada en Dios que responda a las solicitaciones y zalamerías del mal; no siente atracción de ningún tipo a ello. No es seducido a ello en lo más mínimo. Es totalmente ajeno a toda su naturaleza.

Alford, DeWette, y Huther, sin embargo, lo traducen, sustancialmente: «Dios no está versado en lo malo». Con cualquiera de estas traducciones no hay discrepancia.