sábado, 16 de agosto de 2014

No hay científicos ateos - parte 2/3

El poder de la ley
Ahora pensemos en el atributo de poder. Los científicos formulan leyes como descripciones de las regularidades que observan. Estas regularidades ya existen en el mundo, antes de que los científicos hagan sus formulaciones. Las formulaciones humanas y científicas siguen a los hechos, y dependen de ellos. Los eventos regulares en el mundo son anteriores a las formulaciones descriptivas que los científicos hacen.
Una ley debe aplicarse a toda una serie de eventos. El científico no puede inventar una ley, y forzar al universo a que se conforme a ella. No, el universo ya se está conformando a una ley que ya existe, y estas leyes son descubiertas, no inventadas. Las leyes ya están ahí. Las leyes ya se aplican, y son inviolables. Tiene “dientes”, es decir, agarran la realidad. Si son leyes universales, entonces son inviolables. Ningún evento escapa su mano ni su dominio. El poder de estas leyes es absoluto, de hecho, infinito. En lenguaje clásico, la ley es omnipotente.
Si la ley es omnipotente y universal, entonces no hay excepciones realmente. ¿Aquí concluimos que los milagros son imposibles porque violan las leyes? No, porque los milagros están en armonía con el carácter de Dios. Ocurren de acuerdo a su Palabra profética y su decreto. La verdadera ley, la Palabra de Dios, produce los milagros. Un milagro podría ser inusual e impactante, pero no violan la ley de Dios. Sólo violan algunas expectativas y adivinanzas humanas. Pero esto es problema nuestro, no un problema para Dios. Así como las leyes de Newton se limitan a aproximaciones para objetos de baja velocidad, de igual manera el principio que las cabezas de hachas no flotan es limitado para otras consideraciones, como por ejemplo, “excepto cuando Dios quiere de lo contrario en respuesta a una necesidad especial” (2 Reyes 6:5–6).
La ley es tanto trascendente como inmanente. Trasciende a las criaturas del mundo al ejercer poder sobre ellos, conformándolas a sus directrices. Y es inmanente en el sentido en que toca y controla bajo su dominio aún las partes más pequeñas del mundo. Ley trasciende las galaxias, pero es presente inmanentemente en la danza cromodinámica de los quarks y gluones dentro del seno de un sólo protón.
El carácter personal de ley
Al afirmar todo lo anterior, muchos científicos agnósticos y ateos estarán buscando una vía de escape. Porque pareciera que el concepto clave de ley científica está empezando a verse muy sospechosamente como el Dios bíblico. La vía de escape más obvia, y la que ha rescatado a muchos de su incomodidad espiritual, es negar que esta ley sea personal. Estas personas afirman que la ley simplemente “está ahí”. Es un “algo” impersonal.
Durante todos los tiempos las personas han intentado despersonalizar las leyes científicas. Han construido ídolos, sustitutos para Dios. Un ídolo debe tener suficientes similitudes con el Dios verdadero para ser creíble, pero también de ser suficiente diferente como para permitirnos el consuelo y la satisfacción de manipular los sustitutos que inventamos.
Pero el hecho es que cuando miramos de cerca a la ley científica, vemos que nuestra vía de escape no existe. Ley implica un Legislador. Alguien debe crear la ley y luego aplicarla, de lo contrario, no sería efectiva. Pero si algunos no quieren pasar tan directamente a la ley como algo personal, ofrecemos el siguiente argumento más indirecto.
En la práctica, los científicos creen apasionadamente en la racionalidad de la ley científica. No tratamos con algo irracional, no-analizable, un absurdo, sino una realidad consistente que es accesible a la comprensión humana. Esta esencia racional es una sine qua non para el concepto de ley científica. Pero como sabemos muy bien, la racionalidad pertenece a las personas, no a las piedras, ni árboles, ni a las criaturas sub-personales. Si la ley es racional (algo que los científicos asumen), entonces también es personal.
Los científicos asumen también que las leyes pueden ser definidas, expresadas, comunicadas y entendidas por medio del lenguaje humano. El trabajo científico incluye no sólo un proceso de análisis racional, sino también la comunicación simbólica. Ahora, la verdadera ley está “ahí”, y no fue escrita ni comunicada en lenguaje humano. Pero esta misma ley debe ser comunicable en lenguaje humano como descripción secundaria. Debe ser traducible, no sólo en un idioma pero en muchos idiomas humanos. Quizás incluimos restricciones, definiciones y contextos para alguna ley por medio de cláusulas, frases, y explicaciones en lenguaje humano. La ley científica claramente es como el lenguaje humano, en que puede ser definida gramaticalmente, parafraseada, traducida e ilustrada. Ley comparte la calidad de comunicación, ¡de lenguaje! Y la complejidad de expresiones que encontramos entre los científicos, al igual que en todos los seres humanos, no se encuentra en el mundo animal. El lenguaje es una de las características principales que separa al hombre de los animales. El lenguaje, como la racionalidad, pertenece a las personas. De modo que se sigue que la ley científica es personal.
La incomprensibilidad de la ley
Ley es tanto comprensible como incomprensible en el sentido teológico. Es decir, podemos saber verdades científicas, sin embargo, en medio del saber permanecen profundidades no-exploradas y preguntas sin respuestas tocante a la área que creemos más saber.
Lo comprensible de las leyes es estrechamente relacionado con su racionalidad y su inmanencia, vistas en que podemos conocer sus efectos y expresarlos. Y experimentamos lo incomprensible de las leyes cuando el aumento del conocimiento científico sólo nos conduce a preguntas más profundas: “¿Cómo es posible esto?” y “¿por qué esta ley en lugar de alguna otra ley que la mente humana podría imaginar?” La profundidad y misterio en los descubrimientos científicos sólo pueden producir en nosotros admiración, y sí, adoración, si no hemos matado nuestra sensibilidad con arrogancia (Isaías 6:9–10).
¿Estamos divinizando a la naturaleza?
Ahora debemos considerar una objeción. Al reclamar que las leyes científica tienen atributos divinos, ¿no estamos divinizando a la naturaleza? ¿No son las leyes científicas parte del mundo creado? ¿No deben ser categorizadas como criaturas y no como Creador?
Sospecho que muchos de nosotros inferimos que las leyes científicas son parte del mundo creado, y esto es por lo específico de estas leyes y su referencia obvia al mundo creado. Pero tal inferencia es inválida. El lenguaje que describe una mariposa no es la mariposa, ni parte de la mariposa. El lenguaje que se refiere al mundo creado no es necesariamente una parte ontológica del mundo a que se refiere.
Además, recordemos que estamos hablando de leyes reales, no meramente adivinanzas humanas ni aproximaciones. Las leyes reales son verdaderamente la Palabra de Dios, determinando cómo el mundo de criaturas debe funcionar. Lo que nosotros llamamos “ley” es nada más que la acción de Dios al hablar y actuar. Es la manifestación de Dios en el tiempo y el espacio. El verdadero error no es divinizar a la naturaleza, sino rehusar el reconocimiento que la ley es la ley de Dios, nada menos que la acción de Dios al hablar. Estamos ante Dios mismo.
Este concepto clave del carácter divino de ley es muy antiguo, más antiguo que la ciencia moderna, y aún más antiguo que el surgimiento del Cristianismo. Aún antes de la venida de Cristo, las personas reconocieron las profundas regularidades en el gobierno del mundo, y luchaban con el significado de ello. Tanto los griegos (especialmente los estoicos) como los judíos (especialmente Filo), desarrollaron especulaciones acerca del logos, la “palabra” divina o la razón detrás de lo observado. Adicionalmente, los judíos tenían la revelación del Antiguo Testamento acerca del papel de la Palabra de Dios en la creación y en la providencia. Con este trasfondo, Juan 1:1 proclama “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Juan responde a las especulaciones de su tiempo con una revelación llamativa: la Palabra (logos) que creó y sostiene el universo no sólo es una persona divina “con Dios”, sino es el mismo que se encarnó: “y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
Dios dijo, “Sea la luz” (Génesis 1:3). Se refería a la luz como parte de su mundo creado. Pero con esta referencia vemos que su Palabra tiene poder divino para crear lo que no existía. El efecto en la creación tuvo lugar en un momento específico. Pero el plan para la creación, exhibido en la Palabra de Dios, es eterno. De igual modo, las palabras de Dios a nosotros en la Biblia se refieren a diferentes partes del mundo creado, pero este lenguaje (en distinción a las cosas a que se refiere) es divino en poder, autoridad, majestad, rectitud, eternidad y verdad. La analogía con la encarnación nos da la clave. La Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo eterno de Dios, fue hecho hombre en la encarnación, pero no dejó de ser Dios. Igualmente, cuando Dios habla y nos dice lo que será en este mundo, sus palabras no dejan de tener poder divino y el carácter inmutable que le pertenecen. Al contrario, permanecen palabras divinas, y tienen poder para definir las condiciones respecto a los asuntos de las criaturas. La palabra de Dios sigue siendo divina cuando se convierte en ley, una directriz específica respecto a este mundo creado.
La bondad de la ley
¿Es la ley buena? ¡Ah! Aquí entramos en ciertas dificultades. Hay muchas personas que dicen que la presencia de la maldad en el mundo es un obstáculo para creer en Dios. En su libro sobre científicos y religión, Larson y Witham citan Albert Einstein quien dijo, “en su lucha por el bien ético, los maestros de religión deben tener el valor de ceder la doctrina de un Dios personal”.
Pero no es tan simple como lo expresa Einstein. Nosotros podemos juzgar alguna situación como “mala” con base en un estándar de “lo bueno”. Pero al hacerlo, hemos apelado a un estándar más allá del mundo empírico. Apelamos a un estándar, a una ley. Si nosotros cedemos la idea de una ley moral, hemos cedido el mismo fundamento necesario para juzgar “lo malo”. El ateo necesita el concepto de “ley moral” para criticar el teísmo, pero la ley moral presupone algún absoluto. Este “absoluto”, para que nos obligue a actuar y responsabilizarnos ante ello, debe ser personal. Sólo la respuesta bíblica nos puede traer claridad aquí. El carácter de Dios es la fuente última de la ley moral. Y el hombre, creado a la imagen de Dios, tiene conocimiento innato de esa ley (Romanos 1:32). Pero el hombre se ha rebelado contra Dios. Y los males de este mundo son consecuencia de esta rebelión. No debemos echar la culpa del mal sobre Dios, sino sobre el hombre.
La bondad de Dios se manifiesta más claramente en la ley moral de Dios. Pero para muchas personas contemporáneas, influenciadas por Kant y las siguientes ideas, la ley moral es algo radicalmente subjetiva, radicalmente separada de las leyes físicas o científicas. Y para abrir el diálogo muy directamente con los científicos, necesitamos volver a considerar la ley científica.
Hay rasgos sutiles de la bondad de Dios en el concepto de la ley científica. Digámoslo así, que los científicos esperan que “la naturaleza” sea a veces sutil, pero nunca perversa. La ley no hace trampas engañosas con nosotros, escondiéndose a veces, y otras veces dando resultados contrarios sólo para confundirnos. “La naturaleza” juega de manera honesta. O, para ponerlo de otra forma, Dios “juega limpio”. Para que los científicos no se vuelvan locos en sus experimentos, deben creer que las leyes del universo “juegan limpio” con ellos. Y así vemos que existe un fundamento bueno, y no perverso, en la forma en que obtenemos los resultados de la investigación científica.
La hermosura de ley
Las leyes científicas, y en especial las leyes “profundas”, son hermosas. Durante mucho tiempo los científicos han analizado posibles hipótesis y modelos en parte sobre el criterio de su belleza o su sencillez. ¿Por qué? Porque los científicos claramente esperan que las leyes nuevas, al igual que las antiguas, evidencien belleza y sencillez. Y aunque el tema de “hermosura” no ha sido un tópico favorito en las exposiciones clásicas de la doctrina de Dios, sin embargo la Biblia nos muestra un Dios quien es profundamente hermoso. Dios da a conocer su hermosura en el diseño del tabernáculo, la poesía de los salmos, la elegancia de las parábolas de Cristo, al igual que en la belleza moral de la vida de Cristo.
La rectitud de ley
Otro atributo de Dios es la rectitud o justicia. La justicia de Dios es manifestada en la ley moral, y en la rectitud de sus juicios, es decir, sus recompensas y castigos basados en la ley moral. Pero la ley moral, como hemos observado, queda fuera del parámetro de la investigación científica. ¿Aparece de alguna manera la rectitud de Dios en las leyes físicas, la ley científica?
Las evidencias de ella son menos evidentes, pero todavía presentes. La rectitud de Dios es relacionada estrechamente con el carácter de lo apropiado de sus hechos. Es apropiado para el carácter de Dios que le adoremos a él sólo (Éxodo 20:3). Es apropiado para los seres humanos hechos en la imagen de Dios que lo imiten, guardando el día de descanso (Éxodo 20:8–11). Las acciones humanas corresponden apropiadamente con las acciones de Dios.
En adición, los castigos deben ser apropiados. La muerte es un castigo apropiado para el homicidio (Gén. 9:6). “… como tú hiciste se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza” (Abdías 15). El castigo encaja con el crimen. Existe una relación simétrica entre el crimen y el castigo para ella.
En el campo de las leyes físicas, no hablamos de crímenes y castigos. Pero la rectitud de Dios se expresa en simetrías, orden, en un sentido de “lo apropiado” del carácter de cada ley. Hay relaciones simétricas que ocurren en formas fascinantes en todo el mundo natural. Las leyes fundamentales de la física tienen una conexión profunda con simetrías fundamentales de espacio, tiempo, energía, cargas y paridad. Estas relaciones “apropiadas” que los científicos esperan posiblemente se relacionen con el atributo de la hermosura. Como los atributos de Dios están tan interrelacionados, uno presupone el otro, así que la hermosura y la rectitud están relacionados estrechamente. Es lo mismo con las leyes físicas. Estas leyes son a la vez hermosas, y “apropiadas”, demostrando rectitud.
La ley como “trinitaria”
Dorothy Sayers puntualiza correctamente que la experiencia de un autor humano que escribe un libro tiene una analogía con el carácter trinitario de Dios. La acción de autor de crear por medio de escribir, imita la acción de Dios al crear el mundo. Dios crea acorde con su carácter trinitario. Un autor humano crea con: una Idea, una Energía y un Poder, que corresponden misteriosamente a las tres personas divinas en la creación. Sin entrar en más detalles de las reflexiones de Sayers, podemos observar que la acción de Dios en la creación sí involucra a las tres personas. Dios el Padre origina. Dios el Hijo es el eterno Verbo o Palabra (Juan 1:1–3), y es partícipe en las palabras y mandatos que provienen de Dios (“Sea la luz”, Génesis 1:3). Dios el Espíritu Santo se mueve sobre las aguas (Génesis 1:2). El Salmo 104:30 dice, “Envías tu Espíritu, son creados (los animales), y renuevas la faz de la tierra” (Salmo 104:30). Además, en la creación de Adán Dios sopló en él, simbolizando la presencia del Espíritu de Dios (Génesis 2:7). Y aunque la relación entre las tres personas de la trinidad es profundamente misteriosa, y aunque las tres personas se involucran en todas las acciones de Dios hacia el mundo, sin embargo podemos concordar con Sayers que es posible distinguir los diferentes aspectos de acción que pertenecen predominantemente a cada persona divina.
La ley científica proviene de la actividad creativa de Dios, quien envía su Palabra y produce la creación. De modo que la actividad de las tres personas de la trinidad es implícita en el concepto mismo de ley científica. En primer lugar, el concepto de ley presupone racionalidad que implica un plan. Esto corresponde al término que usa Sayers, “Idea”, representando el plan del Padre. Segundo, ley presupone la expresión o especificación del mismo plan, con respecto a todos los otros aspectos particulares del mundo. Esto corresponde al término de Sayers de “Energía” o “Actividad”, representando el Verbo quien es la expresión del Padre. Tercero, ley presupone alguien que responsabiliza las criaturas ante la ley, y aplica la ley a las criaturas, encaminándolas a que respondan a la ley como fue planeado. Esto corresponde al término de Sayers de “Poder”, representando el Espíritu.
También podemos ver un reflejo de la trinidad en una otra manera utilizando las categorías ya empleadas en las expresiones teológicas sobre la trinidad y el carácter de Dios reveladas en su Palabra. La ley es tanto universal, como general, y se aplica a una gama inmensa de instancias. En el pensamiento trinitario, este carácter universal que permite “clasificar” las cosas corresponde a la inmutabilidad de Dios el Padre durante todas la edades. La ley se aplica también a cada caso particular. Las instancias particulares exhiben otro aspecto de ley, y podemos llamar el aspecto el de “particularidad” o “instancionalidad”. Esto corresponde a la manifestación concreta de Dios en la encarnación de Cristo el Verbo. Toda ley exhibe estas dos instancias, así estableciendo una relación entre los aspectos universales y los aspectos específicos de cada instancia. La relación entre ellas es el aspecto “asociacional”, y corresponde al papel del Espíritu Santo en su relación inter-trinitaria, y también en la forma en que mora en el creyente.
Dios se manifiesta a sí mismo

Las relaciones que he mencionado son sugerencias para explorar, pero aquí no necesitamos desarrollar más estos puntos. Baste observar que lo que las personas llaman “ley científica” es en realidad una manifestación de lo divino. Estamos hablando de Dios mismo y la revelación de sí mismo por medio de su gobierno del mundo. Los científicos deben creer en las leyes científicas para poder realizar sus labores. Y cuando analizamos lo que es esta ley científica, encontramos que el científico está confrontado con Dios mismo, el Dios trino, y dependemos de él constantemente y de lo que hace en conformidad con su naturaleza divina.




viernes, 15 de agosto de 2014

No hay científicos ateos - parte 1/3

   Todo científico, incluyendo a los agnósticos y los ateos, creen en Dios. Es necesario para hacer su trabajo. Esta afirmación podría parecer estrafalaria. ¿Cómo podemos decir que los ateos “creen en Dios”? Pero las personas muchas veces muestran en sus acciones creencias que niegan con sus palabras. Por ejemplo, Bakht, un filósofo hindú, dirá que el mundo es una ilusión. Pero él no cruza la calle justo frente a un ómnibus. Susana, una relativista radical, dirá que no hay verdad absoluta. Pero ella viaja tranquilamente a los 30,000 pies de altura en un avión cuyo vuelo seguro depende de las verdades inmutables de la aerodinámica y la mecánica estructural.
Pero, ¿qué pasa con los científicos? ¿Ellos tienen que creer en Dios? La cultura popular americana a menudo nos dice lo contrario, es decir que la “ciencia” es opuesta a las creencias Cristianas y bíblicas. A menudo se oye repetir la vieja historia del conflicto con Galileo, y del juicio con Scopes en Estados Unidos sobre la evolución, al punto que estos eventos han adquirido un status casi mítico. Y la pugna entre la ciencia y la religión recibe refuerzos por medio de una promoción vociferante de la evolución materialista.
Los historiadores de la ciencia señalan que la ciencia moderna surgió en el contexto de una cosmovisión Cristiana, y fue nutrida por la misma. Pero si esto fue cierto en el pasado, la ciencia del siglo veinte parece poder sostenerse sin la ayuda de ningún fundamento teísta. De hecho, muchos consideran que Dios es el “Dios de los vacíos” (God of the gaps), el Dios a quien invocan sólo cuando no hallan explicaciones científicas. Según esta perspectiva, la ciencia avanza, es capaz de explicar más y más de los vacíos, y la necesidad de Dios disminuye. Lo “natural” llega a poder explicar casi todo, haciendo innecesario lo “sobrenatural”.
Enfoquemos nuestra mirada en las leyes naturales
Las cosas se miran diferente si nos negamos a confinar a Dios en un cubículo del “Dios de los vacíos”. Según la Biblia, él está involucrado en las áreas más comunes de las ciencias, las áreas de los eventos predecibles, las áreas que involucran experimentos de prueba repetitiva, y aún las descripciones matemáticas exactas. En Génesis 8:22 Dios promete:
Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche (Génesis 8:22).
Y esta promesa general referente a los tiempos regulares de la tierra es complementada por muchos ejemplos específicos en otros pasajes:
Pones las tinieblas, y es la noche; En ella corretean todas las bestias de la selva. (Salmo 104:20).
Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra. (Salmo 104:14).
El envía su palabra a la tierra; Velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, Y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; Ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; Soplará su viento, y fluirán las aguas. (Salmo 147:15–18).
Los ciclos regulares que los científicos describen, realmente son los compromisos que Dios mismo ha hecho. En su Palabra a Noé, Dios se compromete con gobernar los tiempos y los sazones. Por su Palabra, gobierna la nieve, el frío, y el granizo. Los científicos sólo describen los ciclos regulares de la Palabra de Dios que gobierna el mundo. Las llamadas “leyes naturales” son realmente la ley de Dios, o la Palabra de Dios, descritas imperfectamente o aproximadamente por los investigadores humanos.
Ahora bien, recordemos que la investigación científica depende de que haya efectos regulares en el mundo. Sin estas regularidades, no habría nada qué estudiar. Los científicos dependen no solamente de que hayan procesos regulares con que están familiarizados, como por ejemplo la conducta regular de su aparato de medir, sino también dependen de la suposición de que hallarán más regularidades en las áreas de investigación. Deben mantener la esperanza de encontrar otras regularidades, porque si no, tendrían que abandonar sus exploraciones.
La fe en las leyes científicas
¿Qué son estas regularidades? Les han puesto varios nombres: “ley natural”, “la ley científica”, “teoría”. Algunas regularidades pueden ser descritas con exactitud cuantitativa para cada caso (dentro de límites estrechos de error), mientras otras regularidades sólo se ven después de comparar un número grande de casos. Todos los científicos creen en la existencia de tales regularidades. Y en todos los casos, no importa su religión profesada, los científicos en la práctica saben que las regularidades están “ahí”. En última instancia, los científicos son “realistas” con respecto a las leyes científicas. Los científicos las descubren, no las inventan. Si no fuera así, ¿para qué todo el trabajo tedioso y frustrante de los experimentos? Sería, ¡adivine, invente, y sea famoso!
Estas regularidades son, pues, ¡regulares! Y para que algo sea regular, debe ser regulado. Se necesita una regula, una regla. El Diccionario Webster señala este concepto al definir “regular” como “formado, edificado, arreglado u ordenado de acuerdo a una regla establecida, una ley, un principio o un tipo”. La idea de una ley o una regla es parte integral del concepto de “regular”. Los eventos ocurren en el tiempo y el espacio. Cuando los eventos evidencian una regularidad, es porque están formados u ordenados de acuerdo a una regla o una ley. Es por esto que el término “ley” es un término natural para definir las teorías y principios científicos que son bien establecidos. Hablamos de “las leyes de Newton”, “la ley de Boyle”, “la ley de Dalton”, “las leyes de Mendel”, “las leyes de Kirchhoff”. Todos los científicos aceptan y dependen de la existencia de las leyes científicas.
Aplicación universal de las leyes científicas
¿Qué características debe tener una ley científica para que realmente sea una ley? Una vez más, vamos a concentrarnos en la práctica de los científicos, y no en sus fantasías metafísicas. Preguntamos: “Sea cual sea su filosofía profesada, ¿qué esperan los científicos en la práctica?” Y tal como el relativista espera que el avión vuele, de igual manera el científico espera que las leyes sean fieles.
Los científicos creen que las leyes científicas son universales en el tiempo y en el espacio. Las leyes de Kirchhoff respecto a los circuitos eléctricos se aplican sólo a circuitos eléctricos, no a otras situaciones. Pero se aplican en principio a circuitos eléctricos en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Por supuesto, en algunas ocasiones los científicos encuentran limitaciones en sus formulaciones. Algunas leyes, como por ejemplo las de Newton, realmente no son universales, sino que se aplican bien solamente en condiciones restringidas de objetos grandes y masivos a velocidad inferior. A la luz de los descubrimientos posteriores, diríamos que las leyes de Newton siempre eran solamente una respuesta aproximada a las leyes de regularidad en el mundo. Entonces, modificamos las leyes de Newton, o incluimos restricciones específicas de baja velocidad cuando formulamos estas leyes. Si incluimos estas restricciones o condiciones, podemos decir que se aplican en todo tiempo y en todo lugar.
Lo que queremos decir es que parte del concepto de “ley” es la expectación de incluir “en todo tiempo y todo lugar”. Esto es para decir que una ley, si realmente es “ley” y es formulada correctamente, se aplica en todo tiempo y en todo lugar. Los términos clásicos son “omnipresencia” (todo lugar) y “eterno” (en todo tiempo). “Ley” tiene dos atributos tradicionalmente atribuidos a Dios. Técnicamente, la eternidad de Dios es definida como siendo “encima”o “más allá” del tiempo. Pero los términos “encima” o “más allá” son metáforas que apuntan a misterios. Y de hecho, hay un misterio análogo con respecto a las leyes científicas. Si “ley” es universal, ¿en un sentido no está más allá de los eventos particulares de algún lugar o algún tiempo? Aún más, dentro de una cosmovisión bíblica, Dios no sólo está “encima” del tiempo (en el sentido de no estar limitado a nuestra experiencia finita del tiempo), pero Dios también está “dentro” del tiempo en el sentido de que actúa en el tiempo. De igual modo, ley está encima del tiempo por su universalidad, pero en el tiempo por su aplicabilidad a cada situación particular.
Atributos divinos de las leyes científicas
Los atributos de omnipresencia y de eternidad son solamente el comienzo. Cuando miramos más de cerca, encontramos que las leyes científicas exhiben otros atributos divinos también. Consideremos: si una ley se aplica se aplica en todo los tiempos, presuponemos que es la misma ley en todos los tiempos. La ley no cambia con el tiempo. Es inmutable. Si una “ley” cambiaba con el tiempo, realmente no sería una “ley”, sino alguna fase temporal de otra regularidad más amplia que podría explicar cambios a un nivel inferior. La regularidad más alta y universal es la verdadera ley. El concepto mismo de ley científica presupone inmutabilidad.
Siguiendo, las leyes en su fondo son la expresión de una idea racional. No “vemos” una ley, sino que vemos los efectos de la ley en el mundo material. La ley en sí es fundamentalmente inmaterial e invisible, pero es conocida por medio de sus efectos. Dios también es inmaterial en esencia, e invisible, pero es conocido por medio de sus obras en el mundo.
Las leyes verdaderas (no las aproximaciones de los científicos), también son absolutamente e infaliblemente verdaderas. La verdad es también otro atributo de Dios.



jueves, 14 de agosto de 2014

Predique con "Convicción" - parte 2/2

Predicar con convicción descansa en estas simples premisas:
Principios para predicar con convicción

> Enfocarse en los temas principales.
> Predicar la tesis principal del texto.
> Predicar el texto “yugular”.
> Predicar las doctrinas ortodoxas.
> No enfocarse mucho en los temas menores.
> Meditar en el texto que va a ser predicado.

El predicador expositivo pudiera estar en desventaja cuando necesite predicar con pasión. Puesto que ha escogido un estilo de predicar en el que debe ir de capítulo en capítulo, versículo por versículo, a través de todos los libros de la Biblia, también deberá predicar a través de los libros o porciones de libros que tal vez no emocionen su corazón o los corazones de sus oyentes. Una predicación en secuencia y cognitiva no siempre es apasionada o emocionante.
Pero aun los predicadores expositivos podrían predicar con profundas convicciones personales si tan solo siguen algunas directrices al predicar.
Enfocarse en los temas principales
Los grandes predicadores son aquellos que predican los temas principales de las Escrituras. Los predicadores textuales y de temas tienen ventaja sobre los predicadores expositivos porque pueden escoger los temas que emocionan sus corazones y sobre los cuales tienen un sentimiento profundo. El expositor, sin embargo, debe predicar sección tras sección sin importar si le emociona o no.
El estilo dicta el contenido. El panorama bíblico no está adornado con verdades distinguidas de fácil aplicación y disponibilidad. Algunas secciones requieren gran habilidad exegética para extraer su riqueza y mucha habilidad homilética para entregar un mensaje preparado y aplicable.
Entonces, ¿qué debe hacer el expositor? Primero, con sabiduría debe seleccionar el libro que planea exponer. Puesto que la Biblia es una enciclopedia de libros y temas, él tiene la oportunidad de seleccionar el libro de la Biblia que será más importante para el auditorio. Para la iglesia, los libros del Nuevo Testamento tienen precedencia sobre los del Antiguo Testamento. Para los plantadores de iglesias, recomiendo una exposición de Mateo, luego de Hechos seguido por Romanos y 1 Corintios. Casi cada capítulo en estos cuatro libros será extremadamente vital para el establecimiento y madurez de la iglesia.
El Antiguo Testamento se presta en gran manera para la predicación expositiva, y obviamente unos libros son más fundamentales para la iglesia que otros; (por ejemplo Génesis vs. Levítico). Otros libros del Antiguo Testamento parecen ser de un interés perenne (por ejemplo Salmos y Proverbios), mientras que otros necesitan mucha elaboración expositiva para ser del agrado de la audiencia (por ejemplo los profetas menores).
De ninguna manera intento menoscabar la inspiración de todas las Escrituras, ni procuro promover el descuido de la predicación de todo el consejo de Dios. Simplemente quiero revelar lo que es obvio para los expositores. Si tiene que escoger entre Romanos y 2 de Crónicas para predicar el domingo por la mañana, ¿cuál le apasionaría más? ¿Cuál contendría los mejores temas que su gente urgentemente necesita aprender y asimilar en sus vidas? La respuesta es obvia. Por lo mismo, tenemos que ser inteligentes para seleccionar con cuidado los libros sobre las cuales exponer la Palabra.
Predique la Tesis Principal del Texto
Por predicar la tesis principal del texto me refiero a que como expositores debemos predicar el tema y exponerlo al ir por los párrafos de los capítulos. Algunos expositores piensan que deben explicar cada “jota y tilde”, cada significado gramatical y los pormenores de la sintaxis o cada estilo literario, con el fin de ser conocidos como expositores. Honestamente, no muchos de nosotros podemos realmente apasionarnos a causa de una partícula gramatical griega. Dudo que nuestro público se entusiasme por los tiempos y modos de los verbos griegos.
La exposición es como servir pollo para cenar. Hemos matado el pollo, le hemos quitado las plumas y lo hemos partido en pedazos, pero nunca veremos las patas o el pescuezo servidos en el plato. Se sirve la mejor parte del pollo. (Cuando era adolescente, recuerdo que me daban el pescuezo. Era lo que me tocaba para comer, pero hubiera preferido que me dieran una pierna).
¿Por qué le servimos a nuestra gente menos de lo que es la tesis principal del texto? ¿Por qué dudamos en darles los grandes temas desarrollados por los escritores del evangelio y en vez de eso demandamos que entiendan las descripciones y explicaciones de temas menos importantes, de asuntos triviales? Si pudiéramos identificar la tesis principal del texto, ver su vitalidad para los destinatarios originales, para nosotros y para nuestra audiencia, nos involucraríamos profundamente en ello y la predicaríamos con vitalidad. Un sermón no es un ejercicio de exégesis, sino la declaración de una verdad para movernos a la acción moral. Es una verdad entregada por medio de un hombre. Cualquier cosa menos que esto puede ser alcanzada sin necesidad del predicador.
Un sermón no es un ejercicio de exégesis, sino la declaración de una verdad para movernos a la acción moral.
Predique el Texto Yugular
La vena yugular es la vena principal, la que sostiene la vida en nuestro cuerpo. Cortar la vena yugular es dar un golpe mortal. Lo mismo se aplica a la predicación de las Escrituras. Si usted predica por tópicos o textualmente, entonces seleccione los textos yugulares, los textos que contienen toda la doctrina en uno o dos versículos.
Predicar el texto yugular es como servir filete “miñón” en cada comida. El predicador simplemente busca en las Escrituras los textos que hablan sobre los temas principales de la Biblia. Para predicar sobre los orígenes, usted va a Génesis 1; para un sermón sobre el pecado, a Génesis 3; para santidad, a Isaías 6; para confesión de pecados, al Salmo 51; para el nuevo nacimiento, Juan 3; y así sucesivamente.
Ese fue el secreto de los avivamientos de los predicadores itinerantes: ellos simplemente escogían los textos que contienen la verdad que emocionaba sus corazones y luego expresaban esa verdad con pasión. Podemos aprender mucho de ellos.
Una palabra de precaución es necesaria a estas alturas. Un texto no debe llegar a ser un pretexto. Una exégesis completa debe preceder a nuestro sermón, aun si solo exponemos un versículo. Este debe ser estudiado a fondo en su contexto gramatical, histórico y literal. Ningún predicador jamás debería predicar sobre un pasaje que no entiende verdadera y completamente. Es nuestro trabajo declarar la verdad, no dar sermones.
Predique las Doctrinas Ortodoxas
La ortodoxia emociona. El término ortodoxia se refiere a las doctrinas cardinales de la fe cristiana, tenazmente defendidas a través de los siglos y entregadas a nosotros por fieles y valientes defensores de la fe. Vale la pena morir por las doctrinas ortodoxas. La ortodoxia movió a Judas a desafiarnos apasionadamente a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos” (Judas 3). La pasión de Judas sobresalta en las páginas de la Biblia.
Necesitamos estar bien familiarizados con doctrina y teología. El objetivo primordial de estudiar teología en un seminario es ponernos al tanto de las verdades cardinales contenidas en las Escrituras y entender la manera en que afectan a la raza humana. Desdichadamente, la teología puede ser estudiada solamente para propósitos académicos, y consecuentemente se predicará en esa misma forma. Un profesor de teología, carente de espíritu, produce predicadores teológicos carentes de espíritu. Esto no debe ser así. Si la teología es la verdad, la teología bíblica debería hacer arder nuestros corazones como a aquellos discípulos de Emaús (Lc. 24:32).
Cada predicador debe ser un teólogo. Él debería saber su doctrina porque cada sermón es un sermón doctrinal, el desarrollo de alguna verdad divina revelada en las Escrituras. Si un sermón no desarrolla una doctrina específica, y si no rechaza o explica un punto de vista de la fe, no es un sermón bíblico. En pocas palabras, estamos fallando al “predicar la Palabra”. Por esta razón debemos estar bien familiarizados con nuestra teología. Nuestros libros de teología deben estar al alcance de nuestras manos y debemos hacer buen uso de ellos cuando preparemos nuestros sermones.
Cada predicador debe ser un teólogo. Y saber su doctrina porque cada sermón es un sermón doctrinal, el desarrollo de alguna verdad divina revelada en las Escrituras.

Permítanme hacer aquí dos observaciones acerca de predicar con convicción. Primero: concretémonos en las principales doctrinas ortodoxas. Identifíquelas y márquelas, instrúyase en ellas y predíquelas a su audiencia. Pablo predicó la cruz, no el bautismo (1 Co. 1:17). Note la sabiduría del apóstol al diferenciar las doctrinas de peso. ¿Le importaba el bautismo a Pablo? Por supuesto que sí. Pero sabía que el evangelio es lo que salva, no el bautismo. Por eso predicó la doctrina cardinal de la cruz. La cruz me emociona; las formas de bautismo no. Si predicáramos con convicción, entonces deberíamos identificar las doctrinas ortodoxas que nos conciernen, aquellas que son indispensables, verdades no negociables. Debemos predicarlas con ardiente convicción para que nuestro auditorio las ame tanto como nosotros.
La segunda observación es esta: predicar doctrinas en la misma forma que Dios lo hace; o sea, en el contexto histórico de la vida humana, no en el seco formato analítico de un libro de teología. Cada doctrina se aprende en el contexto del trato de Dios con su pueblo. El se revela a sí mismo en la vida y en las circunstancias de cada día. No hay mejores formas que ésas para comunicar la verdad. Usted también haga lo mismo.
No enfocarse mucho en los temas menores
No solamente debería ser nuestra ambición ponerle mayor atención a los temas bíblicos de más importancia si vamos a predicar con convicción, sino que también debemos abstenernos sabiamente de los temas menores que roban el efecto de la voluntad revelada de Dios. La mazorca es importante para el desarrollo del grano, pero solo uno de esos dos se come; por lo tanto, solo uno es vital. Lo mismo puede decirse acerca de la verdad revelada. Mucha predicación hoy día, es predicación basada en temas menores:
trasfondo histórico,
tradiciones eclesiásticas,
temas extrabíblicos,
disputas teológicas no solucionadas
controversias políticas.
En ocasiones, un predicador puede emocionarse sobre estos asuntos, especialmente con la política y temas controversiales. A algunos les gusta una buena disputa. Pero una dieta continua de controversias políticas no sustenta el alma, ni el predicador puede sostener su pasión en una verdadera forma santa si continúa predicando sobre temas menores. Tal vez esto es a lo que Pablo se refirió cuando habló del hombre “que tiene un interés morboso en discusiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, y constantes rencillas” (1 Ti. 6:4–5). O cuando le encargó a Timoteo “evita las palabrerías vacías y profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ‘ciencia’ ” (1 Ti. 6:20 ); y otra vez: “Evita las palabrerías vacías y profanas, porque… conducirán más y más a la impiedad” (2 Ti. 2:16 ). O sus palabras a Tito cuando lo retó: “Pero evita controversias necias, genealogías, contiendas y discusiones acerca de la ley, porque son sin provecho y sin valor (Tit. 3:9).

Sangster dice:
Por lo que vemos en el título del sermón que está escrito los sábados por la tarde en algunos periódicos, nos damos cuenta de que muchos predicadores todavía pierden el tiempo en trivialidades. Pero también son culpables hombres habilitados. Uno oye en ocasiones a un hombre con una buena dosis de habilidad homilética desarrollando algo de la nada en el púlpito y dejando al hambriento oyente con el deseo de que por lo menos la mitad de esa habilidad hubiera sido gastada en la importancia del evangelio y hubiera tratado en una forma seria acerca de las cosas de las cuales el hombre vive.
Medite en el Texto
Para poder predicar con convicción, debemos permitir que la verdad del texto arda en nuestros corazones hasta que sintamos lo que sintió Jeremías, que la Palabra llega a ser como un fuego ardiente encerrado en nuestros huesos (Jer. 20:9), o como los apóstoles que dijeron: “no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20).
Pasos a tomar para crear fogosidad dentro de nosotros.
1. Procurar un entendimiento exegético del texto: ¿Qué significa?
2. Procurar un entendimiento experimental del texto: ¿Qué significa para mí?
3. Procurar un entendimiento homilético del texto: ¿Qué verdad necesita oír mi gente de este texto? ¿Cómo puedo servírselo a ellos?
Estos tres pasos proveen los ingredientes del combustible para crear un gran fuego en nuestra alma. Una verdad descubierta calienta la mente; y la necesidad de impartir la misma verdad a otros enciende llamas en el púlpito.
La predicación apasionada no puede pasar por alto ninguno de estos pasos. No tienen rodeo. El Dr. John MacArthur ha destacado la naturaleza de la predicación como “un trabajo duro”. Él dijo: “Debemos estar en nuestros asientos hasta que el trabajo termine”. Tenemos mucha prisa en predicar, me temo, y cuando predicamos es solamente un ejercicio del deber y no una ardiente convicción.
La convicción de algunas verdades bíblicas empieza con nuestra exégesis, con nuestra tediosa tarea preliminar de procurar entender qué es lo que el pasaje de la Biblia significa, qué es lo que quiere decir. El texto a predicarse debe ser completamente analizado para que podamos responder cualquier pregunta relacionada con él. Debemos sentir que hemos entendido exactamente qué es lo que el escritor quiso decir. Cada ‘jota y cada tilde’ debe ser disecada, cada ramificación debe ser explorada, cada pensamiento debe ser ‘exhumado’ hasta que no haya nada más que descubrir. Entonces estamos listos a proceder al siguiente paso. Pero es en este primer paso que muchos predicadores fallan. La flojera domina a unos de nosotros; la distracción, a otros. La falta de buenas herramientas exegéticas a otros más. Y aun otros, tienen que empezar muy tarde en la semana, por eso terminamos con “Especiales del sábado por la noche”. El predicador es sobre todo un exégeta. Debemos vivir a la plenitud de esa descripción de trabajo.
La verdad descubierta, a la vez, debe ser aplicada personalmente. Al igual que la proverbial res, una vez ingerido el alimento en el “estómago del cráneo”, debe ser transferido al “estómago experimental”, donde es digerido para hacernos un bien personal y espiritual. Un texto que no nos ha beneficiado en alguna forma no será comunicado con ningún sentido de emoción o de urgencia. El texto debe de alimentarnos a nosotros primero, si es que ha de alimentar a otros después. Obviamente, la aplicación experimental requiere tiempo y disponibilidad espiritual. Nosotros también podemos llegar a ser “duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oído”, como para resistir la bondad del ministerio del Espíritu Santo. Recuerde, un corazón frío forma un predicador frío.
El paso final es procurar entender homiléticamente el texto, buscar formas para aplicar la verdad a los corazones de nuestros oyentes. Un pastor conoce sus ovejas, conoce bien la condición de su rebaño, y sabe qué verdades necesitan en su momento actual. Él también conoce el humor y hábitos particulares de tal modo que procurará la mejor manera de comunicarles la verdad para que les haga bien, de la mejor manera posible. Nuestra meditación sobre el texto debe extenderse aun a la forma de entregarlo que usemos al comunicar la Palabra de Dios. No solamente estaremos convencidos de la verdad sino de la forma en que la verdad es servida.
La Convicción es Contagiosa
Predicar con convicción es predicar con pasión. Me he esforzado en ayudarle a tener convicción acerca de lo que usted predica, para ayudarle a sentir muy en su interior qué es lo que va a decirle a su gente. Permítame concluir este capítulo con dos citas que hablaron a mi corazón.
Al predicador que tiene interés en su tema, siempre se le escuchará. sus oidores tal vez no creerán su doctrina; tal vez serán cautelosos, críticos, fastidiados; pero ellos lo escucharán. El no tendrá un auditorio inatento; esto es imposible. Pocos ojos estarán distraídos, pocas mentes estarán insensibles, pocos corazones estarán indiferentes. Aquellos a quienes él les predica podrán quejarse; podrán oír y odiar; pero lo escucharán. No hay predicador que mantenga la atención de la gente a menos que él sienta su tema; tampoco puede mantenerla, a menos que lo sienta muy profundo. Si va a hacer que otros sean solemnes, él mismo debe ser solemne; debe “tener comunión” con la verdad que expresa.
Permitan que un hombre sea “absorbido” por ciertas verdades, dejen que las vea como hechos y no como sentimientos, que las vea en el corazón mismo de la realidad y con inmenso significado, no solo para sí mismo sino para toda la raza y ellas producirán en él un sentido de urgencia, un calor, y le darán una convicción a su proclamación la cual será muy transformadora.

Predicador, ¡predique con convicción!


miércoles, 13 de agosto de 2014

Predique con "Convicción" - parte 1/2

…porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
Hechos 4:20
Recientemente leí este curioso pensamiento:
A un predicador se le acercaron algunos miembros de su congregación por un problema en la iglesia. Al ventilar sus problemas, hicieron toda clase de cargos en contra de los que estaban en desacuerdo. Respondiendo a sus quejas, el predicador les dijo:
–Tienen razón, ustedes tienen absolutamente toda la razón.
A la noche siguiente, otro grupo vino a su hogar y dijo a su modo la misma historia. Él los escuchó calmadamente, y cuando terminaron les dijo:
–Tienen razón, ustedes tienen absolutamente toda la razón.
Su esposa que estaba en la cocina, escuchó todo. Tan pronto como los miembros de la iglesia se fueron, ella entró aprisa a la sala y exclamó:
–Eres el individuo más falto de carácter que jamás he conocido.
–Tienes razón –respondió–, tienes absolutamente toda la razón.
Muy a menudo muchos hombres del púlpito parecen encajar en este tipo de personas, predicadores faltos de carácter que se paran al frente para nada, que arrullan a sus oyentes mediante la complacencia, que harán que su audiencia pase la eternidad sin Cristo. Un predicador del evangelio por definición, es un hombre que lucha por algo, que predica con fuertes convicciones personales sobre cualquier asunto a la mano. Tal clase de hombre con toda seguridad que es un predicador apasionado.
La predicación apasionada casi siempre procede de un hombre que al tener la verdad la proclama con profundas convicciones personales. Son las verdades por las que moriría. Los hombres sostienen opiniones pero las convicciones sostienen al hombre. Las convicciones son principios espirituales que nos llevan a actuar sin importar las circunstancias. En la actualidad, desdichadamente hacen falta convicciones en nuestros púlpitos acerca de las verdades que se predican. En este tiempo hay muchos predicadores en nuestros púlpitos faltos de carácter, a veces firmes a veces no, indecisos, tímidos y aun cobardes; y un púlpito falto de carácter produce gente sin carácter.
Con-vic-ción s. el estado de convicción, creencia firme, estar convencido respecto a una verdad.
La Biblia está repleta de ejemplos de hombres y mujeres que se mantuvieron firmes en lo que creyeron, que estuvieron dispuestos a sufrir daños indecibles por sus convicciones, y que aun estuvieron dispuestos a morir por lo que creyeron que era correcto. Los pongo como modelo para nosotros. Consideren las apasionadas convicciones de los siguientes siervos de Dios:
La convicción de Josué: “Escoged hoy a quién habéis de servir: si a los dioses que sirvieron vuestros padres, que estaban al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa, serviremos al Señor” (Jos. 24:15).
La convicción de Sansón restaurado: “Y dijo Sansón: ¡Muera yo con los filisteos!” (Jue. 16:30).
La convicción de Rut: “Así haga el Señor conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa” (Rt. 1:17).
La convicción de Samuel: “Y Samuel dijo: ¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Por cuanto has desechado la palabra del Señor, El también te ha desechado para que no seas rey” (1 S. 15:22–23).
La convicción de Natán el profeta: “Entonces Natán dijo a David: Tú eres aquel hombre” (2 S. 12:7).
La convicción de Elías: “¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él” (1 R. 18:21).
La convicción de Ester: “y si perezco, perezco” (Est. 4:16).
La convicción de Job: “¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” (Job 2:10).
La convicción de Daniel: “Se propuso Daniel en su corazón no contaminarse” (Dn. 1:8).
La convicción de Sadrac, Mesac y Abed-nego: “Pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado” (Dn. 3:18).
La convicción de Juan el Bautista: “Camada de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que vendrá?” (Mt. 3:7) y “porque Juan le decía: No te es lícito tenerla” (Mt. 14:4).
La convicción de los apóstoles: “Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. (Hch. 4:19–20) y “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” (5:29).
La convicción de Esteban: “Vosotros, que sois duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, resistís siempre al Espíritu Santo; como hicieron vuestros padres, así también hacéis vosotros” (Hch. 7:51).
La convicción de Pablo: “Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).
La convicción de Juan: “Yo, Juan…me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap. 1:9).
La convicción de nuestro Señor y Salvador: “El Hijo del Hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Lc. 9:22).
La lista de los santos de Dios que vivieron y predicaron con convicción podría continuar indefinidamente, desde el reformador Martín Lutero, quien declaró su histórica posición en Worms, hasta Eric Lidell, el atleta escocés quien se distinguió al rehusar correr en el día del Señor durante las olimpiadas.

Los hombres que tienen convicciones y las viven, predicarán con convicción. Pero, existe una separación en algunos predicadores entre predicar la Palabra de Dios y predicar apasionadamente. Predicamos su Palabra, pero no apasionadamente. Predicamos la verdad, pero no con energía o fuego ardiente en nuestro ser. Mucho tiene que ver con lo que predicamos, pero no tanto con lo que verdaderamente creemos. Como predicadores convencidos de la Biblia como la Palabra de Dios y comprometidos a predicar esa Palabra, nunca debería faltarnos pasión. La Palabra de Dios, sola, es una fuente de inspiración (Sal. 19:7–13 y 119:11–16); es poderosa (He. 4:12–13), útil (2 Ti. 3:16–17) y es divinamente eficaz (Is. 55:11).


martes, 12 de agosto de 2014

La bendición de buenos consejeros

Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria. Proverbios 11.14 (LBLA)
   En la porción de hoy se nos invita a reflexionar en dos posibles desenlaces en la historia de un mismo pueblo: la derrota o la victoria. La diferencia entre una y otra no está en la falta de un líder que guíe al pueblo, sino en la falta de consejeros. La existencia de consejeros presupone una apertura por parte de aquellos que están en autoridad, a escuchar otras opiniones que puedan enriquecer la perspectiva que tienen de las cosas. No libra al líder de la necesidad de tomar las decisiones que cada situación requiere; mas la abundancia de consejeros le permitirá realizar esas decisiones dotado de toda la información pertinente, luego de considerar cuidadosamente cada aspecto de los temas a tratar.
Por esta razón, un buen líder siempre se rodea de consejeros sabios. No obstante, hay una tendencia entre los que tienen autoridad en la iglesia a actuar en forma totalmente unilateral. No cabe duda de que este tipo de liderazgo es mucho menos problemático que aquel estilo que demanda el esfuerzo de escuchar y considerar cuidadosamente las opiniones de los demás. Sin embargo, este primer estilo expone al pueblo a los caprichos y a las limitaciones de una sola persona, y acaba por producir situaciones donde toda la congregación flaquea por las decisiones del líder. Se presta para el abuso de poder típico de aquellos que no tienen la obligación de rendirle cuentas a nadie.
Para trabajar rodeado de buenos consejeros hacen falta varias cosas. En primer lugar, el líder debe tener un espíritu enseñable. Cuando un líder cree que nadie puede enseñarle nada, porque su sola posición de líder lo convierte en autoridad en cualquier tema relacionado con la iglesia, entonces no le dará ningún valor a la opinión de los demás. En su corazón tendrá la convicción de que nadie puede entender ni hacer las cosas como las hace él, y esto lo cerrará a toda comunicación productiva con sus hermanos.
En segundo lugar, un líder deberá rodearse de un grupo de personas que le ofrezcan una variedad de opiniones y perspectivas sobre los asuntos de la iglesia. Muchos líderes han formado un grupo de consejeros que les asesoran, pero para ello seleccionaron solamente a aquellas personas que piensan exactamente igual que ellos. En este grupo, naturalmente, siempre existe unanimidad de criterio porque todos concuerdan absolutamente con el líder. Quizás, en este grupo se sobreentiende que solamente hay apertura para escuchar a los que opinan de igual manera que el pastor.
En tercer lugar, para aprovechar bien a los consejeros, el líder deberá escucharlos con atención y mostrar el mayor respeto por sus opiniones, aun cuando estás sean contrarias a sus ideas. Se ganará el respeto de su gente cuando ellos sientan que son parte de un equipo donde se permite la libre expresión de ideas, sin importar cuán diferentes sean a las del líder. La riqueza de tener diversidad de consejeros es que la perspectiva conjunta de todos nos acerca a una visión más realista de las cosas.
Para pensar:

«Prefiero estar con maestros buenos y fieles que me corrigen y reprenden, a estar con hipócritas que me adulen y aplaudan». Martin Lutero.



domingo, 10 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Tercer paso: DAR

El dinero es el cuello de botella de la evangelización del mundo […] Si tuviéramos dinero podríamos completar la tarea en nuestra generación. (Pablo B. Smith)
Se ha dicho que hay tres clases de dadores: el pedernal, la esponja y el panal de miel. Para conseguir algo del pedernal hay que darle duro con el martillo, y sólo se obtienen chispas y polvo. Para obtener agua de una esponja, sólo hay que exprimirla. Mas el panal de miel se desborda con su propia dulzura. Muchos dadores son como el granito, duros; no dan nada si pueden evitarlo. Otros, como la esponja tienen buena disposición, ceden a la presión, y dan en la medida que se les aprieta. Unos pocos son como el panal de miel; sienten placer en dar sin que nadie les pida. (La Estrella de la Mañana)
Dios tuvo un solo Hijo y lo dio. Jesucristo tuvo una sola vida y la dio. Dios tiene ahora un pueblo escogido, un cuerpo que es la iglesia. ¿Se dará la iglesia en entrega total a Dios para permitirle alcanzar al mundo? (vv. Juan 3:16; 10:11; Efesios 5:1–2)
Pablo quiso provocar el amor de los Corintios para que participaran de una ofrenda abundante, elogiando a los cristianos de las iglesias de Macedonia con estas palabras: «A sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros, por la voluntad de Dios» (2 Corintios 8.5). Él entendía que ese era el secreto de las generosas ofrendas que aquellos hermanos habían dado con gozo aún viviendo en medio de circunstancias adversas y difíciles. Algunos se asombran porque las Escrituras nos dicen que los primeros cristianos daban sus bienes, sus posesiones y sus heredades. Pero ¿no debería ser ese el proceder normal? El hijo de un Dios dador, ¿no debería ser semejante a su Padre?
Hagamos la siguiente consideración:
¿Nos asombramos porque un pájaro vuela? No.
¿Nos asombramos porque un pez nada debajo del agua? Por su puesto que no.
¿Nos asombramos porque la luz alumbra, el agua apaga la sed o el pan nos quita el hambre? De ninguna manera. Tales acciones no nos sorprenden.
¿Por qué no? Porque está dentro de la naturaleza de cada uno de estos elementos hacer lo que hacen. Dios los creó para funcionar de esa manera y no de forma contraria, pues el pájaro no puede nadar bajo el agua y el pez no puede volar. De manera bastante similar, cuando Dios nos estimula a dar, lo hace para que desarrollemos una potencialidad que por su gracia nos ha conferido. La Palabra de Dios nos enseña que en virtud de nuestra unión con Cristo hemos llegado a ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1.4), y ¿cuál es una de sus características principales? Es una naturaleza dadora: continuamente se expresa dando. «Nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17). Ejercitemos esta capacidad e imitemos a nuestro Padre. Todo lo que tenemos, lo hemos recibido, y en gran parte lo hemos recibido para darlo, para compartirlo con otros (1 Corintios 4.7).
¿Cómo y cuánto dar? Eso no será ningún problema para los que tienen al Cristo viviente morando en sus corazones. Él vivió dándose a sí mismo y en el famoso Sermón del Monte expresó con singular claridad y precisión la fórmula por excelencia sobre la gracia de dar. Dijo: «Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, sacudida y repleta. Dios los medirá a ustedes con la misma medida con que ustedes midan a otros» (Lucas 6:38, vp). Tal vez estas palabras de Cristo inspiraron el conocido eslogan que dice: «Ofrende usted según sus entradas, no vaya a ser que Dios le dé entradas de acuerdo con sus ofrendas». (¡Qué problemas se presentarían si Dios obrara así!)
Hagamos memoria de todo lo que Dios nos ha dado:
¿De quién hemos recibido la vida? ¡De Dios! Entonces, la mejor y más sabia manera de invertirla es dedicándosela a Él.
¿De quién recibimos las fuerzas físicas (especialmente los jóvenes)? Pues, de Dios. Si esto es así, concedámosle a nuestro Hacedor la oportunidad de usar ese extraordinario potencial.
¿De quién hemos recibido las capacidades, los talentos, los dones que poseemos? Dios es el dador de todos estos maravillosos regalos. ¿Y para quién sino para Él deberían ser utilizados?
¿De quién hemos recibido la salud, el dinero, el tiempo que disponemos? Si todo lo que tenemos—directa o indirectamente—lo hemos recibido de Dios, ¿para quién debería ser usado prioritariamente sino para Él?
Fuera de toda duda, el hecho de que Dios nos haya creado a su imagen y semejanza, y que por su gracia nos haya unido con su Hijo Jesucristo, genera en cada ser redimido un sentimiento de gratitud junto con una capacidad y potencialidad para dar, apuntando al ideal supremo señalado por Jesús en Mateo 5:48 que nos manda: «Sed, pues, vosotros perfectos [maduros], como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».
¿Qué vamos a hacer con nuestra mayordomía?
Se puede decir que la Biblia es un manual sobre el importante tema de dar. En términos generales, se ha dicho con razón que en el Antiguo Testamento el énfasis mayor estaba basado en el diezmo y formaba parte de la Ley que fue dada originalmente al pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento se realza con más fuerza el concepto de la mayordomía. (Aunque la verdad de la mayordomía también figura en el Antiguo Testamento y el diezmo no está excluido de la enseñanza de la mayordomía del Nuevo Testamento.)
La Biblia enseña desde las primeras páginas hasta la última que somos mayordomos de Dios; por lo tanto, no somos dueños absolutos de nada de lo que tenemos, sino sólo administradores. «Dura es esta palabra»—dijeron una vez los discípulos (Juan 6:60) refiriéndose a otro tema—, pero tal vez esto es lo que sentimos muchas veces cuando se nos muestran las responsabilidades que implican esta capacidad que Dios nos ha dado.
Pero no hay más que leer la parábola, generalmente llamada de «los talentos» en Mateo 25:14–30, o la denominada de «las diez minas» en Lucas 19:11–27, para entender que el «hombre noble» que se fue a un país lejano para recibir un reino y volver (Lucas 19:12) no puede ser otro que nuestro Señor, y que Él ha repartido sus bienes (capital) entre sus siervos (que somos nosotros sus hijos) en distintas proporciones. Una versión moderna dice que a uno le dio cinco mil monedas, a otro dos mil y a un tercero, mil.
¿Para qué les distribuyó sus posesiones, que sin duda simbolizan los dones, las capacidades y el dinero y las posesiones que nos ha otorgado a cada uno?
¡Para negociar en su ausencia y promover los intereses de nuestro Señor!
Y ¿cuál es el interés principal de nuestro Señor?¿No es acaso la rápida evangelización del mundo?

Este pasaje enseña que tanto los recursos humanos (creyentes redimidos) como el dinero (recursos materiales) que se necesitan para terminar la gigantesca tarea de evangelizar el mundo están en las manos de usted y de su iglesia. Y la pregunta clave es esta: ¿en qué vamos a invertir la vida y los múltiples recursos económicos que Dios nos ha repartido como a sus mayordomos para completar la tarea? ¿Los usaremos exclusivamente para nuestros intereses personales? ¡Dios no permita que hagamos tal malversación de fondos! ¡Seamos sabios y fieles y utilicémoslos prioritariamente para extender su Reino y terminar la evangelización del mundo! Las parábolas finalizan con una referencia clara al regreso del Señor y a una inevitable rendición de cuentas de lo que hemos hecho con los recursos que nos fueron confiados. Que esta verdad nos mueva a hacer una sincera revisión de nuestras «inversiones» para asegurarnos que estamos procediendo en armonía con nuestra función de mayordomos en quienes el Señor ha confiado.