sábado, 23 de agosto de 2014

La revelación de Dios

I. La necesidad de una revelación
Zofar indicó la dificultad de que el hombre llegase a conocer a Dios en su pregunta a Job: «¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?» (Job 11:7). La mente carnal es incapaz de comprender a Dios. Las investigaciones científicas se limitan forzosamente a lo material, y los sabios carecen de datos para poder penetrar en el secreto de la realidad espiritual, que se esconde detrás de la «apariencia» de lo que se percibe por los sentidos. Ha de ser Dios mismo, pues, por su propia iniciativa, quien levante el velo. Esto es lo que quiere decir la palabra «Revelación»: «Descorrer un velo para poner de manifiesto lo que antes fue escondido.»
II. Los medios de la revelación de Dios
A. Por las obras de Dios en la naturaleza (Salmo 19:1–6; Romanos 1:20). En el versículo que se cita de Romanos, Pablo insiste en que los idólatras quedaban sin excusa, ya que Dios, desde el principio, había revelado «Su eterno poder y deidad» a los hombres, por medio de Sus obras en la creación. Lo que se puede deducir acerca de la existencia y la naturaleza de Dios por una consideración de Sus obras, con referencia especial al hombre, se llama la «teología natural». Por ejemplo, el hecho de que observamos un plan ordenado, tanto en los astros como en la célula orgánica más insignificante, delata la presencia del Gran Arquitecto. Esta revelación de Dios en Sus obras puede ser un principio de luz, pero no nos basta, pues no revela el amor de Dios ni señala ninguna provisión para la salvación del hombre pecador.

B. En la historia. Toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento, y de la Iglesia en el Nuevo Testamento, es una revelación de Dios, quien se da a conocer por Su intervención en los asuntos de los hombres. «Mi Padre, hasta ahora, trabaja, y yo trabajo», dijo el Señor a los judíos (Jn. 5:17). Los salmistas y los profetas apelan constantemente a esta revelación de Dios para convencer a Israel de su pecado y para llamar al pueblo al camino de la obediencia y de la fe. Para los israelitas, Jehová era siempre el Dios que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Estúdiense los Salmos 105 y 106, el primero de los cuales presenta la obra de Dios a favor de Su pueblo desde el punto de vista de Su propia fidelidad a Sus promesas, mientras que el segundo recapitula la misma historia para hacer resaltar la rebeldía del pueblo.

C. Por mensajeros divinamente inspirados. Éstos son los profetas del Antiguo Testamento, y los apóstoles del Nuevo Testamento. De su inspiración trataremos en el próximo estudio.

D. En Su Hijo (He. 1:1–3). Ésta es la revelación máxima y final que Dios ha dado de sí mismo. «Aquel Verbo», quien siempre había expresado el misterio de la deidad y había sido el Agente de la creación, «fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria …» (Jn. 1:14 y 18). Tanto el corazón como el pensamiento de Dios se manifiestan en un hombre y en las circunstancias de una vida humana. La revelación llega a su punto máximo en la Cruz y la Resurrección. Desde luego, todo esto se relaciona también con la historia, porque los Evangelios, además de ser Palabra inspirada, son también documentos históricos, de modo que la fe puede descansar con toda certidumbre sobre la Persona de Cristo que en ellos se presenta.

E. En la Biblia. La revelación en la historia y en el Hijo se da a conocer por medio de un Libro Escrito, la Palabra de Dios. Este tema es tan amplio que lo trataremos aparte en el tercer estudio.
III. La revelación subjetiva
A la revelación externa, por los medios señalados, ha de corresponder una revelación interna, que es obra del Espíritu Santo dentro de nosotros, quien la imprime en nuestro corazón. Las condiciones que transforman la revelación externa en la interna son el arrepentimiento y la fe. Léase Gálatas 1:16.
Preguntas
1. ¿Qué quiere decir la palabra «revelación» en su sentido bíblico, y por qué es necesario que Dios tenga que actuar así?
2. ¿Cuáles son los distintos medios que emplea el Señor para revelarse a los hombres? (Cítense textos apropiados.)

3. En los capítulos 11 y 16 de Mateo, Cristo habla de dos importantes revelaciones que ha dado Su Padre. ¿Cuáles son?

viernes, 22 de agosto de 2014

La familia cristiana

Después del análisis anterior, estoy listo para motivarles a pensar seriamente en lo que es la familia cristiana. Dios creó esta institución llamada familia para que un hombre y una mujer glorifiquen su nombre y logren la satisfacción mutua como pareja así como de sus hijos mientras viven sometidos a los principios divinos. Es en la familia donde se acompañan y se ayudan entre sí en una relación fiel y llena de gracia. Se separan de todos y de cualquier cosa que les estorbe su permanencia, unidad e intimidad.
La antítesis de este concepto la viven parejas que están considerando la posibilidad del divorcio. ¿Por qué pensar en la separación cuando la unión ha sido voluntaria y por amor? El problema radica en que son muchas las personas que viven bajo el modelo del mundo y no bajo el modelo de Dios. Se desvían de lo que Él estableció. El plan de Dios es perfecto a pesar de que lo llevan a cabo personas imperfectas. Por tanto, debemos recabar su ayuda para cumplir el propósito que Él estableció.
La familia bajo el modelo de Dios
En primer lugar, toda pareja compuesta por personas normales (sin graves problemas sicológicos) que han entregado su vida a Dios y que están involucrados con una iglesia local con profunda y sana enseñanza bíblica, tiene la posibilidad de vivir bajo el modelo divino.
Un matrimonio conforme al deseo de Dios es posible si ambos cónyuges determinan tener el diseño, seguir el propósito y mantener la estructura de Dios para la familia. Esto significa que lo que Dios quiere tendrá más importancia que sus ideas, deseos y pensamientos. Quienes determinan esto, tienen la posibilidad de tener una familia cuyas palabras, actitudes y comportamiento glorificarán a Dios. Además, podrán disfrutar la paz, la armonía y el desarrollo normal de sus integrantes.
En la familia bajo el modelo divino no existe la posibilidad de divorcio. Bajo este modelo la vida conyugal es un modelo de vida cristiana. Los esposos serán líderes que tendrán autoridad y la ejercerán. Las esposas aprenderán a vivir en sumisión, pero no sometidas. Los padres aprenderán a disciplinar a sus hijos, pero no los maltratarán.
A pesar de los beneficios que reporta la vida bajo el modelo divino, son muchos los que optan por lo peor. Prefieren someterse al pecado antes que obedecer a Dios y disfrutar sus bendiciones. Cambian los verdaderos valores de la vida y deforman el plan original de Dios para la familia. ¿Han pensado en cómo será la familia que no vive conforme a lo que Dios estableció?
La familia bajo el modelo del mundo
Son muchos los síntomas que manifiestan las familias que no viven bajo el modelo divino. Veamos algunos de ellos.
La inmoralidad en el matrimonio destruye la familia. Las parejas que se involucran en el adulterio, el homosexualismo o cualquier acto de inmoralidad, impiden que su familia tenga el diseño de Dios y preparan el ambiente para que ambos deseen separarse. Dios creó el matrimonio para que un hombre y una mujer compartan su amor. Otro hombre o una mujer, un triángulo amoroso, destruye el amor y crea todo un mundo de intrigas, sospechas, engaños y mentiras. El adulterio causa heridas, provoca angustia y traumas que son difíciles de superar. Toda inmoralidad es un pecado y cada pecado trae consecuencias. Las peores consecuencias provienen de los pecados que involucran el cuerpo.
El indebido orden de valores puede deteriorar a la familia. Los cónyuges pueden rechazar la estructura divina para la familia si no se separan de toda relación interpersonal o institucional que impida la cercanía entre ellos. Cuando existen otros vínculos más fuertes y relaciones más cercanas que las relaciones con su cónyuge, se prepara el ambiente para que uno o ambos deseen el término de la relación conyugal.
Algunos hombres, debido a que su autoestima aumenta por los logros que alcanzan y por su enfoque en la provisión económica, dedican tanto tiempo al trabajo que descuidan sus relaciones familiares. Otros hombres mantienen un nexo muy grande con sus amigos, a tal grado que cada fin de semana se reúnen con ellos para divertirse, practicar deportes o emborracharse. Sus esposas quedan encerradas en sus casas y odiando los amigos de su esposo. De ahí que algunas mujeres se dediquen solo a sus hijos o dediquen una gran cantidad de su tiempo a las reuniones congregacionales pues allí encuentran una ocupación que les alivia momentáneamente de sus conflictos.
La infidelidad es la causa de grandes males. Se rechaza el propósito que Dios tiene para la familia cuando uno o ambos cónyuges no tienen un compromiso de permanecer fieles a pesar de los conflictos, a pesar de las diferencias, a pesar de las tentaciones y de lo fácil que es romper los vínculos matrimoniales. Sin tener un compromiso hasta que la muerte los separe, el fin de la relación matrimonial es cosa de tiempo. Quien inicia su vida matrimonial con un compromiso limitado, no ha entendido el propósito de Dios. Las crisis llegarán, los conflictos irrumpirán y las diferencias que tanto llamaron la atención en la etapa de atracción, se convertirán en fuentes de división. Sin embargo, quienes tienen un compromiso hasta la muerte, lucharán con energía y cuando no sepan cómo continuar, buscarán consejo sabio.
El aislamiento socava el matrimonio. La pareja se opone al propósito de Dios para su familia cuando uno o ambos cónyuges desean vivir independientemente. Enfatizan el individualismo, se despreocupan de atender las necesidades de su cónyuge y andan cada uno por su rumbo.
El matrimonio es sinónimo de unidad y para cumplir el propósito divino debemos apoyarnos mutuamente. Ni la independencia, ni la dependencia son saludables. Solamente la interdependencia fortalecerá la relación conyugal. Cuando los planes se realizan individualmente sin tomar en cuenta los anhelos, deseos y opiniones de uno de los cónyuges y cuando no existen actividades en conjunto y armonía se abre el camino para el divorcio.
La falta de verdadera intimidad destruye el matrimonio. Si en el matrimonio no existe intimidad espiritual física y emocional, se va en contra del deseo de Dios. El peligro está al acecho cuando existen hombres que solo quieren intimidad en la cama, pero no en las labores diarias. Cuando alguno de los cónyuges pretende ser íntimo físicamente, pero no emocionalmente. Cuando alguno de los cónyuges intenta compartir la intimidad con otro hombre o mujer que no sea su cónyuge. Cuando la mujer se siente usada en vez de amada y comprendida. Con todas estas cosas en contra, el sendero hacia el divorcio se cimenta rápidamente.
¿No hay solución posible?
En mi experiencia como consejero he notado que existen muy pocos casos en que la situación de la relación conyugal ha llegado a tal punto en que humanamente es imposible la restauración de la pareja a una vida normal. Existen casos en que el matrimonio enfrenta problemas que a pesar de todos los sinceros esfuerzos realizados y a pesar de que han buscado la dirección de un consejero y del Señor, son imposibles de solucionar. Ellos están en serio peligro y es necesario comenzar a pensar en la posibilidad de una separación. Cuando uno de los cónyuges no quiere abandonar su estilo pecaminoso y más bien quiere abandonar al cónyuge que es inocente del adulterio, es necesario pensar en la separación y dar pasos sabios para ello.
En tales momentos es necesario que al menos uno de los cónyuges tome la seria determinación de afrontar la situación hasta las últimas consecuencias. De ninguna manera este es un llamado a buscar el divorcio sino a enfrentar el problema. La consecuencia puede ser el arreglo de la relación matrimonial, la separación momentánea, pero planificada, o el divorcio de los cónyuges.
Existen matrimonios que viven una relación tan destructiva, pecaminosa y peligrosa, que la opción que traerá menos males es el divorcio. En ciertos casos, algunos esposos están de acuerdo que es imposible seguir juntos. En otros, al menos uno de los cónyuges sabe que lo más bíblico, necesario y saludable es terminar esa relación enferma y destructiva. Sin embargo, no sabe cómo debe hacerlo y que aun en medio de la tragedia esté actuando con temor de Dios y con la sabiduría necesaria. Para ellos tengo palabras de instrucción a continuación.
Adulterio permanente
Después de toda mi investigación, y al consultar con grandes hombres de Dios, he llegado a la conclusión que en el caso de adulterio permanente, es decir, cuando uno de los cónyuges persiste en una relación de adulterio y no quiere abandonarla, el cónyuge inocente tiene plena libertad para abandonarle, separarse y posteriormente si es necesario divorciarse.
Pueden darse dos casos. En uno, el cónyuge adúltero desea divorciarse para seguir su vida conyugal con la otra persona. En el otro, uno de los cónyuges mantiene una relación de adulterio permanente y confiesa que se está esforzando por terminar la relación ilícita, pero la realidad demuestra lo contrario. En algunos casos descubría que los años pasaban y que la persona decía que trataba de liberarse del pecado, pero la verdad era distinta. Seguía anclado en su maldad. A veces porque no sabe cómo hacerlo ni tiene la fortaleza necesaria, y otras por no buscar la ayuda disponible. Ese cónyuge muchas veces sigue manipulando al cónyuge inocente de adulterio. Este cónyuge tiene plena libertad para separarse por un tiempo para exigir el cambio de vida. De comprobarse que no existe una verdadera renuncia al pecado, pues no existe un abandono de el amante, creo que es necesario divorciarse del cónyuge culpable de adulterio.
Adulterio intermitente
También debo incluir en esta categoría el adulterio intermitente. No describo a alguien que tuvo una horrible caída, pero que busca genuinamente el perdón. Me refiero a que una mujer debe separarse de un hombre que constantemente cae en adulterio. No es un adulterio, son muchos.
Además, creo que también existe causal para el divorcio en el caso del abandono permanente por parte de uno de los cónyuges. La Palabra de Dios dice que si uno de los cónyuges decide el abandono, el otro no está obligado a servidumbre (1 Corintios 7:15).
Separación, pero…
Creo que existe causal para la separación, más no para el divorcio, en los casos en que existe severo maltrato emocional y físico. La separación es un proceso que se determina debido a que el cónyuge en pecado no ha entendido con palabras. Cuando este, a pesar de los enojos, regaños, lágrimas e incluso serias discusiones, continúa su ciclo de maltrato, remordimiento, búsqueda de perdón y de regreso a la violencia, debe ser obligado a abandonar el hogar.
La separación de los cónyuges por los conflictos en su relación matrimonial debe dirigirla un consejero para que se cumplan los propósitos que se persiguen. Separarse para reencontrarse con uno mismo, para poner en orden los pensamientos o para cambiar, no es sabio. La separación debe dirigirla un consejero pues los cónyuges llegaron a esa coyuntura debido a su negativa o incapacidad de resolver sus conflictos. Los cónyuges nunca deben volver a juntarse si no han eliminado la causa de su separación.
Uno de los casos que más dolor provoca es el de la violencia en el hogar. Cada vez que uno descubre que existen sobre todo mujeres y sus hijos recibiendo constante y continuo maltrato físico y emocional, no puedo evitar pensar en qué opinará el Señor sobre estas situaciones.
Siendo que estamos restringidos total y exclusivamente al texto bíblico para determinar doctrina, debo concluir que quienes aconsejan a las mujeres a permanecer bajo sumisión ciega a sus maridos, esperando con paciencia que algún día Dios les cambiará, han equivocado la interpretación bíblica. Si a una mujer la maltratan física o emocionalmente, si este es el patrón de conducta del marido y el bienestar mental y físico de los niños está en juego, debe ser asesorada para que logre que el cónyuge abandone el hogar o en casos dramáticos de peligro de la integridad física, debe abandonar de inmediato a su cónyuge. Debe buscar la protección de la familia, los amigos, la iglesia o las autoridades policiales y no debe regresar a su hogar si es que no existe un cambio radical que lo haya comprobado el consejero.
Creo que sí existe apoyo bíblico para el divorcio en este caso, aunque no existe causal para un nuevo matrimonio sino cuando el cónyuge comete adulterio. Esto puede considerarse como un abandono. El cónyuge culpable de ese comportamiento en palabras puede consentir y demandar seguir viviendo con su pareja. Sin embargo, con sus acciones demuestra todo lo contrario de lo que sus palabras expresan. Su comportamiento de castigo y maltrato continuo hacia su esposa y sus hijos señalan que no quiere o no puede vivir saludablemente en el matrimonio. Sus palabras pueden suplicar la permanencia, pero sus acciones piden a gritos la separación.
A manera de corolario
Podemos concluir que un matrimonio que es la antítesis del deseo de Dios, está fuera de su diseño, de su propósito. Está fuera de la estructura interna que Él planificó. Por lo tanto, no se ajusta a la voluntad de Dios y está listo para sufrir terribles consecuencias. Sin embargo, cuando los cónyuges han desarrollo un estilo de familia con estas características, no tienen que llegar al divorcio. La decisión adecuada y sabia que deben tomar quienes se dan cuenta de su alejamiento del plan de Dios para la familia, es volver al patrón original. La decisión que Dios honrará y que honrará a Dios es la de reconocer que ambos de alguna manera se han desviado del camino. Si ambos cónyuges reconocen que han seguido los impulsos personales, han buscado su propia gratificación, han obviado las necesidades de su cónyuge y han desobedecido a Dios, se arrepienten y vuelven al plan perfecto de Dios, podrán permanecer en una relación conyugal saludable a pesar de ser seres imperfectos.

El Señor honrará y bendecirá a quien decida reconocer que necesita arrepentirse y confesar sus pecados delante de Él. A quien pida perdón delante de su pastor o consejero para recibir orientación, y delante de su cónyuge para que las heridas sanen. Dios honra a quien toma la determinación de cambiar de palabras, actitudes y comportamiento y humillarse delante de Él. Quien se humilla delante de Dios, quien decide deponer su orgullo y aceptar los principios y valores divinos por sobre las ideas humanas, a su tiempo será exaltado delante de Dios y aun delante de su cónyuge. El gran secreto de una vida matrimonial saludable es que los matrimonios imperfectos se sometan al plan perfecto de Dios para el matrimonio.



miércoles, 20 de agosto de 2014

La gracia y la conducta humana

Sin gracia, las diferencias nos mueven a divorciarnos. Cuando actuamos con gracia, las diferencias nos instan a apoyarnos. La gracia es el lubricante que suaviza las fricciones de quienes aunque somos diferentes, hemos decidido amarnos.
La gracia es una de las características esenciales de la conducta divina. No podemos hablar de Dios sin hablar de su gracia. Todos estaremos de acuerdo, creo, si declaro que la gracia es una de aquellas virtudes que los seres humanos no podemos tener sin que Dios sea parte de nuestra vida. Esta tercera declaración es tan verdadera como las demás: una de las razones de la existencia de tantos conflictos en las relaciones humanas es la ausencia de gracia.
¿Qué es la gracia? La gracia se define como un favor inmerecido. Es un favor que nunca podríamos haber alcanzado por nosotros mismos, que no podemos comprar y que no tenemos ninguna posibilidad de pagar una vez que se nos ha otorgado. El término hebreo es chen y significa doblarse o inclinarse. En la gracia, el superior se inclina a mostrar bondad a un inferior cuando no existe obligación por parte del superior.*
Si la gracia está presente, es imposible que los matrimonios se destruyan, que las iglesias se dividan y que exista abuso en las familias. No existiría divorcio, ni existiría persona en angustia que sea despreciada o se quede sin recibir ayuda si la gracia nos moviera.
Tal vez usted es uno de los que piensan que su matrimonio debe terminar y ha comprado un libro con esta temática para ver si encuentra consejos que le apoyen en su determinación o directrices para saber cómo realizarlo. Si ha pensado que esa es la forma de curar sus males, no ha entendido lo doloroso de la realidad del divorcio. La mayoría de los seres humanos somos más propensos a tener una actitud curativa en vez de preventiva. Nos preocupamos de nuestra salud cuando nos enfermamos y no antes. Muchos quieren cambiar cuando su cónyuge ya no acepta dar una nueva oportunidad fuera de todas las que ha dado. Y otros quieren entender más sobre el divorcio cuando ya lo han decidido, en vez de entenderlo y estudiarlo antes de decidirlo.
Una gran cantidad de cristianos prefieren tomar decisiones sin tener en cuenta seriamente el consejo de Dios. Sin embargo, después los vemos pedir perdón por su pecado y buscar ayuda para soportar las terribles consecuencias. ¿No podría evitarlo obedeciendo a Dios, rechazando la desobediencia, aunque nos cueste entenderlo y su consejo esté en contra de la lógica humana?
Si después de dar muchos pasos, pero no el debido, cree que su matrimonio debe terminar, usted es el que más me preocupa. Pretendo que tome una buena decisión. Si no tiene en cuenta todos los factores y no cuenta con suficientes elementos de juicio como para tomar la decisión más saludable, espero que este libro cambie su decisión. Anhelo que se sienta motivado a luchar hasta las últimas consecuencias por su matrimonio y determine investigar seriamente lo que Dios piensa de su situación. Le ruego que haga un serio análisis de su caso, que busque la orientación profesional necesaria y realice una comparación de su comportamiento y actitudes con las enseñanzas de la Palabra de Dios.
Mi deseo es que usted y su cónyuge aprendan a ser personas con gracia. Mi anhelo es que cada lector, en su propia situación, aprenda a vivir con gracia. Gracia para vivir en su relación matrimonial y evitar un divorcio, si ese es su caso. Gracia para aceptar y ministrar a quienes, debido al sufrimiento que experimentan a causa del divorcio, necesitan de la gracia de Dios. La necesitan para salir del estilo de vida destructivo que ha elegido posteriormente a su divorcio y para encauzar sus relaciones interpersonales al estilo de Jesucristo.
Vida con gracia versus vida sin gracia
Quizás considere una tarea imposible enmendar su matrimonio. Sin embargo, lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. He aconsejado a decenas de matrimonios que se han odiado hasta la muerte y que han perdido toda esperanza, pero que por la gracia de Dios, un saludable proceso de consejería y su determinación de aplicar los principios de amor y respeto, han logrado normalizar la relación conyugal. Si actúa con gracia, le garantizo que sanar su matrimonio será mucho más fácil y dejará menos consecuencias que romperlo, aunque en este momento y en el estado emocional en que se encuentra le parezca una tarea imposible.
Del ejemplo divino he aprendido que cuando relacionarse con otro ser humano es imposible, la gracia lo hace posible. Dios no puede relacionarse con el pecador si no fuera por su gracia. Cuando Él nos mira, lo único que ve es enemistad, desobediencia. Dios ha comprobado que tenemos pecado, que no queremos acercarnos a Él, que lo despreciamos y maltratamos. Sabe que a pesar de todo lo bueno que Él ha sido con nosotros, hemos hecho lo malo. Lo triste es que ni siquiera tenemos la capacidad ni el poder de cambiar esa actitud porque somos pecadores y porque no hay nada en nosotros que nos motive a buscar a Dios ni a amarlo.
Quizás esto mismo sea lo que le ocurre a usted. A lo mejor esa es la forma en que ve a su cónyuge. Ha comprobado la enemistad, el pecado y el maltrato. Ha sentido el rechazo y está absolutamente convencido que no hay posibilidad de cambio. ¿Sabe qué hace posible que Dios se acerque a nosotros los pecadores? Solamente su gracia. ¿Sabe qué puede hacer posible que usted permita que su cónyuge se acerque? ¿Sabe qué puede permitirle que se decida a conceder otra oportunidad? Solamente la gracia.
Sin duda, tiene razón en muchas cosas. Su cónyuge lo ha herido, se siente traicionado o maltratado. Tal vez le han pasado por alto. Incluso, haciendo el bien ha recibido a cambio daños y desprecio. Esa es precisamente la forma en que el hombre ha tratado a Jesucristo. Sin embargo, Él por su gracia está listo a perdonarnos. Esto no significa que se deleite en nuestro comportamiento. Ni que condone nuestra maldad. Al contrario, con amor y autoridad nos aplica su disciplina, pero lo hace con gracia. ¿Qué serís de nosotros si no viviéramos bajo la gracia de Dios?
Frutos de la vida sin gracia
El problema que enfrentamos es la tendencia que tenemos a ser solo receptores de la gracia de Dios. Sin embargo, tenemos serios problemas para dispensarla. Nos cuesta ser instrumentos de gracia. El orgullo y el egoísmo batallan dentro de nosotros y nos impiden el flujo de la gracia. Si no vivimos con gracia, no podemos darle el golpe mortal al orgullo que es el principal instigador de la tendencia a compararnos y a controlar a los demás.
La mayoría de nosotros preferimos la rutina, lo previsible y los intereses comunes. No nos agradan mucho los que piensan differente ni los que tienen diferentes gustos. Cuando alguien hace cosas o actúa distinto a nosotros, tendemos a establecer comparaciones.
En la vida cristiana, la ausencia de gracia lleva al legalismo. De ahí que quien no tenga gracia querrá obligar a que la otra persona piense y actúe igual. Entonces, nuestra aceptacíon a otras personas dependerá de si tienen convicciones similares a las nuestras. Al legalismo le encanta la uniformidad, a la gracia le encanta la variedad.
En la vida conyugal la ausencia de gracia lleva a la tiranía o la rebelión. La tendencia a ponernos como modelo generalmente nos lleva a la crítica de las personas o a la competencia desleal con ellas.
La segunda consecuencia de la ausencia de gracia es la tendencia a controlar a los demás. Esto nos incita a manipular e intimidar a quienes se supone que debemos guiar, proteger y amar. Como resultado, las personas son inflexibles, impositivas, exigentes, pasan por alto los sentimientos y no satisfacen necesidades. Quieren hacer las cosas a su manera y quien se oponga sufrirá las consecuencias.
Las comparaciones para despreciar la variedad o las diferencias o las actitudes controladoras anulan la gracia. Si ambos cónyuges deciden vivir con gracia, sin importar la condición en que su relación conyugal se encuentre, arreglarla será más fácil y dejará menos consecuencias que destruirla. Si uno o ambos cónyuges miran su situación sin los lentes del arrepentimiento, del perdón y de la gracia, les parecerá que es una tarea imposible de lograr.
Creo que este es el momento preciso para hacer una pausa y hacer algunas preguntas que le motivarán a hacer un serio examen de la situación que vive.
Sí está sufriendo en su relación conyugal y no encuentra salida, ¿está dispuesto a comenzar a vivir con gracia? Si su cónyuge le está pidiendo una nueva oportunidad, ¿está listo a recibir asesoramiento profesional bíblico para aprender a dar una nueva oportunidad y aceptar el arrepentimiento? Si es cristiano o incluso un ministro del evangelio de la gracia, pero ha tenido una actitud legalista e inmisericorde con los que viven la tragedia del divorcio, ¿está listo a ser un ministro de la gracia de Dios? ¿Está dispuesto a actuar con gracia y ayudar con amor en el proceso de quienes anhelan restauración?
Tal vez ya ha vivido gran parte del proceso de divorcio y su cónyuge lo ha abandonado. A lo mejor se encuentra en este momento sumido en la culpabilidad, la amargura o se niega a perdonar. Si ya terminó su matrimonio, ¿está listo a recibir liberación por la gracia de Dios? ¿Está preparado a aceptar la gracia de Dios y su perdón, a vivir con gracia, autoperdonarse y a perdonar?
Frutos de la vida con gracia
Si aprendemos a vivir y a manifestar la gracia de Dios, nuestras vidas nunca serán las mismas. No importa lo difícil de la situación matrimonial que la persona viva, si estamos dispuestos a vivir con gracia, todo puede cambiar. Nunca llegará el divorcio cuando dos cónyuges deciden abandonar su orgullo y egoísmo y tratarse con gracia y respeto mutuo.
Sin duda, cuando se llega a pensar en la posibilidad de un divorcio, existen suficientes razones como para buscar esta salida. A lo mejor está tratando de evitar la destrucción de su propia vida o la de su cónyuge. Tal vez por su mente estén pasando todas las razones que tiene para no seguir ni un día más en esa relación interpersonal. Ha comprobado que es una relación destructiva y lo único que siente es desprecio e incluso aversión hacia su cónyuge. Estando en ese estado lo único que ve acercarse es la destrucción mutua. ¿Cómo no pensarlo si se dan todos los elementos que facilitan la enemistad?
Recuerdo que en una de mis visitas a un circo quedé inmensamente impresionado con la actitud misericordiosa que demostraba un león cada vez que su domador se atrevía a meter la cabeza dentro de la boca de este impresionante animal. Eso es gracia. Cuando existen todos los motivos y se dan las condiciones ideales para actuar conforme a lo que sentimos, solo la gracia nos permite evitarlo. Cuando debemos perdonar más de lo que creemos tener capacidad, necesitamos gracia. Cuando creemos que debemos hacer lo que una persona no merece, a pesar de que nunca podrá pagarnos, necesitamos gracia.
Sin embargo, debido a que en un matrimonio se relacionan dos personas, no solo debemos reaccionar con gracia cuando la acción de la otra persona es tan mala que nos motiva a la venganza. También cada cónyuge tiene la responsabilidad de actuar con gracia. No solo esperar que respondan con gracia a nuestro mal comportamiento, sino que también debemos actuar con gracia para evitar que la persona se sienta motivada a reaccionar indebidadamente.
Cuando vivimos con gracia nuestras actitudes son diferentes. Solo así podemos comenzar a disfrutar una actitud positiva en vez de las actitudes negativas. Cuando vivimos con gracia dejamos de estar sumidos en la sospecha y la intolerancia. Aprendemos a vivir con confianza. Así nuestras relaciones interpersonales son saludables. La gracia elimina el virus del egoísmo y la enfermedad mortal llamada orgullo. Le aseguro que si se decide a vivir con gracia, toda su vida será diferente, incluyendo su relación matrimonial.
A medida que pasan los años y maduro en la vida cristiana, comprendo con más profundidad la gracia de Dios. A medida que me adentro en ella y la disfruto, más me doy cuenta de la inmensa necesidad que tenemos de la gracia. No solo para tener una relación adecuada con Dios, sino para que como consecuencia tengamos la opción de tener una debida relación con los seres humanos.
Es lamentable, pero a menudo rechazamos vivir con gracia porque es un golpe fatal al machismo y al feminismo. La gracia es un golpe destructor al orgullo y el egocentrismo. Nos obliga a poner los ojos, el corazón y los pensamientos en otros en vez de en nosotros. La gracia destruye el negativismo, aniquila la culpabilidad, barre con el desprecio y el abuso. La gracia abre las puertas del positivismo, del arrepentimiento, de la aceptación, el cariño y el aprecio que son indispensables para tener éxito en la relación matrimonial. Decidir vivir con gracia, determinar conservar el matrimonio aprendiendo ambos a vivir con gracia es el único antídoto de la resolución de separarse.
Por supuesto que esta no es una tarea fácil. Sin embargo, es imposible dispensar gracia si no hemos recibido la gracia de Dios. Necesitamos experimentar la gracia de Dios. Necesitemos acercarnos a Él, buscarle en oración, amarle de corazón, buscar en la Biblia su instrucción. Aprender a vivir con gracia es aprender a vivir como Dios nos manda.
Lo que Dios nos pide
En uno de los tratados doctrinales más completos, llamado la Epístola a los Romanos, se encuentran una serie de mandamientos que cuando se obedecen en la vida matrimonial, nos transformarían en los cónyuges más comprensivos de este mundo. ¿Cree que buscarían el divorcio si ambos vivieran bajo los siguiente principios?:
No finjas amar; ama de veras. Aborrece lo malo. Ponte de parte del bien. Ámense con cariño y deléitense en el respeto mutuo … Nunca pagues mal con mal. Actúa siempre honrada y limpiamente. No riñas con nadie. Procura en lo que te sea posible estar en paz con todo el mundo (Romanos 12:9–10, 17–18).
La gracia nos motiva a la aceptación. Nos permite aceptar las personas tal como son. Necesitamos la gracia de permitir que otros sean lo que Dios quiere que sean y no lo que nosotros queremos que sean. Necesitamos gracia para hacer lo que Dios quiere que hagamos y no lo que nosotros queremos hacer.
Los cónyuges viven en la gracia y actúan con gracia y aceptación cuando su cónyuge es importante y valioso. Cuando no imponen sus ideas y cuando permitimos que nuestro cónyuge se exprese con libertad y nos diga con franqueza sus sentimientos. A usted lo aceptan cuando puede decir lo que siente sin que lo ataquen.

Dos cónyuges dispuestos a obedecer a Dios por sobre sus sentimientos, un consejero dispuesto a seguir los principios de la Palabra de Dios para ayudar a quienes buscan restauración y un Dios capaz de hacer un milagro por sobre los conflictos, es la fórmula que se necesita para la restauración de un matrimonio a su plan original. Dios está dispuesto y los consejeros están al alcance. Mi pregunta es: ¿Tienen la firme determinación de hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para sanar su relación conyugal y conservar sa matrimonio?




martes, 19 de agosto de 2014

La lucha del que sirve

Quiero pues, que sepáis cuán grande lucha sostengo por vosotros, por los que están en Laodicea y por todos los que nunca han visto mi rostro. Lucho para que sean consolados sus corazones y para que, unidos en amor, alcancen todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre y de Cristo. Colosenses 2.1–2
Como en todos los escritos del apóstol, esta carta también nos revela, aunque sea fugazmente, algo del corazón de este siervo de Jesucristo. El apóstol, sin entrar en detalles, afirma que está involucrado en una intensa lucha por la iglesia. Sabemos con certeza que esta pugna incluía toda clase de pruebas externas, algunas de las cuales están mencionadas en su segunda carta a los Corintios. Estas aflicciones incluyeron tales cosas como hambre, prisiones, azotes y naufragios, que habían sufrido por causa del evangelio. Mas Pablo, en el texto de hoy, se está refiriendo a otra clase de lucha, la que se libra en el ser interior del siervo. Esta es la carga pastoral que Dios pone sobre el corazón de aquellos que sirven a su pueblo. En el mismo pasaje de Corintios, él escribía: «Y además de otras cosas, lo que sobre mí se añade cada día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar y yo no me indigno» (2 Co 11.28–29).
Esta carga es la que distingue al pastor que lo es por vocación celestial, de aquel pastor que no es más que un asalariado. La lucha principal del asalariado está en mantener en movimiento los diferentes programas de la congregación. No tiene mucho tiempo para estar con la gente porque está demasiado ocupado con sus muchas actividades. Mas el pastor, que es pastor de alma, entiende que los programas son un medio para un fin mucho más importante: la formación de Cristo en la vida de cada uno de sus hermanos. Tiene sus ojos firmemente puestos en este objetivo y sabe, con absoluta certeza, que esto no se logra con una buena dosis de actividades. La formación de un discípulo es un proceso esencialmente espiritual y el pastor vive intensamente este proceso, con oración, con súplicas, con lágrimas y ruegos a favor de cada uno de los que le han sido confiados.
La evidencia más contundente de que esta carga es producida por el Espíritu de Dios, la encontramos en lo que Pablo dice: que su lucha incluye a los que nunca han visto su rostro. ¡Qué grandeza de espíritu! La mayoría de nosotros apenas luchamos por los nuestros. De veras que nos interesa poco la obra y el trabajo de los demás, especialmente los que viven en otros lugares. Pablo trabajaba y sufría también por aquellas congregaciones en las cuales nunca había estado personalmente, pero que eran de sumo interés para su Señor. La carga de Cristo estaba también sobre su corazón. Y cuando los intereses de los demás comienzan a importarnos, sabemos con certeza que Dios nos ha librado del egoísmo que tanto entorpece su obra en nosotros.
Para pensar:

Cómo líder, ¿cuánto tiempo se pasa intercediendo por el ministerio de otros? ¿Cuánto esfuerzo dedica a promocionar proyectos ajenos a los suyos? ¿Cómo comunica a su congregación este mismo desinterés ministerial? 



domingo, 17 de agosto de 2014

No hay científicos ateos - parte 3/3

Pero, ¿son creyentes los científicos?
¿Los científicos creen todo esto? Sí y no. Su condición ya se describió hace muchos años en la biblia:
“… porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:19, 20).
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría” (Salmo 19:1, 2).
Ellos conocen a Dios. Dependen de él. Pero como este conocimiento es doloroso tanto emocional como espiritualmente, lo suprimen y lo distorsionan.
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:21, 22).
Quizás las personas modernas ya no fabrican ídolos en forma de imágenes físicas, pero su concepto de “ley científica” consiste en una distorsión idolátrica de su conocimiento de Dios. Ellos ocultan para sí mismos el hecho de que esta “ley” es personal, y que son responsables ante Dios. Otros sustituyen el término “La Naturaleza”, dándole personalidad mientras alaban las obras de “La Madre Naturaleza”. Pero estos evaden lo que saben acerca de la trascendencia de Dios sobre la naturaleza.
Aún en medio de su rebelión, las personas continúan dependiendo de que Dios vaya a estar presente. Demuestran con sus acciones que sí creen en Dios. Cornelius Van Til compara esta actitud a un incidente que vio en un tren, cuando una niña sentado en regazos de su abuelo le pegaba en la cara. El rebelde debe depender de Dios, “sentado en sus regazos” por decirlo así, aún para ejercer su rebeldía.
¿Creemos los cristianos?
Sospecho que la culpa de la incredulidad no es completamente la responsabilidad de los incrédulos. Los Cristianos también tenemos culpa. Los Cristianos a menudo hemos adoptado un concepto anti-bíblico de Dios, que remueve a Dios un paso para afuera de las actividades ordinarias. Los Cristianos mismos a veces piensan que la “ley científica” o la “ley natural” es como un mecanismo cósmica o reloj impersonal que maneja el mundo normalmente, mientras Dios está de vacaciones. De vez en cuando Dios llega y hace un milagro, pero raramente. ¡Estas ideas no son bíblicas!
“Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra” (Salmo 104:14).
“Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza.” (Salmo 147:16).
No lo olvidemos. Si nosotros mismos recuperaran una doctrina más robusta del mover de Dios en su cuidado diario en este mundo, en cada detalle, estaríamos mejor preparados para dialogar con los científicos ateos quienes dependen del mismo cuidado.
Principios para dar testimonio
Primero, debemos recordar que el diálogo sobre la presencia de Dios en la ley científica no procede como los argumentos tradicionales de probar la existencia de Dios. En este caso no estamos deduciendo la existencia de Dios como conclusión final de un argumento procedente de otras premisas. En contraste con la forma tradicional de probar a Dios, nosotros mostramos lo que los científicos ya saben acerca de Dios como un aspecto de sus propias experiencias en sus tareas científicas. Así que, el enfoque no está en un debate intelectual, sino en ser un ser humano íntegro dentro del contexto de la investigación científica.
Segundo, recordemos que los científicos niegan a Dios dentro del mismo ámbito en que dependen de él. Su negación de Dios no proviene en última instancia de alguna falla intelectual, ni de la incapacidad de llegar bien a la conclusión de una cadena de silogismos, sino sencillamente de una falla espiritual. Nos rebelamos contra Dios, y no queremos servirle. En consecuencia, sufrimos su ira (Romanos 1:18), lo cual tiene efectos tanto intelectuales como espirituales y morales. Según Romanos 1:22, el rebelde es un “necio”.
Tercero, pero la persona intelectual es humillante ser desenmascarado como un necio. Y es más humillante, y aún insoportable psicológicamente, ser desenmascarado como culpable de rebeldía contra la bondad de Dios. Podemos esperar que los que nos oyen peleen tal conclusión con un esfuerzo tremendo de energía intelectual y espiritual.
Cuarto, es sólo el Evangelio con su mensaje de perdón y reconciliación por medio de Cristo que ofrece el único remedio para terminar con la lucha contra Dios. Y trae la última humillación, que mi reconciliación proviene enteramente de Dios, desde fuera de mis propios esfuerzos, a pesar y no por medio de, mis propias habilidades. Y como clímax final, yo era tan malo que requirió el precio de la muerte del Hijo de Dios para conseguir mi rescate.
Quinto, cuando nos acercamos a los científicos de esta manera, estamos entrando en una guerra espiritual. El idólatra es cautivo al engaño de Satanás (1 Cor. 10:20; 2 Tes. 2:9–12; 2 Tim. 2:25, 26; Efesios 4:17–24; Apoc. 12:9). Y no se libera de sus garras hasta que Dios le dé libertad (2 Tim. 2:25, 26). Debemos orar a Dios y depender del poder de Dios, y no en las sutilezas de argumentos humanos, ni la elocuencia de persuasión humana (1 Cor. 2:1–5; 2 Cor. 10:3–5).
Sexto, nos acercamos a estos temas como pecadores también. Los Cristianos mismos tenemos una carga inmensa de culpa al ser esclavizados nosotros mismos por la idolatría de ver las leyes científicas como algo impersonal. Dentro de nuestra propia esclavitud damos por sentado los beneficios y la belleza de “la ciencia”, cuando debemos ser llenos de gratitud y adoración a Dios.
¿Sería diferente este tipo de acercamiento basado en estos principios, que otros acercamientos que se dirigen a los intelectuales? Me parece que sí.
Ampliando nuestro enfoque
Hasta este momento hemos tratado a los científicos como posibles receptores del testimonio Cristiano. Pero, ¿hay implicaciones que podemos sacar cuando pensamos en un público más amplio?
En nuestro mundo tecnológico, todo habitante depende de los productos de la ciencia y la tecnología. Y las personas confían suficientemente en las herramientas de la tecnología como para depender de ellas. Confían no sólo para adquirir información y noticias del mundo en general, sino también para la preservación de sus vidas. No todos viajan en aviones, pero la mayoría de las persona viajan por lo menos en algún vehículo a alta velocidad, y compran alimentos en un mercado que representa el punto final de una larga cadena de pasos tecnológicos en la producción y la distribución.
¿De qué manera somos protegidos de los desastres? El testimonio bíblico claro a esta pregunta es: Dios. Contemplamos día con día el gobierno providencial de Dios. Dios hace bien, “dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones” (Hechos 14:17). La maravilla del crecimiento de las plantas manifiesta la fidelidad de Dios mientras envía su Palabra a ellas. También las maravillas de la química para hacer fertilizante y pesticidas, las maravillas de las ciencias de suelo informando y aconsejando a los agricultores, las maravillas de la biología en poder modificar genéticamente las plantas, y las maravillas de ¡la complejidad increíble de máquinas para cosechar, procesar, enviar y empacar las plantas!
Los científicos trabajan necesariamente con el carácter eterno y omnipotente de la ley científica, ¡ahí ante sus propios ojos! La población común sólo ve la fidelidad de Dios manifestada de manera menos obvia en la confiabilidad de todo el aparato tecnológico que la ciencia produce. Nosotros damos por sentado que las fuentes de comida son confiables, y creemos que nuestra comida nos nutrirá en lugar de matarnos.
Regresando a los atributos de Dios
En una medida, entonces, los atributos de las leyes científicas son visibles aún para las personas ordinarias que se benefician de la tecnología. Las personas ordinarias creen que los productos tecnológicos funcionarán de la misma manera en todo tiempo y en todo lugar. Es decir, todos realmente creen que la tecnología tiene un fundamento de consistencia. Y creen implícitamente que las leyes detrás de la tecnología son consistentes. Por supuesto, las personas comunes quizás no estén informadas acerca de todos los detalles de las leyes científicas que fundamentan algún producto tecnológico particular. Pero aún sin comprender las leyes en detalle, confían que estas leyes van a permanecer constantes en sus detalles (¡cuáles sean!). Es esta confiabilidad que garantiza el funcionamiento constante del producto tecnológico gobernado por estas leyes. Y esta consistencia de ley en el tiempo y el espacio señala el carácter eterno y omnipresente de las leyes.
Ahora, la persona común y corriente quizás no esté muy consciente de las implicaciones de este carácter eterno y omnipresente. No es una persona teórica, probando los límites de la física, formulando teorías acerca de rayos gamma en galaxias distantes o reacciones nucleares en el sol. Es mucho más práctico. Le importa mucho más, y confía en la permanencia de las leyes que afectan su mundo personal.
Pero podríamos hacer una observación similar del concepto tradicional acerca del carácter eterno y omnipresente de Dios. Las enseñanzas bíblicas se dirigen principalmente al mundo de la persona común, en su entorno limitado de espacio y tiempo. La biblia no pide en primer lugar que las personas crean en el carácter eterno y omnipresente de Dios como una teoría abstracta, sino las llama a confiar en Dios mientras practican y actúan en sus vidas cotidianas. Los atributos de “eterno” y “omnipresencia” son generalizaciones teóricas de la experiencia práctica. De modo que la persona común del mundo bíblico corresponde a la persona común hoy quien cree en la confiabilidad de las leyes. El teólogo que habla del carácter eterno y omnipresente de Dios, corresponde la científico teórico que habla de las leyes científicas en su perfecta generalización.

La providencia de Dios nos afecta en las dos esferas. Por lo tanto, los atributos de la ley científica ofrece un plataforma para dar testimonio tanto a las personas comunes, como al científico.