sábado, 6 de septiembre de 2014

La persona y la obra del Espíritu Santo

I. El Espíritu Santo en la Santísima Trinidad
La Biblia no expresa de una manera dogmática la verdad acerca del Espíritu Santo. Sin embargo, las muchas referencias a él y a su obra pueden resumirse como sigue: El Espíritu Santo es la tercera «Persona» de la Deidad, quien procede desde la eternidad del padre (Jn. 15:26) y del Hijo exaltado (Jn. 16:7; Hch. 2:33; Gá. 4:6), siendo igual a ellos en esencia. No es una mera «influencia» que emana de Dios, sino el agente inmediato en toda la obra divina, tanto en la creación material como en el espíritu del hombre, manifestando todos los atributos de una «personalidad». Su Nombre se halla unido con el padre y el Hijo en la fórmula bautismal (Mt. 28:19) y en la bendición de 2.a Corintios 13:14.
II. Los nombres del Espíritu Santo
Mucha de la doctrina referente al Espíritu Santo se puede deducir de los nombres que le designan las Escrituras. Podemos notar los siguientes: el Espíritu Santo (Lc. 11:13); el Parakleto: Abogado y Consolador (Jn. 14:16 y 26); el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9); el Espíritu de Dios (Ro. 8:14); el Espíritu de Dios viviente (2 Co. 3:3); el Espíritu del Hijo (Gá. 4:6); el Espíritu del Señor (2 Co. 3:17); el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13); el Espíritu eterno (He. 9:14); el Espíritu de gloria (1 P. 4:14); el Espíritu de gracia (He. 10:29); y el Espíritu de verdad (Jn. 15:26).
III. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
El Espíritu Santo aparece como agente divino en la creación: «… y el Espíritu de Dios se movía sobre [incubaba] la faz de las aguas» (Gn. 1:2); es decir, que él daba energía, vida y calor a todo lo creado; también es el agente divino en la renovación de la naturaleza (Sal. 104:30), en la vida humana (Job 33:4), en la transformación moral del hombre (Zac. 12:10), en la resurrección histórica del pueblo de Israel (Ez. 37:9), y en su avance espiritual (Jl. 2:28 y 29). El pasaje que lo representa más aproximadamente como una persona es Isaías 63:10: «Contristaron su Espíritu Santo» (Versión Moderna). Los hombres que se formaron bajo la antigua alianza experimentaron en ocasiones una fuerza física y un valor superiores a los que podían esperar de sí mismos (Sansón, Jue. 14:6); o una capacidad mental y habilidad artística acrecentadas extraordinariamente (Bezaleel, Ex. 31:1–3). La explicación de todo ello es que el Espíritu de Jehová «cayó» sobre ellos, «se invistió» en ellos, los «llenó»; en fin, obró poderosamente a su favor. Aún más característica es una visión extraordinaria que interpreta la realidad pasada y predice los sucesos futuros, o sea, la inspiración profética (1 P. 1:10–12). El falso profeta Sedequías dijo a Miqueas: «¿Por dónde pasó el Espíritu de Jehová de mí, para hablar contigo?» (1 Ro. 22:24, Versión Moderna).
El punto de enlace con el Nuevo Testamento es el futuro Mesías altamente dotado con el Espíritu de Dios (Is. 11:2; 42:1; 61:1).
IV. La personalidad del Espíritu Santo
A. El Espíritu Santo es una persona, no una mera influencia, emanación o manifestación. En las palabras del Señor Jesús a los apóstoles en el cenáculo atribuye al Espíritu Santo acciones propias de una persona: «Yo rogaré al Padre—dice—, y os dará otro consolador (o Abogado) … Mas el Consolador, el Espíritu Santo …, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn. 14:16 y 26). «Cuando venga el Consolador …, él dará testimonio de mí» (Jn. 15:26). «Y cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio …, pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Jn. 16:7–15).

Además, podemos notar que el Señor habla del pecado contra el Espíritu Santo (Mt. 12:31). Como una persona divina que es, se le puede «contristar» (Ef. 4:30), «resistir» y «hacerle afrenta» ( Hch. 7:51; He. 10:29). El Espíritu Santo habla a los siervos de Dios dándoles indicaciones ( Hch. 8:29; 10:19 y 20); especifica el servicio de los santos ( Hch. 13:2–4); prohíbe ( Hch. 16:6 y 7); intercede (Ro. 8:26 y 27) y ama (Ro. 15:30).

B. El Espíritu Santo es Dios. Esta verdad queda probada por los muchos pasajes de las Escrituras en los que se identifica al Espíritu Santo con la divinidad. Por ejemplo: El profeta Isaías (6:8 y 9) dice que oyó la voz del Señor, y el escritor inspirado Lucas, haciendo historia de Pablo en un momento cuando éste se refirió a aquel pasaje de Isaías, escribe: «Bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías …» (Hch. 28:25 y 26). Así, pues, el Ser que habló era Dios el Espíritu Santo (cp. Con Jer. 31:31–34 y He. 10:15). Otro caso muy notable es el pecado cometido por el matrimonio Ananías y Safira, que motivó las siguientes palabras del apóstol pedro: «¿Por quéllenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo …? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hch. 5:3, 4 y 9). La afirmación es clara: mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. Las Escrituras atribuyen constantemente al Espíritu Santo los atributos de Dios, como omnipotencia, omnisciencia, ominipresencia y también su perfección suma: la santidad (Lc. 4:14; Ef. 3:16; Sal. 139:7–12; Job 26:13; 33:4; 1 Co. 2:9–12; 6:11: 12:8–11; He. 9:14; Ro. 1:4; 8:11; 2 P. 1:21; Hch. 1:16; 20:28; Lc. 12:12; Ap. 2 y 3).
V. La obra del Espíritu Santo
A. En relación con la creación material. Su primera manifestación en el mundo se describe en Génesis 1:2: «El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»; y Job exclama: «Por su Espíritu adornó los cielos» (Job 26:13).

B. En relación con la humanidad. La formación del hombre en Génesis 2:7 se describe así: «Entonces Jehová formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida». Las palabras en cursive señalan la parte espiritual del hombre, el cual fue formado por el Espíritu Santo: «El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4 con 27:3). Antes del diluvio, el Espíritu Santo «contendía» con los hombres (Gn. 6:3).

C. Capacita a los hombres para la obra de Dios (véase los casos de Bezaleel y Sansón referidos en el Apartado III).

D. En relación con las Sagradas Escrituras. 1) Su autor (1 P. 1:10–12; 2 P. 1:20 y 21; Hch. 1:16; 2 Ti. 3:16 y 17; Jn. 14:26; 16:12–15). Todos estos pasajes revelan la intervención del Espíritu Santo en la redacción de las Escrituras, «impulsando» y «guiando» a los escritores a la verdad, y dando el «aliento divino» a los escritos. 2) Su intérprete (1 Co. 2:10; 1 Jn. 2:20, 27, etc.). La interpretación de las Escrituras por medio del Espíritu Santo, sin embargo, no implica la oposición a la gramática ni al contexto. Tampoco se puede prescindir de los doctores, ya que éstos son dones concedidos por Cristo a la Iglesia e instrumentos para la enseñanza bíblica en manos del Espíritu Santo (Ef. 4:11 y 12; 1 Co. 12:28).

E. En relación con la persona de Cristo. El señor Jesús fue engendrado en el seno de la bienaventurada Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc. 1:35), y fue «ungido» con el Espíritu Santo para Su ministerio terrenal (Hch. 10:38). Como ya hemos notado arriba, el Espíritu Santo es también el Espíritu de Cristo, y todas las cosas pertenecientes al Señor Jesús son administradas y reveladas al creyente por el Espíritu Santo (Jn. 15:26; 16:14; Hch. 1:2; Fil. 1:19).

F. En relación con la obra de la Cruz. El autor de la Epístola a los Hebreos declara que Cristo, por el Espíritu eterno, se ofreció voluntariamente sin mácula a Dios (He. 9:14).

G. En relación con la resurrección de Cristo. Este prodigio de los siglos fue por el poder del Espíritu Santo, según hallamos, entre otros textos, en Romanos 8:11: «El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús …».

H. En relación con la Iglesia. En cumplimiento de la promesa del Padre y del Hijo (Mr. 1:8; Lc. 24:49; Jn. 14:16 y 26; Hch. 1:4 y 8; 2:33; Ef. 1:13), el Espíritu Santo vino sobre los discípulos, formando la Iglesia en el día de Pentecostés (Hch. 2) y seguirá en ella hasta llevarla al encuentro del Esposo (véase la hermosa ilustración en Gn. 24). El Espíritu Santo habita en la Iglesia como en un templo (Ef. 2:22), y aparece como un articulador de una unidad viviente, de la cual é es el alma: «Un cuerpo y un Espíritu» (Ef. 4:4); por el Espíritu Santo las almas renacidas son bautizadas en un solo cuerpo místico (la Iglesia), según expresión del apóstol Pablo: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo» (1 Co. 12:13).

I. En relación con la iglesia local. El origen y ejercicio de los dones espirituales en la iglesia se deben al Espíritu Santo, quien reparte a cada miembro cristiano como él quiere. En 1.a Corintios 12:1–11 aparecen las palabras pneumática («cosas del Espíritu») y carismata («dones de gracia»). La iglesia local es también templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16 y 17).

J. En relación con los siervos de Dios. La persona del Espíritu Santo es la que guía a los obreros del Señor, tanto a los apóstoles como a los evangelistas, a los misioneros, a los ancianos (presbíteros, sobreveedores) y a los doctores de la Palabra, indicándoles el contacto con las almas (Hch. 8:29), enviándoles a los lugares dondo deben predicar la Palabre (Hch. 10:19 y 20), escogiendo a los siervos que han de cumplir el trabajo para el cual son llamados (Hch. 13:1 y 2), sellando los acuerdos de los responsables de las iglesias (Hch. 15:28), y abriendo y cerrando caminos (Hch. 16:6 y 7).

K. En relación con el mundo. Cuando el Señor Jesús prometió el Espíritu Santo a los apóstoles, dijo también que uno de los cometidos del Espíritu sería el de convencer de pecado a los hombres (Jn. 16:7–11), siendo el único que puede traer al hombre el verdadero sentido de la justicia y del juicio. La voluntad del hombre ha de cooperar con el urgir del Espíritu Santo, pero aquél no podría hacer nada sin la obra de gracia de Éste.

L. En relación con el individuo. Si la convicción del pecado es seguida por el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo de parte del hombre, el Espíritu Santo produce la regeneración de la vida «de arriba». El orden, según las Escrituras, es como sigue: Cuando, por medio de la predicación de la Palabra, se presenta ante los hombres al Cristo crucificado como el único remedio para la condición pecaminosa de las almas, y le aceptan como Salvador personal, entonces el Espíritu Santo aplica la virtud de la sangre de Cristo a sus corazones, purificándolos; vivifica la semilla de la Palabra, y hace su morada en el creyente (Gá. 3:1 y 2; Tit. 3:5; He. 10:29).
VI. El Espíritu Santo y el creyente
A. El Espíritu Santo y la santificación. El Espíritu Santo habita en los creyentes a partir del momento de su conversión (Hch. 2:38; Ro. 8:11; 1 Co. 6:19 y 20; Gá. 4:6; 2 Ti. 1:14); y «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro. 8:9). Pero si bien es verdad que en cada creyente regenerado mora el Espíritu Santo y que ya está bautizado en Cristo por el Espíritu Santo, también es cierto que las Escrituras distinguen entre poseer el Espíritu y estar llenos del Espíritu. Esto puede verse en la Epístola a los Efesios, por ejemplo, en cuyo versículo 4:30 Pablo recuerda al creyente que está sellado con el Espíritu, mientras que en Efesios 5:18 le exhorta a que sea lleno del Espíritu.

La Escritura presenta a Cristo como quien murió al pecado una sola vez, pero que vive para Dios eternamente. El creyente se apropia por la fe de la gran verdad de su identificación con Cristo en Su muerte y en Su resurrección; el Espíritu Santo le administra las cosas del Señor Jesús y le impele por el camino de la santificación (Ro. 1:4; cap. 8; 1 Co. 6:11; 2 Co. 3:18; 1 P. 1:2).

B. El Espíritu Santo y la oración. El creyente muchas veces no sabe lo que ha de pedir al Padre ni cómo pedirlo, pero el Espíritu Santo cumple su cometido intercediendo a favor del cristiano (Ro. 8:26 y 27). Jesús es nuestro intercesor a la diestra del padre, y el Espíritu lo es desde nuestro corazón; por eso se nos manda orar «en Espíritu» (Ef. 2:18; 6:18; Jud. 20).
VII. Los símbolos del Espíritu Santo
Hay una variedad de símbolos del Espíritu Santo en la Biblia. En el bautismo del Señor fue visto por Él y por Juan Bautista «que descendía como paloma» (Mt. 3:16). En el día de Pentecostés vino como fuego sobre los discípulos (Hch. 2:3). El Señor le compara al viento, en Su conversación con Nicodemo (Jn. 3:8), y como agua en Juan 7:37–39. Otras figuras en el Nuevo Testamento son el sello y las arras de la herencia (Ef. 1:13 y 14; 4:30): la marca indubitable del verdadero creyente y la prenda anticipada de su redención completa en el día de la consumación.

Aparte de los símbolos que se relacionan expresamente al Espíritu Santo en las Escrituras, creemos que, por analogías y consideraciones que no podemos justificar dentro de los breves límites de este estudio, hemos de aceptar los siguientes como figuras de su persona y operaciones: el rocío (Os. 14:5); las lluvias de Joel 2:23 y 28; los ríos de Isaías 44:3; el aceite de Levítico 8:30; Zacarías 4:1–14 (cp. 2 Co. 1:21; 1 Jn. 2:20 y 27).
VIII. El Espíritu Santo y la resurrección del creyente
El cuerpo de resurrección del creyente es soma pneumatikon, que equivale a «cuerpo espiritual», que parece una contradicción, pero demuestra que toda limitación de la carne se habrá superado, siendo el cuerpo el perfecto y apropiado vehículo del espíritu redimido (1 Co. 15:42–51). Para la vivificación del cuerpo mortal, intervendrá la operación del Espíritu Santo (Ro. 8:11).

En la íntima armonía de la Trinidad y hasta el punto en que misterios tan inefables han sido revelados, el Padre, como fuente de amor, ejerce Su voluntad en el plan de salvación; el Hijo, impulsado por la gracia divina, lleva cabo la obra de la redención por medio de Su gran misión a la tierra, y el Espíritu Santo aplica todo el valor de la obra de la Cruz en potencia y eficacia a los corazones de los creyentes, todos los cuales pueden participar siempre de la bendita «comunión del Espíritu Santo» (2 Co. 13:14).
Preguntas
1. Demuestre con textos apropiados del Antiguo y del Nuevo Testamento que el Espíritu Santo es Dios y que no es un mero poder o influencia, sino una Persona.


2. ¿Cuáles son las actividades del Espíritu Santo en relación con: a) la Iglesia; b) el pecador; y c) el creyente?

viernes, 5 de septiembre de 2014

La resurrección de Cristo

I. El hecho histórico de la resurrección de Cristo
Por la resurrección de Cristo ha de entenderse que el cuerpo del Señor Jesús, que fue muerto realmente en la Cruz y sepultado en una tumba, fue levantado por Dios al tercer día, sueltos los dolores de la muerte (Mt. 28; Mr. 16; Lc. 24; Jn. 20 y 21).
A. La resurrección de Cristo, profetizada
La muerte de Cristo por los pecados de los hombres y Su resurrección de entre los muertos eran las doctrinas básicas de la predicación del Evangelio en boca de los apóstoles. Dice Pablo: «Cristo murió por nuestros pecados … y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:1–3). Estas últimas palabras del apóstol indican que la resurrección del Señor Jesús ya estaba profetizada en el Antiguo Testamento. En figura, se halla implícita en el sacrifico de Isaac (Gn. 22:1–13; He. 11:17–19) y en el caso de Jonás (Jon. 2; Mt. 12:39 y 40). Proféticamente, está comprendida en las palabras de Isaías (53:10): «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá, por largos días …» Por último, en el Salmo 16, David, hablando en nombre de Cristo, escribe: «No dejarás mi alma entre los muertos, ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Versión Moderna). Estas palabras son interpretadas por los apóstoles Pedro (Hch. 2:23–31) y Pablo (Hch. 13:35–37) como una profecía explícita de la resurrección del Señor (véase Lc. 24:46).
B. Las pruebas del hecho de la resurrección de Cristo
Existen pruebas suficientes en los relatos de los evangelistas que evidencian la realidad de la resurrección del Señor, ya que todos ellos nos dan numerosos pormenores tocante a esta doctrina; y en cuanto a las aparentes dicrepancias respecto a Ciertos puntos, son una bagatela referente al HECHO CENTRAL de que Cristo se levantó real y verdaderamente de entre los muertos. Sin embargo, ha habido críticos, y los hay, que no han querido admitir la evidencia del milagro máximo. Éstos tratan de defender las hipótesis siguientes:

1. «Los discípulos robaron el cuerpo del Señor, e inventaron la especie de que había resucitado.» Esta «explicación» hace caso omiso de toda la evidencia, porque:
a) Cómo pudieron los discípulos extraer el cuerpo ante los ojos de los soldados romanos?
b) Por qué estaban dispuestos a morir por una superchería manifiesta?
c) Si los soldados estaban durmiendo (Mt. 28:13), ¿cómo sabían ellos que lo habían robado los apóstoles?

2. «El Señor no murió en la Cruz, sino que sufrió un desmayo, y en tal estado José lo colocó en la tumba. Por la mañana, recobrando las fuerzas, salió.» Esta teoría no concuerda con el relato evangélico, ya que Juan el apóstol da testimonio solemne de haber visto cómo un soldado romano traspasó con una lanza el costado del Señor Jesús (Jn. 19:34–37).

3. «Los discípulos, influidos psicológicamente por sus grandes deseos de volver a ver a Jesús, sufrían una serie de alucinaciones, de modo que las manifestaciones no tenían más que una realidad subjetiva, y no constituyen hechos reales.» Esto podía suceder en el caso de que los discípulos hubiesen puesto su confianza en la resurrección inmediata de su Maestro; pero, lejos de esto, ninguno de ellos esperaba que Cristo resucitase; al contrario, estaban desanimados y tenían miedo de los judíos (Jn. 20:19). Las mujeres vinieron al sepulcro, el primer domingo cristiano, no para ver la tumba vacía, sino para embalsamar el cuerpo para su largo sueño. Tan cierto es ello, que se preguntaban ansiosas quién les removería la piedra de la entrada del sepulcro para entrar en él (Mr. 16:3). María Magdalena corrió a decir a los discípulos, no que Él había resucitado, sino que Su cuerpo había sido quitado y que no sabía dónde lo habían puesto (Jn. 20:1 y 2). Cuando los apóstoles se reunieron, se «estaban lamentando y llorando» (Mr. 16:10). Cuando las mujeres dijeron a los otros discípulos que Cristo había resucitado y que se les había aparecido, no lo creyeron; y, ante Su manifestación, dudaron (Mt. 28:17; Mr. 16:11–13; Lc. 24:11). Juan declara que «no conocían la Escritura, que Él hubiera de resucitar de entre los muertos» (Jn. 20:9). ¿Podría haber otra cosa más patética que las palabras de los dos discípulos que iban a Emaús?: «Pero nosotros esperábamos que Él era el que había de redimir a Israel …»

4. «Toda la historia de la resurrección es un mito, que encierra hondas verdades espirituales, pero nada de ello tiene categoría histórica.» Basta contestar que un «mito» necesita siglos para «incubarse», pero la doctrina de la resurrección se predicaba a las pocas semanas del hecho. Además, si la resurrección es un mito, ¿por qué no presentaban los judíos el cuerpo de Jesús al pueblo para disipar las dudas?

5. «Los discípulos vieron un espíritu, que se hacía visible a la manera de las evocaciones espiritistas.» Tal teoría no explica la tumba vacía. ¿Qué se hizo, entretanto, del cuerpo del Señor Jesús? Él sabía que los discípulos podían creer que se manifestaba a ellos en «espíritu» solamente, y por eso les demostró la realidad de Su cuerpo resucitado (Lc. 24:37–40; Jn. 20:27–29).

Los evangelistas refieren las diversas manifestaciones (diez por lo menos) del Señor a los suyos después de haber resucitado. Todas ellas se hicieron bajo las más variadas condiciones y circunstancias. Lucas, el autor del libro de Los Hechos, escribe diciendo: Jesús «después de haber padecido se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días» (Hch. 1:3; véase 13:31). Una de estas pruebas indiscutibles es la que declaró el apóstol pedro en su predicación en casa de Cornelio: «A éste [Jesús] levantó Dios el tercer día, e hizo que se manifestase … a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de los muertos» (Hch. 10:40 y 41). En efecto, el Señor resucitado «comió» y «bebió» con ellos (véase Lc. 24:41–43; Jn. 21:1–14).

El testimonio del apóstol Pablo es de un valor incalculable. El Señor resucitado y glorificado se le apareció también a él, lo que le constituye en testigo ocular de Su resurrección, como los demás apóstoles. Su testimonio nos llega a través de un auténtico documento de su puño y letra (1 Co. 15, epístola incontrovertida por los críticos). Para confirmar lo que dice, apela al testimonio de los supervivientes de «más de 500 hermanos» que le vieron en una sola ocasión. Es indudable que todas las pruebas de credibilidad pueden aplicarse con éxito a este testimonio.

Debemos considerar, además, como prueba amplia e irrefutable, la repentina y total transformación moral de los testigos, y la formación inmediata de la Iglesia. En Jerusalén, los aterrados y fugitivos discípulos que habían negado a su Señor se reúnen de nuevo, y, con intrépido coraje, proclaman esta «antipática» doctrina de la resurrección, con el resultado de que se convierten millares de personas ( Hch. 1:8; 2:32; 3:15; 4:20 y 33; 5:32, etc.). Aquellos testigos ya no hacen caso ni de peligros ni aun de la muerte. Ahora bien, el fraude no produce tales ejemplos de valentía ni la desilusión crea reinos de celestial poder. Un árbol no puede producir otro fruto que el correspondiente a su especie. Así ocurrió con los mártires cristianos: el fruto que ellos produjeron tuvo por causa eficiente la fe en la resurrección de Jesús.

Los creyentes podemos descansar en una sobria certidumbre, y exclamar con voz de triunfo, al unísono con Pablo: ¡Cristo ha resucitado de los muertos …! (1 Co. 15:20).
II. Importancia de la resurrección de Cristo
La resurrección de Cristo es de tal importancia que el cristianismo se derrumba si ésta cae y se mantiene en pie si ésta se mantiene enhiesta. Considerando el asunto llanamente y sin rodeos, diremos que si la resurrección tuvo lugar, es fácil la aceptación de los otros milagros de Cristo, pues todas las esperanzas del cristiano están fundadas, precisamente, en ese hecho; pero «si Cristo no resucitó, se sigue que no era el Hijo de Dios, y en ese caso el mundo se halla desolado, el cielo vacío, el sepulcro oscurecido y el pecado sin solución; con el corolario de que la muerte será eterna» (Mullins). El apóstol Pablo declara terminantemente que «Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios … si Cristo no resucitó … aún estáis en vuestros pecados … Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co. 15:14–19).
III. La resurrección de Cristo en relación con la vida del creyente
Todos los aspectos de la vida del cristiano dependen del gran acontecimiento de la resurrección de Cristo, según vemos a continuación:

A. La justificación: «Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25); o sea, que la perfecta justificación que a favor de los hombres consiguió Cristo en Su muerte expiatoria fue la causa por la que pudo romper los lazos de la muerte y salir a la vida de resurrección.

B. La salvación: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Ro. 10:9), ya que la resurrección es la consumación de la totalidad de la obra de la Cruz.

C. La regeneración: El apóstol Pedro escribe: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3); pues la resurrección de Cristo es la fuente y el origen de la vida nueva del creyente.

D. El bautismo cristiano, en el cual, después de haber sido sumergido en el agua, el creyente sube de ella y anuncia simbólicamente su identificación con la vida de resurrección del Señor Jesucristo (Col. 2:12; 1 P. 3:21).

E. La vida de fe del creyente fiel, ya que da por muerto todo lo natural para confiar plenamente en Dios «que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro» (véanse los casos típicos de Abraham y Pablo: Ro. 4:17–24; 2 Co. 1:9).

F. La santificación: El apóstol Pablo habla del cristiano como identificado con Cristo en Su muerte y en Su vida gloriosa de resurrección, exhortando a que todos los creyentes consideren este hecho como la única base de separación del pecado. «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Ro. 6).

G. La resurrección de Cristo es el secreto de toda manifestación del poder divino en el creyente: «… para que sepáis … cual [es] la supereminente grandeza de su poder [de Dios] para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos …» (Ef. 1:18–21 y Fil. 3:10).

H. Nos traslada a las esferas espirituales en solidaridad con Cristo: A los ojos de Dios, lo que Él realizó en la persona de Su Hijo a favor de los hombres es una realidad desde ahora para nosotros los creyentes, de tal manera que Pablo declara: «Dios … nos dio vida juntamente con Cristo … con él nos resucitó, y, asimismo, nos hizo sentar en lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:4–6 con Col. 3:14).
IV. La resurrección de Cristo es la garantía de la resurrección corporal del creyente
En efecto, la resurrección actual del cristiano es espiritual, mas en la venida de Cristo será corporal, la cual está afianzada por la resurrección previa del Señor Jesús. «Mas ahora ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos … Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicas; luego los que son de Cristo en su venida» (1 Co. 15:20–23, con 6:14; Fil. 3:20 y 21; 1 Ts. 4:14–17).
Preguntas
1. Cítense algunas indicaciones o profecías del Antiguo Testamento que se refieren a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, añadiendo un breve comentario.

2. ¿Cuáles son las principales objeciones humanas a la resurrección corporal de Cristo y cómo se han de contestar en base a la Palabra de Dios?


3. Señálese la importancia de la resurrección de Cristo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

La gracia, la fe y las obras

I. Definición
En estudios anteriores hemos hecho referencia repetidas veces a los grandes conceptos de la GRACIA divina y la FE, con el principio opuesto de las OBRAS muertas de los hombres (He. 6:1; 9:14), pero es conveniente volver a definirlos en este estudio buscando la relación que existe entre ellos, pues de la debida comprensión de estos términos, relacionados con la obra de la Cruz, depende la eficacia y la claridad del anuncio del Evangelio.

La gracia divina es el favor de Dios, al impulso de Su amor, hacia el hombre que nada ha merecido, de modo que llega a ser la fuente de donde fluye el caudaloso río de la salvación en todos sus aspectos, y el origen de todo bien para el hombre. La gracia divina es mucho más que una mera benignidad, pues, tratándose del favor del Dios soberano y omnipotente, pone en movimiento todos los recursos de la divinidad y lleva a feliz término todos Sus buenos propósitos en orden al hombre. De la fuente de la gracia brota la obra de la Cruz, la gloria de la Resurrección, el descenso del Espíritu Santo, la formación de la Iglesia, la derrota final del mal y la inauguración de la nueva creación.

La fe (aparte ciertos sentidos secundarios) es el complemento en el hombre de la manifestación de la gracia de parte de Dios. La rebeldía y la incredulidad oponen una barrera a la operación de la gracia divina; la fe hace que el hombre acepte el mensaje de Dios y descanse totalmente en la persona de Cristo, ofrecida en el Evangelio como única base de la fe verdadera, permitiendo así que la obra de gracia se realice en el corazón del creyente. La confianza del alma en Cristo, que es la esencia de la fe, establece una unión vital entre Cristo y aquel que acude a Él, de tal forma que todo lo que es Cristo, y todo el valor de Su obra, llega a ser la posesión personal e inalienable del creyente.

Las obras del hombre son las actividades del hombre carnal, ora sean «malas» ora sean «buenas» según el criterio del hombre caído. Es fácil comprender que las malas obras acarrean condenación y muerte, pero las Escrituras enseñen con igual claridad que aun las «buenas obras» del hombre carnal son inútiles para conseguir la salvación y pueden llegar a ser un estorbo para recibir con fe la obra de Dios en Cristo, ya que, obrando el hombre, no deja obrar a Dios. El Evangelio exige que el hombre se rinda sin condiciones a Dios, y que extienda sus manos vacías para recibir de Él la vida eterna.
II. La gracia divina
Partiendo de la base de la definición que ya hemos adelantado, podemos notar lo siguiente:

A. El origen de la gracia. «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro padre y del Señor Jesucristo» (Ro. 1:7). He aquí la hermosa y típica frase con la cual Pablo solía saludar a las iglesias y a sus colaboradores en la obra, y que nos hace ver que el Padre y el Hijo Jesucristo son conjuntamente los autores de la gracia, que fue provista por el Padre, traída y manifestada por el Hijo y hecha eficaz en el corazón del creyente por el Espíritu Santo (Jn. 1:17; 2 Ti. 1:9; He. 2:9; 10:29). De paso podemos notar que las salutaciones de Pablo son una demostración de la divinidad del Señor Jesucristo, ya que es inconcebible que la gracia procediera de quien no fuese Dios.

B. El alcance de la gracia. 1) potencialmente pone la salvación al alcance de todos los hombres: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres …» (Tit. 2:11). 2) Basta para la salvación del peor de los pecadores que se arrepiente y cree en Cristo, según el ejemplo que tenemos en la conversación de Saulo de Tarso (1 Ti. 1:12–16). Véase también Lc. 23:39–43. 3) Como consecuencia lógica de la definición que hemos adelantado se relaciona con todos los aspectos de la obra de Dios a favor de los hombres (Ro. 3:24; Gá. 1:15; Hch. 15:11; Ef. 2:5–8, etc.). 4) Convierte al trono de juicio en trono de gracia para el creyente, y es la fuente de todo consuelo y de su socorro (He. 4:16; 2 Co. 12:9). 5) Es el poder y la sustancia de todos los dones, que se llaman charismata, o sea, «operaciones de gracia», como también de todo servicio eficaz (1 Co. 15:10; Ro. 12:6). Todo esto se incluye en «las abundantes riquezas de su gracia» (Ef. 2:7).

C. El ejemplo excelso de la gracia. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Co. 8:9). ¡Tal es la gracia que ha de reflejarse en la vida de los creyentes! (2 P. 3:18).
III. La fe
A. Significado de la fe. La palabra griega pistis («fe») y el verbo correspondiente (pisteuo) se emplean casi 500 veces en el Nuevo Testamento, lo que da la medida de la importancia del principio que hemos señalado arriba. Aparte de algunos casos secundarios en que significa «fidelidad», se pueden distinguir dos aspectos muy relacionados en el uso de estas palabras: 1) por un movimiento del ser humano, en el que entra tanto la inteligencia como la voluntad, se asiente a la declaración del Evangelio; y 2) por un acto análogo, el alma confía totalmente en la persona del Salvador. «La fe viene por el oír; y el oír, por la palabra de Dios» (Ro. 10:17); pero la recepción del mensaje pasa a ser confianza total en una persona: «Yo sé a quién he creído …» (2 Ti. 1:12). Abraham recibió la promesa de Dios, pero su justificación resultó de su fe en Dios: «Y creyó Abraham a Dios y le fue atribuido a justicia.» Por padre de muchas gentes te he puesto: delante de Dios al cual creyó …» (Ro. 4:3, 17).

B. La fe es el medio de la salvación en todos sus aspectos. Como hemos visto, es la actitud del hombre que corresponde a la gracia que procede de Dios y nace de la comprensión de la nulidad de todo esfuerzo humano, combinando con la visión de la suficiencia total de Dios y de Su obra en Cristo. Dios por Su gracia ofrece la salvación al hombre; éste por su fe la hace suya. No puede haber verdadera fe sin la humildad, y por eso el señor declara que hemos de volvernos como niños para entrar en Su Reino (Mt. 18:3; Hch. 16:30 y 31; Jn. 3:16–18, etc.).

C. Sin la fe no puede haber poder ni bendición en la vida del creyente. El mismo principio que nos une con Cristo para recibir la salvación, mantiene el contacto con Dios a los efectos de todos los aspectos de la vida y del servicio del cristiano, hasta tal punto que Pablo declara: «Todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro. 14:23; véase también He. 11:6). A la fe que nos relaciona con Dios, corresponde el amor que nos pone en contacto con el hombre; así que «la fe obra por el amor» (Gá. 5:6). Si la fe debilita, el contacto con Dios se dificulta, y el poder divino no fluye ni se manifiesta en la vida del creyente. Al hombre de fe que se halla en los caminos de la voluntad de Dios, todo le es posible (Mr. 9:23; Lc. 17:5 y 6).
IV. Las obras humanas
A. Las obras humanas surgen de la «carne». La actividad total del hombre caído surge de la «carne» (la vieja naturaleza del hombre heredada de Adán), y los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Por consiguiente, no sólo las obras malas del hombre son abominables delante de Dios, sino que también sus mejores justicias son como «trapos de inmundicia» (Is. 64:6), ya que es un hecho real que todos los hombres se han descarriado como ovejas y que ninguno, por naturaleza, es justo delante del divino Juez (Is. 53:6; Ro. 3:10 y 12). Ya hemos visto en el capítulo 5 que eso no quiere decir que el hombre sea incapaz de realizar actos nobles en relación con sus semejantes, sino que toda obra humana lleva en sí el germen del pecado inherente en el hombre y no puede presentarse delante de Dios en estas condiciones.

B. Son inútiles para la salvación del hombre. El apóstol Pablo, haciendo referencia a las obras de la Ley, dice enfáticamente que si al hombre le fuese posible conseguir la justificación (o la salvación) por su bien hacer, «entonces por demás murió Cristo» (Gá. 2:21). El Señor Jesús «consumó» la obra de salvación en la Cruz, y el pobre pecador no puede añadir nada a ella para salvarse: «no por obras, para que nadie se glorie» dice la Palabra de Dios (Ef. 2:9; véase 2 Ti. 1:9; Tit. 3:5).

C. Son un obstáculo para el hombre religioso, ya que éste confía en sus propios méritos y no acepta por fe la salvación que Dios le ofrece gratuitamente en la persona de Su Hijo Jesucristo. Los tales pretenden justificarse a sí mismos; pero Dios no los puede aceptar en su actitud orgullosa. Dijo el Señor a los religiosos fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Lc. 16:15). Esta actitud de justicia propia fue el gran obstáculo para el pueblo de Israel (Ro. 10:3; véase también Lc. 18:9–14).

D. Las buenas obras en el poder del Espíritu Santo son el fruto de la vida nueva. Desde luego lo dicho hasta aquí no quiere decir que Dios no desee las buenas obras del hombre, sino que éstas deben ser el resultado lógico de la nueva vida de aquellos que por su fe han establecido contacto espiritual con el Señor Jesús, el autor de la vida y, por lo tanto, el orden establecido divinamente es éste: primero aceptar la vida; luego producir los frutos de justicia por el poder del Espíritu Santo que nos es dado al creer (Gá. 5:22). Pablo dice que no somos salvos por medio de nuestras obras, pero sí que el creyente, ya salvo, está llamado a andar en buenas obras, «las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:9 y 10; véase Mt. 5:13–16; Hch. 26:20; Col. 1:10, etc.). Hacer obras para salvarnos es hacer lo contrario de lo que Dios ha dispuesto: es poner el carro delante del caballo.

E. La justificación por las obras. Es muy cierto que, delante de Dios, lo que justifica al hombre es la fe en Cristo, quien murió y resucitó a favor del pecador; pero esta justificación no es meramente legal, sino vital, por la íntima unión con el Señor (1 Co. 6:17); luego las obras en el creyente son las que justifican públicamente su fe verdadera en el Señor Jesús. Son la expresión de vida de uno que, habiendo estado muerto, ha revivido; desde luego, la única prueba de la vida nueva de un resucitado es que dé señales de esa vida; de no ser así no creeríamos. Éste es el pensamiento de Santiago cuando escribe su epístola (Stg. 2:14–26). Abraham, por ejemplo, fue justificado (término legal) delante de Dios cuando creyó (Gn. 15:6), mientras que años más tarde «justificó» su fe sincera cuando, en obediencia a Dios, ofreció a su hijo Isaac sobre el altar (Gn. 22). «Sus obras mostraron su fe.» «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»
Preguntas
1. Hágase una definición de la gracia, ilustrando su contestación con algunas citas apropiadas.

2. ¿Cómo puede ser la fe el medio de la salvación y no las obras? Apoye su contestación contextos apropiados.


3. Explíquese, con ejemplos bíblicos, lo que quiere decir la justificación por las obras.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La regeneración ó nuevo nacimiento

I. Definición
Este término, la «regeneración», es la aplicación de la figura del nacimiento humano a la esfera espiritual.

Hubo un momento en que empezamos a vivir en este mundo, y, de igual forma, hubo necesariamente un momento en que el creyente, antes «muerto en delitos y pecados», empezó a vivir espiritualmente.

La palabra más frecuente en el Nuevo Testamento es «engendrar», refiriéndose a Dios como Fuente de la vida nueva, y «engendrado», en relación con el ser que ha recibido la vida. Es muy frecuente en los escritos del apóstol Juan, y se traduce a menudo en la versión Reina-Valera por «nacer» y «nacido» (Jn. 1:12 y 13; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4 y 18).
II. La necesidad del nuevo nacimiento
Las Escrituras no enseñan que el hombre caído guardara un pequeño residuo de vida espiritual, que pudiera desarrollarse en una vida completa por sus propios esfuerzos o por los de otros seres humanos. Antes, al contrario, declaran que el hombre caído se halla en un estado de muerte espiritual (Ef. 2:1–3). La personalidad humana persiste, desde luego, como también la posibilidad de una nueva vida; pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios que Él mismo determina (Tit. 3:4 y 5). De ahí la conocida declaración del Señor a Nicodemo: «Os es necesario nacer otra vez.» La carne solamente puede engendrar «carne», y sólo el Espíritu puede producir lo espiritual (Jn. 3:6).
III. La fuente de la vida nueva
El apóstol pedro declara: «Dios … nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3). La resurrección del Señor presupone Su muerte expiatoria. Por Su muerte, que fue la muerte de todos, el Salvador quitó el gran obstáculo que impedía la manifestación de la vida. Por Su resurrección, Cristo «quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio» (2 Ti. 1:10). Los infintos tesoros de la vida de resurrección están ya a la disposición de todo creyente.
IV. El medio de la regeneración
Ya hemos visto que sólo Dios puede dar la vida, de la cual es fuente y origen, y que ha hecho posible su transmisión en la obra salvadora de Cristo (Jn. 1:12 y 13; Stg. 1:18). Ahora bien, existen condiciones de parte del pecador que se señalan claramente en las Escrituras.

A. La semilla es la Palabra de Dios: «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanence para siempre» (1 P. 1:23; Stg. 1:18). Es el mensaje divino que llega a los oídos y al corazón del pecador por el testimonio del Evangelio el que puede transmitir la vida.

B. Solamente el Espíritu vivificador puede hacer germinar la semilla de la palabra (Jn. 3:5, 6 y 8).

C. De parte del hombre las condiciones son el arrepentimiento y la fe. El significado de la palabra «agua» en Juan 3:5 es muy discutido. Descartamos en seguida la idea de la «regeneración bautismal» por el agua del bautismo, por ser contraria a lo más esencial de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Podría ser símbolo de la «Palabra», como en Efesios 5:26, o una referencia al bautismo del arrepentimiento de Juan el Bautista, cuyo significado conocería perfectamente el «maestro de Israel».

El «arrepentimiento» (metanoia) es «un cambio de mente, o de actitud» de parte del hombre; vuelve las espaldas al pecado y dirige su rostro a Dios. Entonces, positivamente, se entrega con fe al Salvador presentado en el mensaje del Evangelio, y el Espíritu de Dios vivifica la «Palabra» y se crea en la personalidad del hombre una nueva vida, que es «engendrada de Dios». El modo del nuevo nacimiento se explica en lo restante del capítulo 3 de Juan.
V. Las consecuencias del Nuevo nacimiento
A. Una nueva relación con Dios. (Véase otra vez Jn. 1:12.) Se ha conferido al creyente una nueva dignidad: la de ser hijo de Dios y pertenecer a la familia del Altísimo. Solamente los «engendrados» tienen derecho a mirar a Dios y llamarle «padre nuestro». Juan emplea el hermoso término de tekna (los «nacidos»), pues subraya el hecho de nuestra relación con el Padre por el nacimiento. Pablo se deleita en otra palabra: huioi (hijos conscientes y adultos), y generalmente la relaciona con nuestra adopción, que tiene que ver con nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.

B. Una nueva vida. La naturaleza, recibida de Dios, existe en nuestra personalidad al lado de la vieja naturaleza (la «carne» o «el Viejo hombre») heredada de Adán por el nacimiento natural, pero la nueva naturaleza debe prevalecer, y el apóstol Juan saca unas consecuencias profundas del hecho de ser engendrados de Dios: 1) El engendrado de Dios no peca y vence al mundo (1 Jn. 3:9; 5:4 y 18); y 2) implica la manifestación práctica de la justicia y del amor fraternal (1 Jn. 2:29; 4:7). Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección (Ro. cap. 6). Juan la deduce del hecho fundamental de nuestra participación en la naturaleza de Dios. (Compárese también con el punto de vista de Pedro, 2 P. 1:3 y 4.)
Preguntas
1. ¿Por qué necesita el hombre un nuevo nacimiento y qué significa tal ideal?

2. ¿Cuáles son los medios que Dios emplea para regenerar a una persona y qué tiene que hacer ésta para recibirlo? Apoye su contestación con textos bíblicos apropiados.


3. ¿Cuáles son las consecuencias del nuevo nacimiento en relación con Dios y en la nueva vida recibida en Él?

martes, 2 de septiembre de 2014

La salvación

I. Definición
La palabra «salvación», con el verbo correspondiente, expresa la idea de la liberación de un peligro personal. Tenemos un claro ejemplo, en la esfera natural, cuando Pedro empezó a hundirse al procurar andar sobre las aguas, y exclamó: «Señor, ¡sálvame!». La mano del Señor se extendió y le puso a salvo, de modo que el incidente destaca tanto la idea fundamental de la salvación como a la persona del SALVADOR (Mt. 14:30). La pérdida de la salud es un peligro de carácter especial, de modo que el verbo se emplea con frecuencia en relación con los milagros de sanidad del Señor Jesús. Así dijo el Señor a la mujer sanada de su «plaga»: «Hija, tu fe te ha hecho salva» (Mr. 5:34).

La palabra se emplea mucho en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos e Isaías, para señalar la obra de Jehová al librar a Su pueblo de las gentes, y anticipa su salvación final en la Segunda Venida de Cristo. En el Nuevo Testamento la palabra «salvación» es el término más amplio que aparece para representar toda la obra de Dios a favor de los suyos hasta tenerlos a todos en Su presencia, libres para siempre aun de la presencia del pecado y fuera del alcance de la malignidad del diablo y de los hombres perversos.
II. La base de la salvación
Es la obra de Cristo en la Cruz: véase especialmente el capítulo 7 sobre la propiciación y la expiación. En primer término, para que fuese posible que una salvación se manifestara, las exigencias de la justicia de Dios tuvieron que quedar satisfechas; en segundo lugar, fue necesario arrancar de la mano del Enemigo sus dos grandes armas: el pecado y la muerte. El Señor anunció el propósito de Su ministerio en términos de salvación: «El Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc. 19:10 con Mt. 27:42).
III. La persona del Salvador
Los grandes actos de Dios a favor de Israel en el Antiguo Testamento se llevaban a cabo por medio de instrumentos humanos, que se llamaban «salvadores», como por ejemplo, José, Moisés, Gedeón, Jefté, David, etcétera, que eran figura de Aquel que había de venir (Neh. 9:27). Conocidísimo es que el nombre de «Jesús» quiere decir «Jehová el Salvador», y que se le dio por indicación angélica, porque: «El salvará a su pueblo de sus pecados.» El título más sublime y completo, que une Su divinidad con Su obra salvadora, se halla en Tito 2:13: «Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» Lucas se deleita en presentarnos a Jesús como el que se acerca a los necesitados en Su carácter de Salvador universal.
IV. El medio de recibir la salvación
La salvación tiene su origen en la gracia de Dios y se recibe por la fe del pecador arrepentido: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8). Un buen ejemplo es el carcelero de Filipos (Hch. 16:30 y 31), pero se ilustra en los muchos casos de los necesitados que acudieron al Señor durante Su ministerio terrenal. Volveremos a este tema en un estudio sucesivo sobre «la la gracia, la fe y las obras» (capítulo 13).
V. El alcance de la salvación
Ya hemos notado que es el aspecto más amplio de la obra de Dios a favor de los hombres. Potencialmente, la gracia de Dios trae salvación a todos los hombres (Tit. 2:11), pero la incredulidad levanta una barrera entre Dios y el hombre e impide que la corriente salvadora de la gracia llegue efectivamente al hombre rebelde y falto de fe. En relación con el creyente, notemos las tres etapas de la salvación.

A. Pasada. La salvación del alma, en cuanto a su liberación de la condenación es completa y eternamente segura desde el momento en que confiamos en el Salvador: «El que cree en mí tiene vida eterna», dice el Señor (Jn. 6:47). Considerénse las citas siguientes: Efesios 2:8; 2.a Timoteo 1:9; Tito 3:4 y 5. En versículos como 1.a Pedro 1:9 y 10; Hebreos 5:9 y Judas 3, la palabra abarca toda la obra de Dios a favor del creyente.

B. Presente y continua. Es voluntad de Dios que Su obra salvadora se manifieste plenamente en las vidas de los creyentes. Este tema roza con el de la santificación que se tratará en el capítulo 17, pero podemos notar aquí los textos que lo relacionan con la salvación. «Ocupaos en [llevad a cabo] vuestra propia salvación con temor y temblor» (Fil. 2:12); es decir, todos los efectos de la salvación, que ya es nuestra, han de cumplirse y manifestarse en un sentido análogo. «Anhelad, como niñitos recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 P. 2:2); o sea, para una vida espiritual plenamente desarrollada. (Véase también 2 Ti. 3:15; 1 Co. 15:2; 1 Ti. 4:16; He. 7:25; Stg. 1:21.) Es una salvación presente y progresiva, por la cual el poder divino que fluye de la cruz y de la resurrección, aplicado al creyente por el Espíritu Santo, hace efectiva su liberación del dominio del pecado y le prepara para el destino eterno propuesto por Dios.

C. Futura. Aún gemimos en este cuerpo, sintiendo tanto los impulsos de la carne por dentro como la presión del mundo por fuera, pero somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:5). En este sentido, «ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos» (Ro. 13:11). La salvación completa se relaciona con la Venida del Señor (1 Ts. 1:9 y 10; 5:8 y 9) y abarca toda la obra de Dios en cuanto a la totalidad del hombre, ya que recibirá, en la primera resurrección, un cuerpo glorificado por medio del cual se cumplirá todo el propósito de Dios en orden al hombre (1 Co. 15:42–55). Todas las posibilidades de la personalidad del hombre han de desarrollarse en el estado eterno sin estorbo y dentro de la voluntad de Dios, y se manifestará todo el sentido del decreto original: «Hagamos al hombre a nuestra imagen …»
VI. La seguridad eterna del creyente
La vida triunfal del Señor y Su obra a la diestra de Dios son la garantía de nuestra salvación eterna: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida»; «Éste [Cristo] … tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede salvar también perpetuamente a los que por él se acercan a Dios» (Ro. 5:9 y 10; He. 7:24 y 25). (Veáse también Jn. 5:24; 10:28–30; Ro. 8:29–39; 1 Jn. 5:13; Ro. 8:1, etc.)
Preguntas
1. Dense tres ilustraciones de la obra salvadora de Cristo durante Su ministerio terrenal.

2. Explique lo que se quiera decir por la salvación pasada, presente y futura, ilustrando su contestación con textos apropiados.


3. Si alguien le dijera que la salvación no es eterna sino que depende de nuestra fidelidad al Señor en cada momento, ¿como demostraría lo contrario?

lunes, 1 de septiembre de 2014

La reconciliación

I. Definición
La palabra «reconciliación» presupone un estado anterior de enemistad, o de malas relaciones, que termina con un acto que hace posible la amistad y las buenas relaciones. La palabra se emplea, en el orden natural, en 1 Corintios 7:11, donde dice Pablo que la mujer apartada de su marido ha de quedar sin casarse o debe «reconciliarse» con él. Es importante notar que, en el uso bíblico de estos términos, la enemistad es siempre la del hombre contra Dios y no la de Dios contra el hombre. Como hemos visto en estudios anteriores, la «ira de Dios» es la relación de Su justicia contra el pecado del hombre, y es compatible con Su amor para con el mundo rebelde, ya que dio a Su Hijo para hacer posible la salvación del hombre. La hostilidad del mundo ante Dios se puso de manifiesto en el rechazamiento y la crucifixión del Dios-Hombre.

Anticipando por un momento lo que se ha de detallar más abajo, diremos que la obra de la Cruz satisface las exigencias de la justicia de Dios, siendo la propiciación la que hace posible que se levante la ira de Dios que estaba sobre el hombre. En vista de este gran hecho, no existe impedimento de parte de Dios para el retorno del hombre a Su obediencia, y los mensajeros de la Cruz ruegan a los hombres: «Reconciliaos con Dios.» Toca al hombre deponer su actitud de rebeldía y acercarse humildemente al Trono, por medio del arrepentimiento y de la fe, cuando halla que la paz ya está hecha en Cristo Jesús y que el trono de justicia se ha trocado en trono de gracia.
II. La base
Se explica la base de la reconciliación en Romanos 5:10 y 11: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida …, también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» Aquí se ve claramente que es la muerte del Hijo la que hace posible la paz entre Dios y el hombre, y el tema se enlaza estrechamente con el de la propiciación. Dios no podía «hacer las paces» con el hombre a cualquier precio, sino sólo sobre la base de satisfacción de Su justicia. El pasaje que más claramente destaca esta doctrina es 2 Corintios 5:18–21, donde vemos que «Dios … nos reconcilió consigo mismo por Cristo» (5:18) y que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mismo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados». En estas últimas palabras no se trata de la unión del Padre y del Hijo en la obra, sino más bien indican que Dios efectuó la reconciliación por medio de Su Hijo. La piedra angular de la doctrina se halla en el versículo 21: «Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» (Véase también Col. 1:20–22.)
III. La proclamación de la reconciliación
Este aspecto de la gran obra única de la Cruz tiene que ver con las relaciones entre Dios, como soberano, y los hombres como súbditos rebeldes, quienes, por un acto de su propia voluntad, quedan bajo el poder de Satanás, el «príncipe de este mundo». Con mucha propiedad, pues, los mensajeros de la Cruz se llaman embajadores cuando se trata de anunciar la reconciliación, porque representan al Soberano, que llama a Sus súbditos rebeldes a que vuelvan a Su obediencia. Así, dice Pablo en el pasaje ya citado: «Dios … nos dio el ministerio de la reconciliación …, nos encargó a nosotros la palabra [mensaje] de reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.» En cuanto a esta última cita, debemos notar que la palabra «os» en la Versión Reina Valera no está en el original. Pablo no rogaba a los creyentes de Corinto que se reconciliasen, porque ya lo estaban, sino que les explicaba el carácter de su ministerio ante el mundo en general. El predicador se acerca a los hombres en el nombre de Cristo y con la comisión del Dios Alto, amonestándoles que dejen su rebeldía, pues el Rey mismo ha provisto el medio para hacer posible su perdón y su recepción en el Reino.
IV. La recepción de la reconciliación
Ya se ha destacado que es el hombre quien tiene que reconciliarse con Dios, pues de parte de Dios todo está hecho. Es en Cristo que se recibe (Ro. 5:11) y el único medio es la fe en el Hijo de parte del hombre arrepentido (Jn. 3:36).
V. El alcance de la reconciliación
A. La oferta se hace extensiva tanto a los judíos como a gentiles, y la obra de la Cruz derriba la barrera que antes existía entre ambas razas (Ef. 2:13–19). Este pasaje es importante, y podemos notar la hermosísima expresión: «Él [Cristo] es nuestra paz.»

B. Llegará el día cuando no existirá ningún elemento rebelde en la creación de Dios, fuera de los espíritus malignos y los hombres que rechazaron la luz, y aun éstos se someterán a la fuerza, ya que no quisieron hacerlo voluntariamente. Aparte estas salvedades, el alcance de la reconciliación es universal, según lo hallamos expresado en el pasaje de fundamental importancia de Colosenses 1:20–22: «Y por medio de Él [Cristo] reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos …» No se mencionan las cosas que están debajo de la tierra, o sea, los elementos asociados con la rebelión del diablo. ¡Bendito día aquel cuando nada ni nadie se opondrá a la voluntad de Dios!
Preguntas
1. ¿Qué relación existe entre la propiciación y la reconciliación? ¿Por qué es tan necesaria ésta?

2. En los pasajes citados en este capítulo, de las epístolas Romanos, 2.a Corintios, Efesios, y Colosenses, se emplean varias frases para indicar el medio de la reconciliación. Detállense las frases y dense las referencias.


3. ¿Cuáles efectos prácticos de la reconciliación deben verse en la vida y servicio del creyente? Apoye su contestación con textos bíblicos.

domingo, 31 de agosto de 2014

La redención

I. Definición
Si analizamos el sentido de las principales voces griegas que se traducen por «redimir», «rescatar» o «redención», llegamos a esta definición del concepto: «Libertar a un esclavo o cautivo mediante el pago del precio del rescate.» Hemos de tener en cuenta que, cuando los evangelistas y apóstoles escribían el Nuevo Testamento bajo la guía del Espíritu Santo, la institución de la esclavitud estaba muy extendida por todo el imperio romano, y millones de seres humanos, apresados durante las campañas militares de Roma o nacidos de padres esclavos, gemían bajo este triste yugo. Algunos esclavos ocupaban puestos importantes en las casas de sus amos y otros podían ser más cultos que los mismos amos, pero ninguno podía disponer libremente de su persona. El profundo anhelo de todos ellos era ser redimidos, y algunas veces, fuese por sus propios esfuerzos en acumular el dinero necesario o fuese por la bondad de un bienhechor, les era posible llevar al templo el precio del rescate, y entonces, mediante un acta de liberación levantada por el sacerdote pagano, quedaban rescatados. Los autores sagrados dan un sentido espiritual a esta liberación, que ya se había indicado simbólicamente en el Antiguo Testamento, donde se habla de la «redención» del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6; 15:16, etc.). El concepto se desarrolla mucho más en los Salmos y en el profeta Isaías, pero, desde luego, las idicaciones del Antiguo Testamento no pueden hacer otra cosa sino anticipar parcialmente, en símbolo y figura, la gran obra redentora de la Cruz.
II. La esclavitud espiritual
La esclavitud espiritual tiene su origen en la caída y el pecado del hombre—pues la verdadera libertad se halla sólo en la esfera de la voluntad de Dios—y afecta a todas la esferas de la vida. Nótense las siguientes formas de sujeción que se mencionan en los evangelios y las epístolas:

A. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo que todo aquel que hace pecado es esclavo del pecado» (Jn. 8:34). Se trataba de judíos orgullosos que se estimaban como libres por ser descendientes, según la carne, de Abraham; pero, de hecho, iban ciegamente donde les llevaba el impulso de su pecado no confesado: eran esclavos.

B. Pablo dice a Tito que Cristo «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad» (Tit. 2:14), donde la palabra «iniquidad» quiere decir «ausencia de ley», o sea, el espíritu de rebeldía. El hombre quiere seguir sus propios impulsos egoístas, sin someterse a Dios, pero su mismo afán de «libertad» llega a esclavizarle más.

C. Con el fin de hacer ver al hombre su pecado, Dios impuso la Ley, pero el esfuerzo carnal de cumplirla es en sí una dura servidumbre, y la Ley quebrantada no puede hacer más que maldecir y matar a su infractor (Gá. 3:13, 23).

D. Por aceptar la sugerencia del diablo y desobedecer a Dios, el hombre se puso bajo el poder de este gran enemigo, y sólo Cristo puede librarle (Hch. 26:18).

E. Los hombres, a pesar de su orgullo y su deseo de independizarse de Dios, saben que la muerte pondrá fin a sus afanes y devaneos, y, por el temor de la muerte, están toda la vida sujetos a servidumbre (He. 2:14 y 15).

F. Pedro nos habla de ser rescatados de nuestra «vana manera de vivir», vacía y frustrada, en la que ningún propósito humano se logra plenamente (1 P. 1:18 y 19).

G. El temor de los hombres esclaviza al ser humano, pero el que teme a Dios pierde todo otro temor (Mt. 10:28; Hch. 4:13, 20; 5:29, etc.).

H. Todas las condiciones y las circunstancias « del presente siglo malo» esclavizan, pero Cristo se dio a sí mismo para librarnos de ellas (Gá. 1:4).
III. El Libertador
En el Antiguo Testamento era el «pariente cercano» quien tenía el derecho y la obligación moral de redimir, como Booz en el libro de Rut. Por la Encarnación, Cristo se hizo el Hijo del Hombre y el postrer Adán, tan íntimamente ligado a la raza de los hombres que adquirió el derecho de representarnos y redimirnos. Su naturaleza divina da valor infinito a todo cuanto hace a nuestro favor. Nótese que las citas siguientes subrayan la entrega personal de Cristo como medio de procurar la redención: 1.a Corintios 1:30; Gálatas 1:4; 3:13; 4:5; Efesios 1:7; 1.a Timoteo 2:5 y 6; Tito 2:14; Apocalipsis 5:9.
IV. El precio del rescate
«Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir … no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo …», declara el apóstol Pedro (1 P. 1:18 y 19). «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos», dijo el Señor de sí mismo (Mr. 10:45). Por la definición que hemos dado de la sangre en el capítulo 7, se verá que el precio del rescate es igual en las dos citas, pues la sangre es la vida de Cristo de precio sin límites, que entregó sin reserva en el sacrificio de la Cruz. Su muerte fue la muerte de todo, y a los ojos de Dios terminó con todos los efectos de la caída (He. 2:14 y 15; Ef. 1:7; He. 9:14, 26–28; 10:12–24).
V. La vida de liberación
La resurrección del Señor, vencedor del diablo, del pecado y de todos sus efectos, inaugura una nueva creación donde hay perfecta libertad en cuanto a todas las formas de esclavitud que se mencionan arriba; pero es necesario apropiarse por la fe de todo el significado de nuestra identificación con Cristo en Su muerte y Su resurrección. Ahora bien, muchos creyentes son como Lázaro cuando salió de la tumba: «atadas las manos y los pies con vendas». Tienen vida, pero se desenvuelven con dificultad porque no se han dado cuenta de que son libres. El Señor dijo de Lázaro: «Desatadle y dejadle ir», y eso es lo que hace falta para todos los creyentes. El secreto es la santificación, que consiste en la apropiación total de la obra de la Cruz.
Preguntas
1. Define el término redención, explicando el fondo histórico, tanto hebreo como grecorromano, de donde salió.

2. Nombre unas cuantas clases de esclavitud espiritual de las que nos liberta Cristo, dando las referencias bíblicas.


3. Escríbanse cuatro versículos que hablan de la sangre de Cristo en relación, añadiendo un breve comentario.