sábado, 11 de octubre de 2014

Perseverancia

        DIOS MANTIENE SEGURO A SU PUEBLO
Y a los que predestinó, a éstos también llamó;
y a los que llamó, a éstos también justificó;
y a los que justificó, a éstos también glorificó.
     Romanos 8:30
Digamos en primer lugar que al declarar la seguridad eterna del pueblo de Dios, es más claro hablar de su conservación que, como se suele hacer, de su perseverancia. Perseverar significa persistir en medio del desaliento y de las presiones contrarias. La afirmación de que los creyentes perseveran en la fe y la obediencia a pesar de todo es cierta, pero su razón es que Jesucristo persiste en conservarlos por medio del Espíritu.

Las Escrituras insisten en esto. Juan nos dice que Jesucristo, el Buen Pastor, les ha prometido a su Padre (Juan 6:37–40) y directamente a sus ovejas (Juan 10:28–29) que cuidará de ellas para que nunca perezcan. En su oración sacerdotal antes de su pasión, le pidió al Padre que aquellos que Él le había dado (Juan 17:2, 6, 9, 24) fueran conservados para la gloria, y es inconcebible que su oración, que aún continúa (Romanos 8:34; Hebreos 7:25), quede sin respuesta.

Pablo ve el plan soberano de Dios para la salvación de sus elegidos como un todo unitario, del cual forma parte la glorificación de los justificados (Romanos 8:29–30). A partir de esta base, construye el brillante discurso de Romanos 8:31–39, en el cual celebra la seguridad presente y futura de los santos en el amor omnipotente de Dios. En otros textos, se regocija en la certeza de que Dios va a terminar la “buena obra” que ha comenzado en la vida de aquéllos a quienes él se dirige (Filipenses 1:6; cf. 1 Corintios 1:8–9; 1 Tesalonicenses 5:23–24; 2 Tesalonicenses 3:3; 2 Timoteo 1:12; 4:18).

La teología reformada se hace eco de esto que él destaca. La Confesión de Westminster declara:

Aquéllos a quien Dios había aceptado en su Amado, eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que con toda certeza, perseverarán en él hasta el fin, y serán eternamente salvos. (XVII.1)

Esta doctrina afirma que quienes han sido regenerados, son salvos por medio de la perseverancia en la fe y en el estilo de vida cristiano hasta el final (Hebreos 3:6; 6:11; 10:35–39), y que es Dios quien los mantiene en esa perseverancia. Eso no significa que todos aquellos que hayan profesado conversión van a ser salvos. Se hacen profesiones falsas; el entusiasmo de un momento desaparece (Mateo 13:20–22); muchos de los que le dicen a Jesús “Señor, Señor” no van a ser reconocidos (Mateo 7:21–23). Sólo aqullos que manifiesten ser regenerados al buscar la santidad de corazón y el verdadero amor al prójimo mientras pasan por este mundo, tienen derecho a creerse seguros en Cristo. El sendero que conduce a la gloria es la perseverancia en la fe y la penitencia, y no en un simple formalismo cristiano. Suponer que la creencia en la perseverancia conduce al descuido en la vida y a una presunción llena de arrogancia, es tener un concepto totalmente errado.

Algunas veces, los que han sido regenerados recaen y cometen graves pecados. Sin embargo, en esto actúan en contra de su personalidad; le hacen violencia a su propia naturaleza nueva, y se crean a sí mismos una profunda angustia, de tal manera que terminan por buscar y hallar la restauración a la justicia. Cuando miran al pasado, su caída lesparece un momento de locura. Cuando los creyentes regenerados actúan de acuerdo con su personalidad, manifiestan un afán agradecido y humilde por agradar al Dios que los salvó, y saber que Él ha prometido mantenerlos seguros para siempre sólo sirve para aumentar este afán.