miércoles, 15 de octubre de 2014

Pecado Imperdonable

SÓLO LA IMPENITENCIA
CARECERÁ DE PERDÓN

De cierto os digo que todos
los pecados serán perdonados a
los hijos de los hombres, y las blasfemias
cuales quiera que sean; pero cualquiera
que blasfema contra el Espíritu Santo,
no tiene jamás perdón, sino que
es reo de juicio eterno.

Marcos 3:28–29
Cuando Jesús les advirtió a los fariseos que la blasfemia contra el Espíritu Santo era imperdonable, tanto en este mundo como en el otro (Mateo 12:32; Marcos 3:29–30), fue porque ellos estaban afirmando que Él exorcizaba a los demonios porque era aliado de Satanás (Beelzebub). Su advertencia revela su actitud con respecto al estado espiritual de ellos.

Podía orar por el perdón de aquéllos cuya blasfemia contra Él era fruto de la ignorancia, y de hecho, más tarde lo haría: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Sin embargo, no era así como veía a los fariseos.

A las personas les es posible tener una comprensión tal que, internamente, sepan que Jesús es el divino Salvador que Él afirma ser, y con todo, no estar dispuestas a admitirlo en público, debido a todos los cambios en su conducta que una admisión así haría necesarios. Es posible tratar de hacerse sentir bien a sí mismo con respecto a su propia falta de honradez moral, inventando razones, por absurdas que sean, para no tratar a Jesús como alguien digno de nuestra fidelidad. Es obvio que Jesús percibió que eso era precisamente lo que estaban haciendo los fariseos al llamarlo sirviente de Satanás. No eran ignorantes; estaban reprimiendo la convicción y sofocando un conocimiento real, aunque indeseado; estaban cerrando los ojos firmemente ante la luz, y encalleciendo su conciencia al llamarla tinieblas. La locura que Jesús puso al descubierto en lo que ellos estaban diciendo (Mateo 12:25–28) era índice de la presión que hacía en ellos la convicción que sentían; el razonamiento irracional suele ser una señal de que se está resistiendo ante la convicción.

Al atribuir al poder satánico los exorcismos producidos por medio del Espíritu Santo (Mateo 12:28), los fariseos estaban blasfemando (hablando con impiedad) contra el Espíritu. Un pecado así se volvía imperdonable cuando la conciencia se había encallecido de tal forma a base de llamar bien al mal, que quedaba destruido todo sentido de la gloria moral que contenían las poderosas obras de Jesús (que en un sentido muy real, constituían sus credenciales: Mateo 11:2–6; Juan 10:38; 14:11). Este endurecimiento del corazón contra Jesús evitaría que hubiera remordimiento alguno en ningún momento por haber blasfemado así. Cuando no existe remordimiento, el arrepentimiento se vuelve imposible, y cuando no existe arrepentimiento, el perdón es imposible.


Por tanto, endurecer la propia conciencia a base de razonamientos deshonestos con el fin de justificar el que neguemos el poder de Dios en Cristo y rechacemos sus derechos sobre nosotros es la fórmula del pecado imperdonable. Otra versión de él, esta vez en cristianos profesos que se apartan de Cristo, se halla descrita en Hebreos 6:4–8. Los cristianos que temen haber cometido el pecado imperdonable demuestran, por su misma ansiedad, que no lo han cometido. Las personas que lo han cometido no tienen remordimiento ni preocupación; de hecho, no suelen estar conscientes de lo que han hecho, y del destino al que se han sentenciado ellos mismos. Jesús vio que los fariseos se estaban poniendo en peligro de cometer este pecado, y habló como lo hizo con la esperanza de impedir que cayeran plenamente en él.