jueves, 25 de diciembre de 2014

Emanuel, Dios con nosotros

El significado de la Navidad puede ser resumido en una sola palabra: «Emanuel». Mateo mismo nos la ha traducido: «Dios con nosotros». El Dios que siempre ha existido, que es la mayor realidad de la vida, origen de las demás realidades, Creador del universo, y sin el cual nuestra vida carece de significado, dirección y propósito, irrumpe en nuestra historia de una manera nueva y asombrosa.

En la Navidad recordamos cómo unos Magos dieron regalos a Jesús. Pero el gran regalo de la Navidad lo constituye Jesús mismo. El es el «don inefable» que Dios nos ha enviado (2 Corintios 9:15). Y a través de Cristo, Dios también nos colma con otros muchos regalos: la dádiva de la vida eterna (Romanos 6:23), el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38), la gracia de la salvación (Efesios 2:8). Celebrar la Navidad y no aceptar estos regalos de parte de Dios es absolutamente incomprensible.

¿Has recibido tú el gran regalo de Dios, el Señor Jesucristo? ¿Le has reconocido como tu Señor y Salvador? ¿Has encontrado en Él a Aquel que vino a este mundo para rescatarte de la miseria de una vida sin sentido, dirección, ni felicidad y constituirte heredero de la vida eterna? A los que le reciben, a los que creen en Él como a quien realmente es -Dios, Rey y Salvador- les da potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). ¿Tú has creído en Él?

O para volver a la experiencia de Pedro, ¿alguna vez has subido al monte y has visto a Jesús transfigurado? No estoy hablando de arrebatamientos místicos, sino de la iluminación de la mente, la comprensión asegurada de que Jesús verdaderamente es el Hijo de Dios, la confirmación de parte de Dios, en la intimidad del alma, de quién es el Niño que nació en Belén.

Cada año nuestros vecinos celebran la Navidad. Si les preguntamos ¿qué significa la Navidad? muchos sabrán darnos una respuesta correcta: es el cumpleaños de Jesús, el Hijo de Dios. Pero no es más que una respuesta teórica aprendida de memoria. Para poder contestar con convicción y coherencia, debemos haber subido al monte con Cristo. No es cuestión de repetir una frase ortodoxa, sino de haber vivido con nuestra vida, haber visto con nuestros ojos, escuchado con nuestros oídos, comprendido con nuestro entendimiento, aceptado con nuestra fe, que el Niño de Belén es Dios nuestro. Dios contigo. Dios conmigo. Dios con nosotros.


El Señor nos trata a todos de maneras distintas, pero en la experiencia de todo aquel que cree en Jesucristo viene de alguna forma esta revelación de parte de Dios. No es carne ni sangre quien pueda revelarnos estas cosas. Nosotros también necesitamos «ver» a Jesús transfigurado. A la gran mayoría, dudo que Dios nos vaya a enviar un ángel o transportarnos al cielo. Más bien será una revelación en la intimidad del corazón, un encuentro con el Señor Jesucristo en las páginas de las Escrituras y en la comunión del Espíritu. Pero tarde o temprano llega el momento en el que por fe tenemos que responder: Sí, ahora lo veo; la historia ya no es la misma para mí; no es un sinfín de acontecimientos caóticos sin hilo ni propósito; la historia ya tiene su clave, su momento de explicación, porque creo que en medio de la historia irrumpió Dios y se hizo hombre. «A Dios nadie le ha visto jamás, pero el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). La verdadera felicidad para nosotros en la Navidad estriba en el conocimiento de Dios a través de Jesucristo.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Jesús, el Salvador

«Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21)
«Y José le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25)
Para los judíos el nombramiento de un niño era un asunto de gran importancia. Hoy en día los padres nombramos a nuestros hijos por distintos motivos; porque su nacimiento cayó en el día de algún santo; porque queremos honrar a algún familiar dando su nombre a nuestro hijo; porque cierto nombre está de moda; o contrariamente, porque no queremos seguir ninguna moda sino ser originales. Pero raras veces nos preocupamos por el significado del nombre.
Los judíos concedían cierta importancia a cuestiones de tradición familiar y a veces nombraban a sus hijos por ciertos antepasados o parientes. (Esto se ve, por ejemplo, en la reacción de la multitud ante el nombramiento de Juan el Bautista. Lucas 1:60–61) Pero para ellos la consideración principal era el significado del nombre. Procuraban encontrar un nombre que expresara sus esperanzas en cuanto a la personalidad o los logros del niño, o que reflejara alguna circunstancia de su nacimiento.
Había sido así desde los albores de la historia. El primer hombre fue llamado Adán, porque fue formado de la tierra (Adama). La primera persona nombrada por Adán fue llamada «Viviente» (Eva), por cuanto «ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20). Cuando ella dio a luz a su primer hijo, exclamó con sorpresa ¡He adquirido varón! por lo cual el hijo fue llamado «El Adquirido» (Caín) (Génesis 4:1). Después del asesinato de Abel, cuando Dios concedió a Adán y Eva otro hijo en sustitución suya, le pusieron por nombre «El Sustituto» (Set) (Génesis 4:25). Y así podríamos seguir a lo largo de la historia bíblica: las personas son nombradas porque el significado del nombre les corresponde.
Si, pues, el ángel dice a José que debe llamar al hijo de María «Jesús», no es porque hubiera otro Jesús en la familia, ni porque el nombre sonara bonito, sino porque el significado del nombre le corresponde. Al narrarlo, Mateo nos invita a reflexionar sobre las implicaciones de este nombre para la persona y obra del niño que acaba de nacer.
JESÚS Y JOSUÉ
Nuestro Nuevo Testamento fue redactado en griego. El ángel, sin embargo, se habrá dirigido a José en arameo, una derivación del hebreo. «Jesús» es la versión griega del hebreo «Josué». El nombre que el ángel habrá pronunciado era el mismo que el del gran héroe del Antiguo Testamento.
Es importante recordar esto. Si no, perderemos de vista una asociación de ideas que habrá sido inmediata y evidente para José. El hijo que él debe adoptar será un nuevo Josué para su pueblo.
¿Por qué es apropiado que el Niño sea llamado «Josué»? ¿Qué representaba Josué para la historia de Israel?
Antes que nada, Josué fue aquel que hizo que Israel entrase en la Tierra Prometida. Si el hijo de José y María recibe el mismo nombre, es porque Él ha nacido como caudillo de un pueblo, como Aquel que dirige la conquista del mundo nuevo y hace que su pueblo entre en el reino eterno de Dios. Jesús es quien redime a su pueblo para permitir su salida de la esclavitud de Egipto. Jesús es quien conduce a su pueblo por el desierto de la vida, dándoles el socorro que necesitan en las diversas pruebas del camino, hasta que llegan al Jordán de la muerte. Jesús es entonces quien les asiste en el paso del río y les hace entrar en su patria verdadera, en la tierra que Dios les ha preparado.
El privilegio de haber encabezado a Israel en el paso del Jordán tendría que haber pertenecido a Moisés. Fue él quien había sido el líder del pueblo durante aquellos largos años de peregrinaje. Por esto, Moisés también es prototipo del Señor Jesucristo, tal y como nos lo indican Mateo (en los capítulos 2 a 4, como veremos más adelante) y el autor de la Epístola a los Hebreos (2:10; 3:1–16). Sin embargo, no convenía que el Niño se llamara Moisés, porque Moisés fue descalificado del liderazgo debido a su desobediencia. Si se llamó «Jesús» es porque Él es nuestro Josué: Él no nos conduce por el desierto para luego dejarnos abandonados en las orillas del Jordán. Él verdaderamente nos introduce a la «Tierra Prometida».
SALVADOR
Además el mismo nombre de Josué tiene un significado: «El Señor es salvación».
Aun en el caso del Josué del Antiguo Testamento, el significado del nombre era sumamente apropiado. Nos recuerda en seguida la presencia del Señor detrás de la acción salvadora de Josué:
«No temas, ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9).
Pero es en el caso de Jesucristo que este nombre encuentra su pleno cumplimiento. No es sólo que Dios «ayudara» a Jesús, sino que en Jesús Dios mismo tomaba forma humana a fin de efectuar nuestra salvación. En Jesucristo tenemos un caso único de la presencia salvadora de Dios con los hombres.
«Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo» (2 Corintios 5:19).
«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
Esta relación única entre Jesús y el Padre, esta presencia única de Dios con los hombres, queda reflejada en el otro nombre dado por el ángel: Emanuel, Dios con nosotros.
Con el nombre «Jesús», sin embargo, se nos enseña que la razón por la que Dios está «con nosotros» no es para juzgarnos, ni condenarnos, sino para salvarnos:
«No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Juan 3:17).
SALVADOR DE PECADORES
«Jesús» nos habla de la presencia de Dios. Asimismo habla de la salvación. Y el ángel añade otro detalle más: es del pecado que Dios nos salvará en Jesucristo. El niño no nacerá como líder político; su salvación no será en primer lugar de orden social, sino moral. No viene para salvar a los judíos de la esclavitud romana, ni a los cristianos de la persecución, de la tribulación o del dolor, viene para salvar a su pueblo de sus propios pecados.
Esta finalidad de la misión del niño en seguida nos despierta ciertas preguntas:-
1.-¿Por qué nos salva precisamente de los pecados?
¿Acaso es esto lo que más necesitamos? Si tuvieras que definir cuál es la mayor necesidad del ser humano ¿qué dirías? Desde luego muchos actúan (aunque quizás no lo dirían) como si su mayor necesidad fuese el dinero. Otros como si todo se les solucionara con tal de tener un empleo seguro. Para otros, lo más importante de la vida es tener buena salud. Para otros es tener buenos amigos. La gran preocupación de muchos es la muerte. La de otros es la justicia social.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos declara que todas estas cosas tan importantes -la inseguridad económica o laboral, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la misma muerte- no son nuestro mayor problema. Más bien son sus consecuencias.
El gran problema del ser humano es su pecado, y todas las demás dificultades de la vida derivan de él. Por lo tanto, lo que debería preocuparnos y angustiarnos más que nada es el hecho de ser pecadores.
El peor de todos los males que pueden alcanzarnos no está fuera de nosotros, sino dentro. No es algo que otros puedan hacernos, sino algo que nosotros nos hacemos a nosotros mismos. Peor aún, no es algo por lo cual otros sean responsables, sino algo por lo que yo soy responsable y culpable.
Los demás problemas pueden ser solucionados por Dios con relativa facilidad. Él es poderoso para suplir todas nuestras necesidades materiales, para sanar todas nuestras enfermedades, para darnos vida eterna. En el día final Él lo hará para los que creen en Él. Pero la solución al pecado no es cuestión del poder divino. Es algo por lo cual nosotros mismos somos responsables. Su arreglo, pues, no es tan fácil. Requiere el nacimiento, no de un héroe político, de un rey justo, sino de un Salvador que muera en el lugar de su pueblo a fin de llevar sobre sí su culpa.
2.-¿Qué quiere decir «ser salvo» del pecado?
Pero nos estamos adelantando. Debemos volver atrás a fin de examinar más detenidamente las implicaciones de la «salvación de los pecados». Con esta frase el ángel quiere indicarnos al menos dos necesidades nuestras, suplidas por Jesucristo:
a.- La necesidad del perdón. Si has ofendido a alguien, sabes que tu relación con él sólo puede ser restaurada si le pides perdón y él te lo concede. Asimismo nuestros pecados, que son una ofensa contra Dios, necesitan del perdón divino si vamos a disfrutar de una relación adecuada con Él. Y, efectivamente, en Jesucristo nosotros tenemos el perdón de nuestros pecados:
«Y a vosotros, estando muertos en pecados, (Dios) os dio vida juntamente con Cristo, perdonándoos todos los pecados» (Col. 2:13).
b.- La necesidad de una capacitación moral. Sin embargo, el perdón solo no nos basta. El pecado está tan arraigado en nosotros que, nada más recibir el perdón de Dios, volvemos a cometer el mismo pecado otra vez. Somos débiles. Caemos tan fácilmente. La tentación nos vence. Por mucho que Dios nos perdone, no habremos sido verdaderamente «salvos» del pecado mientras seguimos sucumbiendo ante la tentación y practicando el pecado. Necesitamos dentro de nosotros un nuevo corazón que ame y obedezca la voz de Dios, un nuevo poder que venza la tentación y viva conforme a la justicia de Dios. Esta transformación moral interior es lo que los profetas decían que caracterizaría la época mesiánica. Por ejemplo, éstas son las palabras del Señor a través de Ezequiel:
«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; … os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:25–27).
Sin esta transformación interior, toda esperanza de «salvación de los pecados» es utópica. Si Dios no nos cambia por dentro, nunca seremos capaces de vivir vidas limpias, honradas y hermosas. ¿No sabes que es así? ¿No hay en ti el anhelo de una vida mejor, de la que te sabes incapaz? Efectivamente, la salvación no sólo consiste en perdón sino también en transformación. Y es precisamente en Jesucristo que esta transformación es posible.
El apóstol Pablo era un hombre que durante muchos años había luchado por ser bueno, según su propio esfuerzo. Finalmente tuvo que darse por vencido, y encontró la salvación en Jesucristo. Entonces descubrió que tenía el perdón divino y que Dios le veía como justo en Jesucristo. Pero además descubrió en su vida un nuevo poder, el del Espíritu Santo, que le capacitaba para amar y guardar la ley de Dios y para ser cada vez más parecido a Jesucristo. Así lo describe:
«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.… Dios envió a su Hijo… para condenar al pecado en su carne (al morir en la cruz) para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:2–4).
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
3.-¿Cómo, pues, nos salva Jesús?
Hemos visto que tanto el perdón de nuestros pecados como nuestra transformación moral son partes intrínsecas de nuestra salvación, y que ambos son obra de Jesucristo. Pero ¿cómo realiza Jesús esta obra en nosotros? ¿Cómo nos salva?
Vayamos otra vez por partes. Consideremos, en primer lugar, cómo nos «salva» en el sentido de conseguir para nosotros el perdón de nuestros pecados.
a.- La justificación en Cristo. Muchas personas tienen un concepto muy superficial de lo que implica el perdón de pecados. Si Dios es un Dios de amordicen- entonces Él nos perdonará sin más. No comprenden que esta clase de perdón sencillamente no encaja dentro de lo que sabemos acerca del carácter de Dios ni de nuestro propio significado humano. Por un lado, si Dios perdonara «porque sí» -o como piensan algunos, «porque es su oficio perdonar»-su perdón haría violencia a nuestra personalidad humana. En otras palabras, si Dios hiciera caso omiso de nuestros pecados, nuestros actos dejarían de ser responsables y significativos, y nosotros mismos dejaríamos de tener entidad de seres humanos. En tal caso, Dios nos trataría como a animales, sin capacidad moral, y sin tener que dar cuentas por nuestros actos. Pero Dios no está dispuesto a negar nuestra humanidad. Nos trata como humanos, con conocimientos del bien y del mal, como seres responsables que debemos cosecharlas consecuencias de nuestros actos, por cuanto son actos responsables. Si va a haber perdón, no nos será impuesto por Dios, sino será la consecuencia de otro acto responsable de nuestra parte: el de reconocer ante Dios nuestro pecado y culpabilidad, repudiar nuestra rebelión, pedir su misericordia y creer en el Evangelio. El arrepentimiento y la fe son prerrequisitos para el perdón (Hechos 2:38; 3:19).
Por otro lado, si Dios perdonara arbitrariamente, El haría violencia a su propio carácter. Dios no sólo es nuestro Padre amante y Creador generoso. También es nuestro Juez justo, Aquel que sostiene la justicia y controla los resortes morales del universo. El perdón «sin más» sería la negación de una serie de leyes morales que Dios mismo ha decretado, leyes tan firmes y necesarias en la esfera espiritual como lo son las leyes de la naturaleza en la esfera física. Si Dios variara esas leyes morales, si sistemáticamente Él neutralizara las consecuencias de nuestros actos, el mundo iría abocado hacia un caos moral. Hay una recompensa que Dios ha determinado para nuestros actos. No pecamos impunemente. Tarde o temprano nuestros pecados nos alcanzarán. Es ley de vida. Dios lo ha establecido.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).
Si, pues, va a haber perdón para nuestros pecados, las exigencias de la justicia divina deben ser satisfechas. No nos puede perdonar a espaldas de su propia justicia. Al declarar justo y perdonado al pecador, debe a la vez respetar su propio carácter justo y santo (Romanos 3:26) Todo esto puede parecernos innecesariamente complicado. Pero es la misma esencia del Evangelio cristiano. Si Dios pudiera perdonarnos solamente en virtud de su propia compasión, entonces no habría necesidad de que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera en la Cruz. Si Jesucristo sufre la espantosa muerte de crucifixión es porque su muerte es imprescindible a fin de establecer la base sobre la cual Dios puede perdonarnos sin hacer violencia a su propia justicia ni a nuestra integridad humana. Sin la cruz no puede haber perdón. Es por su muerte que Jesús salva a su pueblo de sus pecados, ganando en ella el perdón de Dios.
¿Y cómo es esto?
Jesús muere en la cruz como nuestro sustituto. Yo he pecado y merezco morir. Estoy bajo el veredicto del Juez, culpable, reo de muerte. No puedo aducir ningún factor atenuante de suficiente peso como para poder justificar la conmutación de la sentencia. No puedo hacer nada por salvarme a mí mismo. Pero Jesús nace a fin de cargar sobre sí mi culpa y morir en mi lugar.
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
De la misma manera que en el Antiguo Testamento el pecador debía sacrificar un animal para expiar sus pecados ante Dios, así Jesucristo aparece en el escenario de la historia como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Muriendo en nuestro lugar, Él es «la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 2:2). Por su muerte las exigencias de la justicia están satisfechas. Dios puede perdonar sin lesionar la justicia. Es la muerte sacrificial de Jesús la que proporciona salvación de la culpa del pecado a todos los que creen en Él.
b.- La santificación en Cristo. Así pues, el creyente es perdonado ante Dios en virtud de la muerte de Jesucristo. Pero ya hemos dicho que el perdón no es la totalidad de la salvación. Si Dios se limitara a perdonarnos, seguiríamos siendo vencidos por el pecado. Además de ser salvos de la culpa del pecado, necesitamos que Cristo nos salve del dominio del pecado. Y efectivamente, es así. Pablo puede escribir a los Romanos:
«El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).
¿Cómo es que la gracia de Cristo nos salva del dominio del pecado? Por medio del Espíritu Santo, que nos es dado como fuerza motriz de una nueva vida.
Jesucristo murió. Pero también resucitó. El creyente participa en su muerte, por cuanto por ella es justificado de sus pecados. Y el creyente participa también en su resurrección, por cuanto la resurrección de Cristo es las primicias de una nueva vida que se hace extensiva a todos los que creen en Él. Es en el contexto de describir la nueva vida de resurrección disfrutada por el creyente, que Pablo afirma que el pecado no se enseñoreará de nosotros (ver Romanos 6:4–14). El Espíritu Santo es el Espíritu de Santidad. Su presencia santifica al creyente, su poder le capacita para una nueva vida recta y justa. Cristo nos salva de la culpa del pecado por su muerte expiatoria, y nos salva del dominio del pecado por el don de una nueva vida abundante, vivida en el poder de su propio Espíritu. Esta, en resumidas cuentas, es la salvación que Él brinda a su pueblo.
Lo que acabo de afirmar nos conduce a una última pregunta:-
4.- ¿A quién salva?
Según el ángel, Jesús no ha venido a salvar a todos, lo quieran o no, sino «a su pueblo». Sin duda alguna los judíos inicialmente entenderían esta frase como una referencia a Israel. ¿No era Israel el «pueblo escogido», el «pueblo de Dios» y, por tanto, el «pueblo del Mesías»? Pero más adelante Jesucristo tendrá que explicar que no es así de sencillo. Muchos que se creen pueblo de Dios serán excluidos del reino de los cielos, mientras otros, que no son físicamente hijos de Abraham, serán incluidos (ver p.ej. Mateo 8:11–12). Es así porque aquéllos, a pesar de su linaje físico, no creen en Jesús, mientras éstos, a pesar de ser gentiles, sí creen. La fe es el factor determinante (Mateo 8:10).
Una de las enseñanzas más revolucionarias de Jesús, recogida luego por los apóstoles, es que Abraham es el padre de todos los que creen, sean judíos o gentiles, mientras los que no creen no son verdaderos hijos de Abraham, por mucho que se jacten de su linaje israelita (ver Romanos 4:16; Mateo 3:9; Juan 8:39–44).
El «pueblo» de Jesús, por lo tanto, no puede ser identificado con ninguna raza o linaje, si bien es cierto que Él vino primeramente a los judíos. Se compone más bien de todos aquellos que, creyendo en Él, reciben potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12).
Más sencillamente, su pueblo son todos aquellos que reconocen en Él al Mesías prometido, a Aquel que puede salvarles de sus pecados, y acuden a Él para salvación, reconociéndole como Rey y Señor de sus vidas.
O como Él mismo diría: su «rebaño» se compone de todas las ovejas que el Padre le da, ovejas que demuestran ser suyas por reconocer su voz y seguirle a Él (Juan 10:14, 16, 27–29). Es a éstas que Él ha venido a salvar. Es por ellas que, como Buen Pastor, Él pone su vida (Juan 10:11).
La Salvación ni es universal ni automática. Es para los que forman parte del pueblo de Cristo, que se someten a su autoridad regia y creen sólo en Él para salvación.
EN CONCLUSIÓN
Todo esto está implícito en las palabras del ángel. Por todo esto José debe llamar «Jesús» al niño.
-Él es el Salvador que viene en nombre de Dios.
-Es en el terreno moral («de los pecados») que Él ha venido a realizar su obra de salvación.
-Y son aquellos que le reconocen como Rey y se incorporan en su pueblo, los que son los beneficiarios de su salvación. «Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
No hay otro nombre que mejor le siente a partir de la Encarnación. Hasta aquel momento, en la eternidad, Él era el Hijo, el Verbo, la Luz. Si ahora ha tomado forma humana y habita entre nosotros, es con el fin expreso de ser «Jesús», el Salvador. La salvación es la razón de ser de su nacimiento.
La salvación, por lo tanto, es la razón de ser de la Navidad. En vano celebramos las fiestas navideñas si a la vez descuidamos la salvación de Cristo. Sería un inmenso contrasentido. La única manera válida de «celebrar la Navidad» es por reconocer:
-que soy pecador y mi mayor necesidad es la de ser salvo de mis pecados.
-que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (ver 1 Timoteo 1:15).

-que Él es mi Rey y Mesías, y gozosamente me someto a su autoridad formando parte de su pueblo por la fe en Él.

martes, 23 de diciembre de 2014

La obediencia de José

Nada más «levantarse» del sueño, José se pone a realizar con toda prontitud lo que el ángel le ha mandado.

«Recibe» a su mujer. Es decir, adelanta la fecha de la boda. La busca y la lleva a su casa, sin esperar el cumplimiento del año de los desposorios. A fin de proteger a María del chismorreo del pueblo y de asegurar que el Niño nazca en el seno de una familia ya constituida, él hace lo necesario para que el matrimonio quede legalmente ratificado ya. No debemos perder de vista lo que antes veíamos: que al recibir a María en su casa, José permite que las malas lenguas vengan dirigidas hacia él. Estaba dispuesto a pagar el precio.

Recibe y cuida a María. Pero sin consumar el matrimonio hasta después del nacimiento de Jesús. Mateo no nos dice por qué fuera así. Sin embargo, podemos suponer que no sólo era por respeto a la naturaleza sagrada de aquel que María llevaba en el vientre, sino también para descartar toda clase de duda de que el engendramiento de Jesús fuera obra del Espíritu Santo. Nuestro texto es bien explícito. José no tuvo ninguna parte posible en la concepción de Jesús.

El sentido natural y sencillo de la frase («no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito») es que después del nacimiento y los ritos obligatorios de la purificación, José y María tuvieron relaciones matrimoniales normales.

Hay varios factores que nos llevarían a esta conclusión, además del lenguaje de estos versículos:

1.- Las costumbres hebreas. En aquella sociedad el sexo en el matrimonio era considerado no sólo bueno sino necesario. Había recibido la bendición divina (Génesis 1:28; 9:1). Y era esperado como normal (Proverbios 5:18; Salmo 127:3). El celibato sólo iba a ser admitido como válido en la tradición judeo-cristiana a partir de Cristo y los apóstoles, y ellos sostenían la costumbre hebrea de sólo abstenerse de relaciones sexuales dentro del matrimonio en momentos excepcionales, por razones específicas y durante un período corto (1 Corintios 7:5, 9). La abstinencia durante el embarazo de María correspondería a esto, pero no una virginidad perpetua, que los judíos tendrían por aberrante.

2.- Los «hermanos» de Jesús. Con frecuencia los evangelios hablan de los «hermanos» de Jesús. (Para mayor detalles, ver el comentario de Hendriksen, p. 144). Es bien cierto que esta palabra solía emplearse en el primer siglo con un uso más amplio que en la actualidad, y podía abarcar a otros parientes. Pero su sentido natural sigue siendo «hermano». Sólo si uno supone de antemano que Jesús no tuvo hermanos carnales, entonces se tendría que pensar que se trata de primos. Pero por lo demás es de suponer que los «hermanos» de Jesús son hijos de José y María.

Todo el peso de la evidencia, por lo tanto, señala hacia una vida matrimonial normal después del nacimiento de Jesús y la procreación de otros hijos. En realidad la doctrina católica de la virginidad perpetua de María procede, no de evidencias bíblicas, sino de prejuicios paganos de siglos posteriores. Presupone que el celibato y la virginidad son más «santos» que el matrimonio, y que hay algo intrínsecamente inmundo en el acto sexual, aun dentro del matrimonio. Ambas son ideas desconocidas por la Biblia.

Sin embargo, volvamos a cuestiones menos polémicas. El último detalle de la obediencia de José, recogido en nuestro texto, es su nombramiento del Niño. No sólo recibe a María por mujer, también recibe al hijo de María por hijo propio. Con el nombramiento José asume públicamente su papel paterno.


El significado del nombre que le concede, Jesús, siguiendo siempre las instrucciones del ángel, será el tema de nuestro próximo capítulo.


lunes, 22 de diciembre de 2014

La visita del Ángel

José ha tomado su decisión. Sin embargo, antes de que él pueda ponerla en práctica, algo ocurre que le hace cambiar de idea.

Tiene que haber sido algo muy importante. Debemos recordar que José ha sido ofendido en su honor por la mujer que amaba. También debemos recordar que, ante los ojos del pueblo, si él recibe a María en su casa, sería tanto como confesar la paternidad del niño y aceptar la vergüenza social del embarazo. Alguien que se siente profundamente dolido y traicionado, abrumado por la confusión emocional y sentimental, difícilmente va a asumir el peso moral y social de la situación de la cual él mismo es víctima, a no ser que algo intervenga para aclararle la confusión, sanarle la herida, y restaurlarle la confianza en la persona amada. Además, en el caso de José, algo importante habrá ocurrido para inducirle a dar al hijo de María el nombre de Jesús.

Mateo nos dice que lo que ocurrió fue un sueño, y la aparición del ángel del Señor en el sueño. Tiene que haber sido un sueño muy poderoso y real. Su impacto es tal que, inmediatamente, José se levanta y obedece las instrucciones del ángel, sin ni un momento de vacilación ni de duda.

Como hemos visto, esta es la primera de tres veces en las que el ángel aparece a José en la narración de Mateo. Curiosamente en el Evangelio de Lucas el ángel también aparece tres veces: a Zacarías, a María y a los pastores. En la narración de Mateo el ángel siempre aparece por la noche en sueños. En cambio, en Lucas aparece en el curso normal de la vida diaria: a Zacarías mientras realiza sus funciones sacerdotales en el Templo; a María en su casa; a los pastores cuando velan las ovejas. Pero el impacto en José no es menor que en los otros tres.

El ángel empieza su mensaje saludando a José con las palabras «Hijo de David». En seguida recordamos la tesis principal de la genealogía de la primera parte del capítulo: que Jesús es el heredero legítimo del trono de David, y el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas prometidas a Israel desde tiempos de Abraham. Con este título el ángel ya anticipa el carácter mesiánico de su anuncio.

Luego procede a explicarle los hechos ocurridos, y su origen divino. Sus palabras coinciden plenamente con lo que José seguramente ya ha escuchado de labios de María: «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es». María no le había sido infiel.

Con estas palabras, lo que hasta ahora le parecía a José la mayor desgracia de su vida, se va conviertiendo en el mayor privilegio imaginable. Dios mismo ha visitado el hogar que él está en vías de formar, y lo ha hecho de una manera única en la historia. Como María, él ha sido elegido para cuidar del Hijo de Dios en su infancia indefensa.

El ángel no sólo da explicaciones. También da instrucciones:
No temas recibir a María tu mujer» Con esta frase, «no temas», tan típica del anuncio angelical (Lucas 1:13, 30; 2:10), el mensajero divino demuestra su conocimiento del corazón de José. Si José «temía» recibir a María, o bien era por las repercusiones sociales, o bien por desconfiar en María misma. Pero el solo hecho de temer indica que la inclinación de su propio corazón habría sido de seguir adelante con el matrimonio. El ama a María. Ahora, con las dudas aclaradas, el deber de José también se hace claro. María es su mujer. Necesita el abrigo de su marido y un hogar en el cual poder refugiarse de las críticas del pueblo. José debe asumir su responsabilidad conyugal, solidarizarse con María en su dificultad, y recibirla en su casa.

Y llamarás su nombre Jesús» (v. 21). Era función del padre nombrar a su hijo. El verdadero Padre de este niño ya ha determinado cuál ha de ser su nombre. Pero ahora el ángel dice a José que él ha de asumir la paternidad legal del niño ante la sociedad. No le corresponde a él elegir el nombre. Sí le corresponde declarar ante las autoridades del pueblo cuál será su nombre y así tomar sobre sí, delante de todos, la responsabilidad de cuidar y formar a este niño como si fuera hijo suyo.


domingo, 21 de diciembre de 2014

La reacción de José

Ahora pongámonos en el lugar de José. ¿Qué dirías -o más bien, qué creerías- si tu novia te dice que está embarazada? Sabes que no has tenido relaciones con ella. Supondrías lo peor, ¿verdad? Y si luego ella te dijera: Pero mira, ha sido un milagro; me vino un ángel para decirme que iba a ocurrir; el hijo que espero es obra del Espíritu Santo… ¿qué dirías? ¿Aceptarías que precisamente a tu novia le ha tocado vivir una intervención divina única en la historia? No. Si eres como yo, tu reacción sería de escepticismo. O bien creerías que, además de inmoral, esta chica que tenías por pura y fiel es embustera. O bien dudarías de su sanidad mental.
Pero aquí se manifiesta la bondad de José. Seguramente él pasó horas, quizás días o semanas, de gran angustia. Estaba convencido de que María le había sido infiel. Por lo tanto, no estaba dispuesto a proseguir con el matrimonio ni recibirla en su casa. Por otra parte, no hacer nada sería muy comprometedor para él. ¿Qué pensaría el pueblo de él cuando el embarazo llegara a ser evidente?

Por otra parte, él amaba a María. Desde hacía tiempo la había tenido por su prometida y esposa. Conocía sobradamente la buena reputación de virtuosa y amables que ella tenía en todo el pueblo. Le costaba muchísimo asimilar la noticia de su infidelidad. No casarse con ella traía abajo todas sus esperanzas e ilusiones.

El era justo. Es decir, él amaba la ley de Dios, la verdad y la rectitud. Muchos que van por la vida haciendo alarde de su propia veracidad y honradez -«yo siempre con la verdad por delante»- no habrían vacilado en denunciar a María «en honor a la verdad». Pero «ser justo», en el sentido bíblico de la frase, no sólo es cuestión de la verdad; también lo es del amor, la misericordia, la bondad, la lealtad.

Le quedan a José dos opciones. Por un lado él podía iniciar un proceso jurídico contra María y denunciarla ante los ancianos y testigos. Es probable que ella no sufriera la pena capital porque, con el paso de los siglos, los judíos habían introducido muchas excepciones y modificaciones a la ley del Antiguo Testamento. Pero estaría expuesta a una humillación que la dejaría marcada para siempre.

Por otro lado podía darle carta de divorcio (ver Deuterononio 24:1–2) y despedirla definitivamente. Así no justificaría tan fácilmente su propia reputación, pero al menos le ahorraría a María la vergüenza de un escándalo público.

José opta por este segundo camino. No por cobardía sino por generosidad. No por descuidar la verdad y la justicia, sino por entender que ellas deben ir acompañadas de la misericordia. Así pues, «no quería infamar a María sino quiso dejarla secretamente».