jueves, 1 de enero de 2015

El hombre nuevo que necesitamos

El hombre nuevo no es un logro humano; no es la “modernización” de las personas mediante la psicología, la sociología, el esfuerzo personal o cualquier otro medio. El hombre nuevo se logra solamente por la acción divina y la colaboración humana. Analicemos los diferentes elementos fundamentales para el logro del hombre nuevo.
1. El hombre nuevo es alguien que se encuentra con Dios. La plena realización del hombre no puede lograrse sin el ejercicio y desarrollo de la plenitud del ser. El hombre ha sido creado con necesidades espirituales de comunicación y devoción con lo absoluto, Dios. Sin vida espiritual no hay hombre nuevo. Cuando San Pablo escribe sus cartas de la cautividad pone de manifiesto esta realidad. Tras las rejas de la injusticia y de la opresión no destila odio sino amor, y le pide a los hermanos de la iglesia de Filipo que tengan un pensamiento positivo. Los carceleros son conquistados por la vida y la fe del encarcelado; esto es posible porque además de estar preso San Pablo está en Cristo, y de esa relación con Cristo surge su poder espiritual... Su propia experiencia personal le muestra al apóstol que es imposible concretar la novedad de vida sin el previo encuentro con Dios. Su experiencia de conversión, que lo había transformado de perseguidor en proclamador del Evangelio, así lo atestigua. Ese primer encuentro no es sino un peldaño en la escalera del crecimiento espiritual: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.
Es mi propia convicción que no hay otro camino para la renovación del hombre, del mundo y de la Iglesia. Es indispensable el encuentro con Dios para lograr la máxima meta humana. Sin caer en el fanatismo ni la mojigatería, el cristiano debe buscar una vida de permanente comunión y dependencia divina. No obstante, es necesario tener presente que el encuentro con Dios es semejante a las huellas digitales, ya que no hay dos que sean iguales. Muchos cristianos se sienten frustrados por no poder alcanzar el tipo de experiencia espiritual que desean. Han olvidado que para que haya encuentro se necesita por lo menos dos personas y que cada una tiene el derecho a decidir sobre la forma en que el encuentro debe producirse. Las bendiciones de Dios, como las nubes, nunca se presentan en la misma forma. El encuentro divino-humano no es un estado emocional que se puede prefabricar y predecir mediante técnicas psicológicas, ni se trata de reflejos condicionados, ni nada por el estilo; se trata del encuentro real entre el creyente y el Absoluto. Dios se nos ha revelado en la persona de Jesucristo, y a los que en él creemos se nos abren las puertas de una nueva vida. Esa realidad puede ser aceptada o rechazada a nivel intelectual, pero a nivel vivencias es incuestionable. El encuentro con Dios no es una reacción química que podemos producir a voluntad en cualquier momento o lugar ni se puede estimular por medio de una inyección o un comprimido; para encontrar a Dios hay que buscarlo, lo cuál resulta fácil porque él nos está buscando antes de que iniciemos nuestra búsqueda.
2. El hombre nuevo es alguien que ora. Jesucristo es el hombre nuevo, el modelo de humanidad, y en su vida terrenal fue un hombre de oración. No tomó decisiones importantes sin previamente entregarse a largos períodos de oración. Antes de comenzar su ministerio pasó cuarenta días en oración en el desierto; no escogió a sus discípulos hasta después de largo tiempo en oración, y como sabía que su ministerio habría de culminar con la muerte de cruz y no ignoraba cuán dura habría de ser esa prueba, se preparó adecuadamente en oración.
Si el segundo Adán, Hombre Nuevo, Imagen de Dios y Hombre Perfecto oró para recibir de Dios el poder necesario con que encarar su difícil ministerio, ¿cómo pretendemos nosotros alcanzar la meta del hombre nuevo sin una adecuada vida de oración?  Si Jesús oró intensamente hasta descubrir la voluntad de Dios para ajustarse a ella, ¿cómo pretender concretar en nosotros el hombre nuevo sin antes buscar la voluntad de Dios para nuestras vidas sino insistiendo en nuestra propia voluntad?  Si Jesús oró por amor al Padre para gozarse en comunión con él, ¿cómo pretender alcanzar la novedad de vida sin colocar a Dios en el pináculo de nuestra vida afectiva?  Jesucristo es nuestro modelo: nos conduce necesariamente a una vida de oración.
La oración es la respiración de la vida espiritual del hombre nuevo. Por cuanto hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, la oración es inherente al hombre, quien intuye lo Trascendente y se siente impulsado a comunicarse con el Creador. Psicológicamente hablando, la oración es el hambre psíquica de una humanidad diferente, el hambre de hombre nuevo. La oración es el resultado de nuestra comprensión de lo que somos y del ansia por alcanzar lo que debemos ser mediante la gracia de Dios.
La oración es indispensable para la concreción del hombre nuevo porque éste es necesariamente un líder cristiano, y es la experiencia de la presencia de Dios lo que convierte a una persona común en un líder cristiano. La oración es la esencia de la religión, ya que si falta el sentido de la presencia de Dios en oración, no existe religión; puede haber ideologías, costumbres religiosas, pero no fe. Hoy, en nuestro mundo llamado occidental y cristiano, hay muchos que hablan acerca de Dios, algunos que hablan a Dios y muy pocos que hablan con Dios. Sólo cuando se tiene el sentido de su presencia puede hablarse con Dios. El hombre nuevo es aquél que transita por un camino de doble mano en la vida espiritual: es alguien que habla con Dios y lo escucha. La vida de oración debe darse en aislamiento y comunicación; en vida mística y en trabajo fecundo en bien de los demás. La vida de oración del hombre que ansía ser un hombre nuevo, debe pasar por tres etapas. La primera es una etapa de recogimiento y contemplación; la segunda de meditación y comunión; la tercera, de éxtasis. Personalmente he asumido muy en serio el esfuerzo para concretar el hombre nuevo en mi vida, por eso considero que la oración es uno de los factores fundamentales para alcanzar esa meta. Estas tres etapas son producto de mi propia experiencia personal antes que el resultado de la mera especulación teológico; por otra parte, de ningún modo excluyen otros aspectos de la vida de oración, como la alabanza, la confesión, la petición, la intercesión, etc.
El recogimiento es la fase previa a la oración, la preparación psíquica para poder entregarnos plenamente a la oración. Dicho de otra manera, es la invitación al inconsciente a entregarse a la oración. Este estado preparatorio no es la oración en sí misma; uno puede lograrlo mientras camina o conduce, y con los ojos bien abiertos. El contacto con la naturaleza es una gran ayuda. A veces ni nos damos cuenta de que en las plazas de las ciudades hay árboles y pajarillos que cantan, pero cuando nos encontramos en estado de recogimiento tenemos una mayor capacidad receptiva y caminamos más despacio.
Entre la contemplación y el recogimiento no hay una clara línea de demarcación, pero la contemplación contribuye a desarrollar la capacidad perceptiva y entonces uno se da cuenta de la grandeza de la Creación y de su propia pequeñez. Gracias a la contemplación el creyente se abre hacia afuera y se enriquece; toma conciencia de la grandeza de Dios que percibe con sus ojos; su vida interior se regocija y se emociona por el privilegio de comunicarse con el Creador.
La segunda etapa también consta de dos momentos muy similares entre sí: la meditación y la comunión. Durante la meditación el creyente vuelca su reflexión hacia adentro; reflexiona sobre lo que es y sobre lo que debería ser según el modelo que Dios nos ha dado en Jesucristo. Sin caer en la angustia ni en la frustración acepta su realidad existencias, agradece a Dios por los progresos logrados en el pasado y hasta ese momento y ruega que el poder del Espíritu Santo le permita seguir creciendo hacia la meta. La comunión viene tras la meditación: uno se queda frente a la presencia de Dios, sin pedir nada, ni perdón ni poder, simplemente gozándose con su compañía.
La etapa final, que he logrado muy pocas veces, es más fácil de experimentar que de explicar. Es un estado de éxtasis en que se pierde el sentido del espacio, del tiempo y de la ubicación. No es un estado de autohipnosis (conozco ambas experiencias y las diferencias son bien evidentes); es algo que no sé cómo definir pero que sé que es. Después de esta experiencia sobreviene por varias horas un estado de bienestar, una sensación de gozo inefable.
3. El hombre nuevo es una persona moral. Ya hemos comentado que en la Biblia el concepto de hombre nuevo aparece siempre dentro de un contexto ético-moral. El concepto de hombre como imagen de Dios - semejante al de hombre nuevo -, presupone la moralidad inherente a la humanidad, según la intención original de Dios. Por cuanto es un ser perfecto, Dios es un ser moral, y su imagen en el hombre también debe ser moral para que éste sea plenamente hombre. Jesús, en el contexto ético del Sermón de la montaña, nos dice: “Sed hombres como Dios es Dios”, es decir, sed morales como Dios es moral. Ser moral (perfecto), es ser hombre. En la Epístola a los Efesios, después de tres capítulos sobre la unidad de la Iglesia aparecen otros tres capítulos referidos a la práctica de la vida cristiana. En Efesios 4:12–13, 22–24, hay una serie de reflexiones sobre el hombre nuevo enmarcadas por principios de la ética cristiana. (Los dos siguientes capítulos de Efesios se ocupan de la familia cristiana y de la lucha que el creyente tiene que librar contra las fuerzas del mal).
He dicho que moralismo no es lo mismo que moralidad. Los moralismos son relativos, pero la moralidad es absoluta porque tiene que ver con la esencia del ser humano. La moralidad no consiste solamente en someterse a las leyes humanas porque, a la luz de Jesucristo, éstas pueden ser injustas. La moralidad tampoco consiste en someterse a las costumbres de una denominación religiosa - algunas de las cuales tienen mucho legalismo y poco amor -, sino en someterse al imperativo moral del Evangelio grabado en nuestra propia naturaleza como imagen de Dios. Recuerdo un matrimonio amigo, por cierto buenos creyentes, que conocí hace algunos años en Francia; habían viajado a su país de origen casi un año antes que nosotros. Recuerdo que la señora trajo a casa una cajita con aretes y collares y le dijo a mi esposa: “Te dejo todo esto que he usado y aprecio mucho porque no puedo llevarlos a mi país; en mi iglesia yo sería motivo de escándalo, si los usara; como no quiero ser piedra de tropiezo para mis hermanos, te los regalo”. Es evidente que esta amiga no creía que fuera pecaminoso usar esos adornos, pues no contribuían ni a la moralidad ni a la inmoralidad; pero el moralismo de su congregación la estaba obligando a actuar en forma inauténtica, a presentarse en forma diferente de lo que desearía a la luz de su comprensión del Evangelio. Tengo mucho respeto por cualquier cristiano que deja de comer o de beber o de utilizar determinadas vestimentas por causa de una convicción religiosa, aun cuando no comparta su idea. Lo que resulta muy lamentable es que un cristiano renuncie a sí mismo, a su convicción cristiana, sin estar convencido de que el imperativo viene de Dios. Una comunidad religiosa puede convertirse en un grupo psíquicamente enfermo y enfermante. El hombre nuevo es alguien que toma en serio la moralidad y no se somete a los moralismos humanos. Mucho más grave es la simulación y la hipocresía. Por ese camino difícilmente se arribe a la concreción del hombre nuevo. La moralidad se basa en el amor y no en el temor. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dice el Señor. El amor es la dinámica de la moralidad del hombre nuevo. El Evangelio no es un nuevo legalismo. Las listas de pecados que presenta San Pablo cuando anuncia que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios, no tienen nada de original; listas similares había en su tiempo redactadas por filósofos anticristianos. Uno es cristiano no porque se porte bien, pero se porta bien porque es cristiano. El Nuevo Testamento procura una vida moral, pero la vida moral no nos convierte en hombres nuevos. Es la lealtad a la persona de Jesucristo y nuestra fe en él lo que nos hace cristianos y nos permite imitarlo como modelo de humanidad. Cuando el hombre sea capaz de vivir en amor no necesitará caminar con muletas morales. “El amor”, afirma San Pablo, “no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.
Uno de los grandes problemas contemporáneos es la terrible crisis moral que embarga al mundo. La sociedad inmoral en que vivimos hace necesario que los cristianos luchemos con firmeza por un nuevo orden moral. La moralidad personal y social es indispensable. La moralidad es un ingrediente fundamental del hombre nuevo  y de la nueva humanidad.
4. El hombre nuevo es alguien que se compromete con la dimensión social del evangelio. El hombre nuevo, si bien madura a través de una experiencia individual, no es individualista; se expresa en comunidad. La renovación del hombre es parte de la renovación de toda la humanidad; en mi renovación se renueva parte de la humanidad y debo procurar la plena realización humana para los demás.
El cristianismo no es una ideología; es una manera de encarar la vida a partir del encuentro con Jesucristo y la comunión con él. Tampoco es un sistema, humanista; es una valoración realista del hombre a la luz del precio que Jesús pagó por cada ser humano en la cruz del Calvario.
Habiendo interpretado fielmente a Jesucristo, San Pablo no podía aceptar la inferioridad de algunos seres humanos y la superioridad de otros por razón de sexo, raza, status socio-económico o político. Analicemos brevemente la evolución de su reflexión teológico según el orden cronológico de sus epístolas. En Gálatas afirma que toda persona que ha sido bautizada en Cristo ha sido revestida de Cristo y, por lo tanto, “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.  Esta afirmación, dirigida a las iglesias de la zona central de lo que hoy es Turquía, es muy semejante a la que hace posteriormente a la Iglesia de Corinto, en el centro de Grecia. La esclavitud era moneda corriente en la antigüedad greco-romana, y entre los convertidos al cristianismo había muchos esclavos que, al igual que cualquier otro esclavo en cualquier tiempo, ansiaban su libertad. El apóstol sabe que Jesucristo llama al esclavo y, al convertirlo, lo hace libre. Todo creyente es un esclavo de Cristo por lo tanto no debe hacerse esclavo de los hombres. En el capítulo doce de 1 Corintios, San Pablo reflexiona sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo: cada cristiano es un miembro del cuerpo, vivificado por el Espíritu Santo. Los que se integran al Cuerpo de Cristo se encuentran en una nueva situación que va más allá de raza y status: “Porque por el sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Su esquema de reflexión no cambia en las epístolas de la cautividad; lo que cambia es su estrategia. No debemos olvidar que Efesios, Colosenses, Filipenses y Filemón son cartas escritas por un hombre preso en una cárcel romana. Tampoco debemos olvidar que el imperio romano era el principal promotor de la horrible institución de la esclavitud - el fracaso de Espartaco había mostrado la dificultad para vencer el monolítico orden establecido que estaba deshumanizando a buena parte de la población -.
Para comprender la estrategia de San Pablo en función de la humanización del hombre según el modelo de Jesucristo, es indispensable que nos ubiquemos en el contexto del siglo I. No sólo los esclavos eran deshumanizados, también lo eran las esposas y los hijos; al referirse a los deberes del padre de familia y a los derechos de la esposa y de los hijos, San Pablo estaba haciendo una revolución. El esclavo es incluido, en ambas epístolas, como un miembro de la familia y entra en la misma relación de deberes y derechos que los demás familiares.. La epístola a Filemón trata únicamente el problema de la esclavitud. Onésimo, el esclavo, se convierte en hijo espiritual de San Pablo y en hermano de Filemón, su antiguo amo. Un esclavo fugado podía ser legalmente torturado hasta la muerte para el escarmiento de los demás esclavos. Pero cuando las leyes humanas son injustas el cristiano tiene que ir más allá de ellas. San Pablo le pide a Filemón que reciba a Onésimo como a un hermano en Cristo y se compromete a pagar todo lo que aquél le haya robado, si es que Filemón insiste en cobrar la deuda.
Uno puede imaginar la profundidad de la fe del esclavo que vuelve a la casa de su antiguo opresor con la seguridad de que éste - que también ha sido ganado para Cristo bajo el ministerio del apóstol -, ha de recibirlo no ya como esclavo sino como a un hermano en Jesucristo. El hecho de que la Carta se haya conservado hasta el día de hoy es prueba evidente de que Filemón aceptó a Onésimo como a un hermano en Cristo. Si le hubiera dado muerte se habría cuidado de destruir el documento. Este documento fue tan valioso que la iglesia primitiva no consideró a los esclavos como seres inferiores. Según la tradición eclesiástica, Onésimo se destacó como un gran líder cristiano y llegó a ser obispo.
San Pablo fue un cristiano que se esforzó por alcanzar la plena novedad de vida. Su preocupación por poner en práctica la dimensión humana y social del Evangelio, para la redención de todo el hombre y de todos los deberes, debe servirnos de ejemplo.
El cristiano que hoy vive una situación social muy diferente de la de San Pablo debe, al igual que el apóstol, interpretar a Jesucristo, el hombre nuevo, para aplicar sus enseñanzas a nuestra situación actual.
Cuando el cristiano procura el logro del completamiento de la condición humana de los demás se enriquece a sí mismo y crece espiritualmente. El cristiano, para ser fiel al Evangelio, no puede olvidarse de los demás seres humanos. Hay una dignidad inherente a la persona humana porque ésta es imagen de Dios y porque la muerte de Cristo en la Cruz ha eliminado objetivamente las consecuencias del pecado que la había deteriorado.
Ante Dios todo hombre es digno de alcanzar su plena realización, y también debe serlo ante cada ser humano, especialmente ante cada cristiano. La explotación de otro hombre no trae corno única consecuencia la deshumanizaci6n del explotado, también deshumaniza al explotador.
La redención cristiana, tal como la hemos presentado en el capítulo anterior, se refiere a la totalidad de la vida. El hombre nuevo se preocupa y se ocupa - colaborando con Dios -, para que todo ser humano se beneficie con la redenci6n integral en Cristo. Al hacerlo ayuda a otros y se edifica a sí mismo para acercarse a su meta de realización humana en Jesucristo.
Las cuatro características del hombre nuevo que hemos presentado - encuentro con Dios, vida de oración, vida moral y preocupación social -, no agotan los factores que intervienen en la concreción del hombre nuevo. Sin entrar a desarrollar otros factores, nos limitamos a mencionar algunas ideas fundamentales.
1. El hombre nuevo es alguien que espera la magnificación de Cristo en su cuerpo. Acrecentar a Cristo en el cuerpo significa tener. una jerarquía de valores en función de Jesucristo. Acrecentar a Cristo significa contribuir al completamiento de nuestra salvación y la de otros en todos los aspectos de la vida. Acrecentar a Cristo en nuestro cuerpo significa asumir la responsabilidad de ser luminares en el mundo que vive en tinieblas. Sólo podemos iluminar cuando recibimos la luz de Cristo. El cristiano puede reflejar la luz de Cristo como la luna alumbra con una luz que no le es propia. El nuevo hombre refleja en su vida a Cristo como la luna refleja la luz del sol.
2. El hombre nuevo es alguien que encara valientemente la oposición.
3. El hombre nuevo es alguien que está dispuesto a padecer por Jesucristo.

Quiera el Señor que estas reflexiones sean útiles para que el lector pueda tomar sus propias decisiones.


domingo, 28 de diciembre de 2014

La matanza de los inocentes

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:
Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron».
(Mateo 2:16–18)
LA REACCIÓN DE HERODES
Belén está a unos ocho kilómetros de Jerusalén en dirección al sur, en el camino de Hebrón, que sigue por Beerseba hacia Egipto. Como punto de partida para la huida a Egipto, era idóneo.
Era un pueblo bien conocido por Herodes, porque en sus proximidades él había hecho construir uno de sus palacios, el llamado Herodium. Situado en lo alto de una colina cónica de difícil acceso, desde fuera parecía más una fortaleza que un palacio. Lo había construido para que también sirviera como mausoleo. Allí está en el día de hoy, todo un monumento a la manía persecutoria que Herodes sufría. Desde sus baluartes se vislumbra claramente el pueblo de Belén.
Herodes siempre estaba dispuesto a cometer cualquier atrocidad con tal de mantenerse en el trono. Hasta tal punto habían llegado sus excesos que las autoridades imperiales, que no tenían fama precisamente de benignidad, le habían llamado la atención en más de una ocasión.
Si así era Herodes en condiciones normales -suspicaz e implacable- más aún lo era cuando sus intrigas eran frustradas. Él había contado con el retorno de los Magos a fin de poder eliminar al príncipe rival por medio de su información. De haber ocurrido así, habría sido un pequeño detalle olvidado por la historia. Pero Herodes fue «burlado» por los Magos. No volvieron a Jerusalén. Él que quería utilizar el engaño como medio para destruir al Mesías, descubre que él mismo es víctima del engaño. Ahora pues deja de lado toda sutileza. Se entrega a la furia. Si no ha tenido éxito con la intriga, probará la violencia.
De todo esto es capaz la persona «religiosa» que profesa creer en Dios y actuar en su nombre, pero ni le conoce ni se somete a su voluntad. Herodes se había convertido al judaísmo, probablemente más por motivos políticos que por convicciones firmes. Era superescrupuloso en cuanto a las formas externas. Por ejemplo, hacía gran alarde de nunca comer cerdo, lo cual hizo que el Emperador dijese en una ocasión: ¡Mejor ser el cerdo de Herodes que el hijo de Herodes! (En su paranoia Herodes había hecho asesinar a dos de sus hijos). Por haber construido el magnífico Templo en el lugar de la pobre reconstrucción de Zorobabel, era tenido por ser un hombre de gran piedad, y por la misma razón había logrado poner en su bolsillo a los líderes de los judíos. A fin de cuentas había devuelto a Jerusalén la gloria que no había visto desde tiempos de Salomón.
En una palabra, Herodes había aprendido a utilizar la religión para sus fines políticos. Era un gran manipulador de la piedad. Públicamente participaba en la esperanza mesiánica de los judíos, y manifestaba deseos de adorar al Cristo. Pero no vaciló ni por un momento en su intención de destruir al Hijo de Dios.
No seamos ingenuos. La profesión de piedad no vale nada si no va acompañada por una conversión interior. Por sus frutos los conoceremos. Lo que importa no es sólo lo que decimos con nuestros labios, sino lo que somos de verdad. Muchos en un momento tienen una gran apariencia de piedad, luego demuestran ser capaces de destruir la obra de Dios con tal de mantener sus propios intereses creados.
LA MATANZA DE LOS NIÑOS
Muchos niños han sufrido una muerte violenta por causa de la barbarie humana. Aun en nuestro siglo, son innumerables los que han perecido en guerras y genocidios. Pero pocas veces la crueldad humana ha llegado al extremo de practicar un infanticidio colectivo y sistemático.
De hecho el único caso que me viene a la mente, aparte de los inocentes de Belén, son los niños hebreos matados por el Faraón de Egipto en tiempos de Moisés. (Ya hemos indicado que es bien probable que este caso también estaba en la mente de Mateo).
El texto del Evangelio calla el horror de aquel acontecimiento. Sólo podemos imaginar la desesperación y dolor de aquellas familias cuando de repente, sin previo aviso, las tropas herodianas irrumpieron en el pueblo de Belén y en todas las aldeas de alrededor. Mataron brutalmente, sin explicaciones. Y sin explicaciones se marcharon.
Mateo corre un velo de discreto silencio sobre la angustia de los padres de aquellos niños. Nosotros haremos lo mismo.
No muy lejos de Belén está la aldea de Ein Karem, hoy en día casi un barrio de las afueras de Jerusalén. Aquí, según la tradición, residían Elisabet y Zacarías, los padres de Juan el Bautista. Y aquí la tradición también señala una gruta a la cual huyó Elisabet con su hijo a fin de salvarle de los soldados de Herodes. Es una tradición que, a estas alturas, ni se puede probar ni refutar, pero encaja bien con los acontecimientos.
Otras muchas madres, sin embargo, no eran tan afortunadas como Elisabet y María. Mateo describe el horror de su sufrimiento, no mediante una descripción directa de él, sino por medio de una cita de Jeremías:
«Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18; Jeremías 31:15)
LA CITA DE JEREMÍAS
Volvamos quinientos años hacia atrás. Por segunda vez Jerusalén ha sido conquistada por los babilonios, y en contraste con la primera ocasión, ahora los vencedores no muestran ninguna piedad. Son pocos los habitantes que se escapan de la espada de Nabucodonosor. Los supervivientes son llevados a Ramá, un pueblo a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén.
Allí son divididos en dos grupos. A un lado están los jóvenes y los adultos fuertes y sanos; ellos serán llevados a Babilonia como esclavos. Al otro lado están los viejos, lisiados, enfermos, débiles y heridos, como también los niños, todos aquellos que serían un estorbo en la larga marcha a Babilonia. Y allí, ante la mirada horrorizada del grupo de los fuertes, los débiles son matados a sangre fría. Los jóvenes ven morir a sus padres; los hermanos a sus parientes incapacitados; y sobre todo los padres a sus hijos pequeños.
Posiblemente fue uno de aquellos padres que escribió, tiempo después, en el cautiverio de Babilonia, las terribles palabras del Salmo 137:
«Hija de Babilonia la desolada, Bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños Contra la peña» (Salmo 137:8–9).
El profeta Jeremías fue testigo de esta tragedia (ver Jeremías 40:1). Tragedia por otra parte innecesaria. Habría sido evitada si el pueblo de Israel hubiese vuelto a la obediencia de Dios. Jeremías mismo había avisado al pueblo, y profetizado la caída de Jerusalén. Había sufrido la cárcel y la amenaza de muerte por parte de sus compatriotas por su fidelidad al Señor.
El pueblo de Ramá está en territorio de Benjamín, y Raquel era la madre de Benjamín. Un poco más al norte empiezan los territorios de Efraín y Manasés, los dos hijos de José, cuya madre también era Raquel. Jeremías, por lo tanto, imagina a Raquel que, desde la tumba, contempla la muerte de sus hijos y llora desconsolada.
Ella, que tanto había deseado tener hijos, que en su desespero había clamado a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero (Génesis 30:1), ve como primero los del norte son matados o llevados al cautiverio por Asiria, y luego los del sur por Babilonia. Tanto los descendientes de José como los de Benjamín, le son quitados.
Ahora, en tiempos de Herodes, en escala más pequeña la historia se repite. O como dice Mateo, se cumple. Ahora la referencia es apropiada, no tanto porque se trata de los descendientes de Raquel (los niños de Belén serían más bien de la tribu de Judá) como porque Raquel está enterrada en las afueras de Belén:
«Murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén» (Génesis 35:19; cp. Génesis 48:7).
Desde su tumba, esta madre de la nación nuevamente contempla una matanza de sus hijos.
Sin embargo, no todo es tragedia y oscuridad. Los primeros lectores de Mateo conocían bien el contexto de la cita de Jeremías, tan entrañable en su historia nacional. Ellos sabían que procede de un capítulo que, si bien parte del dolor y del sufrimiento, sin embargo contiene un gran mensaje de consuelo y esperanza.
Al principio del capítulo Jeremías había hecho referencia a la matanza de los niños de Egipto. Luego, sigue recordando a sus lectores que «el pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo» (Jeremías 31:2). Así también, en medio del sufrimiento babilónico, las palabras de Dios son de esperanza:
«Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongaré mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel… Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor… Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo y… esperanza hay también para tu porvenir» (Jeremías 31:3–4, 13, 16–17).
Mateo espera que no nos olvidemos de este contexto de esperanza. La historia se va repitiendo: Egipto, Ramá, Belén. Pero en cada caso, después de la noche viene el día, después de la angustia, la esperanza.
Es así porque el mismo Dios que castiga la maldad de su pueblo, lo ama y desea mostrarle su misericordia. Dios habla de los hijos del norte, matados y presos por Asiria, como si fuera una pérdida personal suya:
«¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que habló él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia» (Jeremías 31:20).
Si conoces bien la Biblia, sabrás que este capítulo de Jeremías es uno de los textos más importantes de todo el Antiguo Testamento por ser descripción del nuevo pacto que Dios promete hacer con su pueblo, y que iba a cumplirse en la venida de Jesucristo:
«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:31–34).
Los propósitos de Dios para su pueblo son de bien y de restauración. La profecía que habla de lloro y desolación, contiene gloriosas promesas de gozo y consuelo. La tragedia no es más que la oscuridad antes del alba, el preludio al derramamiento de las bendiciones de Dios.
La matanza de Egipto dio lugar a la redención de Israel en el Éxodo. La matanza de Ramá fue el triste prólogo al glorioso capítulo de la purificación de un remanente fiel en el exilio y del despertar de la esperanza mesiánica. Así también la historia se cumple en Belén no sólo porque se repite la matanza de los niños, sino también porque detrás de la matanza hay esperanza. La tragedia de Belén conduce al ministerio del Mesías; al Calvario, a la tumba vacía, a Pentecostés, al cumplimiento perfecto de Jeremías 31.
LUZ EN LAS TINIEBLAS
Si Mateo no nos abruma con detalles morbosos sobre la matanza de los niños de Belén, es porque para él el verdadero significado de aquel evento atroz no se encuentra en sus circunstancias inmediatas sino en el cumplimiento de la historia. Como lo había hecho en Egipto y en Ramá, de entre los niños de Belén Dios también salvó a un pequeño remanente.
Un remanente de uno (o quizás algunos pocos más). Pero la esperanza no decrece porque el número sea tan pequeño. Al contrario, este Niño que es salvado de la matanza, traerá la esperanza más gloriosa de todas al pueblo que Dios se ha reservado para sí.
Los niños de Belén murieron en el lugar de Jesús. Así comenzó la vida del Mesías. Pero su vida acabará cuando Él mismo la pone en lugar de todos los hijos de Dios:
«El Hijo del Hombre vino para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
La única esperanza final para los niños asesinados, el único consuelo posible para aquellos padres desconsolados, reside en el Niño que fue salvado de la matanza.
Pongámonos en el lugar de una de las madres de Belén. Hace un año te nació un hijo precioso, tu primogénito. Desde entonces él se ha convertido en la gran ilusión de tu vida. Cada día le llevas contigo cuando vas al pozo a buscar agua, y fue allí, hace unos meses, que conociste a María de Nazaret. Ya sabías de los extraños acontecimientos que habían rodeado el nacimiento de su hijo: el testimonio de los pastores de su visión de los ángeles, y últimamente la visita de unos extranjeros astrólogos. Si bien el hijo de María parecía un niño normal, sabías que Dios había intervenido para anunciar que era especial. Abrigabas la esperanza de que él y tu hijo jugarían juntos cuando llegasen a ser más mayores.
Pero ahora tu mundo se ha derrumbado, todas tus ilusiones y alegrías deshechas en mil pedazos. Los soldados de Herodes han matado a tu hijo. María, José y Jesús consigieron escapar, pero tu hijo ha muerto. Y ahora te debates entre dos reacciones. Por un lado el resentimiento. ¿Por qué no murió Jesús? A fin de cuentas fue a Él que buscaban. ¿Por qué tuvo que morir tu hijo por causa de Él? Ahora, sabes muy bien que no es justo culpar al niño. Herodes y sus soldados tienen la culpa. Pero hay en ti un sentimiento irreprimible de protesta, de amargura. Por otro lado sabes que se ha salvado el niño que puede muy bien llegar a ser la esperanza de Israel. Cuando Él sea grande, ¿entonces qué será de Herodes y sus soldados? Quizás tu hijo no ha muerto en vano. En medio de tu angustia surge un pequeño consuelo.
Van pasando los largos años. Tu herida se cicatriza pero no se olvida. Ahora tienes otros hijos. El mayor de ellos pronto cumplirá los treinta. Ahora es cuando empiezan a llegar noticias extrañas acerca de un carpintero de Nazaret. Después de su huida habías perdido las pistas de José y María, aunque algunos decían que se había establecido en el norte, en Galilea. El carpintero tiene el mismo nombre y la misma edad que el hijo de José y María. ¿Será el mismo? Dicen de él que realiza milagros y señales poderosas, tal y como nunca llegaron a hacerlas los profetas de antaño. Dicen que en Galilea es tenido por el Mesías. Hay una gran expectación, especialmente entre las clases humildes.
Luego la tragedia otra vez. Otro Herodes, no el Grande sino Antipas, y el procurador romano han sucumbido ante las presiones de los sacerdotes y le han hecho crucificar. Han acabado con la esperanza de Israel.
Pero unos días después, de nuevo llegan las sorpresas. Noticias tan extrañas que no sabes si creerlas o responder con escepticismo. Ahora dicen que Jesús ha resucitado. Sus seguidores parecen asidos de una valentía inaudita, porque contra la orden expresa de las autoridades, van predicando por todas partes que el reino de Dios verdaderamente ha llegado con Jesús, y que Él es el Mesías, ascendido a la diestra del Padre. Su testimonio es tan convincente que miles de judíos se han bautizado en el nombre de Jesús en Jerusalén esta misma semana. ¿Será o no será?.…
¿Dónde está el consuelo divino para las madres -y los padres- de Belén? Según nuestro criterio, a veces Dios actúa lentamente. Sus respuestas a nuestras tribulaciones no siempre llegan al día siguiente. Pueden pasar muchos años antes de que sus propósitos empiecen a esclarecerse. Pero propósitos hay, sin duda alguna.
Consuelo hay también. Si somos fieles a las intenciones de Mateo en la redacción de su Evangelio, tendríamos que leer las palabras desgarradoras de 2:18 a la luz de la esperanza y consuelo de 4:16. Es así porque la estructura de estos capítulos nos lleva a la conclusión de que la última parte del capítulo 4 es la «respuesta» a la última parte del capítulo 2.
Este no es el lugar de poder profundizar en estas cuestiones estructurales, pero, brevemente, Mateo introduce a Jesucristo en el escenario de la historia de dos maneras: primero en su nacimiento (capítulos 1 y 2); segundo en el comienzo de su ministerio público (capítulos 3 y 4). Las dos partes constituyen un solo prólogo a las enseñanzas y hechos de la vida de Jesús. La primera nos trasmite la lamentable visión de Raquel «que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron». La segunda anticipa la solución de Dios a tales aflicciones:
«El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció» (4:16).
Al leer estas palabras, es posible que tú también estés pasando por momentos de aflicción y de perplejidad por no entender los propósitos de Dios ni ver en ninguna parte su consolación. Sin embargo, Dios puede traernos consuelo hoy. Él conoce nuestras tribulaciones. Quizás desde hace treinta años, como las madres de Belén, has sufrido sin poder ver ni un rayo de esperanza, ni un mínimo de propósito o explicación. Quizás hoy sea el día que Dios te traiga consuelo y comprensión, que Él quiera que sobre ti una luz resplandezca para iluminar tu pasado.
Esta luz, ahora como entonces, es la esperanza de vida eterna en Cristo Jesús.
Los hechos son los hechos. Lo pasado, pasado está, sin posibilidad de ser erradicado ni negado. La vida tiene sus sufrimientos, desilusiones, penas, incluso tragedias, fruto de las terribles dimensiones que alcanza nuestro pecado humano. Pero en medio de la oscuridad más negra, ante la tiranía más injusta, Dios nos señala a aquel Salvador que murió en una Cruz, Él mismo víctima de la tiranía, en medio de la oscuridad, a fin de que por su muerte se nos abriera la puerta de la vida eterna.

Nosotros también podemos pertenecer al remanente. De en medio de los escombros de la tragedia humana, puede brotar en nosotros una fe que nos marque como ciudadanos del pueblo de Dios, salvos por su misericordia. Dios no nos promete que, aun como pueblo salvado, no tengamos que conocer momentos de grandes tinieblas y aflicción. El camino a nuestra Tierra Prometida está sembrado de pruebas. Pero tarde o temprano nos trae su consuelo.