jueves, 1 de enero de 2015

El hombre nuevo que necesitamos

El hombre nuevo no es un logro humano; no es la “modernización” de las personas mediante la psicología, la sociología, el esfuerzo personal o cualquier otro medio. El hombre nuevo se logra solamente por la acción divina y la colaboración humana. Analicemos los diferentes elementos fundamentales para el logro del hombre nuevo.
1. El hombre nuevo es alguien que se encuentra con Dios. La plena realización del hombre no puede lograrse sin el ejercicio y desarrollo de la plenitud del ser. El hombre ha sido creado con necesidades espirituales de comunicación y devoción con lo absoluto, Dios. Sin vida espiritual no hay hombre nuevo. Cuando San Pablo escribe sus cartas de la cautividad pone de manifiesto esta realidad. Tras las rejas de la injusticia y de la opresión no destila odio sino amor, y le pide a los hermanos de la iglesia de Filipo que tengan un pensamiento positivo. Los carceleros son conquistados por la vida y la fe del encarcelado; esto es posible porque además de estar preso San Pablo está en Cristo, y de esa relación con Cristo surge su poder espiritual... Su propia experiencia personal le muestra al apóstol que es imposible concretar la novedad de vida sin el previo encuentro con Dios. Su experiencia de conversión, que lo había transformado de perseguidor en proclamador del Evangelio, así lo atestigua. Ese primer encuentro no es sino un peldaño en la escalera del crecimiento espiritual: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.
Es mi propia convicción que no hay otro camino para la renovación del hombre, del mundo y de la Iglesia. Es indispensable el encuentro con Dios para lograr la máxima meta humana. Sin caer en el fanatismo ni la mojigatería, el cristiano debe buscar una vida de permanente comunión y dependencia divina. No obstante, es necesario tener presente que el encuentro con Dios es semejante a las huellas digitales, ya que no hay dos que sean iguales. Muchos cristianos se sienten frustrados por no poder alcanzar el tipo de experiencia espiritual que desean. Han olvidado que para que haya encuentro se necesita por lo menos dos personas y que cada una tiene el derecho a decidir sobre la forma en que el encuentro debe producirse. Las bendiciones de Dios, como las nubes, nunca se presentan en la misma forma. El encuentro divino-humano no es un estado emocional que se puede prefabricar y predecir mediante técnicas psicológicas, ni se trata de reflejos condicionados, ni nada por el estilo; se trata del encuentro real entre el creyente y el Absoluto. Dios se nos ha revelado en la persona de Jesucristo, y a los que en él creemos se nos abren las puertas de una nueva vida. Esa realidad puede ser aceptada o rechazada a nivel intelectual, pero a nivel vivencias es incuestionable. El encuentro con Dios no es una reacción química que podemos producir a voluntad en cualquier momento o lugar ni se puede estimular por medio de una inyección o un comprimido; para encontrar a Dios hay que buscarlo, lo cuál resulta fácil porque él nos está buscando antes de que iniciemos nuestra búsqueda.
2. El hombre nuevo es alguien que ora. Jesucristo es el hombre nuevo, el modelo de humanidad, y en su vida terrenal fue un hombre de oración. No tomó decisiones importantes sin previamente entregarse a largos períodos de oración. Antes de comenzar su ministerio pasó cuarenta días en oración en el desierto; no escogió a sus discípulos hasta después de largo tiempo en oración, y como sabía que su ministerio habría de culminar con la muerte de cruz y no ignoraba cuán dura habría de ser esa prueba, se preparó adecuadamente en oración.
Si el segundo Adán, Hombre Nuevo, Imagen de Dios y Hombre Perfecto oró para recibir de Dios el poder necesario con que encarar su difícil ministerio, ¿cómo pretendemos nosotros alcanzar la meta del hombre nuevo sin una adecuada vida de oración?  Si Jesús oró intensamente hasta descubrir la voluntad de Dios para ajustarse a ella, ¿cómo pretender concretar en nosotros el hombre nuevo sin antes buscar la voluntad de Dios para nuestras vidas sino insistiendo en nuestra propia voluntad?  Si Jesús oró por amor al Padre para gozarse en comunión con él, ¿cómo pretender alcanzar la novedad de vida sin colocar a Dios en el pináculo de nuestra vida afectiva?  Jesucristo es nuestro modelo: nos conduce necesariamente a una vida de oración.
La oración es la respiración de la vida espiritual del hombre nuevo. Por cuanto hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, la oración es inherente al hombre, quien intuye lo Trascendente y se siente impulsado a comunicarse con el Creador. Psicológicamente hablando, la oración es el hambre psíquica de una humanidad diferente, el hambre de hombre nuevo. La oración es el resultado de nuestra comprensión de lo que somos y del ansia por alcanzar lo que debemos ser mediante la gracia de Dios.
La oración es indispensable para la concreción del hombre nuevo porque éste es necesariamente un líder cristiano, y es la experiencia de la presencia de Dios lo que convierte a una persona común en un líder cristiano. La oración es la esencia de la religión, ya que si falta el sentido de la presencia de Dios en oración, no existe religión; puede haber ideologías, costumbres religiosas, pero no fe. Hoy, en nuestro mundo llamado occidental y cristiano, hay muchos que hablan acerca de Dios, algunos que hablan a Dios y muy pocos que hablan con Dios. Sólo cuando se tiene el sentido de su presencia puede hablarse con Dios. El hombre nuevo es aquél que transita por un camino de doble mano en la vida espiritual: es alguien que habla con Dios y lo escucha. La vida de oración debe darse en aislamiento y comunicación; en vida mística y en trabajo fecundo en bien de los demás. La vida de oración del hombre que ansía ser un hombre nuevo, debe pasar por tres etapas. La primera es una etapa de recogimiento y contemplación; la segunda de meditación y comunión; la tercera, de éxtasis. Personalmente he asumido muy en serio el esfuerzo para concretar el hombre nuevo en mi vida, por eso considero que la oración es uno de los factores fundamentales para alcanzar esa meta. Estas tres etapas son producto de mi propia experiencia personal antes que el resultado de la mera especulación teológico; por otra parte, de ningún modo excluyen otros aspectos de la vida de oración, como la alabanza, la confesión, la petición, la intercesión, etc.
El recogimiento es la fase previa a la oración, la preparación psíquica para poder entregarnos plenamente a la oración. Dicho de otra manera, es la invitación al inconsciente a entregarse a la oración. Este estado preparatorio no es la oración en sí misma; uno puede lograrlo mientras camina o conduce, y con los ojos bien abiertos. El contacto con la naturaleza es una gran ayuda. A veces ni nos damos cuenta de que en las plazas de las ciudades hay árboles y pajarillos que cantan, pero cuando nos encontramos en estado de recogimiento tenemos una mayor capacidad receptiva y caminamos más despacio.
Entre la contemplación y el recogimiento no hay una clara línea de demarcación, pero la contemplación contribuye a desarrollar la capacidad perceptiva y entonces uno se da cuenta de la grandeza de la Creación y de su propia pequeñez. Gracias a la contemplación el creyente se abre hacia afuera y se enriquece; toma conciencia de la grandeza de Dios que percibe con sus ojos; su vida interior se regocija y se emociona por el privilegio de comunicarse con el Creador.
La segunda etapa también consta de dos momentos muy similares entre sí: la meditación y la comunión. Durante la meditación el creyente vuelca su reflexión hacia adentro; reflexiona sobre lo que es y sobre lo que debería ser según el modelo que Dios nos ha dado en Jesucristo. Sin caer en la angustia ni en la frustración acepta su realidad existencias, agradece a Dios por los progresos logrados en el pasado y hasta ese momento y ruega que el poder del Espíritu Santo le permita seguir creciendo hacia la meta. La comunión viene tras la meditación: uno se queda frente a la presencia de Dios, sin pedir nada, ni perdón ni poder, simplemente gozándose con su compañía.
La etapa final, que he logrado muy pocas veces, es más fácil de experimentar que de explicar. Es un estado de éxtasis en que se pierde el sentido del espacio, del tiempo y de la ubicación. No es un estado de autohipnosis (conozco ambas experiencias y las diferencias son bien evidentes); es algo que no sé cómo definir pero que sé que es. Después de esta experiencia sobreviene por varias horas un estado de bienestar, una sensación de gozo inefable.
3. El hombre nuevo es una persona moral. Ya hemos comentado que en la Biblia el concepto de hombre nuevo aparece siempre dentro de un contexto ético-moral. El concepto de hombre como imagen de Dios - semejante al de hombre nuevo -, presupone la moralidad inherente a la humanidad, según la intención original de Dios. Por cuanto es un ser perfecto, Dios es un ser moral, y su imagen en el hombre también debe ser moral para que éste sea plenamente hombre. Jesús, en el contexto ético del Sermón de la montaña, nos dice: “Sed hombres como Dios es Dios”, es decir, sed morales como Dios es moral. Ser moral (perfecto), es ser hombre. En la Epístola a los Efesios, después de tres capítulos sobre la unidad de la Iglesia aparecen otros tres capítulos referidos a la práctica de la vida cristiana. En Efesios 4:12–13, 22–24, hay una serie de reflexiones sobre el hombre nuevo enmarcadas por principios de la ética cristiana. (Los dos siguientes capítulos de Efesios se ocupan de la familia cristiana y de la lucha que el creyente tiene que librar contra las fuerzas del mal).
He dicho que moralismo no es lo mismo que moralidad. Los moralismos son relativos, pero la moralidad es absoluta porque tiene que ver con la esencia del ser humano. La moralidad no consiste solamente en someterse a las leyes humanas porque, a la luz de Jesucristo, éstas pueden ser injustas. La moralidad tampoco consiste en someterse a las costumbres de una denominación religiosa - algunas de las cuales tienen mucho legalismo y poco amor -, sino en someterse al imperativo moral del Evangelio grabado en nuestra propia naturaleza como imagen de Dios. Recuerdo un matrimonio amigo, por cierto buenos creyentes, que conocí hace algunos años en Francia; habían viajado a su país de origen casi un año antes que nosotros. Recuerdo que la señora trajo a casa una cajita con aretes y collares y le dijo a mi esposa: “Te dejo todo esto que he usado y aprecio mucho porque no puedo llevarlos a mi país; en mi iglesia yo sería motivo de escándalo, si los usara; como no quiero ser piedra de tropiezo para mis hermanos, te los regalo”. Es evidente que esta amiga no creía que fuera pecaminoso usar esos adornos, pues no contribuían ni a la moralidad ni a la inmoralidad; pero el moralismo de su congregación la estaba obligando a actuar en forma inauténtica, a presentarse en forma diferente de lo que desearía a la luz de su comprensión del Evangelio. Tengo mucho respeto por cualquier cristiano que deja de comer o de beber o de utilizar determinadas vestimentas por causa de una convicción religiosa, aun cuando no comparta su idea. Lo que resulta muy lamentable es que un cristiano renuncie a sí mismo, a su convicción cristiana, sin estar convencido de que el imperativo viene de Dios. Una comunidad religiosa puede convertirse en un grupo psíquicamente enfermo y enfermante. El hombre nuevo es alguien que toma en serio la moralidad y no se somete a los moralismos humanos. Mucho más grave es la simulación y la hipocresía. Por ese camino difícilmente se arribe a la concreción del hombre nuevo. La moralidad se basa en el amor y no en el temor. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dice el Señor. El amor es la dinámica de la moralidad del hombre nuevo. El Evangelio no es un nuevo legalismo. Las listas de pecados que presenta San Pablo cuando anuncia que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios, no tienen nada de original; listas similares había en su tiempo redactadas por filósofos anticristianos. Uno es cristiano no porque se porte bien, pero se porta bien porque es cristiano. El Nuevo Testamento procura una vida moral, pero la vida moral no nos convierte en hombres nuevos. Es la lealtad a la persona de Jesucristo y nuestra fe en él lo que nos hace cristianos y nos permite imitarlo como modelo de humanidad. Cuando el hombre sea capaz de vivir en amor no necesitará caminar con muletas morales. “El amor”, afirma San Pablo, “no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.
Uno de los grandes problemas contemporáneos es la terrible crisis moral que embarga al mundo. La sociedad inmoral en que vivimos hace necesario que los cristianos luchemos con firmeza por un nuevo orden moral. La moralidad personal y social es indispensable. La moralidad es un ingrediente fundamental del hombre nuevo  y de la nueva humanidad.
4. El hombre nuevo es alguien que se compromete con la dimensión social del evangelio. El hombre nuevo, si bien madura a través de una experiencia individual, no es individualista; se expresa en comunidad. La renovación del hombre es parte de la renovación de toda la humanidad; en mi renovación se renueva parte de la humanidad y debo procurar la plena realización humana para los demás.
El cristianismo no es una ideología; es una manera de encarar la vida a partir del encuentro con Jesucristo y la comunión con él. Tampoco es un sistema, humanista; es una valoración realista del hombre a la luz del precio que Jesús pagó por cada ser humano en la cruz del Calvario.
Habiendo interpretado fielmente a Jesucristo, San Pablo no podía aceptar la inferioridad de algunos seres humanos y la superioridad de otros por razón de sexo, raza, status socio-económico o político. Analicemos brevemente la evolución de su reflexión teológico según el orden cronológico de sus epístolas. En Gálatas afirma que toda persona que ha sido bautizada en Cristo ha sido revestida de Cristo y, por lo tanto, “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.  Esta afirmación, dirigida a las iglesias de la zona central de lo que hoy es Turquía, es muy semejante a la que hace posteriormente a la Iglesia de Corinto, en el centro de Grecia. La esclavitud era moneda corriente en la antigüedad greco-romana, y entre los convertidos al cristianismo había muchos esclavos que, al igual que cualquier otro esclavo en cualquier tiempo, ansiaban su libertad. El apóstol sabe que Jesucristo llama al esclavo y, al convertirlo, lo hace libre. Todo creyente es un esclavo de Cristo por lo tanto no debe hacerse esclavo de los hombres. En el capítulo doce de 1 Corintios, San Pablo reflexiona sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo: cada cristiano es un miembro del cuerpo, vivificado por el Espíritu Santo. Los que se integran al Cuerpo de Cristo se encuentran en una nueva situación que va más allá de raza y status: “Porque por el sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Su esquema de reflexión no cambia en las epístolas de la cautividad; lo que cambia es su estrategia. No debemos olvidar que Efesios, Colosenses, Filipenses y Filemón son cartas escritas por un hombre preso en una cárcel romana. Tampoco debemos olvidar que el imperio romano era el principal promotor de la horrible institución de la esclavitud - el fracaso de Espartaco había mostrado la dificultad para vencer el monolítico orden establecido que estaba deshumanizando a buena parte de la población -.
Para comprender la estrategia de San Pablo en función de la humanización del hombre según el modelo de Jesucristo, es indispensable que nos ubiquemos en el contexto del siglo I. No sólo los esclavos eran deshumanizados, también lo eran las esposas y los hijos; al referirse a los deberes del padre de familia y a los derechos de la esposa y de los hijos, San Pablo estaba haciendo una revolución. El esclavo es incluido, en ambas epístolas, como un miembro de la familia y entra en la misma relación de deberes y derechos que los demás familiares.. La epístola a Filemón trata únicamente el problema de la esclavitud. Onésimo, el esclavo, se convierte en hijo espiritual de San Pablo y en hermano de Filemón, su antiguo amo. Un esclavo fugado podía ser legalmente torturado hasta la muerte para el escarmiento de los demás esclavos. Pero cuando las leyes humanas son injustas el cristiano tiene que ir más allá de ellas. San Pablo le pide a Filemón que reciba a Onésimo como a un hermano en Cristo y se compromete a pagar todo lo que aquél le haya robado, si es que Filemón insiste en cobrar la deuda.
Uno puede imaginar la profundidad de la fe del esclavo que vuelve a la casa de su antiguo opresor con la seguridad de que éste - que también ha sido ganado para Cristo bajo el ministerio del apóstol -, ha de recibirlo no ya como esclavo sino como a un hermano en Jesucristo. El hecho de que la Carta se haya conservado hasta el día de hoy es prueba evidente de que Filemón aceptó a Onésimo como a un hermano en Cristo. Si le hubiera dado muerte se habría cuidado de destruir el documento. Este documento fue tan valioso que la iglesia primitiva no consideró a los esclavos como seres inferiores. Según la tradición eclesiástica, Onésimo se destacó como un gran líder cristiano y llegó a ser obispo.
San Pablo fue un cristiano que se esforzó por alcanzar la plena novedad de vida. Su preocupación por poner en práctica la dimensión humana y social del Evangelio, para la redención de todo el hombre y de todos los deberes, debe servirnos de ejemplo.
El cristiano que hoy vive una situación social muy diferente de la de San Pablo debe, al igual que el apóstol, interpretar a Jesucristo, el hombre nuevo, para aplicar sus enseñanzas a nuestra situación actual.
Cuando el cristiano procura el logro del completamiento de la condición humana de los demás se enriquece a sí mismo y crece espiritualmente. El cristiano, para ser fiel al Evangelio, no puede olvidarse de los demás seres humanos. Hay una dignidad inherente a la persona humana porque ésta es imagen de Dios y porque la muerte de Cristo en la Cruz ha eliminado objetivamente las consecuencias del pecado que la había deteriorado.
Ante Dios todo hombre es digno de alcanzar su plena realización, y también debe serlo ante cada ser humano, especialmente ante cada cristiano. La explotación de otro hombre no trae corno única consecuencia la deshumanizaci6n del explotado, también deshumaniza al explotador.
La redención cristiana, tal como la hemos presentado en el capítulo anterior, se refiere a la totalidad de la vida. El hombre nuevo se preocupa y se ocupa - colaborando con Dios -, para que todo ser humano se beneficie con la redenci6n integral en Cristo. Al hacerlo ayuda a otros y se edifica a sí mismo para acercarse a su meta de realización humana en Jesucristo.
Las cuatro características del hombre nuevo que hemos presentado - encuentro con Dios, vida de oración, vida moral y preocupación social -, no agotan los factores que intervienen en la concreción del hombre nuevo. Sin entrar a desarrollar otros factores, nos limitamos a mencionar algunas ideas fundamentales.
1. El hombre nuevo es alguien que espera la magnificación de Cristo en su cuerpo. Acrecentar a Cristo en el cuerpo significa tener. una jerarquía de valores en función de Jesucristo. Acrecentar a Cristo significa contribuir al completamiento de nuestra salvación y la de otros en todos los aspectos de la vida. Acrecentar a Cristo en nuestro cuerpo significa asumir la responsabilidad de ser luminares en el mundo que vive en tinieblas. Sólo podemos iluminar cuando recibimos la luz de Cristo. El cristiano puede reflejar la luz de Cristo como la luna alumbra con una luz que no le es propia. El nuevo hombre refleja en su vida a Cristo como la luna refleja la luz del sol.
2. El hombre nuevo es alguien que encara valientemente la oposición.
3. El hombre nuevo es alguien que está dispuesto a padecer por Jesucristo.

Quiera el Señor que estas reflexiones sean útiles para que el lector pueda tomar sus propias decisiones.


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