martes, 6 de enero de 2015

¿UNA HISTORIA DE CINCO REYES?

LOS MAGOS
Mateo nos cuenta muy poco acerca del mismo nacimiento de Jesucristo. De hecho, los únicos datos específicos que nos da son el lugar (Belén) y el momento (el reinado de Herodes, en 2:1). En cambio nos narra una historia acerca de las consecuencias del nacimiento: la de la visita de los Magos.
Esta historia no es un bonito cuenta para niños. No es narrado como una leyenda curiosa sino como un hecho histórico de grandes implicaciones espirituales y consecuencias sociales. No está en la Biblia para ofrecernos la oportunidad de dar regalos a nuestros hijos en «Reyes», sino para subrayar unos hechos trascendentales: que Cristo tuvo que enfrentarse desde el momento de su nacimiento con una sociedad hostil a los propósitos divinos, y que iban a ser los gentiles más que los judíos los que recibirían al Mesías. Los Magos mismos, por lo tanto, a mi parecer no son en sí el elemento principal de esta historia sino más bien el catalizador que provoca la persecución de Cristo por Herodes. Si su protagonismo tiene alguna importancia en sí, es para ilustrar la extensión del Evangelio al mundo gentil.
Desgraciadamente, por ser esta historia un tanto exótica, la tradición cristiana ha ido elaborando alrededor de ella unas características de pura fantasía que han encubierto completamente el verdadero sentido de la narración. Como consecuencia, al leer esta historia pensamos en tres reyes montados en camellos que van caminando hacia Belén acompañados por una banda de criados y guiados por una estrella igualmente exótica que va flotando en el aire a poca distancia de ellos.
Ya hemos visto que no es así. En cuanto a la estrella parece que frases como las del versículo 9 («la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño») no son más que la descripción poética de un fenómeno astrológico: Los Magos, por sus estudios de los movimientos de esta estrella, descubrieron el camino hacia Belén. Si tuvieran una interpretación más literal sería difícil explicar por qué la estrella al principio les llevó erróneamente a Jerusalén.
Lo que la Biblia narra acerca de los Magos es muy diferente del cuento ya casi mitológico que se enseña a los niños de hoy. Y es una pena. Porque detrás de la fantasía tradicional existe una realidad histórica y espiritual de significado profundo. Aquí comienza la gran lucha entre Jesús y las autoridades judías, entre los «dos Israeles», y aquí comienza la presencia gentil dentro de los propósitos de Dios para su nueva creación.
La obra de Cristo iba a romper con el exclusivismo judío. La nueva creación iba a abarcar a los hijos espirituales de Abraham de todas las naciones (8:11–12; 28:19); y esto no iba a agradar a una nación que se creía el heredero de un monopolio de los favores divinos. Los Magos son las primicias de la incorporación de los gentiles a la familia de Dios, mientras el rechazo de Cristo por parte de Jerusalén anticipa la exclusión de un gran sector de los judíos del reino de los cielos. Los primeros en aclamar al Mesías en este Evangelio no son judíos sino gentiles (¡y esto que Mateo escribía mayormente para lectores judíos!). Heredes tenía a mano la revelación de las Escrituras y sabía manipularlas (2:4–6), pero no tuvo intención de recibir al Cristo qué ellas anunciaban. En cambio los Magos, guiados únicamente por sus estudios astrológicos y sin las ventajas de la Ley de Dios, le adoraron.
LOS DOS REYES
Herodes era un usurpador. Hacía bien en temblar por su trono. Ni era de la casa de David, ni tenía derecho al trono de David. En cambio Jesús, tal y como Mateo nos ha demostrado desde el primer versículo de su Evangelio, era hijo de David, y reunía las condiciones necesarias para ser rey de los judíos.
Jesús podía ser el Mesías. El testimonio de los Magos es importante en este sentido:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mateo 2:2).
La reacción de Herodes y de la corte también es significativa. Ellos desde luego no toman a la ligera la posibilidad de que Jesús sea el Mesías. Buscan en el Antiguo Testamento y encuentran una profecía que coincide con los hechos reales: el Mesías ha de nacer en Belén (v. 5) y Jesús verdaderamente nació en Belén (v. 1).
Por supuesto, en los capítulos sucesivos Mateo seguirá amontonando las evidencias. Nos dará el testimonio de Juan el Bautista (cap. 3) y de la voz del cielo (3:17). Nos demostrará que Jesús es el nuevo Israel que vence la tentación en el desierto (cap. 4). Constantemente nos indicará que Jesús cumple todo lo que las Escrituras dicen acerca del Mesías (2:15, 23; 3:3; 4:15–16). Y nos hará revivir la experiencia de los discípulos al ir descubriendo la autoridad de Jesús, primero en su enseñanza (capítulos 5–7), luego en sus señales y milagros (capítulos 8–9).
Como decíamos en el prólogo, nuestra historia versa sobre un rey, Herodes, que por su gobierno injusto no merecía serlo; sobre unos astrólogos a los que la tradición llegó a conceder el título de reyes aunque nunca lo fueron; y sobre un niño indefenso, nacido en un pueblo oscuro, pero que era reconocido por estos mismos astrólogos como lo que auténticamente era y es: el Rey de reyes y el Señor de señores.
Debemos tener cuidado de no celebrar de tal manera la fiesta de tres reyes legendarios, que nos olvidemos de las demandas sobre nosotros del verdadero Rey de la historia. Es una notable tendencia humana aprovechar ciertas efemérides históricas como excusa para la diversión y a la vez olvidarse del verdadero trasfondo histórico. Ocurre con todas las religiones del mundo, y con muchas de las fiestas nacionales y políticas, que lo trascendente queda enterrado bajo la frivolidad de la fiesta. La Navidad es la celebración del nacimiento del Rey de reyes. Sin embargo, para la gran mayoría la ocasión no es más que una excusa.
Si Mateo nos cuenta la historia de los Magos (y omite la visita de los pastores, la presentación en el Templo, etc), es porque ve en ella la ilustración gráfica de unos principios trascendentales de enorme significado para nosotros, y que tiene que ver con la realidad de Jesús y sus derechos soberanos en nuestras vidas.
Por un lado el contraste entre el rey Herodes y el rey Jesús nos conduce necesariamente a preguntarnos qué clase de rey queremos que gobierne sobre nosotros (cp. Lucas 19:14). Por otro lado el contraste entre Herodes y los Magos nos conduce a examinar con quiénes de ellos nos identificamos en nuestra reacción ante las pretensiones mesiánicas de Jesucristo.
Finalmente sólo hay dos maneras de celebrar la Navidad. O bien la utilizamos como pretexto para unas fiestas que marginan a aquel Rey cuyo advenimiento supuestamente celebran; o bien, como los Magos, lo adoramos. O bien de alguna manera, más o menos consciente, más o menos activa, perseguimos y desterramos a Jesús; o bien, admitiendo su realeza, su señorío y sus derechos soberanos, le reconocemos como nuestro Rey. Es el mismo texto del Evangelio de Mateo que nos pone en esta disyuntiva, porque es el texto el que nos plantea estas dos maneras de celebrar la Navidad.
EL REY HERODES
Ningún otro texto de la antigüedad nos cuenta la matanza de niños que fue la consecuencia de la persecución de Jesús por parte de Herodes (ver Mateo 2:16–18). Pero el hecho de encontrarla sólo en el texto bíblico no debe sorprendernos. Ni mucho menos puede ser utilizado como argumento contra su historicidad.
Debemos recordar que no disponemos de los archivos imperiales de Roma, ni mucho menos de los de la corte de Herodes. Los documentos históricos que podrían haber confirmado o contradicho la narración de Mateo, sencillamente han desaparecido. Los textos contemporáneos que han sobrevivido son poquísimos.
Por otro lado la credibilidad y fidedignidad histórica del Nuevo Testamento es algo que a estas alturas difícilmente se puede cuestionar. Todos los detalles de los Evangelios que se prestan a una confirmación por lo que sabemos de otras fuentes, han quedado respaldados por ellas. La reputación de los Evangelistas como buenos historiadores ha sido asegurada en la medida de lo posible*.
Si Mateo hubiera inventado esta historia, ¿no habría hecho que la matanza ocurriera en Ramá en vez de Belén? Así habría dado mayor autenticidad aún a la «profecía» que él cita en el versículo 18. ¿Y por qué ocuparse de esta profecía de todas maneras, si no hay nada en el contexto original de Jeremías que indique que se refiera al nacimiento del Mesías? Parece mucho más probable que Mateo haya buscado un texto bíblico para respaldar un hecho real, a que haya inventado esta historia para respaldar una profecía que de todas maneras no parece tener mucho que ver (al menos a la primera vista) con el hecho en cuestión.
Además, los detalles que Mateo nos proporciona acerca del carácter del Rey Herodes y de sus motivaciones, concuerdan perfectamente con lo que sabemos de él por la «historia secular» (y explícitamente por la «Historia de los Judíos» de Flavio Josefo). Un déspota sin escrúpulos, él tuvo una verdadera paranoia y obsesión por la seguridad de su trono. Sabía perfectamente que los judíos en general daban su apoyo a la familia hasmonea, descendientes legítimos de los sumos sacerdotes de Israel, y no a la familia de los Herodes, de origen idumeo. Hacia finales de su reinado esta inseguridad obsesiva llegó a proporciones tales que él llevó a cabo la liquidación sistemática de todos los supervivientes de la línea hasmonea, incluidos su propia esposa, Mariamne, y sus dos hijos, Alejandro y Aristóbulo. Esto ocurrió unos pocos años antes de la matanza de los Inocentes.
Si bien es cierto que la matanza de Belén sólo es narrada por Mateo, por otra parte sabemos que Herodes era plenamente capaz de realizarla. Una persona que mata a sus propios familiares, no vacilará en liquidar a enemigos ajenos, aunque sean niños.
¿Qué clase de rey era, pues, Herodes?
Sus contemporáneos le llamaban «El Grande», tanto por la extensión de su poder, como por el control férreo con el que gobernaba, como también por las obras vistosas con las que embelleció Palestina.
Era idumeo. Es decir, procedía de un pueblo (Edom) que era primo hermano de los hebreos, pero cuyo compromiso con Israel era dudoso. Debía su posición en el trono al poderío de Roma. Pero su status de vasallo no era muy cómodo. Como consecuencia ni sentía lealtad a Roma ni a Israel, excepto en la medida en que ella fuera a promocionar sus propios intereses. La «grandeza» de su reinado fue más bien personal; ni contribuyó a engrandecer el Imperio ni a Israel (excepto en sus monumento). El egoísmo y la ambición eran las fuerzas motrices de su gobierno.
Estas características, unidas a su paranoia, le llevaron a cometer atrocidades con tal de asegurar su trono. Su crueldad y tiranía eran notorias en el mundo antiguo. Elocuentes al respecto son las palabras de Mateo:
«El rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él» (2:2).
«Toda Jerusalén» se pone a temblar ante la noticias del nacimiento de Jesús, porque ya ha visto de lo que Herodes es capaz cuando su trono es amenazado. La llegada a Jerusalén de los Magos con sus noticias de un nuevo «rey» en Palestina, habría causado precisamente la consternación que Mateo nos cuenta. Toda Jerusalén se turbó porque no deseaba presenciar otro baño de sangre como el de hacía pocos años.
Sin embargo, nadie en Jerusalén se atrevía a oponerse a Herodes. Y posiblemente nadie lo deseaba. Como muchos de los tiranos de la historia, Herodes sabía controlar a la gente por medio de una mezcla de amenazas y halagos, de violencia y generosidad. El mayor de sus regalos a Israel había sido el grandioso Templo de Jerusalén. No lo había construido por piedad -excepto quizás por aquella clase de piedad que ve en la construcción de edificios religiosos una compensación por las injusticias personales- sino como monumento a su propia gloria y como medio por el cual ganar la gratitud de los líderes religiosos (¡y conseguir también su silencio y complacencia ante los abusos se su gobierno!).
A juzgar por las apariencias, Herodes era un hombre muy religioso. ¿Quién, al verel templo de Jerusalén, no habría imaginado que Herodes fuera el más piadoso de los hombres? Pero esta clase de piedad no es incompatible con intereses egoístas. La espiritualidad -ya lo hemos visto en el caso de José- debe ser medida, no por la ostentación que ella realice ante el público, ni siquiera por obras de caridad y generosidad, sino por la obediencia íntima a la voluntad de Dios. Los hombres somos capaces de construir templos para la gloria de Dios mientras a la vez perseguimos a sus siervos.
Así era Herodes. Su religiosidad no era sino una fachada. Sabía identificarse con la religión siempre que servía a sus propios intereses particulares, pero en el momento de la verdad, hacía la obra del diablo, no de Dios.
Apariencias de religiosidad; realidades de interés creado. Grandes monumentos y grandes atrocidades. La injusticia y la tiranía encubiertas por el chantaje y el halago de una corte espléndida. Mucha sofisticación en la superficie y mucha miseria en el fondo. Así era el reinado de Herodes.
HERODES Y EL DOMINIO DE SATANÁS
Si Dios interviene en la historia, también Satanás. Efectivamente, si no nos damos cuenta, desde el principio, de los papeles respectivos de Dios y el diablo en el mundo, el Evangelio de San Mateo no tendrá mucho sentido para nosotros. Porque el ministerio público de Cristo empieza con su enfrentamiento directo con Satanás (4:1–11) y termina con su entrega de sí mismo al dominio satánico (Lucas 22:53). Con esto los Evangelistas quieren hacernos ver que todo el ministerio de Cristo (y por consiguiente, todo el ministerio de la iglesia, el cuerpo de Cristo) tiene que ver con una lucha entre Dios y el Diablo. Está inminente la presencia diabólica en toda la narración de Mateo, y corremos el riesgo de interpretarla de una forma demasiado superficial si, detrás de las apariencias, no vemos la mano de los poderes sobrenaturales. Porque no luchamos, lo mismo que Cristo no luchaba, «contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12).
Por lo tanto, mientras Dios iba preparando la escena para la entrada de su Hijo en el mundo, también el diablo preparaba a sus protagonistas. Claro que ellos no eran conscientes de su papel, lo mismo que muchos de los antepasados de Cristo no reconocían el suyo, pero no por eso dejaban de ser agentes de la voluntad diabólica.
Los hombres somos todos por naturaleza «hijos del diablo». La enseñanza de Cristo es precisamente ésta: hijos del diablo son todos los que hacen las obras del diablo (Juan 8:44). Y ¿quién de nosotros no las hace? Todo hombre busca los intereses del mundo, de la carne y del diablo y, por lo tanto, todos somos sus hijos, o «agentes».
El mundo entero está en manos del maligno. De allí proviene la necesidad de la intervención divina en el mundo por medio de Cristo. Cuando Mateo narra el enfrentamiento de Cristo y el diablo en el desierto, no está en duda el hecho del dominio satánico en el mundo. El diablo dice que dará a Cristo todos los reinos del mundo a cambio de su adoración (4:9) y Cristo no niega que él tenga la autoridad de dárselos. Reconoce implícitamente lo que San Juan afirma explícitamente (1 Juan 5:19). Cristo desafía al diablo. Los dos saben que el propósito de Cristo es el de quitarle su autoridad y principado. Pero este mismo propósito implica que el diablo previamente tenía esa autoridad.
Uno de los reinos sobre los cuales el diablo ejercía su dominio era el reino de Herodes.
En el momento de las tentaciones (4:1–11) se exterioriza esta lucha que ya había empezado de una forma menos evidente en el mismo momento del nacimiento de Cristo. Porque fue desde el nacimiento que el diablo empezó a inmiscuirse en el plan divino para la salvación del mundo en Cristo. Si Dios eligió a José para ser el instrumento humano para la protección del Mesías niño, no menos obró el diablo para hacer de Herodes el instrumento de su destrucción. Los romanos habían dado a Herodes el mismo título que Cristo recibiría después de parte de Pilato: Rey de los Judíos, porque el Padre de Mentiras sabe muy bien crear imitaciones o alternativas siniestras de las obras de Dios. En el nombre de Dios el Sumo Sacerdote condenará a muerte al Hijo de Dios (26:63–66), demostrando así que no suelen ser las grandes religiones organizadas las que cumplen los propósitos divinos. Y en el nombre de la piedad Herodes busca también la oportunidad de matarle (2:8, 13).
Pero cuando decimos que Herodes era agente del diablo ¿qué es lo que entendemos? Claro está que no nos referimos a una posesión demoníaca tal como encontramos en los endemoniados. Tampoco queremos decir que el diablo pueda manipular al hombre como si éste fuera una máquina totalmente impotente bajo su mando. Pero de la misma forma en que el Espíritu Santo controla al creyente, no en contra de su voluntad sino conforme a su disposición voluntaria de seguir los caminos de Dios, así obra para mal el diablo en el hombre caído. Cuando el ser humano obra para fines egoístas sin contar con los designios del Creador, ya está obrando conforme a la voluntad satánica.
Buen ejemplo de este principio es el caso de Judas. Mateo se limita a decir de él que traicionó a su Maestro voluntariamente (26:14–16). En la superficie y según las motivaciones «visibles», fue el egoísmo de Judas, su desilusión con Cristo, su deseo de ganar dinero, lo que le llevó a entregar a Jesús. Juan, sin embargo, ve más allá de la superficie y dice explícitamente que «Satanás entró en Judas» (Juan 13:27). Demuestra así que, incluso en esas motivaciones «naturales» señaladas por Mateo, está la presencia satánica.
¡No hace falta, pues, que el diablo envíe a ningún mensajero satánico a decir a Herodes lo que debe hacer con Jesús! Utiliza sencillamente el carácter de Herodes, tal y como es. Por sus propios intereses egoístas, Herodes ya sirve de «agente diabólico». Mientras Dios tiene que intervenir de una manera especial, enviando a José una serie de visiones (porque el «hombre natural» no percibe sin revelación especial los propósitos divinos), el diablo no tiene necesidad de tales métodos. Los hombres ya compartimos su mentalidad.
Sin embargo, es importante entender que ni Herodes ni José fueron obligados a actuar tal y como actuaron. Ni Dios ni el diablo entrarán en nuestras vidas contra nuestra voluntad. Por ser «dominado» el hombre no deja de ser significativo y responsable. Si Dios pudiera haber obrado «directamente» en la vida de José, utilizándole como si fuera un robot, ¿por qué le habló mediante sueños, que le dieron la posibilidad de obedecer o de no obedecer? ¿No habría sido más fácil controlar a José «mecánicamente»?
Lo mismo pasa con la intervención satánica en la vida normal de los hombres. Si Herodes actuó conforme a los propósitos satánicos, fue para buscar sus propios intereses y salvaguardar su trono. Eligió por su propia cuenta matar a Cristo y a los niños de Belén. No hubo ninguna «obligación» sobre él. Pudo haber actuado de otra forma. Por lo tanto está sin excusa.
El hombre siempre está libre para obedecer o no. No puede justificarse diciendo que fue obligado a cometer alguna acción. Herodes siguió los intereses de Satanás, pero sin saberlo. Él actuó deliberadamente y lleva toda la responsabilidad.
Cuando hablamos de nuestra relación con «el mundo, la carne y el diablo» viene a ser en la práctica una sola relación. Servir a uno de ellos es servir implícitamente a los otros dos. Rechazar a uno es rechazar también a los otros. Parece, según la superficie de las cosas, que Herodes servía al mundo (al imperio romano) y a la carne (sus propios intereses políticos) cuando intentó matar a Cristo, pero también servía al diablo. Si hubiera logrado matar al Cristo niño, habría destrozado todos los propósitos divinos para la redención del hombre. Nosotros estaríamos todavía sin esperanza, muertos en nuestros pecados.
Por supuesto, el ejemplo de José y de Herodes nos lleva a plantearnos la pregunta: ¿a qué maestro serviremos nosotros? Es evidente que no basta dar respuestas fáciles. Según las apariencias Herodes era un hombre más piadoso que José. Nosotros, de igual manera, podemos engañar a la gente e incluso a nosotros mismos por la fachada de religiosidad y de caridad que proyectamos. Pero lo que cuenta es el deseo fundamental en nuestras vidas de amar a Dios y sus caminos y de cumplir su voluntad, lo cual se manifestará en una obediencia inmediata a su palabra.
Como ya hemos dicho, al hacernos la pregunta: ¿qué habría ocurrido si José no hubiera obedecido la voz de Dios? vemos el significado y la enorme responsabilidad del hombre. Y esta responsabilidad la llevamos tú y yo en nuestra generación. La gran lucha entre Cristo y el diablo, aunque ganada eternamente por Cristo en la cruz, sigue librándose en nuestra sociedad. Nosotros somos elementos tan significativos en esta lucha presente como lo fueron Herodes y José en la lucha pasada.
EL REY JESÚS
Y por contraste, ¿qué clase de rey es Jesucristo?
Naturalmente Mateo no pretende darnos una respuesta completa en el espacio de este capítulo, en el cual Jesús aun es un Niño. En realidad todo el Evangelio será la elaboración de su respuesta.
La voz del cielo (3:17) en el momento del bautismo de Jesús revelará (por su combinación del Salmo 2 y de Isaías 42:1) que el mesiazgo de Jesús ha de ser realizado, sorprendentemente, con el espíritu de un siervo que sufre.
En las tentaciones (4:11) Jesús mismo habrá de luchar interiormente para que, en su cometido de establecer el Reino de Dios, quede descartado cualquier medio diabólico, que sea ganar a la gente por suplir unas necesidades materiales, o por deslumbrar con un poder espectacular, o por seguir el juego del príncipe de este mundo y emplear sus tácticas políticas. No. Su reino será establecido por otros medios porque tendrá otro carácter.
Será un reino de justicia. Por lo tanto lo primero que tienen que comprender aquellos que desean ser ciudadanos suyos (los discípulos) es la naturaleza de la justicia que lo caracterizará. No una justicia superficial, limitada solamente a aquellos actos externos que pueden ser regulados por una legislación humana. Sino una justicia profunda, íntima, que exige no sólo actos justos sino motivaciones justas, justicia que procede de un corazón regenerado. De ahí el contenido déla primera enseñanza de Jesús a los discípulos, el llamado «Sermón del Monte» (Mateo 5–7).
Será un reino establecido, no por las agresiones de una tiranía, sino por el sufrimiento y la muerte del mismo Rey. Él irá a la Cruz a fin de redimir a su pueblo y trasladarlo de la potestad de las tinieblas a su reino eterno (Colosenses 1:13). Por esto mismo, cuando los apóstoles finalmente le reconocen por quien es - Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (16:16)-desde aquel mismo momento Jesús comenzó a declararles «que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día» (16:21). Porque éste era su camino al trono. Iba a ser después de efectuar la justificación de nuestros pecados por medio de ofrecerse a sí mismo, que se sentaría a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Sería después de padecer la muerte y gustada en nuestro lugar, que Jesús recibiría la corona de gloria y honra (Hebreos 2:9). A fin de llevar a muchos hijos a la gloria, previamente había de ser perfeccionado por aflicciones (Hebreos 2:10). El camino a la coronación conducía primero a la humillación de la Cruz. Antes de poder convocar a los discípulos al monte para decirles: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:16–18), Jesús había de subir otro monte con la cruz a cuestas, el monte Calvario.
Así es el reinado de Jesucristo. Es Rey por haber sido el Siervo sufriente. Le debemos lealtad, no porque nos ha vencido con un poder despótico, sino porque nos ha redimido con su sangre. Si es que nos ha vencido ha sido por la victoria del amor.
O sea, Jesús es toda la antítesis de Herodes. Entre ellos vemos el contraste entre la justicia y la injusticia, la autoridad y la tiranía, la verdad y la mentira, el amor y el egoísmo, el sufrir y el hacer sufrir, la luz y las tinieblas.
Pero todo esto queda aún para el futuro, para lo que Mateo posteriormente nos contará del resto de la vida de Jesús. En el capítulo 2 Jesús es sólo un niño. La naturaleza de su reinado está aún por manifestarse. Sin embargo, Mateo nos anticipa cómo será el gobierno al citarnos las palabras de los escribas (v. 4–6). Ante la pregunta de Herodes: ¿dónde ha de nacer el Cristo? ellos sólo necesitaban contestar: «En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta (Miqueas 5:2): Y tú, Belén, de la tierra de Judá…» Pero al seguir citando al profeta, los escribas, inconscientemente, describen el carácter del Mesías, y señalan el gran contraste entre su gobierno y el de Herodes: «De ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel».
Aquí vemos al menos tres matices significativos del gobierno de Jesús:
- En vez de ser un tirano será un guiador. Mandará por la fuerza del ejemplo. Si queremos un buen comentario sobre esta idea de «gobernar guiando», no podemos hacer mejor que considerar las palabras del apóstol Pedro a los ancianos de la iglesia: «Cuida de la grey de Dios, no por fuerza, sino voluntariamente… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:2–3). Pedro puede hablar así, porque él ya había experimentado en su propia vida el ejemplo del gobierno de Jesús.
- En vez de abusar del pueblo, Jesús lo apacentará. Difícilmente un gobierno humano se libra de la tentación de actuar en favor de sus propios intereses. Quien más quien menos, los gobernantes suelen enriquecerse a expensas del pueblo. Por mucho que hagan bandera de «servir al país», pocos lo enriquecen a expensas de sí mismos. Pero este es el caso de Jesús. «Por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecido» (2 Corintios 8:9). Como Rey no busca sus propios intereses sino el bien de su pueblo. Siente compasión por la gente al comprender que tienen hambre (14:14; 15:32) y al verles como ovejas sin pastor (9:36). El es un buen pastor que alimenta a su pueblo.
- En vez de servirse a sí mismo en el gobierno, Jesús formará un pueblo para la gloria de Dios. Siempre reconocerá que el pueblo al que gobierna es la posesión especial de Dios (Salmo 135:4; Efesios 1:14). Por lo tanto, lo que informará el ejercicio de su gobierno, no son sus propias ambiciones egoístas, sino la voluntad de Dios. «Hágase tu voluntad» es la oración que Él enseñará a sus discípulos (6:10); es la oración que Él mismo hará en medio de la angustia de Getsemaní (26:42); es la regla de su vida y gobierno.
Así pues, Mateo nos anticipa la clase de reinado que Jesús traerá. Y con ello nos señala el contraste entre Jesús y aquel rey que quería eliminarle. Herodes no era un «guiador» del pueblo, sino un déspota que le daba mal ejemplo. No apacentaba al pueblo sino que se apacentaba a sí mismo a expensas de él. Y para Herodes el pueblo existía sólo para satisfacer sus intereses; poco le importaba que fuera el pueblo de Dios.
Lo que resulta casi increíble es que años después este mismo pueblo, puesto a elegir entre Jesús y el sucesor de Herodes en el gobierno de Jerusalén, iba a decir: No queremos que este Jesús reine sobre nosotros; no tenemos más rey que César (Lucas 19:14; Juan 19:15). ¿Cómo es que un pueblo celoso de su independencia política, orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, pudiera llegar a rechazar al Ungido de Dios y aferrarse a un sistema político caracterizado por la violencia y la supresión de los derechos de los pueblos? Es un misterio que nadie puede comprender que no haya visto el engaño, las contradicciones, la rebeldía y la miseria de su propio corazón. En realidad una de las razones por las que los evangelistas escribieron los Evangelios, es para explicarnos cómo algo tan aberrante pudo ocurrir.
Mientras tanto Mateo nos invita a la reflexión. Si «toda Jerusalén» comparte la perturbación de Herodes y sólo tres extranjeros van a adorar a Jesús, ¿quién tiene razón? Puestos a considerar las dos clases de gobierno plasmadas en Jesús y Herodes, ¿qué clase de rey verdaderamente deseamos que gobierne sobre nosotros? ¿Seremos pueblo de Dios y nos someteremos al señorío de Jesucristo? ¿O daremos la espalda a Dios y a su Ungido a fin de montar nuestros propios imperios humanos? ¿Iremos con los Magos a Belén, o nos quedaremos en Jerusalén, conformándonos con los abusos e injusticias del tirano?

Hacía muchos siglos que Josué había lanzado un gran reto al pueblo de Israel; «Si mal os parece servir a Jehová; escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15). Ahora Mateo, implícitamente, por el contraste entre los dos reyes de nuestra historia, nos pone a sus lectores ante la misma decisión. Nos toca a nosotros decidir.


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