sábado, 25 de junio de 2016

Dios es tan bueno

El atributo divino de la bondad separa a Dios de los hombres. Dios es total e infatigablemente bueno. Él es incapaz del mal. Sus pensamientos son siempre puros, y siempre actúa noblemente. El hecho de que Dios es bueno es una verdad hermosa y una que mueve nuestros corazones a proclamar de manera devocional, «Amén». Pero lo que el salmista afirma es mucho más grande que una mera bondad general o lo que algunos llaman «gracia común». Su bondad divina no es algún aspecto general del carácter de Dios. No es como si Asaf estuviese relatando que Dios da la lluvia para el justo y el injusto o que Él da vida y aliento a todos. El autor no está hablando de algún punto vago. Por el contrario, Asaf habla de la bondad pactal de Dios. Él ve la bondad de Dios como algo íntimo, cercano, tangible y personal; pues dice, «Ciertamente es bueno Dios para con Israel». Con esta palabra Israel, Asaf está diciendo que Dios es bueno específicamente con Su pueblo. Él los ama de una manera única y especial. Por siempre y para siempre. Él es bueno para con ellos, pues Dios al hacer Su pacto ha jurado por la autoridad más alta posible, Su propia promesa inmutable, que Él le hará bien a Su pueblo.

El escritor afirma esta verdad con las palabras más fuertes posibles comenzando su declaración con la palabra ciertamente. En su mente ortodoxa y bien instruida hay una verdad segura que él quiere que todos en su pueblo conozcan, quienes hayan sido regenerados, cuyos corazones han sido circuncidados, y es la siguiente: Dios es bueno.

Esta es una verdad eterna para todo el pueblo de Dios, no sólo para el Israel de la antigüedad. El Apóstol Pablo asume y proclama con gozo la misma verdad a los creyentes en Roma en Romanos 8:28, «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Aunque Dios demuestra Su bondad, incluso a los injustos, Pablo tiene en mente específicamente aquel bien que es salvador, justificador y glorificador (Ro. 8:29–30). Dios es bueno para con Su pueblo, pues Él les dio a Su único Hijo y promete darles todas las cosas que sean para su bien. Por tanto, afirmo que este bien es un bien de pacto, un bienestar realizado a favor de aquellos que Él llama suyos por el libre ejercicio de Su propia voluntad (Ef. 1:11).

¿Por qué Asaf considera que Dios es bueno? ¿No es ésta sólo una forma de alabanza habitual? ¿No es esto tan sólo la repetición de las palabras correctas que ha aprendido de su instrucción religiosa en Israel? ¿Podría estar escribiendo esto simplemente porque era su labor como salmista?

Es verdad que con frecuencia somos culpables de repetir frases y palabras piadosas sin pensar lo que decimos. Llegan a estar tan incrustadas en nuestro vocabulario que salen de nuestra boca sin pensar. Recuerdo una vez haber dejado un mensaje en la máquina contestadora de mis padres. Me escuché a mí mismo diciendo, «Mamá y Papá, sólo llamé para decirles hola… los amo a ambos y llamaré más tarde… en cuyo nombre oramos», y antes que me diera cuenta, dije, «Amén».


¿Acaso con frecuencia no sólo repetimos como pericos nuestra alabanza a Dios ¿Con cuánta frecuencia cantamos himnos de alabanza de manera mecánica y adormecidos a las verdades que nuestros labios están proclamando? Sin embargo, esta primera oración del salmo es maravillosa porque Asaf no estaba sólo cantando alabanzas a Dios. Sus palabras muestran que había meditado en la profundidad, la altura, la anchura y la longitud de la gloriosa bondad de Dios. En estas pocas palabras, «ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón», Asaf tenía en mente al menos cuatro atributos de la bondad de Dios. Él la miraba como inmerecida, poderosa, condescendiente y continua.