lunes, 22 de agosto de 2016

Plan perfecto para matrimonios imperfectos

El plan de Dios para el matrimonio de ninguna manera ha fracasado. Somos nosotros los que por olvidar sus mandamientos hemos fallado. La buena noticia es que aunque somos imperfectos, podemos tener una adecuada relación matrimonial si es que obedecemos la enseñanza escritural.
El matrimonio cumple el propósito de Dios cuando los cónyuges por medio de palabras, actitudes y comportamiento glorifican a Dios. Cuando suplen, mutuamente y en amor, su necesidad de compañerismo y ayuda recíproca.
La familia pertenece a Dios porque Él es su creador. Estableció su propósito y determinó su estructura interna. El matrimonio cristiano no debe definirse como nuestro, sino como el matrimonio de Dios. Si en verdad se toma en cuenta a Dios en la vida familiar, si permitimos que Jesucristo sea el Señor de nuestros hogares, permitiremos que Él influya en todas nuestras decisiones. O sea, que influya desde lo más simple, hasta lo más complejo: cómo adornar nuestra casa, planificar el tiempo, relacionarnos como familia, educar a nuestros hijos y convivir con nuestro cónyuge. Cuando Dios tiene la preeminencia en nuestros hogares y vivimos en este mundo de acuerdo a sus principios, Él recibe la gloria y nosotros los beneficios de tener un hogar de éxito.
Muchos cometen el error de malinterpretar el propósito de Dios al crear a la familia. A veces, por ejemplo, pasan por alto el lugar que la mujer debe ocupar en el hogar. San Agustín lo explicó con mucha sabiduría al afirmar que Dios no creó a la mujer de la cabeza del hombre para que la subyugue, ni de sus pies para que la pisotee, sino que la tomó del costado para que caminaran juntos por la vida. La formó para que fuera su esposa.
Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él… Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Génesis 2:18, 22).
Dios declara que no es bueno que el hombre esté solo. Esto no significa que de pronto se da cuenta de que al hombre le faltaba algo. Todo lo contrario, vio que Él había creado al hombre con esa necesidad y que debía suplirla mediante la creación de la mujer. Dios declara que para que la vida del hombre sea completa necesita tener a su lado a alguien que supla lo que a él le falta y para que este a su vez supla lo que a ella le falta.
Es lamentable, pero las parejas que en la práctica no están determinadas a ayudarse mutuamente en todas las tareas que sean necesarias, están preparando el terreno para el fracaso. Los matrimonios que no son compañeros, que no tienen armonía y buena correspondencia entre ellos, que no se acompañan en la vida para lograr un fin común, no están supliendo esa necesidad de compañerismo y ayuda. Han abandonado el modelo divino.
La idea de que la mujer fue hecha para el hombre y el hombre para la mujer trasciende el campo sexual. Esto se ilustra muy bien con las palabras de Pablo sobre este tema. El apóstol le recuerda a sus lectores que nuestros cuerpos pertenecen a nuestros cónyuges y que la sumisión mutua, el compañerismo y la ayuda recíproca redunda en la plena satisfacción en el matrimonio.
Estructura interna del matrimonio
Las palabras que aparecen en Génesis 2:24, 25 nos ofrecen principios muy importantes que se constituyen en los pilares que forman la estructura interna del matrimonio. En estos versículos se encuentran claramente establecidas cuatro declaraciones que son la carta magna del matrimonio.
Dios enunció su plan para la vida conyugal dejando estipulados muy claramente cuáles son los elementos indispensables para el éxito de la relación matrimonial. En Génesis 2:24 dijo: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne». Esto tiene tanta importancia, que «se repite cuatro veces en la Biblia y lo cita el propio Jesucristo cuando analiza los asuntos del matrimonio y el divorcio».3
Sin duda este es un versículo fundamental y no solo está dirigido a dar instrucciones a Adán y Eva. Ellos ni siquiera tenían padres terrenales a quienes dejar por lo que es apropiado determinar que estos mandamientos están dirigidos a todos los matrimonios por todas las generaciones.
Cuatro principios se desprenden de estos versículos y estos son los pilares que sustentan el hogar cuyo fundamento, para que el matrimonio cumpla el propósito divino, debe ser Dios. Estos cuatro pilares que componen la estructura interna del matrimonio cristiano son: La SEPARACIÓN de toda relación que impida que los cónyuges se relacionen saludablemente. El compromiso de PERMANENCIA a pesar de las dificultades y diferencias y hasta que la muerte los separe. La UNIDAD en las decisiones, actividades y metas de los integrantes de la familia y la INTIMIDAD espiritual, emocional y física entre ambos cónyuges.
Dios dice a los matrimonios: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre». Este es el principio de separación. Luego agrega: «Y se unirá a su mujer». Debido a que la palabra que en hebreo significa «unirá» se refiere a una unión permanente, se ha llamado a este el principio de permanencia. El final del versículo 24 nos entrega el principio de unidad en la declaración: «Y serán una sola carne». El último principio aparece en el versículo 25 que dice: «Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban». Se ha llamado a este principio, el principio de Intimidad.4
Separación: decisión ineludible
Toda persona casada enfrenta la ineludible decisión de separarse con sabiduría de los vínculos familiares que le han unido por tantos años. Para la mayoría, dejar a los padres no es una tarea fácil, pero es obligatoria porque sin una separación adecuada no existirá la unidad necesaria. El propósito de Dios para el matrimonio es que ambos realicen la separación apropiada del vínculo más cercano que existe en las relaciones humanas antes del matrimonio, es decir, el existente entre los hijos y los padres. Si Dios demanda que los hijos al entrar al matrimonio realicen la separación necesaria de tan importante nexo con los padres, es lógico que también demande que todas las demás relaciones interpersonales se ubiquen en el lugar correspondiente.
Después de la relación del hombre con Dios, no existe relación más importante en este mundo que la relación con el cónyuge. El matrimonio que falla al no cumplir este mandato divino sufrirá conflictos. Se avizoran problemas no solamente entre los esposos, sino también con los padres de ambos por no haber podido romper el nexo en el que han encontrado seguridad por tantos años.
Los vínculos de los cónyuges con cualquier otro individuo que no sea el cónyuge pueden ser muy dañinos. Debe existir el más absoluto respeto y amor por los padres y los cónyuges deben estar listos a socorrer a sus respectivos padres cuando sea necesario. Los padres deben seguir amando y respetando a sus hijos aunque estos estén casados, pero nunca se debe permitir la intromisión en los asuntos, decisiones, las metas y los planes del nuevo matrimonio.
Los cónyuges pueden consultar a sus padres si tiene el consentimiento del otro cónyuge. Si reciben opiniones, sugerencias u órdenes de los padres, deben comunicárselas a su cónyuge y la decisión final debe realizarla la pareja de común acuerdo. La separación de los padres debe ser física y emocional. Es ideal que el que se casa se vaya a su casa. No importa el tamaño de esta, no importa la condición económica, pero ese tiempo de estar solos, juntos, enfrentando la vida como pareja, es indispensable para la unidad del matrimonio.
Debemos amar escuchando las opiniones de los padres, pero nos debemos separar de ellos no permitiendo que esas opiniones sean más importantes que las del cónyuge. Se debe amar preocupándonos de las necesidades de nuestros padres, pero nos debemos separar poniendo límites. Ambos cónyuges deben decidir todo tipo de ayuda que deben brindarle. Quienes no cumplen este mandato divino de separarse sabiamente de sus padres, están preparando su relación matrimonial para conflictos muy serios y rompiendo una columna que pondrá en peligro la seguridad del hogar.
Permanencia: compromiso indispensable
Desde antes del matrimonio los novios deben tomar la decisión de contraer un compromiso permanente. Es indispensable que exista este compromiso serio y firme, pues sin este el vínculo será demasiado débil y no soportará los conflictos que acompañan a la relación conyugal.
El principio de permanencia obliga al matrimonio a tener un compromiso para toda la vida. Todo matrimonio debe iniciarse con ese plan en mente. La meta no debe ser el cansancio, ni el matrimonio debe terminarse por la aparición de una mujer más bonita, ni por la llegada de un hombre más simpático. No deben llegar al matrimonio pensando que la relación se terminará cuando se cansen de sus diferencias. El plan de Dios es un hombre y una mujer unidos en el vínculo matrimonial para toda la vida.
En Mateo 19:4–6, Jesucristo citó Génesis 2:24 y agregó a la frase original una nueva declaración cuando dijo: «Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne». Luego estableció con absoluta claridad el propósito divino para el matrimonio diciendo: «Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre».
Aunque Moisés concedió el derecho de realizar divorcios, ese no fue el plan original del Padre. Existen otros pasajes escriturales que confirman que la permanencia es el ideal divino para la relación matrimonial (Romanos 7:1, 2; 1 Corintios 7:39.)
El matrimonio es más que separarse de los padres; es unirse voluntariamente en un compromiso de permanencia delante de Dios y del cónyuge con la intención de permanecer juntos pese a que son diferentes y tendrán dificultades. Los esposos deben realizar un compromiso a permanecer en la relación matrimonial hasta que la muerte los separe. Los que no están dispuestos y que buscan separarse por las diferencias, o porque son incompatibles, optan por el camino fácil de tratar de eludir la responsabilidad y van en contra del plan de Dios para su matrimonio. El matrimonio cristiano debe caracterizarse por na compromiso de permanencia porque ante los ojos de Dios y de nuestros cónyuges hemos realizado un serio pacto.
En Proverbios 2:17 se nos presenta a una mujer que ha decidido vivir en la maldad. Una mujer que optó pasar por alto el plan de Dios y quiere enredarse en relaciones pecaminosas. De esta manera, «abandona al compañero de su juventud, y se olvida del pacto de su Dios». Pero esa no es la relación matrimonial que la Biblia aprueba.
En Malaquías se describe a la esposa como «la mujer de tu juventud», o como «tu compañera» o como «la mujer de tu pacto». El matrimonio es un pacto que requiere un compromiso. Por lo tanto, cuando la relación matrimonial no da resultados, nuestro llamado no es para abandonar esa relación. No se nos exige soltar los vínculos. Por el contrario, se nos exhorta a revisar nuestro compromiso. Es en los momentos en que por los embates de la vida se quieren soltar las amarras cuando más necesitemos afirmar nuestro compromiso y profundizar nuestro pacto. Si usted en este momento enfrenta conflictos matrimoniales, no huya de su pacto. Solo afirme más que nunca su compromiso, y si no sabe cómo hacerlo, busque ayuda.
Unidad: acción insustituible
La unidad es el tercer principio fundamental para el matrimonio. La unidad es una acción que debemos buscar y no una consecuencia que vamos a disfrutar. No debo esperar unidad si no realizo acciones que nos muevan a la unidad como pareja. La unidad no se puede sustituir con algún otro ingrediente. Sin unidad no existe matrimonio. Sin unidad existen dos personas juntas, pero no es un matrimonio al estilo divino.
Casarse y continuar viviendo como solteros es uno de los errores más graves de quienes llegan al matrimonio. Los egoístas y egocéntricos harían un gran favor a quienes buscan para casarse si evitan el matrimonio hasta que estén listos para ello. Deben dejar de vivir pensando solo en ellos mismos y deben estar dispuestos a comenzar a vivir para servir, amar y buscar la plenitud de la otra persona. El egoísmo y el orgullo son tan destructivos para cualquier relación interpersonal, incluyendo el matrimonio, que la Palabra de Dios nos exhorta a lo siguiente:
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3–4.)
No existe matrimonio al estilo divino sin unidad. Es cierto que la declaración divina que dice «y serán una sola carne» se refiere en primer lugar a la unión sexual, pero de ninguna manera debemos suponer que esté limitada a eso. Dios no pretende que para ser una sola carne aprendamos a tener relaciones sexuales satisfactorias, porque estas no son un fin en sí mismas sino el producto de una buena intimidad espiritual y emocional. Los esposos, mediante la relación conyugal, deben luchar por convertirse en una pareja que camina en la misma dirección. Esto quiere decir que ambos aprenden a hacer todo lo que contribuya al bienestar mutuo y rechazar todo lo que ponga en peligro la unidad del matrimonio, sin importarles cuán bueno, adecuado y necesario sea para los individuos.
La pareja aprende a vivir en unidad cuando ambos están listos a renunciar a todo lo que, aunque sea bueno para el individuo, es malo para el matrimonio. La unidad no solo habla de vivir juntos bajo el mismo techo ni de tener relaciones sexuales. La unidad no solo es dormir en la misma cama, ni disfrutar la mismas comidas, ni pagar juntos las cuentas. Es mucho más que eso. La unidad es determinar que ambos seguirán las metas que Dios ha establecido para el matrimonio. Ambos son diferentes, cumplen diferentes roles, aportan en diversos campos a la vida conyugal. Sin embargo, ambos van rumbo a la misma meta. Meta que no es el resultado del plan del esposo, ni de los propósitos de la esposa. Meta que es el plan divino para el esposo y la esposa.
La unidad incluye planificación de los asuntos espirituales, físicos, emocionales, familiares e intelectuales. Este es un plan conjunto que toma en cuenta la opinión de ambos y se decide lo que es mejor para la familia y lo que más se ajusta al propósito de Dios. La unidad no significa que ambos siempre estarán de acuerdo. Es decir, la unidad no es sinónimo de unanimidad. La unidad tampoco significa que ambos harán las cosas ni actuarán de la misma manera, o sea, no es lo mismo que uniformidad.
Intimidad: tarea inevitable
El último principio se refiere a la intimidad. Sin esta somos dos trabajadores en una misma labor, pero no dos seres humanos íntimos. Sin intimidad los cónyuges se vuelven extraños y son insensibles al dolor o la alegría de quien dicen amar.
Si queremos tener un matrimonio de acuerdo al modelo original, la intimidad es una tarea que debemos realizar cada día. Para lograrlo, hay palabras que se deben usar, acciones que se deben realizar, sentimientos que se deben expresar. Por medio de la intimidad nos mostramos tal como somos y aceptamos a la otra persona tal como es. Estas actitudes, palabras y acciones que nos acercan son inevitables si en verdad anhelamos tener intimidad.
La relación del huerto del Edén fue íntima. Adán y Eva estaban desnudos y no se avergonzaban. Tenían una relación sincera, honesta y transparente. No tenían nada de que avergonzarse, ni nada que esconder. No tenían vergüenza ni temores. No había razón para culparse, ni pecados que le impedían relacionarse limpiamente. Podían mirarse a los ojos con libertad y tenían la certeza que ninguna otra relación amenazaba su intimidad.
A pesar de que esta relación se afectó con la entrada del pecado, todavía es posible tener una relación íntima que agrade a Dios y que sea de bendición para la pareja. Él nos ha dado los medios para lograrlo. Por supuesto, debido al pecado la intimidad no es algo que no fluye con naturalidad de nosotros. Tendemos a escondernos y a ocultar nuestros sentimientos. Nuestra gran lucha es mantener los principios de amor y respeto mutuo en la intimidad. Esta se ve amenazada porque nuestra naturaleza pecaminosa siempre nos incita a creer que los pastos que se ven a la distancia son más verdes que los nuestros. El jardín del vecino siempre parece mejor que el nuestro, pero no siempre es verdad.
Al referirme a la intimidad es posible que su mente se haya centrado en la física. No hablo solamente de eso. La mayoría de las parejas en conflictos centran sus problemas en las relaciones sexuales y la verdad que uno descubre es que generalmente no es la causa, sino un síntoma de un problema mayor. No existe una adecuada intimidad física si no existe una adecuada intimidad espiritual y emocional. Un matrimonio que ama a Dios, que busca con ahínco y determinación disfrutar una adecuada vida espiritual, que se esfuerza al máximo para entender las emociones de su cónyuge y apoyarle emocional y espiritualmente en sus momentos de necesidad, es una pareja que tiene los ingredientes necesarios para disfrutar de una buena intimidad física.
Si en su matrimonio han roto la columna de la separación porque no han ubicado sabiamente a los padres y a cualquier otra relación interpersonal que no sea la de su cónyuge, están preparando el terreno para el divorcio. Si creen que por ser diferentes e incompatibles deben separarse y buscar a otra persona más afín, están demostrado que no tienen un serio compromiso con sus cónyuges. No han entendido el pacto que hicieron delante de Dios y no solo desobedecen el principio divino de la permanencia, sino que se encaminan con pasos agigantados hacia el divorcio.
Si actúan como si fueran solteros a pesar de que están casados, están rompiendo la columna de la unidad. Si es que cada uno toma las decisiones sin tomar en cuenta los sentimientos y las opiniones de su cónyuge, si es que no determinan que la meta común para su matrimonio serán los principios eternos e inmutables de la Palabra de Dios, viven juntos pero no unidos y están rompiendo la columna de la unidad. Esa rebelión a los mandamientos divinos no solo les depara una vida de frustración, sino que les ha metido en el sendero cuyo fin es el divorcio.

Si en su relación conyugal tener o no tener intimidad es sinónimo de tener o no tener relaciones sexuales, no solo juegan con la relación más íntima que puede existir entre un hombre y una mujer, sino que están rompiendo la columna de la intimidad. Estas actitudes provocan traumas y frustraciones sobre todo en las mujeres que se sienten que las están usando y manipulando. Quienes obvian las necesidades integrales del cónyuge, olvidan que son seres humanos que no solo tienen cuerpo, sino también alma y espíritu. Olvidan que para tener una relación íntima adecuada se necesita una relación íntima integral. Lamentablemente no comprenden los valores importantes que esta relación encierra y se labran el camino hacia el divorcio.