sábado, 10 de septiembre de 2016

Llevando Cuentas Cortas

El Problema del Pecado
Nuestro problema es que los maridos y las esposas son pecadores. Los problemas matrimoniales son indudablemente problemas del pecado – la falta de conformarse a la Palabra de Dios en nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros hechos. Y cuando no andamos conforme a la Palabra, las personas más íntimas, los miembros de nuestras familias, se dan cuenta primero de aquellos problemas.
Esto quiere decir que el matrimonio está en apuros, si no sabe tratar a la vez con la tentación y el pecado. Para mantener un matrimonio saludable, tanto el marido como la esposa tienen que comprender lo que es el pecado, lo que es la provisión de Dios para el pecado en la cruz, y lo que es necesario hacer cuando se pecan contra Dios en la relación matrimonial. Una gran parte de la desviación moderna de la doctrina bíblica referente al matrimonio es el minimizar el problema del pecado. Por lo tanto, una gran parte de la reforma del matrimonio debe ser el restablecimiento de la confesión bíblica del pecado.
Llevando cuentas cortas quiere decir que un individuo no demore la confesión del pecado si esa confesión es necesaria. Esto se aplica en primer lugar a la relación entre la persona y Dios. Si alguien no está confesando su pecado a Dios, no podrá disculparse propiamente con otros. El pecado se debe confesar en cuanto uno se da cuenta de su ofensa. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9).
La confesión de los pecados es como recoger algo que se ha dejado caer al piso. Si uno aprende a recoger las cosas inmediatamente, se pueden dejar caer mil cosas al piso, y la casa aún quedará limpia. Mas si solo se recogen las cosas cada seis meses, el resultado será un trabajo abrumador de limpieza. Continuando esta ilustración, hay hogares tan desordenados, que los que tienen la carga de limpiarlos ni siquiera saben como empezar. No es que les gusta que sea así, mas que están simplemente abrumados. Pero tales cosas siempre se acumulan una por una. Si se hubieran recogido tan pronto como se dejaron caer, entonces el hogar se hubiera quedado limpio.
De la misma manera, “las cosas” se tienen que recoger con respecto a las relaciones. La confesión de maldad siempre se debe hacer de inmediato. “El que encubre sus pecados, no prosperará: mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia.” (Prov. 28:13). Jamás se ha realizado algo bueno demorando la confesión. Si en un momento se ha dejado caer algo al piso, se debe recoger en el mismo momento. Se deben llevar cuentas cortas; en todas las relaciones es necesario evitar la demora de la confesión.
En esta enseñanza sobre la confesión es importante enfatizar que al convertirnos, nuestros pecados están perdonados, y estamos justificados completamente. Nuestra justificación, nuestra posición como hombres y mujeres perdonados, nunca está alterada por lo que hacemos o lo que no hacemos, incluso si confesamos nuestros pecados o no los confesamos. Un verdadero hijo de Dios está perfeccionado en Cristo sea su comportamiento lo que sea. Pero negándose a confesar el pecado sí afecta su gozo en el deleite de su justificación. Cuando David cayó en el pecado grave de adulterio y homicidio, todavía era hombre justificado durante el tiempo entero. Pero ciertamente no andaba en el gozo de su salvación. “Vuélveme el gozo de tu salvación…” (Sal. 51:12). La realidad de su relación con Dios no fue amenazada, pero en esa relación experimentaba la miseria hasta que por fin confesó su pecado.
Del mismo modo, muchos cristianos se derivan en pecado no confesado, y así pierden el gozo de su salvación. Mientras continúan en su pecado, se vuelven más y más miserables en esta triste condición. Durante el mismo tiempo, siguen asistiendo a la iglesia, aprendiendo las canciones y los himnos, recitando toda la jerga, sonriendo y dando la mano como hipócrita, fingiendo tener el gozo del Señor. Nunca se les ocurre que la mitad de esa gente también está fingiendo, igual que ellos. Y por supuesto, de vez en cuando entra a la iglesia un cristiano completamente nuevo reventándose de alegría, y este descubre a los cristianos mayores y “más maduros” tirados en los bancos y murmurando, “Ya veremos, él aprenderá.” Hay algo esencialmente mal con todo esto. El pecado no confesado les roba a los cristianos de su gozo en la relación preciosa con el Padre celestial. Esto se demuestra patentemente en nuestra relación con Dios.
Pero el mismo principio se aplica también a todas las otras relaciones, incluso las relaciones entre la familia. Si un niño está enojado con sus padres, ese niño no deja de ser hijo de sus padres. La realidad de la relación no cambia. Pero por supuesto el pecado sí afecta la calidad de esa relación – le quita el gozo de esa relación. Si el pecado no confesado se permite acumular, dificultará las relaciones más y más.
En la relación matrimonial, se aplica el mismo principio. Supongamos que un hombre llega del trabajo a la casa, y su esposa lo saluda alegremente. El tuvo un día dificil, por eso la regaña y se marcha al cuarto de estar. Enojado, allí lee el periódico por diez minutos. En ese momento, no puede calmarse, entrar a la cocina y decir, “¡Hola, guapa! ¿Qué hay de comer?” No puede portarse como si nada hubiera sucedido. Su pecado afecta el gozo de la relación. La realidad de su relación no está afectada – siguen marido y esposa – pero la calidad de la relación sí lo está. No pueden tener la comunidad verdadera hasta que traten ese pecado. Pero ¿cómo se trata el pecado?
Enderezando Lo Que Está Mal
Una vez dándonos cuenta de la necesidad de confesión, todavía se necesita aprender cómo confesar y pedir perdón. Trágicamente, muchos de los que necesitan pedirles perdón a sus esposas por numerosas ofensas, no hacen nada más que aludir por las orillas. Pero las disculpas verdaderas nos hacen bien; nos edifican en la fe cristiana.
Una de las mejores maneras de disciplinarnos en la evitación del pecado es que hagamos restitución completa. Primero, la restitución es necesaria por derecho propio. Si alguna cosa fue robada, no solo se debe confesar a Dios, la cosa robada entonces se tiene que devolver a su propietario legítimo. La confesión del pecado no transfiere derechos de propiedad; no causa que lo que se robó sea posesión del ladrón. Segundo, la humildad que resulta de hacer restitución es igualmente buena para el alma. La restitución es tan humillante que realmente nos enseña a pensar dos veces, antes de volver a pecar de la misma manera.
Así que, si un hombre le grita a su esposa, no arregla la situación leer el periódico y calmarse un poco. Cuando Zaqueo se convirtió, prometió hacer restitución. Dentro del matrimonio, una forma muy importante de la restitución es la de disculpa piadosa. Pero los matrimonios pueden caer fácilmente en la forma de disculparse, que se utiliza más para salvar las apariencias, que para enderezar lo que está mal con la otra persona.
Además, a menudo la otra persona también está de acuerdo con esa charada, porque no sabe ofrecer el perdón verdadero, nada mejor que el que pecó sabe disculparse. El perdón presupone verdadera maldad de parte de la otra persona. El problema es que se nos hace difícil perdonar las maldades verdaderas. Por eso, muchos se disculpan como si el “yo verdadero” no fuera el culpable. “Lo siento,” dicen. “Estaba enfadado y dije algunas cosas sin querer.” Esto se puede perdonar fácilmente porque la otra persona lo hizo sin querer. Pero el pecado se puede perdonar siempre y cuando la persona confiese que lo hizo con querer – es realmente pecado – y se puede perdonar. El que se disculpaba debiera decir, “Estuve mal en lo que dije y lo que hice esta mañana. Estaba enfadado, y no era bueno. Dije esas cosas porque quería causarte dolor. En ese momento, yo lo dije en serio, y lo que dije y quise decir fue ofensivo a Dios y hiriente a ti. Por favor, perdóname.” Esto es la disculpa verdadera, y hace posible el restablecimiento verdadero de comunidad en la relación. Y también es una cosa humillante y difícil.
Si el marido y su esposa han estado en rencillas por mucho tiempo, tendrán que sentarse por un tiempo y disculparse el uno al otro con todo detalle. No quiere decir que cada caso de ofensa se tiene que mencionar de nombre, pero sí quiere decir que se tiene que tratar cada área de ese pecado. Por ejemplo, si por años un hombre estaba codiciando a otras mujeres, no es necesario que le diga a su esposa, “Entonces había esa ocasión en el año 1988…” Pero sí que tiene que confesar su infidelidad mental, y pedirle a ella que lo perdone.
Si la pareja mantiene su comunión con Dios, también harán lo mismo el uno al otro. “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1:7). Cuando una pareja está en comunión el uno con el otro, en principio, no hay ningún problema muy grande para resolver juntos. Por lo tanto, es necesario mantener el matrimonio libre de aquellos pecados que obstaculizan la comunión.
Cuando el pecado no se confiesa en la casa, la comunión se impide. La Biblia dice que los cristianos deben confesar sus ofensas unos a otros (Sant. 5:16). Si alguien lleva su ofrenda al altar, y allí se acuerda de que su hermano tiene algo contra él, debe ir y ponerse en paz con su hermano (Mat. 5:23–24). Esto se requiere para con todos, pero tenemos que entender cuanto más importa el vivir de esta manera dentro del hogar. El pecado rompe las relaciones, jamás “se olvida” con el tiempo. Si sólo el paso del tiempo pudiera resolver el problema del pecado, el Hijo de Dios murió en vano. Los hombres cristianos deben confesar sus pecados a sus esposas, y ellas deben confesar sus pecados a sus maridos.
También, si el pecado no se perdona en la casa, se impide la comunión. A veces, la renuencia de confesar los pecados queda en el hecho de que la otra persona pudiera enojarse por el pecado confesado, o si ya lo sabía, se puede resentir y negar a perdonar. Si es así, anteriormente había un solo pecado; ahora hay dos. “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mat. 6:12). Cuando el marido y su esposa guardan el rencor el uno al otro, es obvio que están impidiendo la comunión matrimonial. No importa lo que hizo la otra persona; el ofendido aún no tiene derecho para guardar la actitud implacable.
Otro aspecto también importante, cuando el pecado no se confiesa y perdona inmediatamente, la comunión se impide. Dios nos manda a confesar y a perdonar. Y nos manda a hacer ambas cosas ahora mismo. Es cosa interesante que Dios jamás nos manda a hacer lo bueno mañana, o el domingo, o después de asesorarse, o de concluir un programa de doce etapas. Siempre debemos hacer lo bueno ahora mismo. Aunque estemos decididos a hacer lo bueno con respecto a nuestro cónyuge más tarde, mientras tanto, nuestra comunión está impedida, y nuestros pecados nos inundan como un río. Cuando demoramos la confesión, siempre resulta en más pecado para confesar. No hay razón ninguna para dilación.
Las esposas necesitan cuidarse de no usurpar el liderato espiritual en esto. La Biblia dice, “Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo (Ef. 5:24). Las esposas han de sujetarse a sus maridos también en esto. Empujar un hombre a ser líder espiritual no lo hará uno. Quizás le falte mucho para ser líder, pero líder suficiente es, como para no ser dirigido a la jefatura por una mujer. Naturalmente, eso no quiere decir que el marido tiene derecho a continuar en su abdicación. Cuando el hombre se queda ocioso, como peso muerto espiritualmente, la comunión se impide. Los maridos tienen la responsabilidad de “sustentar y cuidar” a sus esposas (Ef. 5:29), y sentarse embobados frente a la televisión hasta que llegue el tiempo para el sexo no es uno de los medios dados por Dios para hacerlo.
Parte del problema en el caso de muchas parejas es la dificultad de ponerse de acuerdo con respecto a lo que es el problema. Quizás la esposa cree que haya algo mal con todo, mientras el marido cree que haya solamente dos o tres problemas con algunas cosas. Pero en todo caso, el matrimonio está sufriendo por causa del pecado que no se ha confesado. Nuestra generación ha conocido muchísimo de asesoramiento matrimonial y de “consejo” para las relaciones problemáticas. No es ninguna exageración decir que el asesoramiento matrimonial ha llegado a ser un gran negocio. Pero en este negocio, casi nada se dice sobre el pecado. Quizás, el consejo parezca bien, pero también es muy general y neblinoso. El consejo vanidoso y egocéntrico que aumenta la autoestima no funciona en casa, donde más se necesita la ayuda. El matrimonio problemático no muestra síntomas de enfermedad; no es ningún síndrome; no es nada más que puro egoísmo pecaminoso.
Cuando una pareja desea resolver el problema en verdad, los dos reconocen su mal delante de Dios como pecado, y recibiendo Su perdón le dan gracias. Si su pecado le ha hecho daño a otra persona, es necesario hacer la restitución. Si una esposa ha regañado a su marido, entonces le tiene que pedir perdón. No debe excusarse a causa de todo lo que él ha hecho o no ha hecho, que la ha provocado. Lo mismo se le aplica a el marido; él debe confesar sus pecados, y no los de ella. Así mismo debe ella confesar sus pecados, y no los de él. Cada uno podría confesar sin término los pecados del otro, y su gozo no se le restablecerá. El tiene que confesar que le ha hablado a ella bruscamente, que ha deseado otras mujeres, que ha gastado dinero irresponsablemente, que no ha ejercitado el liderazgo espiritual, y que ha pasado demasiado tiempo frente a la televisión. Ella debe confesar que ha tenido espíritu criticón y rencoroso, que le ha faltado respeto a su marido en público, que le ha faltado respeto y obediencia en el hogar, y que ha intentado ser jefe espiritual en el hogar.
El que quiere confesar sus pecados debe hacerlo con la convicción de ser explícito delante del Señor. Cada caso se debe confesar delante de Dios y nombrar como es. La lascivia es lascivia, la malicia es malicia, y así. Cuando el pecado le ha afectado a otra persona, el que se disculpa, debe hablar solamente de su propio pecado. La disculpa no debe convertirse en una manera ambigua de obligar al otro a disculparse.
Reglas Para Mantener Cuentas Cortas
La confesión del pecado simplemente hace actual una cuenta. Al principio de nuestro matrimonio, mi esposa y yo decidimos mantener ciertas reglas para ayudarnos a caminar juntos. Fueron propuestos para ayudarnos a mantener cuentas cortas. Las reglas se aplicaban cuando pasábamos por un “tope.”
La primera regla: Nunca sepárense hasta que todo esté resuelto. El marido y la esposa han de quedarse juntos. El no se va a trabajar, ella no se va de compras. Lo resuelven todo ahora. Esto no quiere decir que él llegará tarde a su empleo cada día. Una pareja puede reconciliarse tan pronto como se enojaron. Lo que se requiere es la confesión del mal. Si el “tope” fue relacionado con el talonario de cheques, no es necesario cuadrarlo antes de salir, pero el pecado sí que se tiene que confesar.
La segunda regla: Nunca permitan que nadie entre a la casa cuando no hay armonía. No dejen que nadie entre a su casa si ustedes no están en comunión. Si una pareja está en “medio del tope,” y viene alguien a la puerta, no deben abrir la puerta hasta que vuelvan a reconciliarse. Si está lloviendo, deben hacerlo pronto.
La tercera regla es semejante a la previa: Nunca salgan a ningún sitio cuando están en conflicto. Si tienen “tope” rumbo a la iglesia, deben resolver el problema en el coche antes de entrar al culto. Y si rumbo a la casa de un amigo, no deben entrar a su casa hasta que todo esté resuelto.
La cuarta regla requiere alguna explicación: A menudo una pareja está entre amigos, y uno dice algo que ofende al otro. Si el pecado fue obvio a todos, entonces la confesión y reconciliación se debe hacer delante de todos. La restitución siempre debe ser tan público como fue la ofensa. Pero muchas veces, los matrimonios se ofenden sin que nadie de los otros se de cuenta de que algo ha sucedido. La explosión visible ocurre más tarde en el coche mientras regresan a casa. Cuando ocurre algún problema en la presencia de otra gente, la pareja debe tener alguna señal que significa “Perdóname,” y una respuesta que significa “Te perdono.” La regla es – Nunca esperen hasta más tarde para resolver los problemas, aunque estén rodeados de gente.
Otra regla más les ayudará al marido y su esposa a caminar juntos y con el Señor. Nunca tengan relaciones sexuales mientras estén fuera de comunión. Esto evitará la hipocresía en lo que Dios destinó para ser una experiencia unificadora y maravillosa.

La aplicación de estas reglas tendrán un impacto tremendo sobre las relaciones de la pareja con respecto a sus amigos y su familia. Sin estos encierros, los amigos y la familia van a saber cuando la pareja tiene problemas. Mas si se practican estas cosas, nadie verá a la pareja, sea junto o individualmente, cuando no haya armonía. Dios quiere que el hombre y la mujer funcionen como uno en el mundo, y esta clase de conducta los ayudará a hacerlo. Tienen una armonía que no es hipocresía, porque ellos estarán realmente en comunión. Todavía limpian la casa, pero no frente al mundo. Y una obediencia estricta a estas reglas ayudará a evitar que los problemas del pecado se acumulen.