sábado, 24 de septiembre de 2016

Dios nos hizo diferentes para beneficiarnos

Tratar de hacer cualquier cambio necesario para el bienestar de la relación matrimonial es vivir sabiamente, pero tratar de cambiar a nuestro cónyuge para buscar nuestro bienestar personal es vivir neciamente.
Cuando comenzamos a luchar por cambiar a nuestro cónyuge con la intención de convertirlo en una persona de acuerdo a nuestra imagen, no logramos sino destruir su personalidad. Estamos luchando contra sus características peculiares, y esto, por supuesto, no será nada agradable. Tampoco esto significa que en el matrimonio cada uno debe vivir en forma independiente sin que le importe los ideales y deseos de su cónyuge y que exclusivamente sus exigencias y demandas necesiten ser satisfechas. Lo que sí significa es que hay cosas que no necesariamente deben cambiar y otras cuyo cambio es indispensable para la adecuada convivencia conyugal.
Después de mi investigación he llegado a la conclusión de que la respuesta bíblica a nuestra interrogante acerca de cómo aprender a aceptar nuestras diferencias, es tener el más serio compromiso de ser un matrimonio al estilo divino. Naturalmente que esto es fácil de enunciar y muy difícil de aplicar porque va en contra de nuestras costumbres y es un golpe mortal al machismo y feminismo que constantemente intenta apoderarse de nosotros.
Aunque esta ruta es dura de seguir, es el único sendero que nos depara resultados positivos. Este camino exige que ambos cónyuges renuncien a sus intereses personales cuando estos van en contra de los intereses del matrimonio y que renuncien a todo interés, meta y propósito si estos se oponen a la voluntad divina. Este es un camino difícil pero hermoso pues le enseña a la persona a luchar por la realización de su cónyuge porque en el verdadero amor, la realización de éste será su propia realización.
Dios no entrega la autoridad al hombre como una posición de autoridad militar para luego permitirle a quienquiera que está ocupando la posición de esposo, usar esa autoridad cuando él quiera y crea conveniente sin tener como motivación prioritaria el servir y buscar el bienestar de su esposa.
Dios no entrega la autoridad al hombre como una posición de autoridad militar.
La autoridad que Dios me ha entregado como cabeza del hogar, no está representada por una placa de policía que se pone en mi pecho. Esa placa pertenece al ambiente policial y no a la vida familiar. Como tampoco un delantal describe, de manera alguna, la responsabilidad de una mujer. Ese uniforme puede representar a una empleada doméstica y su mundo de trabajo en el servicio de un hogar. Tampoco la función de la esposa está representada por el uniforme de un sargento que intenta dirigir el hogar con órdenes insensibles y actitudes tiránicas.
Por supuesto, Dios entrega funciones distintas a los cónyuges porque Él mismo nos hizo diferentes. Por esta misma razón es que nos necesitamos mutuamente, porque ambos cumplimos funciones que se complementan. Sin duda que necesitamos de nuestro cónyuge. Un hombre y una mujer anhelan tener una ayuda idónea, la anhelan porque en lo profundo de su corazón desean estar completos. El hombre y la mujer anhelan precisamente aquello que es diferente, aquello que Dios creó en un ser humano de diferente sexo, porque juntos en una relación normal que se someta al estilo divino, ambos se ayudarán mutuamente y se sentirán completos.
Por lo general cuando uno habla de necesitarse mutuamente, en la mente de muchos hombres inmediatamente aparece la imagen de su necesidad de la unión sexual, pero lo cierto es que esta necesidad de unidad y de compartir la vida con otro ser humano de diferente sexo incluye mucho más que la necesidad económica o sexual.
Cuando Adán vio por primera vez a Eva, debe haber estado maravillado de las diferencias. Estar cara a cara con otro ser humano de sexo diferente y tener la posibilidad de disfrutar de aquellas diferencias, sin duda era algo que le deleitaba en gran manera. Ciertamente hubo una excitación sexual, pero no era todo lo que estaba en su mente ni esa era toda la necesidad de complemento que él tenía. Al estar juntos, esas bellas diferencias que tenían les darían la oportunidad de que las necesidades de ambos fueran satisfechas. Por supuesto que esas bellas diferencias sobrepasaban el campo físico.
Cuando Adán vio por primera vez a Eva, debe haber estado maravillado de las diferencias.
El matrimonio nunca se diseñó para que sea una exclusiva relación física entre dos personas que debido a que son diferentes físicamente, pueden complementarse porque están hechos el uno para el otro. El matrimonio transciende lo físico y si las diferencias físicas son buenas, necesarias, complementarias y hermosas, de la misma manera lo pueden ser todas las diferencias que se hacen evidentes en la relación interpersonal de una pareja. Por eso es razonable pensar que de la misma manera que no debemos permitir que existan conflictos porque somos diferentes físicamente, tampoco debemos permitir conflictos porque tenemos diferencias en otras áreas importantes de nuestra vida.
Sin duda, es posible disfrutar de nuestras diferencias físicas sin que éstas se constituyan en una amenaza. Por las diferencias físicas podemos aceptar, rechazar, perjudicar o beneficiarnos de la relación interpersonal con otro ser humano y todo depende de la actitud que tiene cada persona al tener cercanía a una persona diferente. Es claro que disfrutamos de nuestras diferencias físicas, cuando nuestros actos físicos no perjudican ni hieren a la persona amada. Disfrutamos de nuestras diferencias físicas cuando nuestros actos físicos no provocan un cuestionamiento de nuestro amor. En otras palabras, si nuestras acciones físicas son mutuamente aceptadas, no causarán un cuestionamiento de nuestro amor. Por ejemplo, una esposa puede estar feliz de la fortaleza física de su marido, a diferencia de su debilidad si es que ésta se usa con sabiduría para ayudarla y protegerla, pero si él usa esa diferencia para intimidarla o abusar de ella físicamente, la actitud es absolutamente errónea.
En el caso de la relación física de los cónyuges, estos disfrutarán de las caricias aunque cada uno de ellos las realice de forma diferente, siempre y cuando ambos las acepten, pero si las caricias que realiza uno de los cónyuges es un comportamiento considerado inaceptable por el otro, se producirá un cuestionamiento del amor.
Lo que es cierto en el área física es cierto en otras áreas. Disfrutamos de nuestras diferencias en cualquier área cuando lo que hacemos, aunque sea diferente, no hiere a la persona amada, ni provoca un cuestionamiento de nuestro amor. Si Adán hubiera sido deslumbrado solamente por las diferencias físicas y por la posibilidad de una relación física, Eva se hubiera sentido usada tal como se sienten muchas esposas en nuestros días. Si solamente las diferencias físicas pueden ser disfrutadas, muchas mujeres se sentirían como un objeto, o como un medio de satisfacción personal y no como una persona amada para quien se busca lo mejor. Muchas esposas se sienten ofendidas porque hay hombres que demuestran una gran codicia por su cuerpo, pero una ausencia de interés en su satisfacción integral.
La conclusión es que las diferencias no tienen por qué convertirse en armas destructivas o en elementos de división de la unidad conyugal. Todo lo contrario, las metas más loables de la vida matrimonial se alcanzan cuando ambos cónyuges están dispuestos a sacar provecho de sus diferencias para complementarse y ayudarse mutuamente.
Las diferencias no tienen que convertirse en armas destructivas.
El matrimonio funciona al estilo divino cuando con mucha sabiduría aprovecho las fortalezas de mi cónyuge para ser ayudado en mis debilidades y cuando mi cónyuge ve mi aporte diferente y necesario para ayudarle en sus debilidades, y juntos, apoyándonos mutuamente, marchamos por la senda de la vida para cumplir las metas de nuestro matrimonio.
Dios nos hizo diferentes y algunas de estas diferencias nunca se acabarán. Algunas de ellas deben ser rechazadas y debemos lo antes posible abandonarlas porque es imposible mantenerlas y vivir en armonía, pero la mayoría de ellas no tienen por qué ser despreciadas, todo lo contrario, deben preservarse porque son el mejor complemento del matrimonio.
El más grande secreto es que debemos aprender a vivir con las diferencias. Existe la opción de vivir con ellas, disfrutarlas y ser beneficiados, aunque la gran mayoría de las parejas elige opciones que son realmente sorprendentes y que estudiaremos a partir de este momento.