lunes, 13 de noviembre de 2017

El Silencio de Dios

Existen quienes niegan la existencia de Dios a causa de su silencio en muchas ocasiones, y dicen: “Si hubiera Dios no permitiría eso y eso otro.” A los tales se les llama infieles, palabra que significa “sin fe”. Para contestar a ellos es importante demostrar que el silencio de Dios no prueba ni impotencia ni negligencia de su parte. Por ejemplo, en el caso de la crucifixión de su Hijo amado, Dios guardó silencio mientras su Hijo unigénito era muerto, porque sabía que únicamente de esa manera se podía efectuar la salvación del mundo pecador.
En toda ocasión en que los hombres han criticado el silencio de Dios, podemos ver que hubo una causa, un motivo suficiente para ello. (Estúdiense Job 23:1–10; Salmo 28:1; 35:22, 23; 44:23, 24; 83:1.) El caso de Job puede tomarse como típico de la actitud de todos los santos de su época: los 2.500 años desde Adán hasta Moisés, en que no hubo revelación escrita de Dios. Ellos creían firmemente en la existencia, la omnipotencia y la bondad de su Creador, pero tenían en su corazón el anhelo insaciable de conocerle mejor, de oír su voz, de ver sus huellas y de tener comunión más íntima con él.
Podemos escuchar el clamor de los santos de aquel entonces en las palabras de Job: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!… He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré.” En las referencias citadas en los Salmos se oye el mismo clamor al Todopoderoso: “Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto.”
Podemos discernir la causa principal del clamor de los santos de aquel entonces: era porque el Redentor prometido no había venido. La actitud de los piadosos en todas las edades desde la promesa de Génesis 3:15 hasta la encarnación se resume en las palabras de Jacob: “Tu salvación esperé, oh Jehová” (Génesis 49:18). Y cuando Cristo nació, su venida fue anunciada a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lucas 2:38). El clamor del alma en vista del silencio de Dios se relaciona con el cumplimiento de algunas de sus promesas.
Durante los cuatro milenios antes de la encarnación, Dios se había revelado a los hombres en visiones, en sueños, en voz audible, y por 1.500 años en su Palabra escrita del Antiguo Testamento; pero todavía les faltaba la revelación suprema en su Hijo, la Palabra viviente, Emanuel, Dios con nosotros. En él, y sólo en él se satisfacen todos los anhelos del alma humana y se resuelven los misterios y problemas de la vida.
La declaración de Salomón en Eclesiastés 8:11 merece mención especial, porque nos explica cómo los hombres interpretan mal el silencio de Dios. “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” Ellos saben que lo que hacen es malo, saben que están pecando, y que el juicio de Dios les caerá encima, pero como no cae muy pronto, cobran ánimo en su camino malo y dicen: “No seré movido jamás”, “será el día de mañana como éste, o mucho más excelente” (Salmo 10:6; Isaías 56:12).
¿Es lógico culpar a Dios por los accidentes que son causados solamente por la negligencia, descuido, o maldad de los hombres? ¿Acaso conviene al hijo criticar a su padre, o a la criatura culpar a su Creador? (Isaías 29:16; 45:9; 64:8; Jeremías 18:6; Romanos 9:20, 21). Job, en su mortal angustia, había dicho algunas cosas duras, a raiz de las cuales Eliú le reprendió severamente. Pero fue la revelación de Dios mismo lo que le humilló a hacerle clamar: “Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía … por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:1–6; Salmo 73:11–26; Juan 9:3; 13:7; 1 Pedro 1:7).
Hay otro pensamiento más profundo que relaciona el silencio de Dios con el libre albedrío del hombre. La libertad moral del ser humano no tan sólo incluye su responsabilidad moral sino también la limitación de la intervención divina. Dios hizo al hombre a su propia imagen con libre albedrío, y deja que sus criaturas ejerzan libremente esa voluntad. Esto hace al hombre responsable de todas sus acciones.
La Biblia nos enseña que Dios cuida y gobierna todo el universo, y que su gobierno se extiende hasta a las acciones libres de los hombres. “Yo también te detuve de pecar contra mí” (Génesis 20:6; 31:24; Oseas 2:6). Pero por lo general Dios no impide que el hombre peque, sino que guarda silencio. “En lo referente a los mensajeros … Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón” (2 Crónicas 32:31; Salmo 81:11–14; Oseas 4:17; Hechos 14:16; Romanos 1:24, 26, 28).
Dos frases en el Salmo 50 nos explican el tratamiento de Dios con el mundo durante esta edad de gracia. Este Salmo describe la segunda venida de Cristo en tres etapas: el rapto de los santos (vs. 4–6); su trato con Israel y la gran tribulación (vs. 7–15); y el juicio de los inicuos (vs. 16–21). Las dos frases significantes son: “Vendrá nuestro Dios y no callará”, y “Estas cosas hiciste, y yo he callado” (vs. 3, 21).
Es evidente, pues, que durante esta dispensación de gracia Dios está guardando silencio, y que este silencio terminará cuando Cristo venga otra vez. “Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira” (Salmo 2:5). El hombre se ha jactado de sus prodigios, sus conocimientos, y su facultad de manejar el mundo sin Dios. Así, el Omnipotente ha guardado silencio para que el hombre orgulloso manifestase lo que podía hacer, ¡y ha resultado un caos!
Un motivo para el silencio de Dios en cuanto a las aflicciones de su pueblo se halla en su infinito amor. El desea el bienestar eterno nuestro, y tiene que dejarnos pasar por las pruebas necesarias para refinarnos y perfeccionarnos (Job 23:10; Juan 13:7; 1 Pedro 1:7; Santiago 5:1–8; Hebreos 12:4–11). Otro pensamiento interesante puede mencionarse aquí, y es que en toda la Biblia vemos que Dios ejecuta juicio sumario una vez para demostrar su actitud hacia tal o cual pecado, y después guarda silencio para con el hombre. Pero al fin su juicio caerá, si no en esta vida, lo será entonces después de la segunda venida de Cristo (Números 15:32–36; 1 Timoteo 5:24).

Notaremos veinte ejemplos de estos escarmientos que Dios nos ha dado en la Biblia, demostrando lo que él piensa acerca de varios pecados: (1) Lascivia, Génesis 12:7; (2) Amor al mundo, Génesis 19:26; (3) Inmundicia, Génesis 38:7–10; (4) Idolatría, Exodo 32:26–29; (5) Borrachera, Levítico 10:1–3, 8–10; (6) Blasfemia, Levítico 24:11–16; (7) Maledicencia, Números 12:1–10; (8) Falta de fe, Números 14:39; (9) Rebelión, Números 16:30; (10) Murmuración, Números 16:41–49; (11) Fornicación, Números 25:1–8; (12) Robo a Dios, Josué 7:22–26; (13) Falta de reverencia, 1 Samuel 6:19; (14) Presunción, 2 Samuel 6:6, 7; (15) Falta de discernimiento, 1 Reyes 13:21–24; (16) Codicia, 2 Reyes 5:26, 27; (17) Incredulidad, 2 Reyes 7:18–21; (18) Profecías falsa, Jeremías 28:1–17; 29:22, 32; (19) Orgullo, Daniel 4:29–37; (20) Mentira, Hechos 5:1–11.

sábado, 28 de octubre de 2017

El Evolucionismo

Ha habido muchas definiciones de la palabra evolución, pero citaremos solamente la que hizo el profesor Herbert Spencer, que “la evolución es una integración de la materia y disipación del movimiento”. En otras palabras, es una hipótesis o conjetura que fue sugerida por Charles Darwin, de la cual él se retractó terminantemente antes de su muerte en 1882, aceptando las enseñanzas bíblicas como la base de su fe.
Empero, es triste notar que, aunque el autor de esta conjetura la abandonó en los últimos días de su vida, la influencia de los libros que escribió con anterioridad ha permanecido hasta el día de hoy, y hay muchos profesores y científicos infieles que proclaman esta hipótesis como si fuera verdad, enseñando en muchos colegios y universidades que toda cosa viva que exista principió con una pequeñísima célula o masa de protoplasma, la cual sin ninguna operación de Dios, se desarrolló en otras cosas, primeramente los minerales, luego el mundo vegetal, y de ello los animales, hasta que en el paso de los siglos los monos se desarrollaron hasta ser hombres.
Conocemos cerca de cien substancias que se llaman simples, y los evolucionistas enseñan que ellas fueron producidas por otras cosas más simples durante el paso de millones de años, hasta que su punto de partida fue una “nebulosidad primitiva” que se puso en movimiento y poco a poco produjo todo el universo. Ellos nunca han procurado explicar cómo se hizo una célula o nebulosidad primitiva, ni quién proveyó el movimiento.
Para descubrir el progreso ordenado de la naturaleza se puede emplear la palabra evolución, como el desarrollo del pollo del huevo, de la flor a la semilla, etc. Estas cosas se han derivado actualmente de las otras. ¿Pero quién ha visto a un pez derivarse de una piedra, o a un hombre de un mono? La ley de Dios para las plantas y los animales era que produjeran según su género (Génesis 1:11, 24), y en el principio ambas clases de vida, así la inanimada como la animada, vinieron de la mano del Creador mismo. No hay vida en los minerales, ¿cómo pues vinieron ellos a ser plantas? Lo que existe no puede ser el producto de lo que no existe. Una piedra nunca podría llegar a tener conciencia de sí ni la capacidad de pensar, cualesquiera que fueran sus cercanías, ni en un año ni en el paso de edades interminables.
Es bueno comparar el uso que los evolucionistas hacen de su conjetura con los distintivos que tiene la ciencia para el uso de una hipótesis: “Una hipótesis legítima (1) no debe ser inconsistente con los hechos ya averiguados o las inferencias a las cuales conduce; (2) debe ser de tal carácter que admita la comprobación o refutación, o cuando menos que sea considerada más o menos probable por las investigaciones subsiguientes; (3) debe ser aplicable a la descripción o explicación de todos los fenómenos, y si asigna una causa, debe asignar una causa completamente adecuada que la haya producido” (Fowler).
Rechazamos la teoría de la evolución porque (1) crea más dificultades y problemas que los que explica. Nunca ha explicado cómo vino a existir la primera vida para comenzar su proceso de desarrollo. Tampoco ha provisto el enganche entre la vida inanimada y la animada, ni demostrado cuándo tuvo principio el conocimiento de sí mismo. Así los evolucionistas fallan por completo en explicar la existencia de la materia, la fuerza, la capacidad de pensar, y la naturaleza espiritual del hombre.
(2) Porque los científicos más célebres han negado esta teoría, desde Darwin hasta los profesores Agassiz, Dawson, Bateson y muchos más. El doctor Etheridge, inspector del Museo Británico, dijo: “En todo este gran museo no hay un átomo de evidencia de la trasmutación de las especies. Este museo está lleno de pruebas de la completa falsedad de estas ideas.”
(3) Porque algunos hechos acerca del hombre y el abismo impasable entre él y el bruto la niegan: (a) La ausencia de piel protectora como la de los animales; (b) El tamaño del cerebro del hombre en comparación al de los monos más grande; (c) El uso de instrumentos y el hacer fuego, lo que ningún animal hace. El mono más inteligente es solamente un animal; el salvaje más degradado es ciertamente un hombre.
(4) Porque ha causado una degradación terrible en los hombres y las naciones que la han adoptado. Menosprecia el valor de la vida humana, degradando al hombre al nivel de los brutos, multiplica los criminales y mata la vida espiritual.
(5) Si la teoría de la evolución fuera verídica, existirían algunos casos actuales de una especie que está desarrollándose en otra especie. La microbiología provee la mejor esfera de la investigación sobre este particular, puesto que las formas observadas son las células más sencillas, donde un cambio de una forma a otra sería más probable, si tal cambio fuera posible. Además, las células se multiplican rápidamente, de modo que a veces resultan muchas generaciones en el curso de un solo día. Esto da al científico la oportunidad de observar millares de generaciones; tiempo suficiente para producir cuando menos un pequeño cambio, si es que lo hubiera. Pero los estudios revelan que las formas microscópicas son siempre invariables, no obstante la diferencia en las cercanías o el número de generaciones.
(6) Hay dos casos en la naturaleza (entre muchos) que refutan esta teoría: (a) Las abejas. Las abejas obreras poseen en sus cuerpos los instrumentos necesarios para su trabajo. Estos instrumentos no son el producto de la experiencia y el ambiente de las cercanías, como requiere la teoría de la evolución, puesto que ni la reina ni el zángano se ocupan en estas tareas, y la obrera no es capaz de producir cría. La reina, que es la madre de todas, raras veces sale de la colmena. (b) Los pejesapos. El científico Tomás Barbour, escribiendo en el Atlantic Monthly de marzo de 1943, admite que hay muchas cosas que la teoría de la evolución no puede explicar. Textualmente dice: “Hace poco estuve estudiando un grupo de pejesapos o ranas pescadoras; peces de las aguas profundas en los cuales el primer elemento de la aleta dorsal se ha convertido en una especie de caña de pescar. En algunos esa aleta es capaz de moverse hasta situarse frente a la boca del pez; en el extremo de la raya lleva pequeños filamentos movibles que se retuercen como gusanos en un anzuelo, con el objeto de engañar a los peces pequeños y llevarlos hasta la boca del pejesapo … Cito el caso extraordinario … que presentan estos peces porque me resulta absolutamente imposible comprender cómo se realizó el primer paso; no es posible explicarlo por los medios que tenemos a nuestro alcance. En efecto, la caña de pescar tenía que ser más o menos perfecta desde el principio para que el pez la pudiera usar.” Así es como dicho escritor rechaza casi por completo la teoría de la evolución cuando declara al fin del mismo artículo: “Hay muchas partes oscuras en la teoría del evolucionismo. En cuanto a mí, los misterios que nos rodean se me representan en forma tan vívida, que los ateos con su explicación mecanística de la vida me inspiran cierta irritación.”
En contraste con esta teoría falsa de la evolución, notaremos ahora lo que nos enseña la Biblia acerca de la creación: La creación es el hecho libre de Dios por el cual en el principio y para su propia gloria él hizo el universo visible e invisible sin usar material preexistente.
Pruebas directas. (a) Génesis 1:1. La palabra hebrea que significa crear se usa aquí tres veces: en el v. 1 con respecto a la materia, en el v. 21 con respecto a la vida animal, y en el v. 27 con respecto a la vida humana. Esto indica que hay una sima intransible entre la vida vegetal y la vida animal, y también otra sima entre la vida animal y la vida humana. Excluye la posibilidad de la evolución como se enseña hoy día. (b) Hebreos 11:3. Aquí vemos que el universo no fue hecho de materia preexistente, sino por mandato del Omnipotente.
Pruebas indirectas. Marcos 13:19; Salmo 33:6, 9; Juan 17:5; Efesios 1:4; Salmo 90:2; Proverbios 8:23; Juan 1:1; Colosenses 1:17; Hebreos 9:14. Vemos aquí que las tres Personas de la Santa Trinidad existían antes de que el mundo fuese. El autor de la creación fue Dios el Padre, obrando por su Palabra (Jesucristo, su Hijo unigénito) y su Espíritu. Las tres Personas se mencionan en el Salmo 33:6; el Padre en Génesis 1:1; 1 Corintios 8:6; Efesios 3:9; el Hijo en Juan 1:3; 1 Corintios 8:6; Hebreos 1:2; 11:3; Colosenses 1:16; y el Espíritu en Génesis 1:2; Job 26:13; 33:4.
El hombre fue el resultado de un acto de creación divina e inmediata (Génesis 2:7; Zacarías 12:1). Toda la raza humana descendió de sus primeros padres Adán y Eva (Génesis 1:27, 28; 2:7, 22; 3:20). Los siguientes hechos confirman la narración bíblica de la creación: (a) La historia; (b) las lenguas del mundo; (c) la psicología; y (d) la fisiología. Estas ciencias prueban que todas las naciones y sus idiomas tuvieron un origen común; que retienen características comunes, así mentales como morales; que todas las naciones son capaces de mezclarse por matrimonios; que la temperatura del cuerpo es siempre la misma; y que la sangre humana se puede distinguir por medio del microscopio de la de cualquier animal. Los cuerpos de todas las razas están sujetos a las mismas enfermedades; y la muerte viene a todas de la misma manera.

El origen de la raza humana de una sola pareja envuelve dos grandes verdades: (1) La unidad orgánica de la humanidad en la primera transgresión y también en la salvación provista para la raza en Cristo (Romanos 5:12; 1 Corintios 15:21, 22; Hebreos 2:15–17). (2) La hermandad natural del género humano, y así la obligación de llevar el conocimiento de Cristo a cada miembro de la raza (Hechos 17:26; Hebreos 2:11; Lucas 10:25–37; Mateo 28:18–20; Romanos 1:14–16).

sábado, 30 de septiembre de 2017

Conceptos erróneos acerca de Dios

“Las rocas, las montañas, los árboles, las nubes, los planetas, las estrellas, y los soles, son hechos. El mundo que nos rodea es un gran mundo de hechos; pero dentro de nosotros hay otro mundo: nuestros pensamientos, sentimientos, actos voluntarios, y nuestro propio sentido o conocimiento interior; en resumen, nuestra personalidad humana, el mundo interior contrastado con el exterior, es también un mundo positivo, puesto que conocemos las cosas que nos rodean lo mismo que las que están dentro de nosotros” (Mullins).
Así tenemos el mundo de la materia y el mundo del espíritu. Vamos a examinar las teorías que los unen bajo distintas ideas.
(1) El panteismo. El padre del panteísmo moderno fue Benito de Espinosa, quien nació en Holanda en 1632. El enseñaba que no hay más que una sola substancia universal e impersonal, y que la materia y el espíritu son atributos de ella. Contienen todos los atributos de la perfección, pero siendo nosotros imperfectos y limitados, no podemos ver sino dos de ellos, que son el pensamiento y la extensión; el primer término significando el mundo interior, y el segundo el mundo exterior. Sin embargo, dice el panteísmo, no son dos sino una sola cosa.
Dice que la materia (o la extensión) puede existir en distintos modos, es decir, en reposo o en movimiento. El espíritu o pensamiento también tiene sus dos modos: el intelecto y la voluntad.
Para el panteísta, Dios no es una Persona, porque la personalidad implica limitación; sino que él es la base de todas las cosas, y cada cosa que existe es solamente un modo o un atributo de él. El no creó el mundo, y el universo no es un efecto del cual él sea la causa, porque esencialmente él es el mundo.
Alguien ha dicho que para el panteísta si se llama a Dios la causa del universo, es sólo “como la manzana es la causa de su color rojo; como la leche es la causa de la blancura, la dulzura y la liquidez; y no como el padre es la causa de la existencia de su hijo, o como el sol es la causa de su calor” (Weber).
No podemos aceptar el panteísmo, porque su creencia radical no es lógica. Cuando dice que no hay más de una sola substancia en todo el universo, se aleja de los hechos conocidos. No podemos conocer un pensamiento sin una persona, y el panteísmo niega la personalidad. Niega la relación de la causa y el efecto, y también otra ley de la ciencia que enseña que debemos dejar los hechos como los encontramos. No podemos ver la personalidad en nosotros mismos y al mismo tiempo negarla en la gran substancia unificadora.
El panteísta no puede reconocer la diferencia entre lo bueno y lo malo, porque si un hombre es una parte de Dios, todos sus actos son actos de Dios. Esta creencia hace al hombre igual con las plantas y los astros, y no hay libertad ni albedrío, sino que todo se manifesta motivado por el principio interno de la gran substancia unificadora, y eso quita todo refrenamiento de los actos humanos.
Después de ver este desierto y sequedad moral, ¡qué refrigerio nos da mirar el paisaje que nos delinea la Palabra de Dios! Comenzando con nosotros mismos, podemos probar que tenemos la personalidad, la conciencia moral y el libre albedrío. Conocemos lo bueno y lo malo, y sabemos que somos responsables de cada acto, palabra y pensamiento. En cuanto a los hechos del universo, la única hipótesis que puede satisfacer todos nuestros anhelos y explicar todos los hechos es la de un Ser supremo que nos hizo a nosotros y del mismo modo a las demás cosas, quien es una PERSONA a quien podemos conocer y con quien podemos tener comunión.
En nuestro estudio del panteísmo hemos visto su explicación errónea de los dos mundos (el exterior del universo, y el interior del pensamiento), diciendo que los dos son el exterior y el interior de una sola gran substancia unificadora que incluye a Dios y a todo el universo. Ahora vamos a notar brevemente dos teorías erróneas que se basaron sobre los dos mundos ya mencionados: la primera se designa con el nombre de idealismo, y la segunda materialismo. La primera enseña que el pensamiento es todo e incluye todo lo que existe, y la segunda dice lo mismo acerca de la materia.
(2) El idealismo. Se encuentra en algunas de las teorías de los hindúes en la India. Buda enseñaba, y muchos de los hindúes modernos afirman, que toda la diferencia que vemos entre las cosas existe solamente en nuestro pensamiento. Por ejemplo, veo en un rincón de la casa una cuerda arrollada, y me parece una serpiente. Es a causa de poca luz, o en otras palabras debido a mi ignorancia, que para mí es una serpiente. Al recibir más luz yo sabré que la serpiente no existe. El punto débil de este razonamiento es que aunque no hay serpiente, la cuerda sí existe. Ellos no se fijan en esto.
Los hindúes llevan esta teoría hasta el punto de creer que no existe nada, y vemos así de dónde sacó la Ciencia Cristiana muchas de sus ideas. Los hindúes enseñan que lo que se necesita es el gyán, o el conocimiento perfecto; y ellos se sienten en meditación inactiva hasta llegar a conocer (así dicen) que no existe nada, y éste es el estado perfecto llamado por los budistas nirvana: cuando uno sabe que todo es pensamiento, con la entrada de más luz y conocimiento podrá comprender que en realidad no hay nada que exista.
(3) El materialismo. La teoría que encontramos más a menudo en los países occidentales es el materialismo, que en vez de comenzar con el pensamiento, comienza con la materia o el átomo. Dicen que este pequeño granito de materia, juntamente con la fuerza y el movimiento, edificó todo el universo. Niegan un Ser inteligente que dirigió todo ese desenvolvimiento, y cuando preguntamos entonces cómo sabían los átomos arreglarse para hacer planetas, animales, plantas, hombres y todas las cosas que vemos en derredor, dicen que todo se hizo por la casualidad, por suerte, o por necesidad.
Es casi increíble que hombres inteligentes pudieran sostener una teoría tan baja de sus prendas elevadas, pero así es. Uno de ellos escribió: “Todo estudiante de la naturaleza debe, si piensa consistentemente, llegar a la conclusión de que todas las capacidades comprendidas bajo el nombre de actividades del alma son sólo funciones de la substancia del cerebro, o expresándome en términos más rudos, que el pensamiento tiene con el cerebro la misma relación que la hiel con el hígado” (Vogt).
¿Qué podemos decir al materialista? Primeramente que su punto de partida no es material sino mental. Habla del átomo, de fuerza, y de movimiento, que son meras abstracciones de la mente, que nadie jamás ha visto ni con los más potentes microscopios. Estas construcciones mentales demandan, pues, una mente con existencia previa; en otras palabras, implica la inteligencia superior y suprema de Dios.
En resumen, podemos decir que esta teoría hace al hombre un autómata. Niega lo que bien conocemos, como la voluntad, la conciencia, el poder mental de selección, el intelecto, el conocimiento, y la misma personalidad. Con mil pruebas podemos demostrar que la mente es superior a la materia, lo que el materialismo niega. Dice que todas las cosas vinieron de la materia por la generación espontánea, y ésta nunca ha sido comprobada.
Notemos que la mente usa la materia; pues, ¿no es la mente superior y distinta de ella? Vemos también el instinto religioso en el hombre, y como siempre le sugiere la idea de DIOS y no de los átomos. El materialismo no se puede probar en ninguna manera, y está en contra de todos los hechos de la ciencia.
(4) El agnosticismo. Otro enemigo del evangelio es la teoría del agnosticismo, cuyo nombre le fue dado por el profesor Huxley. El agnoticismo se puede describir como una actitud de la mente que niega la posibilidad de conocer a Dios o de saber la verdad acerca del universo. Hay grados en esta ignorancia, porque algunos de sus seguidores dicen que no sabemos y no podemos saber nada. Niegan la validez y la realidad de todo conocimiento, negando las demás.
Hay algo en esta creencia parecido a la teoría de los hindúes que hemos notado anteriormente. Ambas nos conducen a un desierto espiritual, sin vestigio de vida. Cuando se les presenta a los agnósticos los hechos del mundo interior y exterior, responden que lo que perciben nuestros sentidos es sólo conocimiento de la apariencia de las cosas, y no de la realidad detrás de ellas. Confiesan que probablemente haya una causa, pero la llaman incognoscible (que no se puede conocer). Al explorar el punto con ellos más adelante, dirán que no saben (y no se puede saber) si esa causa detrás de todas las cosas sea Dios, o la materia, o la substancia universal del panteísmo. Tienen una teoría extraña que nuestra mente cambia todas las cosas que llegan a ella, de tal modo que no podemos ver ninguna cosa como está en realidad, sino que la vemos cubierta con una máscara hecha por nuestro propio pensamiento.
Esta influencia venenosa de la mente cubre toda la naturaleza, sea de plantas, rocas, árboles, hombres o mujeres, y nos hace imposible ver la realidad de las cosas, lo que los agnósticos llaman incognoscible, o imposible de ser conocido. ¿No están los ciegos guiando a los ciegos?
Al tratar con los agnósticos es bueno pedirles una prueba de cada teoría que nos traen, porque en verdad no hay una sola prueba que ellos puedan presentar, por cuanto todas sus ideas son hipótesis y conjeturas sin la más mínima base de verdad. Alguien ha dicho: “Cuando el agnóstico dice que el universo manifiesta una fuerza incognoscible, se contradice a sí mismo: si el universo se manifiesta así, revela la fuerza oculta.” ¿Cómo sabe él que hay una cosa incognoscible? Si lo sabe, entonces es cosa conocida.

El agnóstico no niega la existencia de Dios, sino que afirma que no podemos conocerle; y esto en efecto lo niega, porque si hay un Dios omnipresente, omnisciente y omnipotente es imposible que sus criaturas no le conozcan. De este modo todas las teorías del agnóstico se pueden reducir al absurdo. Esta creencia lleva el alma a una desolación total.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La Existencia de Dios

Nadie puede proteger ni defender lo que no tiene. La fe que Judas nos exhorta a defender con tesón fue entregada a los santos, y ellos la han dado a nosotros en las Santas Escrituras (Judas 3). Vamos pues a mirar algunas de las verdades cardinales de nuestra fe, y a notar cómo ellas han sido defendidas durante los siglos pasados. Los argumentos principales para probar esas verdades son los mismos hoy que en los días de los padres apostólicos, quienes se valieron de ellos en sus escrituras; pero cada siglo de experiencia añade más fuerza y más claridad a ellos.
Puede haber dos clases de evidencia, a saber: evidencia demostrativa (como las pruebas matemáticas), y evidencia moral. Es claro que no se puede usar la primera clase para verdades espirituales, pues los argumentos en defensa del evangelio son siempre morales. Hay dos clases de esta evidencia moral, es decir, la exterior y la interior. Las pruebas exteriores se basan en el testimonio y el razonamiento. Las pruebas interiores se basan en las experiencias del cristiano. Su religión es de la cabeza y también del corazón.
Estúdiese Romanos 1:18–25 para ver que en un tiempo los hombres conocían a Dios; pero a causa de la entrada del pecado en el mundo muchos quisieron negar su existencia y no retenerlo en su conocimiento. Ahora vamos a notar algunos de los argumentos para la existencia de Dios, no usando la Biblia sino tratando únicamente de la materia en lo exterior y de la naturaleza humana en lo interior. Hay muchos argumentos, pero para más brevedad vamos a resumirlos en los cuatro más importantes:
(1) El argumento ontológico. Este fue formulado primeramente por el obispo Anselmo, quien decía: “Credo ut inteligam” (Yo creo para que yo entienda). Demuestra que tenemos una idea de un Ser perfecto y supremo, y no nos es posible imaginar nada más grande que él. La idea de Dios no podía entrar a la mente del hombre si esa mente no tuviera su origen en él. La mera idea de Dios se nos hace posible porque él mismo está detrás de esa idea. La naturaleza responde a nuestros pensamientos de ella, y nuestros pensamientos responden a ella, por lo tanto ambos deben haber sido hechos por una mente infinita. Es lógico y creíble que este Ser supremo exista.
(2) El argumento cosmológico. Santo Tomás de Aquino fue el originador de este pensamiento entre los cristianos; antes de su tiempo había sido empleado por el filósofo griego Aristóteles. Se basa en el hecho del universo —todo lo que vemos en nuestro derredor. Este universo no se hizo a sí mismo, porque cada efecto requiere una causa. Lo relativo demanda lo absoluto. Estamos conscientes de todas nuestras acciones, y sabemos que somos responsables de ellas. En otras palabras, nuestro libre albedrío es la causa de ellas. Debe existir, entonces, una causa de todo lo que vemos en el universo, incluyendo los seres inteligentes y libres, y aquella primera causa debe ser libre y superior a ellos.
“La electricidad es generada por el calor; el calor viene del carbón; el carbón de las antiguas selvas; éstas obtuvieron sus propiedades de los rayos del sol; el calor solar es alimentado de alguna manera misteriosa, probablemente por meteoros, y así, sucesivamente hasta el principio. Ahora, el calor, el carbón, las selvas, y la luz solar —todos los términos mencionados en la serie anterior— son parcialmente causas y parcialmente efectos. De manera que de cada uno debe darse cuenta por alguna cosa anterior. En ninguna parte en el reino ilimitado de la naturaleza material se ha descubierto todavía alguna cosa que sea totalmente causa. Los átomos o fuerzas fundamentales no han sido descubiertos sino supuestos. Sin embargo, aun ellos necesitan una causa anterior para ponerlos en movimiento” (Mullins). No es posible imaginar este universo iniciándose sin la primera gran causa, es decir, Dios.
(3) El argumento teleológico. Se basa éste en el orden y designio que se manifiestan en todo el universo. Hemos visto que necesitamos un principio causante, y ahora pasamos adelante a notar que el orden de todas las cosas demanda una causa inteligente que lo diseñó todo. El filósofo Sócrates lo ilustraba por una estatua. Al verla sabemos que tuvo un hacedor y que una mente inteligente la diseñó antes de esculpirla.
Si aceptamos el orden y el diseño en las obras humanas como pruebas de que hubo una mente inteligente detrás de ellas, ¡cuánto más debemos hacerlo con respecto a las obras de Dios! El salmista dice: “El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?” (Salmo 94:9). Cuando vemos el rayo de una rueda, no pensamos en él como un fin en sí mismo, sino en relación con la rueda entera. Ese rayo fue hecho para llenar un determinado lugar, y fue adaptado para ello exclusivamente. No tiene valor en sí mismo sino como una parte necesaria de la rueda.
El orden perfecto que observamos en toda la naturaleza nos habla del designio del Creador, y sin ese orden y designio el universo sería un caos. Todas las cosas fueron designadas para algún fin especial, y cada una llena su propia esfera o círculo de acción sin chocar con otras ni perjudicarlas a ellas. Podemos resumir este argumento diciendo que notamos en todo el universo el orden, el designio, la intención, y el ajuste perfecto de toda la creación, revelando la mente diseñadora del Arquitecto. Testificamos con Pablo que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).
(4) El argumento moral. Este se basa en la conciencia del hombre y su conocimiento de la ley moral, o la distinción entre lo bueno y lo malo. Con este argumento incluimos los que se han llamado argumentos humanos, y también los de la experiencia —en fin, todos los argumentos que podemos sacar del ser humano y sus experiencias. Este argumento moral es irrefragable, porque cada hombre sabe lo que tiene adentro de su ser, reconoce la supremacía de la conciencia entre sus facultades, y siente la responsabilidad moral de todas sus acciones.
Este sentido del deber implica una relación personal a un gobernador o legislador. Si su conciencia le remuerde al hombre por haber hecho mal o quebrantado alguna ley, es claro que alguien hizo esa ley, algún ser supremo que tenga autoridad sobre toda la raza humana. Cuando hace bien, el hombre siente una paz y tranquilidad en su alma; y cuando hace mal todo es confusión, vergüenza y temor en su ser. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
“Por medio de las operaciones de la conciencia discernimos que estamos sujetos a un Legislador justo que premia y castiga. Somos así puestos en contacto con la actitud moral del Ser en quien vivimos y nos movemos. Hay adentro de nosotros un testimonio inmediato e innegable a su santidad y justicia” (Fisher).
Para resumir lo que nos pueden probar estos cuatro argumentos, podemos afirmar que el argumento ontológico nos prueba que la existencia de Dios es cosa creíble; el argumento cosmológico nos asegura que de todo lo que existe hubo una causa primera, un Ser Supremo; el argumento teleológico prueba que en todo el universo hay orden, designio, intención, y ajuste, que hacen preciso un Ser inteligente y racional que lo diseñó todo; y el argumento moral demuestra que de nuestro propio ser y de las experiencias humanas sabemos que hay un Gobernador y Legislador que es santo, justo, y absoluto en su gobierno.

“El principio causante es fundamental a cada uno de los argumentos. La prueba de la evidencia de la voluntad en la naturaleza indica una causa eficiente; que el diseño es una causa de propósito, y que la conciencia es una causa moral. Obsérvese además, el contraste entre los teístas (los que creemos en Dios) y los que niegan su existencia. Estos últimos buscan las formas más bajas posibles de existencia —materia, fuerza, o algo más— y explican todo lo más alto en conceptos de lo más bajo. El teísta invierte el proceso: explica lo inferior en la naturaleza en conceptos de lo más elevado. Los unos están por debajo del nivel personal, mientras que los otros están en ese nivel” (Mullins).

jueves, 22 de junio de 2017

La Doctrina y las Evidencias

El cristiano verdadero quiere obedecer el mandato de su Salvador, quien dijo: “Escudriñad las Escrituras.” Es un deleite buscar en todas partes de la Biblia las enseñanzas divinas, las que, puestas en forma sistemática, se llaman la doctrina cristiana.
La palabra teología viene de dos palabras griegas que significan Dios y palabra, o un discurso acerca de Dios. Usamos la palabra doctrina para describir las enseñanzas de la Biblia, y la palabra teología en un sentido más amplio, abarcando “la ciencia de Dios y las relaciones entre Dios y el Universo” (Strong).
Las doctrinas o enseñanzas divinas están esparcidas en toda la Biblia como flores en un campo grande. El estudiante reverente anda en el campo recogiendo las flores y haciendo ramilletes de ellas. Esto es lo que hace en su estudio de la doctrina. En los días de los apóstoles, éstos vieron muy pronto que en su ministerio no sólo tenían que recoger las enseñanzas de Cristo y arreglarlas en forma sistemática, sino que también tenían que protegerlas, porque se levantaban muchos enemigos. Aquí se originó la necesidad de las evidencias cristianas.
Del mismo modo que usamos las palabras doctrina y teología, y la segunda tiene una significación más amplia que la primera; así usamos las palabras evidencias y apologética, la segunda abarca un campo más amplio que la primera. Podemos definir las evidencias como un tema o alegato que prueba que Jesucristo y la cristiandad son todo lo que la Biblia reclama que son. Es una defensa histórica y práctica del conjunto de verdad que Dios nos ha dado (1 Pedro 3:15). La apologética es más amplia y abarca también el aspecto filosófico de esta defensa.
La defensa de su fe ha sido siempre uno de los deberes del cristiano (Tito 1:9; 2:1; 1 Timoteo 4:13–16; 2 Juan 9). La tarea del defensor del cristianismo es una guerra en la cual él siempre puede salir victorioso, porque está luchando al lado de Dios mismo en contra de los enemigos de él. Nunca debe temer al opositor, cuyas palabras son “como las capas de piel de oso usadas por los granaderos para hacerse aparecer feroces”. La palabra “evidencia” viene del latín, y significa “lo que hace ver algo con claridad”. El valor preeminente de las evidencias cristianas está en que benefician a los creyentes mismos, fortaleciéndoles en su fe, demostrándoles que su posición es inconquistable, y que los ataques de ateos, agnósticos, infieles, unitarios, materialistas, racionalistas y modernistas de toda clase, durante las edades, no han resultado sino en victorias para Cristo y derrota para sus opositores.
El hombre, hecho a la imagen de Dios (Génesis 1:27, 28), tiene en su alma una sed de conocer a su Creador. Esta sed no puede ser saciada por la filosofía, ni por la ciencia, ni por toda la sabiduría de este mundo. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21). Veremos en los capítulos que siguen cómo el Creador se dio a conocer a sus criaturas primero en la revelación de su Santa Palabra, y luego, en su revelación perfecta y suprema, en el Dios-Hombre, nuestro Señor Jesucristo (Juan 1:18; 7:45–46; 20:31).
En todo nuestro estudio de las evidencias cristianas debemos acordarnos de que los argumentos que usaremos deben basarse en los hechos. Es posible valernos de las hipótesis y derivar de ellas nuestras conclusiones, pero toda nuestra creencia, en resumidas cuentas, está basada en los hechos. Recordemos, pues, que hay cuatro hechos que no se pueden contradecir, a saber:
(a) La naturaleza física que nos rodea. Por mucho que el ateo quisiera negar la existencia del Creador, no puede negar el hecho de que existe el universo. Queda, pues, bajo su responsabilidad demostrar su afirmación de que esta creación llegó a existir sin un Hacedor.
(b) La revelación de Dios que tenemos en la Biblia. El modernista dice que manos humanas la compilaron, y que su autoridad es igual a la de cualquier otro libro. A él le cabe la responsabilidad de probar su afirmación, y para ello tiene que explicar cómo unos cuarenta escritores viviendo en varios países distintos y abarcando un período de alrededor de 1.600 años pudieron producir 66 libros grandes y pequeños que reclaman ser escrituras del mismo Dios, que nunca se contradicen, y que se ajustan en un solo libro sagrado de tal modo que no se puede sacar uno sin dejar incompleto el libro entero (véase la prueba de eso en el capítulo 13).
(c) La experiencia religiosa. Es otro hecho del que siempre debemos acordarnos. Por mucho que se burle de ella el escéptico, no puede cambiar el hecho de que un hombre borracho y perdido puede verse cambiado en un santo de Dios. ¿A qué se debe ese cambio? Que nos explique el racionalista cómo los ladrones son convertidos en hombres honrados, los mentirosos en hombres de verdad, y leones en corderos, en el sentido figurado de la palabra. Puede ser que ellos no puedan argüir con sus opositores, pero cada uno de ellos puede testificar: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).
(d) La historia cristiana. He aquí otro hecho del que siempre debemos valernos en la lucha en contra de las fuerzas del error. La cristiandad ha existido ya por casi dos mil años. Tuvo su principio de una manera sumamente humilde. No se valió de fuerza militar para propagarse, como hicieron Mahoma y sus seguidores con la religión mahometana; sin embargo, la fe de Jesucristo se ha diseminado en todas partes del mundo y tiene el mismo poder el día de hoy como en los días de Cristo y sus apóstoles.
Meditando en estos cuatro hechos patentes que no se pueden ocultar, el hombre sincero tiene que confesar que la única causa adecuada para explicarlos satisfactoriamente es una PERSONA. Ha de haber existido un Creador que hizo el universo, que se reveló a sus criaturas en la Biblia, que fue encarnado en su Hijo Jesucristo, y que viene por su Espíritu a morar en los pecadores convertidos, haciéndoles a ellos a su vez manifiestamente una epístola de Cristo, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Corintios 3:1–3).
Los apóstoles salieron por el mundo del paganismo con el mensaje del evangelio, revestidos con el poder del Espíritu Santo, y prontos para ganar a toda la humanidad para Cristo. Su actitud puede ejemplificarse en las palabras de Pablo: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?… Contra los que me acusan, esta es mi defensa” (1 Corintios 9:1, 3). Para los que se oponían a su mensaje, bastaba decirles que él había visto a Cristo en la gloria; y luego todos creerían lo que les predicaba.
Sin duda, no sólo Pablo, sino todos los discípulos primitivos creían que los gloriosos hechos de que ellos eran testigos serían aceptados por los que les oían; pero no resultó así. Cristo había amonestado a sus discípulos que: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20); y Pablo mismo, después de haber encontrado la oposición de corazones endurecidos en muchas ciudades, escribió de Efeso: “Se me ha abierto puerta grande y eficaz y muchos son los adversarios” (1 Corintios 16:9).
Vemos pues, que aun en el principio de la dispensación de la gracia hubo una lucha, las fuerzas de las tinieblas resistiendo y guerreando contra la luz del evangelio. Los soldados de Cristo en aquel entonces y durante todos los siglos siguientes han tenido que presentar sus evidencias, sus pruebas, y las clarificaciones de su mensaje para refutar a los enemigos de afuera y a los herejes de adentro de la iglesia.
El primer enemigo que resistió el evangelio fue el judaísmo, aquel sistema de Ley que había sido dado por Dios mismo en la infancia de la raza humana, no para ser un orden permanente, sino para demostrar la santidad de Dios y de su Ley, la imposibilidad de que el hombre por sus propios esfuerzos la cumpliese, y su necesidad de un Salvador. “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24).
Estúdiese con esmero toda la epístola a los Gálatas, y después lo que Pablo escribió en Romanos, para ver cómo el apóstol presentaba las evidencias del evangelio, y nótese especialmente el pasaje ya citado en Gálatas 3 para ver su respuesta a los que querían imponer la Ley de Moisés sobre los conversos cristianos.
El primer Concilio de la Iglesia, convocado en Jerusalén en el año 50 D.C., se ocupó de este mismo problema, y de los maestros falsos que estaban trayendo el judaísmo dentro de la iglesia (Hechos 15). Pablo se les oponía en todo lugar, pero ellos eran tan astutos y atrevidos que en una ocasión Pedro mismo fue engañado por un corto tiempo. Nótese el espíritu manso con que él recibió la reprensión pública de Pablo, y cómo después manifestó su aprecio por él (Gálatas 2:11–21; 2 Pedro 3:15, 16).
Cuando los cristianos fueron esparcidos por todas partes del mundo entonces conocido, tuvieron que defender su fe en contra de los ataques de otro enemigo, a saber, el paganismo. Un buen ejemplo de esta defensa se halla en el discurso de Pablo a los filósofos de Atenas, el centro mismo de la religión y la cultura griegas. Los romanos gobernaban el mundo de aquel entonces por la fuerza de sus ejércitos; pero el idioma y la cultura de los griegos (cuyo imperio había antecedido al de Roma) permanecían todavía. Tanto los romanos como los griegos eran paganos, rindiendo culto a los ídolos.
Puesto en pie sobre el cerro de Marte, donde los filósofos solían congregarse, Pablo les felicitó por su instinto religioso, y por el hecho de que estaban buscando a Dios, hasta llegar a edificar un altar AL DIOS NO CONOCIDO. Este altar le dio el punto de contacto con ellos, para predicarles las buenas nuevas de Cristo.
En todos sus discursos a los judíos les traía sus pruebas del Antiguo Testamento. Los paganos empero no sabían nada de las Escrituras, en consecuencia Pablo tuvo que probarles la existencia del Dios verdadero apelando a los hombres creados por él, y a sus propios instintos y conciencia (Hechos 17).
Con el paso de los siglos, muchos enemigos y sistemas falsos se levantaron fuera y dentro de la iglesia de Cristo. En otros capítulos vamos a notar algunos de los sistemas que tenemos que afrontar en estos postreros días. En la Historia de la Iglesia Cristiana se encuentran los pormenores de la lucha en contra de los opositores Lucio (165 D.C.), Celso (178 D.C.), Porfirio (233 D.C.), y Hieróclito (300 D.C.). Los padres apostólicos que les contestaron por escrituras en defensa del cristianismo fueron Agustín, Cirilo, Tertuliano, Justino Mártir, Eusebio, Teófilo, Clemente, Hipólito, Orígenes y otros. Tenían que combatir no sólo los ataques de afuera, sino las herejías sutiles de maestros falsos de la iglesia. Los cristianos de hoy tienen que hacer lo mismo.

Podemos notar aquí unos hechos acerca de la “presunción a favor de toda institución actual” y la “carga de comprobación”. No es preciso defender una institución actual hasta que se traiga algún argumento en contra de ella; y el que trae la acusación es el que debe probarla; éste es uno de los principios fundamentales de la ley. Aplicando esta ley a la institución cristiana, podemos aclarar nuestros pensamientos con el resumen que hace el doctor F. W. Ferrar: “(1) Había una presunción fuerte en contra del evangelio cuando por primera vez fue anunciado. Un campesino judío reclamó ser el Mesías prometido, en quien todas las naciones del mundo iban a ser bendecidas. Nadie podía culparse por no creerlo, hasta que él lo probara. La carga de comprobación quedaba con Jesús, y él la aceptó (Juan 15:24, compare con Hechos 19:36). (2) El caso en el tiempo actual es completamente opuesto. La cristiandad existe, y cualquiera que niegue su origen divino debe traer razones convincentes por asignarle un origen humano. La carga de comprobación queda al lado del que rechaza el evangelio. Si no fue establecido milagrosamente, como reclama haberlo sido, entonces se hace necesario un milagro mayor, es decir, que fuera instituido por agencias e ingenio humano, a pesar de toda resistencia. (3) Cuando nuestros misioneros llevan el evangelio a los paganos, es evidente que los cristianos mismos tienen que asumir la responsabilidad de comprobación. Los paganos no preguntan cuáles son las acusaciones en contra del cristianismo, sino que demandan razones suficientes para hacerles abandonar la religión de sus antepasados y abrazar la religión nueva.”


jueves, 18 de mayo de 2017

Abandonado por Dios - parte 4

El desánimo
1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?
4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí;
De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios,
Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
6 Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.
7 Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;
Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.
8 Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.
9 Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?
¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?
10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me
afrentan, Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?
11 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turba dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 42
1 Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa;
Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo.
2 Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza,
¿Por qué me has desechado?
¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?
3 Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán;
Me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas.
4 Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo;
Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 43
La sed, la verdadera sed, es algo terrible. Si no se alivia, en última instancia resulta literalmente fatal.
La sed de Dios a menudo se considera una especie de virtud evangélica, una marca de la verdadera espiritualidad. Pero a veces olvidamos que la clase de sed de Dios de la que habla la Biblia es a la vez una experiencia terrible. Significa que sentimos un hambre de su presencia, una ausencia de su gracia y poder. La sed espiritual no es agradable, sino dolorosa; puede producir en nuestras vidas no tanto melodía como melancolía.
No existe más elocuente descripción de tal melancolía espiritual que la de los Salmos 42 y 43.
Estos dos salmos van juntos. En algunos manuscritos de la Biblia hebrea vienen realmente como un solo salmo. Aun en su traducción al español se nota claramente un mismo tema a lo largo de ambos salmos. Es más: comparten el mismo coro, que de manera muy viva refleja su ambiente:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (Sal. 42:5, 11; 43:5).
La repetición de estas palabras no nos deja ninguna duda respecto al tema de los dos salmos. El que los escribe está desanimado. Lo está pasando mal. Se encuentra como sin vida, y desesperadamente necesitado de agua de los manantiales del Dios vivo (v. 2); se siente lejos, y Dios parece distante tanto en cuanto al espacio como en cuanto al tiempo. El salmista no sabe ni dónde ni cuándo estará de nuevo en la presencia de Dios. Está desesperadamente sediento.
El salmista se siente como un ciervo visiblemente sediento, que vaga desorientado buscando alivio. No lo encuentra en los sitios donde normalmente hay agua para beber; esos sitios se han secado. Se le van las fuerzas; brama, cada vez más agotado. En este momento su único interés en la vida consiste en saciar su terrible sed.
Pronto la debilidad se adueñará del ciervo, y vendrá la muerte como un alivio misericordioso. Pero por ahora aún le queda tan sólo la energía suficiente como para seguir buscando; nada más importa, sólo el agua. Es una lucha sólo seguir adelante con la esperanza de encontrar agua. Inevitablemente, el ciervo lo mira todo desde esa perspectiva.
Y es que existe, según nos dice este poeta hebreo, un paralelismo espiritual: una profunda sensación de la ausencia y la distancia de Dios, que agota toda nuestra energía y hace que cada día requiera un esfuerzo sobrehumano sólo para llegar al final del día. Cuando nos levantamos por la mañana, nos sentimos cansados aún, sin energía, decaídos, pesimistas; vemos y hacemos todo a través de una nube; vivimos nuestra vida con las persianas bajadas. Todo está impregnado de oscuridad. Estamos abatidos.
Esto es lo que los de antaño llamaban melancolía. Se trata de una palabra que viene del griego y que significa, literalmente, “bilis negra” (que los primeros médicos griegos creían ser la causa de la melancolía). Los Salmos 42 y 43 describen a un creyente que la ha gustado.
Como consecuencia de ello, ha escrito lo que los epígrafes (de algunos de los salmos) llaman un masquil. Este término viene de un verbo que significa “instruir, hacer sabio, poseer alguna habilidad”. Quizá la idea aquí sea que su experiencia le ha dado sabiduría y ciertas habilidades espirituales que quiere compartir con otros.
A veces vamos al médico para lo que llamamos “un chequeo completo”. Lo que queremos decir con eso es que se nos hace una revisión muy detallada; se nos practican una serie de pruebas para analizar nuestra salud física.
Pues, en un sentido, los salmos nos proveen de “un chequeo espiritual completo”. De hecho el gran reformador Juan Calvino llamaba los salmos “Una anatomía de todas las partes del alma”. Bien expresado. Al menos es una buena descripción de lo que encontramos en los Salmos 42 y 43. El salmista nos habla como médico espiritual. Hace un diagnóstico; y también explora los remedios que nos ayudarán.
NUESTRO ESTADO ESPIRITUAL
¿Qué hace el médico para hacer su diagnóstico? Pues él, o ella, hace preguntas. ¿Por qué hace eso? Porque ayudará a confirmar los síntomas que tienes, eliminar varias posibles causas, y llegar a un diagnóstico preciso.
Lo mismo se puede decir de los médicos espirituales. Los sanadores del alma experimentados no dan consejos sin primero explorar el problema. Y eso es así tanto si nos estamos tratando a nosotros mismos como si estamos aconsejando a otros. Debemos preguntar, escuchar, analizar, y sólo entonces recetar el tratamiento.
Ése es un principio que nos resulta difícil de aprender. Pero quizá al salmista no le resultara más fácil que a nosotros; eso puede explicar por qué recurrió a escribir. Le costó esfuerzo analizar su condición; casi estaba demasiado cansado para intentarlo. Pero, de alguna manera, el hecho de escribirlo le ayudó. Puede ser que eso sea algo que merezca la pena recordar.
Este salmista es alguien que se habla a sí mismo. Vuelve una y otra vez a la misma pregunta: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” (42:5, 11; 43:5). ¿Por qué dice “alma mía”?
Para responder a esa pregunta necesitamos saber algo sobre la manera como la Biblia ve la existencia humana. Como personas somos unidades completas. Pero en nuestras relaciones somos multidimensionales. Vivimos en un mundo físico, y nosotros mismos somos seres físicos: tenemos cuerpos. Hasta puede ser que sea aún más correcto desde el punto de vista del Antiguo Testamento decir que somos corporales.
Sin embargo, también vivimos en relación con Dios. Hay un aspecto de nuestra existencia que no es ni corporal ni material. No somos meramente máquinas biológicas; somos personas vivas, creadas para tener relaciones personales los unos con los otros y con el Dios que nos creó a su imagen.
En la Biblia, se refiere a este aspecto de nuestra existencia de varias maneras diferentes: a veces con el término “espíritu”, y otras veces con el término “alma”. Los dos términos a menudo son más o menos sinónimos. María dijo que su “alma” engrandecía al Señor, y que su “espíritu” se regocijaba en Dios su Salvador; allí “alma” y “espíritu” se complementan el uno al otro, y son casi intercambiables. Pero otras veces los dos términos apuntan a dos aspectos diferentes de nuestra vida personal. “Espíritu” significa poder y energía (la palabra hebrea para “espíritu”, ruaj, significa “viento en movimiento”). “Alma”, por otra parte, expresa la idea del hombre en su debilidad y necesidad. La palabra hebrea nefes a veces parece referirse a la garganta, por medio de la cual el hombre hace esfuerzos para respirar, para sustentar su vida. Cuando se refiere a la persona en su totalidad, se refiere al hombre como frágil, dependiente, fácilmente quebrado y roto, sujeto a humores cambiantes en su experiencia de un mundo caído. Como lo expresa Hans Walter Wolff, el alma “es el fuero mismo de la vida necesitada, sediento de deseo”.4
Normalmente, “espíritu” y “alma” son relativamente indistinguibles. Pero a veces alguien cuyo espíritu está en comunión con el Espíritu de Dios puede experimentar lo que Charles Lamb describió como “las paperas y el sarampión del alma”. Todo en la vida puede parecer raro, aun cuando la vida esté centrada en Dios. Somos como un barco, bien anclado, pero golpeado por la tormenta, sacudido primerohacia un lado y luego hacia el otro, aquí y allá. El hecho mismo de que estamos anclados a Dios, y no vamos a la deriva, ¡significa que los golpes que recibimos son tanto más insistentes y dolorosos!
Por desgracia, los cristianos no siempre entienden. A veces ocurre que creyentes bienintencionados suponen que si alguien está melancólico o bajo en espíritu, la solución es muy sencilla y muy evidente. Recetan medicina fácil para una enfermedad del alma que es difícil de curar, fórmulas sencillas que dan por supuesto que valdrán para toda clase de necesidad.
No obstante, es posible para un creyente estar buscando caminar con Dios, vivir en fidelidad a Él, y aun así sentir que Dios está muy lejos, y estar decaído en su espíritu.
Los Salmos 42 y 43 son una buena ilustración de ello. Su autor es un hombre de una profundidad espiritual poco común. Tiene sed de Dios (v. 2); llora cuando se desprecia a Dios (v. 3); derrama su alma en oración (v. 4); Dios es su Roca (v. 9). Y no hay en este salmo ni una palabra de confesión de pecado o de fracaso. Su problema inmediato no es su pecado.
De hecho, este creyente tiene un deseo en lo más profundo de su ser de conocer la presencia de Dios y su voluntad. No, el problema no es su pecado. De lo que se trata más bien es de qué hacer, como creyente fiel, con su desánimo. El problema no es simplemente algo “espiritual”. Es mucho más complejo que eso. Tiene que ver con el alma. Algo la ha afectado. Está en malas condiciones.
¿Por qué es tan importante reconocer esta distinción? Lo es porque, si no, los creyentes sensibles acabarán condenándose a sí mismos y experimentando un profundo sentimiento de culpa por una situación en la que tal reacción no es apropiada.
Debemos aprender esto de la manera como el salmista se dirige a su propia alma. Nuestro Señor Jesucristo utilizó un lenguaje parecido en los Evangelios. Escúchale: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré?” (Jn. 12:27); Jesús “comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte…” (Mr. 14:33, 34).
¿Ves lo que estoy diciendo? Cuando compartimos la experiencia del salmista, hay varias tentaciones que se nos presentan. Una de ellas, como ya hemos visto, es confundir el desánimo con la culpa. Pues aquí tenemos otra: pensar que somos los únicos que están experimentando lo que estamos experimentando, y que Cristo no comprende. Pero el caso es que Él ha estado donde nosotros estamos: ¡ha ido más lejos aún! Él sabe; comprende; siente; le importa.
SÍNTOMAS
El alma del salmista ha estado decaída. Ya no está disfrutando de las bendiciones espirituales de las que antes disfrutaba. Hubo un tiempo cuando, por lo visto, su alma llegó a estar llena de alegría, regocijándose en el Señor y deleitándose en su salvación (cf. Sal. 35:9). Había gustado un poco de la experiencia de gozo que tuvo María por el hecho de que Dios humilla a los soberbios y exalta a los humildes, vacía a los ricos y llena a los pobres (Lc. 1:52, 53).
Ahora, sin embargo, a partir de esas bendiciones espirituales, David se siente como dislocado. Su alma está turbada, inquieta: le falta paz y aplomo. No puede relajarse. Se ha vuelto irritable y preocupado. Su experiencia le ha estirado demasiado, emocionalmente, y ahora no puede descansar.
Describe los síntomas de diferentes maneras: “Ando enlutado” (Sal. 42:9; 43:2). Su corazón está apesadumbrado de dolor: “como quien hiere mis huesos” (42:10). Su situación afecta a todo su ser.
Sin embargo, su pregunta: ¿Por qué? (“¿Por qué te abates, oh alma mía…?”) es más importante que su descripción de los síntomas. Sólo cuando haya descubierto los motivos de su desánimo podrá recetar un antídoto apropiado.
Y es precisamente aquí donde tantas veces fallamos nosotros. De hecho, ¡es nuestro mismo desánimo espiritual el que nos disuade de analizar sus causas! Nos rendimos ante el desánimo, en vez de rastrear los síntomas hasta llegar a la raíz. El desánimo no desaparece así de fácil por sí mismo. Hay que interrogarle una y otra vez. Debemos aprender a decirle: “¿Por qué estás ahí?” Sólo entonces descubriremos que existe un medicamento apropiado aun para nuestras almas.
Nos puede ayudar el estudiar por qué este salmista experimentó el desánimo. Él le sigue la pista hasta encontrar ciertas causas en particular. Existen razones concretas para su estado. El darse cuenta de eso es la mitad del remedio que necesita.
CAUSAS
La privación espiritual
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?… fui con la multitud (Sal. 42:2, 4).
Habían pasado semanas, quizá meses, desde que había adorado con el pueblo de Dios. Ahora sus circunstancias le habían imposibilitado unirse a las multitudes de adoradores en Jerusalén. Está exiliado en la tierra del Jordán, por los montes de Hermón, en la región de Mizar. Aquí no se oyen cánticos de alabanza, ni una congregación en la que se estudia y se habla de la revelación de Dios; no hay reuniones para la oración y la instrucción. ¿Es, pues, realmente de extrañar que su alma, estando tan desnutrida como lo está ahora, se sienta machacada y desconsolada?
A no pocos creyentes jóvenes, sentados alrededor de la lumbre, se les ha enseñado una lección ilustrada, por parte de algún creyente más maduro, al tomar éste un carbón encendido y retirarlo de en medio de las llamas, y apartarlo y observarlo hasta ver desvanecerse al final su calor. La lección sencilla, pero siempre importante, es que si los creyentes han de mantener su calor espiritual necesitan tener comunión.
¡Cuán importante es para nuestro bienestar la comunión de la Iglesia! A veces, es sólo al ser privados de tal comunión cuando nos damos cuenta de cuánto la necesitamos. Después de todo, el Señor nos ha hecho para la comunión. Él nos juntó para que necesitásemos del amor y de los dones los unos de los otros.
Que no te extrañe si el ser privado de la adoración de cada semana afecta a tu espíritu. El desarrollar una disciplina espiritual a nivel individual es bueno; pero no es ningún sustituto para la vida de la iglesia a la cual has sido llamado.
No seas tan orgulloso o tan autosuficiente como para pensar que tú no necesitas de manera regular la oportunidad de oír la exposición y la aplicación de las Escrituras, en el contexto de un grupo vibrante de creyentes que oran. Cualquiera que pertenezca a tal iglesia conoce la bendición de una vida con tiempos semanales de adoración, oración y enseñanza bíblica. No solamente somos educados así en la verdad cristiana, sino que nuestras almas se están nutriendo y fortaleciendo. Se enriquece todo nuestro ser.
Cuando estás decaído, cualquiera que sea el motivo –sea algo de poca importancia, o algo que verdaderamente hace tambalearse tu vida– cuesta más esfuerzo mantener las disciplinas regulares de la vida cristiana. Aun el ir a la iglesia es una enorme lucha… ¿y realmente merece la pena, cuando sabes que tienes que volver a casa después para hacerle frente a tu desánimo? ¿Te es demasiado doloroso oír que ésta es la única manera de sostenerte en tu nivel actual de desánimo, sin que te hundas aún más? Pero es que cuando desaparecen estas disciplinas básicas, todo está en peligro de derrumbarse: como este salmista descubrió.
Ambiente hostil
Me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?… mis enemigos me afrentan (42:3, 10).
Estaba en un ambiente lejano y extraño. Que era también un ambiente hostil se puede captar por las primeras palabras del salmo, si se pretende que nos imaginemos el ciervo siendo perseguido por cazadores. Se hace más explícito en lo que sigue.
Sus enemigos le afrentan y le oprimen: “¿Dónde está tu Dios ahora?”, dicen (42:3, 9, 10; 43:1, 2). Y ésta era su triste suerte “todo el día” (42:10 LBLA). Al menos, así era como le parecía a él.
Hemos visto antes el papel que representan en los salmos “los enemigos”. Se trata de una situación de conflicto. En los tiempos de desánimo estamos envueltos en un conflicto espiritual. Bajo esas circunstancias, “los enemigos”, tanto naturales como sobrenaturales, se burlarán de nosotros: “¿Dónde está tu Dios?” Y muchas veces tienen éxito, porque nos encontramos preguntando: “¿Dónde está Dios? ¿Es que no le importa?”
Hay tres principios que nos ayudarán cuando surja esta pregunta.
1. A menudo el mejor método de defensa es el ataque. Devuélvele la pregunta a la persona que la hace: “¿Y tú? ¿Dónde está tu dios?” Eso arroja otra luz diferente sobre la situación.
Ésta fue la estrategia que adoptó Elías en el monte Carmelo, en tiempos cuando el nombre del Señor estaba siendo despreciado. Elías desafió a los profetas de Baal: “¿Dónde está vuestro dios?”, y al hacerlo descubrió que las burlas fáciles de ellos no eran más que palabras huecas (1 R. 18:21).
2. Pregúntate: “Aun si no puedo percibir lo que Dios está haciendo en mi situación, y aun si no puedo comprender sus caminos; ¿qué sería de mí sin Él?” El hacerte esa pregunta es poner las cosas en su perspectiva correcta. Lleva a la siguiente conclusión: Puedo vivir para el Señor sin comprender del todo sus caminos; pero no puedo vivir sin Él. Ya que Él es Dios y yo soy su criatura finita, Él no tiene por qué darme explicaciones a mí; pero ha demostrado su fidelidad una y otra vez. Puedo confiar en Él.
3. Acuérdate de que esta misma pregunta se la echaron en cara a Cristo también, cuando le habían abandonado para morir en medio de la vergüenza y la soledad en la Cruz; dijeron: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere…” (Mt. 27:43).
La verdad era que Dios nunca estuvo obrando más poderosamente que en aquellos momentos; es más: Jesús sabía que su Padre nunca le amó y admiró más que cuando la oscuridad borró totalmente su comunión consciente con el Cielo, cuando moría en la Cruz: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida [por las ovejas]” (Jn. 10:17, 15).
El alma de Jesús estaba decaída; Jesús estaba angustiado; de Jesús se burlaron exactamente de la misma manera que el salmista había experimentado. Podía haberse puesto al lado del salmista, compartiendo con él el mismo himnario, y contigo también, mientras cantas este salmo. Él entiende, porque ha estado allí. Y tu ambiente no es totalmente hostil; ¡Cristo está contigo!
Un papel perdido
“Yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios” (42:4, énfasis añadido). David había sido un guía en el pueblo de Dios, y había ejercido un ministerio destacado. Peroahora estaba lejos de esa esfera de ministerio y liderazgo. No nos debe extrañar que estuviera desconsolado.
Pocos de nosotros nos damos cuenta hasta qué punto nuestro sentimiento de significación y valor está vinculado a nuestro servicio y liderazgo. A menudo aconsejamos a las personas que no lleguen a estar tan absortas en su servicio que pierdan de vista a Aquel a quien se supone que están sirviendo. Pero si nos damos en el servicio de Cristo, la cuestión de quiénes somos llega a estar tan estrechamente relacionada con lo que hacemos que las dos cosas son prácticamente indistinguibles. Después de todo, nuestro servicio es una expresión de nosotros mismos; es una inversión de nosotros mismos en otras personas, por amor a Cristo. Si perdemos eso, se pierde una parte de nosotros mismos. Y muchas veces el resultado de ello es el desánimo.
En este sentido, pienso a menudo en amigos que han dedicado sus vidas a servir a Cristo en países lejos de los suyos. Luego regresan a casa. Antes eran líderes; aquí casi son extranjeros. Allí enseñaban, predicaban, pastoreaban, y tomaban decisiones; aquí no tienen ningún papel claro. Encuentran algún pequeño rincón, aceptan cualquier trabajo, por muy modesto que sea, y tienen muchos menos recursos materiales que la mayoría de sus paisanos. Para ellos es muy fácil sentir que las etapas significativas de la vida ya están todas en el pasado.
El desempleo, de diferentes tipos, puede tener el mismo efecto: sea por haber perdido el trabajo, o tal vez por la jubilación. Dios nos creó de tal manera que nos sintiésemos realizados y encontrásemos satisfacción en nuestro trabajo, como Él mismo en el suyo (Gn. 2:1–3, 15). El ser privados de ese trabajo nuestro, pues, es como ser privados de una parte de nuestra dignidad misma. Se nos impide realizar uno de los aspectos de nuestra vocación: ser la imagen de Dios, y ser creativos y productivos como Él también lo fue.
Lo mismo se puede decir en el contexto de la familia: unamadre dedica su vida entera a servir a su familia por amor a Cristo; luego ellos se van de casa. Durante años, ella se ha sacrificado por ellos mientras muchos de sus contemporáneos han trabajado y han desarrollado sus carreras. Su marido probablemente lo ha hecho también. Y ella siente que ha llegado a no ser nadie.
Muchas veces, la nube más oscura de todas llega cuando una mujer que ha sido madre y esposa se queda viuda; ahora no hay nadie a quien servir; la lucha del salmista en los montes de Hermón se traslada sin más dificultad a la sala de estar y a la cocina: “¿Por que te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?… Yo [antes solía…].” Pero ya no.
Nota que las afirmaciones y las preguntas del salmista no son simples quejas; son más bien una reflexión necesaria sobre su estado, un identificar los síntomas para poder diagnosticar las causas. Una vez identificadas éstas, se los puede tratar.
Así que el salmista, poco a poco, llega a reconocer no sólo el hecho de que está desanimado, sino también los motivos de ese desánimo. Y el caso es que tiene buenas razones para sentirse desanimado; está experimentando el aislamiento, la oposición y la pérdida de posición. El negar que éstas son razones para estar desanimado sería muy poco sano, psicológica y emocionalmente.
A veces distinguimos entre lo que llamamos “la supresión” y “la represión”. Y es una distinción que nos puede ayudar. “Suprimir” significa reconocer cierta emoción –por ejemplo, el enojo– y dominarla; mientras que “reprimir” esa misma emoción significa negar que realmente exista, y reinterpretarla como otra cosa. Pero negar que estés desanimado, o que existan razones para que el cristiano esté desanimado, es espiritualmente desastroso.
De vez en cuando a lo largo de los siglos, ha habido cristianos que han enseñado, algunas veces con trágicas consecuencias, que una persona verdaderamente espiritualnunca se desanima. Según estos cristianos, el estar decaído es, por definición, ser todo lo contrario de espiritual. Y a no ser que estemos bien formados en las Escrituras, es muy fácil que nos dejemos sobrecoger, confundir y desanimar más aún por tal enseñanza.
Esta enseñanza ciertamente parece lógica: si el Evangelio nos salva, ¡pues, debe salvarnos también del desánimo! Además, parece algo maravillosamente espiritual. Después de todo, ¿acaso no somos “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37)?
No obstante, todo esto no es la lógica bíblica, ni tampoco es la verdadera espiritualidad. El caso es que el Evangelio nos salva de la muerte, no eliminando la muerte, sino ayudándonos a hacerle frente en el poder de la victoria de Cristo y así vencerla. Y así ocurre, también, con el pecado. Y asimismo con el desánimo. La fe en Cristo no quita todas las causas del desánimo; lo que hace, más bien, es capacitarnos para poder superarlas. Podemos experimentar el desánimo; ¡pero no nos vencerá!
Tampoco es aquélla la espiritualidad bíblica: cualquier supuesta “superespiritualidad” que o bien no tenga en cuenta la realidad de nuestra humanidad, o la niegue, es falsa. Vivimos en carne y sangre frágiles, y en un mundo caído que, según dice el apóstol Juan, “está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). Hay mucho para desanimar. El Señor Jesús también lo sintió. El ser libre de la posibilidad de desanimarse significaría ser más “espiritual” que Jesús mismo y, por tanto, no significaría ser verdaderamente espiritual en absoluto.
Los Salmos 42 y 43 nos enseñan la perspectiva bíblica sobre el desánimo: lo sentimos, lo reconocemos tal como es, y analizamos los motivos de su presencia.
En el caso del salmista, existían motivos muy reales y muy dolorosos de sus experiencias del desánimo. Él los identifica. ¡Pero luego receta el antídoto divino!
EL REMEDIO
El remedio bíblico se puede expresar de modo sencillo. Es cierto que existen motivos para estar desanimado; sin embargo, existen motivos mejores y aún más fuertes para estar animado.
Anteriormente, el salmista había cometido el error de permitir que su desánimo determinara su talante, mientras a todas las demás voces (¡en particular la de Dios y la del mismo salmista!) se las había obligado a escuchar. Pero ahora se le empieza a ocurrir que el desánimo no tiene ningún derecho a tener la última palabra. Ahora él mismo empieza a hablar.
Le habla a su propia alma desanimada. Le predica, llevándola así bajo la autoridad de la Palabra de Dios y bajo la voluntad de Dios para su vida. Además, le habla a Dios mismo acerca de sus necesidades. Hasta habla acerca del futuro, que, durante todo el tiempo que había predominado la voz del desánimo, se había perdido de vista en su mente.
Este remedio tiene tres partes. Lo descubrió el salmista probando y volviendo a probar. Al compartirlo con nosotros nos hace el favor de colocarnos en la posición más fuerte de saberlo de antemano, antes del gran ataque del desánimo en nuestras propias vidas.
Pensar
Vuelve a enfocar su manera de pensar. Su alma está desanimada y decaída. Al preguntar: “¿Por qué?” (42:5, 11; 43:5), no está sugiriendo que su desánimo no sea real, sino que no es, en última instancia, invencible para aquel cuya esperanza esté puesta en Dios: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle.”
En las Escrituras, la esperanza no es como pensar: “Ojalá…” Es más bien confianza basada en las promesas de Dios; es la certeza de que llegaremos a experimentar bendiciones que aún no experimentamos. Esa certeza está basada en el hecho de que Él es “Salvación mía y Dios mío”.
De hecho, mientras nuestro autor ha ido escribiendo su camino por su experiencia, aun cuando ha llegado a estar en su punto más melancólico, esta verdad ha sido, en todo momento, cierta en cuanto a él.
Ha conocido a Dios como “el Dios vivo” (42:2); desde las profundidades de su alma ha respondido a los ecos en la naturaleza de la majestad y el poder de Dios: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas” (42:7). La naturaleza entera manifiesta su gloria: las cascadas son suyas. Aun las “ondas” y las “olas” que “han pasado sobre mí” son suyas (42:7).
Dios tiene aún el control de aquellas providencias en las que se encuentra el salmista. Ha prometido hacer que todas las cosas ayuden a bien para los que le aman y que “conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). No hace falta desesperarse.
El salmista ha conocido al Señor como “Dios: Roca mía”, aun cuando estaba protestando: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué…?” (42:9). Y cuando se siente “desechado”, ¡es por “el Dios de mi fortaleza” (43:2)!
“Alma”, se dice a sí mismo, “¿es que te has olvidado de quién es tu Dios? ¡Es grande y glorioso: un Salvador, un Señor vivo, una Roca, una Fortaleza! ¿Por qué te abates? ¡Espera en Él!”
Orar
Vuelve a enfocar también sus oraciones. Una de las características más notables de estos salmos es el hecho de que el tono de ellos cambia con las palabras: “Envía tu luz y tu verdad” (Sal. 43:3). Antes de esto, el elemento de queja se entremezcla con un tremendo esfuerzo por conseguir ánimo (“¿Por qué te abates…?”). La atención del salmista se ha fijado principalmente en sí mismo y en sus propias necesidades. En un sentido, hasta su misma “autoexhortación” hasido introspectiva. Pero ahora, pide a Dios que arroje luz sobre su oscuridad, y que revele la verdad a su mente confusa.
Desde la creación misma, se ha transmitido luz al pueblo de Dios por medio de la palabra viva de Dios: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”, dice otro de los salmos (Sal. 119:130).
¿Pero funciona esto? Una mente bien provista del conocimiento de las Escrituras hace mucho para guardar de excesivo desánimo; es como una farmacia bien surtida, en la que siempre hay remedios a mano. Pero esto requiere, además, el que nos aseguremos de que nuestras vidas estén expuestas a un ministerio bíblico constante, en el que la verdad y el poder de la Palabra de Dios estén rodeados de oración. Entonces, la exposición de la Palabra de Dios (Sal. 119:130) hará en nosotros su propia obra de animarnos.
Hoy en día difícilmente se podría recalcar demasiado este punto. Muchos reconocen que estos tiempos nuestros tienden a menospreciar el uso de la mente, y ponen el acento en los sentimientos. Tristemente, el análisis definitivo de un culto de adoración es, en muchas ocasiones, si tal culto nos hace sentirnos bien o no, y no si está centrado en el Señor o no. (¿Qué tal hubiera visto eso Isaías?) Pero el caso es que los cristianos desanimados necesitan mucho más que un estimulante emocional. Lo que necesitan es luz para disipar las tinieblas.
La exposición de las palabras de Dios normalmente requiere paciencia y disciplina. Pero como resultado de ella, somos edificados y más asegurados, quedando así menos propensos a desanimarnos tan fácilmente.
Está claro que éste era el caso del salmista. Aun en medio de su desánimo, es guardado de ser sobrecogido, y lo que le guarda es el conocimiento de Dios que ha recibido en el pasado a través de su Palabra. Aun cuando estaba en el punto más bajo, conocía a Dios como Salvador, Dios vivo, su Roca, y su Fortaleza. Y ahora le tenemos pidiendo en oración que la luz que irradia desde estas grandes verdades bíblicas acerca de Dios inunde su alma y disipe su desánimo. Para él, al igual que para los apóstoles, la oración y el ministerio de la Palabra van juntos (Hch. 6:4). El salmista está probando para sí mismo que ésta es la respuesta, a largo plazo, al desánimo que está experimentando.
Ver
Vuelve a enfocar su vista. Ha mirado hacia dentro de sí mismo; ha mirado a su alrededor; lentamente ha empezado a mirar hacia arriba y hacia fuera de sí mismo. Y ahora empieza a mirar hacia el futuro: “Entraré al altar… te alabaré” (43:4).
Cuando permitimos que sea el desánimo el que dicte la conversación, tendemos a mirar hacia dentro, hacia abajo y hacia atrás. En cambio, cuando la Palabra de Dios dicta la conversación, miramos hacia arriba, hacia fuera y –sí– hacia adelante.
El desánimo nos dice que no podemos atrevernos a pensar en el futuro, y así nos priva de aquella bendición que Dios ha prometido darnos en el futuro. En el mejor de los casos, el desánimo sólo nos permite vislumbrar el futuro a la luz pálida del presente. Pero la Palabra de Dios nos anima a mirar el presente a la luz brillante del futuro. Y es al hacer eso cuando vemos que los motivos de desánimo del presente no son dignos de ser comparados con los motivos de ánimo del futuro (Ro. 8:18), y que nuestra leve tribulación es la senda que lleva a la gloria (2 Co. 4:17).
“Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo” (43:4).
¿Dónde está ahora el desánimo?
Así que estos salmos terminan con el mismo estribillo. Las palabras son las mismas, pero el tono es totalmente distinto. La pregunta ya no es una expresión de la angustia delalma, sino más bien de su triunfo:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (43:5).
Como el salmista, puede ser que nosotros también tengamos buenos motivos para sentirnos desanimados, y para tener sed de la presencia de Dios. Pero tenemos un motivo aun mejor para estar animados. Sabemos que Jesucristo ha venido para compartir el profundo desánimo de un mundo caído. Nos acordamos de su clamor desde la Cruz: “Tengo sed” (Jn. 19:28), al sentirse muy lejos de la presencia y la comunión de Dios.
Y es precisamente porque Él probó aquella desolación espiritual por lo que ya no es necesario que nosotros la probemos: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14).