miércoles, 30 de agosto de 2017

La Existencia de Dios

Nadie puede proteger ni defender lo que no tiene. La fe que Judas nos exhorta a defender con tesón fue entregada a los santos, y ellos la han dado a nosotros en las Santas Escrituras (Judas 3). Vamos pues a mirar algunas de las verdades cardinales de nuestra fe, y a notar cómo ellas han sido defendidas durante los siglos pasados. Los argumentos principales para probar esas verdades son los mismos hoy que en los días de los padres apostólicos, quienes se valieron de ellos en sus escrituras; pero cada siglo de experiencia añade más fuerza y más claridad a ellos.
Puede haber dos clases de evidencia, a saber: evidencia demostrativa (como las pruebas matemáticas), y evidencia moral. Es claro que no se puede usar la primera clase para verdades espirituales, pues los argumentos en defensa del evangelio son siempre morales. Hay dos clases de esta evidencia moral, es decir, la exterior y la interior. Las pruebas exteriores se basan en el testimonio y el razonamiento. Las pruebas interiores se basan en las experiencias del cristiano. Su religión es de la cabeza y también del corazón.
Estúdiese Romanos 1:18–25 para ver que en un tiempo los hombres conocían a Dios; pero a causa de la entrada del pecado en el mundo muchos quisieron negar su existencia y no retenerlo en su conocimiento. Ahora vamos a notar algunos de los argumentos para la existencia de Dios, no usando la Biblia sino tratando únicamente de la materia en lo exterior y de la naturaleza humana en lo interior. Hay muchos argumentos, pero para más brevedad vamos a resumirlos en los cuatro más importantes:
(1) El argumento ontológico. Este fue formulado primeramente por el obispo Anselmo, quien decía: “Credo ut inteligam” (Yo creo para que yo entienda). Demuestra que tenemos una idea de un Ser perfecto y supremo, y no nos es posible imaginar nada más grande que él. La idea de Dios no podía entrar a la mente del hombre si esa mente no tuviera su origen en él. La mera idea de Dios se nos hace posible porque él mismo está detrás de esa idea. La naturaleza responde a nuestros pensamientos de ella, y nuestros pensamientos responden a ella, por lo tanto ambos deben haber sido hechos por una mente infinita. Es lógico y creíble que este Ser supremo exista.
(2) El argumento cosmológico. Santo Tomás de Aquino fue el originador de este pensamiento entre los cristianos; antes de su tiempo había sido empleado por el filósofo griego Aristóteles. Se basa en el hecho del universo —todo lo que vemos en nuestro derredor. Este universo no se hizo a sí mismo, porque cada efecto requiere una causa. Lo relativo demanda lo absoluto. Estamos conscientes de todas nuestras acciones, y sabemos que somos responsables de ellas. En otras palabras, nuestro libre albedrío es la causa de ellas. Debe existir, entonces, una causa de todo lo que vemos en el universo, incluyendo los seres inteligentes y libres, y aquella primera causa debe ser libre y superior a ellos.
“La electricidad es generada por el calor; el calor viene del carbón; el carbón de las antiguas selvas; éstas obtuvieron sus propiedades de los rayos del sol; el calor solar es alimentado de alguna manera misteriosa, probablemente por meteoros, y así, sucesivamente hasta el principio. Ahora, el calor, el carbón, las selvas, y la luz solar —todos los términos mencionados en la serie anterior— son parcialmente causas y parcialmente efectos. De manera que de cada uno debe darse cuenta por alguna cosa anterior. En ninguna parte en el reino ilimitado de la naturaleza material se ha descubierto todavía alguna cosa que sea totalmente causa. Los átomos o fuerzas fundamentales no han sido descubiertos sino supuestos. Sin embargo, aun ellos necesitan una causa anterior para ponerlos en movimiento” (Mullins). No es posible imaginar este universo iniciándose sin la primera gran causa, es decir, Dios.
(3) El argumento teleológico. Se basa éste en el orden y designio que se manifiestan en todo el universo. Hemos visto que necesitamos un principio causante, y ahora pasamos adelante a notar que el orden de todas las cosas demanda una causa inteligente que lo diseñó todo. El filósofo Sócrates lo ilustraba por una estatua. Al verla sabemos que tuvo un hacedor y que una mente inteligente la diseñó antes de esculpirla.
Si aceptamos el orden y el diseño en las obras humanas como pruebas de que hubo una mente inteligente detrás de ellas, ¡cuánto más debemos hacerlo con respecto a las obras de Dios! El salmista dice: “El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?” (Salmo 94:9). Cuando vemos el rayo de una rueda, no pensamos en él como un fin en sí mismo, sino en relación con la rueda entera. Ese rayo fue hecho para llenar un determinado lugar, y fue adaptado para ello exclusivamente. No tiene valor en sí mismo sino como una parte necesaria de la rueda.
El orden perfecto que observamos en toda la naturaleza nos habla del designio del Creador, y sin ese orden y designio el universo sería un caos. Todas las cosas fueron designadas para algún fin especial, y cada una llena su propia esfera o círculo de acción sin chocar con otras ni perjudicarlas a ellas. Podemos resumir este argumento diciendo que notamos en todo el universo el orden, el designio, la intención, y el ajuste perfecto de toda la creación, revelando la mente diseñadora del Arquitecto. Testificamos con Pablo que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).
(4) El argumento moral. Este se basa en la conciencia del hombre y su conocimiento de la ley moral, o la distinción entre lo bueno y lo malo. Con este argumento incluimos los que se han llamado argumentos humanos, y también los de la experiencia —en fin, todos los argumentos que podemos sacar del ser humano y sus experiencias. Este argumento moral es irrefragable, porque cada hombre sabe lo que tiene adentro de su ser, reconoce la supremacía de la conciencia entre sus facultades, y siente la responsabilidad moral de todas sus acciones.
Este sentido del deber implica una relación personal a un gobernador o legislador. Si su conciencia le remuerde al hombre por haber hecho mal o quebrantado alguna ley, es claro que alguien hizo esa ley, algún ser supremo que tenga autoridad sobre toda la raza humana. Cuando hace bien, el hombre siente una paz y tranquilidad en su alma; y cuando hace mal todo es confusión, vergüenza y temor en su ser. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
“Por medio de las operaciones de la conciencia discernimos que estamos sujetos a un Legislador justo que premia y castiga. Somos así puestos en contacto con la actitud moral del Ser en quien vivimos y nos movemos. Hay adentro de nosotros un testimonio inmediato e innegable a su santidad y justicia” (Fisher).
Para resumir lo que nos pueden probar estos cuatro argumentos, podemos afirmar que el argumento ontológico nos prueba que la existencia de Dios es cosa creíble; el argumento cosmológico nos asegura que de todo lo que existe hubo una causa primera, un Ser Supremo; el argumento teleológico prueba que en todo el universo hay orden, designio, intención, y ajuste, que hacen preciso un Ser inteligente y racional que lo diseñó todo; y el argumento moral demuestra que de nuestro propio ser y de las experiencias humanas sabemos que hay un Gobernador y Legislador que es santo, justo, y absoluto en su gobierno.

“El principio causante es fundamental a cada uno de los argumentos. La prueba de la evidencia de la voluntad en la naturaleza indica una causa eficiente; que el diseño es una causa de propósito, y que la conciencia es una causa moral. Obsérvese además, el contraste entre los teístas (los que creemos en Dios) y los que niegan su existencia. Estos últimos buscan las formas más bajas posibles de existencia —materia, fuerza, o algo más— y explican todo lo más alto en conceptos de lo más bajo. El teísta invierte el proceso: explica lo inferior en la naturaleza en conceptos de lo más elevado. Los unos están por debajo del nivel personal, mientras que los otros están en ese nivel” (Mullins).

jueves, 22 de junio de 2017

La Doctrina y las Evidencias

El cristiano verdadero quiere obedecer el mandato de su Salvador, quien dijo: “Escudriñad las Escrituras.” Es un deleite buscar en todas partes de la Biblia las enseñanzas divinas, las que, puestas en forma sistemática, se llaman la doctrina cristiana.
La palabra teología viene de dos palabras griegas que significan Dios y palabra, o un discurso acerca de Dios. Usamos la palabra doctrina para describir las enseñanzas de la Biblia, y la palabra teología en un sentido más amplio, abarcando “la ciencia de Dios y las relaciones entre Dios y el Universo” (Strong).
Las doctrinas o enseñanzas divinas están esparcidas en toda la Biblia como flores en un campo grande. El estudiante reverente anda en el campo recogiendo las flores y haciendo ramilletes de ellas. Esto es lo que hace en su estudio de la doctrina. En los días de los apóstoles, éstos vieron muy pronto que en su ministerio no sólo tenían que recoger las enseñanzas de Cristo y arreglarlas en forma sistemática, sino que también tenían que protegerlas, porque se levantaban muchos enemigos. Aquí se originó la necesidad de las evidencias cristianas.
Del mismo modo que usamos las palabras doctrina y teología, y la segunda tiene una significación más amplia que la primera; así usamos las palabras evidencias y apologética, la segunda abarca un campo más amplio que la primera. Podemos definir las evidencias como un tema o alegato que prueba que Jesucristo y la cristiandad son todo lo que la Biblia reclama que son. Es una defensa histórica y práctica del conjunto de verdad que Dios nos ha dado (1 Pedro 3:15). La apologética es más amplia y abarca también el aspecto filosófico de esta defensa.
La defensa de su fe ha sido siempre uno de los deberes del cristiano (Tito 1:9; 2:1; 1 Timoteo 4:13–16; 2 Juan 9). La tarea del defensor del cristianismo es una guerra en la cual él siempre puede salir victorioso, porque está luchando al lado de Dios mismo en contra de los enemigos de él. Nunca debe temer al opositor, cuyas palabras son “como las capas de piel de oso usadas por los granaderos para hacerse aparecer feroces”. La palabra “evidencia” viene del latín, y significa “lo que hace ver algo con claridad”. El valor preeminente de las evidencias cristianas está en que benefician a los creyentes mismos, fortaleciéndoles en su fe, demostrándoles que su posición es inconquistable, y que los ataques de ateos, agnósticos, infieles, unitarios, materialistas, racionalistas y modernistas de toda clase, durante las edades, no han resultado sino en victorias para Cristo y derrota para sus opositores.
El hombre, hecho a la imagen de Dios (Génesis 1:27, 28), tiene en su alma una sed de conocer a su Creador. Esta sed no puede ser saciada por la filosofía, ni por la ciencia, ni por toda la sabiduría de este mundo. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21). Veremos en los capítulos que siguen cómo el Creador se dio a conocer a sus criaturas primero en la revelación de su Santa Palabra, y luego, en su revelación perfecta y suprema, en el Dios-Hombre, nuestro Señor Jesucristo (Juan 1:18; 7:45–46; 20:31).
En todo nuestro estudio de las evidencias cristianas debemos acordarnos de que los argumentos que usaremos deben basarse en los hechos. Es posible valernos de las hipótesis y derivar de ellas nuestras conclusiones, pero toda nuestra creencia, en resumidas cuentas, está basada en los hechos. Recordemos, pues, que hay cuatro hechos que no se pueden contradecir, a saber:
(a) La naturaleza física que nos rodea. Por mucho que el ateo quisiera negar la existencia del Creador, no puede negar el hecho de que existe el universo. Queda, pues, bajo su responsabilidad demostrar su afirmación de que esta creación llegó a existir sin un Hacedor.
(b) La revelación de Dios que tenemos en la Biblia. El modernista dice que manos humanas la compilaron, y que su autoridad es igual a la de cualquier otro libro. A él le cabe la responsabilidad de probar su afirmación, y para ello tiene que explicar cómo unos cuarenta escritores viviendo en varios países distintos y abarcando un período de alrededor de 1.600 años pudieron producir 66 libros grandes y pequeños que reclaman ser escrituras del mismo Dios, que nunca se contradicen, y que se ajustan en un solo libro sagrado de tal modo que no se puede sacar uno sin dejar incompleto el libro entero (véase la prueba de eso en el capítulo 13).
(c) La experiencia religiosa. Es otro hecho del que siempre debemos acordarnos. Por mucho que se burle de ella el escéptico, no puede cambiar el hecho de que un hombre borracho y perdido puede verse cambiado en un santo de Dios. ¿A qué se debe ese cambio? Que nos explique el racionalista cómo los ladrones son convertidos en hombres honrados, los mentirosos en hombres de verdad, y leones en corderos, en el sentido figurado de la palabra. Puede ser que ellos no puedan argüir con sus opositores, pero cada uno de ellos puede testificar: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).
(d) La historia cristiana. He aquí otro hecho del que siempre debemos valernos en la lucha en contra de las fuerzas del error. La cristiandad ha existido ya por casi dos mil años. Tuvo su principio de una manera sumamente humilde. No se valió de fuerza militar para propagarse, como hicieron Mahoma y sus seguidores con la religión mahometana; sin embargo, la fe de Jesucristo se ha diseminado en todas partes del mundo y tiene el mismo poder el día de hoy como en los días de Cristo y sus apóstoles.
Meditando en estos cuatro hechos patentes que no se pueden ocultar, el hombre sincero tiene que confesar que la única causa adecuada para explicarlos satisfactoriamente es una PERSONA. Ha de haber existido un Creador que hizo el universo, que se reveló a sus criaturas en la Biblia, que fue encarnado en su Hijo Jesucristo, y que viene por su Espíritu a morar en los pecadores convertidos, haciéndoles a ellos a su vez manifiestamente una epístola de Cristo, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Corintios 3:1–3).
Los apóstoles salieron por el mundo del paganismo con el mensaje del evangelio, revestidos con el poder del Espíritu Santo, y prontos para ganar a toda la humanidad para Cristo. Su actitud puede ejemplificarse en las palabras de Pablo: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?… Contra los que me acusan, esta es mi defensa” (1 Corintios 9:1, 3). Para los que se oponían a su mensaje, bastaba decirles que él había visto a Cristo en la gloria; y luego todos creerían lo que les predicaba.
Sin duda, no sólo Pablo, sino todos los discípulos primitivos creían que los gloriosos hechos de que ellos eran testigos serían aceptados por los que les oían; pero no resultó así. Cristo había amonestado a sus discípulos que: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20); y Pablo mismo, después de haber encontrado la oposición de corazones endurecidos en muchas ciudades, escribió de Efeso: “Se me ha abierto puerta grande y eficaz y muchos son los adversarios” (1 Corintios 16:9).
Vemos pues, que aun en el principio de la dispensación de la gracia hubo una lucha, las fuerzas de las tinieblas resistiendo y guerreando contra la luz del evangelio. Los soldados de Cristo en aquel entonces y durante todos los siglos siguientes han tenido que presentar sus evidencias, sus pruebas, y las clarificaciones de su mensaje para refutar a los enemigos de afuera y a los herejes de adentro de la iglesia.
El primer enemigo que resistió el evangelio fue el judaísmo, aquel sistema de Ley que había sido dado por Dios mismo en la infancia de la raza humana, no para ser un orden permanente, sino para demostrar la santidad de Dios y de su Ley, la imposibilidad de que el hombre por sus propios esfuerzos la cumpliese, y su necesidad de un Salvador. “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24).
Estúdiese con esmero toda la epístola a los Gálatas, y después lo que Pablo escribió en Romanos, para ver cómo el apóstol presentaba las evidencias del evangelio, y nótese especialmente el pasaje ya citado en Gálatas 3 para ver su respuesta a los que querían imponer la Ley de Moisés sobre los conversos cristianos.
El primer Concilio de la Iglesia, convocado en Jerusalén en el año 50 D.C., se ocupó de este mismo problema, y de los maestros falsos que estaban trayendo el judaísmo dentro de la iglesia (Hechos 15). Pablo se les oponía en todo lugar, pero ellos eran tan astutos y atrevidos que en una ocasión Pedro mismo fue engañado por un corto tiempo. Nótese el espíritu manso con que él recibió la reprensión pública de Pablo, y cómo después manifestó su aprecio por él (Gálatas 2:11–21; 2 Pedro 3:15, 16).
Cuando los cristianos fueron esparcidos por todas partes del mundo entonces conocido, tuvieron que defender su fe en contra de los ataques de otro enemigo, a saber, el paganismo. Un buen ejemplo de esta defensa se halla en el discurso de Pablo a los filósofos de Atenas, el centro mismo de la religión y la cultura griegas. Los romanos gobernaban el mundo de aquel entonces por la fuerza de sus ejércitos; pero el idioma y la cultura de los griegos (cuyo imperio había antecedido al de Roma) permanecían todavía. Tanto los romanos como los griegos eran paganos, rindiendo culto a los ídolos.
Puesto en pie sobre el cerro de Marte, donde los filósofos solían congregarse, Pablo les felicitó por su instinto religioso, y por el hecho de que estaban buscando a Dios, hasta llegar a edificar un altar AL DIOS NO CONOCIDO. Este altar le dio el punto de contacto con ellos, para predicarles las buenas nuevas de Cristo.
En todos sus discursos a los judíos les traía sus pruebas del Antiguo Testamento. Los paganos empero no sabían nada de las Escrituras, en consecuencia Pablo tuvo que probarles la existencia del Dios verdadero apelando a los hombres creados por él, y a sus propios instintos y conciencia (Hechos 17).
Con el paso de los siglos, muchos enemigos y sistemas falsos se levantaron fuera y dentro de la iglesia de Cristo. En otros capítulos vamos a notar algunos de los sistemas que tenemos que afrontar en estos postreros días. En la Historia de la Iglesia Cristiana se encuentran los pormenores de la lucha en contra de los opositores Lucio (165 D.C.), Celso (178 D.C.), Porfirio (233 D.C.), y Hieróclito (300 D.C.). Los padres apostólicos que les contestaron por escrituras en defensa del cristianismo fueron Agustín, Cirilo, Tertuliano, Justino Mártir, Eusebio, Teófilo, Clemente, Hipólito, Orígenes y otros. Tenían que combatir no sólo los ataques de afuera, sino las herejías sutiles de maestros falsos de la iglesia. Los cristianos de hoy tienen que hacer lo mismo.

Podemos notar aquí unos hechos acerca de la “presunción a favor de toda institución actual” y la “carga de comprobación”. No es preciso defender una institución actual hasta que se traiga algún argumento en contra de ella; y el que trae la acusación es el que debe probarla; éste es uno de los principios fundamentales de la ley. Aplicando esta ley a la institución cristiana, podemos aclarar nuestros pensamientos con el resumen que hace el doctor F. W. Ferrar: “(1) Había una presunción fuerte en contra del evangelio cuando por primera vez fue anunciado. Un campesino judío reclamó ser el Mesías prometido, en quien todas las naciones del mundo iban a ser bendecidas. Nadie podía culparse por no creerlo, hasta que él lo probara. La carga de comprobación quedaba con Jesús, y él la aceptó (Juan 15:24, compare con Hechos 19:36). (2) El caso en el tiempo actual es completamente opuesto. La cristiandad existe, y cualquiera que niegue su origen divino debe traer razones convincentes por asignarle un origen humano. La carga de comprobación queda al lado del que rechaza el evangelio. Si no fue establecido milagrosamente, como reclama haberlo sido, entonces se hace necesario un milagro mayor, es decir, que fuera instituido por agencias e ingenio humano, a pesar de toda resistencia. (3) Cuando nuestros misioneros llevan el evangelio a los paganos, es evidente que los cristianos mismos tienen que asumir la responsabilidad de comprobación. Los paganos no preguntan cuáles son las acusaciones en contra del cristianismo, sino que demandan razones suficientes para hacerles abandonar la religión de sus antepasados y abrazar la religión nueva.”


jueves, 18 de mayo de 2017

Abandonado por Dios - parte 4

El desánimo
1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?
4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí;
De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios,
Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
6 Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.
7 Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;
Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.
8 Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.
9 Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?
¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?
10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me
afrentan, Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?
11 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turba dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 42
1 Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa;
Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo.
2 Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza,
¿Por qué me has desechado?
¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?
3 Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán;
Me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas.
4 Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo;
Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 43
La sed, la verdadera sed, es algo terrible. Si no se alivia, en última instancia resulta literalmente fatal.
La sed de Dios a menudo se considera una especie de virtud evangélica, una marca de la verdadera espiritualidad. Pero a veces olvidamos que la clase de sed de Dios de la que habla la Biblia es a la vez una experiencia terrible. Significa que sentimos un hambre de su presencia, una ausencia de su gracia y poder. La sed espiritual no es agradable, sino dolorosa; puede producir en nuestras vidas no tanto melodía como melancolía.
No existe más elocuente descripción de tal melancolía espiritual que la de los Salmos 42 y 43.
Estos dos salmos van juntos. En algunos manuscritos de la Biblia hebrea vienen realmente como un solo salmo. Aun en su traducción al español se nota claramente un mismo tema a lo largo de ambos salmos. Es más: comparten el mismo coro, que de manera muy viva refleja su ambiente:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (Sal. 42:5, 11; 43:5).
La repetición de estas palabras no nos deja ninguna duda respecto al tema de los dos salmos. El que los escribe está desanimado. Lo está pasando mal. Se encuentra como sin vida, y desesperadamente necesitado de agua de los manantiales del Dios vivo (v. 2); se siente lejos, y Dios parece distante tanto en cuanto al espacio como en cuanto al tiempo. El salmista no sabe ni dónde ni cuándo estará de nuevo en la presencia de Dios. Está desesperadamente sediento.
El salmista se siente como un ciervo visiblemente sediento, que vaga desorientado buscando alivio. No lo encuentra en los sitios donde normalmente hay agua para beber; esos sitios se han secado. Se le van las fuerzas; brama, cada vez más agotado. En este momento su único interés en la vida consiste en saciar su terrible sed.
Pronto la debilidad se adueñará del ciervo, y vendrá la muerte como un alivio misericordioso. Pero por ahora aún le queda tan sólo la energía suficiente como para seguir buscando; nada más importa, sólo el agua. Es una lucha sólo seguir adelante con la esperanza de encontrar agua. Inevitablemente, el ciervo lo mira todo desde esa perspectiva.
Y es que existe, según nos dice este poeta hebreo, un paralelismo espiritual: una profunda sensación de la ausencia y la distancia de Dios, que agota toda nuestra energía y hace que cada día requiera un esfuerzo sobrehumano sólo para llegar al final del día. Cuando nos levantamos por la mañana, nos sentimos cansados aún, sin energía, decaídos, pesimistas; vemos y hacemos todo a través de una nube; vivimos nuestra vida con las persianas bajadas. Todo está impregnado de oscuridad. Estamos abatidos.
Esto es lo que los de antaño llamaban melancolía. Se trata de una palabra que viene del griego y que significa, literalmente, “bilis negra” (que los primeros médicos griegos creían ser la causa de la melancolía). Los Salmos 42 y 43 describen a un creyente que la ha gustado.
Como consecuencia de ello, ha escrito lo que los epígrafes (de algunos de los salmos) llaman un masquil. Este término viene de un verbo que significa “instruir, hacer sabio, poseer alguna habilidad”. Quizá la idea aquí sea que su experiencia le ha dado sabiduría y ciertas habilidades espirituales que quiere compartir con otros.
A veces vamos al médico para lo que llamamos “un chequeo completo”. Lo que queremos decir con eso es que se nos hace una revisión muy detallada; se nos practican una serie de pruebas para analizar nuestra salud física.
Pues, en un sentido, los salmos nos proveen de “un chequeo espiritual completo”. De hecho el gran reformador Juan Calvino llamaba los salmos “Una anatomía de todas las partes del alma”. Bien expresado. Al menos es una buena descripción de lo que encontramos en los Salmos 42 y 43. El salmista nos habla como médico espiritual. Hace un diagnóstico; y también explora los remedios que nos ayudarán.
NUESTRO ESTADO ESPIRITUAL
¿Qué hace el médico para hacer su diagnóstico? Pues él, o ella, hace preguntas. ¿Por qué hace eso? Porque ayudará a confirmar los síntomas que tienes, eliminar varias posibles causas, y llegar a un diagnóstico preciso.
Lo mismo se puede decir de los médicos espirituales. Los sanadores del alma experimentados no dan consejos sin primero explorar el problema. Y eso es así tanto si nos estamos tratando a nosotros mismos como si estamos aconsejando a otros. Debemos preguntar, escuchar, analizar, y sólo entonces recetar el tratamiento.
Ése es un principio que nos resulta difícil de aprender. Pero quizá al salmista no le resultara más fácil que a nosotros; eso puede explicar por qué recurrió a escribir. Le costó esfuerzo analizar su condición; casi estaba demasiado cansado para intentarlo. Pero, de alguna manera, el hecho de escribirlo le ayudó. Puede ser que eso sea algo que merezca la pena recordar.
Este salmista es alguien que se habla a sí mismo. Vuelve una y otra vez a la misma pregunta: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” (42:5, 11; 43:5). ¿Por qué dice “alma mía”?
Para responder a esa pregunta necesitamos saber algo sobre la manera como la Biblia ve la existencia humana. Como personas somos unidades completas. Pero en nuestras relaciones somos multidimensionales. Vivimos en un mundo físico, y nosotros mismos somos seres físicos: tenemos cuerpos. Hasta puede ser que sea aún más correcto desde el punto de vista del Antiguo Testamento decir que somos corporales.
Sin embargo, también vivimos en relación con Dios. Hay un aspecto de nuestra existencia que no es ni corporal ni material. No somos meramente máquinas biológicas; somos personas vivas, creadas para tener relaciones personales los unos con los otros y con el Dios que nos creó a su imagen.
En la Biblia, se refiere a este aspecto de nuestra existencia de varias maneras diferentes: a veces con el término “espíritu”, y otras veces con el término “alma”. Los dos términos a menudo son más o menos sinónimos. María dijo que su “alma” engrandecía al Señor, y que su “espíritu” se regocijaba en Dios su Salvador; allí “alma” y “espíritu” se complementan el uno al otro, y son casi intercambiables. Pero otras veces los dos términos apuntan a dos aspectos diferentes de nuestra vida personal. “Espíritu” significa poder y energía (la palabra hebrea para “espíritu”, ruaj, significa “viento en movimiento”). “Alma”, por otra parte, expresa la idea del hombre en su debilidad y necesidad. La palabra hebrea nefes a veces parece referirse a la garganta, por medio de la cual el hombre hace esfuerzos para respirar, para sustentar su vida. Cuando se refiere a la persona en su totalidad, se refiere al hombre como frágil, dependiente, fácilmente quebrado y roto, sujeto a humores cambiantes en su experiencia de un mundo caído. Como lo expresa Hans Walter Wolff, el alma “es el fuero mismo de la vida necesitada, sediento de deseo”.4
Normalmente, “espíritu” y “alma” son relativamente indistinguibles. Pero a veces alguien cuyo espíritu está en comunión con el Espíritu de Dios puede experimentar lo que Charles Lamb describió como “las paperas y el sarampión del alma”. Todo en la vida puede parecer raro, aun cuando la vida esté centrada en Dios. Somos como un barco, bien anclado, pero golpeado por la tormenta, sacudido primerohacia un lado y luego hacia el otro, aquí y allá. El hecho mismo de que estamos anclados a Dios, y no vamos a la deriva, ¡significa que los golpes que recibimos son tanto más insistentes y dolorosos!
Por desgracia, los cristianos no siempre entienden. A veces ocurre que creyentes bienintencionados suponen que si alguien está melancólico o bajo en espíritu, la solución es muy sencilla y muy evidente. Recetan medicina fácil para una enfermedad del alma que es difícil de curar, fórmulas sencillas que dan por supuesto que valdrán para toda clase de necesidad.
No obstante, es posible para un creyente estar buscando caminar con Dios, vivir en fidelidad a Él, y aun así sentir que Dios está muy lejos, y estar decaído en su espíritu.
Los Salmos 42 y 43 son una buena ilustración de ello. Su autor es un hombre de una profundidad espiritual poco común. Tiene sed de Dios (v. 2); llora cuando se desprecia a Dios (v. 3); derrama su alma en oración (v. 4); Dios es su Roca (v. 9). Y no hay en este salmo ni una palabra de confesión de pecado o de fracaso. Su problema inmediato no es su pecado.
De hecho, este creyente tiene un deseo en lo más profundo de su ser de conocer la presencia de Dios y su voluntad. No, el problema no es su pecado. De lo que se trata más bien es de qué hacer, como creyente fiel, con su desánimo. El problema no es simplemente algo “espiritual”. Es mucho más complejo que eso. Tiene que ver con el alma. Algo la ha afectado. Está en malas condiciones.
¿Por qué es tan importante reconocer esta distinción? Lo es porque, si no, los creyentes sensibles acabarán condenándose a sí mismos y experimentando un profundo sentimiento de culpa por una situación en la que tal reacción no es apropiada.
Debemos aprender esto de la manera como el salmista se dirige a su propia alma. Nuestro Señor Jesucristo utilizó un lenguaje parecido en los Evangelios. Escúchale: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré?” (Jn. 12:27); Jesús “comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte…” (Mr. 14:33, 34).
¿Ves lo que estoy diciendo? Cuando compartimos la experiencia del salmista, hay varias tentaciones que se nos presentan. Una de ellas, como ya hemos visto, es confundir el desánimo con la culpa. Pues aquí tenemos otra: pensar que somos los únicos que están experimentando lo que estamos experimentando, y que Cristo no comprende. Pero el caso es que Él ha estado donde nosotros estamos: ¡ha ido más lejos aún! Él sabe; comprende; siente; le importa.
SÍNTOMAS
El alma del salmista ha estado decaída. Ya no está disfrutando de las bendiciones espirituales de las que antes disfrutaba. Hubo un tiempo cuando, por lo visto, su alma llegó a estar llena de alegría, regocijándose en el Señor y deleitándose en su salvación (cf. Sal. 35:9). Había gustado un poco de la experiencia de gozo que tuvo María por el hecho de que Dios humilla a los soberbios y exalta a los humildes, vacía a los ricos y llena a los pobres (Lc. 1:52, 53).
Ahora, sin embargo, a partir de esas bendiciones espirituales, David se siente como dislocado. Su alma está turbada, inquieta: le falta paz y aplomo. No puede relajarse. Se ha vuelto irritable y preocupado. Su experiencia le ha estirado demasiado, emocionalmente, y ahora no puede descansar.
Describe los síntomas de diferentes maneras: “Ando enlutado” (Sal. 42:9; 43:2). Su corazón está apesadumbrado de dolor: “como quien hiere mis huesos” (42:10). Su situación afecta a todo su ser.
Sin embargo, su pregunta: ¿Por qué? (“¿Por qué te abates, oh alma mía…?”) es más importante que su descripción de los síntomas. Sólo cuando haya descubierto los motivos de su desánimo podrá recetar un antídoto apropiado.
Y es precisamente aquí donde tantas veces fallamos nosotros. De hecho, ¡es nuestro mismo desánimo espiritual el que nos disuade de analizar sus causas! Nos rendimos ante el desánimo, en vez de rastrear los síntomas hasta llegar a la raíz. El desánimo no desaparece así de fácil por sí mismo. Hay que interrogarle una y otra vez. Debemos aprender a decirle: “¿Por qué estás ahí?” Sólo entonces descubriremos que existe un medicamento apropiado aun para nuestras almas.
Nos puede ayudar el estudiar por qué este salmista experimentó el desánimo. Él le sigue la pista hasta encontrar ciertas causas en particular. Existen razones concretas para su estado. El darse cuenta de eso es la mitad del remedio que necesita.
CAUSAS
La privación espiritual
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?… fui con la multitud (Sal. 42:2, 4).
Habían pasado semanas, quizá meses, desde que había adorado con el pueblo de Dios. Ahora sus circunstancias le habían imposibilitado unirse a las multitudes de adoradores en Jerusalén. Está exiliado en la tierra del Jordán, por los montes de Hermón, en la región de Mizar. Aquí no se oyen cánticos de alabanza, ni una congregación en la que se estudia y se habla de la revelación de Dios; no hay reuniones para la oración y la instrucción. ¿Es, pues, realmente de extrañar que su alma, estando tan desnutrida como lo está ahora, se sienta machacada y desconsolada?
A no pocos creyentes jóvenes, sentados alrededor de la lumbre, se les ha enseñado una lección ilustrada, por parte de algún creyente más maduro, al tomar éste un carbón encendido y retirarlo de en medio de las llamas, y apartarlo y observarlo hasta ver desvanecerse al final su calor. La lección sencilla, pero siempre importante, es que si los creyentes han de mantener su calor espiritual necesitan tener comunión.
¡Cuán importante es para nuestro bienestar la comunión de la Iglesia! A veces, es sólo al ser privados de tal comunión cuando nos damos cuenta de cuánto la necesitamos. Después de todo, el Señor nos ha hecho para la comunión. Él nos juntó para que necesitásemos del amor y de los dones los unos de los otros.
Que no te extrañe si el ser privado de la adoración de cada semana afecta a tu espíritu. El desarrollar una disciplina espiritual a nivel individual es bueno; pero no es ningún sustituto para la vida de la iglesia a la cual has sido llamado.
No seas tan orgulloso o tan autosuficiente como para pensar que tú no necesitas de manera regular la oportunidad de oír la exposición y la aplicación de las Escrituras, en el contexto de un grupo vibrante de creyentes que oran. Cualquiera que pertenezca a tal iglesia conoce la bendición de una vida con tiempos semanales de adoración, oración y enseñanza bíblica. No solamente somos educados así en la verdad cristiana, sino que nuestras almas se están nutriendo y fortaleciendo. Se enriquece todo nuestro ser.
Cuando estás decaído, cualquiera que sea el motivo –sea algo de poca importancia, o algo que verdaderamente hace tambalearse tu vida– cuesta más esfuerzo mantener las disciplinas regulares de la vida cristiana. Aun el ir a la iglesia es una enorme lucha… ¿y realmente merece la pena, cuando sabes que tienes que volver a casa después para hacerle frente a tu desánimo? ¿Te es demasiado doloroso oír que ésta es la única manera de sostenerte en tu nivel actual de desánimo, sin que te hundas aún más? Pero es que cuando desaparecen estas disciplinas básicas, todo está en peligro de derrumbarse: como este salmista descubrió.
Ambiente hostil
Me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?… mis enemigos me afrentan (42:3, 10).
Estaba en un ambiente lejano y extraño. Que era también un ambiente hostil se puede captar por las primeras palabras del salmo, si se pretende que nos imaginemos el ciervo siendo perseguido por cazadores. Se hace más explícito en lo que sigue.
Sus enemigos le afrentan y le oprimen: “¿Dónde está tu Dios ahora?”, dicen (42:3, 9, 10; 43:1, 2). Y ésta era su triste suerte “todo el día” (42:10 LBLA). Al menos, así era como le parecía a él.
Hemos visto antes el papel que representan en los salmos “los enemigos”. Se trata de una situación de conflicto. En los tiempos de desánimo estamos envueltos en un conflicto espiritual. Bajo esas circunstancias, “los enemigos”, tanto naturales como sobrenaturales, se burlarán de nosotros: “¿Dónde está tu Dios?” Y muchas veces tienen éxito, porque nos encontramos preguntando: “¿Dónde está Dios? ¿Es que no le importa?”
Hay tres principios que nos ayudarán cuando surja esta pregunta.
1. A menudo el mejor método de defensa es el ataque. Devuélvele la pregunta a la persona que la hace: “¿Y tú? ¿Dónde está tu dios?” Eso arroja otra luz diferente sobre la situación.
Ésta fue la estrategia que adoptó Elías en el monte Carmelo, en tiempos cuando el nombre del Señor estaba siendo despreciado. Elías desafió a los profetas de Baal: “¿Dónde está vuestro dios?”, y al hacerlo descubrió que las burlas fáciles de ellos no eran más que palabras huecas (1 R. 18:21).
2. Pregúntate: “Aun si no puedo percibir lo que Dios está haciendo en mi situación, y aun si no puedo comprender sus caminos; ¿qué sería de mí sin Él?” El hacerte esa pregunta es poner las cosas en su perspectiva correcta. Lleva a la siguiente conclusión: Puedo vivir para el Señor sin comprender del todo sus caminos; pero no puedo vivir sin Él. Ya que Él es Dios y yo soy su criatura finita, Él no tiene por qué darme explicaciones a mí; pero ha demostrado su fidelidad una y otra vez. Puedo confiar en Él.
3. Acuérdate de que esta misma pregunta se la echaron en cara a Cristo también, cuando le habían abandonado para morir en medio de la vergüenza y la soledad en la Cruz; dijeron: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere…” (Mt. 27:43).
La verdad era que Dios nunca estuvo obrando más poderosamente que en aquellos momentos; es más: Jesús sabía que su Padre nunca le amó y admiró más que cuando la oscuridad borró totalmente su comunión consciente con el Cielo, cuando moría en la Cruz: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida [por las ovejas]” (Jn. 10:17, 15).
El alma de Jesús estaba decaída; Jesús estaba angustiado; de Jesús se burlaron exactamente de la misma manera que el salmista había experimentado. Podía haberse puesto al lado del salmista, compartiendo con él el mismo himnario, y contigo también, mientras cantas este salmo. Él entiende, porque ha estado allí. Y tu ambiente no es totalmente hostil; ¡Cristo está contigo!
Un papel perdido
“Yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios” (42:4, énfasis añadido). David había sido un guía en el pueblo de Dios, y había ejercido un ministerio destacado. Peroahora estaba lejos de esa esfera de ministerio y liderazgo. No nos debe extrañar que estuviera desconsolado.
Pocos de nosotros nos damos cuenta hasta qué punto nuestro sentimiento de significación y valor está vinculado a nuestro servicio y liderazgo. A menudo aconsejamos a las personas que no lleguen a estar tan absortas en su servicio que pierdan de vista a Aquel a quien se supone que están sirviendo. Pero si nos damos en el servicio de Cristo, la cuestión de quiénes somos llega a estar tan estrechamente relacionada con lo que hacemos que las dos cosas son prácticamente indistinguibles. Después de todo, nuestro servicio es una expresión de nosotros mismos; es una inversión de nosotros mismos en otras personas, por amor a Cristo. Si perdemos eso, se pierde una parte de nosotros mismos. Y muchas veces el resultado de ello es el desánimo.
En este sentido, pienso a menudo en amigos que han dedicado sus vidas a servir a Cristo en países lejos de los suyos. Luego regresan a casa. Antes eran líderes; aquí casi son extranjeros. Allí enseñaban, predicaban, pastoreaban, y tomaban decisiones; aquí no tienen ningún papel claro. Encuentran algún pequeño rincón, aceptan cualquier trabajo, por muy modesto que sea, y tienen muchos menos recursos materiales que la mayoría de sus paisanos. Para ellos es muy fácil sentir que las etapas significativas de la vida ya están todas en el pasado.
El desempleo, de diferentes tipos, puede tener el mismo efecto: sea por haber perdido el trabajo, o tal vez por la jubilación. Dios nos creó de tal manera que nos sintiésemos realizados y encontrásemos satisfacción en nuestro trabajo, como Él mismo en el suyo (Gn. 2:1–3, 15). El ser privados de ese trabajo nuestro, pues, es como ser privados de una parte de nuestra dignidad misma. Se nos impide realizar uno de los aspectos de nuestra vocación: ser la imagen de Dios, y ser creativos y productivos como Él también lo fue.
Lo mismo se puede decir en el contexto de la familia: unamadre dedica su vida entera a servir a su familia por amor a Cristo; luego ellos se van de casa. Durante años, ella se ha sacrificado por ellos mientras muchos de sus contemporáneos han trabajado y han desarrollado sus carreras. Su marido probablemente lo ha hecho también. Y ella siente que ha llegado a no ser nadie.
Muchas veces, la nube más oscura de todas llega cuando una mujer que ha sido madre y esposa se queda viuda; ahora no hay nadie a quien servir; la lucha del salmista en los montes de Hermón se traslada sin más dificultad a la sala de estar y a la cocina: “¿Por que te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?… Yo [antes solía…].” Pero ya no.
Nota que las afirmaciones y las preguntas del salmista no son simples quejas; son más bien una reflexión necesaria sobre su estado, un identificar los síntomas para poder diagnosticar las causas. Una vez identificadas éstas, se los puede tratar.
Así que el salmista, poco a poco, llega a reconocer no sólo el hecho de que está desanimado, sino también los motivos de ese desánimo. Y el caso es que tiene buenas razones para sentirse desanimado; está experimentando el aislamiento, la oposición y la pérdida de posición. El negar que éstas son razones para estar desanimado sería muy poco sano, psicológica y emocionalmente.
A veces distinguimos entre lo que llamamos “la supresión” y “la represión”. Y es una distinción que nos puede ayudar. “Suprimir” significa reconocer cierta emoción –por ejemplo, el enojo– y dominarla; mientras que “reprimir” esa misma emoción significa negar que realmente exista, y reinterpretarla como otra cosa. Pero negar que estés desanimado, o que existan razones para que el cristiano esté desanimado, es espiritualmente desastroso.
De vez en cuando a lo largo de los siglos, ha habido cristianos que han enseñado, algunas veces con trágicas consecuencias, que una persona verdaderamente espiritualnunca se desanima. Según estos cristianos, el estar decaído es, por definición, ser todo lo contrario de espiritual. Y a no ser que estemos bien formados en las Escrituras, es muy fácil que nos dejemos sobrecoger, confundir y desanimar más aún por tal enseñanza.
Esta enseñanza ciertamente parece lógica: si el Evangelio nos salva, ¡pues, debe salvarnos también del desánimo! Además, parece algo maravillosamente espiritual. Después de todo, ¿acaso no somos “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37)?
No obstante, todo esto no es la lógica bíblica, ni tampoco es la verdadera espiritualidad. El caso es que el Evangelio nos salva de la muerte, no eliminando la muerte, sino ayudándonos a hacerle frente en el poder de la victoria de Cristo y así vencerla. Y así ocurre, también, con el pecado. Y asimismo con el desánimo. La fe en Cristo no quita todas las causas del desánimo; lo que hace, más bien, es capacitarnos para poder superarlas. Podemos experimentar el desánimo; ¡pero no nos vencerá!
Tampoco es aquélla la espiritualidad bíblica: cualquier supuesta “superespiritualidad” que o bien no tenga en cuenta la realidad de nuestra humanidad, o la niegue, es falsa. Vivimos en carne y sangre frágiles, y en un mundo caído que, según dice el apóstol Juan, “está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). Hay mucho para desanimar. El Señor Jesús también lo sintió. El ser libre de la posibilidad de desanimarse significaría ser más “espiritual” que Jesús mismo y, por tanto, no significaría ser verdaderamente espiritual en absoluto.
Los Salmos 42 y 43 nos enseñan la perspectiva bíblica sobre el desánimo: lo sentimos, lo reconocemos tal como es, y analizamos los motivos de su presencia.
En el caso del salmista, existían motivos muy reales y muy dolorosos de sus experiencias del desánimo. Él los identifica. ¡Pero luego receta el antídoto divino!
EL REMEDIO
El remedio bíblico se puede expresar de modo sencillo. Es cierto que existen motivos para estar desanimado; sin embargo, existen motivos mejores y aún más fuertes para estar animado.
Anteriormente, el salmista había cometido el error de permitir que su desánimo determinara su talante, mientras a todas las demás voces (¡en particular la de Dios y la del mismo salmista!) se las había obligado a escuchar. Pero ahora se le empieza a ocurrir que el desánimo no tiene ningún derecho a tener la última palabra. Ahora él mismo empieza a hablar.
Le habla a su propia alma desanimada. Le predica, llevándola así bajo la autoridad de la Palabra de Dios y bajo la voluntad de Dios para su vida. Además, le habla a Dios mismo acerca de sus necesidades. Hasta habla acerca del futuro, que, durante todo el tiempo que había predominado la voz del desánimo, se había perdido de vista en su mente.
Este remedio tiene tres partes. Lo descubrió el salmista probando y volviendo a probar. Al compartirlo con nosotros nos hace el favor de colocarnos en la posición más fuerte de saberlo de antemano, antes del gran ataque del desánimo en nuestras propias vidas.
Pensar
Vuelve a enfocar su manera de pensar. Su alma está desanimada y decaída. Al preguntar: “¿Por qué?” (42:5, 11; 43:5), no está sugiriendo que su desánimo no sea real, sino que no es, en última instancia, invencible para aquel cuya esperanza esté puesta en Dios: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle.”
En las Escrituras, la esperanza no es como pensar: “Ojalá…” Es más bien confianza basada en las promesas de Dios; es la certeza de que llegaremos a experimentar bendiciones que aún no experimentamos. Esa certeza está basada en el hecho de que Él es “Salvación mía y Dios mío”.
De hecho, mientras nuestro autor ha ido escribiendo su camino por su experiencia, aun cuando ha llegado a estar en su punto más melancólico, esta verdad ha sido, en todo momento, cierta en cuanto a él.
Ha conocido a Dios como “el Dios vivo” (42:2); desde las profundidades de su alma ha respondido a los ecos en la naturaleza de la majestad y el poder de Dios: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas” (42:7). La naturaleza entera manifiesta su gloria: las cascadas son suyas. Aun las “ondas” y las “olas” que “han pasado sobre mí” son suyas (42:7).
Dios tiene aún el control de aquellas providencias en las que se encuentra el salmista. Ha prometido hacer que todas las cosas ayuden a bien para los que le aman y que “conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). No hace falta desesperarse.
El salmista ha conocido al Señor como “Dios: Roca mía”, aun cuando estaba protestando: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué…?” (42:9). Y cuando se siente “desechado”, ¡es por “el Dios de mi fortaleza” (43:2)!
“Alma”, se dice a sí mismo, “¿es que te has olvidado de quién es tu Dios? ¡Es grande y glorioso: un Salvador, un Señor vivo, una Roca, una Fortaleza! ¿Por qué te abates? ¡Espera en Él!”
Orar
Vuelve a enfocar también sus oraciones. Una de las características más notables de estos salmos es el hecho de que el tono de ellos cambia con las palabras: “Envía tu luz y tu verdad” (Sal. 43:3). Antes de esto, el elemento de queja se entremezcla con un tremendo esfuerzo por conseguir ánimo (“¿Por qué te abates…?”). La atención del salmista se ha fijado principalmente en sí mismo y en sus propias necesidades. En un sentido, hasta su misma “autoexhortación” hasido introspectiva. Pero ahora, pide a Dios que arroje luz sobre su oscuridad, y que revele la verdad a su mente confusa.
Desde la creación misma, se ha transmitido luz al pueblo de Dios por medio de la palabra viva de Dios: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”, dice otro de los salmos (Sal. 119:130).
¿Pero funciona esto? Una mente bien provista del conocimiento de las Escrituras hace mucho para guardar de excesivo desánimo; es como una farmacia bien surtida, en la que siempre hay remedios a mano. Pero esto requiere, además, el que nos aseguremos de que nuestras vidas estén expuestas a un ministerio bíblico constante, en el que la verdad y el poder de la Palabra de Dios estén rodeados de oración. Entonces, la exposición de la Palabra de Dios (Sal. 119:130) hará en nosotros su propia obra de animarnos.
Hoy en día difícilmente se podría recalcar demasiado este punto. Muchos reconocen que estos tiempos nuestros tienden a menospreciar el uso de la mente, y ponen el acento en los sentimientos. Tristemente, el análisis definitivo de un culto de adoración es, en muchas ocasiones, si tal culto nos hace sentirnos bien o no, y no si está centrado en el Señor o no. (¿Qué tal hubiera visto eso Isaías?) Pero el caso es que los cristianos desanimados necesitan mucho más que un estimulante emocional. Lo que necesitan es luz para disipar las tinieblas.
La exposición de las palabras de Dios normalmente requiere paciencia y disciplina. Pero como resultado de ella, somos edificados y más asegurados, quedando así menos propensos a desanimarnos tan fácilmente.
Está claro que éste era el caso del salmista. Aun en medio de su desánimo, es guardado de ser sobrecogido, y lo que le guarda es el conocimiento de Dios que ha recibido en el pasado a través de su Palabra. Aun cuando estaba en el punto más bajo, conocía a Dios como Salvador, Dios vivo, su Roca, y su Fortaleza. Y ahora le tenemos pidiendo en oración que la luz que irradia desde estas grandes verdades bíblicas acerca de Dios inunde su alma y disipe su desánimo. Para él, al igual que para los apóstoles, la oración y el ministerio de la Palabra van juntos (Hch. 6:4). El salmista está probando para sí mismo que ésta es la respuesta, a largo plazo, al desánimo que está experimentando.
Ver
Vuelve a enfocar su vista. Ha mirado hacia dentro de sí mismo; ha mirado a su alrededor; lentamente ha empezado a mirar hacia arriba y hacia fuera de sí mismo. Y ahora empieza a mirar hacia el futuro: “Entraré al altar… te alabaré” (43:4).
Cuando permitimos que sea el desánimo el que dicte la conversación, tendemos a mirar hacia dentro, hacia abajo y hacia atrás. En cambio, cuando la Palabra de Dios dicta la conversación, miramos hacia arriba, hacia fuera y –sí– hacia adelante.
El desánimo nos dice que no podemos atrevernos a pensar en el futuro, y así nos priva de aquella bendición que Dios ha prometido darnos en el futuro. En el mejor de los casos, el desánimo sólo nos permite vislumbrar el futuro a la luz pálida del presente. Pero la Palabra de Dios nos anima a mirar el presente a la luz brillante del futuro. Y es al hacer eso cuando vemos que los motivos de desánimo del presente no son dignos de ser comparados con los motivos de ánimo del futuro (Ro. 8:18), y que nuestra leve tribulación es la senda que lleva a la gloria (2 Co. 4:17).
“Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo” (43:4).
¿Dónde está ahora el desánimo?
Así que estos salmos terminan con el mismo estribillo. Las palabras son las mismas, pero el tono es totalmente distinto. La pregunta ya no es una expresión de la angustia delalma, sino más bien de su triunfo:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (43:5).
Como el salmista, puede ser que nosotros también tengamos buenos motivos para sentirnos desanimados, y para tener sed de la presencia de Dios. Pero tenemos un motivo aun mejor para estar animados. Sabemos que Jesucristo ha venido para compartir el profundo desánimo de un mundo caído. Nos acordamos de su clamor desde la Cruz: “Tengo sed” (Jn. 19:28), al sentirse muy lejos de la presencia y la comunión de Dios.
Y es precisamente porque Él probó aquella desolación espiritual por lo que ya no es necesario que nosotros la probemos: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14).

viernes, 21 de abril de 2017

Análisis de la Película "La cabaña"

Analisis sobre la nueva película cristiana “The Shack” (La Cabaña)
¿QUÉ DICE LA CABAÑA ACERCA DE TU DOLOR?
La película “La Cabaña” se estrena en los cines este fin de semana, ya que este año se cumplen 10 años de la publicación de Paul Young que lleva el mismo título. El libro, lanzado en 2007, fue publicitado dentro de la literatura cristiana hasta convertirse en un fenómeno global. A principios del verano de 2008, se registraban más de un millón de ventas , y para finales de 2009, más de diez millones.
Young creció como un niño misionero y fue abusado sexualmente en el campo misionero. La Cabaña, según Young, nació de su propia lucha con el trauma y su “problema existencial de dolor” – ¿cómo Dios puede ser soberano y bueno y, no sólo permitir tanto mal en el mundo, sino también permitirlo en mi vida?
La Cabaña es ficción, pero no pienses ni por un minuto que Young no esté escribiendo de manera clara e intencionada. La teología no se transmite simplemente en proposiciones abstractas. Decenas de géneros literarios componen las Escrituras cristianas. Dios no solo habla a través del apóstol Pablo, sino también por medio de Salmos, Proverbios y los escritos apocalípticos. Jesús mismo habló en historias, llamadas parábolas. La historia es una poderosa herramienta para enseñar a alguien acerca de Dios y su mundo. El hecho de que Young escribe una novela no significa que sea indiferente acerca de Dios y del dolor. De hecho, la clave para entender por qué tantos aman su novela es que habla muy vívidamente acerca de Dios y del dolor.
ATAQUE DE CABAÑA
Leí el libro en 2008 en medio de la controversia que causó el retrato de Young sobre la Trinidad. Honestamente, no me impresionó la escritura o la teología. La historia tiene
suficiente intriga y tensión narrativa para atraer a los lectores y mantenernos interesados en cómo las cosas se resuelven, pero falla mucho en los puntos más finos. Más allá de la Trinidad, que se ha tratado con detenimiento, el libro hace afirmaciones problemáticas y falsas que parecen estar más motivadas por las falsas suposiciones de muchos cristianos, que por lo que la Biblia dice realmente .
La historia comienza con un secuestro y un asesinato. En un viaje familiar, Mack Phillips, quien acampa con sus hijos, corre a salvar a su hijo de ahogarse, y en toda la conmoción pierde de vista a su hija menor. Pronto descubre que ha sido secuestrada y, finalmente, la policía encuentra pruebas de que fue asesinada en una choza en algún lugar en el desierto.
Tres años más tarde, Mack, aun luchando con esta Gran Tristeza, como Young la llama, recibe una carta de Dios pidiéndole que se reúna con él en la choza donde fue asesinada su hija. Al principio Mack se pregunta si es una broma cruel. Pero luego decide que debe ir. Necesita hacerlo en medio de su duelo.
Cuando llega, Dios está allí, pero no es como esperamos que fuese. Dios el Padre es una mujer afroamericana llamada Papa. Jesús es, bueno, Jesús – un carpintero de Oriente Medio. Y el Espíritu Santo es una mujer asiática llamada Sarayu. Pero no te distraigas demasiado con esta extraña, e inútil, representación de la Santísima Trinidad. Por extraño que sea, la historia se está moviendo a un algún lugar más profundo – para tocar un nervio teológico más tierno.
Sin ánimos de estropear el resto de la historia a aquellos que planean ver la película, Mack termina por confrontar su Gran Tristeza. La ira de Mack con Dios sobre la muerte de su hija eventualmente sale a la superficie. Él finalmente admite, “¡Sí, Dios es culpable!”
La defensa que Young presenta para justificar el dolor es que Dios tiene las manos atadas. Los seres humanos eligen el mal. Dios está limitado por las elecciones que ellos hacen con su libre albedrío. La Sabiduría (una mujer hispana que retrata la sabiduría
divina) explica: “Papá nunca ha necesitado el mal para lograr sus buenos propósitos. Son ustedes los humanos los que han abrazado el mal y Papa ha respondido con bondad. “Como Papa le dijo a Mack “No había forma de crear libertad sin que costara algo“.
NO ES NUESTRO TRABA JO
Cuanto más leía La Cabaña, más claro se hizo que la realidad teológica más profunda para Young no es la Trinidad, ni el libre albedrío autónomo, sino el problema personal del dolor. Y en los diversos grados de error en cada uno de estos temas, lo que la historia no puede dejar de evidenciar es una sutil, pero significativa ignorancia de la revelación divina: ¿cómo es que Dios nos habla hoy en día?
Para Young y sus lectores, la historia lucha profundamente con el dolor. Lo que es notable es que mucho antes de que Mack Phillips, y Young, luchara con el problema del dolor, Dios mismo nos dio una historia más confiable de otro hombre que sufre dentro de una cabaña teológica. Su nombre es Job.
Al mismo tiempo, llegó la noticia de que los asnos de Job, ovejas, camellos e incluso sus siervos fueron exterminados en una serie de tragedias. Y entonces, el más devastador de todos los reportes llego: La muerte de sus hijos. (Job 1:19). ¿Qué hizo Job y qué dijo acerca de Dios?
“Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, y postrándose en tierra, adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor” Job 1:20-21
Pero la historia de Job está lejos de terminar. Con el permiso de Dios, Satanás ataca el cuerpo de Job con “llagas repugnantes” de la cabeza a los pies (Job 2: 7). Una vez más, a diferencia de Mack Phillips, que sacude su puño contra Dios en ira, Job inclina su cabeza en fe. “¿Recibiremos el bien de Dios, y no recibiremos el mal?” Y el escritor inspirado
verifica, “En todo esto Job no pecó con sus labios” (Job 2:10).
Entonces, durante treinta capítulos, los tres amigos de Job sostienen, en su teología popular, que el sufrimiento de Job es la retribución de Dios por su pecado. Sin embargo, Job defiende su justicia, y al mismo tiempo es fiel a su Dios. Por último, Dios mismo habla a Job en los capítulos 38-41, y no suena para nada como el aliento y el consuelo de Papá y Sabiduría.
En lugar de tratar de resolver el problema del dolor al deshacerse de la explicación superficial de las decisiones humanas, la historia de Job levanta nuestras cabezas hacia la incomprensible gloria, grandeza y majestad de un Dios misterioso y soberano. La expresión climática de Job no es que las pequeñas decisiones humanas descarguen la voluntad de Dios, sino esto: “Sé que puedes hacer todas las cosas, y que ningún propósito tuyo puede ser frustrado” (Job 42: 2).
Y para que no creamos que el inspirado escritor de este libro está presentando a Job en este momento como un mal teólogo, agrega su propia descripción autorizada de todo el dolor de Job: “Entonces todos sus hermanos y todas sus hermanas y todos los que le habían conocido antes, vinieron a él y...se condolieron de él y lo consolaron por todo el mal que el Señor había traído sobre él” Job 42:11
Si estamos en Cristo, Dios hace de nuestro dolor un canal de su gracia para provocar
una profunda confianza y deleite en él. Sin responder a todas nuestras preguntas sobre el dolor, aprendemos que Dios es más grande y sus propósitos más misteriosos y más sabios de lo que podemos entender; Y que el dolor, en su buena providencia y plan, es su extraña gracia para atraernos a él – no simplemente una pregunta que requiere una respuesta en nuestros términos.
Para los amantes de la Biblia, nuestra gran tristeza, como dice John Piper, debe ser de un tipo muy diferente al de Young: “Es una gran tristeza cuando, quienes sufren, buscan alivio al quitarle a Dios su soberanía sobre el dolor. La tristeza es que esto socava la esperanza misma que pretende crear “(Job, 8).
¿QUIERES ESCUCHAR A DIOS HABLAR?
El problema del dolor es el enfoque más profundo de la historia de Young, pero falla al aceptar las suposiciones falsas y generalizadas sobre cómo oímos a Dios hablar hoy. ¿A dónde vamos a escuchar la voz de Dios? Una y otra vez, Young apunta lejos de las Escrituras, y al hacerlo, él representa bien lo que se asumen hoy muchos cristianos profesantes.
No necesitamos una cabaña solitaria para escuchar a Dios. Él nos dio su palabra, a través de sus profetas y apóstoles designados en el Gran Libro, y nos dio el Espíritu para iluminar nuestra audición. En resumen, las voces en tu cabeza no son Dios; esas voces son tuyas. Si quieres escuchar a Dios de manera audible, entonces lee la Biblia en voz alta.
No pienso ver la película. En mi caso, no estoy deseoso de prestar mi apoyo a una historia mediocre con afirmaciones problemáticas acerca de tan preciosas realidades. Puede muy bien representar lo que Young y muchos cristianos profesan hoy, pero no representa bien la teología y las enseñanzas de la Biblia. Si lees el libro o ves la película, tal vez puedas ayudar a otros a luchar con estos asuntos importantes, y señalarlos a la Palabra revelada de Dios en las Escrituras para mayor claridad y esperanza en su dolor.

miércoles, 5 de abril de 2017

Abandonado por Dios - parte 3

Valles oscuros
1 Jehová es mi pastor; nada me faltará.
2 En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.
3 Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
4 Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
5 Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán
todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.
Salmo 23
Desde la niñez, la mayoría de nosotros tenemos miedo de la oscuridad. En la oscuridad no vemos por dónde andamos; ya no controlamos la situación. Hemos dejado de ser los capitanes, los dueños, de nuestro destino. Estamos en terreno desconocido. Se dice que las últimas palabras del escritor de novelas cortas O. Henry fueron las de una canción popular: “Enciendan las luces; no quiero irme a casa en la oscuridad.” La mayoría de nosotros nos identificamos con esos sentimientos suyos.
David sabía cómo era estar en la oscuridad. “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno” (Sal. 23:4).
Normalmente, asociamos esas palabras suyas con el valle oscuro del luto. No cabe duda de que tienen entonces un significado especial. Para la mayoría de nosotros, aquél es el valle más oscuro de todos, en el que más miedo nos da entrar. Sin embargo, el lenguaje de David aquí es más amplio en lo que abarca. El valle que describe es, literalmente, de profunda oscuridad. El ánimo que hay en su testimonio no se ha de limitar al “valle de sombra de muerte”; nos habla en cualquier experiencia oscura de la vida.
Yo, personalmente, he tardado mucho en apreciar la sabiduría y el ánimo de las palabras de David. Y sospecho que no soy el único. Tengo que confesar con algo de vergüenza que el Salmo 23 me ha sido tan familiar desde mi niñez que cuando era más joven tendía a pensar que las únicas personas que “amaban el Salmo 23” eran aquellas cuyo conocimiento de las Escrituras no se extendiese más allá de dicho salmo.
En mi propio caso, ese desencanto se hizo aún mayor cuando leí una versión del Salmo 23, tipo “librito con dibujos para niños”. La ilustración en la portada de la edición que yo tenía como niño la tengo aún grabada en la memoria: David está sentado sobre una roca, con su cayado de pastor a su lado. Es un muchacho de tez hermosa, de pelo rizado y de ojos azules. Cerca de él, sus ovejas, perfectamente blancas, se apacientan en ricos pastos verdes, y como fondo de la escena, un cielo azul despejado, cuya perfección sólo la resaltan aún más unas espirales de nubes blancas. Todo va bien para el pastorcito mientras compone, dulcemente, su salmo de alabanza. Se trata de un mundo idealizado. A David no le falta nada.
Casi todo en esta presentación del Salmo 23 engaña. Y en cuanto nos demos cuenta de ello, tal vez podamos oír lo que David realmente está diciendo.
El suyo está lejos de ser un mundo ideal; es más bien un mundo lleno de valles oscuros (v. 4) y de la presencia de siniestros enemigos (v. 5). Y tampoco David es un inocente que está de paseo en un ambiente seguro. Está espiritualmente desfigurado, y en peligro. No se trata aquí de algún joven inexperto, sino de un hombre que ha luchado en medio de muchas dificultades hasta llegar a la fe y confianza que ahora expresa.
¿Cómo podemos compartir esa fe y confianza suyas?; ¿cómo estar tan seguros, como lo estaba él, de que Dios estará con nosotros en la oscuridad?
En primer lugar, debemos reconocer lo que David está haciendo en este salmo. ¿No es eso más que evidente? Está utilizando su experiencia como pastor y sus conocimientos de las ovejas como una especie de moraleja, o alegoría, de la vida cristiana. ¿No es esto algo así como una versión pastoril de El Peregrino?
Pero no, David está haciendo algo diferente. Su punto de partida no son las ovejas ni es el oficio del pastor, sino la Palabra de Dios en las Escrituras. Lo que David realmente está haciendo es aplicar un pasaje concreto de su Biblia a su propia vida y decirnos: “Dejadme que os cuente cómo yo llegué a experimentar su verdad y su poder.”
El caso es que David no fue el primero en decir: “El Señor es mi Pastor.” Esas palabras las habló primero Jacob. Jacob, ¡el engañador convertido en príncipe! Al final de su vida, dio su bendición como patriarca a los hijos de José, Efraín y Manasés:
El Dios delante de quien anduvieron mis padres Abraham e Isaac,
el Dios que ha sido mi pastor toda mi vida hasta este día,
el ángel que me ha rescatado de todo mal,
bendiga a estos muchachos
(Gn. 48:15, 16 LBLA)
Aquí tenemos a un hombre que había andado por valles oscuros: moral, espiritual, emocional y físicamente. Criado en el seno de una familia en la que el padre y la madre habían favorecido a un hijo diferente (“amó Isaac a Esaú… mas Rebeca amaba a Jacob” (Gn. 25:28), había conspirado juntamente con su madre para engañar a su necio hermano y así robarle su primogenitura (Gn. 25:29–34), y engañar también a su padre (Gn. 27).
Pero luego en un cruel lance, a él mismo le había engañado de manera muy parecida su tío Labán, y Jacob se había encontrado casado con Lea y no con Raquel a quien él amaba (Gn. 29:15–30). Había conocido el miedo y la soledad; pero Dios, por su gracia, fue a su encuentro en Jaboc, luchó con él y le transformó en príncipe (Gn. 32:22–32; cf. Os. 12:4).
No obstante, Jacob no había cambiado del todo, ni mucho menos. Más tarde en su vida imitaría los errores de sus propios padres: “Y amaba Israel [Jacob] a José más que a todos sus hijos… y le hizo una túnica de diversos colores” (Gn. 37:3). Parecía que los pecados de los padres habían sido visitados sobre los hijos. Pero Dios, en su gracia, “lo encaminó a bien” (Gn. 50:20), tal como la historia de José ilustra de manera tan maravillosa.
Jacob había “luchado con Dios y con los hombres” (Gn. 32:28). Pero al final de su vida, pudo mirar hacia atrás y regocijarse de que el Señor hubiera sido su Pastor, yendo tras él como tras una oveja perdida, rescatándole, sanándole y proveyendo para él.
En el Salmo 23, David está diciendo simplemente: “Yo también he participado de las experiencias de Jacob; yo también he vagado en la oscuridad. Pero lo que descubrió él, yo también lo he descubierto: ‘El Señor es mi pastor; nada me faltará.’ Dejadme que os diga lo que esto significa para mí.”
Cuando John Wesley yacía moribundo, fueron a visitarle muchos de sus amigos. Siendo éstos creyentes fuertes, estaban deseosos de poder animarle con las promesas de Dios. No obstante, en un momento determinado Wesley se incorporó en la cama y con especial energía les dijo: “Sí, todas estas promesas son ciertas, pero lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.”
Y ésa es la clave de lo que dice David. Puede mirar, cara a cara, la peor de todas las posibles situaciones, y decir, “Aunque… no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (v. 4, énfasis añadido). Se da cuenta de que si el Señor le pastorea a través del valle más oscuro, entonces en todos los demás valles de la vida la presencia del Señor y su poder bastarán para mantenerle bien agarrado.
Por eso durante tantos siglos, la traducción tradicional del Salmo 23:4 (“aunque ande en valle de sombra de muerte… tú estarás conmigo”) ha significado tanto para los creyentes. Es el equivalente en el Antiguo Testamento del principio expuesto más tarde en Hebreos 2:14–18.
La raíz de todos los temores es el temor de la muerte. Si quitas ese temor, se habrán debilitado todos los demás temores; si sabes que el Señor estará entonces contigo, estarás seguro de que nunca te desamparará, ni te dejará. Podrás decir con Pablo: “Estoy seguro de que ni la muerte… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39).
¿Cómo podemos ser librados de ese temor?; ¿cómo cortar de raíz su poder para alimentar nuestros temores menores? La respuesta, según David, estriba en saber por qué la presencia y el poder del pastor pueden liberarnos de nuestro temor: “porque estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” El pastor utiliza el cayado que tiene en la mano para trabajar con las ovejas: dirigiéndolas, volviendo a traerlas, disciplinándolas; la vara, o el garrote, cuelga de su cinturón, lista para defenderlas cuando se las ataque. Las ovejas miran ambas cosas para acordarse de que el pastor las protegerá.
David había experimentado a menudo la presencia del Señor como su pastor, protegiéndole y salvándole. Y sin embargo, ni siquiera la visión tan clara que tuvo David de Dios se puede comparar con la revelación del Señor como Pastor que nosotros tenemos:
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas (Juan 10:11).
Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno… haga… en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (Heb. 13:20, 21).
Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Ap. 7:17).
Los cristianos del Nuevo Testamento se regocijaban de conocer a Cristo como su Pastor porque murió la muerte de ellos, en su lugar, por su pecado. Su pastor llegó a ser un cordero para el sacrificio, aceptado por Dios. Él trae paz a nuestras conciencias culpables. Es más: Cristo se ha levantado. Ha vencido la muerte. En Él hay resurrección y vida, que Él comparte con todos los de su rebaño (Juan 10:10).
David sólo pudo vislumbrar todo esto en forma de bosquejo. Nosotros lo vemos todo con claridad, y por ello nuestra confianza en el Pastor es tanto mayor. Nuestro gran enemigo, la muerte, ha sido destrozado, y de manera irreversible. Su poder lo ha quebrantado la victoriosa resurrección de Cristo. La muerte aún puede echarnos mano, al igual que una vez le echó mano a Él; pero ya no nos puede retener ensus garras, como tampoco pudo retenerle a Él (He. 2:14).
Aún hemos de enfrentarnos con la muerte, como el último enemigo. Cuando pensamos en ello, tal vez temblemos. Pero entonces nos acordamos: Cristo ha vencido la muerte; puede ser que nos toque, pero no nos puede retener. Aunque tengamos que andar por aquel valle de la muerte, que hasta nos puede parecer como habitado por espíritus de otro mundo, no temeremos mal alguno porque Cristo está con nosotros.
La vara y el cayado de Cristo son su Cruz y su Palabra. Con la primera de ellas entró en combate mortal con la muerte y la venció; y con la segunda nos guía por la vida. Si éstas son suficientes como para librarnos del temor y para convencernos del amor del Padre por nosotros cuando estamos en el valle de sombra de muerte, entonces podremos confiar en Él también en cualquier otra situación.
Yo me crié en una pequeña familia con mi padre, mi madre y mi hermano mayor. Mi madre tenía ya casi 40 años cuando yo nací: tampoco tan anciana, digamos; pero, eso sí, mayor que la mayoría de los padres de mis amigos. Creo que era en parte por eso por lo que mi temor más grande durante mi niñez era el de perder a mis padres.
Ahora tanto mis padres como mi hermano han muerto. Cada uno de ellos murió en circunstancias diferentes, y yo me enteré de sus muertes de diferentes maneras: de la de mi padre, momentos después de que hubiera ocurrido, cuando yo llegaba para hacerle una visita; de la de mi hermano, por medio de una llamada telefónica a medianoche de uno de sus amigos; y de la de mi madre, cuando llamé a Escocia desde una cabina telefónica en el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, estando yo de camino para casa con la esperanza de poder estar con ella cuando muriera.
Cualquier muerte es una conmoción; una enfermedad terminal, como la que tuvo mi padre, o un deterioro progresivo, como el de mi madre, son enfermedades de los vivos, pero, en un sentido muy general, esperadas. Sin embargo, mi hermano murió una noche, muy tarde, y sin aviso. Recuerdo estar en la cama horas después, tan sobrecogido por el estado de conmoción que me preguntaba si iba a poder aguantarlo lo bastante como para ir a ver a mi madre la siguiente mañana, temprano, para partir su corazón con la noticia.
Aquel triste viaje, las palabras que cruzamos mi madre y yo mientras nos abrazábamos en el valle de sombra de muerte: éstos son los secretos inolvidables del alma. Pero hay algo más de lo cual no me puedo olvidar de aquellas horas, algo que me sustentó entonces y lo ha hecho también en muchas ocasiones, y en otras circunstancias, desde entonces. Mientras estaba en la cama, despierto, esperando el amanecer y la hora de aquella visita que tanto temía como mensajero de malas noticias, algunas palabras de la Escritura, almacenadas durante muchos años en mi memoria, parecieron crecer desde ser una semilla hasta llegar a ser un gran árbol debajo de cuyas ramas encontré refugio de la tormenta, consuelo para mi dolor, luz en la oscuridad.
Sentí que aquellas palabras eran tan ciertas como si hubiera oído la voz misma de Dios decirlas desde el Cielo. Aquí están:
¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte… ni lo presente, ni lo porvenir… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:31, 32, 38, 39).
Ahora no me puedo imaginar viviendo la vida cristiana sobre ninguna otra base que no sea ésta. Si el Padre me ama tanto que no escatimó2 ni a su propio Hijo, sino que lo entregó para ser crucificado por mí,3 no hace falta ninguna otra garantía de su compromiso total y permanente conmigo, para bendecirme.
Todo lo que me pasa tiene que verse a la luz de eso. Sí, mis más profundos temores pueden llegar a ser realidades. Puede ser que no entienda lo que Dios está haciendo en mi vida, o a ésta; puede que hasta parezca que me está escondiendo su rostro; mi corazón puede estar roto. ¿Pero acaso no puedo confiar en Aquel que demostró su amor por mí? Cuando yo era impotente en mi pecado, envió a Cristo para morir por mí (Ro. 5:8). Si ha hecho eso, ¿no hará que todas las cosas ayuden para mi bien? ¿Acaso dejará de dar alguna cosa que sea en última instancia para el bien de los que confían en Él?
De esta manera, la muerte de Cristo llega a ser la vara, o el garrote, que les rompe el cuello a los temores que son los enemigos de mi paz; y su Palabra se convierte en el cayado por medio del cual me sujeta y me rescata del peligro.
Hace unos años un amigo mío tuvo la desgarradora experiencia de tener que ver apagarse las máquinas que mantenían con vida a su hija adolescente. Él y su familia tuvieron que andar por un valle de profunda oscuridad que nosotros, sus amigos, sólo pudimos observar desde un terreno más alto y más claro. Pocas veces antes yo había sido tan consciente de ver a alguien casi visiblemente sostenido por la gloria de Dios. Después del entierro me dijo: “Ahora sabemos que no nos queda nada más que temer.” Cuando el temor de la muerte, la madre de todos los temores, es desterrado, los demás temores también empiezan a retroceder.
¿Ves que si Él está con nosotros en el valle de la más profunda oscuridad, podremos seguir a David también en las otras grandes afirmaciones de este maravilloso salmo?
PROVISIÓN
Si el Señor es mi Pastor, suplirá todas mis necesidades.
“Nada me faltará”, afirma David. ¿Pero cómo podía estar tan seguro? Por la promesa de Dios.
Cuando David escribe: “nada me faltará”, está utilizando un vocabulario tomado de una parte anterior del Antiguo Testamento. Ésta era la misma expresión que se utilizaba en Deuteronomio 2:7, cuando Moisés le había dicho al rebaño que Dios había pastoreado durante cuarenta años, guiándolo por el desierto: “Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado” (énfasis añadido).
Si el Señor había provisto así para una multitud tan grande de su pueblo, ¿acaso no era capaz de suplir las necesidades de uno solo de ellos?
David confiaba porque también sabía algo acerca del carácter de Dios. Él supliría todas sus necesidades porque era su Pastor. Jesús nos ayuda a entender lo que estaba en la mente de David cuando dice que las características del buen pastor son: (1) que le importan sus ovejas; y (2) que conoce a sus ovejas (Jn. 10:11, 14, 15).
Si el Señor ha ido tan lejos para librarme de la muerte, puedo estar seguro de que le importo. Las heridas en sus manos y en su costado son evidencias suficientes de su amor. Es algo más allá de toda discusión: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).
Sí, puede que haya veces cuando clamas como los discípulos en medio de la tormenta en el mar de Galilea: “¿No tienes cuidado que perecemos?” (Mr. 4:38). Pero no puedes fijar tu mirada en la Cruz sin saber que Él sí tiene cuidado de ti, por encima de lo que las palabras pueden expresar. Si murió por ti, ¿cómo puedes dudar de que tiene cuidado de ti?
Sin embargo, junto con ese cuidado está su conocimiento. Él te conoce; es más: te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo. Conoce tu pasado y tu futuro. Y te conoce en profundidad: tus secretos, tus ambiciones, tus temores. Sí, te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo.
Este conocimiento tan penetrante daría miedo si no estuviera acompañado de su cuidado. Pero cuando un entendimiento perfecto de mí va casado con un amor perfecto por mí, puedo confiar en una cosa: sea lo que fuere que Él me mande, eso me traerá lo que realmente necesite; sea lo que fuere lo que yo necesite, Él lo proveerá; y sea lo que fuere que Él provea, viene señalado con la aprobación de unas manos taladradas con clavos. Puedo confiar en Él.
RESTAURACIÓN
Si el Señor es mi Pastor, me restaurará cuando caiga.
Parte de la hermosura literaria del Salmo 23, como el poder estético de algún gran cuadro de Rembrandt, estriba en la manera como se utilizan la oscuridad y las sombras para hacer resaltar la hermosura de la luz.
El Salmo 23 está lleno de sombras. David anda por un valle de sombras profundas y oscuras (v. 4). Más tarde se refiere a la sombra echada sobre su vida por sus enemigos (v. 5). Pero hay una sombra también detrás de estas palabras sencillas: “Él restaura mi alma” (LBLA).
Otros de los salmos entran en bastantes detalles al describir la senda que condujo a esta tranquila seguridad de la gracia.
Tal vez los pecados y los fracasos de David fuesen conocidos tan públicamente para cuando escribió el Salmo 23 que ahora una simple alusión a ellos era suficiente: “Él restaura mi alma.” Estas palabras fácilmente podrían servir de título para el Salmo 32 o el Salmo 51. Puede que no sea una mera casualidad que el verbo restaurar es a la vez una de las palabras del Antiguo Testamento para “arrepentirse.”
No obstante, aquí la ilustración se amplía. El pastor lleva a sus ovejas a “delicados pastos” y “junto a aguas de reposo” con el fin de hacerlas descansar y de restaurarlas. Hay aquí más de una mera palabra de perdón; hay un trato de gracia continuado y prolongado.
¡Justo lo que David necesitaba! Y nosotros también. Un poco más tarde le encontramos clamando:
Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias,
Que son perpetuas.
De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones,
No te acuerdes;
Conforme a tu misericordia acuérdate de mí,
Por tu bondad, oh Jehová (Sal. 25:6, 7).
Y así es con muchos de nosotros. De modo inexplicable, mientras procuramos vivir para Cristo, encontramos avivadas en nuestro recuerdo las memorias de pecados pasados, la vergüenza de culpa pasada. Incidentes desde hace mucho tiempo olvidados, vuelven; se nos incendia la mente; la paz y el gozo, la alabanza y el testimonio, quedan paralizados. Y llegamos a comprender lo que quiso decir Samuel Rutherford cuando dijo que las antiguas cenizas de sus pecados se convertían en un nuevo fuego de dolor para él. Es como si alguien hubiera penetrado en nuestras memorias con una flecha ardiente.
¿Será esto el ataque satánico del que habla Pablo en Efesios 6:1: “los dardos de fuego del maligno”, calculados para convertir nuestras vidas en su totalidad en un caos? Sin duda alguna, es algo terriblemente alarmante y espiritualmente destructivo. Pero David tomó el escudo de la fe: el Señor restaura mi alma; me baña en su perdón; me refresca con la certeza de su gracia.
En este punto nos podrá ayudar la descripción que hace Jesús de sí mismo como el Buen Pastor. Nuestro instinto natural es sospechar que si es verdad que nos restaura, será sin que Él realmente quiera; una inconveniencia necesaria pero irritante para Él.
Sin embargo, Cristo no viene a nosotros de manera meramente formal; viene queriendo venir, y con su gracia, para restaurarnos. Recuerda lo que les dijo a los que “murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe”:
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido (Lc. 15:4–6, énfasis añadido).
Esto es una parábola; pero el gozo del Pastor es literal. ¿Realmente crees eso?
Nueva dirección
La gracia del Pastor es real y gratuita. Y sin embargo, como David recalca a continuación, no nos deja igual que nos encuentra. La restauración conduce a una nueva dirección: “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (v. 3); ¡es restauración para luego seguir al Pastor como Guía!
La mayor parte de la enseñanza bíblica con respecto a la dirección del Señor se puede resumir en estas pocas palabras: “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.” La dirección que Cristo nos da es siempre “por sendas de justicia”: implica que nos conformemos a su palabra; es “por amor de su nombre”: tiene como su gran motivación no nuestra propia ambición sino la gloria de Dios.
¿Por qué esta combinación de gracia para restaurar y liderazgo para darnos dirección? Porque el pecado produce desintegración en nuestras vidas; hace que todo se deslice tarde o temprano. La restauración es más que perdón; es transformación. No debemos dejarnos engañar pensando que el Pastor se contente con el uno sin la otra. El Señor nos restaura porque tiene la intención de cambiarnos.
Dios no aprueba nuestra absorción en nosotros mismos. Su intención es que vivamos para Él, no para nosotros mismos: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15). La evidencia de la restauración es un nuevo nivel de consagración.
PROTECCIÓN
Si el Señor es mi Pastor, me sorprenderá con su gracia.
A muchos estudiantes de los salmos les han extrañado las palabras de David: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores” (v. 5). Han llegado a la conclusión de que se están utilizando aquí dos ilustraciones distintas: el Señor es el Pastor, y nosotros somos sus ovejas; pero también es el Anfitrión, y nosotros somos sus invitados.
Una de las razones por que se lee el salmo de esta manera es que se supone que ¡ningún pastor normal merendaría con su rebaño en un lugar infestado de lobos (Sal. 23:5)!
No obstante, quizá sea precisamente eso lo que se está diciendo: este Pastor no es uno cualquiera; sus caminos no son nuestros caminos; su sabiduría no es nuestra sabiduría.
¿Puedes ver las ovejas, todas juntas alrededor del pastor? Oyen a los lobos aullando, gruñendo, amenazando. El pastor siente los ojos desconcertados de su rebaño mirándole fijamente, incapaces de comprender. Le habían seguido muy contentas, habían confiado en él sin cuestionar, le habían tomado tal como les había parecido. ¿Por qué las habrá traído hasta aquí? ¿Es que no ve el peligro, y el miedo de ellas? “¿Es que realmente no te importa?”, le preguntan.
Hemos oído el eco de estas palabras por encima de la tormenta en el mar de Galilea. Los discípulos de Jesús se encontraron en esa tormenta por haber seguido obedientemente a su Maestro. Por lo visto, la obediencia no es ninguna garantía de una vida libre de problemas. “Maestro, ¿no tienes cuidado…?”, le preguntaron con tono acusatorio.
Nuestro Señor se levantó en la barca y pronunció dos palabras de reprensión: una iba dirigida a la tormenta en la naturaleza: “¡Calla, enmudece!”; la otra era para la tormenta en los corazones de los discípulos: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mr. 4:39, 40). Mientras Cristo estuviese con ellos, estaban seguros hasta que sus propósitos se hubieran cumplido. ¿Es que no podían confiar en Él aun si no le entendieran? Los discípulos le dijeron: “¿No tienes cuidado…?” Jesús les dijo: “¿No confiáis en mí?”
“Le tomaron como estaba…” dice Marcos (Mr. 4:36). Sólo después se darían cuenta de que Él también les había tomado a ellos, tal como estaban, espiritualmente empobrecidos, hombres de poca fe, porque quería enseñarles que siempre podían confiar en su cuidado de ellos. Ese cuidado suyo siempre va unido a su poder.
Durante un breve instante, Jesús manifestó su majestad y su gloria; el Creador mandó a su creación inclinarse ante Él en silenciosa adoración.
En ese momento era, sin duda, una experiencia de la que hubieran preferido prescindir. Pero hubieran quedado inconmensurablemente empobrecidos, espiritualmente, si se hubieran negado a acompañarle en la barca. En ese caso, nunca hubieran estado del todo seguros hasta qué punto era soberano el control suyo. Ahora, sin embargo, ¡lo sabían!
Simón Pedro, que estuvo con Jesús en aquella tormenta, más tarde tuvo que afrontar una de las crisis más grandes de su vida, cuando fue arrestado por predicar a Cristo. La noche antes del juicio (y condenación segura), se le envió un ángel para librarle, en respuesta a la oración. ¿Acaso fue por mera casualidad que el ángel del Señor tuviera que decirle lo que el mismo Pedro había dicho anteriormente a su Maestro: “¿Por qué duermes?” (cf. Hch. 12:7)?
Pedro había aprendido que podía confiar en su Salvador. Estaba dormido como un niño, seguro en su presencia.
Cualesquiera que sean las pruebas por las que el Señor nos permita pasar, su propósito es mostrarnos su presencia y su gloria de una manera que de otro modo no podríamos aprender. Él sabe que nos puede guardar; pero quiere que lo sepamos también nosotros:
Los que descienden al mar en naves,
Y hacen negocio en las muchas aguas,
Ellos han visto las obras de Jehová,
Y sus maravillas en las profundidades.
Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.
Suben a los cielos, descienden a los abismos;
Sus almas se derriten con el mal.
Tiemblan y titubean como ebrios
Y toda su ciencia es inútil.
Entonces claman a Jehová en su angustia,
Y los libra de sus aflicciones.
Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.
Luego se alegran, porque se apaciguaron;
Y así los guía al puerto que deseaban.
Alaben la misericordia de Jehová,
Y sus maravillas para con los hijos de los hombres.
Exáltenlo…
Y… lo alaben (Sal. 107:23–32, énfasis añadido).
PRESENCIA
Si el Señor es mi Pastor, estará conmigo ahora y para siempre.
La presencia de Cristo conmigo en el valle de la más profunda oscuridad es la garantía de su provisión, de su restauración por su pura gracia, y de su protección. También es la garantía de que siempre estará conmigo.
David razona de la siguiente manera: estuvo conmigo en el valle; por tanto “en la casa de Jehová moraré por largos días” (v. 6). Habiéndonos llevado a su rebaño, el Pastor nos da su palabra que nunca nos desamparará, ni nunca nos dejará (He. 13:5). “Nunca” significa: ni ahora, ni nunca.
David se daba cuenta de que esto significaba que el Señor estaría con él en cada etapa de su vida y en cada situación; allí y entonces, por supuesto; pero también aquí y ahora. Su “bien” y su “misericordia” (v. 6) nos seguirán a lo largo de nuestras vidas; el morar en su casa significará simplemente más de lo que ya hemos empezado a experimentar.
En el cuento de Narnia de C.S. Lewis El león, la bruja y el guardarropa, hay un pasaje maravilloso en el que uno de los niños, Lucy, descubre que Aslan, el “salvador” de Narnia, resulta ser un león. Alarmada por la idea de encontrarse con él, Lucy pregunta: “¿Es… vamos, es alguien totalmente seguro?”, a lo que le responde el Sr. Castor: “¿Seguro? ¡¿Quién ha dicho nada de que sea seguro?! ¡Claro que no es seguro! Pero es bueno. ¡Te digo que es el Rey!”
Y así es también con Cristo. El Buen Pastor llegó a ser el Cordero de Dios para quitar los pecados del mundo. Pero también es un león, el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5, 6). Desde un punto de vista, no parece seguro; no nos ofrece la clase de seguridad que elegiríamos para nosotros mismos. No le podemos amansar y domesticar a nuestro gusto. Pero es tanto bueno como fuerte; hay en Él verdadera seguridad. Él da una paz que el mundo ni puede dar ni tampoco destruir (Jn. 14:27). Él es bueno, y está con nosotros; y eso nos basta.
El primer médico que murió del virus del SIDA en el Reino Unido era un joven creyente. Había contraído el virus mientras hacía investigaciones médicas en Bulawayo, Zimbabue. Durante los últimos días de su vida falló su capacidad para comunicarse. Luchó con creciente dificultad para expresar sus pensamientos a su mujer. En una ocasión ella simplemente no podía entender su mensaje. Entonces él escribió en un bloc de notas la letra J. Su mujer repasó su diccionario mental, diciendo varias palabras que comenzaban con la J. Pero no era ninguna de ellas. Luego dijo: “¿Jesús?”
Sí, ésa era la palabra. Él, Jesús, estaba con ellos. Y eso era lo único que cualquiera de ellos necesitaba saber. Eso siempre basta.